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Full text of "Glorias de Sevilla: En armas, Letras, Ciencias, Artes, tradiciones, monumentos, edificios ..."

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GLORIAS 

EN ASMAS, LETRAS, CIENCIAB, AITES, THADlCEONEft, MONUMENTOS, BDIFl- 
C10S, CAHACTEHES, COSTUMBRES, ESTILOS, PIKSTAS T BSFECtICULOS. 

jUL EXCUO. A¥IjmTAllIEl«TO 

&E ESTA mí NOBLE Y Kúi LEAL CIUDAD- 

y escnla par ti tcugno piliciilt 

D. VICIBTE ALVAREZ HIRAIIDA, 

nUkirrinr füaliijn de nrios KtiblKimiealos tipogríBros, fien de diferenles rm|ire!W 
hlmnis, tf ^oer nditlw, qoe tue, del gran Uiceiourio Clisini de UDmioctiei. 




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AL KSCIO. AYIimilENTO 

de ia uuiu wouie u ucuu («oí enviad ^ SeviUÁx. 
_^ /,M/>.*m /e ¿.-I Aití¿át itfdf/cramen/c ^iHiiáí, e,.//oé 

caz/acomna^inj/tWa y líof/or ytu n (tu esi'Mvaeii-iici inttn*'(f7<ftu.í, 

e,'/i€*a ',fte '7'^. O- 'e i/i'/i'e aeo^t ére¿o -int /'rt/itr/r'm.i at/yi/r/of 

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' /ft /if.i/tHiH, ^oiiai 0ff-eio/' Áai/ir/tú, ej Át itit de /a "cMatt. 



I 



t I 






PRIMERA PARTE 



SfiWlIXA HISTÉRICA. 



allá 

CAPÍTULO 1. 

De la rundncina de Sevilla; con el resumen hiHúrlco de !>us prlmlUvos iDonirras. 



\^ nien dio cimiento á la ciudad heroica, des- 
de remotos siglos levantada en las orilJas 
del famoso rio Tarlésu8,BélÍs, y Guadalqui- 
vir? ¿Cuantos lustros memorade existencia 
la colosal metrópoli, de cintnron tuirígero 
guarnida? ¿Cnantas domÍGaciones ha sufri- 
do? ¿Porqué cambió de nombres inconstante? 
¿Quienes (nerón sus dueños ó sus reyes? 
¿Cual la cercó de poderosos muros? ¿Es 
posible saber sus muchas glorías, fases vi- 
cisitudes y altos hechos? ¿Podrán surjir sus 
i ínclitos mayores del fondo de las tumbas 

' á ilustramos? 

Si que podrán, en lucidas memorias de antiquísimos tiempos con- 
senadas. Sevilla, cuna de tantos héroes, santos y varones famosos, 
ciudad la mas antigua de España, y origen de este nombre celebér- 
rimo; Sevilla debe los cimientos suyos al sin rivales Hércules de Li- 
bia (do Livio Hércules, como dicen otros); al sin igual armipotente prín- 
cipe, hijo del grande Osírís, hijo á su vez de Cam, hijo del anle- 
diluvi»DO patriarra Ñor, segundo padre Adán del género humano re- 

1 




6 RLOIAS 

duciüo [á una sola familia por la estpmiinadora raléslrofp de) dilu\io 
onÍTcrsal. 




De modo qne la ÍDmemorJal población sevillana (prescindiendo de 
ruinas y reedificaciones), puede gloriarse de contar ai presente cerca 
de cnalro mil a5os, ó sean cuarenta siglos de existencia; edad tan 
sorprendente, qae se reputaria fabulosa, á no garantir el hecho pro- 
fundos cronologistas. Hércules primero, el egipcio á diferencia de Hér- 
cules ífíflno, fué el verdadero protagonista de lanías célebres esce- 
nas y aventuras ruidosas graciosamente adjudicadas al hijo de An- 
fitrión y de Alcmena, por equivocación de los poetas y mitólogos. 
Gobernaba la Escitia, como lugar-teniente de su augusto padre, cuan- 
do pereció este á manos del ambicioso fratricida Trifon secretamente 
coligado con muchos reyezuelos feudatarios del siempre victorioso con- 
quistador Osiris, entre ellos los tres hermanos Geriones, déspotas de 
nuestro país, imperio entonces de la gran Tubalia, fundado por los 
descendientes de Tubal, esclarecido nielo de Jafet. 

Veloz é irresitible como rayo el gobernante príncipe de Escitia, 
después de haber batido, arrastrado y decapitado k su inhumano tío, 
lo mismo que á sus cómplices de la traidora liga; movió las bues- 



DE SEVILLA. 7 

te» fieras contra la gran Tubalía, venció y mató á los Geríones, 
hizose distriiik) dneño de la tierra y decidióse á recorrerla toda. 

Ubérrima en delicias, cual ningona, la siempre encantadora Anda- 
lucia (Tartesia á la sazón denominada), sedujo desde luego al ven- 
cedor; y muy singularmente en estos sitios, amenos y apacibles, don- 
de relumbra el sol aun mas radiante, donde mas puro y límpido 
es el cielo, mas espléndida y pródiga Natura, mas salubres los cé- 
firos y brisas, mas verdes y aromáticos los campos, mas sabrosos los 
frutos y esquisitos, mas bellas y odoríferas las flores. En este paraiso 
compendiado cuyas auras balsámicas embriagan, quiso el hijo de Osirís 
haciendo elogios del templado clima, perpetuar de sus triunfos las me* 
morías, edificando una ciudad magnifica en la florida margen del Tar- 
tesus, como reina salida de sus aguas, para asentar un trono m- 
destructible. 

Él en persona dirijió las obras; y por el grande amor á su hijo 
Híspalo, dio á la ciudad naciente el nombre de Hispalis (según otros 
Híspala) constituyéndola capital del reino, residencia y corle de los 
monarcas, que de su dinastía precediesen, y dejando en ella coronado 
al hijo muy querido; ya á los cuatro lustros de su fundación. 

Asi Tartesia vino á ser Hispalia, á los veintidós siglos de la crea- 
ción del mundo. 

Hércules de Libia, ávido siempre de conquistas nuevas, dirijióse 
á los campos de la Italia, fundando allí sus armas otros reinos. Era, 
empero, su sino volver con gloria al suelo sevillano, de su predilec- 
ción y su esperanza; como mas adelante referimos. 

El joven Hispalo, principe de carácter pacifico, reinó tranquila- 
mente diez y seis afk)s, dejando la corona á su hijo Hispan, habido 
en la princesa Iliberia; que también por algún tiempo diera su nombre 
al país. 

Hispan figura en las leyendas como un monarca magnánimo, do- 
tado de virtudes y talentos, mereciendo el aprecio y la admiración de 
sus vasallos, que de su nombre llamaron Híspanla á la tierra; deno- 
minación estensiva á toda la Tubalía, y que, respetada por tantas ge- 
neraciones, consérvase aun en la actualidad, como vocablo de la lengua 
madre. De cuyo innegable precedente resulta demostrado que Sevi- 
lla dio nombre á la nación; verdad que no desmiente y sí prohija 
el erudito histcnriador Mañana. Después de haber reinado treinta y 



8 GLORIAS 

seis añog, murió Hispan, sin dejar hijos de sa mujer Egorvinia. 

Entonces el gobierno residente en Hispalis, mandó con la mayor 
premura embajadores al glorioso Hércules, abuelo del principe recien 
finado, que aun imperaba en italianos reinos. £1 cual dejando por 
lugar-teniente á su valido ítalo Atlante, regresó á España, trayendo 
en su compañía á un hermano de aquel, llamado Héspero, también 
valido y capitán famoso. 

Todavía reinó Hércules en la región hispánica diez y nueve años, 
haciendo venturosos á los pueblos, y enseñándoles muchas cosas con- 
ducentes al mejor modo de pasar la vida. Poco antes de morir, nombró 
por sucesor al digno Héspero (de donde se originó la voz Hesperia); 
y puso en los asuntos del gobierno el mas atento cuidado, á fin de 
que la desastrosa anarqu:<a jamás osara levantar cabeza. 

No hubo un monarca mas llorado que el sin segundo Hércules 
egipcio, á quien erijieron templos y tributaron culto agradecidos los 
hispalenses. 

Héspero, el valeroso, secundando las filantrópicas miras de su an- 
tecesor, marchaba sobre sus huellas y hacia dichosa á la nación his- 
pana; pero su hermano Atlante, rey de Italia, codiciando para un hijo 
el poderoso cetro de Hispalis, movióle injusta guerra, é invadió sus 
estados con formidable ejército y bravura. 

Dividiéronse en bandos enemigos los alentados hijos de este suelo, 
hostilizándose encarnizadamente por la vez primera: hubo civiles 
luchas fratricidas; triunfando al cabo el invasor caudillo, ínterin el 
destronado Héspero buscaba fugitivo algún oscuro albergue á su in- 
fortunio, donde murió de pena á los diez años de su vencimiento. 

£1 vencedor para eternizar su hazaña legándola á la posteridad 
en asombroso trofeo, creyó oportuno fundar á la otra márjen del rio 
Tartésus, y no lejos de la populosa Hispalis, una nueva población, que 
compitiese con esta y acaso la superase en deslumbradora magnifi- 
cencia. Tal fué el oríjen de la famosa Itálica, llamada así del nom- 
bre del fundador ítalo Atlante (y hoy Senilla la viejüy por un vulgar 
error irreflexibamente generalizado). Tampoco es cierto que la hayan 
fundado los romanos, aunque sí lo es que aumentaron mucho su ya 
considerable población; de todo lo cual hablaremos mas adelante. 

Tres años permaneció en el teatro de su conquista el orgulloso 
rey de Italia; hasta que \iendo ya completamente asegurado en el 



DE ftfiVILLA. 9 

iroiio & 80 hijo Sicon>9 vohiéee satisfecho á bob donüiiíos, no sin 
partir cargado de incalculable botin y de las maldiciones de cien 
pueblos. 

Cuarenta y seis anos imperó Sicoro, sin otra circunstancia digna 
de notarse, que la gran duración de su reinado; y el haber ocur- 
rido durante él, acontecimientos estraordinarios en otros países; como 
el nacimiento de Moisés, en Ejipto, libertado de las aguas por la 
hija de Faraón. Cuyo suceso especificamos para que se admire la 
antigüedad de SeviUa; puesto que existia ya 4 28 años antes de Moi- 
sés, y 4 70 antes de que este incomparable legislador del pueblo hebreo 
empezase á redactar los sagrados libros, que revelaron al mundo las 
eternas verdades de divino orijen, llenándonos de asonütro y de en* 
tusiasmo por el Dios creador de cuanto ecsiste. 

Sucedió á Sicoro en el reino, su hijo primogénito el renombrado 
principe Sicano; que juntando poderoso ejército, invadió la Italia, con* 
siguiendo memorables victorias en no pocas batallas donde se dis-* 
tinguien» muchísimos soldados españoles, sobre todo los tercios his- 
palenses. Bien podia, ¿ fuer de respetado amquistador, fijar su resi- 
dencia en aquel suelo, sobremanera rico y ponderado. Mas no le era 
posible al rey Sicano borrar de su mente el recuerdo de su queri- 
da patria; por lo cual, y lleno de riquísimos despojos, regresó á Es- 
paña, haciendo su entrada triunfal m Hispalis, victoreado por inmenso 
pueblo. 

Conviene advertir que por este tiempo habia llegado la ciudad de 
Hércules al apogeo de su maravillosa grandeza, de su esjAendor y su 
gloria, de su magnificencia y su pujanza. No bajaba entonces de 
cuatrocientas mil almas la población hispalense; descollando altiva 
entre las demás de España, como el cedro entre k» hisopos, ó el cír- 
prés entre los viburnos. 

Murió Sicano con grandísimo sentimiento de la nación, á los trein- 
ta y un años de rejir el cetro; sucediéndole su hijo, el hazañoso é 
impertérrito Sicileo, principe de ánimo liberal, muy querido de los 
pueblos y adorado de sus ejércitos. Reinó con general aplauso du- 
rante el largo periodo de cuarenta y cuatro años. Meciendo de muer- 
te natural en una espedicion á Italia. 

Siguióle su hijo primojénito, el muy piadoso principe Luso, espe- 
ciahnente dado ú culto de los dioses, sin descuidar por eso las co- 



40 GLOBIAS 

sas del Estado. A los treinta y tres años de on reinar tan pr¿B))e* 
pero como pacifico, murió dejando el cetro á su hijo Siciüo, el cual 
reinó cuarenta, sin hechos dignos de especial mención. No dejando 
herederos, ocurrió un interregno de largos meses, disputándose el po- 
der diferentes señores; hasta que triunfó de sus émulos el famoso ca- 
ballero sevillano Gulnerio Testatríton, que gobernó con sabiduría, du- 
rante veintisiete años, muriendo sin sucesión. 

No menor fama de sabio y justiciero mereció á falta de Gulnerio, 
el ilustre principe Romo, oriundo de Italia, casado con una dama his- 
palense, de peregrina hermosura, rara discreción y nunca desmentida 
bondad, llamada Helgueria; señora de tan poderosas relaciones, que 
le grangearon á su marido una corona. Reinaron felices diez y siete 
años; y fué caso singular que ambos murieran en el mismo dia; co- 
mo deseosos de compartir en imperecedera vida, el siempre fino y 
jamás tibio amor que los uniera en esta. Sucedióles aclamado como 
heredero de sus virtudes, el escelente principe Palátuo, hijo único 
de tan esclarecidos progenitores; que reinó cerca de sesenta años, sin 
legar un sucesor. Pero como se hubiese distinguido bastante en varías 
épocas de su gobierno un pariente suyo llamado Erítreo, natural de 
Cádiz, tuvo esta ciudad la honra de dar un principe soberano á Se- 
villa. 

Están contestes las crónicas en aseverar que fué Erítreo uno de 
los reyes mas dignos, clementes y benéficos; si bien de carácter apá- 
tico y nada á propósito para las marciales empresas. Robusto y de 
intachable conducta, reinó mas tiempo que ninguno de sus coronados 
predecesores, puesto que no bajan de sesenta y ocho los años de su 
imperar. No habiendo dejado hijos de su mujer Abogarda; recayó el 
cetro en el ingenioso principe Gargoris, según otros Gálgoles, por elec* 
cion unánime de los ciudadanos hispalenses. Este inmejorable monar- 
ca, apellidado el Melieola^ por haber enseñado el primero á criar abe- 
jas y tener colmenas, inspirando á los hombres el gusto por la indus* 
dustria agricola y peonaría; descuella entre los pocos que fueron, con 
simultaneidad gloriosa, á un tiempo soberanos y maestros. Asi vio flo- 
recer en progresión continua sus dominios, durante los sesenta y cua- 
tro años que brilló sobre el trono, tiernamente querido y respetado, 
como amoroso padre de sus pueblos. Rien se puede asegurar que ha- 
brán sido completamente estraños á los vicios, unos principes favore- 



DE SBVIUA 14 

eidos con tan adttirables reinados; y son por cierto escasas las his- 
torias donde solo hay que consignar acciones generosas, al referir la» 
vidas de h» dominadores prepotentes. Plácenos, por ende, que haya 
cabido tan escelsa gloria á los prístinos reyes de Sevilla. 

Pero si grande figuró Gargorís, ínclito y preclaro deslumhra, como 
genio mirífico, á las mentes, su ilustre nieto el incomparable sobe- 
berano Abidis, tipo único de perfecto monarca, especie de ley viva, 
bello ideal tangible como dotado de hermosísima corporeidad, pauta 
emblemática y símbtíica maravillosamente reguladora, personificación 
magnifica de la virtud y del saber. Enteramente dedicado á promo- 
ver el desarrollo de la civilización, que hizo ostensiva á todos sus es- 
tados, en parte montaraces hasta entonces; domesticó sin número de 
pueblos semibárbaros, hechos á vivir sin leyes en lo mas fragoso de 
á^ras é incultas sierras, como tribus erráticas salvajes. Hizose oir 
querer y respetar de les mas feroces de estos montañeses, obligándo- 
les á dejar sus riscosas moraihs, consistentes en pobrísimas chozas y 
naturales grutas, cuevas ó galerías subterráneas, á modo de madri- 
gueras propias de los brutos. Obedeciendo humildes á la imperiosa 
voz del gran monsurca, descendieron en grupos de sus cumbres y acre- 
centaron las poderosas fuerzas del estado, ftmdando nuevas entusias- 
tas poblaciones por toda la marina, guarniendo el litoral de vasto 
muro. Después labraron los feraces campos, recogiendo pingüísimas co- 
sechas y habituándose al sabroso alimento del pan, el mejor de los fru- 
tos, que les era absolutamente desconocido; lo cual parécenos que so- 
bra para dar una idea de su ignorancia y secular barbarie; como tam- 
bién del mérito que tuvo un prindpe capaz de reducirlos. Pues esos 
mismos tan agrestes pudrios, fueron luego los mas civilizados, de*- 
bténdcdes el mundo no pocos eminentes varones. ¡Honor al genio, que 
ihistrarloB pudo, trocando en sociedad los desiertos, en vergeles los 
páraoios y eriales, en criaturas útiles, laboriosas, hospitalarias y be- 
néficas, á los indámitos habitadores de inaccesibles montañas, com- 
pletamente sordos por muchos siglos á los clamores de sus conciencias, 
que les pedían civilización! Tal fué el mUagro que operara Abidis, 
dando á sus convertidos instituciones regeneradoras, enseñándoles á 
beneficiar las tierras, é imponiéndolos en todo lo conducente al mejor 
sostenimiento de la vida. Reinó treinta y cinco años; siendo aquí de 
advertir una coiacideneia histórica notaUe, y es que el mismo dia de 



42 GLORIAS 

SO sentida mnerte en Hispalís, comenzó en Jernaalen el reinado del 
santo profeta David. 

Estallaron, á la mnerte de Abidis, revueltas y desórdenes tan gra- 
ves, que bien se echó de ver la justiciera mano del Altísimo casti- 
gando á los poderosos de la tierra insolentados y desvanecidos por loa 
muchos años de casi fabulosa prosperidad. Todos los magnates de la 
corte del mejor de los reyes, considerándose individualmente bastante 
dignos de reemplazarlo, ambicionaron ocupar un puesto superior á 
sus merecimientos y reducidas luces. £1 pueblo, en un principio, 
se mantuvo espectador pasivo y silencioso de la entablada lucha; 
suspirando incesantemente por el sublime legislador recien finado; y 
conociendo de instintiva manera que semejante rey era irreemplazable; 
por cuya razón surjirían males sin cuento de las empeñadas contien- 
das. £1 pueblo, sin embargo, no podia continuar en inacción perju- 
dicial á sus comprometidos intereses, forzado á decidirse por unos ó 
por otros, y habituado ya de largos siglos al paternal g(ri)ierno de los 
reyes. Buscando, pues, un pálido trasunto del que habia perdido, 
fraccionóse en opuestas banderías, precursoras de luchas intestinas; y 
llegó, por desgracia, el triste caso de venir á las armas los partidos. 
Corrió la sangre por el remo todo, sin esperanza de feliz arreglo; tal 
vez mediando treguas y armisticio, mas no definitivas transacciones. 

Asi las cosas, llegó al poder supremo el célebre Turdetano, que 
si bien no pudo estender su dominación allende las comarcas anda* 
luzas, provincias y colonias de Hispalis metrópoli; logró al menos po- 
ner orden en los negocios de este fértilísimo pais, recabando á duras 
penas que no lo devastasen horribles guerras civiles. Los pueblos agra- 
decidos á sus esfuerzos, le confiaron la dirección de los asuntos públi- 
cos y el nombramiento de las autoridades subalternas,^aunque sin con- 
ferirle el titulo de rey, como temiendo profanarlo si lo daban á otro, 
después de haberlo enaltecido Abidis. No era, por cierto, indigno el 
nuevo jefe, de tan glorioso dictado; pues supo tener á raya sus hábi- 
tos viciosos, y aun distinguirse en términos de merecer que de su nombre 
se llamase algún tiempo Turdetania la siempre incomparable Anda- 
lucia. De modo que esta provincia debióle paz y ventura, Ínterin las 
otras luchaban entre si, lo cual no es de nuestro propósito narrar; llegando 
Turdetania á ser tan conocida por su esplendor y riquezas, que, como 
dice Strabon, cuando los cartagineses se hicieron dueños de ella, hasta 



DE OVILLA 43 

loa pesebres encontraron de plata. ¥ no se crea destituida de funda- 
mento semejanie especie; porque siendo Híspalis la ciudad de mas con- 
sideración y nombradla, donde radicaban egencialmenle las industrias 
Y florecían las artes, enriquecíase de prodigiosa manera con los me- 
tálicos raudales de lodos los pnnlos de España, que confluían en so 
seno, á cambio de primoroBos y bien elaborados arte&ctoe. Hubo ade- 
más una época desastrosa, pero fecunda en argentíferos torrentes, que 
describiremos mas adelante; aun sin necesidad de recordar la omní- 
moda abundancia de este snelo, fecundo por ventura en minas de oro 
y plata; asi como lo es en copioeiBimas producciones de lodo gé- 
nero. 

Después de Turdetano, que gobernó por mas de medio siglo, pa- 
rece que los libres hispalenses ensayanm la forma democrática, cmi- 
ñriendo el poder ejecutivo á un consejo de ancianos respetables, ele- 
gidos entre tos roas sobresalienles pOT su sabiduría y sus virtudes. 
No incurobiéndonos, empero, por razones especiales ocupamos de esta 
forma p(d{tica,en las difíciles circnnslancias de nuestros dias; nos re- 
ducimos á indicarla de paso; aunque sí debemos crasignar, á fiíer 
de liisloríadores imparciales que Híspanla entera floreció dichosa mientras 
doraron punuí las patriarcales épocas de aquellasdemocrátícasínsl ilaciones. 




«.-^kV^tiJ ..- ;¿íia^ft:¿3^Si 



CAPITULO II. 



De dos espantosos icon lee 1 míenlos, úaicos en loe histáricas inalea. 



íiíi^í»-*;- . 




' lara y sucinlamenle hemos llegado á uno de lo» 
periodos mas interesantes, criticoe y dramiticos 
de nuestra compendiosa narrativa, que habremos 
de recorrer con especial detenimiento, por refe- 
rirse á cosas estraordinarías y casi de todo punto increíbles, í no ga- 
rantir contestes la exactitud iiel hecho todos los cronistas é historia- 
dores, nemine diserejiartle, por supuesto en tan calamitosa materia. 

Hablamos de la espantosa universal sequia (sin ejemplo antes ni 
después en los fastos nacionales y estranjeros), que hizo gravitar sus 
mortíferas consecuencias sobre la desolada España, no menos que por 
espacio de veintiséis años, hacia el de mil setecientos treinta y seis 
de la fundación de Sevilla, cerca de once siglos antes del naeimlentode 
nuestro Señor Jesucristo. 

Debió «n duda alguna sufrir alteración el gran ástema por superio- 
res causas dirigido en lo invisible é inmenso del espacio; pnés el tem- 
piado clima de la región faispálíca, canibió de pronto vomitando fuego. 
Calores insufribles, mas que los de canícula estivales, vokanizaron 



BE SEVILLA. 45 

la revuelta atmósfera, cuyos efluvios ignicos en ráiígas candentes sin- 
tiéndose vagar diseminados, abrasaban perdidos los cerebros, aun hu- 
yendo los hombres á ocultarse en profundas guaridas subterráneas. 
Cundió el terror por la ciudad mirifica, cuyos horripilados moradores 
pensaron en salvarse ccm la fuga, buscando en otros climas fresco am- 
biente, cual primer elemento de la vida. Viose emigrar en número 
infinito famiBas españolas, como esas nubes de aves espantadas, que 
oscurecen la bóveda del cielo, cuando se l&nzan á cruzar los mares 
en busca de otras tierras, sirviéndoles cual- móvil poderoso, de su 
conservación el fino instinto. 

Parecía en efecto, que á la región hispánica amagase ignívomo el di- 
luvio de Pentápolis; del valle escandaloso, cuyas cinco ciudades cor- 
rompidas, revolcándose en el inmundo fango de los mas atroces vicios, 
y de su pc^rversion haciendo gala, provocaron la cólera divina. ¡Hor- 
ror y mas horror por donde quieral En vano las familias fugitivas pug- 
naban por ganar otros paises; abriéndose de pronto enormes grietas 
mtercéptan las comunicaciones. Ruedan no ^ocos á lo mas profundo 
de improvisadas simas, por tocar á sus pies las hendeduras; despló- 
manse también los edificios, arráncanse los árboles de cuajo; por todas 
partes ruinas, catástrofes, terremotos; cual si la tierra próxima á pul- 
verizarse para siempre, aguardara tan solo la esplosion del postrer 
catadismo, desencajándose cadavérica en convulsivos estremecimientos. 

A fin de que ninguno crea que exageramos, se nos permitirá ale- 
gar el testimonio de un autor antiquísimo, con sus mismas palabras, 
que son estas: «afirman todos los autores, que no quedó rio, ni fuen- 
te en España, que de todo punto no se secase; sino fueron los rios Ebro 
y Tartésus (hoy Guadalquivir). En los cuales corría muy poca agua. 
Abrióse también la tierra por muchas partes, con grandes hendedu- 
ras y grietas; especialmente en las tierras mas apartadas del mar. 
T asi pereció multitud increíble de gentes. Porque no quedaron cami- 
nos por donde se pudiesen salvar las personas. Y lo mismo sucedió 
á los demás animales brutos, sin que su instinto los escapase de la 
muerte.:» 

Aquí pudiéramos esclamar con el melancólico profeta Jeremias, 
deplorando la ruina de Jerusalen: «¿cómo está sentada sola la ciu- 
dad antes populosa?» Faltándonos, empero, el estro divino de aquel 
elocuentísimo vate, tomaremos un ejemplo vivo y palpitante (diga- 



16 GLOEIAS 

moslo asi), de la moderna historia c(»teinpoFánea, para que se fomie 
ana idea de cómo quedaria Sevilla bajo el mortal inflajode tan hor- 
ribles é insubsanables trastornos. 

Sabido es que el capitán del siglo, el incomparable Napoleón Bo* 
na^mrte, dejándose llevar de un ciego arrojo, internara sus buestes 
vencedoras hasta en el mismo corazón de Rusia. Pues bien: al en- 
trar en Ikiscou, no pudo menos de sobrecojerie el sepulcral silencio 
que reinaba en la ciudad inmensa de los Zares; sus calles y sus [da- 
zas aparecían desiertas: las puertas y ventanas de los edificios notá- 
banse cerradas: sus templos alumbrados, como en lúgubres dias de 
oficios generales por difuntos, pero sin sacerdotes, ni guardianes, ni 
fieles. Aquel imponentísimo espectáculo era la solemne protesta de 
una generación exasperada contra los audaciosos invasores; protesta, 
en su mudez, mas elocuente que los terribles gritos bélicos de un mi- 
llón de cosacos; protesta, en fin, que suscitó en el alma del mismo em- 
perador de los franceses algún afecto pávido, semejante al presenti- 
miento de una irreparable desgracia (poco después realizada por el 
incendio general); obligándole á dudar de si pro[MO y desconfiar de 
su mimstruosa fortuna, bajo las doradas cúpulas del Kremlin y á la 
cabeza de quinientos mil hombres! 

Asi estaba Sevilla de imponente, al emigrar sus tristes habitan- 
tes, no menos numerosos y mas ricos que los vecinos de Moscou un 
dial Asi habia de estar Sevilla, y asi estuvo en efecto, mil setecien- 
tos sesenta años después de la gran seca, el dia fatal en que los in- 
vasores africanos la entraron sin capitulación, abatida la insignia del 
cristiano ante las orgullosas medias-lunas! 

Pero si bien quedó desierta la población sevillana, al rastrallar la 
cólera celeste en la espantosa época aludida, salvánmse muchí^mas 
familias en diferentes puntos refugiadas, que á los 26 años del terri- 
ble conflicto, volviendo á sus hogares, dieron animación y nueva vida 
al esqueleto de su amada patria. Om ellas Tínieron innumerables 
gentes de otros climas, atraídas por la curiosidad y por las mismas 
relaciones que de la riqueza de su patria hablan hecho los hispalen- 
ses refugiados. Estos, no pndiendo olvidar la catástrofe de que hablan 
sido victimas tantos millares de compatriotas, dieron en llamar StiUa 
á la tierra, vocablo que en el idioma de entonces significaba pais de 
fuego y sitio abrasadcñr; voz que corrompida con el trascurso de los 



DK fiSVILLA. 47 

flígk», eertio taato étns, ^iao i degenerar en la pelábra Sevilla, qae 
han reepelalo y probaUraiente respetarás Iob tiempos hasta el fio del 
nmndo, pues ni Julio César, ni los árabes (á pesar de sus quinieiH 
tos treinta y tres anos de tiránica dominacimí), pudieron conseguir 
hacer llegar hasta nuestros días los nMubres con que quisieran de- 
signarla á las generaeiones venideras. |Tan impresa habia quedado 
kt aterranle memoria del ¡nrimer suceso, que dk^ margen á este ca- 
pitulo! (4) 

Es de advertir que Itálica padetíó mucho mas que Hispalis, por 
no tener tan sólidos y colosales cimientos; resultando desde entonces 
en estremo deteriorada, hasta la venida de los romanos (de lo cual 
hablamos en el capitulo cuarto). Y al verla tan sumamente ruinosa 
los muchos forasteros á quienes cupo repoblarla, dieron en llamarle 
también Snüia^ pero añadiendo, en su idioma, el epíteto de viqa. Cuya 
tradición se ha conservado hasta el dia, si bien con ignorancia ó ter- 
jiversackm del verdadero motivo original; pues muchos hijos de este 
suelo creen y refieren que las ruinas de Itálica no son otras que las 
de Sevilla la antigua ó primitiva. Para desvanecer semejante entM*, 
bastará recordar los malos versos de la inscripción colocada sobre 
una de las puertas de Sevilla, después de su conquista por los cris* 
tianos: 

eHÉaciLES me edificó: 

JlXIO CÉSAR HE CERCÓ 

RE MUROS Y TORRES ALTAS; 

iN Rey qoro he perdió; 
i'N Rey Santo me oanó, 
CON Gargi Pérez re Vargas.» 

De los cuales se infiere que no hay en España ciudad mas anti- 
gua, como que es la primitiva metrópoli fundada por Hércules de 
Libia. Pero hay mas: los que afirman que donde está Santiponce, es- 
tuvo la primera Sevilla, atribuyen la fundación de esta (ItÚica) á los 
romanos; es asi que Julio César (decimos nosotros por via de silo- 

(!) No falla un erudito historiador que deriva el Dombre de Sevilla de la vos 
Spali, oorrupeion de mspaUs, dando antea una idea de otnu alteraciones debidas á 
los árabes, en la steuiente nota á la palabra Tolattola: «asi desfiguraron los Árabes 
el Rombre de Toledo, depravación de «urbs toletana» que oirían á los cristianos: lo 
mismo que de Astigi hicieron Eslija por Écija; y de Cs^raugusta Saracusta por Za- 
ragoza; y de Spall ESbilla por Sevnia.» (Nota del autor). 



48 Gumus 

gismo), arengando á loa serUlanoa deapoea de la faaaoaa batalla de 
Monda, ofreció cercar de nnuaHas á la (Hodad de Sevila, cerno nn 
(ríbnto pagado á la memoria del grande Hércnlea, luego ya exiatia la 
pd>lacion sevillana macho tiempo antes que la de Itálica. A mayor 
abundamiento se sabe también que esta pertmecia ¿ la jmisdiccioa 
de Sevilla, declarada cokmia romana por César (lo cual era entoncaa 
OB grandísimo honor); siendo asi que ItáUca no mereció d titulo de 
colonia romana hasta la época del emperador Adriano, hijo suyo, 
como lo fueron Trajano antes y Teodosio después. 

Terminada esta digresión, necesarísima como lo es todo cuanto 
contribuye á esclarecer materias complicadas y disipar errares, anu- 
demos el hilo de nuestra interrumpida narración. 

Léese en las crónicas mas antignaa que cuando hia familias espa«- 
fidas, refugiadas en diversas partes del globo, regresaron á su pa- 
tria, noticiosas de las grandes lluvias que superabundantemente re*- 
frescaban la tierra, no hallaron desde luego árbol ni cosa verde utí- 
li2able, mo algunos granados y muy pocos olivos en la grata ribe- 
ra del Tartesus, hoy Guadalquivir, con especialidad á las inmediacio- 
nes de b ciudad de Hispalis. Lo cual prudui lá fecundidad de este 
país, que espontaneaba sus frutos, aun después de tantos años como 
la mano del hombre habia estado sin prodigarle el necesario cultivo. 

Repoblada enteramente la ciudad por los nuevos moradores, que 
en su mayor parte eran de los antiguos ó de sus hijos, solo se ocu- 
paron de reparar los desastres ocasionados, dedicándose á recompo- 
ner los edificios, labrar los campos y garantir el orden público, co- 
mo primera base de la paz, alma de la existencia social, para tran- 
quilidad y bienestar de las familias reunidas bajo el amparo y salva- 
guardia de las leyes. No descuidaron tampoco el culto de los dioses, 
lo cual prueba sus sentimientos religiosos; porque si bien la idolatria 
reinaba entonces por el mundo todo, no en todas partes era tan ab- 
surda, ridicula y estravagante como la de aquellos gentiles del Egipto 
que aídoraban los puerros y cebollas, los sapos y culebras, las pie- 
dras y las plantas, los ríos y las fuentes, y, sobre todo, al buey seudo- 
sagrado de irrisoria execróle remembranza. Los habitantes de Se- 
villa, mucho mas cultos y entendidos que los de otras ciudades, ado- 
raban al sol, la luna y las estrellas, y dirijiendo ai ámbito infinito 
preces fervorosas, creían que sobre la inmensa cúpula de la celeste 



DE SEVILLA. 49 

bóveda eslríbaba el solio indeirocaMe del Ente necesario é incon- 
preosibie, Dios de los dioses, arbitro omnipotente de los mnndos; re- 
galadiMT eterno del curso de los astros, principe de los mares, que 
presidia á las nubes, lluvias, vientos; y cuya voz sonando en la tor- 
menta, prolongaba ó acortaba sus efectos. Adoraban también al gran- 
de Osirís y á su hijo Hércules, en especial á este, como fundador de 
Sevilla, tributándole culto páblico en varios templos á su grata me* 
moría levantados. 

Por este tiempo, es fama que ascendiera al supremo poder un sa- 
cerdote del templo principal erigido á Hércules; á causa de los gran- 
des méritos contraidos en la azarosa época de la emigracioD, exhor- 
tando siempre á sus compatriotas á llevar con paciencia el infortunio, 
pues seguramente no los olvidaría el héroe divinizado, sabiendo har 
cerse dignos de recobrar sus plácidos hogares. Este sabio sacerdote, 
llamado IMebran, estuvo largos años al frente del gobierno, logrando 
cimentar la teocracia, que solo vino á ser aborrecible por los esce* 
sos de sus indignos sucesores. 

Asi las cosas, sobrevino de pronto una nueva calamidad de tan 
deslumbradoras consecuencias, que impórtanos y cúmplenos mentarla, 
aunque no se refiera privativamente á la historia de Sevilla. Su muy 
considerable trascendencia dio motivo sobrado á consignarla como el 
segundo de los acontechnientos, que constituyen la principal materia 
de este capitulo. Nada hay de exagerado en nuestro aserto; y para 
que no se dude, citaremos las mismas testuales palabras de uno de 
los mas antiguos historiadores sevillanos, tratando del suceso á que 
ahidimos. 

cY fué, que los pastores vecinos á los montes Pirineos, eneen** 
dieron fuego sobre lo postrero dellos: solo procurando guarecerse de 
ios frios, que padecían: empero la llama emprendió de tal mod*, 
que muy gran parte de las montañas ardieren muchos días; y de 
tal forma, que no se podrá declarar cosa mas espantable ni temeré^ 
sa. Pues se vieron las llamas desde la mayor parte de Espaáa, y se 
sintió su calor, casi en toda ella. Y no solamente se quemaran ks 
árboles, piedras y yerbas; sino también las venas de los metales se 
derritieron á toda parte, y formaron grandes arroyos de plata, que 
corrieron por toda la tierra; con abundancia maravillosa (forzados del 
calor que penetró los mineros), pero no increíble. Porque, como di- 



20 GLORIAS 

cea los historiadores y coemógrafiís y claramente lo vemos: todas las 
tierras españdas son una pasta de metales y de pedrería preciosa.» 

No haremos comentarios ^tíbve un hecho, que asomlnra desde lue- 
go por si solo, bastando sa sencilla narradon para aduúrar los altos 
juicios del aoberano Autor del Universo, que tales cosas permite, 
pnés nada ocurre en el Orbe sin que intervenga en ^o su augus- 
ta mediación, como es sabido. Por eso en el capitulo anterior habla- 
mos de ana época* fecunda en argentíferos torrentes; como que siendo 
k la sazón SeviUa la mas civilizada capital, á este brillante rena- 
óente emporio de varia ilustración y hermosas luces, singularmente en 
el comercio, industria y artes, acudían solicitos los naturales de to- 
dos los puntos de la Península, cargados de oro y plata, no porque 
tuviesen gran valia (desconociéndose entonces el dinero), tan precio- 
sos metales; sino por la tersura esplendorosa de su dactil materia, 
propia para la fabricación de vistosísimos artefactos. Y tan cierto fi- 
gura el enunciado motivo, que hay memoria de haberse construido 
con aquellas pastas riquísimas muchos objetos y utensilios del común 
uso, ahora fabricados donde quiera de materia pobrisima y sin costo. 

Jamás se vio pais alguno, ni á verse tomará seguramente, con 
tal riqueza en prodigiosa copia por su vasto recinto derramada. Los 
raudales auríferos sin precio, con los de plata liquida mezclados, que 
brotando dd seno de los montes, abrasaran los bosques centenarios, 
los vejetales y las mismas piedras; compactáronse luego en masas só- 
lidas, sobremanera duras, aunque á poder de fuego activísimo é in- 
tenso maleaUes. 

Las faldas de los altos Pirineos, como los hondos valles de sus 
inmediaciones y contomos, cubriéronse de enormes trozos de incalcu- 
lable valor, entonces no apreciado por los indígenas, al menos sin ser 
temdo en preferente estima, hasta que codiciosos estranjeros, á cam- 
bio de mercancías y bagatelas om que ávidos brindaban unas veces, 
cual por violencia bíárbara no pocas, vinieron á recabar de los incau- 
tos españoles, lo mismo que los descendientes de estos, muchos siglos 
después, habían de reproducir insaciables con los sencillos é inofensi- 
vos imÚos de la América. 



I 
■I 




CAPÍTULO III 



Los Fenicios. Nabucodonosor II. Los Cartagineses. 




stimamlo conduoente á naestro propÓBíio el pres- 
cindir de la vemda de los Celtas (porqae bo e»- 
\ cribimos la hiBUnria de E&paoa,) pasaremos ¿ la 
de lea feaicios. Estos iodaslriosos habitantes de la 
opolsiita Tiro y de la celebrada Kdon, aportarmí cm júbilo estremo- 
so en naves de anchwosae diatensiones ¿ la ciudad fondada por el 
biznieto augHsto de Noé. Becibidos en ella como hermanos, por ser 
hospitalaria cual ningona la poUaom delhi^»lense suelo; sacaron i 
la orilla los iárdos de sus géneros, dando á entender que reocHrrian 
ka costas para vender i cambio de oro y plata sus muchas mercaur 
cías, por mas adelairtados ea las artes. Asombráronse al ver tamaña 
copia de precioeos metales, como les prodigaron satisfechos lo^ desin- 
teresados españoles. Y al cabo despidiéronse corteses, con la secre- 
ta mira de vdver sin retardo á fdantear cdonias en la región aurí- 
fera, qverellffló sus naves de cuantiosas riquezas, no ya sin espcner- 
las á zozobrar y hundirse por el estraordioario peso ¿ que no estaban 

4 



3Í GLORIAS 

hechas, caal se entiende. Cuéntase que los afortunados nautas, ledos 
surcando el caudaloso rio, á cuyas aguas debieron las mas brillantes 
épocasdesucomercio,lellamaronBétis, estoes, río de oro; Bética apelli- 
dándose, por ende, la tierra que después fué Andalucía. (4) Tiro y Sidon 
oyeron admiradas de sus absortos hijos el relato, y al lipido cundir de 
tales nuevas, apréstanse las flotas de comerciales géneros henchidas; 
con pueblos de marinos avidosos. Cubrióse el Betis de flotantes casas, 
y sus riberas de vendibles bultos; alcanzando, sobrando para todos, 
los inmensos tesoros de Sevilla. Después trataron de fundar colonias; 
aunque sin internarse tierra adentro; pero se sabe que estas no pro- 
gresaron de manera alguna; tal vez porque los confiados españoles 
comenzaran en tiempo á abrir los ojos sobre los ulteriores planes de 
sus nuevos y oficiosos amigos, penetrando sus miras de engrandecimien- 
to á costa del pais; lo cual les sería fácil de conocer, y mucho 
mas hallándose dotados de esa celebrada perspicacia y admirable sa- 
gacidad ó lógica natural, previsoramente discursiva que siempre ha dis- 
tinguido á los graciosos hispalenses. No menos agradó á los 
fenicios el festivo carácter de los sevillanos, constantemente generosos 
y joviales, que les sedujo la magnificencia de su deslumbradora me- 
trópoli, prodigalizando ubérrimos, sus dones exhuberantes bienes y pin- 
güísimos productos, por la seguridad de inacabables. 

Bien hubieran querido los fenicios, popularizándose á foer de ilus- 
tradores, desnacionalizar á la sencilla Bética, tomándola provincia de 
su patria. Empero, si á los tirios y sidoníos de ninguna manera les 
Até dado aclimatar odioso el poderío de una dominación usurpadora, 
ni con poner en juego artes mañosas, ni con inaugorarcohmias varias; 
«ábese al menos que estrechar lograron vimaios de amistad en esta 
tierra y hasta obligarse, para las eventualidades del porvenir, por wb^ 
dio de una alianza ofensiva y defensiva, con los espléadídos hijos de 
la famosa Turdetania. Bien echairon de ver el belicoso genio que lea 
animaba en el entusiasmo con que referían las tradicimiales proeíaa 
de sus antepasados, y muy especialmenle las ^orias de los notables 
tercios hispalenses, que fueran con el principe Sioaao á la conqais^ 
ta de la Italia un dia. 

No trascurrió, por cieno, mucho Uempi> sin que los fenicies re»-« 
cotdasen á los sevillanos sus mútaas compromisos, reclamando anke* 
Jantes con perentoriedad de urgencia soma el enmpUmiento de anriskK 



ptekNk lí teé el caio, qM >^ino aokm aqueUoB, inveDciUe has- 
la entonces por dwpmra, Mabucedonoflor segundo al frente de ia- 
«unev^les masn kabüoaias. Todo oedia al poderoso arranque de 
aqMl cmifatslader ata tesialenoía, qoe al presentarse fiero en todas 
partea acogía desdeñoio á las avtorídades de los pueblos sumimn dre- 
eiendo y oMianeiay ooal sí debido fuérale el tributo de un unifer- 
sal vaaalbqe Peio |ay, de bis rehaoias en abrirle las puertas de sus 
amedrentadas poblaciones, ó mavosos acaso en bacerle la entrega de 
sus IbiTasI ¡De esos pueblos quedaba... la memoria, sobre eseraibros 
y minas y cenkas, legando á los demás un escarmieatol 

Tal era el coloaal • atMlíoo jigante que sitiaba á Tiro, maratUlado 
en sus ademras de que sustentase la tierra algún pueblo capaz de n- 
aislírle. Y Tiro, al fin, hubiera sucumbido, si los TaUentes hijos de 
Sevilla, con su marcialidad y su bravura no acudiesen tdoces al 
priner aviso del iimii i c nte riesgo que corrían sus ínfriioes aliados. 

Al Hegar á esta punto de nuestro verídico relato, debemos eoprc- 
sar la admiraciou que nos ínftmde el ver á los antiguos hispaleuses 
tan prácticos suijir en la marina. Está probado que posible no era 
por tierra socorrer á los de Tiro; y autores respetables aseveran, que 
juntando una escuadra numerosa los bravos de la Hética impertérritos, 
socorrieron á Tiio sin tardanza, introduciendo víveres, armas y refuer- 
zos de tropas esoogiítos en la plaza. Tan pande fué el contento de 
los átiados, como el ferer y la desesperación de los sitiadores, que 
eMonees redoblaron sus atMpies intentando un asalto gMeral. Recbaíuh 
dos con pérdida horrorosa, y en sus propias trincheras mal seguros, 
viévonse en el triste y afrentoso caso de levantar el sitio; jurando em*- 
pere, el rey de Babilonia pulverizar un día á la soberbia Tiro, y ven-- 
garse también de sus temerarios auxiliares, persiguiéndolos encarniza- 
damente hasta en el seno mismo de su patria, para entregar al saco, 
al hierro y al incendio las grandes pobladones españolas. 

BstaHó tan ruidosa la alegría en la opulenta plan vencedora y fué 
tal eapresivo y mtusiasta su reconocimiento á nuestros héroes, que 
estará demás el ponderarte, pues mejor se com^, que se espresa. Gar^ 
gados de presentes y de elogios, de vítores, aplausos, bendiciones, k»* 
relea y conmas, regresaron los Ujos de Sevilla, ufona de saKr á r^^ 
dMrios en triunfo, cual pndiora á smidioses. Hermosas ninfas en cqm^ 
pttMs bettaa^ las guirnaldas de iores les prodigan; y á sus dulces me- 




24 ISLOillAS 

lódicofi cantares de ardiente patríoiBmo y de victoria, se mecclan im 
cordialeB parabieneB de famUías sin número i^püadas. 

No filé muy duradero el regocijo. No tuvo aniversario en su aUKK 
rozo, de la solemne entrada el fausto dia. A pocos meses desasido* 
sas nuevas cundieron prontas, el terror sembrando. Espacióse la ci»^ 
dad tranquila. Mabucodonosor de Babilonia, ¿bices y distancias su^ 
perando, con un medio millón de combatientes y nunnerosa armada, en 
persona la Bética invadía, feroz y ansioso de vengar agravios. Tran- 
ce aquel era critico y supremo. Su est^rminio Sevilla columbraba, di^ 
visándose ya las huestes fieras en número infinito «rroUadwas. 

¿Qué hacer en tal ahogo, hasta de la esperanza desbauciados? ¿Des- 
mayarán los nobles hispalenses? ¿Cuartel acaso pedirán sumisos, vd nn 
dilla doblando ante el intruso? Nó, que luchar deciden hasta mcNñr 
con gloria en la demanda! 

Loe hechos hablaran, no mis elogios. Al campo sale la ciudad en 
masa; los niños solamente y los ancianos, para guardarla quedan, por 
inútiles. Cuantas personas con salud respiran, en ordoiados pelotees 
marchan. Ko ya el pánico reina y si el silencio, que estrictamente en 
las compactas filas á las voces de mando se obtempera. Ya por cau- 
dillo de la gente Hulnaro, que sobre todos desc<diára en Tiro. 

Un confuso rumor hiende los aires, semcgando del mar á los bror 
midos; y unisono responde el clamoreo que por una vez sola se per* 
mite el patriótiGo ejército marchando cEllos sonl» fué la vos. Hul- 
naro dijo: ¡nosotros somos! Adelante, bravos! Ni un gesto de temor, 
ni un alharido; caiga inmolado el que cobarde tiemble! cMaldilo sea 
el que á su patria falte!» Sevilla repitió: cfmaldito sealt Y al aña- 
dir el capitán: «¡bendito el que luchando por su patria fine, y hasta 
Hércules de libia escelso siüía!;» Sevilla en masa prorrumpió: chen* 
dito!» 

Empero, aquel sordo fragor que habia alarmado á las eohumaa 
hispalenses, no era todavía el estrépito lejano de los bárbaros acau- 
dillados por Nabucodonosor; era si el v»luroso anuncio del raxiliar 
ejército fenicio, que habia desembarcado y avanzaba en socorro de 
sns aliados, no solamente para corresponder á sus sacrificios y pagar 
una deuda de gratitud; sino también en cumplimi^to de los tratados, 
y por la propia seguridad de aquella nación, ante todo, meroanlil. 

Perdiéronse en el ámbito sin limite los gritos de alegría 



DE dE\ILLA. 2S 

gnieiites al plaiüiUe hkHito inespendo, Uta pranto como ae gen»** 
raüxara el reconodmiento de ámbaa hoeales; y comiinieáiidgee reoi- 
procanieBle el ardoroso eiiluaiaamo qae loa animaba, todos convinie» 
ron en defendene hasta moriF. No tardó mocho en dejarse ter el foi^ 
midable ejército de Nabncodoaosor, como un mar de oabeías inun- 
dando la tierra y estendi^idose mocho maa de lo qoe la \iata podía 
abarcar, allende loa confines del lejano horísonte. 

En dos terceras partes esceitta al de loa se^ülaMs y fenicios, 
qoienes por el momento resolvieron hostilizarlo solo en retirada, on* 
briendo á la cindad núoitras pudiesen. Y hobieran sido enyneltos 
sin remedio, k no sobrevc»ir la triste noche, oseara por demaa y 
tempestaoea. Favorecidos por laa densas sombras y por el desconcier- 
to de k» elementos, tuvieron tiempo soficiente para poner en salvo á 
todos loa qoe hablan qoedado en la capital; oontinnando sin deaórden 
80 forzosa retirada, hasta qoe engrosándose con los reftienoa de otraa 
poblaciones, no rayase en locora el traierario arrejo de hacer fronte 
á on enemigo cuyos tropas se soponian innomeraUea, como laa ea- 
trollas del dek), como las arenas del mar. 

Verificóse esta aifanirable evolodon, tan bien concebida como hjh 
bihnente ejecolada en presencia del ejército contrario, bécia el año 
quinientos noventa antes de la venida del Mesías. Y cuentan que Na- 
bucodonosor, entendido adalid para su tiempo y capitán famoao de 
80 siglo, qoedárase no poco estopefado al ver el desempeño de aqu^ 
lia maiiM)ra, con toda brillantes Hevada á cabo, por la serenidad y 
disciplkia de los firmes guerreros operantes. Este mismo Nabucodo- 
noMNT es el qoe tanto figura en las sagradaa pinnas, como un ler- 
rible azote del pueblo hebreo y de sus reyes. 

Desierta la ciudad, entró en Sevilla, y prendado de su magnifi- 
cencia, lejos de reducirla á escombros y cenizas, como á tantas otras, 
disposo repobkffla de caldeos, Rigiendo al efecto los mas nobles. Re- 
oonrió seguidamente toda la Andalucía, agradándole sobre manera so 
hermoso cielo, su templado dima, sus feraces campos; pero di8gU8- 
tandil de todo puirto el hostil aspecto con que donde quiera se le 
reeSrfa; y lachando sus tropas diariamente con varias divisiones de 
los aliados, que infatigablemente perseguían, hostigaban y acosaban i 
los desesperados invaactfes. 

Doró la gMrra á muerta algaes meoea; hasta que oonvoneído el 



^ 



26 GLORIAS 

balnlonio de eer, por cierto, irrealisaUe empresa fteduekr á los iaoUtos 
gaerreros que con tanto \ator y habilidad se dafendian; notíaiisa 
ademas de las revaeltas ocurridas en no pocos de sus vastisíiMs do^ 
minios; temó el partido de voWer al Asía con sus diecmadas hnes- 
tes, aunque cargado de botm inmenso. 

De suerte que la Bétiea ftmosa, independiente, indominaUe, Ubre, 
triumfó, por la bravura de sus hijos, del coloso mayor del universo, 
del oMiquistaéor mas grande y fortunado que el mundo ha conocido 
antes de la venida de Alejandro. 

Otra nueva invarion se preparaba, si lúen no llegó á realiíane 
hasta muchos aiios después. Esta fué la de los cartagineses. 

Hija y rival de la opulenta Tiro, surjiera poderosa la soberhia 
Cartago, patria de Anibal y de tantos héroes; que luchó contra Roma 
kifios años, y que tal vez no hubiera sucumbido hasta morir borrar*- 
da del catálogo de las naciones, si la animosidad de los dos bandos 
ó nreconciliables partidos en que se hallaba dividida, no la hidMoae 
conducido al abismo, labrando sordamente su ruina, minando por los 
cimientos el esplendoroso edificio á tanta coista levantado, para saict<- 
darse hundidas entre escombros aquellas ambiciosas banderías. 

Cosa de siglo y medio haUa pasado desde la primera vez que ar-* 
ribo á estas regiones una flota fenicia. Hemos narrado compeñdioBa- 
mente los mas notables acontecimientos que surjienm después, hasta 
la época en que Nabucodonosor abandonó á Sevilla para siempre. 
Siguiéronse los afios mas tranquilos de próspera bonanza y didee pac; 
pudiendo reasumirse en los famosos disticos de Isla, traductor de Du- 
chesne, la dicha que gozaba esta nación: 

dLibre España, feliz é independiente. 
Se abrió al cartaginés incautamente, t> 

Asi empieza aquella historia, que nada dice de los siglos anle«* 
rieres, dejando en el tintero las admirables cosas de que hioimoo 
mención. Nada tampoco dicen otros historiadores sobre algunos de los 
sucesos referidos; de suerte, que aquellas épocas contínnarian siendo 
de tinieblas, á no ahuyentarlas con sus luces un preciooo manuseri- 
to debido al eminente religioso fray Anselmo Portaceli, filólogo pro^ 
fundo, que hablaba el griego, el árabe y el hebreo, como su misma 
lengua nativa. Este doctísimo padre, de la orden dd seráfico San 



DE SEVILLA. 27 

fué usa de lag vicUmas inhamanaaiMte sacrificadas en 
Madrid, el 47 de Iniio de 4834, por turbas de sicarios horrorosos, cayos 
sangriealos crimo nes no librarán impunes ante el tribunal del Eterno» 

Cuando la autoridad poUtica intervino en las consecuMcias de la 
neftnda cat&stnrfe, habiase ya malvendido innumerables libros, lega- 
jos, cuadernos y papeles sueltos, propiedad hasta entonces de loe in- 
Mices religiosos. Pero aun fué posible salvar considerable número de 
obras eseojidas, y entre cdlas el voluminoso manuscrito á que hao^ 
mos referencia; el cual llamó justamente la atenciM, tanto por m 
titule, como por el nombre del autor. Titulase: «Memorias y antigüe- 
dades ourioiisifflaa de las mas célebies y primitivas poblaciones es-* 
puolas, con noticias muy interesantes y generalmente ignoradas has-* 
ta nuestros dias.^Escribialo el padre fray Anselmo Portaeeli eto. 

Este inapreciable Ibro fué depositado en la bibUoteoa de S. Isi^ 
dio el real, donde radica, y he tenido la dicha de leerlo varias ve^ 
cea, con la avidez ooBsigaiente al gran concepto de su mérito Utera* 
rio, el humilde escritor que ahora redacta las cGlorias de SevMla. i 

Aquel sabio anticuario, que ha debido beber en ricas fuentes el co- 
pioso raudal de sus nocimes, afirma que los hijos del caldillo Huí* 
naro, jefe pinr muchos anos del gobierno en la famosa Turdetánia, he* 
redaron sucesivamente con título de padres de la patria el cargo de 
la majistratura suprema, sin mas derecho para honor tan alto, qw 
el agradecimiento de lea pueblos i las hanfias del mortal ilustre, que 
les sirvió de eselarecido tronco. Y parece ser que cuando los cartaji- 
neses abordaron á este país, ocupaba el ¡nrimer puesto de la administniK 
cien PúbUca el magnánimo Heleno, nieto del belicoso Hulnaro; sien- 
do muy querido por su prudencia y la imparcialidad de so justicia. 

Sucedió al principio con los Ujoa de Cartago, lo que ciento cin- 
cuenta años antes habia acontecido con los fenicios. Vendieron, gana* 
ron y admiraron. Pero mas sagaces, ó mas afortunados que aquellos, 
Iggrarai que proe jase n sus colonias, capciosamente inangaiadas á ú- 
tuto de faelorias y como puntos de escala en sus maritímos viajes. 

Sabida es que al cabo de algún tiempo se abaran con el mando, 
maa por media de maña que de fuerza, no bien de Hamikar la guer^ 
nn flota arribó á estos parajes, para dar sin obstáculo elgslpede^ 
maivo. T com al mismo tiempo haeianBe querer de tos sencillos na* 
turatos, procurando no serles gravosos, para la eual be na ic iabaa mí** 



28 GLORIAS 

ñas, dejáronse regir Iob andalnces sin oponer activa resisleneia á sas 
codiciosos esplotadores. Es de advertir que los cartagineses sapieion 
conducirse tan hábilmente, que aun siendo ya los verdaderos amos, 
preciábanse de amigos verdaderos, y oonociendo la susceptibilidad pun- 
donorosa de los sevillanos, tenian buen cuidado de no herirla jamás 
antes lisonjeáronla oficios, por cuantos medios les era dable. Con el 
tiempo se hicieron populares, hasta conseguir organizar ejército, en- 
teramente reclntado en el pais, y capaz de competir con los mqores 
M mundo; según se vio cuando las guerras púnicas. Porque bien se 
puede aseverar que si el soldado andaluz á ninguno de otra tierra 
cede en gallarda y arrogante presencia, tampoco en valentía y deno- 
dado arrojo, siempre que llega el caso de ponerk» á prueba. Y esta 
verdad, nunca puesta en duda, fué tan conocida de los cartajineses co* 
mo de los romanos, de los godos como de los sarracenos, de los bró- 
tanos como de galos; preciándose aquellas naciones de contar en sus 
ejércitos columnas españolas, á cuyo bizarrttimos guerreros ilnibal 
llamó héroes, Julio César atletas, Bonaparte leonesl 

Mas de doscientos años dominaron en España los cartagineses; lo 
cual de ninguna manera es de nuestro propósito historiar. Baste de^ 
cir que las provincias andaluzas debieron á sos gobernantes especial 
predilección. Anibal, sobre lodos, fué tan apasionado por la Bética 
que hizo largas estancias en su hermoso suelo; donde se habría fi- 
^0 con delicia, si la guerra con Roma y su fatal estrella no le d>li- 
giran á abandonarlo para siempre, teniendo al fin que suicidarse el 
héroe, victima de sus implacables enemigos. 

Tampoco nos incumbe la tarea descripliva del larguísimo y eo- 
puntoso drama representado por las dos naciones rivales, Cartago y 
Boma, en el teatro de nuestro pais, al resplandor de las siniestras lia* 
mas de Sagunto y Numancia abrasadoras. Fecundo en peripecias de 
aterrador efecto, á otras plumas debióse aquel relato; al cual añadn 
remos, como especie de apéndice lacónico, que harto caira pagó la 
Andalucía, prodigando la sangre de sus hijos, esas mismas veDta|aa 
con que naturaleza la distingue y que la hicieron siempre osdidable 
á loé i^os de ávidos intrusos: dblij^ohi á satisfacer deudas nuaoa 
contraídas, y á desgarrar el patrio seno, fiera en opuestos campos^ 
por unos ó por otros oontendorai, fenicioB ó romanos oapilanes, y 1^ 
des sin dereeho pretendientesl 



CAPÍTULO IV. 



Desde los romanes hasta los godos. 




n el aSo de doacientos (Kec y seis aales del 
nacimiento de nuestro Señor Jesacristo, vi- 
nieron á estas costas los ranumos, vencedo- 
res de casi todas las naciones conocidas. Por 
este tiempo habíanse hecho bastante aborre- 
cibles h» dominadores de Cartago, que oprimían cmelmente á los pneblos 
de la Bética, cometiendo diarias estorsíones motivadas del inmundo 
vicio de la avaricia, que los devoraba. 

Asi fué recibido con júbilo el poderoso ejército romano, cuyos ca- 
pitanes con fortuna varía sostuvieron la guerra contra los cartagine- 
ses; hasta que decididamente contribuyó á torminarla el famoso Es- 
dpion el Africano, caudillo incomparable, de ejemplarisimas virtudes 
y altas prendas. 

Este celebrado capitán, del cual se ha escrito mucho, porque su 
heroica vida presta campo á tan estensas como verídicas relaciones, 
fué el que trató de engrandecer á Itálica, por entonces ruinosa y me- 
dio desp(Ahida. Mo tardó en recobrar su primitivo floreciente aspec- 
to aquella población, que ya no existe; pero que descolló fecunda en 
grandes hombres; halúendo dado á Roma, y de consiguiente al mun- 

5 



:íO «lorias 

úo, ires emperadores celebraátanoe fwr sna virtades y [voezas, Tra- 
jano, Adriano y Teodosio; personajes tan dignos, que el primero me- 
reció loa honores de la apoteosis, ó sea divinización geotQica, dispen- 
sada á sns mortales restos, onáiiime votándolo el senado; y los otros 
figorao en la bistoría á él solo comparables en valia. También pro- 
dujo Itálica varones eminentes en la letras; y mirtires gloriosos dio & 
lalglesía; entre ellos San Comelio, San RómaloySanGeroncio, snobi^io. 
Ninguna parte de Espaóa agradó tanto & los nuevos dominadles 
como la deliciosa Andalncia, peromny singnlarmraite Sevilla, sa ca- 
pital; lanío que los procónaides fijaban su resideocia en ella, procn- 
rando hermosearla pm- todas las vias Imajioables. Y á coDsecneocia 
del inmenso preslijio, del realce sin límites que esta preferencia co- 
municaba ¿ la ciudad de Hércules, acrecía su población en térmi- 
D06 de competir un dia con la de Roma. Hncbos de los patricios, ó no- 
bles romanos, que Escípion había dejado en Itálioa, después avecindá- 
ronse en Sevilla, siendo cansa de la decadencia de aquella el siempre 
progresivo engrandecimiento de esta. 

Pero el que mas simpático anuncióse con nuestros distÍDgaidos se- 
villaiMM, el que ous pruebas dio del graide afecto que su hermosa 
ciudad le merecía, fué, sin dispata alguna, Julio César. 




Con BU afabilidad y sus larguezas híwse tal parUdo en este pueblo, tA 



DE SEVILLA 31 

capitán romano de mayor nmnbraiia en lasliMlinrias, qne algmios anosde»- 
p«és, ciando sos lachas con FmBpero, prammei&bafie á fovór de aqod 
caadfllo toda la Andahicia; am con estar snjetaá las lefiones pompe- 
yaaas, rejidasper Afranió, Terendo y Pelreyo, personales enemigos de 
César, como hechuras de sa orgoUoso competidor. Estos tenientes de 
Pompeyo, conodendo el entasiasao de las poblacioBes españolas por 
JoMo César, qne tan dnlces recamaos les dejara en sn primera veni- 
da; no se saciaban de castigarlas con i^ejaeicmes de todo género. E^ 
pecialmenle Marco Terencio Bamm, qne mandaba m esta parte, for^ 
ló á los hijos de Sevilla y Cádiz á trabajar ea la c(»stmccion de na* 
morosas gideras, arrriwttndoles además mmensas cantidades de dmero 
y obligándoles á proporcionarle cenm derables acopios del mejor trigo; 
como también á aNslarse en las banderas del odioso proeónsol, qne as- 
piraba & la soberanea de la repMioa. 

No doré macho en ti poder Barron; pnes en cnanto se tnvo no- 
ticia de qne César regresaba á España, pronnncióse Carmena á m 
Ibvor, plm entonces la mas fiíerte y bien morada de cuantas se 
conocian, espalsMdo á la gaanúGion compuesta de soldados pompe- 
yanos. Alarmado Barron por d suceso, dirigióse apresuradamente & 
Cádií; pero tuvo notida en el canrino de haberse pronunciado asi- 
imsmo, cerrándole sus puertas desde luego. Varió de ruta enderezan- 
do á ItMica, y sopo qne tampoco le abrirm las suyas, como qoe en 
80 recinto resonaban Tiyas á César, á Pompeyo mueras. Compléta- 
mele amostazado, resdvió encaminarse á SeVilla; pero antes de lle- 
gar á la ciudad, se le pasó una legión entera, cuyos sedados per- 
fectamente acogidos por los sevillanos, disponíanse con furia á hosti- 
lizarlo. Llególe al mismo tiempo la mala nueva de que César estaba 
en CMoba, recibiendo las Micitaoiones de muchos comisionados an- 
dahioes; todo lo cual descorazonó á Barron en términos de rendirse 
al victorioso canéilki, dándole cuentas y haciéndole entrega de todo 
lo recaudado, lo mismo qne de la armada y del ejército de tierra; 
sin Cira condición que él permiso de volverse á Pompeyo, solo y de&- 
pojado, como lo verifica. Y en este noble rasgo consignara un raro 
pjempk) de fidelidad que, á foer de imparciales, criebramos. 

£1 vencedor se personó en Sevilla, cuyos moradores lo recibieron 
can eutnsíasmo entre deslumbradoras ovaciones. De aqui partiera á 
Cá^iz, enarcándose In^ para Italia. Pronto sobrevinieron aun mas 



32 GLORIAS 

sangrieDtas lodbas qae todas las habidas, annáidese los hijos de Pom-* 
peyó, con vengativo encono eiaspenidos. Desembaramdo en Carta-* 
gena, con numeroso y agnerrido ejército, posesion&roBSe rájiidaHieBle 
de Andalucía, poniendo en fuga á Trebonio, qne la gobernaba por 
César; Ínterin este en Roma celebraba cuatro gloriosos triunfos, por 
otros tantos hechos de remembranza incuestíonaUe dignos. 

NolícioBO, por ftn, del grave caso, y de que las legiones de sus 
tenientes no alcanzaban á poner remedio; llamado por los suyos, y 
conociendo que sin su presencia era perdida para siempre España; 
vino directamente áAadalueia. 

Supo entonces una nueva, que afectó doiorosamente su oora«m. 
Y fué que los sevillanos, seducklos pw las altas prendas de Pompe- 
yo el mozo, hablan jurado defenderte contra las ¡Hretensiones del ene- 
migo de su padre. Resolvióse, por ende, á dar una aedon decisiva, 
que anonadase los restos del poder pompeyaao, con grandes esperan- 
zas renaciente. Tal fuera la batalla de Munda, donde se peleó con 
desesperación de una y otra parte, no mmos que por el imp^io del 
mundo; jugándose al azar en solo un dia, todo cvaiito Roma, señora 
del universo, habia conquistado en siete siglos. 

No hubo lid mas reñida, no hubo contienda mas racamizada; y 
si nos tocara describirla, habríamos menester algunas p&gmas en que 
de propósito nos pusiéramos á detallar horrores, proezas y heroicida* 
des. Todos los autoros encarecen cuan dificultoso le fué al vencedor 
alcanzar tan brillante resultado, sufriendo laigas horas de mortales 
angustias al verio problemático y dudoso; tanto que solia deeirá sus 
mas favorecidos: cmuchas veces hé peleado por mi honra; pero en 
Munda lo hice ya por salvar la vida.t 

Treinta mil pompeyanos sucumbieron, pasados á cuchillo sin pie- 
dad. Los pueblos aturdidos enviaban presurosos sus embajadores al ca- 
pitán mas afortunado, disculpándose humUdes y piAéndole gracia. No 
desmmtiera aquel su gran clemencia; empero, al ter llegar los de Se- 
vSki, le costó mas trabajo dominarse; vivamente resentido de que le 
hubiese faltado la ciudad de Hércules, á él que la llamaba su segon- 
da Roma, colmándola de beneficios anos antes. 

Sin embargo, los embajadores consiguieron desarmar su enojo, ale- 
gando especiosas razones, que como gran poUtico aparentó creer; y no 
tuvo poca parte en el feliz suceso el muy coBSíderaUe dmalivo que 



DE aiviuá. 33 

la ciudad remitia en oro para el ejéralo de César, kapooiéadose á 
si misma, como espootinea punición de su ligero proceder, cuantiosos 
sacrificios pecmiarios en nunca rdntegrables desemlxdsos. 

Verificó después su entrada en Sevilla, como triunfador, que per- 
dona sin olvidar, empmro, el inferido agravio. Asi es que juntando al 
pueblo en la m^ana del siguiente dia, les bizo un largo razcmamen- 
lo, reproiMndoles su ingratitud en la índipui manera con que había 
correqK)feidido k sos favores. Este discurso enérjíco, que se oons^va al 
fin de los comentarios redactados por tí rntsmo en muy correcto y ele* 
gante latin, merecía ser insertado integro, para dar una idea del sen- 
timiento que le caasaba á tan grande honíbre la defección de ima ciur- 
dad magnifica, á cuyos babítanles atribuye (con teslnales palabras) cpe^ 
cboB nobles y entendimientos sutiles.» Pero ya que no convenga á nue^ 
tra reducida hislsria un documento de iestension tamaña, oopiaremoa 
algunos trozos ó periodos de la peraracion entresacados. 

cNi en manera alguna podéis ignorar, Sevillaaoa, mi reporlacioB, 
ni poner jamás en dmla la moderación de mi preceder; pñés dann 
mente comprendereis, que con las mismas vidoríesas aírmasconque 
hé sembrado vuestros dooqios y poblado vuestras riberas de los d»* 
pedazadoB cadáveres de mis enemigos; pudiera hoy tauduen inun- 
dar de sangre vuestra esas calles y cubrir de cabezas esas plana. 

cBien 08 acordareis (6 á lo menoft tneis. ebttgaciim de acordaies) 
que desde el primer dia de mi entrada en España cen el cargo de 
Qmsiar, tomé vuestra provincia tan á mi cuidado, que nmguna cosa 
se ofireciá de vuestro láen, que no la hitáese, ó procurase haoer con 
todas mis fuerzas. En cuanto asoendi á la dignidad dePreloir, «di- 
cité que él Senado os exonerase de las imposíeimies y gavelas, oso 
que Mételo os habia gravado. T con mi industria os dejé muy me- 
jorados de libertad y de hacienda, que son las dos cosas mas pre- 
ciosas de edta vida.» 

cNi me contenté con esto, ni con el patrocinio general de lo de- 
más, que tocaba á vuestro bien público; sino que también acudi á 
lodos los negocios que cada uno de vosotros me encomendó etc.» 

cUna vez obtenido el consulado, no hay para que decir lo mucho 
que hice, putKéndose inferir etc.» 

cHabeis obligado al pudrió romano á tener aseguradas con pre^ 
safios y pamicion de 8(ddados vuestras ciudades etc» 



84 fiiOMAS 

cAqai vino hayendo PonÉpeyp, un maiieébo imrlioDlMr; al oaai 
voBoiros recibbteis y tratéstms de tan diatiagaida mantfa, qua te in- 
fundió bastaato atre^imiealo para osurpar la majettad y jaríBdkGiM 
dellmperio.» 

A esto, q«e era el principal agravio y reaentimiento de César, 
ptáíftB eiNitaatar los hijas de Sevilla diacnlpándoBe satisfaetor i ámenle 
oón BU misaa generosidad. Porque de almas grandes y nebUisímas 
6f campadecerse del proscripto y dar desinteresada hospitalidad al dea- 
graciada; especialmente tral&ndose de aqueles ilustres vastagos d^ 
iÉkMi Pompeyo, cuyas ruidosas hazaiaa y no menos conocidas des-* 
venturas movfam en favor de sus valientes hijaft k todos los corasoa^B 
gewrosas. Lo cual no pedia ocultarse de manera alguna al clarísimo 
talento del mismo Julio César, aunque por otra parte le cegase la 
ambición y lo donúnase el miserable egoísmo. Asi es que perdoné gns* 
toso á los sevillanos, haciendo colonia romana & esta cküiad; lo cual 
era aa aquel tieinpo lo mismo que otorgar un privik}ia de singnla- 
ríaima honra y preeminencia. Eligióla ademas por convento jurídico, 
eapeoie de chancilleria general, donde se determmasen las causas mo- 
vidas en les pueblas pertenecientes á su jmisdicciDn, que era muy 
vasta, comprendiendo muchas ciudades, viltos y otras pÁlacíenes de 
manar importancia. Estas gracias acordadas por el César, prueban 
hasta la evidencia, que nada habían perdido en su animo los sevi- 
llanas, por haber favorecido á la infortunada fiúnilia de Pompdyo. Por* 
cpe si desdé entonces ks hubiera tenido en nmos , de ninguna ma- 
nara dedararia colonia Ronuma á SeiriHa; lo cual significaba que todas 
sus vecinos eran ciudadanos lamanes, rijiéndose por leyes igüalmenie 
mmanas, y representando en todo y ip&t todo un verdadero retratode 
la ciudad de Roma, indudablemente la mas priviléjiada del mundo. 

No qnise Julio César partir de Sevilla an dejar indelebles recuer- 
dos de su estancia en ella y de los triunfos que le hablan asegurado 
su codiciada posesii». Mandó, por tanto, renovar los casi denruidos 
muros> cereáñdida completamente, tal vez con el derfgnio de suje^ 
tark, como quien conooia el orgulloao españolismo de sus maradores 
y la independenna de su noUe car&cter. Sirviéle de pretesto la ne- 
cesidad de preservarla contra las repentinas invasáanes que motivar 
pudiese su e^rcuiia al mar; y otra raaon nacida del decoro, por la 
conveniencia de dar ímportaneia, poderlo y fuersa¿ la ciudad cabe- 



ül gV¥lU.A. 36 

la de IntoB nmiGipios, é ooloeftda al frente de tantas fiobakerotí 
pobtecknes. IN6 tanriiien á entender que to mandaba en honra y glo-* 
ría de Hércales el Libio, al cual debieran su primer cimiento aque- 
llas antiqnisimas murallas. Reedificadas estas, y guarnidas á trechos 
de altas torres, recibió Sevilla el nombre de Julia Bomula, de dura- 
ción efiínera, por cierto, aunque era en honor del mismo Julio César 
y deBómidD. Tambieik mecMa una rancia tradición, qoe no debo pasar en 
sUencio, pcnr^oe bien pudo ser causa de conservarse el nombre de 
Sevilla, y no el que quiso ponerle éL raedificador ide sos muallasi 
auque se sabe b habia oidMleeido oon muchos y miy notables 
edificios* 

CaráKalM que al siáir áe esta poblaoion el eonquistadot romand^ 
se le presentó una vieja nuy sátía y andrajosa, laeaalsin andarse en 
cumplimientos empezó á gritarle que se detuviese, qued&ndose de pron- 
to el eabaUo del cdabre guerrero abaoltiNimeÉke inmóvil, como si lo 
hubiesen clavado. Preguntada quien era y qué pretendía, respondió cao 
acento fatídico: «soy uoa Sibfla, de espbüa proféttao animada; vengo k de* 
drte que no vayas k Bmna, donde eqperan pcnr ti muchos punalest» 
Dichas estas palabras, desapareció, sin ser posftle hallarla por oaé 
diligencias que se praoticaanan al efecto. 

No se sabe que impresión producirla en Julio César el pronóstico 
sibilítico, porque aquel grande hombre pos^a en alto grado el arte del 
disimulo. Pero mas adelante, cuando el porvenir justificó hi smiestra 
praiecia, con la mnerle violenta dada á César en el misnao senado, 
por varios conspiradores, entre ellos Bruto y Casio; natorabneofte re* 
ecffdaron todos la nusterioaa anécdota de la profetisa SeviUraa; y psH 
ra conservar la memoria de tan admirable suceso, dieron en Üamar 
Ci9iias SíbiUm (Qudad de la Sibila) á la moderna Julia Bómiria; de 
donde ccm el trascurso del tiraipo, se originó hi palabra Sevilla; en 
sentir de algunos etímologistas. 

Sea de ello lo que quiera, hay de cierto que los sevillanos sintí»*- 
ron mucho bt deplorable muerte de su protector, al cual quisieron eri- 
gir estatuas en prueba del fino agradechniento por la consideracim y 
especial afecto, que siempre le merecieran. 

Siguiéronse gravísimos disturbios k la perpetración de aquel cri- 
men. El poder de los conjurados estrellóse para siempre en la san- 
grienta batalla de Filippos. Murió la libertad con Bruto y Casio. Sem- 



36 6LMUS 

bió el terror en Roma, y 0Q9 provmcias (hoy naGkmes) el Téngative 
trianvirato de Marco Antonio, Lépido y Ootamno. Este con bh» pres- 
tijio, como sobrino del difonto César, idoIo del ejército, suplantando á 
sas colegas y competidores, apoderóse del poder snpr^&o, siendo uni- 
versalmente saludado como segundo emp^udor de Roma. Cansado el 
mondo de continuas guerras, entregóse á una paz de cuarenta anos, 
oonvirtiendo el nombre del Jefe del Imperio en un epíteto 6 adjeti^ 
TO, que la proveitializase á las generaciones venideras, para nun- 
ca sumarse en el ohido esta firase feliz: cPáz Octaviana.» 

' ¿Qué era entonces Sevilla? Numerosas inscrípcioiies en muchisimas 
piedras encontradas, y especialmente las que descifró el docto y eru-* 
dito Rodrigo Caro, atestiguan que esta renombrada ciudad babía lle- 
gado al apogeo de su gloria, al pináculo de su grandeza, á lo sumo 
de su es(Áendor. 

Podia, en fin, emular, ríTalizar ó competir con la maravillosa sun- 
tuosidad de su prepóndenote metro poli, cmya magnificencia Uegó k 
ray«r en fabnloao Hmite; si bien contribuyendo por desgrada i la dir 
solución de sus costumbres, que desmoralizando al pueblo todo, aca- 
bara por fin con la república, incapaz de sostenerse sin virtudes. 

No filosofaremos sobre cosas harto ajenas de nuestro cometido. La 
historia imiversal se encarga de eso. 

El pueblo de Sevilla, mudio mejor que el de ia corrompida Roma, 
no estaba desmoralizado. Exento de ambición, vivía tranquila al am- 
paro de leyes protectoras. Era una colonia romana, que habfai here- 
dado la sobriedad, la templanza, la buena fé y otras virtudes de ks an-^ 
iiguos republicanos; sin los vicios que á ellas sé sígmeron por ese lo- 
co aftuí de las conquistas. El amor al trabajo, principal elemento de 
la prosperidad de las naciones, y sobre todo de la paz social, que 
descansa en el6rden, hacia mas felices á los sendllos y labmosos 
sevillanos, que lo eran sus opulentos dominadores con tas grandes ri- 
quezas usurpadas, cual por la fuerza bárbara adquiridas. La fama 
de su próspera ventura, de su engrandecimiento y su valia, llamó no 
pocas veces la atención de Augusto; haciéndole sentir háeia este par 
raiso del Occidente la misma predtteccion y afecto con que lo habia 
mirado su glorioso tio, el vencedor de Munda y de Farsalía. 



CAPÍTULO V. 




Li evilla romana se distinguió notablempnte por los &nn- 
ífluosos edificios, de que haWaremos en la parte monu- 

"■'■ ^ ' A ios cuarenta y dos años del imperio pacifico 
de Angosto, siendo cónsules en Roma Léntulo y Mésala, nació en 
Belén el Redentor del género humano. Iban trascurridos cerca de 
ocho siglos de la fundación de Roma, y unos dos mil años de la de 
Seiíilla, cuya magnificencia deslumhraba. 

«En aquel tiempo, dice Strabon, era Sevilla la mas esclarecida 
«^DÍa de romanos; insigne emporio del comercio, donde radicaba la 
mas famosa y concurrida lonja, siendo universal su trato é innume- 
rables sus relaciones con todos los mercaderes de la tierra, al menos 
en sus partes conocidas.» Y añade el mismo autor: sel rio Bétis lle- 
vaba entonces fama de tan profundo y navegable, que venian hasta 
el pié de las fuertes mnrallas de Sevilla embarcaciones de todas cla- 
ses, portes y dimensiones, admirándose surtos en sus aguas navios 
de alto bordo.) 

6 



38 GLORIASE 

Acuñábase entonces, por óvdm de Octa\iano, moneda varía en 
la ciudad de üércules, con los bustos de aquel y de su espoea, el 
del emperador en el anverso y el de la emperatriz en el reverso. 
Aun ecsisten monedas de aquel tiempo, casi todas de bronce. 

De ninguna manera exageramos en cuanto aquí decimos; para ale- 
jar, empero, todas dudas, copiaremos algunos renglones del docto Es- 
pinosa, respecto de este asunto. Aquel sabio escritor del siglo XVII, 
después de llamar á Sevilla cmadre del mundo» (lo cual nos parece 
algo hipórbelico, sea dicho de paso,) dice: <i:y cada vez se le ajusta 
mas (el titulo citado) pues en aquellos siglos le venian á reconocer, 
y pagar parias, todo lo descubierto del mundo, y de las provin- 
cias que en él tenian los romanos, que eran en Europa, ítalia, 
Francia, Alemania, Istria, Iliria, Livonia, Macedonia, Panonia, Misia, 
Epiro, Peloponeso, Acaya, Arcadia, Tesalia, Magnesia, Tracia, Dacia, 
Sarmacia, Inglaterra, Irlanda, Escocia, y Flándes. En África, Mau- 
ritania, Numidia, Libia, Cirene, Etiopia, Ejipto, y las Arabias. En 
Asia, Siria, Palestina, Samarla, Judea, Galilea; todas las gentes de 
las riberas del Jordán, y de los pueblos de los Capóleos, Tiro y Sidon; 
de los montes, Líbano, y Cáucáso, Cilicia, Nicaonia, Panfilia, Capa- 
docia. Trapisonda, las dos Armenias, Carmania, Mosopotamia, Caldea, 
con su gran ciudad de Babilonia. A todas las cuales recibia la gran 
Sevilla en su amplísimo regazo: y en recompensa de loque le traían 
les daba de sus riquezas de oro y plata, con tantas ventajm, que 
se echaba bien de ver, que eran dádivas de madre. » 

Esto afirma el licenciado D. Pablo Espinosa, en su historia de Se^*- 
villa, edición de 4627, á que nos referimos. 

¿Puede darse un panegírico mas completo ni mas m^ecido de la ad- 
mirable ciudad á cuyos gloriosísimos anales hemos consagrado los débi- 
les esfuerzos é incompetentes rasgos de nuestra pobre pluma? ¿Exis- 
te en España, en Europa, en las cinco partes descubiertas del mun- 
do, alguna población riquísima y espléndida hasta el punto de compe- 
tir con la Sevilla romana? 

Pues si tantos elogios merecía la ciudad gentílica, que habremos 
de contestar negativamente á esa pregunta; mayor aun relumbrará su 
gloria con ser de las primeras que abrazaron la fé del ^Ivador ca*^ 
tolicismo. 

Desde la última entrada de Julio César en Sevilla,, aoQOtecHnientfi 



QE ftEVIUA. 39 

de laata traswiidfliiciB %m, mgfm Ambrosio de Morales, iiUla«e ano- 
tado por celebérríaio m dia en uno de \m mas antiguos calendarios ro* 
manos y grabado ó esculpido sobre dhrersas lápidas en Boma, co- 
mo se puede ver en la antkpiisima ortografía de Aldo ManuGio; desde la 
dicha mitrada, repetimos, parecía punto ipenos que imposible se frao-^ 
quease tan pronto aquoUa puerta á mas esclarecido personaje. Y sin 
embargo, antes que trascurríeÑi entero un siglo, dejóse ver en 0I 
recinto de esta población un nuevo perscmaje mocho mas notable que 
César, an gran conquistador, que sin ejército se lanzase á ganar la 
España toda. 

Eee hombre era el apóstol Santiago, al cual tocó en suerte la pre- 
dicación por España, en el repartimiento que los Apóstoles hicieron 
de las provincias del mundo, para esparcir la luz del Evangelio. 

Si Zaragoza mereció el insigne honor de que en ella erigiese San^ 
tiago di primer templo católico de España, dedicándolo á la Virgen 
JMaria, nuestra Señora, que alli en carne mortal se apareciera; Se- 
villa tíne la gloria de que en su recinio se levantase el segudo 
templo y oratorio á la majestad de la reina de los ángeles. 

Según el erudito Flavio Desiro, en €i año treinta y siete de la 
era católica, á los dos de la muerte de Cristo, recorría las provin- 
cias españolas el hijo del Cebedeo, haciendo innumerables prosélitos y 
seguido de muchos discípulos, si bien los principales eran doce, á imi- 
tación del apostolado, que llevaba el divino Maestro. £1 primero de es^ 
los doce dificipuloB escogidos, se llamaba Pió, y fué consagrado Obis*- 
po de Sevilla por el mismo Santiago. Acerca de tan fausto suceso 
dice Flavio Desiro lo siguiente : 

flotable grandeza, que dos años después que Cristo nuestro Re^ 
dentw murió, tavo esta ciudad Prelado. El cual filé tan insigne, que en 
su tiempo sucedieron en ella, las cosas mas particulares y grandiosas^ 
qim hasta mes|cos iiampos han sunedido: y que cada una de ellto 
bastaba para ennoblecer á toda una provincia, cuanto mas á una dur 
dad. ¥ para que se vea, que fundamenlas tan prefaindas tiene en 
Sevilla nuestra santa Fé, y como están fundados sobre montes altos 
para que conio ciudad puesta encima de ellos, desde lejos se eche 
mas bien de ver su grandeza. Digo ahora, porque toda la redondez de 
la tierra lo sepa, la merced tan singular ipie h hizo la Reinado lo» 
ángeles, Se&ora nuestra, á la gran SeviUa; pues teé servida su sor 



iO GLORIAS 

berana Majestad , oslando \i\a eo carne moría}, de qoe se le eri- 
giese templo en ella, que fué el segundo que tovo en el Orbe.» 

Pero si grande suije la distinción é inapreciable el privilegio con que 
favoreció el Señor á esta ciudad, eminentemente cristiana; también 
supo ^la hacerse digna del amor divino, sellando con la sangre de 
numerosísimos mártires la inquebrantable fé de sus creencias. Desde 
Claudio Nerón, primer perseguidor dé los cristianos, hasta la mira- 
enlosa conversión de Constantino, estuvo dando SevQla miríficos ejem- 
plos de sobrenatural valor, que edificaban á los católicos de todas 
las poblaciones, así indígenas, como estranjeras. Respetables autores 
aseguran que comenzó en Sevilla la primera persecución contra los 
fieles, y que ninguno de sus hijos cedió al rigor de los innumerables 
variados tormentos cruelísimos, que en juego se ponian para hacer 
desmayar la asombrosa constancia de los mártires. 

Apesar de tan sangrientas y bárbaras persecuciones, nada per*^ 
dio Sevilla de su esplendor y riqueza en lo temporal; como lo ates- 
tigua el muy docto y elocuente poeta Silo Itálico, una de las glorias 
de Andalucía, que subió por sus talentos y vastísimas luces á los 
primeros cargos del Imperio, siendo cónsul en Roma, precisamente 
en el mismo año del suicidio de Nerón; y obteniendo después el pro- 
consulado del Asia. 

Tampoco el ejercicio de las letras había desmerecido con las per- 
secuciones enunciadas. Pues el licenciado Rodrigo Caro, clérigo doc- 
tísimo, afirma que por los años ciento y ochenta y cinco de Cristo, 
existían en pié brillante muchos colegios en varias partes de Espa- 
ña, para enseñanza de su juventud, fundados y dotados á espensas 
de diferentes obispos y arzobispos, distinguiéndose entibe aquellos por 
su mayor mérito y nombradía los establecimientos científico-literarios 
de Zaragoza, Tarragona y especialmente Sevilla, á la cual ninguna 
ciudad podia compararse sin salir perjudicada en el temerario pa- 
ralelo. 

Pero si de ningún modo se descuidaba la instrucción relativa á 
las temporales conveniencias; donde mas celo debidamente se ponía 
era en inculcar los regeneradores principios de la evangélica doctrina, 
que tiene por esclusivo objeto la salvación de las almas. Asi desde 
el glorioso San Pió, la néra principal que se llevaron sus dignísimos 
sucesores en tiempos tan difíciles y borrascosos, era el inspirar á los 



DE «ST1LLA 44 

fieles un aiMolalo desprendimiento de k» bienes tarrenáles, y una saiw 
ta impaciencia por merecer la inmarcesible pabna del martirio. Acom- 
pañaban los ejemplos á las palabras, muriendo saeesivamente á ma-- 
nos de los verdugos, que comisionaba el paganismo, los tres incU- 
los arzobispos de Sevilla, Juan, Carpóforo y Sabino, cuya santidad ce- 
lebra la Iglesia, orlando sos sagradas frentes de imperecederas aureo- 
las celestiales. 

Con semejantes maestros y espirituales guias, ninguno en la oca- 
skm se acobardaba; y basta el mismo bello sexo^ triunfando de su na- 
tural flaqueza, resistía con increíble heroismo los mas agudos tormeu- 
tos; sin ceder tampoco á las mas halagüeñas y tentadoras seduccio- 
nes. Loor etOTno á las innumerables vírgenes hispalenses, bárbaramen- 
te imnoladas por los estúpido^ sicarios, que desgarraron sus ddicadi- 
simos cuerposl Entre ellas figuran esplendorosas las dos purísimas her- 
manas santa Justa y santa Rufina, adorables hijas de esta ciudad, que 
han merecido tener por coronista al doctísimo Prelado San Isidoro. 

No vamos á trazar martirologios, que ya perfectamente compila- 
dos abundan; pero hemos debido indicar de manera breve, como cum- 
ple á nuestro propósito, aquellas sublimes glorias de la Sevilla Romana; 
asi como seguiremos iodicando todos los hechos que redunden en su 
mayor pre^ijio, fama y honra. 

Afirmado en el solio Constantino, empezara la Iglesia á respirar. 
Poco después de su exaltación al imperio del mundo, ocupándose con 
particular interés de las cosas de España (tan célebre por la nunca 
de^nentida lealtad de su acrisolado catolicismo) distinguió notablemente á 
Sevilla, haciéndola cabeza de una de las seis grandes demarcaciones ar- 
zobispales, en que habia repartido á la vasta Península española. Con 
tal motivo acrecentóse la magnificencia y religiosa pompa de esta fa* 
vorecida metrópoli eclesiástica, siendo, por muchos siglos, sufragáneos 
de ella los doce obispados de Córdoba, Itálica, Eliberis ó Uiberis, (hoy 
Granada), Málaga, Écija, Medina--Sidonía, Pefiaflor, Cabra, Asta (hoy 
despoblado entre Jerez y el Puerto), Murcia (hoy Marchena), y Cádiz. 

Véase, pues, como ya en tiempo de los romanos era Sevilla, por 
todos conceptos, asi en lo terrenal como en lo espiritual, en lo pro- 
fano, como en lo sagrado, mía de las capitales mas distinguidas, flo- 
recientes y deslumbradoras del Universo. 

Su misma celebridad habia de serle perjudicial; pues dio motivo 




42 61XMIAAS 

á que los lerríbleB flttoradorés ée la souibrm fifieáuéioavia, nniWjilii- 
cáadose de exhoberaiite modo, oodíciasett la poaesion de «na ciudad 
4an rica, fecunda en produecíQues de todo género, lodieedade feraoi- 
&imad campiñas y contaodp como auxiliar de su grandeza, como des- 
monto indestractíble de su prospwidad, al caudaloso Bétis. 

Acercábase una época desastrosa, superando en eaJamidades á to^ 
das las precedentes, si se esceptúa la de la gran sequía. SeviUa era 
feliz y poderoea desde los tiempos de Constantino el Grande, y aun 
en be reinados de los emperadores que le sucedieran. Mas oobo 
nada existe duradero en este valle de miserias y dolores, para pro^ 
baraos que no es aquí donde radica la verdadera felicidad; llegó eon 
sus horrores el año 442 de la era católica, en el oual desbordándose 
como ríos que salen de su álveo, los puebk» septentrionales de la 
Gotia^ inundada la España de torrentes de bárbaros, eonoeidos o&ú 
los nombres de vándalos, alanos, suevos y silingos, asentaron al oabo 
su dominacicm ios godos, también denominados migoios^ á diferencia 
de los ostrogodos^ que se estacionaran en Italia. 

Para dar una idea de la pujanza gótica, al fin preponderóte 
en toda la península española^ bast^ citar las siguientes palabtae 
del «éld>re Paulo Orosio. cAklsmdro (dice) no se determinó á aco^ 
meter á los godos; Pirro los temió con espanto; y Julio César se e»- 
cusó de tener guerra con dios.]» 

Los nuevos invasores, después de sangrientas ludias con ios ro^ 
mano9 y los españoles, se repartieron las provincias conquistadas, lo- 
eándides por suerte á los vándalos y á los silingos toda la tierra de 
Andalucía que parece se llamó asi de la voz Vandalia ó Vandalucia, 
corrompiéndose á vueltas de los »^, como tantos otros usuales v<^ 
cabios. 

Semejante división entre insaciables usurpadores á perentorio tér^ 
mino llevada, fué natural origen é incesante móvü de continuas guer* 
ras, acompañadas de todos los horrores imaginables, de todas las des^. 
gracias consiguientes. £1 hambre y la peste, tnemrabies azotes de la 
humanidad, afligieron á los hqos de este privilegiado país, hasta en- 
tonces tan dichosos y &Yorecidos del cieio con los inapreoí^les do^ 
nes de la libertad y la salud. Las artes y las ciencias empesacon i 
decaer en la atribulada Sevilla; paralizóse su comercio, y muchisinuiB 
Camillas desampararon sus bogares, buscando en estrafltjeros dinms un 



DE 8EV1LLA. 43 

refíijio coAlra sem^antes plagas y contra la rapacidad de sus nmvi» 
doiüinadores. El saqueo y el ineeiidi0 esta^ieron laiigo tiempo á la 
orden del día; particularmente en el año de i24 , en que Gnnderico 
rey de los vándalos, trató de esterminar á los silingos^ persiguiéndo- 
los basta en su misma capital Sevilla, que destruye en gran parte 
después de haber robado, talado y arrasado los pueblos y los cam- 
pos de su vadlisima jurisdicción y antiguo término, quedando sus moM 
radores reducidos ala mas espantosa indigencia en tan desoládora 
correría. Y acaso entonces hubieoran arruinado los vándalos com(de^ 
lamente á SeviHa, según la intención de su monarca, que parece ju- 
ré al invadirla nd dejar piedra sobre piedra; ú un mamfleslo mila«- 
gro, poniendo en evidencia la intervención divina, nó los hubiese re- 
traído de tan bárbara resolución. Ocurrió éi prodigio en la Iglesia 
del glorioso mártir San Vicente, delante de cuya paerla cayó mwr'^ 
to el foros Gunderíco, súbitamente atormentado del demonio, en el mo^ 
mentó de profanar el sagrado recinto con inauditas violencias, desma^ 
nes y escandalosos sacrilegios, lanzándose iraouodo espada en mano.- 
ftefiere este admirable caso el indigne prelado hispalense San IsldSM 
ro; y lo confirma Ambrosio de Morales, doctor é historiador bien co^ 
nocido. 

Pero di terribles fueron los desastres y horrorosos los males im- 
portados por déspotas intrusos; no fué menor, antes si mas trasceuN» 
dental en lamentables consecuencias, el contagio introducido por las 
heréticas doctrinas de los godos, que profesaban la secta del execra*» 
ble Arrio. Y sin embargo, aunque cundió por toda Espaia su sistema, 
no hizo al priacipio grandes progresos en SevBla, privtlejiada resi-* 
deneia y corte de los nietos conquistadores, que antes la tenian en 
la GaUa gótica. Si fuera dable prescindir de la ruina espirilual, qué 
acarreafon, alarmaado Iba conciencias de los buenos catÚicos; no se 
podria negar que la dominación de los godos engrandeció considera^ 
Mámente á Sevffla, haciéndole olvidar con mil restauradoras disposido* 
nes las muchas pérdidas causadas por vándalos y silingos. Todos loi 
reyes de la raza goda esmeraroDse á porfía en dii|)eiisar á la ciudad 
btoríta de Hércules y Julio César, los mayores fírivilejioB, cono m* 
signes testimonios de su marcada é i&equivoca predilección. Lo oMd 
si «e considera bajo el aipecto puramente profano y del siglo, no haf 
dada quft t» un bien; peio osa reladoa ¿ las cosas mas hapertáBlei 



&4 GLORÍAS 

en cnanto conciernen á la salud de las almas, no hay dada que era 
un funestísimo mal. Porque siendo los monarcas residentes en Sevilla, 
acérrimos sostenedores del arríanismo, lograron que este echase hon- 
das raices al impulso de sus perniciosos ejemplos; tanto que la po- 
blación en su mayor parte se hubiera arrianizaioj sin los prodigiosos 
esfuerzos de sus infatigables arzobispos, entre ellos S. Máximo, S. Lau- 
reano mártir, S. Leandro y S. Isidoro; si bien estos últimos, que fue- 
ron hermanos, alcanzaran el inefable consuelo de ver en el trono prin- 
cipes religiosísimos, como el inmortal Recaredo. 

Pero antes de lucir para Seyilla la época mas venturosa de sus ana- 
les, antes de convertirse Recaredo con la mayoría de los arríanos y 
abrazar la fé católica en su augusta pureza; ocurrieron gravísimos do- 
lorosos sucesos consignados en varias historias, llamando sobre todos la 
atención el martirio de una adorable testa coronada. Cualquiera co- 
nocerá que aludimos al muy glorioso principe üermenegildo, que figu- 
ra en el catálogo de los santos, y cuya devoción es popularisima en 
esta ciudad, surjiendo inolvidable su memoria del abismo del tiempo, 
cual ninguna, y á través de los siglos siempre viva. Por esta razón 
deberemos estendemos algo mas que de costumbre, refiriendo uno de 
los episodios mas interesantes de la historia de Sevilla. 

Leovigildo, rey de los visigodos, invencible guerrero y hábil po- 
lítico, que brillaría como principe completo, á no haberlo cegado el 
arrianismo; tuvo dos hijos, Hermenegildo y Recaredo, en su prime- 
ra mujer, respetabilísima y piadosa matrona, de singular belleza; her- 
mana (según varios autores, entre otros Valclara, Turonense y Vasco), 
de los cuatro esclarecidos santos Leandro, Fulgencio, Isidoro y Flo- 
rentina virgen, todos sevillanos, como lo fueron sus afortunados pa- 
dres Sevériano y Teodosia. Á poco de enviudar Leovigildo, casó en 
fiegnndas nupcias con la reina Gosvinda, arriana ñariosa é implacable, 
viuda del rey Atanagildo, predecesor de aquel. Corria el afio qui- 
nientos setenta y nueve de nuestra era, cuando el principe real de 
España, por influjo de Gosvinda se casó con Ingunda, nieta de aque- 
lla, como vastago de su hija Brunequilda, á quien Atanagildo había 
enlazado con Sigibarto, rey de una parte de Francia. Poco antes de 
ooBsumarse dicho matrimonio, Leovigildo, que amaba estraordinaria- 
mente á m dignísimo primogénito, lo. hizo Rey de Sevilla, dándole 
muchas cindades, villas y logares; como qaieú conocía á fondo las 



« DE dSTILLA. i^ 

elevada» prendas de gobierno, qae en tan escelso principe brillaban. 
Asi las cosas, parecía imposible qae se turbase la paz doméstica de 
tan ilustre y bien arreglada familia, triplemente unida por vincules 
de sangre, de gratitud \ de afecto. Pero babiendo entendido la reina 
tiéja que su nieta era católica, y no pudiendo arrianizarla ni coit 
halagos y sujestiones de todo género, ni oon amenazas de crueles mar-< 
tirios, dicen que se d^ llevar de su furor hasta el punto de arras- 
trar k la princesa Ingunda por las hermosas trenzas de i;us cabellos, 
ensangrentando el peregrino rostro de la inocente niña. Noticioso 
del caso Hermenegildo y apreciando debidamente las necesarias con^ 
secuencias, salióse con su esposa de Toledo, adonde se habia (ras- 
bulado la corte, viniéndose á Sevilla, capital de so reino y fortifi-^ 
candóla en defensa del catolicismo. Es de advertir que ya mucho an- 
tes del suceso habla abjurado el arrianismo y héchose ardientisimo 
erístiano, por los consejos de su mujer y las elocuentes lecciones de 
su tio S. Leandro. Por eso á las intimaciones de su augusto padre^ 
que le mandaba volver á la secta en que habia nacido, respondió 
oon respetuosas pero enérjicas negativas, prefiriendo, en caso necesa- 
rio, perder la corona y la vida, antes que el alma y su salud eter-^ 
na. Tres años se invirtieron de este modo en tan infructuosas nego- 
ciaciones, porque al padre y al hijo les dolia romper hostilidades mu- 
tuamente. Por fin estalló la guerra en d de 583. Hermenegildo, li-^ 
diando por la Fé, pero contra la poderosa secta dominante, tomó á 
Córdoba y otras ciudades, fortalezas y castillos. Leovigildo, peleando por 
loque llaman razón de Estado, cuya religión, aunque errónea, defendía; 
batió al ejército cristiano y pnso estrecho sitio á la entusiasmada Sevilla. 

En este memorable cerco perdió la vida el rey de los suevos, lia* 
nado Miro, que desde Galicia habia venido al soconre de Leovigildo; 
sQcediéndole en el remo su hijo Evorico. 

Los sevillanos se defendían con un valor heroico; pero tenian que 
habérselas con el capitán mas célebre de su siglo. Para dar una idea 
de lo hábil y alentado que era el monarca godo, bastará decir que 
concibió y realizó el asombroso proyecto de quitar el rio á los de la 
ciudad, por los grandísimos recursos que les proporcionaba. Y porque 
no se crea invención nuestra, citamos con el Abad Yalclara y con el 
docto padre Juan de Mariana; copiando al pié de la letra lo que so- 
bre el caso relata otro antiguo historiador. 

7 



46 GLORIAS 

cTenian (dice) los cercados grandes comodidades con nnestrü rio 
Guadalquivir, no pudiéndose estorbar por alli del todo las entradas y 
salidas. El rey lo atajó, y lo hizo correr por otra parte, para qui- 
társelo á los de la dudad; esto parece pedia hacerse abrigo canal 
desde el Algava, ó por alli, Ueyándola derecha hasta lo mas bajo de) 
campo de Tablada, para que vertiendo por alli el rio dejase en seco 
toda la gran vuelta que dá, rodeando por una gran parte á Sevilla 
y esto fué hacer que dejase dé correr por la circunferencia del se- 
micírculo, y corriese por su diámetro. Y esto era tan dificultoso, que 
espanta el pensar como se acometió.:» 

A pesar de todo, los sevillanos, valientes como ellos solos, resuel- 
tos en último trance á figurar en el catálogo de Ips mártires del 
cristianismo, se hubieran resistido hasta morir: si su magnánimo rey, 
conociendo lo inútil de semejante resistencia, no se hubiese rendido 
al sitiador, para economizar la generosa y noble sangre de tan ama- 
dos subditos. 

Reducido á prisión Hermenegildo, aun procuró su padre atraerlo 
al arrianismo, haciéndole las mas lisonjeras proposiciones por boca 
del principe Recaredo, dulce y cariñoso mensajero, que procuró per- 
suadirlo. Ültimamente solo le exijia que, disimulando al menos sa 
creencia, comulgase por mano de un obispo arriano, enviado cerca 
del augusto preso con tan estraña comisión. Y habiéndose negado el 
principe á semejante bajeza, indigna de la relijion y del espíritu de 
sus apóstoles, que murieron por no faltar en lo mas minimo á lo que 
habian sostenido; ciego de cólera Leovigildo, mandó matar al santo már- 
tir; no sin arrepentirse bien pronto de un arrebato frenético, que le 
privó del hijo mas querido. 

Ingunda y su tierno niño Teodorico, hijo de Sevilla, hallaron ea 
Constantinopla la favorable acojida, que Hermenegildo previsor habia 
solicitado de antemano para ellos; sin que hayan vudto á ver el sol 
de España! ' . 



capítulo vi. 



Mas fobre tos godos. Invasión de los ár<tbi's. 




fceslrtiida para siempre, como eti fama', 
i la paz del eoraioD de Leovigíldo, anle 
i yod '^^^Z' 'i' M' *' enaangrentado y fijo rostro del in- 
xLjS^'^^^— ^ ''•^)^=-í^^ TMKibie mártir sevillano, que alar- 
^^*'^ - ^ rv , maba so' mente y bu conciencia; lor- 

iiófi« de carácter intratable, penigoiendo sin tregua á los católicos. 
Venerablee prelados eufiieron la prisión ó el ostracismo; entre ellos 
S. Leandro, valeroeo arzobispo de Sevilla. Muchas iglesias fueron des~ 
tmidas; sos tanponüidades ocnpadas; reducidos á la mendicidad sus 
sacerdotes. Has Dios no permi^ qae esto durase. Enfermo Leovi- 
giMo, arrepintióae, mandaiido reparar loa templos dernúdos y devol- 
ver BUS bienes á la Iglesia; poniendo en libertad á tos pastores espi- 
rituales, y alzando sd destierro á los injustamente confinados. Pooo 
antes de morir, abiertos á la loz evanjélica los ojos de su claro en- 
tendimienla, previno á Recaredo qae se hiciese cat^ico al frente de 
sos pueblos, los caales no vacilarían en seguirle; ya que el, por la 
fatal razón de Estado, colimma figuró del arrianismo. Algunos dicen 
que mnrió en si^ secte; pqro es creíble que esiñró cristiano, por les 



i8 GLOniAS 

merecimienlos de S. Hermenegildo, y por las eficaces persoa&iofies 
de nuestro S. Leandro; quien no dejó de orar un solo instante junto 
á la cabecera del moribundo monarca. 

Sucedióle Recaredo, principe incomparable, y una de las mas es- 
clarecidas glorias de Sevilla, que tiene la honra de contarlo en el nú- 
mero de sus hijos. Reuniendo en Toledo un concilio de todos los pre- 
lados españoles, presidido por S. Leandro, abjuró públicamente el ar- 
rianismo; y el reino en masa, de entusiasmo lleno, á ejemplo de su 
rey se hizo católico. 

Este maravilloso y nunca bastantemente ponderado acontecimien- 
to, que cambió la faz herética de los españoles dominios, en la esplen- 
dente semblanza de la mas cristiana de todas las naciones; tuvo lu- 
gar en el año de 589, cuarto del reinado de Recaredo. Es inesplica- 
ble el júbilo con que por todas partes cundiera recibida la determina- 
ción de aquel monarca; y el entusiasmo con que los prelados, las au- 
toridades, el pueblo y el ejército se apresuraban á cumplirla, según 
dando las salvadoras medidas adoptadas por el glorioso hermano de San 
Hermenegildo. Siguió este principe ocupándose asiduamente del bien 
de aquellos pueblos á quienes habia franqueado las puertas del Pa- 
raiso, cerradas por la heregia de sus mayores con escándalo de los 
pontífices romanos, que en vano pretendieran hasta entonces triunfar 
de las heréticas doctrinas. Era papa eo su tiempo S. Gregorio, que 
redbió inequívocas pruebas del amor y respeto de nuestro soberano; 
contestándole aquel en los t&rminos mas dulces, espresivos y satisfac- 
torios, al paso que le enviaba diferentes inapreciables reliquias. 

Con la dichosa paz que subsiguiera á las importantísimas refor- 
formas indicadas, volvió á reinar la próvida abundancia cicatrizando 
inveteradas llagas en lodos los estados españoles. Floreciemn las le- 
tras y las artes; singularmente la arquitectura, que ha legado recuer- 
dos indelebles en muchos edificios de remembranza gótica herederos, 
Pero ciudad ninguna rivalizó soberbia con Sevilla, fecunda siempre 
en sabios, en artistas y en piadosos varones de celestial aureola co^ 
roñados. Al ínclito arzobispo S. Leandro, sucediera su hermano San 
Isidoro, versado en cuantas ciencias hasta^olonces ilustraban al muad^ 
conocido. Su vasta erudición no tuvo limites; su gusto por las artes 
fué estremado; debiéndole Sevilla eternas glorias. Para arrear las 
cosas de la Iglesia celebraba oondlios híapáleDses; y autoresr re^la-r 



BE SEYltLA . 49 

Ues asegoran que el célebre dintíbhfo sevillano era eatoDces priouH 
do de todas la^ iglefiias españolas, como hoy el arzobispo de T(dedo« 
Sea de ello lo que quiera, no cabe ya mayor grandeza qae la d^ 
Sevilla gólica, pues casi lleg^ á eclipsar sos deriumbradores timbre§ 
del tiempo de los romanos. 

Por esta causa los numarcas godos solian visitar de cuando eo 
cuando á la ciudad famosa, donde sus renombrados predecesores ha-* 
bian tepido por largos años el principal asiento de su corte; y todos 
prodigáronle favores, embelleciéndola k porfía. Asi viera feliz volar 
dos siglos, que Uevan alas cuando son dichosos; y asi insensiblemente 
se acercaba para ella la mas espantosa de las invasiones habidas y 
por haber; como que 90 solo trajo consigo catástrofes sangrientas y 
m núpiero; sipo también la pérdida de la nacionalidad y el triunfo 
de la odiosa media-luna aobre la pisma Cruz del Salvador. 

No es de nuestro propósito enumerar las causas dolorosas que con- 
currieron á tan lamentable como inconcebible desastre. Diremos solo 
que los muchos desórdenes y vicios, del ocio y la abundancia pnH 
cedenteg, debilitando la pujanza gótica hablan afeminado á los gue^ 
rreros bastante poderosos, siglos antes, para triunfar de ejércitos ro- 
manos por corrupción idéntica vencidos. Rodrigo aunque valiente y ani*^ 
meso, que enUmces ocupaba el trono ibero, cuando quiso recordar del 
letargo de su pereza y preciudir de la torpísima lujuria, rompiendo 
las cadenas de placeres que lo tenian voluptuosamente esclavizado; ha^ 
lióse con un ejército sin bríos, como el de Aníbal al salir de Gapua, 
por haber »do bastante imprevisor el héroe de Cartago, para esta^ 
cionarse en las delicias de aquella población embriagadora; en vez de 
dirigirse á Romia misaia y acabar para siempre con sus horripilados 
enemigos, pocos después verdugos de su patria, por haberse dormid 
do en los laureles el capitán mas grande que produjo. 

¿Para qué echar la culpa de la invasión mas fiera y terrorífica, 
i una débil nayer y á un padre loco? ¿Es creíble siquiera, por muy 
vengativo que se suponga <ü conde don Julián, cuando supo la des- 
honra de su hija Flormda violada por ftodrigo; es creíble, repetimos, 
tratase de vender á España toda, que ningún mal le había hecho; en^ 
tregaado al ae^ro de los bárbaros ¿ una generación inofensiva y de la 
cual también formaban parle sus parientes, sus deudos, sus ami«» 
gos,,sns muchas relaciones y dependepci^s^ su mismo porvenir de vida y 



50 GLORIAS 

famira? Pero ann caaodo sea cierto que abrió las puertas de su pa- 
tria á los feroces sarracenos? no les quedaba aun á los cristianos la 
probabilidad de la victoria, luchando y reluchando con esa desespe- 
ración del que se bate por la defensa de su propia casa? 

Convengamos mas bien en que los vicios fueron las verdaderas cau- 
sas del triunfo de las huestes mahometanas, como que minaban desde 
largo tiempo el no muy arraigado cimiento de la monarquía de los go- 
dos, desmoronándose insensiblemente en progresiva decadencia. Tapn- 
bien el clero estaba corrompido; no pocos principes de la Iglesia preva- 
ricaban de inaudito modo; habian escandalizado al mundo obispos co- 
mo el heresiarca Gregorio, venido de Siria á Sevilla; arzobispos co- 
mo el renegado Teudiselo; y habian de escandalizarlo mucho mas, 
apóstatas de escelsa jerarquía, prelados como el sacrilego D. Opas, 
traidor á su monarca, á su pais y á su fé. 

Por todas estas cosas y otras muchas que omitimos, en gracia de 
la concisión histórica ofrecida; bien se puede afirmar que la entrada 
de los árabes fué un castigo del Cielo; así como Dios habia permí* 
tido varias veces que el pueblo hebreo, de su predilección, fuese sa- 
queado y llevado cautivo á Babilonia; y permitió, siglos después, que 
la misma Roma fiíese invadida, profanada, robada y acuchillada, en 
castigo de sus grandes pecados, por aquellos mismos pueblos bárbaros 
á quienes orgullosa en otros tiempos habia dado la ley, cual amo á 
esclavo. 

No es posible dar una idea déla disolución de costumbres gene* 
ralizada en nuestro suelo, hacia el año 744 de la era católica, que 
fué precisamente el de la ocupación por los árabes. Asi es que al 
cundir la infausta nueva del espantable caso, pocos fueron los milla- 
res de brazos que estuvieron prontos á resistir sin desmayar; no en- 
contrando en si misma la mayoria de los habitantes el nervio y la 
pujanza de sus belicosos antepasados, ni aun para defender, en cues- 
tión de vida ó muerte, las mas queridas prendas, que iban á serles 
en muy breves dias desgarradoramente arrebatadas. En vano D. Ro- 
drigo, sacudiendo alarmado su habitual molicie y su indolencia, reu- 
nió apresuradamente cuantas falanges pudo; España entera deberla ha^ 
berse desencajado (digámoslo asi) en sils hondos cimientos conmovida, 
lanzándose compacta sobre los trescientos mil tigres, leones y otras 
rabiosas fieras de los desiertos arenales de la Arabia, de las cuevas 



BE SEVILLA. 31 

de la flamigera Libia y la incivilizada Mauritania* Conviene advertir 
qae era ya la segunda venida de los moros; pues el año anterior ha- 
bía hecho terribles escursiones el mismo Tarif, volviéndose después al 
África, d(»ide Muza., representante del soberano Miramamolin, lo au- 
torizó pnra invadir definitivamente nuestro rico pais, á la cabeza del 
numeroso ejército, que semejante empresa requería. 

Dióae la batalla de Guadalete el dia 9 de setiembre del año 744, 
fiOal, como ninguna, para los desdichados espantes. No faltan auto- 
tores que aseguran duró aquella ocho, dias continuos, esto es, de un 
douúngo á otro. Lo cual (sea dicho de paso) nos parece un sdenmí- 
simo disparate; porque ni hubo, ni hay, ni habrá batalla a^na que, 
después de empeñada con el furor y d encarnizamiento consiguien- 
tes, pueda durar Quiera dia y medio, cuanto mas el espacio de 
492 horas ccmsecutivas. Además, en todas las acciones de guerra hay 
momentos dados, que las deciden y concluyen, por no inievistos inciden* 
tes muchas veces; entrando el pánico en las filas de unos, para que 
del desorden se aprovechen otros. Tampoco deja de haber hktortado- 
res que atribuyen la pérdida de tan memorable batalla al arzobispo 
Opas y á los hijos de Witiza, antecesor de Rodrigo; quienes en lo mas 
recio y empeñado fie la lucha se pasaron á Taric, arrastrando en 
pos de si toda el ala derecha del ejército cristiano, que por desgrar 
cia mandaban. La persona dri último monarca de los godos no pare- 
ció jamás, aunque se hallaron sus insignias reales y su famoso caba- 
llo de batalla, Orelia, á orillas del Guadalete, cuyas aguas tiñéronse 
de sangre. 

Siglos después, hallóse una lápida en Viseo (Portugal), que recuer- 
da su misera memoria con la inscripción siguiente: «Aqui yace Rodri- 
go, último rey de los Godos.» 

Contra tales antecedentes y fundadas suposiciones, menos depresi- 
vas del honor nacional, que las de otros; se atraviesan diversos nar- 
rad^nres árabes, mereciendo sus parcialisimos relatos mucha mas fe 
que los de nuestros cronistas á algún español preciado de concienzu- 
do filMogo. Y como la batalla de Guadalete sea uno de aquellos ra- 
ros y escepcionales acontecimientos, que forman época ruidosa, porque 
cambian la faz de algún país, reducido, de señor independiente que 
antes era, al papel de siervo miserable en el teatro . de las naciones 
asombradas; no estará demás que nos ocupemos detenidamente de tan 



59! GLORIAS 

terrible caso, dando á conocer la opinión ée los aolores tnuslimeá 
acerca del proverbial valor de los cristianos, á quienes se lo 
niegan, segnn se infiere de la historia de la dominación de los 
árabes en España traducida de la mnslimica lengna, por don Jo- 
sé Antonio Conde. Este profundo sabio, después de recorrer con vas^ 
ta erudición las obras españolas concernientes á la materia, tildándolas 
en su mayor parte y despreciando muchas, parece atenerse á los di- 
chosos manuscritos arábigos hiperbólicamente apologéticos de los va-^ 
salios del califa Walid, conquistadores del África y de España. Dice asit 

cLlegó Ruderic (¿no era mas propio traducir Rodrigo?) á los cam- 
pos de Sidonia, con un ejército de noventa mil hombres con toda la 
nobleza de su reino. No intimidó á Taric esta numerosa hueste, que 
parecia un mar agitado; pues aunque sus Muslimes eran muy infe- 
riores en el número, tenian gran ventaja en las armas, destreza y 
valor. Yenian los cristianos armados de lorigas y de pespuntes en la 
primera y postrera gente, y k>s otros sin estas defensas, pero arma- 
dos de lanzas, escudos y espadas, y la otra gente ligera con arcos, 
saetas, hondas y otras armas, según su costumbre, hachas, mazas 
y guadañas cortantes. Los caudillos árabes reunieron sus banderas, y 
86 congregaron las tropas de caballería, que corrían la tierra. Juntos 
los Muslimes, ordenó Tañe sus escuadrones, los preparó y llenó de 
confianza para dar batalla á los cristianos. Avistáronse ambas ene- 
migas huestes en los campos que riega el Guadalede un dia domin- 
go, dos dias por andar de la luna del ramazan. Temblaba debajo de 
sus pies la tierra y se estremecia, y resonaba el aire con el estruen-' 
do de los atambores y añafiles, y con el sonido de guerreras trompas, 
y ooB el espantoso alarido de ambas huestes. Acomeiiéronse con igual 
ánimo y saña, aunque muy desiguales en número, pues había cuatro 
cristianos por cada muslin. 

Principió la batalla al rayar el dia, y se mantuvo con igual cons- 
tancia por ambas partes, y sin ventaja alguna duró la matanza hasta 
que la venida de lo noche puso treguas á los sangrientos horrores. 
Pasaron ambas huestes sobre el campo de batalla, y esperaban con 
impaciencia el punto del alba, para renovar la atroz pelea. Venido el 
dia, con enemigo ftiror empezó la batalla, él horno del combate per-^ 
maneció encendido desde la aurora hasta la noche. 

Como al tercero dia de la sangrienta lid vieBe el caudiUo TariCt 



1>K SEXILLi. H!) 

que los MusUmeft decaían de ánimo y cedían campo á los cristianos, 
se alzó sobre loa estribos, y dando aliento á su caballo les dijo: «O 
Hoslimes; vencedores de Almagreb, ¿& donde vais? ¿á donde vuestra 
torpe é inconsiderada fuga? £1 mar tenéis á las espaldas, y los ene- 
migos delante; no bay mas remedio que en vuestro valor y en la ayu- 
da de Dios; haced, caballeros, como veréis que haré.» y diciendo 
esto, arremetió con su feroz caballo, y atropellando á d^echa y á iz- 
quierda cuantos se le ponian delante, llegó alas banderas délos cris- 
tianos, y conociendo al rey Ruderic por sus insignias y caballo le aco- 
metió y le pasó de una lanzada, y el triste Ruderic cayó muerto, que 
Dios lo mató por su mano, y amparó á los Muslimes: á ejemplo de 
su caudillo rompieron y desbarataron á los Cristianos, que con la muer- 
te de su rey y de otros de sus principales caudillos se desordenaron 
y huyeron llenos de terror. Los Árabes siguieron el alcance con su 
caballeria, y la espada muslimica se cebó en ellos por mucho espacio 
y murieron tantos, que solo sabe cuantos Dios que los crió: acab^ la 
batalla y alcance de Guadalede dia cinco de la luna de jawal, y que- 
dó aquella tierra cubierta de huesos por largo espacio de tiempo. 

cTomó Tarto la cabeza del rey Ruderic, y la envió á Muza, dán- 
dole parle de sus venturosos sucesos, asi en el paso de Alzacac, co- 
mo en las victorias sucesivas; y largamente le refirió la sangrienta y 
peligrosa batalla de Guadalede, en que había vencido todo el poder 
del rey y de los godos y sus numerosas huestes; y le contaba como 
el rey entraba en la batalla los primeros dias en un carro bélico ador- 
nado de marfil, tirado de dos robustos mulos blancos, que llevaba su 
cabeza ceñida de una corona ó diadema de perlas, con una clámide de 
purpura bordada de oro: que en el tercero dia de la sangrienta pe- 
lea Dios habia dado á sus Muslimes cumplida victoria, y él había 
muerto por su mano al rey Ruderic, cuya cabeza le enviaba. Decía- 
le asimismo los caballeros Muslimes que mas se habían señalado en 
los dias de batalla, y como se había seguido el alcance otros tres dias 
sin que se alzase la espada de los Muslimes, de sobre ellos. . 

€E1 caudillo que llevó estas nuevas al wali Muza ben Noseir, le 
dio las cartas de Taric, y de palabra le refirió el suceso del paso 
del estrecho para llegar á tierra de España, como habían desembar- 
cado en Gezira Alhadra, y á pesar de los cristianos se habian apo- 
derado del monte grande de Gebal Alfeth, que ya llamaba Gebal Ta* 

8 



H GLORIAS 

ríe del nombre incliCo caudllo que había derrotado la geiile que d^* 
fendia el paso y monte, en quien esperan los cristianos: que allí era. 
su caudillo Tadmir que habia pedido socorro al rey de los crisüanos, 
Ruderic, informándole de las gentes que hablan llegado á sus tierras: 
que el rey habia venido en su ayuda con noventa mil cristianos: que 
Taric había salido contra ellos, y que en la delantera de la caballe- 
ría estaba el caudillo Mugueiz el Rumi, siervo de Walid: que la ba- 
talla fué bien mantenida por ambas huestes tres dias: que el tercero 
vio Taric á cuantos hombres estaban con él: que ya les faltaba es- 
fuerzo, y que les habló á caballo, y los alentó á pelear con valor, y 
les exhortó á morir peleando como buenos Muslimes, ofreciendo á to- 
dos grandes premios; y que entonces les dijo: «¿Dónde pensáis tener 
asilo? el bravo mar (Taric, como Escipion, habia mandado quemar su» 
naves) detrás de vosotros, los fatigados enemigos delante: no hay 
para nosotros mas remedio que valor: haced como haré yo: Guala 
(Por Dios) que acometeré á su rey, y si no le quito la vida, yo mo- 
riré á sus manos.i Que se afirmó en su caballo, y rompiendo los ene- 
migos, como conocia el caballo y las insignias del rey Ruderic, hizo 
como decía, y Dios mató á Ruderic por su mano, y después hicieron 
cruel matanza en los enemigos, y de los Muslimes no murieron mu- 
chos, que los cristianos huyeron en desorden, y los siguieron tres dias: 
que Taric mandó cortar la cabeza de Ruderic, y que se la enviaba. 
Muza oyó estas nuevas con mucho placer (en otro capitulo se le su- 
pone roído de envidia de las glorias de Taric,) y dijo que enviaría 
al califii Walid la cabeza del triste rey, que tal desgracia aviene á 
loB reyes que toman lugar señalado en las peleas.» 

¿Puede darse una relación mas depresiva del honor cristiano y de 
la dignidad española y del proverbial valor de los godos, por muy 
dejenerados que estuviesen los hijos de una raza, terror del romano» 
imperio, que habia hecho temblar al mundo? ¿Qué significa la absurda 
proposición de que en la batalla de Guadalete habia cuatro cristianos 
para cada árabe ó muslin? Pues qué ¿noventa mil hombres en treft 
dias [de lucha á muerte no habrían podido envolver al cortisímo nú- 
mero, respectivamente considerado, de árabes, que del modo mas* 
gratuito se supone? ¿Que significa la muerte de Rodrigo á manos de 
Muza, traspasado de buenas á primeras, como si no llevara sólida 
armadura, como si no pensara en resistirse, cuando era indudable- 



DE SEYILLA. 55 

mente uno de los mas fuertes y diestros capitanes de su tiempo; y 
cuando ningún historiador, ni crónica, ni leyenda rezan de tal fracaso, 
y antes bien se cree que no murió en la lid? Pues qué, los mu- 
chos millares de fugitivos, si se hubieran desordenado á consecuen- 
cia de semejante muerte, dejarían de haberlo dicho asi hasta para 
disculpa de su cobardía, á causa del pánico repentino que los sobre- 
cojiera al ver rodar mortalmente herida la descollante persona del mo- 
narca godo? ¿Hubo uno siquiera que tal dijese? Ni uno solo, porque 
no habia sucedido, porque es una invención de los árabes para de- 
primirnos; y parécenos bastante estraño que sin comentos ni ñolas ha- 
ya publicado el erudito D. J. A. Conde semejantes manuscritos, solo 
por lucir sus conocimientos en el árabe, teniendo por mas verídicos 
a aquellos infieles, con harta mengua de nuestros mas respetables y 
autorizados historiadores. Por otra parte, si los árabes hubiesen sido 
un puñado de intrusos, como su compatriota miente; ¿es creíble que 
el rey Rodrigo abandonase las delicias de su opulenta corte, yendo 
en persona á combatir lo que no merecía la pena ni el honor de se- 
mejante resolución, bastando con enviar á cualquiera de sus generales? 
Además el mismo autor arábigo se contradice respecto del corto nú- 
mero de sus compatriotas invasores; pues ya sobre la primera vez 
que entraron (y cuenta que la segunda era con muy considerables re- 
fuerzos) cita las palabras de Tadmír, general de Rodrigo en An- 
dalucía, copiando (no sabemos de donde) la carta que escribió á su 
soberano, concebida en los términos siguientes. 

«Señor, aquí han llegado gentes enemigas de la parte de África, 
yo no sé si del cielo ú de la tierra: yo me hallé acometido de ellos 
de improviso: resistí con todas mis fuerzas para defender la entrada; 
pero me fué forzoso ceder á la muchedumbre (tal sería ella) y al ím- 
petu suyo: ahora á mi pesar acampan en nuestra tierra: ruégeos, 
Señor, pues tanto os cumple, que vengáis á socorremos con la ma- 
yor diligencia y con cuanta gente se pueda allegar: venid vos. Se- 
ñor, en persona, que será lo mejor.v 

¿No se infiere de esta carta que la muchedumbre de los invaso- 
res era, smó inmensa, considerabilísima, cuando tales socorros y con 
tanta premura reclamaba el general de Rodrigo? ¿Y habrá alguno 
bastante candido para creer que cuando aquellos iban á jugar el todo 
por el todo en la jornada de Guadaleto, cuando no tenían mas re- 



fiG 6L0R1AÍ 

curso que vencer ó morir, por carecer de simpaliai en un (laíi^ i|oe 
devastaban, y de naves en que reembarcarse, habian de presentarse 
ai frente de un ejército cuatro veces mayor, llevando á su cabeza la 
flor y nata de la brillante aristocracia goda, fecunda en nobilísimos 
caudillos y en ultra-denodados paladines, que asi pueden caUñcarse 
los que en temerarios rayaban por la heroicidad de sus empresas? 

Se dirá que estaban desesperados los árabes, cuya circunstancia 
quintuplicarla sus fuerzas. ¿Y los godos? ¿Hay cosas mas sagradas 
que las defendidas por ellos? ¿Mo eran sobrado asunto para comunir- 
carles el ciego valor de la desesperación, sus vidas, sus haciendas, 
sus mujeres, sus hijos, su patria, su religión, su honor, sus conquis- 
tas y glorias, prez de «iglos, librado todo junto, y sin recobro en caso 
de perderse, al éxito de una batalla? 

Convengamos en que los godos tenían, por lo menos, razones tan 
poderosas como sus enemigos para lidiar hasta dmntít; y que su san- 
grienta derrota fué debida á la traición por una parte y á la supe- 
rioridad numérica por otra, militando ambas cansas en favor de los 
creyentes del Islam. Debemos creerlo asi, mayormente cuando sdiran 
datos y motivos para (an justa credibilidad. En el caso contrario se* 
ría forzoso abochornarse del nombre de cristiano y de español. P^ro 
nó, es inexacto, no fué un puñado de árabes el que conquistó á la 
España goda y católica; sabido es que los propagadores del Islamismo 
ganaban las batallas á fuerza de gente. Y vaya, por conclusión, otro 
argumento de autoridad; el venerable D. Lucas, obispo de Tuy, afir- 
ma que murieron mas de diez y seis mil moros en aquellos dias de 
espantosa lucha. Ahora bien: si el ejército árabe era tan escaso y tu* 
vo una baja de cuatro quintas partes, cuando menos: ¿como pudo 
seguir la conquista de un pais tan vasto, alzándose doquieraen contra 
suya los mismo fugitivos de Guadalete? Y no se diga que esperó refuerzos, 
pues Tarif siguió avanzando sin acatar las órdenes del envidioso Muza, 
que le prevenía aguardase su próximo desembarco; por k) cual mas 
adelante estuvo preso aquel caudillo; hasta que el mismo Califa de Siria 
mandó á Muza que lo pusiese en libertad, devolviéndole el mando de unas 
tropas que habia guiado siempre á la victoria. Resumiendo: cayó la Iberia 
gótica y cristiana, ante el fanático poder de los Califas árabes; pero cayó 
por la infame traición, por el inmenso número de los invasores, y por ha- 
berla abandonado el Cielo en ley de espiacion á tantos vicios! 



CAPITULO Vil. 



iislii-iidn»c Ñ liPí i^ 




-^■\«.W] 



iff'/<\ ^ P'^V^'*' '"^ NIOBIOS detenido ea el eoadro 
fjjf^ de la corrnpcáoD de ooBtnmlffet, qae lanío 
^'^ O0DtiibDY¿ Jt la pérdida de España; para dfr- 
■i ^ du&r con sana lógica una merecida eKepdoa 
en obaeqaifl de loo MviUaDO». Y dedmoe me- 
recida, pimine no solo envió SevtBa poderosos 
oaDÜagentes en hambres y diDeroa al ^reito del rey Bodrigo; sino 
qae ee dispuso i relncbar aislada eentra los sarracenos venoedores; 
lo coai eqnivalia i sepidUr» viva entre sos minas, antes de reco- 
nocer por duelos á los viles seotarios de Mahoma. 

EsU) prueba basta la evidencia qoe boId aquí ae comeivaban pa- 
ras las aatignas costumbres naoioBales; y que el valor de loe be- 
i^Mcos hijos de Sevilla, era tan invencible é inqadiraBtable como lo 
ha sido, lo es y lo s^ su fé, que tales santos, mártires, OMifeao- 
res y vírenos ha dado, para eejriendor eterno de la Iglesia. 



o8 GLOBIAft 

La imaginación se pierde al querer figurarse presenciadas las hor- 
rorosísimas consecuencias del triunfo conseguido por los árabes. Si 
grandes eran las culpas de aquella generación, pues como dice un 
autor antiguo: cLas cosas de España, de sus principes y gobernado- 
res, parece que daban gritos al Cielo en estos aSosi; no fué menor 
su castigo; en prueba de lo cual copiaremos las sentidas frases del 
concienzudo historiador Espinosa, tratando de aquella époaa. 

cLas maldades (dice) que se cometieron por los infieles en esta oca- 
sión, fueron increíbles. No tiene relación ni encarecimiento su estra- 
go. Qué de matronas, qué de virgenes dedicadas á Dios perecieron 
afrentadas á su furia; qué de monasterios destruidos; cuantos obispos 
tratados ignominiosamente, y muertos: cuanta sangre de sacerdotes ver- 
tida; qué de iglesias derribadas y reducidas á escombros: cuantas otras 
despojadas de preciosísimos tesoros; qué de nobilísimas y santas reliquias 
abrasadas: y por ser los templos en que se veneraban suntuosos, no ar- 
ruinados por tierra (que fuera gran ventura,) sino hechos infames mez- 
quitas, donde el culto divino se trocaba con la abominable supersti- 
ción de Mahoma; y sus altares hechos pesebres de caballos. Finalmen- 
te (aunque no hay fin á sus miserias,) qué de muertes injustas y de 
sangre inocente derramada!» 

Tales eran las hórridas proezas del furibundo ejército conquistador, 
que habiéndose apoderado de todas las poblaciones de Andalucía, en- 
sangrentándose particularmente en Écija y Carmena, por habérsele 
opuesto resistencia; avanzaba feroz sobre Sevilla, blandiendo las tajan- 
tes cimitarras. Desde Nabucodonosor II, no se había visto amenaza- 
da la ciudad de Hércules, por un ejército mas formidable; aun con ha- 
ber mediado entre ambos hechos trascurso abarcador de trece siglos. 
Mandaba en jefe el orgulloso Muza, recieit venido de África, por en* 
vidiar la gloría de Taric, que entonces proseguía la conquista, llevan- 
do al corazón de la Península sus armas victoríosasp dondequiera, s¡ 
se esceptúan las riscosas cumbres en que salvó Pélayo, por ventura, 
la nacionalidad agonizante. £1 segundo de Muza era su hijo Abdalasis, 
primer monarca árabe de Sevilla. 

Intimada la rendición y contestando negativamente los de la ciu- 
dad, cuyo gobernador era Sarmato, intrépido caudillo estraño al mie- 
do; comenzóse un ataque general rechazado con ventaja en todos los 
puntos de tan estensa linea. Así continuó Sevilla defendiéndose por 



DE SEVILLA. 59 

espacio de muchos meses; hasta que viéndose sus moradores entera- 
mente faltos de recursos, sin viveros ni esperanzas de socorros, mu- 
riéndose no pocos de una terrible peste orijinada de las mismas pri- 
vaciones y males consiguientes á tan desesperada resistencia; deter- 
minaron sucumbir con gloria, ó salvarse á través de la morisma. 
Fabulosa pareceria la hazaña que intentaron, á no estar confirmada 
por autores graves; y fué reunir toda la jente de armas disponible 
en dos columnas ó masas cerradas, una de vanguardia y otra de re- 
taguardia, llevando en el centro las mujeres, los niños, y los ancia- 
nos, de todo punto cubiertos por laterales filas eslabonadas con los tro- 
zos del frente y de la espalda. En esta disposición y animados por 
muy edificantes sacerdotes, que empuñaban cruces exhortando á los 
guerreros á la defensa de sus familias y á merecer en caso necesa- 
rio la envidiable aureola del martirio; ejecutaron la mas impetuosa 
y rápida salida de que hay memoria en todos los sitios, incluso el 
de Kumancia la impertérrita, quemada por si propia y no vencida. 
Los moros aturdidos y en parte soñolientos, por haberse verificado la 
evasión hacíalas altas horas de la noche; huían despavoridos creyendo 
80 les venia encima un ejército de fantasmas y vestiglos; de suerte 
que si los cristianos no hubieran tenido que protejer cmstantemente al 
sagrado depóáto, que constituíala parte débil de sus masas, tal vez 
la aurora del cercano dia alumbrara su triunfo y su venganza sobre 
los innumerables cadáveres de sus enemigos. Pero harto hicieran con 
salvar la gente y seguir protejiendo tan admirable retirada. 

Cuéntase que cuando Muza, asombrado del hecho sorprendente, 
entró á posesionarse de la ciudad abandonada; tan solo halló la pobla- 
ción jodia (que ocupaba entonces una estensa calle con tiendas de co-* 
mercio) y muchísimos enfermos tocados de la peste reinante, muñén- 
dose por horas varios de ellos. Temiendo entonces el caudillo moro 
que el contajio mortifero diezmara sus huestes, comunicándose ins- 
tantáneamente al grueso de las masas invasoras; y receloso del in- 
fecto ambiente, como de pútridos miasmas impregnado; mandó eva- 
cuasen la ciudad sus tropas, dejando solo en las inmediaciones un 
respetable cuerpo vigilante. Tomadas estas disposiciones, propias de 
los hábiles y previsores capitanes, dirigióse presuroso á la conquista 
de Mérida, en aquellos tiempos plaza de primer orden, y que lo en- 
tretuvo algo mas de lo que á su fama y á sus intereses omvenia. 



60 GLORIAS 

Noticiosos de la referida evacoacion y de un abandono, que de 
ninguna nianera podian prometerse, tomaron los sevillanos el partido 
de volver á su patria, arrollando á los millares de agarenos perma- 
nentes en columna de vigilancia. {Pluguiese al cielo que na hubieran 
adoptado semejante resolución, evitándose de ese modo las horribles 
consecuencias que debia acarrearlesl Nada les fué mas fteil y hace^ 
dero que volver á Sevilla, limpiarla de cadáveres, apoderarse délas 
abundantísimas provisiones acopiadas en el campamenlo- de los afri- 
canos, y batir completamente á estos, que avisados del caso, regre- 
saban de una escursion á los pueblos comarcanos, jurando no dar 
cuartel á ninguno de los españoles recien venidos. Doró el combate 
muy reñido cerca de doce horas; hasta que bs moros, mterameníte 
cercados, ofrecieron rendirse si se les acordaban condicioiies. Mandé 
entonces Sarmato, como jefe prudente, suspender el ataque; deseando 
sin duda evitar el derramamiento de ños de sangre, que tan cara 
habia de costar, en cuanto Muza tuviese noticia de la derrota de los 
suyos. Has por una fatalidad de aquellas que entran en el destino 
de las naciones, en el momento de adelantarse el caudillo español ha- 
cia la hueste mora, envainando su acero y haciéndoles señal de que* 
rer acordarles lo que pedian, viose súbitamente rodeado y fué ale- 
vosamente muerto por los mismos á quienes trataba de salvar. La 
indignación que semejante villanía esci¿^ en los cristianos, no se pue- 
de esplicar, si se comprende; baste decir que lanzando un espantoso 
grito de dolor y de rabia, arrojáronse sobre los doce mil fementidos 
sarracenos pasándolos á todos á cuchillo; pues solamente alguno que ' 
otro jinete debió su salvación á la velocidad de su caballo. Habían 
creído los moros que con la muerte de Sarmato, se pondrían en fuga 
los hijos de Sevilla, siéndoles entonces fácil derrotarlos; pero sue^ 
diMes muy al revés de lo que se figuraban, pagando con sus vidas la 
traición. 

Celebró la ciudad sin regocijo tan sangrienta victoria, porque ar- 
rancaba lágrimas á todos la muerte del magnánimo Sarmato, pérdida 
absolutamente irreparable, como se vio después. Había algo de si- 
niestro en el natural entrniasmo que infundiera al pu^lo tan completa 
victoria; pues era de temer lo que efectivamente sucedió, cuando in- 
formado Muza, que sitiaba á Mérída, y no queriendo venir en per- 
sona, acaso por temor de la peste, hizo jurar á su hijo Abdalasis que 



PE SKVIUA. 64 

re^gftriad b6(Aio igoominioso para las armas del omnipotente MilpaBia- 
jnolÍB, oon la moerte de lodod los gaerreros sevillaAOS. Vino Abda- 
lasis con furor tan grande que en la misma noche de su llegada asal- 
tó á la diodad, cuyos defensores perecieron matando k mucbos de sus 
implacables verdugos; a«iiq«ie bien se echara de ver en tan pocas ha* 
ras de tocha que ya no hte mandaba el gran Sarmato. Fueron pa- 
sadas á cuchillo todas las Emilias de los nobles, cometiéndose inaudi- 
tos atropellos con las infelices mujeres. La luz del nuevo dia ahtm- 
bró un espectáculo de los mas espantosos que hayan pojlido verse en 
guerra alguna; las murallas, las calles, las plazas, las casas, el vas- 
tisímo recinto, aparecían cubiertos de cad&veres de hombres, mujeres, 
anciaDOs, j&venes y niños, muchos de ellos horrorosamente mutilados, 
demandando venganza al sordo cielo. Y aun no saciados los perpetra- 
dores de tantos crímenes, aun no hartos de sangrt y de esterminio, 
coiitínoaban sos execrables tropelias y su abominables viieilenoite m 
cuantos doniioilioB conservaban algunos habitantes escapados á la hor-* 
renda matanza general! 

Entonces Abdalasis, recordando que la ciudad mas grande y mas 
hermosa iba á quedar enteramente despoblada, y él solo reinarla so- 
bre ruíoas, en la capital de los dominios que le cediera su padre; 
mandó cesar la general matanza, salvándose por ello una gran par^ 
te de la población, especialmente las familias pobres, cuyas casas de 
misera apariencia no hablan escüado la codicia de los frenéticas es-* 
terminadores. 

Asi fué tomada y sacrificada Sevilla por los estúpidos adoradores 
de Maboma, mas despiadados y feroces que los mismo vándalos cuyas 
proezas consisüan en degollar á los indefensos é inofenávos habitantes de 
las poUaciones abiertas, circunvalando eon sus cadáveres las poblacioneé 
minadas, hasta obligarlas á rendirse ó sucumbir al pestilente influjo 
de ana putretaccion contagíadora. Asi cayó con la ciudad de Héroules 
el florón mas brillante, espléndido y hermoso de la diadema gótica, 
ávidamente recojido por el sobervio vastago de Muza, para ceñir sa 
frente ensangrentada, haciéndolo servir de rejio emblema en la recons- 
trucción de un trono hecho pedazos. Asi pasaron á poder del moro 
las riquezas sin cuento atesoradas en largos siglos de ventura y paz. 
Asi vinieron á ser esclavos y oomo tales arrastrar cadenas, los que 
aolcs libres figuraban ikieños. Y asi, finalmente, ondeó sobre ku» eú- 

40 



62 GLORIAS 

putas de los edificios sagrados el ominoso pendón de la tnedfa^Iui», 
mientras hollaban con sus pies inmundos ta cruz de lesucrl^ aque- 
llos bárbaros! 

Tocaba ya á su fin el lúgubre año de 44 6, cuando quedó' Sevilla 
definitivamente sujeta al dominio de los árabes, después de haberse 
resistido tanta tiempo desde el fatalísimo desastre de los crisltanos en 
la batalla de Guadalete, ocurrida, como hemos dicho, en Setiembrt^ 
de 444. 

' En casi toda España habia caido, como enorme coloso derrocado 
el poder que los godos cimentaran sobre grandes víctiorias y conquis- 
tas. Conservase solo el gran Pelayo con muy escasos restos del 
ejército, lidiando noche y dia en las gallegas y asturianas cumbr^s^ para 
servir de tronco á los monarcas que restaurasen el poder antiguo. 

Tarif y Muza habíanse vuelto al África, llevando desde alli al ca- 
lifa de Siria, vulgo Miramamolin, supremo iefe suyo por mahomi^ con 
tales nuevas los inmensos tesoros usurpados. Abdatasís prenáadfr de Egi- 
lona, mujer que fué del infeliz Rodrigo, la habia sacado de entr«f 
los cautivos para ofrecerle un trono con su mano, casándose o(m ella 
desde luego, vencido por su fascinadora belleza. Y contribuyendo sobre 
manera á humanizarlo la estraordinaria ternura con que amó siempre 
á Egilona, preciárase de culto y tolerante, dejando que no fuesen de- 
molidos algunos pocos templos, donde se reuniesen tos católicos. Ha- 
hiendo decidido fijar su residencia en Sevilla y hacerla corte suya, 
asiento del imperio árabe español, cual merecía; mandó se edificase 
á toda costa ese sobervío alcázar, palacio suntuoso á tantos reyes, cuya 
magnificencia conservada hasta nuestros dias, redunda ciertamente en 
honra y gloria de la ciudad donde se quiso desplegaria. Con tal objeto 
hizo venir del Asia los mas famosos arquitectos de su épooa^ cu- 
yos nombres (como dice un autor contemporáneo) no nos ha éouservadcr 
la tradiccion; y teniendo presen teé los modelos de los del Cairo y Bar- 
galad, llevó á grandioso término la obra de este palacio, célebre aoh 
entre los mulsumanes, no tanto por la suntuosiéad, que le (digámoslo 
asi) característica, como por las delicias que proporcicma á sus mora- 
dores, construido bajo un cielo tan hermoso y en un suelo tan fértil 
y apacible. 

De este modo volvieron á lucir para Sevilla soles que diesen briUtf 
á su grandeza, con tanta esplendorosidad y fidgidez como en los éi» 



M BKVILLA. 68 

4e M prisltoo eDcambramienlo. No asi para la infortanada Itálica, cu- 
ya gloriofia resistencia le acarreó su ruina, quedando ya de población 
tan célebre la memoria no mas en restos fúnebres. 

Imperando el espléndido Abdalasís, parece ser que floreció ea Se- 
villa el iamoso arzobispo Joan Segundo, santisimo varón de inmensas 
laces, honra y prez de la silla mochos años. Este docto prelado, in- 
.faUgable &k el asiduo desemp^o de su misión apostólica, no perdo<- 
nó diligencia ni trabajo s^uno pava conservar en toda su pureza la 
fé de sos perseguidos diocesanos, que tan á riesgo estaban de per- 
derse exasperados con la esclavitud y con el trato de los sarracenos. 
Observando el arzobispo Juan, que los naturales iban olvidando la na- 
tiva lengua y acostumbriuidose al idioma arábigo, trasladó y vertió en 
este los sagrados libros, la doctrina católica» los decretos délos couf- 
cilios, y coaitfo conduce á la buena instrucción, sólida piedad y eter- 
na salud de unas ovejas encomendadas al mas celoso do los pastores. 
Sos preciosos manuscritos conservánse originales en el archivo de la 
Sta. Iglesia Catedral de Sevilla, en un libro de pergamino, forrado de 
terciopelo carmesí, con chapas de plata. Fué tan admirable la vida 
de este piadosísimo prelado, qae hasta los mismos infieles lo tuvie- 
ron siempre en particular estima, concepto y veneración. 

Con tan r(d)asto apoyo, y oon el favor de la reina Egilona, á quien 
los árabes Uamaban Ayela, hacíase mas tolerable y llevadera la escla- 
vitud de los cristianos de Sevilla, indirectamente protegidos hasta der*- 
to punto por el mismo jefe del gobtemo, que reunía en su perscma 
machas altas cualidades de principe escelente, rigiendo obedecido y 
bien amado. Pero semejante dicha augurábase induradera, como sue- 
len serlo todas las de esto mundo, cuyos efímeros goces van siempre 
acompañados de acerbos desengaños. El califa Suleiman, sucesor de 
Walid, mandó cortar la cabeza al generoso Abdalasis, hijo del cé- 
lebre Hoza, bien fuese por odio á este, bien porque cundiera el ru- 
mor de que Abdalasis aspiraba á coronarse rey de la península es- 
pañola, con independencia del soberano de Damasco, Señor de vidas 
y haciendas, é interprete sagrado de las voluntades del Profeta. 

' Por ser ten cariosa como verídica la narración que de este infaua- 

to suceso hacen los escritores árabes, la insertemos casi integra, es- 

(Ceptuandolos nombres mas diflcidtosos, y advirtiendo que ellos donmian 

Abdelaziz al malogrado principe finante en brazos de la viuda de Rodrigo, 



64 GiAmik% 

«En fispáia (diíeñ) adelantó Abdeiaziz la concpiiBta liMa Im 
Iremos de Uisitania á la costa del gran mar Ooéaao, y ras caudillos 
corrieron toda la tierra Algof (esto es, toda la parte del Norte), y 
Panploña y montes Albaskenses; y salegaron machas preciosidades. 
Ord^ Abdeiaziz enviar las fBntas de estos pueblos de Espafia ¿ Si- 
ría, y noticia del estado de las conquistas: nombró para esto á Ho^ 
4iamad &c. (segon los nombres de varios embajadores ó comisionados), 
con otros principales caudillos, en todos diez varones: soiin jontaiw 
las redtas de las provincias de España eon las de Áfrioa, y en ana 
sola caja debia todo recaudarse por los respectivos encargados de cada 
provincia. Allegóse en esta conducta de España inmeisa suma, que 
llevaron á Siria estos diez diputados. Fueron bien recibidos del calía- 
la, y mandó volver á España á ocho de ellos, con orden secreta paro 
que luego que llegasen al África, depusiesen de sus gobíeruos & los 
hijos de Muza y después les quitasen la vida. Lo mismo previno en 
sus -cartas á los cinco principales caudillos de las tropas de Espafta: 
receloso del poder de la familia de Muza, que consideraba ofendida, 
no quiso dejar ninguno de ella. Estraño prenuo dio la suerte k los 
distinguidos servicios de esta noble g^te.i 

cEl primero que abrió y leyó estas crueles órdenes en España, 
fué el fiel amigo de Muza ben Ñoseir, y compañero de Abdeiaziz su 
hijo, el caudillo Habib ben Obeida el Fehri, y lo mismo se prevenía 
al caudillo Zeyab ben Nabaa, que era también amigo de ambos: que- 
daron suspensos, y las cartas con el temblor les cayeron de las mag- 
nos, y dijo Habib: ¿Es posible que tanto pueda la envidia y «nemis- 
iad de los contrarios de Muza, que hacen <dvidar tan gloriosos ser- 
vicios, tan felices empresas? Pero Dios es justo y nos manda (d>ede- 
cer á nuestros soberanos?» 

«Estaba entonces Abdeiaziz en una alquería cerca de Sevilla, que 
se llamaba Kenisa Rebina, donde habia mandado edificar una mezqui- 
ta, y en ella se congregaba el pueblo á la oración. En esta alquería 
pasaba el tiempo con su familia el wali Abdelasiz. Recelosos los en- 
cargados de cumplir las órdenes del caHfo, temiendo que las tropas 
-fie alborotarían, y defenderían á Abdeiaziz, que era muy amado de 
ellas, para evitar que resultase inquietud ni división entre los Mus- 
limes, accNrdaron de calumniarlo de mal muslim, y por influjo de ia 
mujer goda Ayela favorecía mucho á los Cristianos, y aun el vulgo 



DK SEVILLA. 65 

anadió, que aa miyer miseria hacerlo rey, y que le cefiia diadema, y 
que los crísüaiiofi coofiabaa ea que por su laedio se alzarían coa la 
tierra. E^rcidas ealas ha^ilillas.... ya todo fué fácil, se lúcíeroB pu- 
blicas las órdenes del «alifa, y á todos pareció OHiy josta provideur- 
da, y todos querían tener el mérilo de la «¿ecaoion. Coa toda eso <iai^ 
rían algunos oponerse a esta reseloicioQ, y faé aecesajria toda la fir- 
meza y Tak>r del caudillo Zeyad el Temimi, para contener i las tro- 
pas mas afectas k AUela^iz, que intentaban á todo ^ríe^ defender- 
lo. Era la bora de la oración del latba, y estaba Abdelaziz en ella 
coando «Uraron en oen&iso tropel e^ w. estancia, y lo asesinaran ¿ 
porfía: cortaron sa cabeza, y el cuerpo fué se|MÜtado en el jiatio de su 
casa. Hubo algún movioíento y disgusto entre sus guardias y algunos 
de sus {iarci;des; pero la voz general y la orden áA califa sosegó á 
lodos.» 

cCoaado los comisicHAados 4|ue llevaban la cabeza de Abddaaiz k 
Siria, la presentaron al califa Suleiman, caniérada y en una poecicna 
caja, tuvo la crueldad de manifestarla k Muza ben Noseír, <|ae mu 
otros caudillos babia entoado á visitarle; y descQbriénd<^ delmte de 
todos ellos, le dijo: ó Muza, ¿c(»(oees esta cabeza? y respopdió Mu- 
za ajiceramente y con indignación, apartando su cara: si, bien la co- 
nozco, la maldición de Dios sea sobre quien asesinó á quien era ntie- 
jor que él» y sin decir otra cosa se salió del palacio, lleno de do- 
lor, y luego se partió á Merat Dheimn, ó ¿ Wadiloora, y allí falle- 
ció de gran melancolía en aquel año de las muertes de sus hijos.» 

Tal fué el desgraciado fin del meÍDr príncipe árabe que puede re- 
cordar Sevilla, la cual quedó sin amir, wali ó gobernador aombracfe 
por el califa, ceroa de un año, stéudok) interino el caodille Ayub, pri- 
mo hermano del desventurado Abdalásis, elegido de común acuerdo por 
los otros capitanes y principales muslimes, en fuerza del gran con- 
cepto que & todos les merecía su acreditado valor y consumado sa- 
ber. Trasladó Ayub la residencia del poder central desde Sevilla á 
Córdoba, por estar mas en lo interior para atender al gobierno de las 
demás provincias de España. 

Vana empresa sería y ajena de nuestro cometido, trazar la his^ 
toria de los dominadores musulmanes, que residieron en Sevilla cuyo 
poder supremo ha pasado por las manos de ínumerables walis, emires 
6 gobernadores especies de lugar-tenientes generales de los Califas de 



615 GLORUd 

Siria, pocas veces con litalo de reyes. Sa añtorídad era análoga á la 
de los procón&ules romanos, ó á la de los famosos exarca)s de Rávena 
representantes de los emperadores de occMenle. Cuando las crónicas 
mas antiguas y acreditadas, lejos de aparecer contestes, ni aun eñ 
los nombres convienen (harto difíciles de suyo) tratándose de aquellos 
personajes, arbitrarios unos, justicieros otros, con hidrópica sed de 
mando y de riquezas casi todos;! ¿á que conduciría recorrer lijeramente 
los contradictorios y complicadisimos anales de la dominación arábiga 
en España? ¿que adelantaríamos respecto de Sevilla, engolfados en ese 
maremagnum de opuestos pareceres, absurdas tradiciones, apócrifos es- 
critas y mentidas leyendas? Para arrojar alguna luz sobre tan con- 
fusos antecedentes, y deducir con lógico criterio algunas glorias de 
hechos tan oscuros; era forzoso, cuando menos, abordar muy en lato 
las áridas materias de cuatro ó cinco puntos históricos que requieren 
volúmenes enteros; á saber: la sucesión cronológica délos infinitos cau- 
dillos mahometanos, gobernadores de Iberia por los Califas de Oriente; 
lo6 peregrinos acontecimientos que dieron base á la cimentación de 
la monarquía de los Beni Omeyas; el catálogo biográfico de estos reyes; 
las hondas guerras civiles, ocupación de siglos, y el fraccionamiento 
de reinos consiguiente á ellas, en toda la península ó en gran parte; 
la venida de los moros. Almorávides y Almohades; y la sucesión de 
estas dinastías, hasta el último periodo de la dominación sarracena, 
hundida para siempre con la gloriosa toma de Granada. 

Habremos, pues, de circunscribimos á generalidades históricas 
sobre el indefinible pasado de la Sevilla mahometana; presentando en 
la escena de nuestro reducido teatro el mayor número de aquellos, 
que nos sea dable, exactamente copiadas de los originales aludidos. 



CAPÍTULO VIII. 



Sevilla Mabometana. 




1 nuevo imperio de la media-lpBa, sobre oí- 
mieolOB al ])arecer tan sólidos basado, ostea- 
taba apariencdas de duración sin limite, son- 
riéndole hermoso el porvenir. Pero las esci-- 
sienes ocurridas entre los mismos jefes agare- 
nos, que todo9 querían ser reyes, para destro- 
narse mutuamente^ debilitándose en continua» 
luchas; sninabau por su base el soberbio edi- 
ficio de la dommaoion de los intrusos. Subdividiéudose y fraccionán- 
dose en pequeños estados, como perodiaa de otros tanloe reinos, abrie- 
ran ancho campo á las individuales ambiciones procazmente desapo- 
deradas, porque «maban fácil el engrandecimiento de sus reactivos 
dominios, á costa de los limítrofes ó confinantes, si eran menos ro^ 
bustos que los proiuos. Uníanse los fuertes contra los débiles, repao^ 
tiéndese leoninamente la presa, sin perjuicio de procurar arrancarse 
después unos á otros el trozo palpitante de la victima despedazada. 



fiS GLORIAS 

Asi la negra discordia iba devorando á los corífeos del istuDisiiio; lo 
cual también habia de suceder mas adelante entre les mismos prin- 
cipes católicos, siendo ominosa causa de no pocos disturbios, como de 
prolongarse enteros siglos el odioso poder de la morisma. 

Hemos dicho que al magnánimo Abdalasis sucedió su primo Ayub; 
pero como este era también de la familia de los Muzas, fué reem- 
plazado á los siete meses de su instalación en Córdoba, por el tirano 
Alhaur ben Aderraman el Caisi, de orden del califa Omar, sucesor de 
Suleiman. 

Jamás se vio ni se verá en el mundo un hombre mas cruel que 
el mencionado Alhaur, aborrecidos de los sayos tanto por lo menos co- 
mo de los cristianos. Persiguió á los católicos por un estilo, á los mu- 
sulmanes por otro. Saqueaba los pueblos y tenia sin pagas á sus sol- 
dados. Una queja, una falta levísima, una mirada de indignación, que 
sorprendiese, costaba la vida al desgraciado comprometido en el he- 
cho, faese árabe ó español, cristiano ó muslin. A ejemplo de Dra- 
con, no hallaba desliz sobrado imperceptible y microscópico para no 
merecerla última pena. Su ocupación era dictar continaas ordenes de 
asesinato; su palabra favorita la muerte. Nerón, Heliogábalo, Caligula, 
CaracaUa, Heredes, Cosroes, Atila, y tantos otros hfmanifarios prin* 
cipes. . . son cual niños de teta comparados con el bárbaro Alhaur, ter- 
cer walí, andró gobernador de la eseandalitada Sevilla. Todos tembla- 
ban en su presencia. Al cabo fué destituido, pero no castigado; hicié- 
rónle salir de España, pero no del mundo. El; maldito de Dios y de 
los hombres, halló gracia delante de un Califo. Un tigre no despeda- 
za á otro; y el tigre Alhaur era portador de tesoros inmensos. 

Vino á Sevilla el caudillo Alsama, termino medio entre lo bueno 
y lo mak). Reunió considerable ejército costra los cristianos delaGa- 
Ha Marbonense, y murió óoo iftíUaresde los sayos en la primera bata- 
Ha. Inundóse de sangro sarracena el hórrido teatro de la pugna. El 
destino se dignaba comenzar á vengamos. 

Jamás se vio ni se verá en la tierra un principe mejor que el iné- 
dito caudillo Abderahman ben Abdala el Gafechi, sucesor de Alsann. 
Era el tipo de la virtud, de la caballerosidad y del valor. Pródigo 
con los soldados, nada se restervaba para sL Sevilla le adoraba, y 
el correspondfa á sa adhesión sía límites. Pero la negra envidia lo 
destituyó. 



DE SEVILLA 69 

A nada segurameoie oonduciria seguir eslabonaiido aombres pa- 
recidos y diseñando ea rápido bosquejo biográfico los hechos principales 
de tantos gobernadores ó caudillos, que constituyen serie inacabable. 
Eft de advertir que traacurrieron siglos sin alcanzar Sevilla reyes pro- 
pios, scijela á los monarcas de Córdoba, cuyos lugar-tenientes gober- 
naban con título de Walles. Entre aquellos soberanos cnéntanse cinco 
qjne llevaron el muy famoso nombre de Abderraman; cuatro el de 
Miihamad ó Mahomad; tres el de Biien; dos el de Alhaken; dos el 
Snleiman (vulgo Solimán) y varioí^ que fueron únicos en la deno- 
minación personal sin trascendencia dinástica. Algunos de aquellos prín-. 
cipes persiguieron inplacabiemente á los cristianos; mientras otros, pre- 
dándose de hH^antes les concedieron regular apoyo, singularmente, 
k los que sabresaliau en . las artes, llamando la atenicion por sus in-, 
ventos. 

También tuvo Sevilla monarcas árabes y moros, que llegaron á dominar 
en Córdoba, dando la ley á la orgullosa corte, que á titula de me- 
trópoli, por espacio de siglos la habia dado, desde que Ayub trasladó 
á ella la residencia dd consejo y el [H-incipal asiento del Senado ó 
especie de diván, con todas sus dependencias, que los árabes entien- 
den colectivam^te reasumidas en la palabra aduana. 

A este propósito se lee en las crónicas de los árabes, que el rey 
de Sevilla Abucacin ó Almotadid Muhamad Aben Abed, fué el mas 
poderoso de los reyes de E^ña en aquellos tiempos de guerra civil. 
Era (dicen) magnifico, ambicioso, voluptuoso, tímido, superticioso y 
cruel. 9 Murió de sentimiento por la temprana pérdida de su hija Taira 
dimceUa de maravillosa gracia y hermosura sin par; espiró florida 
en los brazos de su padre, que entrañablemente la amaba, y creyó 
apagado para siempre el sol de la magnifica Sevilla, falleciendo de 
pena en breves dias. 

HaUan también confusamente de los monarcas sevillanos Abu Amra 
Mahamad Almotamed y el desgraciado Aben-Hud último rey moro 
de Sevilla, destronado en 4248. 

El historiador Alonso de Morgado halló también dificilisimo arries- 
garse en las inumerablea vueltas y revueltas del laberinto arál^igo- 
morisco, limitándose á la brevísima mención de uno ó dos reyes. Y 
como de ello resulta gloria, por haber nacido en su sobervio Alcázai* 
la inolvidable Princesa Zayda, después reina católica, por cierto ejem- 

♦0." 



7U GLORIAS 

plarisima; nos permitimos copiar textualmente la relación del buen 
Morgado, publicada en 4587. 

cAl sobredicho Almucamuz Abentment rey moro de Seiíilla (dice) 
sucedió su hijo segundo del mismo nombre, que fué también rey de 
Córdoba, y de la mayor parte de Andalacia, y vino á ser el mayor 
principe de los moros de su tiempo. Reinó en Sevilla veinte aSos, y 
tuvo una hija llamada Zaida, en valor, nobleza y h^mosura muy es^ 
tremada, y sobre todo muy católica cristiana; y tanto como eAto, que 
se preció de casarse con ella el rey don Alonso el sesto, que ganó 
á Toledo, que por fin y muerte del sobre dicho rey don Fernando 
Primero, y de sus dos hermanos don Sancho, y don García, era Rey 
de León y de Castilla. El cual estaba en aquella sazón víudé de otras 
cinco reinas, y la sesta fué esta doña Zaida. Y como luego la llerva- 
sen á bautizar, mandó el Rey, que no la llamasen María, porque m> 
quería (según la general) tener ayuntamiento carnal con mnger de tal 
nombre, y esto porque Dios naciera de María siempre virjen nue»* 
tra Sefiora. Mas ella era tan devota deste soberano nombre, que se hi-^ 
zo llamar María en el bautismo diciendo, que después la llamase el 
Rey como quisiese. Y asi le pusieron nombre María, haciendo enten* 
der al Rey, que se llamaba Isabel. Con esta sefiora hubo el Rey en 
dote en el reino de Toledo, y otras partes, las fuerzas y ciudades 
siguientes.9 (Siguen los nombres de varios pueblos y continúan.) «Y 
tuvo en ella al principe don Sancho Alfonso, al cual mataron los mo- 
ros sobre Heles, por defenderla de Hali Miramamolin, que la tenía cer-^ 
cada y á su suegro el Rey de Sevilla Aben Amet habían muerto mu- 
cho antes los moros Almorávides, en coya venganza puso el Rey don 
Alonso cerco sobre Córdoba. Y habiendo en su poder al moro que lo 
mató, llamado Abdallah, lo hizo hacer piezas, y quemarlas á vista de 
los moros; que lo pudieron ver y juntamente con él, á muchos de loi 
principales moros, que fueron presos con Abdallah. Y habiéndosele ren- 
dido el mismo Rey de Córdoba Hali Abonase, le perdonó, porque lé 
dio muchas riquezas. La reina doña Zayda faé siempre muy católi^ 
ca cristiana, y así murió bienaventuradamente fué sepultada en León 
en el Monasterio de su muy devoto San Isidoro.» 

cY pues todo lo demás que se podría decir de Sevilla de tiem^ 
po de Moros, se halla con esta mistti$ confusión, pienso dejarlo to^ 
do aparte, y decir de la manera qde el Santo Rey don Fernando sé 



DE ^EMLLi. 7f 

la gBM, y reilUoyó al gremio de littealra Sania madre If^ia Caió<> 
tiea de Berna y á la Corona Real de Castilla, para siempre jamás ooi 
el divino favor de Dios nuestro Señor.i 

Poco mas añadió don Pablo de Espinosa á la broYÍsima narración 
de Morgado, convencido sin duda» como aquel: de la instUidad de 
nna tarea nada fecunda en luminosos puntos. Habla de las sangrien^ 
las persecuciones {mmovidas por los moros contra los cristianos y cir 
ta entre las victimas de aquellos á la nobilistma Santa Áurea, perla 
de los mártires sevillanos. Estiéndése en rriaciones análogas acerca de 
varios campeones de lafé martirizados. en otras poblaciones ándala-^ 
las, y nada dice finalmente acerca de asunto principal. Las erwicas 
Batigoas tiunpoco valen mucho, como plagadas de inexactitudes. 

Pera aun en medio de las Unieblas que rodean aquellas épocas 
lejanas, oscureméndolas ó desfiguráuddas en términos de no saber 
á qne atenerse los historiógrafos de mejor criterio; resf^ndece inne*^ 
gable una verdad altamente consoladora. Tal es la protección que 
k» árabes dispensaron á las ciiMicias, artos, industrias y especidaciooes 
mercantiles. Sevilla fué por ellos ilustrada de cuantos requisitos en 
su manera de policía constituían una ciudad cabeza de imperio, cual 
esta siempre descolló admirada, aunque ne siempre en si contuviese 
la suprema silla. Agiadaron y n^ustecieron su alcázar, fortalecién- 
dolo en diversas épocas; y si profomtron so catedral templo, levan^ 
taren en síi lugar una de las mas grandiosas y suntuosas mezqui- 
tas, que tuvo la morisma; eanobleeiéronla con la escelsa torre, digna 
de añadirse al numero de las maravillas del mundo; oomo dice nues- 
tro analista; fabricaron el estenso, y sólido acueducto (vulgo canos 
de Carmena) que mas adelante describimos; reedificaron los muros, 
haeieado en los antiguos mas frecuentes las torres como se nota en 
la dÍTerftidad de la obra. Pero también es cierto que afearon las 
calles estrechándolas ó angostándolas considerablemente y haciendo que 
eñ fü ámbito de sus murallas, que gira casi dos leguas castellanas, 
cupiese aun mas numerosa multitud de clisas. Finalmente en qui^ 
nienlos treinta y tantos años, que la señorearon bien poco será le 
que no hayan reducido á la norma de sus poblaciones, haciéndola 
después humillar á varios cetros, cual fué siempre b mudanza de 
ellos en esta iacoBSlante nadon, notable por el lujo de su reformador 
oiientaUsmo. A el, sin embargo^ debió Sevilla mahometanas escuelas 



7S GLORIAS 

celebérrimas, fámosisimas cátedras frecaentadas de todas las naciones 
condieodo poderoso sa renombre, por florecer en ella la doctrma da 
ias arles liberales con eminencia, y doctisimos maestros, consumados 
profesores en muchos ramos del saber humano. Distinguiaose princi- 
palmente en la medicina, astrologia, matemáticas, botánica, filosofía 
y literatura, especialmente en el cultivo de la poética y la retórica 
como que no hay estilo mas florido, correcto y elegante que el de sus 

obras científicas y literarias. 

■I 

Pero donde mas lucieron su habilidad y talento los hijos de Sevi- 
lla sarracena, fué en el estudio teórico y en la aplicación práctrca 
de su originalisima arquitectura, cuyo magnifico desenvolvioú^to y 
progresivo desarrollo en rápidos adelantos ostentara lo profundo d^ 
genio creador. Los árabes lograron dar á su arquitectura un carácter 
especial, (como dice el erudito publicista contemporáneo Amador da 
los Ríos.) que la distingue de todas, por sus graciosos arcos de herrad- 
dura, por la variedad y desigualdad de ellos en sus Alfagiat ó pa- 
tios, por sus bellos y delicados eximese¿, ó ventanas de dos ó tires ar- 
quitos, por la belleza de sus axaraeas y finalmente por ¿us pompea 
808 Alfarjes b artesonados, brillantes de mil colores, que á veces se- 
mejid^an en su esplendidez una hermosa ascua de oro.:» 

Añade dicho escritor; que en aquel género de arquitectura, de que 
tantos monumentos se conservan aun en nuestra patria, hállase pro- 
fundamente esculpida la Índole peculiar del pueblo árabe con todo el 
orientalismo de sus costumbres y con toda la ostensión de sus creen* 
cm; en él se advierte cual fué el vuelo de sxi lozana y rica imagi- 
nación y comparándolo con su literatura y especialmente con su po^ 
8ias barómetro una y otra de la civilización de los pueblos, se vie- 
ne en conocimiento del estado de cultura en que se hallaron ios aga- 
renos, al producir tan celebrados y suntuosos monumentos, de que en 
otro lugar nos ocupamos. 

cAun se levantan (continúa) por todas partes en Andalucia gran- 
diosos fragmentos de arabescas formas, que recuerdan á cada paso la 
dominación de los sarracenos y que existen para probar á los sij^os ve* 
nideros cuanta fué la alteza de su ingenió y cuan grande la injusti- 
cia con que entre nosotros han sido juzgados, genialmente hablando. 
La Andalucía puede gloriarse de haber abrigado eik su seno á ese pue- 
blo que, cuando toda Europa yacia en la mas profonda ignorancia, 



W SEtlLLÁ. 73 

coltiYaba con grande utilidad y esmero todas las ciencias, y de cu- 
yas escuelas, como observa un historiador respetable, saltó la mvo^ 
ra del saber y brilló en la literatura modema.9 

En otra parte dice: «Mas si el árbbé huyó proscripto de Sevilla, 
no por eso desapareció de ella él sello' de su carácter, y aun arde 
la sangre sarracena en lod pechos de los Sevillanos, aun se honra la 
capital de Andalucia con los nombres de los Ben-Assur, Ben-Arath, 
Ben-Tará, Ben--Zeidum, Ben-Tarkat, y Ben-Jardun, y por todas par- 
tes se levantan los delicadisimos monumentos de suingenio.i 

También nosotros podríamos hacer honofifiea mención de infinitos 
sabios, á ejemplo del Sr. Amador de los Rios, que tan corto anduvo^ 
perqué no era ese su principal magnifloo propósito, con tanta lucidez 
y erudición artistíca Itevado & tórmino en la hermosa cSevilla Pin- 
toresca». Considerando, empero, que seria cosa de nunca acabar se- 
mejante catálogo, solo eilarembs, por notabilísimos, los sugetos siguíen-L 
tes: Abdalla Ben Gassém, varón doctisimo y eruditisimo, con espe- 
cialidad en las cosas de Espafia, cuya historia escribió; como igual- 
mente un crecido volumen del origen de las familias, y una biblio- 
teca de los escritores españoles. Este sabio sevillano murió de senti- 
miento el mismo dia que se rindió SeviMa á las triunfantes armas del 
glorioso Rey San Femando. Abu Aljezat, insigne astrónomo, cosmó- 
grafo; matemático, é ilustre ascendiente del célebre publicista León 
Afirkano. Ben Alcarabi, impareial y concienzudo biógrafo; Ben Sche- 
rez, dulcisiimo y elegante poeta; Abu Alcaissi, profundo jurisconsulto 
y celebérrimo vate, que tuvo la humorada de redactar en mil ver- 
sos uña obra sobre los fundamentos de la jurisprudencia; Ben Baca, 
soblime poeta lírico; Almonkhol, eminente filólogo, don inagotable cau- 
dal de preciosísimas nociones, casi universales; Alsabuni, principe de 
loe trovadores de sa florida época; Ben Zoar, originalisimo numen y 
soberbio i^tóñco; Abulkair; escritor sin segundo en materias de agri- 
euRura; Giaíflotáa, principe de los aritméticos; Ominiat Abdelaziz, prin- 
dpede los literatos árabes contemporáneos; varios Abulcassem notables 
por sos viauítishuos conocimientos en diferentes ramos del saber; los renom- 
brados Abdalla Mohab, Abdalla Mohamad, Abdel-Malek-Zhar, Abi Omar, 
Abollhaher, Ahulsac, Abu Saphita, Aticena, Meruan, Khaled; sin contar 
otros hmnbres científicos de europea fama, porque su sola nomenclatura, 
una sin calificaciones análogas áli» emitidas, ocuparla centenares de folios. 



Bian puedei^ enorgullecerse y vanftgloruurM ew jusUttm» fiMd»^ 
mentó los hijos de Sevilla, al recordar les oooüires de taa eiclareGi-' 
dos compatriotas; y biea pvedei^ iodigpar^ contra las «láumniosa^ 
vulgaridades depresivas de tan gloiipsos recoerdos, propagadas por 
los satélites del oscuranüsmo y la^ supersUcífn. 

Sobrada miengua fuera para la civilización de na^sM'o^ ám dejar 
cundir sin el saludable correctivo de la critiGa tan indignas eipecíes 
únicamente propias de las horribles épocas inqaiaitotiales. JL^^ . de 
apadrinar rancios abuaos, hemos aducido las preiosertos reflexiones, al-* 
gunas de obra tan elocuenteniente redactada como la «SevjyQa Pinlo- 
resca,9 para dar una idea á los que no la teng¡aA ya fqnnada^ de I19 
^a el culto pueblo árabe» hoy desgraciadaoiwte reducido á trote wí* 
lidad. X de ninguna manera conceptuamos superfluo el vindicar. & 
unos compatriotas (pues tambieu los esqpulsados era^ espafiojes) qii$ 
tuvieron la desgracia de nacer muslimes, como nebros la dicha de nacer 
católicos; cuando fijamos mientes en la no discqlpatde intoto*ancia de 
ciertos escritores cuyas luces parecían garantir r^^res fallos, antes 
que ridiculas suposicioDes, tratándose de la Sevilla Beiahometana. Y 
duélenos bastante que sea del numero de los ilusos y de los fanáticos in* 
tolerantes el buen D. Pablo Espinosa, á quien mas de una vez hemos 
citado, como juicioso y grave historiador. ¿Qui^n creerá que este doete 
eclesiástico haya incurrido en la fragilidad de escribir (quizá por un 
laptus plumm) que los muslimes sevillanos (cuya ilustracipn f^ supe*- 
rior á la nuestra) eran dnfame canalla, indigna de pisar los términos 
y riberas del antiguo Bétis, mereciendo solo ser encerrada en incul-^» 
tos montes, morada propia de su salvaje natural y bestiales ooiAumbres?» 

¡A qué estremo tan deplorable suele conducirla intolerancia nü^* 
giosa! Aquel sabio, en un acceso de fanatismo, olvidé que se contra^ 
decía lastimosamente, pues poco antes había escrita ponderando, las £»•? 
mosas escudas oieAliücas de los moros, á qmd concurrian muchas per* 
sonas de diferentes partes del mundo; lo cual prueba que los oaler 
dráticos eran omniscios, al menos respeto de otras naciones mas atriH 
sadas en ilustradora doctrina. Por otra parte, asevera d mismo Ech 
pinosa, que los moros recibian benignamente á los oristíaons en má 
estudios, y los honraban, y se honraban de tenerios por dídcipulos. 
Y añade que, según el doetor GcAzalez Ylleseas, en su Historia Pqii<* 
tifical, libro g/ o^). 42; un tal Gilberto, griego. 4e nación, sídndo mo»* 



t)K SEVILLA. i-t 

je benedicüiio en 'Francia, vino %, Sevilla deseoso de aprender las di- 
chas cí»tciaa, en que salió muy eminente; lo cual aconteció por los 
años de 998; y nada tendría de particular el suceso, si aquel mismo 
Gilberto no hubiese llegado á ser con el tiempo cabeza visible de la 
Igleúa supremo pontífice romano, vicario, en fin, de Jesucristo, con 
el nombre de Silvestre 11, según costumbre que tienen los papas de 
mudarlo en sn coronación, desde el pontificado de Sei^o II, caba- 
llero romano, que se llanraba Rostros de Puerco (al decir del erudi- 
to Pedro Mejía,) y no tuvo por muy decente cosa lucir la Uara con 
semejante dominación. Resulla de lo espneslo, que benrae tenido na- 
da menos que todo un papa discípulo de los moros de Sevilla, quie- 
nes sabian bastante para comanícarle superiores luces, coronadas de 
éxito magnifico y venturoso. Pero hay mas todavía: pnes el mismo 
Espinosa advierte: que el mencionado Papa Silvestre recabó de los 
moros la autorización competente para que los cristianos pudiesen te- 
ner Igleua en Sevilla, y Sacerdotes que le celebrasen misa. Es decir 
que fueron mucho mas tolerantes que nosotros; puesni aun en este siglo de 
las laces (como por autonomasía se le llama) hemos consentido ni con- 
senüremoB cosa que, no ya á mezquita, pero ni aun á moro remota- 
Bwole buelA' Abm bien; ¿maecian los hijos de Sevilla agarena to- 
leíantisinuB que el tal don Pablo, pre^item y licenciado del siglo 
XVU, los apeitn^BB de «oanalla iobme,» lindeza ¿piropo sobera- 
name&te gratuito, eonel modesto apéndice de uaWaje natural y be»' 
tiales coatdmbrea?» ;Giumto eiega el odioso fuatimo' 





CAPÍTULO IX. 

Ihltmoe hMboa de Sevilla n 



ya por este liempo érase trascurrido me- 
^ dio siglo desde qoe naciera en elaMignó' 
2^' reino de Leftn un nifio de regia estirpe, 

cnyo Tenlnroso porvenir, tan faosto para 
la Igleüa, habla de ammbrar al muiido oon sos heróloos bec^ de 
armas, no menos qne oro la Sama de sus esolareQidas vírtodes. Gaal- 
qniera comprenderá qae hablamos de D. Fernando III, el Santo, cuya 
gloriosa vida no es de naeetro propósito historiar, mas qne en la parle 
relativa ¿ la conqaista de esta población. Hijo de D. Alonso IX de 
Uon y de Doña Berenguela de Castilla, contaba anos 50 años de edad 
en el de (247, cuando llegé al frente de Sevilla y le paso estrecho 
cerco, después de haber reconquistado notables poblaciones andaluzas, 
entre ellas Córdoba y Jaén. Trajo por entendidos generales del vale- 
roso ejército á sas órdenes, no pocos esforzados caballeros, terror de 
la morisma y prez de España; sobresaliendo el nanea bastantemente 
ponderado Garci Pérez de Vargas, cuyo nombre mereció ser inscrito 
con los de Hérenles, Julio César y San Fernando, sobre la puerta de 
Jerez, una de las mas célebres de la papulosa Sevilla; y coya espa- 
da se conserva en la biblioteca de so ilns^ cabildo. 




Prolijo empeño fnera, aooqoe digDO, contó alega Zóñiga, mencio- 
Dar las perstuas prÍDCi|»les que por las historias, el repartimiento y 
«tnM \eridiooB dalos coosta figararon en tan ruidosa conquista. Empe- 
ro ya que de todas sea casi imposible, bácese preciso al menos los cla- 
ros nombres coBsignar de algunas, empezando desde luego por las de 
regia progfflie. El rey D. Jaime de Aragón, ú bien guardando ri- 
guroso incógnito, por no dar, con m ausencia, ocasión i disturbios 
en sus dominios; los infontes de Casulla, D. Alonso, prinwgéoito (de»* 
poés monarca décimo del nombre, con el brillante epiteto de tidño); 
D. Henríque, D. Fadrique, D. Felipe, D. Sancho, D. Hanael; el 
iofonte D. Alonso de Molina, hennano legitimo del Santo Rey; Don 
Rodrigo Alonso, hermano bastardo del mismo, como hijo natural del 
rey D. Alonso de León, militando heroicamente k las inmediatas de 
sn soberano, con el emideo de adelantado mayor de la frontera; el 
gallardo infonle D. Alonso de Aragón; el de Portugal, D. Pedro, ccHide 
de Urgel; el rey de Granada, Mahomad, Aben-Alhamar, con qui- 



7S GLORIAS 

níentos escogidos caballeros; el hijo del rey moro de Baeza, Aben- 
Mahomad, que mas adelante se hizo cristiano, con el nombre de D. 
Fernando Abdelmon, y cuyo cuerpo está enterrado en la catedral de 
Sevilla; el ex-rey de Valencia y de Carayaca, Seit-Abuceil, que cris- 
tiano se llamó D. Vicente Velbis, conocido en las historias naciona- 
les, y aun en las estranjeras, por el milagroso aparecimiento de la 
cruz venerada en Caravaca; los tres nobilísimos cañados de S. Fer- 
nando, casados con hijas naturales de D. Alonso IX de León, á sa- 
ber: D. Diego López de Haro, <3elebérrimo Señor de Vizcaya: Don 
Ñuño González de Lara: y D. Pedro Nuñez de Guzman. Los prela- 
dos asistentes eran: D. Gutierre, obispo de Córdoba, arzobispo electo 
de Toledo; D. Pedro, obispo de Astorga; D. Rodrigo, obispo de Fa- 
lencia; D. Mateo, obispo de Cuenca; D. Benito, obispo de Ávila; D. 
Sancho, obispo de Coria; D. Fray Lope, obispo de Marruecos; con 
otros muchos preeminentes eclesiásticos, sobre todos el muy noble D. 
Raimundo, chanciller mayor de S. Fernando, luego obispo de Sego- 
via. Gobernador del arzobispado de Sevilla, y por fin arzobispo de 
esta diócesis. Concurrían asimismo muchísimos regulares de las reli- 
giones de S« Benito, Sto. Domingo, S. Francisco, la Merced y la 
Santísima Trinidad. Los maestres de las órdenes militares, á saber: 
de la de Santiago, el perínclito y renombrado señor D. Pelai Pérez 
Correa, cuya memoria será eterna por sus proezas; el de Calatrava, 
D. Femando Ordoñez; el de Alcántara, D. Pedro Yañez; D. Fernán 
Pérez, gran prior del hospital de S. Juan de Jerasalen; D. Gómez 
Ramírez, prior de los Templarios, oon muchos caballeros y comenda- 
dores de todas sus órdenes* Mochísimos infanzones, ricos'-hombres y 
caballeros de casi todos los dominios de la cristiandad, atraídos por 
la magnitud de la empresa y por las hazañas del conquistador espa- 
ñol; podiendo asegurarse que acudió toda la flor de España, toda la 
neUeza capaz de tomar armas en Castilla y León, mucha de Navar- 
ra, Aragón, Valencia, Cataluña, Portugal, Italia, Francia y otras na- 
ciones, cuyos emprendedores guerreros no seria fácil reducir á ca- 
tálogo. 

Iba por adalid mayor ó maestre de campo general de la cristiana 
hueste el famoso Domingo Muñoz, ilustre ganador de Córdova, alcaide 
de Andújar, después primer algoacH mayor de Sevilla. Distinguianse 
por su bravura, en las diarias lides vencedores los Suarez, Figoeroaa^ 



DE SEVILLA 79 

Gaüinatos y Mene^es; los Telkz, los Goozales Girón, los Dávilas, Pon- 
ees, López, Garcías, Manzanéelos, Mendozas, Laras, Herreras, Maído- 
nados; loB Alvjurez, Diaz, Ñoñez, Floraz, Ordoñez, Sánchez y otros 
muchos i^reclaros apellidos, qne honraron de aquel tiempo los anales. 
Pero tal vez hartase imposible la toma de Sevilla, metrópoli gran- 
diosa y bien murada, de todo ricamente abastecida, con dosctentoa 
mil hombres, lo menos, armados para defenderla, sin contar otro tanta 
de población dispuesta á resistirse y confiando en refuerzos poderosos' 
esperados del África, además de los machos recibidos; hariase, deci- 
mos, imposible su rendición omniíaoda en tan pocos meses consumada; 
sin b eficacísima cooperación de algunas fuerzas navales. 

Conocía S. Femando q«e era esencial para tan ardua empresa, 
la adquisición del elemento bélicamente maritlmo, qne ocupando á 
Guadalquivir cerrase la puerta á los socorros del África, por cr»*- 
ceros de monta intm^eptados. Así multiplicó los sacrificios para fa- 
dUlar recursos competentes al insigne marino Ramón de Boni&z, cu- 
yo nombre trasmite vinculados & la posteridad el arte y el valor 
triunCauido juntos, vencedores siempre. Decorado con la dignidad de 
almirante, nuevamente instituida en su persona cuando se ofreció al 
rey en Jaén, para ser supremo en iodo lo marítimo; llegó aquel cé- 
lebre capitán á la entrada del Guadalquivir con trece na^es gruesas 
ó de alio bordo, mas algunas galeas y embarcaciones menores; de cu- 
ya armada, muy notables para aquellos tiempos, el hístoiriador Ma- 
riana da teda la gloria k la gente viicaina, tan resuelta como in- 
dnstrioea en el mar, entendida cual ninguna en el dífleS arte de la 
navegación, y que puede preciarse de haber dado al mundo los me- 
jores pUolos. 

Entonces fué cuando admiraron moros y cristianos la estraordi*^ 
naria capacidad y la nunca desmentida imperterritez del almu^ante 
ealMico. No bien hubo llegado & la entrada de Guadalquivir, colum- 
Ihtó los muchísimos bajeles sevillanos y africanos de la enemiga ar- 
mada, auxiliados en la o^ta por considerables grupos de guerreros, 
que cubrían las playas hasta mas allá de lo que era dado alcanzar 
cenia simple vista, perdiéndose en el lejano horizonte. Surcaban or- 
gullosos las misa[ias aguas aqo^os enormes bidlos al parecer echán- 
dosele encima con el natural propósito de embestirle y entrar al abor- 
daje, garantidos y confiados en la superioridad numérica, que le» 



80 GLORIAS 

brindaba en sa favor preponderante la posibilidad de la victoria. Era 
tan escesiva la concurrencia de enemigos boques y tal la dotación de 
sus tripulaciones y soldados, sin contar el apoyo de los de tierra; que 
el almirante Bonifaz determinó pedir socorro al santo rey, á la sazón 
en Alcalá del rio activando las obras de defensa, como punto de im- 
portancia recien tomado al mismo Axataf , que lo habia defendido en 
persona, retirándose después á Sevilla. Sin perder momento, envió 
el rey tropas al socorro de Bonifaz, mandadas por D. Rodrigo Flo- 
raz y D. Fernán Yañez, poderosos ricos bornes (como dice la cró- 
nica); los cuales no llegaron á tiempo de batallar auxiliando, y si 
de celebrar los asombrosos triunfos, que con sus solas fuerzas alean- 
ra el invencible marino. Atacado con Ímpetu por treinta y tantas 
galeras coronadas de escogidos soldados, hizo breve arenga á los su- 
yos, que ni aun le dejaron concluir impacientes por pelear, portán- 
dose como leones, en términos de arrollar y desbaratar á los contra- 
rios, después de muy reñida y porfiada lucha, tomándoles tres gale- 
ras, quemándoles una y echándoles á fondo seis ó siete, Ensangren- 
tóse el rio; y un alarido inmenso resonó en la playa, de donde hu- 
yeron espantados los moros espectadores de la derrota de su arma- 
da, sin que las tropas cristianas hallasen por entonces enemigos á 
quienes perseguir y hostilizar. 

Fué de tal consecuencia este suceso, que franqueó la entrada del 
Guadalquivir, llenando de terror á la marina berberisca, y augurando 
los triunfos consiguientes. Pero el rey, que ignoraba lo ocurrido an- 
sioso de ayudar al almirante, dirigióse en persona á socorrerlo y 
pasando el rio por el vado de las estacas, cerca del Algava, donde 
hubo de penoctar; marchó el siguiente dia quince de Agosto á la 
torre del caño, después llamada de los Herberos, y llegó el 4 6 al sitio 
en que segura descansaba su armada victoriosa, que hablase avan- 
zado muy adentro. Sobremanera alegre el buen monarca, abrazan- 
do al intrépido almirante, otorgóle mercedes desde lue^o para el y 
sus marinos valerosos; y pasando revista á los bajeles, como también 
disponiendo que se acercasen todavía mas á Sevilla, regresó al coar- 
tel real de Alcalá del rio. En el camino recibió la nueva de otra victo- 
ria conseguida por sus armas á las órdenes del muy bizarro caballero 
D. Rodrigo Alvarez, el cual habia derrotado á los escuadrones mo- 
riscos que por las marismas de Lebrija iban á reanimar el postrado 



DE SEVILLA. 84 

valor de los vencidos; poDiend(4os en vei^nzosa fuga y acachiUán- 
dolos en todas direcciones, á seguirles con ímpetu el alcance. 

Estas primeras glorias y bienandanzas, que presagiaban futuras pros- 
peridades, abreviaron el término fijado para estrechar el cerco de Se- 
villa, tan poderosa entonces, qae bien fueron necesarios semejan- 
tes precedentes y coslo^mos preparativos de lodo género, sinoha- 
bia de fracasar la empresa de su conquista. 

El dia 20 de Agosto de 4247, acampóse el ejército cristiano, mas 
fimnidable por su herMco esfuerzo, que por su número inferior al de 
los moros. Y se acampó tan cerca de Sevilla, que estubo el cnar- 
td de S. Femando en la llanura intermedia desde la Ermita de S. 
Sebastian hasta el rio; si bien á pocos dias bizose preciso retirarlo 
de alli, porque la demasiada proximidad era cansa de irreparables da- 
ños, con las frecoentes salidas de los sitiados, quienes teniendo siem- 
pre la espalda segura y contando con la facilidad de refugiarse ace- 
leradamente á la ciudad antes de ser cortados, acometían con Ím- 
petu á los sitiadores, cogiéndoles tal vez desprevenidos, matando y 
caatíTando en ocasiones; lo cual era sobrado motivo para estar con- 
tinuamente sobre las armas, sin descansar un punto los cristianos. An- 
tes de trasladarse el Real á mejor posición, el célebre maestre de 
Santiago, don Pelai Pérez Correa, con doscientos setebta caballeros 
(número que designa la Crónica), atravesó el río, para atacar el cas- 
tillo de Aznal-Farache, que hoy se domina de S. Juan de Alfara- 
che, coya ruinas atestiguan su inespúgnable fortaleza, situado en una 
eminencia próxima al Guadalquivir. Defendíalo Aben Amafon, rey de 
Niebla, con un poder tan grande por basado en infinito número de 
moros, que, sin favor del Cielo, era imposible librar con vida, cuan- 
to mas con gloría, el maestre y sus bravos compañeros, para cada 
uno de los cuales habia lo menos una docena de contrarios. Y sin 
embargo, aunque estos pocos valientes no dejaban de pelear [dias en- 
teros, jamás eran vencidos, ni á retirar se vieron obligados. Pero 
acreciendo por instantes el espantoso número de los agarenos, San 
Femando justamente alarmado les envió un refuerzo de trescientos 
caballeros; á las órdenes de Fernán Yafies, Rodrigo Floraz y Alon- 
so Tdlez, quienes incorporándose con los otros por entre un mar de 
infieles arrollados, sostuvieron la lucha ventajosa, al mando del maes- 
tre referido. Asi lo cuentan crónicas é historias, á que es preciso 



83 aLOius 

atarse, foltando oüm materiales; peco, cwio dice Zmiga, <ó miiH 
cho tuvo de milagrosa guenra, que hacia caudillo Santo, 6 mocha M- 
ta en términos naturales á la notida.» 

Siguieron el maestre y sus auxiliadores posesionados de aqoelloa 
sitios, que fueron paletque de sos continua» proesaa, desde donde giH 
naron á Gelbes, con riquísimo botin de armas, cautivos y preseas. 
Justamente envalentonados, con semejantes triunfos, aoometieron tamr 
bien varías veces el castillo de Tríana, coya población, menor enton- 
ces„ sok> es creíble que era la que podian cubrir sus defensas; obra 
de los moros„ como parece demostrar su traza y materia, sirviendo 
asimismo de goarda al Puente, que se amarraba á sus torres. Aca- 
so no hubo otras mas bien defendidas, ni cm mayor denuedo ataear 
das; disputándose del modo mas sangriento su ímportaniisina ocupa- 
ción, durante casi todo el plazo de tan famoso sitio, y señalándose 
heroicamente el maestre y sus caballeros; sin que la iiüparciaüdad 
hisloriaca niegue su parte de merecida gloria á los distinguidos noces 
que las guarnedaa. 

Cúmplenos ahora volver á ocupamos de la retirada del cuartel 
real á posición mas propia y estratégica; cuyo no fácil movimiento 
á vista del enemigo, que de todo se aprovechaba, ejecidose con aé* 
Btirable militar, lateralmente protejido por el bravo Gómez Raíz de 
ManzanedOy con la hueste del consejo dé Madrid. Acometido de flanr 
co por dos cdummas moras, que al pribcifw) acasioiiaroii al^na ceiH 
fusión y la muerte de varios eaballefos, supo vengar el idérido agra- 
vio rechazando vigorosamente ¿ los agceseres, moches de loe cuales 
pagaron coe su» vidas tal audacia. 

Asentóse de nuevo el real donde ahora ealá kt Ermita de vuee**- 
tra Señora ád Valme, durmiendo San Fernanda que se rodeaser to- 
do el ámbito de aquel con un profundo foso úhoáda c«fa, para evi^ 
tar sorpresas, y porque el número de los agareaos, l«yM de dismi- 
nuirse con las diarias pésdidas, aumentábase considierablemeBte con 
africanos refuerzos. Empavo ya el ejército católioe ibase también en- 
grosando progresivamente, sobreviniendo k cada inelante imeves tro^ 
pas alistadas por diverses prelados, ricos hombres y concejos: con lo 
cual se biso aq«el lan poderoso que segan el rey don Alonso en su 
historia de España, «nunca se hMd^ visb» otra tal hueste en ningún 
cerco de ciudad.i» Y lo mas digno 4e admioacMi es que llegó á r»- 



DE MVILU. $3 

preseiilar ana populosa y bien ordenada ciudad, k que concumeron 
ariifiees y meiraderes, formaban míiUar república, tan llena, tan abas- 
teiáda, que no acabaa de exagerar las htstoríaB so policfa, su abun- 
danda, su gobierno, eu jasticía, su esplendor prodigioso, efecto del 
soberano talento de san Fernando. Machas familias de los sitiadores 
habíanse estableddo en los reales, como si hubieran de permanecer 
allí loda su vida, porque el santo rey había declarado terminantemente 
fue no tevantaria el siUo por nmgun concepto, basta rendir la ciu- 
dad y posesionarse de eHa. Esta váterosisima resolución, que por sf 
sola desafiaba á todo el poder de la morisma espafiola alHcana y a^^ 
tica, es mas qM suficiente para dar una idea del corazón de nnés^ 
tro héroe. Dividía estrictamente su tiempo pdeando, legislando, ad- 
ndnistrando, oyendo en justicia, sin prescindir ni un solo día de al- 
gunas horas de oración aste la Yiiigen de los Reyes, á coya imagen 
había erigido un ssntuoso templo y oratorio, magníficamente adornado, 
como que era la estancia favorita y la mas privilegiada de aquella 
peUaeion campameutal. 

A pesar del imponenle aspecto y dd magnifico aparato de los cris^ 
tianos Aeales, e^rzáfaanse los sitiaídos á reproducir desconcertadoras 
saúidas, sin que les aprovechasen gran cosa los conlintios escarmién- 
los. En una de ellas^ no obstante^ armaron tal celada á los maestres 
de Galatrava y Alcántara, y al comendador de Alcañit, que solo 
desidegando un valor y un poder casi increíbles, sobrehumanos casi, 
lograren salir Hbres y además victoriosos. Surjian por todas partes 
diversos eneros de etcarnisadas hostilidades, que daban margen á 
infinHos rasgos, verdaderamente herticos; sin que desmayase jamás 
el tesón de los sitiadores, y reduciéndose por último los de la plaza 
á no salir como antes, por los repetidos y sangrientos desengaños que 
Bevaban. Entre los hechos que ponen mas en evidencia el arrojo de 
los catélioos paladines, sobresale como muy decantado el suceso de la 
cofia de Garci Pérez de Vargas (desmentido por algunos críticos, que 
lo suponen apócrifo), é historiado por el erudito escritor Ortiz de Zú- 
ñiga, caballero sevillano, que lo narra en los términos siguientes: 

cLos hueros, que la milicia moderna llama forrageros, salian 
cada dia escoltados de tropas, á que se alternaban caudillos: fuelo en 
uno el lamoso Garci Pérez de Vargas, aoomp^Aado de otro caballero, 
que, inferior en intrepidez, no oso' esperar siete omros, que huyeron 



84 GLORIAS 

á Garci Pérez ya aolo, conociéndolo al enlazarse la celada, y cobrar 
con repetida bizarría una cofia que al ponérsela .se le había caido, 
de que usaba de ordinario, por ser muy calvo: mirábale S. Femando 
desde su tienda eminente á la campaña, y sin conocerlos los mandaba 
socorrer; pero conoció á Garci Pérez en las armas D. Lorenzo Suarez, 
y advirtió al rey que para siete moros no necesitaba de socorro tal 
caballero, cuya valentía exageró S. Femando; y mas su modestia, 
cuando rehusó decir quien era el que lo acompañaba, guardándole con 
el silencio el honor de que él cuidó tan poco. Esta es la primera oca- 
sión en que en esta empresa mencionan los historiadores dos héroes 
tan principales Garci Pérez de Vargas y D. Lorenzo Suarez GalUnato, 
conformes en amistad, competidores en valentía.» 

Frecuentemente acostumbraban salir de la ciudad espias varios 
á reconocer el ejercito sitiador esplorando como linces sus alrededfU'es. 
Y un dia en que la mayor parte de jente habia ido á diversas foc* 
clones ó urjencias del servicio, un vijilante moro echó de ver la so- 
ledad del campamento. Volviéndose imediatamente á la población pro- 
puso una salida vigorosa, en que seria muy fácil saquear y destruir 
el real. Pero sus compatricios, tantas veces escarmentados, no se fia- 
ron del informe y perdieron la ocasión, que no podia ser mas opor- 
tuna para inferir irreparable daño á sus enemigos. Empero Dios no 
estaba de su parte, y mal pudieran acertar sin luz. Asi cuando otra vez 
salieron con igual motivo^ capitaneados por Axataf en persona 
hallándose los reales guarnecidos de muy poca gente, á cargo del 
Infante D. Henrique, de D. Lor^zo Suarez y D. Arias Gmzalez de 
Quijada; llevaron tan horrendo desengaño, que les quedó gana de 
volver á intentar sorpresa alguna. Unos fueron echos trizas, otros pe- 
recieron ahogados, ínterin los que mas corrieron á encerrarse, tembla* 
ban al abrigo de los muros, creyendo todavía sentir los fieros golpes 
de sus invencibles contrarios. Terrible para ellos fué aquel dia de 
estrago incalculable, cubriéndose de gloria D. Henrique y añadiendo 
mas timbres á la suya los dos bravos caudillos, antes que elrey volviese 
con el grueso de las tropas, para galardonar mérito tanto. 

De no menos sangrientas y repetidas colisiones eran amovible tea- 
tro las aguas del Guadalquivir, entre las armadas infiel y cristiana, 
de que á veces desembarcaba gente para surtidas por sus riberas 
con suceso vario;. si bien generalmente vencian los marinos cristianos, 



DS SEVIUA. 85 

mediante el valor y la destreza de su almirante Bonifaz. En vano 
pretendieron los moros con infatigable perseverancia, fecunda en todo 
género de ardides, quemar la armada de aquel héroe, valiéndose de 
grandes balsas ignicas y de otras invenciones sutilmente ignívomas, 
capaces de abrasar buques de piedra. El almirante, que jamás dor- 
mía, neutralizaba al momento los instantáneos efectos de sus diabó- 
licas combinaciones, alejando las máquinas flamígeras, no sin estrago 
y muerte de los andaciosos incendiarios, y sembrando el rio de ca- 
dáveres sarracenos, con desesperación, rabia y espanto de sus corri- 
dos hostilizadores. Hasta que llevando en todo la mejor parte los cris- 
tianos, y tomadas á viva fuerza unas embarcaciones moriscas, por 
nombre tambras, que eran las mas temibles para el caso; no osaron 
ya los barcos enemigos acercarse á los bajeles de Bonifaz, cuya in- 
dustria les pareció tan peligrosa, como indefectible su asidua vigilan- 
cia, é incontrastable su estremoso denuedo. ¡Desventurados imbéciles! 
Todavia les faltaba presenciar, y aun presenciándolo no creer, el pro- 
digioso rompimiento del puente de Triana, rompimiento que fué, es y 
será la admiración del mondo, y el mas glorioso de los blasones con- 
quistados por el genio inmortal del almirante, como que decidió la 
suerte de Sevilla. 

Continuaba sin interrupción la serie de encuentros y lances mas ó 
menos terribles, á medida que estrechándose progresivamente el ase- 
dio, Horjian nuevs^s necesudades y situaciones criticas, fecundas en 
desgarradoras escenas. Teatro de no pocas fueron los arrabales de Ye- 
nahoar (boy de S. Bernardo), y de la Macarena, saqueados por los 
sitiadores á las órdenes del Infante D. Henrique, los maestres de Ga- 
latrava y Alcántara, y el bizarrisimo D. Lorenzo Suarez. Sacaron 
mucho ganado, ropas, alhajas y preseas; no sin derramamiento de san- 
gre, pcnr estar dichos arrabales muy' fortificados, y rodeados de hondas 
cavas. A muchas semejantes empresas dieron ocasión los opulentos 
contornos, que cuajados de ricas alquerías, brindaban diariamente con 
delicioso estimulo á las tropas. 



1 



CAPiniLO X. 



Mis sobre el sitio de Sevilla. 




«spnés un fausto aconleoimietito vino á mul- 
tiplicar las probabilidades de no lejano triunfo. 
Habiéndose cumplido la tregua de seis mesea 
pactada con los moros de Carmona, entregá- 
rwise garantidos por fevorables condiciones. 
Suceso próspero, como dice un autor, porqae respecto de sn fortaleza 
pudiera ser muy embarazosa ó mw¡ flanftrienta sn espagnacion. In-^ 
mediatamente fué & encargarse de ella D. Rodrigo Gonzalet Girón, 
primer alcaide de su alcázar; á tiempo que la reina dofia Juana ve- 
nta de la ciudad de Córdoba. Salió á recibirla el mencionado caba- 
llero, con quien entró en Carmona la augusta esposa de S. Femando, 
sin detenerse mas que lo preciso para descansar, siguiendo iue^ á 
incorporarse con el rey en el ejército; lo cual no se sabe que haya 
hecho otra reina, basta doña fuibel la Católica. 

Ocurrieron notables incidentes y raros hechos en la conlinnacioD 



DB SEVILLA 87 

del cerco de Sevilla, trábándofie mncbisimos combates casi alas mis*- 
mas paertas de tas estensa ciudad. Alganos temerarios caballeros 
llegaron basta golpear aquellas con los rúenlos de su podero-r 
sas lanzas; baoiendo morder el polvo á los enemigos que desespe- 
rados salían ávidos de vengar tamaña borla. Hubo choques sangrien- 
tos en diferefites puntos al pié de las murallas circunvaladoras de tan 
vasto recinto, singularmente bácia la puerta Macarena, cerca de la 
cual radicaban los cuarteles del señor de Vizcaya, que llegó de los 
últimos con muy lucidas tropas; y de don Rodrigo Gonzalea de Ga- 
licia. A estos bizarrísimos campeones creyeran aidar los sarracenos, 
envolviéndoos c<»npletainente por tener sus campamentos á conside- 
rable distancia del Real de S. Fernando. Y aunque en Tarias en- 
vestidas fueron rechazados los moros con desalentadora pérdida é ig* 
nominia, no por eso cejaron en su atrevido propósito, llegando á reu- 
nirse tantos y cargar con tal furia y ciega rabia, que cundiendo la 
nueva del apuro en que estaban los célebres caudillos, buho de vo- 
lar á su socorro el infante don Alonso en persona, recien venido de 
Murcia con muy gallardas y aguerridas tropas, que desde luego pu- 
so en vergonzosa fuga h los céntranos no sin causaiies infinitas ba^. 
Hacen también las crónicas mención justísima de un señalado 
U^iunfo debido á la fortunosa temeridad de Garci Pérez de Vargas^ 
secundado en su arrojo por don Lorenzo Suarez, siendo de notar 
que ambos nombres suenan junios en las mayores hazañas de aque- 
lla época. \ fué el caso que habiéndose metido solo Garci Pérez en- 
tre anillares de moros por el puente de Guadaira; contra la orden que 
había para detenerse en la entrada; el pundonoroso Suarez, al verlo 
tan comprometido, precipitóle en su ayuda con un puñado de valien- 
tes, prefiriendo una muerte casi segura, á la mengua de abandonar 
en semejante confliclo al primer caballero del Real. P^o en vez de 
sucumbir aquellos bravos, solos entre un sin máofiero de moros, hi- 
cieron lA destrozo en los contrarios, que con muerte demás de tres 
mil infieles, llegaron peruguiéndolos hasta la misma puerta del Al- 
cázar, tapiada después de la conquista (según la crónica,) enln las 
de la Carne y Jerez. Desde entonces parece que cesaron enteramen- 
te las muchas salidas por semejante punto ejecutadas, como el mas 
apropósito para ellas, á causa de la segura y pronta retirada que ofre- 
cía su imniediaí^ion al puente de Guadaira, cuyo paso era uno de los 



88 GLORIAS 

muy fortificados y defendidos á prueba de combates y sorpresas. 

Pero aunque la morisma escarmentada circunscribióse con pruden- 
cia suma al estenso recinto de los muros, todaTia á través de lan- 
ces tan sangrientos y horrorosos, ibase reconociendo que si no se qui- 
taba á los moros la comunicación de Triana y el Aljarafe, seria cá- 
«i imposible ganar k Sevilla. Socorrida esta sin cesar por aquella par- 
le, renovaba diariamente sus fuerzas, prolongando asi de indefinida 
manera una costosa lucha y una desesperada resistencia susceptible 
de durar años enteros. A mal tan grande y arraigado no se le vis- 
lumbraba otro remedio que romper el puente fortisimo de Guadalqui- 
vir, lo cual era dificil en estremo y aun de éxito improbable asi por 
su fortaleza como por su vigorosa defensa en que forzadamente habían 
dehechar el resto los sitiados, para no dejarse arrebatar la última áncora 
de salvación, y de fundada esperanza. «Tenian los moros de Sevilla 
(dice la Crónica) un puente de madera fecho sobre barcas, amarra- 
do con muy recias cadenas de hierro, por do pasaban de Sevilla á 
Triana, y á toda aquella parte del rio.» 

<Sn sitio (añade Zúñiga) el mismo en que hoy le vemos; que 
aunque Alonso de Morgado y el bachiller Peraza en sos historias 
dicen que se amarraba á torre del oro, advirtieron mal los mismos 
testos de la crónica y de la general, que es preciso seguir, pues 
no tenemos de aquellos tiempos otras historias mas fidedignas: por 
ellas x^nsta que estaba dentro del arenal, que no fuera: asi estando 
junto á torre del oro, en que el arenal comienza, bien que desde 
la torre del oro hasta la parte opuesta del río atravesaba una gruesa 
cadena de maderos eslabonados con argollas de hierro, que á la parte 
de Tríana se afianzaba en un murallon, del que aun se ven los oi- 
mientos; pero desde esta cadena hasta el puente habia la misma dis- 
tancia que hoy se conoce, y aun esto no lo dice la crónica, y es 
menester creerlo de antiguas memorias en que se refiere. El casti- 
llo de Tríana, al ángulo de cuyos muros vá á parar, la servía de co- 
rona y de defensa; y la compuesta trabazón de los maderos que la 
componen, estribando sobre el plan de las barcas, estaba afianzada 
con gruesas cadenas, como lo espresa la crónica .» 

Antes de acometer tamaña empresa, recurríó S. Femando á la 
oración según solia; y sintiéndose inspirado en ella, como quien osla 
seguro de conseguir por mediación sobrenatural el objeto de sus vo- 



DE SEVILLA. H9 

ios; propuso el árdtto caso á sa almirante y á otras notabilidades del 
mimsterio de marina. Después qne hablaron en diversos sentidos, 
Ramón Bonifaz hasta entonces callado, cuyo parecer aguardaba el rey 
con impaciencia^ manifestó su plan sencillo y breve, dejando atónito 
al consejo, tanto por lo temerario y peregrino de la idea cuanto por la 
asombrosa serenidad y sangre fria con que determinóse á realizarla. 
Consistía el indicado plan en armar dos naves, las mas gruesas y 
fuertes, y esperando tiempo en que á popa les soplase viento vehe* 
mente, embestir con ellas á. romper las cadenas y maderos por el 
vidento empuje de sus chocantes proas, guarnecidas de enormes plan- 
chas férreas, para que resultase irresistible el estruendoso golpe, si- 
guiéndose la ruina del punto acometido por tan formidable y des- 
pedazadora colisión. Designio raro, y que (como dice un distinguido 
publicista) tiene mucho de prodigioso, y aun de milagroso su efecto 
no pocos visos: pues aunque la violencia de un bajel ajitado de rápido 
viento sea grandisima, no parece bastante á romper con el choque 
de su proa tan robusta resistencia, como supone la encadenada tra- 
bazón de este puente. Prevenidos los bajeles, que como todos- los de- 
mas de aquel tiempo, eran de vela y remo, entró en el uno el mis- 
mo Ramón Bonifaz; y poniendo en ambos gentes de su satisfacción, 
esperaron viento favorable, que no sin particular misterio les sobre- 
vino dia de la Invención de la Cruz, á 3 de Mayo, cuya sagrada in- 
signia mandó el santo rey que se arbolase en sus gavias. Volaban los 
navios llevados del poderoso impulso del viento, que, para dar mas 
visos al prodigio, calmó repentino, y repentino en breve volvió á 
soplar mas furioso, rehaciendo su repetición los desmayos que causó 
su pausa; y sin que á resistirlo bastase la robustísima trabazón que 
eonstruian tantos unidos maderos y tantos repetidos lazos de las ca- 
denas: al duplicado choque de uno y otro bajeh cedió roto en el 
puente todo el mayor estribo de la esperanza de los moros, pasan- 
do de la otra parte las dos vencedoras naves, contra las que en vano 
desde el puente mismo, desde el arrabal todo, y desde el castillo de 
Triana se fulminaron inumerables rayos de arrojadas armas: bajel uno 
y otro dignos de eterna memoria mas que la decantada nave Argos 
de los Griegos, donde el intrépido lason y compañeros de aventuras 
improvisándose nautas, se embarcaron á la fabulosa conquista del 
ponderado vellocino de oro. 



90 GLORUS 

Cuanta fuese la opoñcioD del eoemigo á lo que taolo le iutere^ 
saba estorbar, nos parece superfino encarecerlo. Pero el ejérdto crí^ 
tíano avanzó á protejer la vuelta del almirante; siendo completa la 
gloria de aquel día, uno de los mas faustos con que premió el cielo 
los piadosos afanes del santo conquistador. 

£1 almirante, que por momentos secubriadelaureles, quenodaba 
un solo paso sin resultar ventaja á nuestras armas fué justamente 
victoreado por todo el ejercito, cuyos capitanes acudían go^osisimos 
en vistosos grupos á darle merecidos parabienes, cumpUmentándolo 
también los principes del modo mas cordial, y abrazándolo el rey 
en presencia de las tropas, honor que hi^o llorar de gratitud y de 
alegría al que era prez de la marina hispana. 

No, empero, desmayaron los hijos de Sevilla, entonces mora, ó 
al menos no desmayaron tanto como era de esperar al verse des- 
tituidos del socorro de Triana y privados de la comunicación del Al- 
jarafe, Y la prueba de que no se desanimaron mucho es, que ha- 
biendo solnrevenido la destrucción del puente i princi|Nos de Mayo, 
Sevilla continuó resistiéndose con estraordinafio valor hasta el 23 de 
Noviembre, no sin gravísimo riesgo de los sitiadores, 

Al dia siguiente, 4 de Mayo, pasó el rey con su ejército á com- 
batir á Triana, cuya resistencia fué tan estremosa, que no pudo ser 
tomada, aunque por la parle del rio ayudaba también el almirante. 
Quedó, pues, el primogénito D. Alonso con gallardas tropas y alen- 
tados csdoalleros á proseguir la espugnaeion, que requería tiempo, co- 
mo que era imprescindible minar los fuertes muros del castillo. . 

Llegó entonces al cer(^ de la valerosa ciudad don Juan Arias, ar- 
zobispo de Santiago, peo lucida compafiia de gallegos paladines. Pero 
habiendo enfermado gravemente por la insalubridad del campamento, 
hubo de obedecer, en retirarse, el precepto del Santo rey, que le man- 
dó regresar h m tierra. 

Entre Jos varios lances desgraciados, que también hubo muchos 
para el ReaU cuéntase la muerte del esclarecido Rico Hombre don 
Sebastian Gutiérrez, librándose milagr93amente don Diego Sánchez de 
Fines. Regularmente acontecían siniestros casos cuando había que dar 
escolta á los forrageros; facción del servicio peligrosísima porque siem- 
pre eran atacados y á veces muertos los que por su turno la desem- 
peñaban. Esto prueba sin género de duda cuan biep se defendía den- 



Dfi SKVILLA. 9f 

tro y faera, aan despaes de no pocos escarmientos, la opulenta Se- 
villa mahometana. 

Entre los mas briosos y denodados caballeros árabes, descollaban 
apuestos los Gazüles, cuyo esclarecido linaje en todas épocas diera 
arrogantes campeones á sti patria. Tal vez sin esta raza generosa, mar- 
cial y siempre noble, la resistencia hubiera sido débil y, sobre to- 
do, menos prolongada. Bien lo conocía Axataf, que conflaba en ellos 
por ventura, su corazón abriendo á la esperanza. ¿Y quién sabe si 
esta resultara fallida k no mediar la intervención del cielo en favor 
de las armas sitiadoras? 

Lo cierto es que llegó á cundir el desaliento entre los españoles, 
y que el mismo Santo féy hallóse algo apurado, no solo para contener la 
murmuración, sino para conservar vivo el espíritu y estricta é in-' 
quebrantable la disciplina en las cansadas filas del ejéncito. Lo cierto 
es que no pocos renombrados caudillos tuvieron que valerse de todo 
sn prestigio y ascendiente para atajar las perjudiciallsimas y trasceo** 
dentales murmuraciones del mayor numero. Lo cierto es que los mi» 
nistros celebraban con frecuencia consejos de muchas horas, presidien^ 
dolos el rey, no sin llamar para emitir sus juicios & los esperimen- 
tados capitanes. Aburrida la soldadesca por 1& escasez dé víveres y 
de met&lico, qne sé empezó & notar iba en aumentó, desabogábase en 
continuas quejas y peligrosas pláticas, acaso fbmentando el general 
disgusto traidores que se ingieren en los grandes ejércitos, tendidos, 
por supuesto, al oro del contrarío. Para suplir la falta de numerario, 
hablase labrado moneda de inferior ley, sirviendo de garantía á su 
mal vista circulación amplias seguridades de rehacer por cuenta de 
la Real Hacienda la ¿omutt forzóte quiebra, ttna Vé« terminados los 
apuros del momento, fteiles dé discurrir en taft prolongada guerra, 
que DO podia dejar de ser costea & los pueblos, por mucho que el 
rey Santo sé eseusase de gravarlos. Asi su (^ratoil se contristaba, lle- 
gando á conturbarse y abatirse en los desconsuelos comunes; al paso 
que su espíritu fórtáledase Cott las mas fervorosas oraciones, acom- 
pañadas de ayunos, disciplinas y maceradores cilicios. Certifícalo la 
tradición, por nunca desmentida, respetable; y afiánzalo también el 
Suplemento vulgar del arzobispo D. Rodrigo, trasmitiéndolo ademas 
oomo seguro el entendido analista Ortiz de Zúñiga. Escribió S. Fer- 
nanda á las ciudades en demanda de brazos y dineros; pero con ma- 



j 



M GLORIAS 

yor interés y coofianza escribió simultáneameote á las iglesias y á 
las órdenes religiosas pidiendo rogativas y plegarias, que le alcanza- 
sen la piedad divina. 

Y por entonces ocurrió un milagro circunstanciadamente referido 
en la corona gótica, lo mismo que en otras obras de no menor cré- 
dito. Parece que, habiendo llegado á su colmo la mal reprimida 
exasperación del ejercito no solo por las diarias privaciones de todo 
género sino también por las muchas enfermedades que lo diezmaban, 
amagando convertirse en devoradora epidemia; tuvo san Fernando 
que arengar á sus tropas, las cuales contestaron, como siempre, con 
unánimes aclamaciones al. virtuoso monarca en unísonos vivas rei- 
terados. Pero aunqne el muy amado caudillo no dudaba de la leal- 
tad de sus valientes, temiendo que los males no atajados resfriasen 
de nuevo tan heroico entusiasmo, menoscabando el gran pres** 
tigio que conservaba pura la omnímoda adhesión á su sagrada perso- 
na; retiróse á su tienda mucho mas afligido que otras veces has* 
ta llegar el caso de atribularse su invencible espíritu. Eran las altas 
horas de la noche: todo en silencio sepulcral, profundo; la mitad del 
ejército dormia: la otra mitad, si muda vijilante: de rodillas orando 
el rey velaba, ante la hermosa Virgen de los Reyes, cuyos benignos 
ojos se animaron de repente mirándolo espresivos, y sus púdicos labios 
sonrieron, clara y distintamente articulando, con dulcisimo acento, es- 
tas palabras: cno temas, que en mi imagen de la Antigua, por quien 
tu devoción está probada, tienes una segura intercesora. Prosigue y 
vencerás.» Dijo y volviera sagrada efigie al estado normal callada é 
inmóvil. 

Atónito Fernando del suceso y sintiéndose arrebatado en estasis 
sublime salióse de su tienda lle^üdo presuroso hasta Sevilla; y en la 
puerta llamada de Córdoba antiguo degolladero de los mártires, en- 
contró un hermoso noancebo, que precisamente debería ser un ángel, 
pues lo introdujo en la ciudad sitiada, guiandolo por sus sombrías 
y solitarias calles hasta la mezquita mayor, donde el santo rey adoró 
un buen rato á la milagrosa Imagen de nuestra señora de la Anti- 
gua; volviéndose desimes sin el menor obstáculo á sus reales por 
la Puerta de Jerez. 

Aunque varios autores de cumta entre ellos Espinosa, refieren 
como auténtico el milagro, copiaremos para mayor confirmación, las 



PE SEVILLA. 9^ 

lestuales palabras del docüstmo Zúñiga; sí bien nos duele fatigar al 
lector con el estilo de aquel sabio, que para cualquier relación usa 
de muy largos periodos, olvidándose de los puntos, cosa tan socorrida 
como imprescindible para tomar aliento. 

«Desde el tiempo de los Godos (dice) duraba eu la Mezquita ma- 
yor una efijie de nuestra Señora, de pintura, mayor que el nato- 
ral, uso de la primitiva Iglesia, en que significaban lo superior á lo 
humano. No permitió la providencia divina que los moros la borra- 
sen, aunque lo pretendieron, quedando & su despecho siempre mas 
hermosa y resplandeciente; con que no podiendo deshacerla, la ocul* 
taron, levantando delante otra pared; aunque nunca la olvidaron los 
fieles que vivian en Sevilla, que sin verla la adoraban hasta pocos 
años antes de esta conquista, que improvisadamente quedó patente, y 
que despedia rayos de resplandor, que los moros interpretaban pre- 
sagios de su ruina; así lo afirma el Bachiller Peraza, antiguo escrí- 
lor de Sevilla, cuyo original no impreso guarda la librería de los 
duques de Alcalá; y que nunca pudieron mas esconderla; y que siem- 
pre que osaban mirarla los hacia arrodillar, impulso que no resis- 
tiaa. Esta soberana imájen, de que San Fernando tenia noticia, con 
vivos deseos de adorarla presente, entró en Sevilla á buscar una 
noche: saliendo de su tienda, y arrebatado de éxtasi que le llama- 
ba enagenados los sentidos en profundísima contemplación; y habién- 
dola adorado, escoltándolo divina guarda, volvía á salir por la puer- 
ta de Xerez, cuando cayéndosele la espada, al tropezar en ella, 
volvió en sí, y conoció donde se hallaba, y el soberano favor que 
había recibido, al tiempo que echado menos por don Rodrigo Gon- 
zález Girón, que le asistía de mas cerca, y por Fernán Yañez y Juan 
Fernandez de Mendoza, hermanos de sus mas íntimos familiares, sa- 
lían cuidadosos á buscarlo; acaecimiento prodigioso tan recibido do 
la tradición, que dudarlo parecería temeridad á cualquier fino y de- 
voto sevillano, y mas cuando se refiere en sugeto, cuya santidad hi- 
ciera creíbles n^yores prodigios: . añádase, que jautos en su busca 
con otros estos caballeros, entraron en Sevilla, y cerca de la Mez- 
quita tuvieron con los Moros terrible refriega, volviendo á salir con 
felicidad igual al temerario, arrojo, de que dijo bien Gerónimo Gu- 
diel en el compendio de los Girones, que si es supuesto, eligió muy 
bien su autor en don Rodrigo González Girón, para poner en su nom- 



94 GLORIAS 

bre tal bizarría. Pero sabemos, que en la conquista de Grinada Fer- 
nando del Pulgar emprendió, y logró no desemejante osadia. La imá- 
jen es la qae persevera en la Sania Iglesia con advocación de la 
Antigua.» 

Desde tan fausto acontecimiento hiciérase ostensible la protección 
divina, marchando ya las cosas con próspero curso á un feliz desen- 
lace. Por parte délos infieles, absolutamente desesperanzados, movían- 
se pláticas de entrega, si bien proponiendo exhorbitantes partidos. En- 
tre otras disparatadas exigencias, pedian que se les permitiese derri- 
bar la Mezquita mayor y la torre. (Malos S. Femando por medio de 
don Rodrigo Alvarez; y al entender semejante propuesta, esclamó el 
infante don Alonso, dejándose llevar, sin duda, de su amor á las ar- 
tes: cpor un solo ladrillo que qniten á la torre, todos los habitantes 
serán pasados á cuchillo.]» Verdad es que el principe tenia motivos 
para creerse particularmente resentido y agraviado, porqoe los mor- 
ros habían tratado de engañarlo y apoderarse de su persona, ofre- 
ciéndole dos torres y aun la toma de Sevilla; todo por consejo del 
alfaki Orias, cuyo ardid no surtió efecto, gracias ala previsión del sa- 
bio infante, quién envió en su lugar á don Pedro de Guzman y unoft 
cuantos caballeros, salvándose aquel y estos, con muerte de uno sa- 
lo, ya casi rodeados por la morisma, que pedia sos cabezas. 

Aun estuvieron rehacios los sitiados, confiando en recibir socor- 
ros del astuto Orias, que había pasado de la parte de Triana; pero 
impedida del todo la comunicación por la armada del almirante Boni- 
faz, que se atravesó en medio, hizose imposible la vuelta de aquel 
y la introducción del suspirado auxilió. En vano proyectaron in- 
cendiar las naves con candentes proyectiles y asustar á las tripu- 
laciones con horrísonos alharidos, tocando á rebato, haciendo retum- 
bar los contomos con la estraendorosa vibración de innumerables aña- 
files y trompetas, amagando desesperadas salidas; agitando millare» 
de rojizas teas, como en señal de pretender quemarse entre las lla- 
mas de la ciudad, que abrasarían, si no se les acordaba honrosa y 
ventajosa capitulación; armando, en fin, tal ruido, estrépito, confusión 
y atronadora barabúnda, que parecía hundirse el Universo. Todo fué 
inútil, pues los sitiadores, nray lejos de espantarse con tan frenéticas de- 
mostraciones, propias de energúmenos, reíanse á mas no poder, ba- 
tiendo palmas unos y silbando no pocos las trágicas escenas de aquel 



DE SEVILLA. 95 

drama de grande espectáculo, mimico-grotesco, ridiculo é irrisorio. 
Ealooces los de la plaza, reconociéndose perdidos, aceplaron hu- 
mildes las roisEnas condiciones utea rediazadas, estipulándose en ellas 
salir libres con vidaá y bacteodas, quedando algunas familias, si lal 
era su gusto, pújelas al dominio del rey cristiano, que les garanti- 
zaba, como á k» demás vasallos, seguridades y paz. En cuanto á 
Axataf, ex-waii ó ei-amir, y Aventnc, arráez principal, se les dejó 
Azaal&rache, Niebla y Tejada, obligándose á pariao; dándose final- 
mente á todos un mes de plazo, en que habiendo entregado el Al- 
cázar y demás pantos forUficados, se dilatase la entrada y loma de 
posesión definitiva, para que mas cómodamente dispusieran su salida 
con escolta á los que partiesen á otras tierras, y á los que determi- 
nasen pasar al África, bajeles para el necesario trasporte; todo por 
cuenta del Santo Rey, en que dio clara muestra, como siempre, de 
9u inagolable misericordia, de su inQnila clemeicia, de) interés com- 
pasivo que le inspiraban los desgraciados próximos á emigrar sin es- 
peranza de regreso, y del cariño fraternal que profesaba en Jesu- 
cristo á todos los hombres, prescindiendo de qae fuesen mahometanos 
ó de cualquiera otras sectas enemigas de nuestra Religión Sacrosanta. 
Lo cual seguramente eleva la tolerancia de tan augusto monarca, á la 
mayor altura que puede conquistar esa iioble virtud «Ate la tierra. 




CAPITULO XI. 

Spvilli reeniii]uii>lii<l«. 




^ia de S. Clemente, Pontíñce y Már- 
|ilir, k 23 de Noviembre (le 1248, se 
íl^-íiaC ^" jT '."^] ■ &\ capituló esta famoaísima entrega, ha- 
WJ/L^ ^'fnv.V' ""^W^^*^ hiendo mediado quioce meses largo» 
^^ ^ '^-,__-^ desde la inauguración del cerco. Por- 

que aunque comuDmente se cuenta diez y seis meses (tos escritores 
árabes sacao diez y ocho), es hasta el día de ta trinn^te eoUada; 
como dice nueslro docto analista. 

Dispuso luego S. Fernando que el Infante D. Alonso de Molina, 
so hermano, se encalcase de guarnecer la ciudad y tenerla bajo su 
iomediala cnuodia, entregándole la torre del Oro; otra qoe llaman 
de la Plata, al Infante D. Alonso, primt^énilo del Rey y su here- 
dero presnnlivo;y á D. Rodrigo González Girón los palacios del Prin- 
cipe de la ciudad, diversos, según parece, del Alcázar, y, en sentir 
de Alonso Morgado, los que se dedicaron á Convento de monjas de 
S. Clemenle. En el Alcázar se instaló, como cnmidia, el Sanio Rey 



DC seviLLA 97 

mismo, y espresamente lo dice su crónica. Las puertas de la pobla* 
cíoD, que eran catorce, diéronse en guarda á varios principales ca- 
balleros. 

Entretanto los moros iban disponiendo sus cosas para la próxima 
partida: y al cumplirse el fatal plazo, salieron de la ciudad no menos 
de cuatrocientos mil. La cuarta parte de estos mfelices prefirió em- 
barcarse para África, retirándose á Ceuta en los bajeles que el hu- 
manitario conquistador les proporcionó. Los demás se encaminaron á 
Jerez, [escoltados por el maestre de Calatrava; si bien muchos de 
ellos, aceptando los ofrecimientos del benéfico rey de Granada, que 
tanto habia coadyuvado á la conquista, fueron á aumentar la pobla- 
ción de sus dominios, acrecentando el número de sus felices vasallos. 
Porque es de advertir que el filantrópico monarca Aben Alhamar, 
adorado de sus pueblos y de cuantas personas lo conocían, cifraba su 
mayor gloria en la ventura de aquellos. Protegía las ciencias, las ar- 
les, las industrias, y sobre todo la agrícola, madre de las otras, como 
que no hay persona ni cosa que, mas ó menos directamente, no de- 
penda de ella. Era, en fin, un principe tan completo, que los grana- 
dinos, individual y públicamente consultados, hubieran dado la vida 
por él; pues cada vez que lo veian, enagenábanse de júbilo sus agra- 
decidos corazones, bendiciéndolo con la efusión mas tierna y espan- 
siva. Particularmente el dia en que regresó á su capital, después de 
la eonqnista de Sevilla, donde se lució como cumplido caballero y es- 
perimentado caudillo, con quinientos de los suyos, ¿ las órdenes de 
S. Femando, como lealisimo é invariable aliado; particularmente ese 
dia, repetimos. Granada entera loca de alegría salió á recibirlo en- 
tusiasmada, apellidándolo vmeeáar; á cuyo glorioso dictado contestaba 
con el magnifico lema de sus armas: csolo Dios es vencedor». Tal 
era Aben Alhamar; y en sus principios mismos educó á sus tres hi- 
jos, escelentes principes; y el dia en que murió (veintitantos años des- 
pués), fué de espantosa desolación para Granada, creyendo todos y 
cada uno de los moradores haber perdido á su padre, llorando atri- 
bulados sin consuelo, por calles, plazas, mezquitas, domicilios. Como 
los monarcas dignos escasean hasta el punto de creerse raros, bien 
se puede perdonar esta digresión en gracia del sublime objeto que 
merecidamente la motiva. 

Y volviendo á la toma de posesión en solemne entrada, no po- 



98 GLORIAS 

driamos seguramente describirla con mas esactitud y verdad que lo 
hace el autor de los anales sevillanos; por lo cual nos permitimos 
trasladar integra la relación, en obsequio de los lectores. 

«El día que fué lunes 22 de Diciembre, en que se celebra la 
traslación de las reliquias de nuestro patrón S. Isidoro de esia ciu- 
dad á la de León, fué con buen acuerdo, aunque acaso no sin mis- 
terio concurrió con el término del plato señalado para la entrada, 
cuya victoria es fama que el mismo santo babía revelado á S. Fer- 
nando. Amaneció aleare, y dispuesto el triunfo que el religioso cul- 
to del santo rey convirtió en procesión devota, precedía el ejercito en 
orden militar tremolando las banderas vencedoras, y arrastrando las 
vencidas, y ostentando en el lucimiento el común regocijo al coBh- 
pas de mil sonoros bélicos instrumentos: coronábanle sus principales 
caudillos, los Infanzones, Ricos-Omes, Maestres de las órdenes mi- 
litares, y luego numeroso concurso de Seculares y Eclesiásticos, con 
los Arzobispos y Obispos, haciendo estado al irctto portátil, que conducía 
una soberana imagen de nuestra Señora: no me atreveré á resol- 
ver si la de los Reyes ó la de la Sede, que pueden estar por una 
y otra muy verosímiles las conjeturas, aunque es mas recibido haber 
»do la de los reyes, que vemos majestuosamente colocada en la re- 
al capilla, pero la de la Sede, tutelar y titular de nuestra Iglesia, 
lo está en su altar mayor; y es tan antigua su respetuosa veneración 
que nunca parece tuvo logar segundo. Remataba 3. Femando con 
su mujer é hijos, hermanos y personas reales; y si hemos de estar 
á no mal fundadas memorias áá convento de nuestra señora de la 
Merced, la mas soberana, el rey de Aragón D. Jaime el conquista- 
dor: que vino á hallarse personalmente á esta santa empresa, que 
aunque (|ue pueda ser muy dudoso, no lo hé de ctvidftr no siendo 
imposible; luego numerosa corte de las reales familias en concertada 
y grave maicba por entre la torre del Ore y el rio á b puerta de 
Gdes (corrupción de Héi»;ules) segn es constante; y haciendo alia 
en el Arenal, salió Aiataf , y arrodillada á los pies de S. Femando, 
le entregó las Haves de la ciudad, que como el mayor de sus triun- 
fos, es la mas ordinaria acción en que lo pintan y en que no puedo 
dejar de advertir que es impropriedad grande ponerlo como se vé 
en pinturas y estampas á caballo; porque constando que este triunfo 
tubo mucho mas de procesión que de marcha militar, y en que iban 



DE SEVILLA. 99 

laníos edestáslicos junto á la santisima ¡majen, no es de creer qua 
el relijiosisiino rey fuese á eaballo, si no á pié cerca del di- 
vino simulacro de María, y débensele poner á su lado la reina do- 
ña Juana, que lo acompañó en la entrada, y los infantes sus hijos. 
Desde sus pies marchó Axataf con algunos moros principales que á 
asistirlo habían quedado: y dice un memorial antiguo, que llegando 
do al cerro de Buenavista, de donde se pierde la de la ciudad en 
el camino de la marisma, lloró tiernamente, y esclamó: cQue solo 
un rey santo hubiera podido vencer la gran defensa que babia hecho, 
y con tan pequeño ejercito á tanta multitud de población; pero que 
se cumplieron los decretos del alto Alá, que á este tiempo tenían 
d^tinado que su jente perdiese esta ciudad, de que tenian muchos 
pronósticos.^ Prosiguió luego su viaje lleno de lamentos, y poco 
después se pasó al África, donde mientras vivió fué siempre abo- 
rrecible su nombre, que hacian mas odioso las execraciones del Al- 
faki Orfas.Y 

Nada nos habla Zúiiga del infortunado Aben-*Hud, último rey 
de Sevilla, pues Ajataf era solamente el caudillo principal encarga- 
do del mando de las armas. Es de crep r, que aquel principe ya sin 
prestigio ni poder alguno desde la gran batalla que le ganaron los 
crisUanos en las inmediaciones de Jerez^ se retirase también al África, 
finando oscuramente al poco tiempo. 

cLlegados (continua) á la mezquita mayor, ya templo del Ahi- 
tísimo, se celebró por el electo arzobispo de Toledo, misa la pri- 
mera vez, que refiero debajo de la misma advertencia que hay para 
dudarlo, solo porque asi lo dice la crónica, y quedó restituida á su 
culto cristiano con titulo de Santa María de la Sede, dejando en ella 
San Femando la referida ímajen, asi intitulada, cuyo bulto es todo 
de plata, y está colocado en su altar mayor; y la de los reyes, en 
la que desde luego, según es constante, se señaló Real capilla en 
la parte mas oriental de la misma Mezquita, y al mismo tiempo se 
arb<4ó triunfante «n su aUa torre el estandarte real de la Cruz: y 
sin embargo que el Alférez mayor del Santo rey era el señor de 
Vizcaya D. Diego López de Haro, que con tal titulo confirma sus 
privilegios, el que lo subió y tremoló el primero se afirma haber sido 
Domingo Poro, ilustre caballero, de orijen escocés y de su real san- 
gre, de quien procede en Sevilla el calificado linage de Santillan. Que 



loo GLORIAS 

sg celebró misa este mismo dia en los sitios ya señalados para los 
conventos de S. Benito y la Santísima Trinidad, es tradición suya: 
y hay memorias de que el Santo Rey á imitación de sas progenitores, 
qae osaban en tales días para mayor celebridad armar caballeros 
algunos calificados vasallos, armó muchos honrando sus hazañas, y que 
en él dio orden de caballeria á Aben Alhamar, Rey de Granada: 
y por blasón que quedó sucesivo á los reyes siguientes, en campo rojo 
tiM banda de oro con dragantes ó cabezas de sierpes en sus eslremos^ 
merecido de su odediencia y servicios.^ Hasta aqui el concienzudo 
narrador, tal vez algo pesado, aunque disculpable en gracia de lo 
verídico. 

Instalado en su nueva corte el venturoso conquistador, ocupóse del 
repartimiento debido á los que con tantas penalidades, riesgos y prí- 
vasiones de todo género le habían proporcionado el mas bello flonm 
á su corona. Requiriéndose, empero muchos dias para llevar á tér- 
mino felice, con modo equitativo y justiciero, la amplísima y dificil 
partición, en que era del caso interviniesen sujetos imparciales de acri- 
solada probidad y suma confianza; nombró una jnnta compuesta de 
cinco inmejorables caballeros, por él solo escogidos, y cuyos nombres 
trasmitió la historia. D. Raimundo, Obispo de Segovia, confesor y no- 
tario mayor del Rey, Gonzalo Garcia de Torqnemada, Pedro Blazquez 
Adalid, Fernán Servicial y Ruíz López de Mendoza fueron los encar- 
gados de comisión tan grave por el sin número de clasificaciones; y 
es fama que llenaron dignamente los deberes de su arduo cometido. 

Celebró S. Fernando cortes en Sevilla, con acuerdo de las cuales 
otorgó á la ciudad notables fueros, concediéndole enteros y aumenta- 
dos los de Toledo, cuya grandeza sola pudo ser ejemplar digno de 
la que pretendía ennoblecer, como á ninguna inferior: Fueron tantos 
los privilegios concedidos y tales las mercedes acordadas, que en bre^ 
ve tiempo se pobló Sevilla totalmente de estimables familias españo- 
las, además de las muchas que vinieron con los conquistadores á ocu- 
parla. Las copias de los instrumentos en que se dispensan semejan- 
tes gracias, llenarían demasiado espacio, que no podemos destinar- 
les en tan reducida obra: mas para que se forme una idea del su- 
perior concepto en que S. Fernando tenia á esta dignísima pobla- 
ción, bastará citar algunas frases tomadas de aquellos privilegiadores 
papeles: ...atenemos que nos mostró (Dios) ¡a sa gracia éla su merced 



DE SEVILLA 401 

en la conquisia de Sevilla, que ficimoi con ia su ayuia é con el su poéer 
quani» mayor es é mas noble Seeilla que las otras ciudades de España 
é por esto Nos rey D. Fernando. &c. 

Estas pocas palabras dan á entender paladinamente el especiali- 
simo aprecio en qae S. Femando tenia á su conquistada ciudad, ca- 
yos asuntos arregló del modo mas justo, equitativo y ventajoso para 
la generalidad de sus nuevos pobladores. Después de poner el mayor 
orden en los repartimientos y dejar altamente satisfechas las inevita- 
bles reclamaciones, que acostumbran surjir de semejantes radicales ar- 
reglos; dotó con la esplendidez y prodigalidad características de su 
religiosa munificencia á la Santa Iglesia y Silla arzobi^al de Sevilla, 
que habia restablecido para siempre. 

Viéndose ya el héroe cristiano sin enemigos á quienes combatir en 
España, porque todos los agarenos existentes en ella eran aliados ó 
vencidos, y de ninguna manera altivos pretendientes hostilizadores; 
imajinó la empresa mas diricil, que á termino llevar posible fuese, ra- 
yando en temeraria y audaciosa, si se prescindiese, al referirla, de la 
ardiente fé, que la promovía bajo los auspicios celestiales. Tal era el 
grandioso proyecto de llevar la guerra al África y atacar en sus pro- 
pios dominios á los antiguos invasores, que cinco siglos antes hablan 
deslastrado en Guadalete las glorias españolas, con mengua de los hi- 
jos de este suelo y de su religión y de sus reyes. Pero cuando el es- 
clarecido conquistador se preparaba á tan famosa empresa ultramarina, 
para cuyo logro contaba ya con recursos inmensos, le sobrevino la 
muerte, que atajó sus triunfos, evitándole acaso una derrota. Y de- 
cimos esto, porque recordamc» la espantosa catástrofe ocurrida, siglos 
despaes, en los inolvidables campos de Alcázar-Kubir ó Kibir don- 
de el joven é intrépido monarca lusitano D. Sebastian, pereció con 
todo sa ejercito, en el cual iban muchos valientes de k» heroicos 
tercios españoles, que tampoco volvieron de aquf^lla malhadada espe- 
dicioD. Y cuenta que ni aun entonces se decidió á vengar k los cris* 
tianos del incalculable descalabro sufrido por sus armas, la consu- 
mada pradencia de nuestro Felipe segundo, tío del desventurado 
{vinoipe portugués, victima del furor de los Africanos, quienes se 
defendieron como debían y como era justo, natural y patriótico, que 
lo hiciesen, acometidos en sus propias casas. Todas las escursiones 
hechas al África, han producido desengaños crueles; y tal voz la 

ti 



tos GLORIA» 

mnma empresa del santo rey hubiera fracasado, le cual se puede co-- 
legir de lo problemático del éxito de tales espediciones en general; 
de que nunca es bueno tentar a Dios, por lo mismo que ha conce- 
dido ya demasiados ó estraordínarios fatores; y de que los moros 
hablan engrosado innumerablemente sus tropas con los infinitos aga- 
renos procedentes de España. 

La mnerte de S. Fernando fué tan admirable como había sido su 
vida. Acerca de ella dice el precitado analista: cy abracándose la éo» 
lencia, pidió los Sacramentos, y recibió el| de la Eucaristía por vijt- 
tico, de mano del gobernador de nuestra Iglesia, Obispo de Segovia, 
D. Raimundo su confesor, que se lo trajo solemñraiente, acompaña- 
do de toda la corte: y viendo entrar á su criador^ arrojándose de 
la cama, puesto un dogal al cuello con insignias de reo á su pare- 
cer, protestó la fé en que habla vivido, y en actos de todas las vir- 
tudes, que como maestro de ellas, compendió en breve y fervorosa 
oración, se dispuso á recibirlo; y después en acción de gracias repi- 
tió afectos y esperanzas de filial amor y temeroso respeto; depuso des- 
de este punto todo» los aparatos de Monarca, y haciendo llamar á 
la reina doña Juana y á sus hijos, les dio en sdudables documentos 
mejor herencia, encomendando los menores al maycH*, y quien leyó lec- 
ción tan sabia, que si la hubiera sabido observar, lograra haber si* 
do verdaderamente sapientísimo. Y sintiendo luego acercarse el último 
, instante, pidió la candela encendida, símbolo de la fe; y con ella re- 
pitió fervorosos actos de amor y confíansa, y humilde pidió á los pre- 
sentes que en nombre de todos sus subditos le diesen perdón de \o& 
defecto:^ que entendía haber tenido en su gobierno, á que sucedien- 
do en todos las lágrimas y sollozos, él entre alegría y suavidad, des- 
pués de un rato en que le juzgaron ya difunto, y de que volvió 
con mayores muestras de júUlo y regocijo, testimonio de la seguri- 
dad de su conciencia, cuando á su ruego los presentes cantaban el 
Te Omm kmdamíis^ entregó á Dios el espíritu dichoso, jueves 30 de 
mayo, dia de S. Feliz Papa y Mártir, en el año á lo mas de no cunoh- 
pKdo cincuenta y cuatro de su edad, y á los treinta y cuatro y nue- 
ve meses menos un dia de su reinado, que comenzó á treinta y uno 
de agosto del de mil doscientos y diez y siete: acabó en el Alcá- 
zar de esta ciudad, dejándolo santificado con haber sido su habita- 
ción, y el lugar de su partida á la gloría, aunque no dura la no- 



BE 8£V1LLA. 103 

ticia de en cual pieza, que la devoción consagraria en capilla, ó fué 
de las que deshizo para su nuevo ediGcio el Rey don Pedro.v 

Voló sentida y admirada la noticia de isu gloriosisimo transito, a- 
si como la fama de sus virtudes y heroicos hechos, que lo tenia aplau- 
dido en toda la redondez del orbe católico; y el pontifico Inocencio 
IV, grande apreciador de tan e^Iarecido soberano, recomendó á los 
fleles su gloriosa memoria, concediendo un aflo y coapenta dias de 
indulgencia á los que visitasen la capÜla y ofreciesen sufragios por 
el alma del mejor de los reyes. Sevilla entera lo lloró ten un gri- 
to, aunque bien sabia que ganaba un santo y un nuevo poderoso in- 
tercesor débate del Altinmo. El diá de su entierro referíanse pú- 
blicsmeiíle no poeoe milagros, q«e dicoA obró efn vida, y que con*^ 
tribuyeron, después de algunos centenares de años, á la deseada ca- 
nonización del muy amado monarca. Dejando á la retórica del silen- 
cio (como dice Zúñiga), á veces mas ponderativa que la mayor elo- 
cuencia, las generales lágrimas en tan crecida pérdida, fué sepultado 
el regio cadáver (sin embalsamarlo, ni preceder cosa análoga preser- 
vativa de la corrupción), en la Santa Iglesia Catedral de Sevilla, en la 
parte ya separada para capilla Real, donde estaba colocada la San- 
tísima imagen de nu estra señora de los Reyes, á cuyos sagrados pies 
el moribundo principe babia mandado lo sepultasen, y en cuyo 
sitio es tradición que permanece milagrosamente incorrupto. 

En el magnifico y merecidamente apologético epitafio cuatrilingue 
de las cuatro fachadas de su mausoleo, se engrandece la gloria de 
Sevilla, titulando á esta ciudad «cabeza de toda España.^ Por lo cual 
nos creemos obligados á reproducirlo, si bien corrigiendo el lenguaje 
antiguo y acomodándolo al moderno Dice así: 

«Aqui yace el muy honrado Fernando, 
Señor de Castilla, de Toledo, de León, de Ga- 
licia, de Sevilla, de Córdova, de Murcia, de 
Jaén; el que conquistó toda España; el 
mas leal, el mas vei-dadero, el mas 
franco, el mas esforzado, 
el mas apuesto, el mas 
granado, el mas sufrido, 
el mas humilde; el que 



GLORlAe 

mas tecaia y servia k Dios, 
el que quebrantó y des- 
liuyó á todos sus enemigoe, 
el que alzó y bour^ i 
todos 8ue amigos, y con- 
quistó la ciudad de Sevilla, 
Que es cabeza de toda 
EaPAíU y pasó en el pos- 
trimero dia de Mayo &c. &c. 



Sentimos no poder esteoderoos mas sobre los bechos de un Rey, 
de un héroe y de un Santo, á qui«i debió Sevilla amor tai 




CAPÍTULO XII. 



Desde don KUna» X hasta don Alonso XI inclusive. 

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clamado en SeviHa rey de E^ña el prin-^ 
cipe don Alonso, primogéniio de San Feman- 
do, üñ Innes 2 de Jnnio de 425%; hizo gran^ 
des mercedes á la ciudad berrea, que había ftido objeto de la prcH 
dileceíon de su augusto Padre. Asi continuó favoreciéndola constan^ 
temente y haciéndose querer del sevillano pueblo, que nnnca le falld 
como los otros en días de terrible adversidad. 

No incumbiéndonos historiar las vklas de los reyes, y si tan sol9 
hacer mención de aquellos acontecimientos esti^ordinarios que redun- 
den en gloria de Sevilla, pasaremos por alto la mayor parte del rei- 
nado de don Alonso, hasta las disensiones ocurridas entre él y su hijo 
don Sancho. 

Este animoso principe hablase distinguido notablemente en la in- 
vasión de moros acaecida mientras don Alonso se ausentó de España, 
con motivo de sus pretensiones al imperio de Alemania. Creándose 
don Sancho un partido poderoso, compuesto de lo mas aristocrático, 



106 r. LORIAS 

rico y opulento de casi todas las poblaciones espafiolas, ocurriera va- 
leroso á la calamidad pública, grangeándose la estimación y el cariño 
del reino. Establecido sucesor en la corona, por muerte de su hermano 
mayor el malogrado Infante don Femando de la Cerda; consiguió 
que el rey lo aprobase, teniendo en cuenta, como gran politice, la 
opinión general, á su regreso. Pero considerando algo mas tarde que 
no era justo escluir de la sucesión á los hijos de su primojéníto, y 
que don Sancho usurpaba el incontestable derecho de sus sobrinos; 
volvió el rey por estos, retractándose del acta sancionadora, tal vez 
porque ya le inspiraba celos la estraordinarla popularidad del hijo, 
mas bien que por amparar la Qausii;dek» nietos, llamados los Cerdas, 
por una con que su padre nació señalado en el pecho. Conociendo 
sin embargo el sabio monarca, que no seria bien recibida la retrac- 
tación, porque don Sancho era generalmente querido y admirado, á 
consecuencias de sus hazañas contra los agarenos granadinos, que le 
valieran sobrenombre de Bravo; juntó cortes en Sevilla, para tratar 
de arreglos é indemnizaciones. cLa conferencia de ellas (dice Zúñiga) 
fué gravísimas propuestas en el rey, y repugnancias en el Infante 
á alguna división en las coronas que quería entablar para los Cerdas, 
acabaron de enagenar sus ánimos: la severa proposición del padre, 
y la arriscada respuesta del hijo, nada prometían que no fuese pú- 
blicos malea, que presto se declararon, al Infante, .y haciendo cahe^ 
& sus propuestas, vjestidas de tS^Niriencia del bien público se opuso 
públicamente á su padre; y seguido de los que tei\ian su voz, se 
pasó á Córdoba, y en breve cundió la desconformidad por todatS las 
provincias. Prevaleciendo empero la voz de don Sancho de tal mar 
ñera, que casi sola Sevilla quedó enteramente por su padre.» 

Entonces fué cuando el rey don Alonso el Sabia, agradecido 
á la generosa constancia de les Sevillanos, y á su incooparahla ca- 
ballerosidad é hidalgoia, honró á esta ciudad con la significativa em- 
presa y joMAe de la Madeja colocada entre los mopo^abos Mo y Do, 
equivalentes á nudo ó unión de voluntades cootorm^s en oatriola obe* 
diencia, resultando esta figura: 




npecie de gerogllfieo emUemático, qne se tnuloce: No Madeja Do, 
esto efi, DO me ha dejado; igual á; no me desamparó por verme atri- 
bnlado y sin forlnna, desobedecida de los míos k quienes hice mas 
bvoree; k esta ciudad debo la salvación de mí decoro de monarca; 
ee la mas noble, la mas digna, la mas española de todas! 

Semejante proceder de parte del siempre adíelo y pundonoroso 
paeblo sevillano, cuya nobleza de sentimientos ea proverbial, afectó 
vivamente al sáMo y anciano rey, quien no perdía ocasioD de con- 
signarlo asi, con especialidad en docnmenlos de privilegios acordados. 
Buena maestra de sn gratitud, como de lo profundo de sa pena por 
la general defección, han dejado las cartas de su puño; singularmente 
la qne dirigía á su muy querido y fiel servidor don Alonso Peroz de 
Sozman, solicitando por sn mediación socorros del rey de Marruecos 
Aben Jaeef, coya notable carta concluye asi: «lecha en la mi sola 
leal Cíbd&d de Sevilla, k los treinta años de el mió regnado, y ei 
primero de mis caitas. El Rev.s 

He aquí una de las glorias mas dignas de ser celebradas que 
cuenta la cindad de Hércules, de Julio César y de S. Fernando, 
k cayo faijo G«iserv6se adictas precisamente cuando todas las del reino 
negaban la obediencia al afiigido monarca, tributándola k don Sancho, 
ya poseedor de cuanto no era el tllolo de Hey, que afectó rehusar, 
aampie persuadíale á usurparlo también en misma madre y el In- 
fante don Manuel y muchos Ricos-Ornes y caballeros principales, 



408 GLORIAS 

entre ellos diferentes prelados. Mediaron varías lides y hechos no- 
tables de armas entre los sevillanos, como partidarios de don Alonso 
y los qne lo eran de su rebelde bijo, triunfando repetidas veces aque- 
llos con su acostumbrada pericia y nuúca desmentido valor. Pero 
agravándose el natural sentimiento del rey, murió en su leal Se- 
villa, el día 21 de Abril de 4284; y fué enterrado en la capilla 
real junto al cuerpo de S. Femando, su padre, con vestiduras im- 
periales y corona riquísima de preciosas perlas y piedras; si bien 
de esta lo despojó mas adelante el rey D. Pedro. 

Sucedióle en el trono su hijo don Sancho lY, que á la sazón re- 
sidía en Avila, de donde partió á Toledo, haciéndose coronar por ma- 
no de su Arzobispo. Vino después á Sevilla, donde fué recibido con 
general aplauso, confirmando el monarca graciosamente todos los pri- 
vilegios públicos y privados, como quien no podia desconocer que una 
ciudad tan noble y generosa para con su padre en la adversidad, tam- 
bién seria adicta y fiel al nuevo soberano. Por eso olvidó la resia-' 
tencia que le había opuesto, y aun debió agradecer allá en el fini- 
do de su corazón y de su conciencia, que ios sevillanos diesen pa- 
triótico asilo á su desgraciado rey don Alonso; pues tal prerogativa 
merece la lealtad aun á los mismos que la esperimentan contraria. 
Celebró también cortes en esta ciudad: y agradábale mucho residir 
en ella, como igualmente á la reina doña María, que aqui dio á luz 
al Infante don Fernando, después Rey IV de este nombre, con es^ 
traordinario regocijo de la . población hispalense y de su estensa co- 
marca. 

Durante el breve reinado de don Sancho, que solo duró (mee 
años, no faltaron guerras con los moros de España y África, donde 
se luciesen muchos caballeros sevillanos. Pero eclipsan seguramente 
los nombres de todos las dos famosas notabilidades hijas de este suela 
y únicas en lo maravilloso del mérito, que fueron don Alonso Pérez 
de Guzman el Bueno y su dignísima consorte á(m. María Alonso Co- 
ronel, matrona incomparablemente púdica y magnáiima. Aquel he- 
roico guerrero, que había sido favorito de don Alonso el Sabio, quien 
de su mano le escogiera e^x)sa, estubo algunos años al servicb de 
Aben Jucef , rey de Marruecos haciendo increíbles proezas como capi- 
tán de UQa especie de legión compuesta de caballeros cristianos. Aben 
Jucef, correspondió á los servicios del caudillo esp^ík)!, colmándolo de 



DE 6EV1ÍLÁ. iO^ 

kenores y riquesa; pero su hijo Aben Jacob, que envidiaba las 
glorias de Alonso Pérez y aun concebía celos de su privanza, dio 
varías veces ¿ entender el mal reprimido despecho; por lo cual do- 
na María, discurriendo prudentemente, creyó oportuno regresar á 
Sevilla, con anuencia de su ilustre marido, para poner en salvo 
lo» tesoros de su inmensa fortuna. El dia de su regreso, lo fué de 
júbilo para esta población que salió fc recibirla y acompañarla co- 
mo pudiera á la familia Real. Con los tesoros que trajo, adquirió 
dicha señora muchos vasallos y heredades, principio de la opulen- 
cia de su casa; mas adelante engrandecida ¿ consecuencia de las 
josüsímas recompensas que dispensó el monarca al defensor de 
Tarifa. 

Muerto Aben Jucef, necesitó Alonso Pérez do Guzman poner en 
juego todo su valor é industria para no ser victima de la mala vo- 
luntad reconocida en el nuevo soberano Aben Jacob, el cual feroz- 
mente exa^rado al saber que el caudillo español, con mas de mil 
cristianos valerosos, habia consegmdo regresar á Sevilla, juntó en 
instantes poderoso ejército, viniendo en persona al sitio de Bejet, mas 
habiendo salido el invencible don Alonso con la gente y pendón 
de Sevilla al socorro de Bejel, huyeron temerosos los africanos reem- 
barcándose sin lograr sus miras. Volvió al año siguiente (1 29i) el 
rey de Marruecos ansioso de vengar el anterior desaire; pero fué 
destruida su armada de veintisiete galeras, apresándole las mas, 
remolcando trece intactas por el Guadalquivir hasta Sevilla el al^ 
mirante genovés Micer Benedicto Zacarías, al servicio de España. Lle- 
no de gozo por tan fausta nueva, vino á Sevilla don Sancho, cu- 
ya esposa parió entonces al Infante don Felipe, bautizado en esta 
Catedral por mano del arzobispo don García, asi como el primogé- 
nito Aon Fernando lo habia sido por mano del arzobispo don Rai- 
mundo. Y no es pequeña gloria para esta nobilísima ciudad el que 
en su seno hayan nacido tantos ilustres principes, lo cual se croQ 
asi mismo de los primeros que tuvo don Alonso el Sabio 

Aunque no escribo la historia general de España, sino en la 
parte referente á Sevilla, debemos hacer mención del famoso he-: 
cho de Alonso Pérez de Guzman, que le valió el sobrenombre de 
Bueno, ocurrido en el año de 1294, penúltimo del reinado de I). 
Sancho el Bravo. Siendo gobernador de Tarifa aquel incomparable 

15 



410 GLeniAS 

caudillo viose cercado por numeroflo ejercito de moros á las ¿rdenes 
del Infante D. Joan, que se refugiara en Marruecos, donde Aben 
Jacob lo habia acogido y tratado regiamente, esperando le recon- 
quistase á Tarifa y lo vengase de Alonso Pérez, & quien, como 
hemos dicho, mortalmente aborrecía el monarca marroquí. Resuel- 
to D. Alonso á morir entre las ruinas, antes que capitular 6 ren- 
dirse cerró los oidos á todas las proposiciones del sitiador rechazan- 
do sus ataques con muerte de muchisimos africanos. Entonces el trai- 
dor Infante, que tenia en su poder al primogénito de don Alonso, 
tomándolo consigo, hizo llamada á la muralla. Asomóse el gober- 
nador, y al oir la propuesta de entregar á Tarifa ó ver morir fc su 
hijo, contestó imposible que no habia respeto humano capaz de ha- 
cerle faltar á sus juramentos, á lo que debia á su rey, y al ho* 
menaje que por aquella plaza le habia hecho. Añadió que no solo sa- 
crificaria, si necesario fuese, aquel hijo por tan justa causa, pero 
también otros muchos que tubiera, entregaria sin vacilar á la muerto 
y por último, que si faltara instrumento para el doloroso sacrificio, 
él mismo se encargaba de proporcionarlo, antes que vender lo que 
no era suyo, sino del rey su Señor. Al acabar estas palabras, arro- 
jó su puñal desde lo alto del muro, retirándose acto continuo sin 
muestra de alteración, visible al menos, y sentándose á la mesa 
en compañía de su esposa, la cual (¡parece increíble!) k» animaba 
y sostenía en tan heroico propósito. £1 infante D. Juan, mas bárba- 
ro y feroz que todos los ejércitos y todos los tigres afrieanos, hizo 
degollar al tierno niño, y lo mandó á sangre fria, para mengua 
eterna del principe mas indigno que haya nacido en España. Los 
soldados que coronaban el muro lanzaron gritos de dolor, sin po- 
der reprimir un espantoso alarido á vista de tan horrenda crueldad. 
Alarmado el gobernador dejó la mesa y enterándose del motivo por 
sus mismos ojos, encogiérase de hombros esclamando: cyo creía qo^ 
los moros asaltaban la plaza, pero ahora veo que me había equi- 
vocados Y sin demudarse su semblante, tomóse á mesa. Cnan- 
to empero , sufrirían aquellas almas heroicas de padre y madre, so- 
breponiéndose á si mismas para disimular sus desgarradores tormentos! 
No es ponderable cuanto creciese la fama de D. Alonso Pé- 
rez de Guzman con semejante inaudito suceso; voló lucida gente 
de Sevilla á facilitar el descerco; pero es de creer que, aun 



DB 8K\lLf.A. 411 

810 tales wxiKoB, k» moroa espantados de la grandeza de alm^ 
del gobernador de Tarifa, liubieránse decidido por la retirada 
como k) resolvieron después, llevando al África su ignominia y los 
remordimientos de su atrocísimo crimen el infame D. Juan, trai- 
dor maldito. 

El inconsolable don Alonso Peree de Guzman, después de reco- 
jer el cuerpo de aquel tierno mártir de su patriotismo; llamado por 
el rey pasé á Castilla, no sin recibir ¿ntes el mas honorífico de 
los autógrafos, donde, entre otras, se lee las frases siguientes: cSu- 
pimoB, y en mucho tuvimos dar la vuestra sangre, y ofrecer el 
vuestro prímojénito hijo por el nuestro servicio, y el de Dios de- 
lante, y por la vuestra honra, en lo cual imitasteis al padre Abra- 
ham, que por servir á Dios le daba el su hijo en sacrificio, y 
en lo al quisistes su semejante á la buena sangre onde, onde ve^ 
nistis, por lo cual merecistis ser llamado el Bueno, y asi os lo yo llamo, 
y os ilamaredes de aquí adelante, é á justo es, que el que face bon« 
dad, que tenga nombre de Bueno, &c. Su fecha de Alcalá de He- 
nares, á 2 de Enero de este Año.» (4295). En i de Abril hizo D. 
Sancho merced á don Alonso Pérez de Guzman el Bueno, de toda 
la tierra que costea la Andalucía, desde donde Guadalquivir de*, 
semboca en el Ctoéano, hasta donde Guadalete le tributa sus aguas, 
en que están las cuatro poblaciones de S. Lucar de Barrameda, 
Bota, Gbipiona y el Puerto de Santa Maria; diole también las Al- 
madrabas, pesca de los atunes, desde Guadiana hasta la costa 
del reino de Granada, cuyos privilegios espresan sus crecidos mé- 
ritos, con otros gloriosos timbres, que lo constituyen la mas ilustre 
y descollante notabilidad histórica de su época, proverbializada hasta 
nuestros dias como tipo del honor, del valor, del patriotismo y el 
Bom plus de la lealtad ^española y muy especialmente de ia no- 
bleza sevillana. 

Poco después de haber tenido el gusto de abrazar á tan es- 
clarecido servidor, y cuando se proponía acordarle mercedes mu- 
cho ipayores, finó el valiente principe don Sancho, antes de cum- 
plir los treinta y siete años de su hazañosa vida. 

En edad muy tierna sucedió á su padre el rey don Fernando 
IV, conocido en la historia por el ^nylozarfo; siendo sus tutores la reina 
viuda doña Maria, y ei Infante ám Enrique su tio, quien puso en 



k 1 i «LORIAS 

notable bonfasion y tiesconcierto las cosas públicas; lo eua! no nod 
atañe referir. Entre otros disturbios no fué pequeño el promoYtdo por 
él malvado Infante don Juan, que volvió de Granada, avivando sus 
no olvidadas pretensiones de reinar en Andalucía; oponiéndose con 
indignación Sevilla, á cuya defensa vino el siempre noble don Alon- 
so Pérez de Guzman, idolo del pueblo y del ejército. Con el bri- 
llante cargo de Adelantado mayor de la frontera, continuó prestan- 
do en Andalucía servicios de infinita trascendencia; tanto que Ga- 
ribay lo compara al célebre romano Quinto Fabio Máximo, quien con 
su pericia y su perseverancia logró salvar mas de una vez á la re- 
pública. 

Casi todos los caballeros que servían á las órdenes del Adelan- 
tado eran hijos de Sevilla, señalándose diariamente por notables proe- 
zas, que en gran conflicto ponían á los mahometanos granadinos. 
Años corrieron de sangrientas luchas, mezclándose no pocas intesti- 
nas reyertas, que no siempre pudo conjurar la innegable pruden- 
cia y superioridad política de doña María de Molina. 

Por fin salido de tutela el rey, cuya turbulenta minoría surjid 
fecunda en males infinitos, personóse con jubilo en Sevilla, otorgan- 
do mercedes y exenciones á la ciudad que mas lo había servido 
pródiga de su sangre y sus tesoros. Aquí permaneció bastante tiem- 
po, especialmente después de la reñidísima campaña de 1309, en 
que no fué posible apoderarse de Algeciras; si bien la gente de Se- 
villa á las ordenes del bravo don Alonso Pérez de Guzman había cer- 
cado y tomado á viva fuerza la muy importante plaza de Gibraltár. 
T este fué el último hecho de armas de aquel caudillo inmortali- 
zado en Tarifa; porque después de haber rendido á Gibraltár inter- 
nándose por la serranía de Gaucin en persecución de moros, mu- 
rió peleando heroicamente contra innumerables enemigos, sin que al 
verlo caer desmayasen los invencibles tercios sevillanos, que á cos- 
ta de prodigiosos esfuerzos consiguieron retirar su cadáver; El rey, 
la nación vistieron luto por Guzman el Bueno, llorándole muy par- 
ticularmente Sevilla. Vivió el inolvidable don Alonso Pérez 591 años 
y pocos meses, en que abarcara siglos de indecible mérito; dejan- 
do de su mujer doña María Alonso Coronel á don Juan Alonso de 
Guzman, que le sucediera en sus estados, con titulo de señor de San 
Lúcar; y á doña Isabel y doña Leonor de Guzman, casadas con don 



DE SEVltLA 1 1 3 

Fernán Pérez Ponce áe León, y de don Lqíb de la Cerda; y no le- 
gitima k doña Teresa Alonso de Guzman á (fuien la dígnisima viu- 
da dona María Alonso Coronel casó después con don Juan Ortega 
hijo del Almirante don Juan Mathe de Luna. 

Siguió la guerra con suceso varío, distinguiéndose siempre on to- 
das lides los bravos del concejo de Sevilla, la primera en llevar su 
pendón al servicio de los reyes contra la grey mnslimica debelado- 
ra. Femando lY. habitualmente enfermo, aunque brioso siempre y 
decidido á espulsar á los moros de sus últimos atrincheramientos, con 
la dificil toma de Granada (no rendida hasta 480 años después;) ha- 
llábase & la cabeza de su ejército en agosto de 4342, junto á la vi- 
lla de Martos, desde cuya famosa peña mandó precipitar á los dos 
célebres hermanos Juan Alonso y Pedro de Carvajal, caballeros de 
su mesnada, teniéndolos por reos del asesinato cometido en la per- 
sona de un tal Benavides. Aquellos infelices pidieron ser oidos en 
justicia, y negándoseles inhumanamente los términos juridicos para 
el descargo, citaron al Rey á comparecer dentro del breve é im- 
prorogable plazo de treinta días ante el indefectible tribunal del "Eterno. 
Y precisamente al cumplirse el trigésimo día y á la hora misma 
de la terrible citación, murió el rey en Jaén, á 7 de Setiembre; 
DO dejando duda de que acudía al emplazamiento, queriendo dar 
el juez supremo una lección severa á los monarcas que se preci- 
pitan en sus fallos, tratándose de la vida ó de la muerte de sus me- 
jores subditos. Asi los dicen las crónicas y los autores de mas no- 
ta, c4}mo son Mariana (que no peca de crédulo en demasia, pues su- 
po negar milagros,) Forreras, Colmenares y otros, 

La prematura muerte don Fernando IV, hizo pasar la corona á 
las sienes de su hijo don Alonso el Onceno, que escasamente con- 
taba un año y un mes de vida. Mas que ninguna ciudad lamentó 
Sevilla la temprana pérdida de aquel monarca, en cuyas fúnebres 
exequias quiso espender hasta tres mil doblas de oro, tanto por su 
innata leadtad, como por su singular amor al principe difunto, na- 
cido en ella, y que la habia honrado siempre con mercadisima pre- 
dilección y notoria benevolencia. 

Bien pronto suijieron los acostumbrados males que acarrean las 
minorías, por los varios competidores á la tutela. Debiasc ciertamen- 
te el gobierno á la esperimentada capacidad de la reina doña Má- 



1 H 6L0ftUS 

ría, abuela del rey; pero no le placía á doña Coufttanxa su niadre; 
y ambicionaban su parte en el maneio de los asuntos públicos los 
Infantes don Pedro y don Felipe; sin que faltasen algunas pobla- 
ciones andaluzas que siguiesen al infante don Juan. Pero ya he- 
mos dicho otras veces que no tenemos obligación ni propósito de his- 
toriar semejantes ocurrencias, largamente referidas en las historias 
de España. 

Lo principal de Castilla y León estaba por la anciana reina do- 
ña María, que apoyaba á su hijo el Infante don Pedro, cuya voz 
tomó Sevilla, solicitándolo el popularisimo don Juan Alonso de 
Guzmao, que ocupó el Alcázar por la reina hasta conseguir pre- 
valeciese esta, siendo nombrada tutora por las cortes, en compa* 
fila de dicho Infante. Vino entonces don Pedro á la ciudad de Hér- 
cules, afianzando en ella su partido y procurando atraer á su voz 
el resto de Andalucía. Continuábase la guerra con los moros, so- 
bresaliendo entre las huestes sevillanas el arzobispo don Fernando 
que sabia tan bien manejar la espada como rejir el báculo pastoral; D« 
Juan Alonso de Guzman, don Pedro Ponce de León, Ruy Diaz de 
Bojas y utros muchos hijos, de este privilegiado suelo. Secundaba 
al ejército de tierra, la poderosa armada prevenida en Sevilla, á 
cargo del Almirante don Alonso lufre Tenorio, recorríendo las costas 
de África, y hostilizando á los indígenas con repentinos desembarcos. 

También se distinguió notablemente la fuerza sevillana en la 
dolorosa catástrofe ocurrida algunos años después, el de 4349, al 
entrar por la vega de Grwada los Infantes D. Pedro y D. Juan 
que murieron en un mismo dia 25 de Junio, siendo lo mas par- 
ticular y peregrino de tan sensible caso, el no haber recibido ni 
uno ni oüro la menor herida de los contrarios. Y asi se cree ge- 
neralmente que á D. Pedro lo mató el cansancio por haberse batido como 
un León en retirada de las mas sangrientas; y á don Juan lo hizo 
racumbir el sentimiento inopinadamente orijinado por tan infausta 
nueva. Lo cierto es que el pendón de Sevilla, á cargo de su ar- 
jsolNspo y de su jente, impuso á la morisma granadina, logrando 
retirar con honra y gloría, que también se conquista en los de- 
sastres, tal vez con mas justida que en los triunfos, cuando el va- 
Uht y la presencia de ánimo salvan de su deiTota á los campeones, 
por contrarios sin número circuidos. 



DE SEVILLA M'i 

Despoés de aquel desastre eobreviiúeron lamentableB dificordias 
especialHiente en el año de 4*22, que fué muy azaroso para Se- 
villa, fc cuyos vecinos tenían en perpetuas zozobras é inquietudes 
las disidencias entre familias principales. Jefes ilustres de opulentas 
casas, mas de una vez en declarada guerra, hicieron por precisión 
teatro de sus riTalidades á la ciudad mas noble y generosa. Cre- 
cieron los disturbios con la sentida muerte de la reina doña María, 
matrona respetable, enérgica y sUiia, de la cual dijo bien el docto 
Colmenares: reinó con m marido don Sancho, peleó por su hijo 
don Femando, y padeció por su nieto D. Alonso, clarísimo ejemplo 
de matronas en todos estados, fortunas y siglos.» Breve, pero bien 
ponderado elogio, afiade Zuñiga. Pero aunque la pérdida de tan 
elevada Señora hizo temer llegasen k lo sumo las públicas desgra- 
cias; pronto se echó de ver para consuelo que el valor y la cor- 
dura del rey se anticipaban á sus pocos años. Confirmó á Sevilla 
todos sus privilegios y eienoiones, encargando su observancia al 
Adelantado mayor de estas fronteras, y prorogó por cartas ploma- 
das las concesiones de la saca del pan, entrada del vino, y otras 
análogas, no sin honorífica ponderación de la lealtad y servicios que 
premiaba con ellas. Llegó el rey á Sevilla en 4 327, donde fué re- 
cibido con tal magnificencia, que los caballeros castellanos de su 
corte y séquito decian: quien no vio á SmUa no nió íMíratiUú. Y de 
entonces data igualmente el vulgarísimo adagio: á quien Dioe quito 
Uen, en Sevüla le dio de comer. Estremadas fueron las galas; hubo 
m&scaras, representaciones, arcos triunfales, fiestas de á pié y á 
cdmllo, como especie de justas 6 torneos, juegos que á la sazón 
llamaban bojordos de espada y kmza^ y eran sobremanera vistosos, 
entretenidos, marciales. cEstiÁm la ciudad (dice el analista) en gran- 
dísima opulencia, llena de nobleza y llena de pueblo; con la fer- 
tilidad de los campos, y con la ayuda del comercio de las naciCH 
nes esiranjeras, abundante y rica.» De aqui partió don Alonso el 
Onceno á debelar ejércitos de moros, llevándose la flor de los guer- 
reres hispalenses, entre ellos los Guzmanes, PoAces de León, Yañez 
de Mendoza, Gutiérrez de Tello, González de Medina, Fernandez 
Coronel, Díaz de Rojas, Henríquez y otros muchos, que le ayuda- 
ron á tomar la bien defendida plaza de Olvera, trofeo de su pri- 
mera campaña. Vuelto á Sevilla, enamoróse perdidamente de dota 



116 GLOHUS 

Leonor de Grmman, flevillana nobilisíma, de tan aventajada y des- 
lumbradora belleza, qu^, como dice la clónica: cera en hermosura 
la mas apuesta mujer que había en el reino.» Y aunque poco tiem- 
po después contrajo el rey matrimonio con doña Haría, hija de don 
Dionis de Portugal, fué por razón de Eslado, que, lejos de entibíai*, 
acrecentó el amor primero cuya llama había de durar ínestiaguiUe 
tanto como la vida del monarca. Si doña Leonor no fué reina en 
el nombre, como seguramente merecía, fuélo en ol poder, de que 
usó siempre blanda y comedida; pues de tal suorte había cautivado 
la regia voluntad con su discreta y cariñosa correspondencia, que 
no hay memoria de mas finos amores, á estos comparables. Frutos 
de uni(m tan intima seis hijos: doq Pedro, don Sancho; don Hen* 
rique y don Fadrique, mellizos; don Fernando y don Tello. El 
destino reservaba al tercero la corona de España, al cuarto, em- 
pero, un hórrido verdugo, como también á su infelíce madre. 

Ko por estos amores descuidaba el activo don Alonso la dirección 
de los asuntos públicos, ni menos las empresas contra moros. Como 
legislador había dado un escelente ordenamiento á Sevilla, que le 
debe casi toda la serie de su gobierno, y sus mas acertadas forma- 
lidades en el proceder de sus justicias y tribunales. Como batalla- 
dor en defensa de la nacionalidad, quizá ningún monarca se ele- 
vó á su altura. Baste decir que fué el héroe de la batalla del Sa- 
lado, cuya celebridad pudo ser tan funesta para los cristianos como 
la de Guadalete, si no la deparase gloriosísima aquel imperturba- 
ble sobersuDo. Todas las crónicas, todos los historiadores están con- 
testes en reconocer que jamás se vio ni se verá en España tal mu- 
chedumbre de moros, frisando en el número de quinientos mil, co- 
mo la que se reunió para inundar la Andalucía y ahogar de una vez 
á la nación católica mas grande y mas envidiada del Universo. Uni- 
dos los reyes de Granada y Marruecos, habían jurado el esterminio 
de los cristianos en venganza de la muerte de Abomelic, á cuya der- 
rota contribuyeron poderosamente los invencibles hijos de Sevilla. 
Ciento cincuenta y tantos días consecutivos invirtieron los moros en 
trasportar á España hombres, caballos, armas y pertrechos de todo 
género, hasta formar el poi:tentoso ejército á que aludimos, fuerte 
de cuatrocientos veinte mil infantes y ochenta núl caballos, número 
bastante á ocupar militarmente todas las p(4)lacione8 andaluzas; 



DE SEVILLA. H7 

eon el eoftl padieron sitio á Tarifa, defendida por Juan Alonso de Be- 
natides, el 23 de Setiembre de 1340. Hé aqui el acontecimiento mas 
toterennie y trascendental de que hay memoria en los históricos ana- 
les, pues á consecuencia de él quedó resuelta la gran cuestión de 
Yida ó iMerte para la nacionalidad española, con el definitivo trían-- 
fo del catolicismo, levantando sus cruces salvadoras sobre las medias 
limas africanas!. 

Sostúvose Tarifa á todo trance, sobresaliendo en su desesperada 
resistencia el femoso Rui López de Ribera, insigne caballero sevilla- 
no. Halló el rey medios de hacer saber á los sitiados, que muy pron- 
to serían socorridos. Pero entonces ocurrió una fatalidad, que paré- 
ela precursora de inminente óatastrófe. La armada cristiana, cu- 
yo t^udillo era don Alonso Ortiz Calderón, fué deshecha por un tem- 
poral horiporoso, sumergiéndose algunos vasos, dispersándose otros, y 
ahogándose lo mas lucido, apuesto y valeroso de la española marina. 
Los moros atronaron & Tarifo con los gritos de júbilo lanzados des- 
de el inmensurable campamento. La plaza, sin embargo, continuó re- 
sistiéndose, como resuelta á sepultarse entre sus ruinas. B. Alonso 
el Onceno, lejos de acobardarse, activó los preparativos sin descan- 
so. El Rey de Portugal vino en su ayuda. Reunidas ambas huestes, 
hispana y lusitana, compuestas á lo sumo de veinticinco mil infan- 
tes y catorce mil caballos, en todo, treinta y nueve mil hombres; lle- 
garon junto á la peña del Ciervo, entre Jerez y Tarifa, adonde tam- 
bién se aproitmaban los moros, que creían imposible ser deshechos 
por tan escasas fuerzas, y aun el que estas resistiesen mucho tiempo 
al vigoroso empuje de sus innumerables batallones. 

Amaneció el memorable dia 28 de Octubre de 4 340 (era 1378,) 
ordenándose con so aventajada pericia el reducido ejército cristiano, 
en coya vanguardia sobresalía, como siempre, el glorioso pendón de 
Sevilla, llevado por su Alguacil mayor don Alonso Fernandez Conn 
nel, asistido de todos sus veinticuatros, según la patriótica costumbre 
de aquellos tiempos de acendrado honor. Ño es decible cuanto con- 
tribuyese la brillante columna sevillana á la mas famosa y deciMva 
victoria, qoe hayan obtenido las nacionales armas, solo comparable 
(si caben términos h&biles) con la de las Navas de Toloso, donde 
(Mro Alonso perínclito, octavo del regio nombre, supo conquistar la 

de los héroes. 

16 



118 GLORIAS 

Antes (le principiarse la batalla, oyeron misa los reyes y comal- 
garon por mano del arzobispo don Gil de Albornoz. Diferentes pre- 
lados recorrieron las filas exhortando á la tropa y ofreciendo indol- 
gencias. Trabóse luego la espantable lucha con igual furor é ímpe- 
tu por ambas partes, siendo el plan de los contrarios cercar entera- 
mente á los nuestros. Pero don Alonso, que á todo atendia, bacieu- 
do veces de soldado impertérrito hasta rayar en temerario, de gene- 
ral consumado y espertisimo, de principe invencible y al parecer in- 
vulnerable, frustraba á cada instante los intentos del moro, arroján- 
dose dende era mayor el peligro con muchos caballeros, entre ellos 
no pocos sevdlanos, y poniendo siempre en desordenada fuga á los ene- 
migos por cualquier punto que acometía. Imitábalo como bueno el ani- 
moso rey de Lusitania, que al frente del ala izquierda, con la flor 
y nata de los caballeros portugueses, tuvo la gloria y la dicha, de 
arrollar la derecha contraria, dirigida por el monarca granadino, 
quien no pudo rehacerla, á pesar de multiplicados esfuerzos, para 
conseguirlo. Hubo un momento de indecisión suprema, como en la 
mayor parte de las lides, y casi llegaron á creerse cortados loa 
cristianos; pues como era inmenso el número de los moros, entra* 
ban continuamente las reservas suyas agotadas ya completamente 
las de los católicos. Entonces don Alonso alzándose sobre los estri- 
bos, esclamó con voz atronadora: cadelante, adelante! No hay mas 
alternativa que triunfar, ó ser todos pasados á cuchillo! Hoy se 
salvan la patria y la religión, ó sucumben perdidas para siempre! 
La existencia de nuestras familias depende ya del éxito de esta ba- 
talla* Santiago por nosotros, cierra España!» Dijo, y lanzándose en 
lo mas recio y empeñado del combate, hizo tales proezas, que pa- 
recía un semidiós irresistible. Sus mágicos acentois electrizaron á 
todos los cristianos, cuyo valor menudeó prodigios, nadando en san- 
gre mora nuestras filas. Desde entonces 'solo fué el combate una 
espantosa carnicería cuyas víctimas eran los agarenos, una matan- 
za general de estos, cuyos cadáveres hacen subir los historiadores 
al increíble número de doscientos mil; lo cual creemos hiperbólico, 
por no decir ridículo. Sin embargo, á Ortiz de Zúñiga, sevillano 
ilustrado, no le parece exagerado el número, antes muy al contra- 
rio, puesto que en sus anales ha escrito las palabras siguientes: 
cpocos de los cristianos murieron: pero al hierro vencedor tributa- 



BEftEVlLLá 419 

ron las vidas mas de doscientos mil moros, los presos otro número 
crecido, entre ellos muchos de cuenta, principes, hijos de reyes de 
África, con Fátima, hija del rey de Túnez, y mujer del de Mar- 
roecoB, con algunos hijos suyos, y de otros mahometanos principa- 
les; y atin hubiera sido mayor el destrozo y el derramamiento de 
sangre (¿le parece al señor Zúñiga, que derramarían poca todavía 
las doscientas mil cabezas y pico?) si la riqueza del robo no detu- 
viera á los vencedores.» Por respeto á la humanidad, y en obse- 
qoio de la civilización, quisiéramos que no se estamparan semejan- 
tes eiageraciones históricas; pero no podemos prescindir de citarlas 
cuando dicen lo mismo sobre la materia diferentes autores, por 
ejemplo; Zurita, Colmenares, Florez, Mariana, Perreras y otros, sin 
contar con el testo de la crónica, ni con algunas ampulosas relacio^ 
nes conservadas en manuscritos inéditos. 

cEsta es la célebre batalla del Salado (añade Zúñiga), que jus- 
laraenle se tiene por milagrosa, por imposible al poder humano, en 
tanta dengualdad de fuerzas, pero en que pelearon los cristianos to- 
dos eoa valentía imponderable: de Sevilla no quedó persona noble, 
capaz de manejar las armas, que no se hallase con los Ricos Ornes 
y Magnates, el arzobispo don Juan, don Juan Alonso de Guzman, se- 
ñor de San Lúcar, don Juan Alonso de la Cerda, señor de Gibra- 
león, don Juan de la Cerda el mozo su sobrino, hijo de don Luis 
de la Cerda, que al presente me persuado que estaba en Francia, 
porque no lo nombra la crónica, don Pedro Ponce de León, señor de 
Marchena, don Enrique Anríquez, que era caudillo mayor del obis- 
pado de Jaén, don Alonso Fernandez Coronel, Alguacil mayor; que 
llevó el pendón de esta ciudad con todos sus veinticuatros, sin cu- 
ya asistencia nütaca salia, y de cuyo número Guillen y Bartolomé de 
las Casas, Nicolás Martínez deMedma, Guillen Alfonso deVillafran- 
ca, Pedro Fernandez de Marmolejo, Juan Ortiz, Gonzalo Martínez de 
Medina, Luis de Monsalve , Garci Gutiérrez Tello, Alvar Diaz de Men* 
doza, Juan Garcia de Saavedra y Juan Fernandez de Mendoza 
Alcaldes mayores, que son los que por escrituras hé podido des- 
cubrir, de los muchos que se deducen, que tienen por testigo al 
Rey mismo con generalidad en sus privilegios á la ciudad. i» 

Hemos copiado esos nombres dignos de pasar á la posteridad, 
aunque no podamos eslendernos mucho en tan reducida obra, para 



i 20 CL0BU3 

que 88 vea como se batian los beróioo^ hijo6 y la esf^id^roM mti- 
uicipalídad de Sevilla, á cuyas glorias añadimos los iaolvidablee re- 
cuerdos y los áuricos laureles de la batalla del Salado, <(oe le con- 
firmaroa con merecidos elogios los dos monarcas vencedores al re- 
gresar triunfantes con solemnísimo aparato, encanúnáodose desde lue- 
go á su grandiosa Catedral para dar rendidas gracias al único poder 
inderrocable qu<^ da ó niega á los reyes la victoriaB? 

En todas las empresas que acometió el bizarro don AIodbo Ooomk) 
durante los diez años trascurridos desde la gran batalla del Salado, 
supieron ayudarle los sevillanos esponíendo sus bienes y sus vidas. Bl 
pendón de esta ciudad ondeó triunfante en muchas partes, esj^eotal^ 
mente sobre los muros de Algeciras, plaza entonces de primer orden, 
cuyo sitio duró cerca de veinte meses; lo cual sobra para dar una 
¡dea de su fortaleza como igualmente del número y bizarría de sus 
defensores. Ko menos importante la posesión de Gibraltar, hacíase 
urjentisima su reconquista, como llave del Mediterráneo, quitando á 
si á los moros de África todo baluarte protector en que apoyar sus 
continuas espediciones á las costas hispánicas. Sobre esta plaza, y 
combatiéndola esforzadamente, halló á D. Alonso el año de 4350, 
último de su vida;|len cuyo cerco le asistía como siempre, el pen- 
dón y Concejo de Sevilla, con regulares tropas de infantería y ca- 
ballería. Defendíase la plaza con obstinación: pero sin duda bubié- 
rase rendido, á no venir en su socorro, invadiendo el camipo de los 
sitiadores, la terrible epidemia que continuaba diezmando á los pue- 
blos de Europa, desde 4348, época en que murieron muchas perso- 
nas ilustres. Constante el Rey en todos sus propósitos, ni á desistir 
del asedio, ni á retirar su persona pudo ser persuadido; creía triun«* 
far al cabo, á|'fuerza de perseverancia, como en Algeciras le aoon-* 
teciera. Pri\ole, empero, de la vida golpe fatal para España, un 
Viernes Santo á 26 de Marzo, con inesplicable sentimiento del país, 
y con respetuoso silencio por parte de los moros de la sitiada plaza. 
Su cadáver conducido con marcial pompa por su ejército en retirada, 
fué depositado en la Catedral de Sevilla. £1 único hijo legítimo que 
dejaba, era don Pedro, que fué aclamado primero de Castilla á los 
diez y seis años de su edad, y que, calumniosamente proverbiali- 
zado como el Nerón español, bien merece capitulo aparte, siquiera 
por el especialisimo afecto que le debió la población sevillana. 



CAPITULO XIU. 



D. Pedro el JusUciero. 




'¿^ vsde la tierna intancia bemoe oído deprimir 
; ¿ don Pedro de Castilla, como un verdugo 
^y^ coronado, que mataba í sa antojo ó por ca- 
¡¿y^ prtcho, confiscando k» bienes de sna victimas, 
I enriqueciéodoae k ooeta de crímenes y de la 
mina de machas familias. ContU)anno8 hor- 
rang de aqad moiarca, terror de nuestra niñez, que nos hadan 
eiecrar au memoria, asomando á la imaginaeion cual sangriento 
(ánlasma de hornpilantes formas. Andando el tiempo, cuando ya 
éránMH jóvenes, no faltaron despreocupadas perwnaa que, si bien 
reoonoeian imperdonaMcs diferentes acciones de aquel principe, to- 
davía noe probanm que no era tan culpable como lo {«ntaban in- 
verases crooislas; y qne Madios de sus errores hablan sido efecim 
de la aecesidad, ó de una espede de invonoible btaliono enear- 



lii GLonus 

I 

gado de ponerle delante casi siempre \ic timas espiatorias de propios 
ó de ajenos deslices. Luego que fuimos hombres, rayando en lo me- 
jor de la virilidad, pareciónos \er en don Pedro un rey demócrata, 
digámoslo asi, amparador constante de los pueblos, que para hacer 
justicia á sus vasallos duramente oprimidos por los feudales déspotas 
de entonces, tenia que habérselas con una aristocracia turbulenta, 
armada y pronta siempre á revelarse para satisfacer sus ambiciones; 
con una clerecia poderosa, opulenta, insaciable, acostumbrada á do- 
minar en los campamentos, á ensangrentarse en los vencidos, á en- 
riquecerse por cualquier medio, incluso el mismo escándalo, y fana- 
tizar á las turbas con la retrospectiva divulgación de mentidos pro- 
digios en nunca limitado fraguamiento. 

Tal era nuestra opinión antes de leer la obra del erudito juris- 
consulto y publicista Montoto, titulada: cHistoria del reinado de D. 
Pedro I de Castilla:» cuyo moderno autor contemporáneo, arrostrando 
sereno preocupaciones de siglos, vino á robustecernos en la idea de 
(|ue, si bien el principe citado no dejó de cometer algunos desa- 
ciertos, donde las circunstancias influyeron acaso tanto como sus pro- 
vocadas pasiones y la viveza de su irritable temperamento; mereció 
no obstante el dictado de Justiciero en la mayor parte de sus hechos. 
Y en prueba de lo que aseveramos, permítasenos reproducir algunos 
trozos de la magnifica Introducción redactada por el señor Montoto, 
como especie de prólogo á su historia. 

a:No inventaremos (dice) nuevos hechos, ni omitiremos tampoco 
los que otros han referido; pero los presentaremos sin desfigurarlos, 
y bajo el verdadero punto de vista que en nupstro juicio les co- 
rresponde. No nos hemos propuesto el canonizar todas las acciones 
de don Pedro, que estuvo muy lejos de ser un santo; pero espera- 
mos hacer v^ que si so mereció este renombre, tampoco hay razón 
para aplicarle los dictados de Cruel, Nerón de la edad media, Gua- 
daña coronada y otros semejantes, que tanto se le han prodi-- 
gado. 

cEscribiendo Ayala la crónica del rey don Pedro, por orden de 
don Enrique el Bastardo, ó de los inmediatos sucesores de este, es pre- 
ciso olvidarse de todas las reglas de la critica para suponerle im- 
parcial. Si de alguna manma hablan de quedar disculpadas las trai- 
cioiies de D. Enrique y demás rebeldes, que no dejaron á don Pedro 



DE SEVILLA . 4 23 

an momento de repeso: si la usarpacioA del trono, despaes de ano 
de los crimenes mas atroces, no había de legar á la posteridad ooo 
el carácter mas odioso la memoria no solo del usurpador, sino también 
de los qne le ayudaron á arrebatar nn cetro qne jamás debiera enr- 
poñar, preciso era presentar á D. Pedro, como el hombre mas ti- 
rano y feroz hidrópico de sangre humana, y tan abominable en todo, 
qae apareciese justificado cuanto con el hicieron, y como muy bien 
merecido el desastroso fin que tuto. Para esto como si lo permitir 
que se dijera cosa alguna en contra de sus aserciones, no fuese 
bástante para lograr el fin que se propusieron, juzgaron necesario que 
los Astrólogos creyesen claramente en las estreUas la suerte que k 
don Pedro tenia reservada el Ser Supremo, que lo anunciase un Án- 
gel, vestido de pastor, y lo supiese por revelación divina un clérigD 
de Sto. Domingo de la Calzada. D. Pedro Lop^ de Ayala no podía 
8obrep(merse á las circunstancias. Por mas que la razón le dijese que 
el rey D. Pedro merecía ser alabado en algunas cosas, y disculpado 
en mochísimas, no estaba en su arbitrio hacerle justicia contra la 
eipfesa voluntad de sus amos. Esto, aun suponiendo las mejores i»* 
tenciones en aqpd cronista, y haciéndole tan generoso y tan caba«- 
llero, C0610 dicen fué. Pasó Ayala al servicio de D. Enrique el 
Bastardo, abandonando el don Pedro, que se cree le dio por traidor, y 
que> sin embargo, habiéndolo cogido prisionero en la batella de Ná^ 
jera, le perdonó y puso en libertad. ]> 

Con esta imparcialidad y clara lógica discurre el entendido se- 
ñor Montoto, veraz, exacto, é ilustradamente critico en toda su obra, 
que recomendamos ,á nuestros lectores, si quieren formar aproxi- 
mada idea del carácter de don Pedro. Plácenos ver al hombre con- 
cienzadO) estudioso y filósofo disipar con sus luces las tinieblas del 
error y asi no creemos se atribuya á lisonja la fundada alabanza 
que merece el aventajado telento de aquel joven historiógrafo. 

Refiriéndonos como siempre á Sevilla, hallamos que ningún mo- 
narca la distinguió y amó tanto como el fogoso don Pedro. Aun- 
que ao era hijo de este ciudad, pues habia nacido en Burgos á 30 
de Agosto de 4334, la prefirió constentemente á todas las de sus 
reinen y procuró embellecerla por todos los medios imaginables; 
mandando también renovar gran parte áeA antiguo palacio de Ab- 
dalásis; obra magpa y espléndida en que se invirtieron considera- 



424 GLORIAS 

bleB samas durante él largo periodo de doce aSos. En ese alcázar 
magnifico tuyo por mucho tiempo priTilegiada estancia y residencia 
el dulce objeto de todas las complacencias dei rey, la hermosa y 
benéfica sevillana, doña María de Padilla, ánica dama que fijar pudo 
invariablemente el veleidoso instinto de aquel principe, harto enamo* 
Tdám y fácil en rendirse á los seductores atractivos del bello sexo. 
Asi fué que nunca la olvido aun eñ medio de sus frecuentes infide- 
lidades, llorándola inconsolablemente algunos afios después, cuando 
finara, y declarando en plenas cortes que había sido su esposa, con 
el mas solemne reconocimiento y legitimación de los varios frutos 
procreados en el clandestino matrimonio. 

Durante los pocos ratos de tranquilidad y sosiego, que concedían 
al monarca las continuas turbulencias de stts reinos, cifraba sus es- 
peranzas y hallaba sus delicias en regresar á Sevflla, donde con 
mano pródiga derramando mercedes, no siempre recogía cosecha de 
ingratitudes. 

Numerosas eran las liberalidades del joven principe particular^ 
iBente en favor de los necesitados. También daba mucho á las Igle- 
sias y á los conventos pobres. No aborrecía á el clero, como qui- 
sieron achacarie, sino á los malos sacerdotesw En prueba de su pie- 
dad véase lo que dice el Señor conde de la Roca, «traia hecho tes- 
tamento anos antes de su muerte, por donde consta que no vivia 
descuidado de los socorros del alma. Fundó en Sevilla una insigne 
capilla á la cual enriqueció de ornamentos; para las obras le San Sal- 
vador, cerca de Navamorquende, de S. Pablo, S* Francisco, La Tri- 
nidad, de S. Agustín, de ia merced de Sevilla, y al convento de 
Guadalupe hixo libres donaciones: dotó doce capellanias que 
continuamente sufragasen su alma y suntuosos aniversarios con opu- 
lenta porción para todas las religiones: mandó cien mil doblas para 
redimir cautivos, cuidó de dar satisfacción 4 muchos lugares, á los 
que debió de reoonocer algún cargo, y entre 4iferénteft criados do- 
mésticos y sus hqas repartió asaz considerable cantidad, con orden 
de que les diesen estado de matrimonio ó relíjion. También ftiuM 
en TordesUlas el convento de santo Clara, y dotó largamente el sus- 
tento de ochenta nonjas y doce relijíosos destinados al confesonario 
y el pulpito; y es harto testimonio de que este infeliz principe, sí 
casti ga ba á algunos era por fuerza, y no por naturaleza, pues á los 



de quien u luilaLa GelioeDte servido, do solo los premiaba en vida, 
pero los eacargaba á so heredero en muerle. 

Puede dar idea mas sublime de la eBccLencla de su alma on 
joven soberano, qae bacfr no testamento tan piadoso en lo man 
florido de su juvealnd sinlióae lleno de robustez y de vida, cuando 
le sonríe porvenir inmenso, viéndolo todo de color de rosa. 

A) tender una mirada retro^)ectiva sobre la historia de este príii' 




Don Pedro prfmero A» Cuslllln. 



420 GLOBfAS , 

cipe, desde luego se nos presentan mochos interesantes fa^os, qa^ 
comunican á su regia fisonomía cierto carácter tipieo de peregrina 
singularidad. Tales son las varias medidas que tomó en diversos asun- 
tos para esclarecer la verdad y administrar justicia seca, con rec* 
titad inflexible, sin aceptación de personas. El último pechero, el 
vasallo mas pobre, el mas desamparado y desvalido podia llegar 
reclamando hasta los pies del joven soberano quien oyéndolo bené- 
bolo con la afabilidad de un tierno padre, daba luego segura y sa- 
biamente satisfacción cumplida & la demanda. Eran entonces in- 
numerables las quejas de los pueblos contra sus nunca satisfechos 
esplotadores; y eran también sin número las reparadoras providen- 
cias por el severo principe dictadas. De aqui los muchos descon- 
tentos, que diariamente sorjian entre las clases poderosas; y de 
aquí los imprescindibles castigos k consecuencia decretados. Algunos 
de estos presenció Sevilla; pero tampoco escasearon en ella los per- 
dones, sin que respecto de otras partes aprovechasen gran cosa; 
pues entraba en el destino, de D. Pedro que sos hermanos bastar- 
dos y los mochísimos nobles tantas veces acogidos k so real clemen- 
cia, tornaran presto á revelarse en coanto hallaban ocasión propicia; 
como el qoe se acoje á indolto, porqoe no poede hacer otra cosa, sí 
bien con ánimo resoelto de volver, en so día & declararse contra el 
que generoso le perdona. 

No faltaron, empero, sevillanos leales que ayudasen al rey en 
sus empresas, ya contra las facciones, ya en la guerra de Aragón 
á cuyo soberano hubiérale costado la corona, sí no abrigase á la sa- 
zón Castilla tantos viles traidores de alto rango. Sevilla en diferen- 
tes ocasiones facilitó & D. Pedro poderosas armadas llenas de inme- 
jorables guerreros que dieron á su patria días de gloria, fieles siem- 
pre al caodillo coronado. Él mismo en fieras lides los mandara, qoe 
jamás le arredró temor algono, distríboyendo premios entre todos; 
como testigos de sos grandes hechos. Por eso tovo. constantemente la 
mas absolota confianza en los valerosos hispalenses, habiendo poesto 
á inestimable proeba so arrojo y lealtaé. No le faltó Ma ni aon en 
largas aosencias qoe de la capital hizo; y en proeba de ello basta- 
rá recordar qoe el ooncejo de Sevilla se arma y salió á campana 
contra so mismo Algoacil mayor don Joan de la Cerda, señor de Gi- 
braleon, rebelde contra so rey^ lo cual refiere Zúñiga de este modo: 



M SEVILLA. 427 

tpero el Cerda mad atreirídd; se enGastiUó en GibraleoB* de que era 
Seior, y no solo para defenderse, nao aun para ofender oonvocaba 
gente, hasta que salié en sa centra el concejo y pendón de Sevilla, 
con oí señor de Marehena Don Jaan Ponce de León, y el Almirante 
Micer Egídk) Boeanegca, y. peleando entre las villas de Voleas y Trí«* 
gneros, faé vencido y traido prisionero á la torre del Oro, según se lee 
en memoria da aqneUos tiempos; esta vez peleó el poidon de Sevi- 
lla contra sn alguaeil mayor, que era don Joan de la Cerda.» Este 
caballero, oonio era natnml y consigoiente á su reMion, pagó con 
su cabera la en(Hr0iidad del atentado. Famosa por mas de nn concep- 
to es la torre del Oro, donde ocarrió esta desgracia; y donde po^ 
co tiempo después, estuvo aposentada la hermosa Sefiora de Alvar 
Pérez de Gozman, dona Aldonza Coronel, cuñada del Cerda, qoe vi^ 
niendo á petfir indulto para m esposo, á la sazón emigrado, desloma 
bró con su belleza al único dispensador de tales gracias. Parece que 
al principio nesistiaae, como de su hermana se cuenta; mas luego 
cetttó rendida i los halagos de seductor tan poderoso, olvidando la 
honra de eu marido en los brasos del gallardo monarca. Sensible 
pero frecuente achaque, común al frágil sexo, si ya no le es habi- 
tnal é intrínseco; y sea dicho por vía de generalidad harto nolo^ 
ría, sin ánimo de agraviar ni zaherir á determinadas individua- 
lidades. 

No menos famoso el Alcázar, antes infinitamente mas fecundo en 
sucesos histlKcos, conserva de aquel tiempo una memoria algo de- 
nigrativa para la de D. Pedro. HabUimos de la muerte de D. Fa- 
drique, Miíestre de Santiago, justificada en parte por sus varias trai- 
ciones y por su adiftterino comercio con la infeliz doña Blanca. Le- 
joB, muy lejos de nosotros el ruin pensamiento de mancillar en lo 
mas minímo la repotacimí de una señora tan desventurada cmno be- 
tta, pero cuando leemos en graves aptores la causa principal dé 
hatería aborrecido para siempre D. Pedro, á pesar, de sus gra- 
eiaa y atractivos par la casi tangible consecuencia de sus amores 
eon el Maestre, que la acompañó desde la raya de Francia, unos 
tres meses antes del regio matrimonio; cuando eso y algo mas leAmos 
nada tiene de estrano que nnestra oscura pluma reproduzca 
lo que otras muy brillantes y autorizadas consignaron. Entre ellas 
figqra la di'l circunspecto y mesurado analista Orliz do Zúñi- 



i 28 «LORIAS 

ga (prescindiendo de su lijereza en admitir ciertos ridiculos tní-- 
Jagros y hasta superticiosas tradiciones, acerca de las cuales se 
permite tildar de incrédulo al docto padre Mariana.) Y para que 
no se nos tache de lijeros insertaremos el mismo irrrecusable tes- 
to de dicho analista, tomando del libro IX, pajina 205, de su 
obra. Dice asi. 

£1 maestre de Santiago D. Fadrique, hermano entero y melN- 
zo del rey don Enrique II, tuTo á D. Alonso, que por su tio el 
rey usó el patronímico Henriquez, en la reina doña Blanca de 
Borbon, culpa que ya es público en historiadores y genealogistas, 
haber sido causa de la muerte de ambos, que con menos publici- 
dad no osara referir mi pluma: fió la reina el efecto de su de- 
lito á Alonso Orliz, caballero sevillano, camarero y valido del Maes- 
tre, que. tomando el niño con secreto, lo llevó á criar á la villa 
de Llerena, dominio de la órdeu de Santiago, donde lo dio k criar 
á una judia casada, que llamaban la paloma. Sigue Zúñiga hablando 
de tan peregrino suceso en los términos mas esplicitos del mundo; 
después como argumento de inducion genealógica, cita varias per- 
sonas muy notables de la descendencia del D. Alonso Henriquez, 
hasta sacar vastago ilustre de su esclarecido tronco á don Pedro 
Henriquez, adelantado mayor de Andalucía, progenitor por varonía 
de los Duques de Alcalá, y marqueses de YilUanueva del Rio. 

Cuando hombres tan graves y sesudos, aseveran tales cosas, 
bien podemos reproducirlas nosotros, volviendo por It honra del 
mas calumniado de los principes, á quien no solo llamaron fratri- 
cida, sino verdugo de su misma esposa. Es de advertir que los muy 
virtuosos y ejemplares obispos de Avila y Salamanca, declararon, 
á instancias de don Pedro, nulo su matrimonio con aquella prin* 
cesa, mediando entre otras razones las que el decoro nos impide 
aducir, asi como también por decoro hemos dejado de estampar ti>- 
do lo que dice el mismo Zúñiga. Desmienten sin embargo la cul- 
pabilidad de doña Blanca respetables autores, como Ferreras, Flores, 
y el Padre Mariana, lo cual á fuer de imparciales consignamos^ 
aunque no hallemos fuerza en sus argucias. 

Resulta que la vida del siempre engañado monarca fué un te- 
jido de infortunios, una cadena de eslabonados sinsabores, una se- 
rie fatal de calamidades, contratiempos,, luchas y fatigas, reprí- 



D8 SEVILLA 420 

mlendo fün cedar conspiraciones, perdonando á ingratos, castigando 
y Téngandose, como no podia menos de bacilo, por que nada 
tiene de eslraño que fascine, & los hombres la venganza, cuando es- 
ta pasión, según el principe de los poetas, es el placer de k6 
dioses.» Y no necesitamos acudir á la mitología para vigorizar esa 
sentencia; toda vez que en la Biblia sc^ran ejemplos de venganzas 
terribles ejecutadas por orden del altísimo, que costaron la vida 
á muchos centenares de miles de personas. Aquellas tremebundas 
puniciones banse considerado como efectos de la divina justicia; 
¿porqué, pues, los castigos de don Pedro no han de censiderarae 
como efectos de la justicia humana? Tamlúen su padre mereció 
los diciados de vengador y justiciero; no sabemos los que habría 
merecido el gran Alonso XI, sí su progenitor Femando iV le hubie- 
ra dejado reconocidos como poderosos magnates, algunos bastardos 
del genio y temple de sus hijos no legitimos, infatigables pertur- 
badores del orden público, que por todas las vias imajinables mi- 
naron el reposo del infeliz D. Pedro quien nunca en paz rijiera 

sus dominios. 

Bien podemos establecer como verdad satisfactoria, cuya eviden- 

ciacion surje de suyo paladina é inconcusa, que los únicos dias 
gratos en la breve carrera de aquel monarca, fueron los siempre 
hermosos de su residencia en Sevilla. Y jamás sus enemigos hu- 
bieran conseguido enajenarle las simpatías de esta ilustrada pobla- 
ción, si él tuviese cuidado de justificar las ejecuciones mas rui- 
dosas, haciendo públicos los motivos, en lo que no pensó, tal vez 
como seguro de la razón, que le asistia. No quiere esto decir que 
en manera alguna aprobemos su modo de vengarse, antes nos pa- 
rece bárbaramente despótico; pues por muy criminal que un hom- 
bre sea, debe siempre ser oido en justicia; sin lo cual no se con- 
cibe seguridad para ninguno, falseándose por su base la ley con- 
servadora de kxlas las sociedades, que no pueden subsistir á no 
garautiaar colectiva é individualmente las vidas y los bienes de los 
asociadoi, con el libre ejercicio de la magistratura en nunca dea- 
atendidos tribunales. 

Como no es de nuestro cargo escribir la historia de don Pedro, 
aunque tratemos de vindicarlo en lo posible y sin disculpar todas 
sus acciones; prescindimos de las continuas vicisitudes de la fortu- 



4 30 6L(mus 

na, que le bizo aparar hasta las heces el cibz del de^eagaao y 
del dolor. Bastará dmr rápidamente qm en 4866 yí& perdido su 
reino y proclamado en sa lagar oomo 0cA)erano de Gaatilla y León 
al odioso traidor don Enrique el Bastardo, Conde de Trastamara, 
tantas veces rebelde y perdonado. Que en 4367 recobró su corona 
anxiliado por los ingleses á las órdenes del principe de Gales, der- 
rotando completamente á los insorrectos en la batalla de Nájera. 
Qne en 4369, sigaiéndolo el penden de Sevilla y algunos esforza- 
dos caballeros, marchó nuev^nente contra el mismo don Enrique, 
el cual ü*aia ejército de franceses á las órdenes de Bellran Du Gües- 
clin (alias) Claquin, Hugo de Gaverley y otros célebres capitanes. 
Que sorprendido cerca del castillo de Montiel, peleó á la d^a de 
la poca gente que alli tenia, contra todas las fuerzas del Bastardo; 
hasta que cediendo á la superioridad numérica de los contrarios, 
se encerró en dicho castillo. Que habiendo negociado coa Beltran 
Claquin el modo de salvarse, toé cobardemente vendido por aquel 
mal francés, mal caballero, costándole traición tan negra, la coro- 
na y la vida. Y conceptuando interesantísimo el veraz relato del 
historiador Montóte, acerca de aquel trágico suceso, creemos que 
nuestros lectores agradecerán lo insertemos integro, al menos los que 
no hayan visto la obra del enunciado publicista. Dice asi: 

cDispuso luego don Enrique que se cercase con una pared el 
castillo de Montiel, y que se tuviese suma vigilancia, á fin de que 
ningún enemigo pudiera escaparse. Habia en el CasMlo un caba^ 
Uero llamado Mendo Rodríguez de Sanabria, el cual era amigo de 
de Beltran Claquin, á quien viendo desde la muralla dijo que le- 
nta deseos de hablarle en secreto. Conviniendo en ello el francés, 
fué á su tienda Mendo Rodríguez y le dijo de parte de don Pedro 
que ya vela el infeliz estado á que se hallaba reducido, y que si 
quería ponerle en salvo y unirse á él, le daria en recompensa las 
villas de Soria, Almazan, Atienza, Monteagudo, Deza y Serón, por 
juro de heredad para si y sus descendientes, y ademas doscientas 
mil libras de oro castellanas. Anadia Sanabria qae no dadase en 
aceptar aquel partido, porque ademas de la riquezas que le pr<K 
duciría, le traerla al mismo tiempo mucha honra y celebridad en 
el mundo, por salvar á un tan gran Principe como era don Pe- 
dro, que le debería el reino y la vida. Respondió Claquin que ét 



DC METILLA. 434 

bábta venido de orden del rey de Fraoela & lidiar contra don Pe- 
dro, aliado de lo» Ingleses, con qaienes la Francia estaba en goer-* 
ra que se preciaba de caballero y hombre de honor, y que en su- 
|NMi€4rle capaz de faltar k sa deber de la manera qae se le pro-* 
ponia, se le hacia un agravio, que no podía disimular; y conclu- 
yó rogando á Mendo Rodríguez de Sanabria, que si quería ser su 
amigo, no volviese á decirle palabra sobre el particular. «Seiíor 
Mosen Beltran, replicó Sanabria: yo bien entiendo que vos digo eo^ 
sa que vos sea sin vergüenza, é pidovos por merced que ayades 
vuestro consejo sobre ello.» Solvióse Mendo al Castillo, y Beltran 
Claquin al dia siguiente contó este suceso á varíos caballeros y es^ 
cuderoB parientes y amigos suyos, consultándoles si convendría ha- 
cérselo saber á D. Enrique, y siendo todos de este parecer asi se 
efectuó. Mucho agradeció D. Enrique, el proceder de Beltran, á 
quien dijo que él desde luego le daba las mismas villas y di>-* 
ñero que don Pedro le ofrecía, pero que le rogaba dijese á Men- 
do Rodríguez de Sanabria que estaba pronto á poner en salvo & 
don Pedro, á quien hiciese ir á su tienda, avisándole en seguida. 
Budó algún tiempo Claquin en ccmieter semejante félonia; pero se 
deoidió al fln, persuadido de sus parientes, dejando que cayese so- 
bre sus blasones 1 una mancha, que jamás podrá borrarse. El Rey 
don Pedro, que se veia abandonado de la mayor parte de los que 
con él habían entrado en el castillo, que no tenia agua, víveres ni 
esperanza alguna de socorro, atávose á la palabra y juramento de 
Claquin, para cuya tienda salió una noche con Mendo Rodríguez, 
don Fernando de Castro, Diego González de Oviedo y otros. Lue- 
go que llegaron, apeóse don Pedro del caballo en que iba y dijo 
á Beltran: cCabalgad, que ya es tiempo que vayamos.» Nadie res- 
pondió, ni trató de ponerse en marcha, por lo cual sospechó don 
Pedro la infamia de sus enemigos. Trató entonces de volver á mon- 
tar por si de alguna manera podia escapar de la celada en que 
inicuamente se le habia hecho caer, y uno de los parientes del trai- 
dor Beltran asió el caballo de las ríendas, y dijo: cesperad un po- 
co.» Se habia dado ya aviso á don Enrique; y se le esperaba de 
un momento á otro, por lo que solo se procuraba ganar tiempo. 
Llegó por fin armado de todas armas, y entrando en la tienda, 
quedó al pronto indeciso, porque como hacia tanto tiempo que no 



132 GLeRiÁS 

V6ia á m hermano, ya no le conocía; pew> luego cpii90 aacarb dt 
dadas un caballero francés, que señalando á don Pedro dijo: cca- 
tad qne este es vuestro enemigo.» Todavía vacilaba el conde, cnan^ 
do don Pedro, á quien en trance tan terrible no había abwdo- 
nado su gran valor y presencia de ánimo, dijo: cjfo «o, yo so.9 
Acometióle entonces don Enrique, hiriéndole con una daga en el 
rostro, y empezó entre los dos una lucha terrible en la cual vi- 
nieron uno y otro al suelo, cayendo debajo don Enrique, que pere- 
ciera en aquel instante, si don Pedro hubiese tenido armas, y si el 
vil Glaquin, poniendo el colmo á su infamia^ no hubiera colocado 
encima al usurpador. 

Es tradición, que al favorecer asi Glaquin á don Enrique, dijo: 
«ni quito ni pongo rey, pero ayudo á mi Señor:» Este con seme- 
jante auxilio perpetró el fratricidio atroz, que centenares de adula- 
dores y parciales cronistas no han podido justificar al cabo de cinco 
siglos. No contento con derramar la sangre de su hermano, con 
quitar la vida á su legitimo rey, llevó adelante su inhumanidad, 
cortando la cabeza á la victima, y arrojándola á la calle. Puesto el 
cadáver del desgraciado Principe entre dos tablas, lo colocaran sobre 
las murallas de Montiel; después lo llevaron sin pompa alguna á 
la villa de Alcocer, en donde lo enterrarou, y mas adelante fué 
trasladado por orden de don Juan 11 al Monasterio de Santo Do- 
mingo el Real de Madrid. Murió el Rey don Pedro el día 23 de 
Marzo de 4369, á los 34 años y siete meses de edad y á los 49 
de reinado.» 

Asi en la flor de su vida dejara de existir vilipendiado aquel mo- 
narca célebre, cuanto mal comprendido, á quien, dos siglos do^ 
pues la ilustración de un Felipe U mandó calificar de irsTicitao. 



CAPtTDLO XIV. 



Desde doa Enriqne II bula iMbel It Cató;iGa. 




a desastrosa y prematura muerte del infeliz 
don Pedro, fué la causa de que subiese al ính 
no el bastardo, su asesino, don Enrique II 
de Gastilla. Preciso es confesar que, á ejemplo 
del fratricida Eurico, el mas sabio de los re- 
yes godos, procuró hacerse perdonar el espan- 
toso crimen ^e incesantemente gravitaba sobre su dolorida concien- 
cia. Prescindiendo de la guerra que tuvo con Portugal, cuyo sobe- 
rano le disputaba la sucesión á la corona, como pariente el mas cer- 
cano de la linea legitima; no halló en España rebelados nobles que 
obstaculizaaen ios designios de su inmerecido encumbramiento. S<¿o, 
si, el esforzado caballero don Martin López de Córdoba, maestre de 
Alcántara, Camarero y Repostero mayor, que habia sido, del di^ 

48 



134 «LORIAS 

funto rey don Pedro, resisliase á todo traace en la inespngnable 
fortaleza de Carmona, por haberle confiado aquel monarca sus hijoa 
y sus tesoros. Rechazando el intrépido maéítre loe partidos mas ho- 
noríficos y ventajosos, porque esperaba auxilios de Portugal y de Gra- 
nada; solamente decayó de ánimo cuando viera venir en contra suya 
el pendón y consejo de Sevilla, que aclamara gozosa á don Enri- 
que. Entonces Martin Nuñez de Marchena, ilustre caballero sevillano 
y caudillo de las tropas que esta ciudad al sitio destinara logró con 
sus proezas, unidas al esfuerzo de los suyos, que se rindiese á dis- 
creción Carmena. Habia, empero, capitulado el seguro de su vida 
don Martin López de Córdoba, que fementido el rey guardar no qui- 
so, posponiendo su honor á su venganza; y aquel desventurado ca- 
ballero, único fiel á su señor y amigo, fué decapitado en la plaza 
pública de Sevilla, con placer del bastardo enaltecido, que usurpara 
el tesoro de su víctima. Premió con largueza don Enrique k todos 
sus antiguos servidores. Estuvo muchas veces en Sevilla, confirmando 
y aumentando sus privilegios. Distinguió con particulares mercedes 
á muchísimos nobles sevillanos, y muy especialmente á los Guzma- 
nes. Hizo conde de Niebla á don Juan Alonso de Guzman, Señor de 
San Lúcar, casándolo con doña Beatriz de Castilla, hija natural del 
mismo don Enrique. Nombró Alguacil mayor de Sevilla á don Alonso 
Pérez de Guzman, Señor de Gibraleon, cuyo hijo don Alvar Pereí fué 
después Almirante de Castilla. Sirvió, en fin, con mano pródiga á 
cuantos por su causa hablan sufrido, entre ellos el famoso don Per 
Afán de Ribera, á quien mentarraMis en el reinado de don Juan 
Segude. 

Fué den Enrique H, no embargándolo sos crímenes como con- 
de de Trastamara, une de los monarcas mas prudentes é ilustrados, 
gran político, hsdsil . negociador y diplomático. Todo lo que pudo 
foeahar cediendo y arreglar sin núáo, no lo remitiera al proble- 
ttitico éxito de laa batallas fecundo siempre m désvortiraa y ea«* 
taUvófés. Para dar una idea de Iqs talentos de aqMl prinoípe, bas«- 
tara reeordarks 8¿^ioa consejos quo dio á m hijo^ don Juan I, po^ 
€•0 momento^ antea de morir: «Trea clases de hombrea (le dijo) hay 
en nuestra fiipaña: unoa, que han seguido constantMiente la paná»^ 
Udad de tu tío, el denireatarado rey dM Pedro óteos, que en todas 
epodas y vieisitndefi han sido ieles 4 tu padre; é inflaitos, fna no 



DE St VILLA. I3S 

huk UM&ado p»rte con ninguiiO) esperando acatar al yenoedor. A los 
inrineroA aliéndcloa, como merecen y no permitas que ee les des^ 
poje, SQ opíBion respetando y su desgracia; ni temas que te falten, 
ú los neoesitas, pnes noble es (oda su \ida quien nunca fué trata- 
dor á su bandea; á los segundos, cólmalos de mercedes sé indul- 
gente <xm sus deslices y has qoe Tean en el hijo un digno herede«- 
ro de la gratitud del padre; solo me resta prevenirte que de los úK 
tinos no hagas caso para ' nada, como no sea para castigarlos seve^ 
rameóte cuando delinean; porque los pancistas, cuya gran masa de- 
cidiéndose por algunoi de los partidos contendores, evitaría sien^ 
pre las guerras civiles^ son los entes mas despreciables, nulos é in^ 
dignos de la sociedad; acuérdate^ hijo mió, de lo que decía Solón: el 
ciudadano que no toma parte en las disensiones de la patria, itacli* 
o&ndose, según su conciencia y modo de ver al lado en que milite 
la razón y la justicia, es indigno de la 'libertad, y acreedor á la 
muerte.9 Tales debieron ser, en sustanda, las juiciosas y atinadas 
refleiKioties que hiciera don Henrique moribundo, y que recuerdo 
haber leido, muchos aflos ha, aunque no todos los autores las meu^ 
donan. He querido consignarlas para que aparezca menos antip&ti^ 
co aquel ambicioso príncipe, en grada del constante aBM)r que á 
Sevilla tuvo, {litsthna grande legislar manchando con sangre regia y 
fraternal á un tiempo! ¡Duélenos verlo simultáneamente fratridda 
alevoso y regicida! 

Proclamando rey de Espafia don Juan I, en el ano de 4379, & 
los 34 de su edad; visitó k Sevilla á principios de 4780. En ^sta do- 
dad siempre generosa, que lo acojió con su habitual entubadme y 
magmflcencia, dedicóse sin levantar mano & prevenir poderosa ar- 
mada de galeras. Realizado su objeto, dio el mando de la flota al 
almirante don Fernán Sanchos de Tovar, é iostrocoiones para diri- 
girse en auxiHo del rey de Francia, su aliado contra, el de Ingla- 
terra, su enemigo* Tomaron parte en espedicion tan arriesgada mu- 
chos caballeros de esta ciudad, embarcándose alegremente con direc- 
ción al Támesis, á cuyas agoas túrbidas llegaron no sin asombro del 
britano pueblo. 

Desgradado fué D. Juan I en cavSi todas sus empresas, parti- 
cularmente en la guerra sostenida contra Portugal, llegando el triste 
caso de que la marina lusitana triunfase de la nuestra, cou muerte 



4 36 6L0RIAS 

de dos almirantes, en dos distintas ocasiones* Perecieron muchos 
villanos en repetidos encuentros, con los portugueses, ¿ la sason 
mejor organizados y superiormente felices. Pero el desastre mas 
deplorable tuvo lugar en la batalla de Aljubarrota, dada el U de 
Agosto de 4385, donde la provervial jactancia portuguesa triunft 
completamente del español denuedo, que tal ve2 de^ireciaba k sos 
contrarios. Volvió el rey á Sevilla, tan vivamente afectado, lleno 
de tan profundo sentimiento, que lo manifestara en luto y demes* 
traciones públicas análogas; y aunque la ciudad echó de menos i 
sus bizarros hijos, que allá en el campo del honor quedaron; lejos 
de acrecentar la réjia pena, procuró minorarla en cuanto pudo. 
Dice el padre Juan de Mariana, recibió el rey con lágrimas mes- 
ciadas en contento, que si bien se dolian de aquel revés tan grande 
holgaban de ver á su rey libre de aquel peligro.» Proceder gene- 
roso, cual ninguno, que es otra de las glorías de Sevilla. Y sin 
embargo, esta lealisima población había sufrido por varios conceptos 
numerosas vicisitudes, singularmente en el año de 4383, trabajo*- 
sisimo y sobremanera calamitoso para las familias hispalenses. Por- 
que durante él padecieron cruelísima peste, que los papeles mas 
•antiguos mencionan como la tercera mortandad de este horrible gé- 
nero; habiendo precedido inundaciones, en que el Guadalquivir con 
espantoso desvordamiento amenazaba sumergir á la generación de 
sus orillas; y siguiéndose á las aterradoras avenidas no menos te- 
rribles hambres, sin contar las frecuentes colisiones y reyertas aris- 
tocráticas, que solían dividir en bandos ó fracdonar en parcialida- 
des á los apasionados moradores. Pero ni ese vivir inseguro é in- 
tranquilo, ni la escasez premiosa de los tiempos, fueron parte á 
menoscabar en un ápice la caracteristica grandeza y lib^raUdad de 
este pueblo. Asi cuando los Farfanes residentes en África, solicitaron 
de D. Juan 1 el permiso de venir á domiciliairse en Sevilla; la 
ciudad de Hércules supo corresponder á tan honrosa eleocion^ abrien** 
doles sus puertas y franqueándoles sus casas gustosísima. Gompo^ 
nian aquellos Caballeros unas cincuenta familias descendientes de 
los godos españoles; y como su venida fué de tanta trascendencia^ 
por el funestísimo suceso, que ccúncidió; pareciónos oportuno cir- 
cunstanciarla instalando la narración del analista Zúñíga. 

cLos Farfanes de Marruecos (dice), cuyo deseo de venirse á Es^ 



DE ñKSlLlk. 437 

{laña y á Sevilla (|iieda referido, llegaron á ella (1390) y fueron 
agradablemente redindos: habíase dispuesto que nuestro rey los pi- 
diese al de Marruecos Álboaoen, que concediéndoles licencia, les di6 
caria en respuesta de la en que le fueron pedidos. Es larga par- 
tícolarmenle en sus preámbulos, uso de los moros; la cláusula que 
bace al proposHo, dice: Ya te envió i loe que peiiaSy i á hs de tu 
% de gran linaje^ i HénetloSf esíae eon loe dmcuenta erieíianos Farfa-* 
«€», Godoe de he anHguoe de te rstno^ asegúrelos Dtos^ que san servi-^ 
dores, é valimdee^ é femenciosoe, i arteroSy i venhirosos^ é de castigo leal, 
é tales, que si tu quieres usar de eUos habrás pro^ en la tu merced t>an 
eneonundadoe, á los reinoe que eran de sus abuelos los reyes Godos^ buenos, 
fsrdánelos Dios^ aki te los «amo» como tu los quieres, y Dios es en tu 
aguda. Asi en la traducción, que del orijinal arábigo, se hizo 
en aquellos tiempos, eran por todos cincuenta familias, que queda* 
nm aveefaidados en Seyilla, y en poder de sus principales se guar- 
daban esta carta y sos privilejios, de que corren copias auténticas 
y se han compulsado en las probanzas de su nobleza. Algunos 
pasaron luego á buscar al rey, á quien fué trajica su llegada.» 

Habia después de las cortes de Guadalajara, que fueron proli- 
jas p<Mr la ocurr^icia de muchos negocios, dado muestras de querer 
venir i Andalucia, y se hallaba en Alcalá de Henares, donde le 
llegaion á besar la mano estos caballeros, y oyendo que eran muy 
diestros en la ^eta, á vérsela ejercitar sadió á caballo al campo, 
y á peco trecho qfBso mostrar su gallardía, corriendo en un bar- 
becho, donde tropeaó el caballo, y la violencia de la caida fué td, 
que dio muerte al rey tan improvisa, que aun no se le oyó la úl-* 
tima invocación. Infausta y lamentable trajedia Domingo 9 de Oc- 
tubre. 

Once años confad)a don Enrique III, cuando sucedió á su ma- 
logrado padre, por supuesto bajo la tutela de grandes señores, que 
mas adelante escandalizaron á España con dilapidar las rentas pú- 
blicas y sus inauditas violencias. Sabido es que aquel monarca, ape- 
llidado el enfermizo ó el doliente, por sus habituales achaques; al 
salir de tutela halló exhausta de fondos la real caja, faltándole hasta 
lo mas preciso para el indispensable sustento. Tiénese por tradición 
verídica que llegó á verse en el durísimo caso de empeñar su gabán 
para comer, precisamente el mismo dia en que los opulentos mag*^ 



438 GLORIAS- 

nales de su oorie celebrabao el más espléfadiilo y optparo de h» 
banquetes, haciendo gala impanes de sus arbitrarítdades y tapiñas^ 
Pero el rey halló medio de sor prenderk» á todos ea casa del anoK 
hispo de Toledo, que presidia al biquioo festía» y oUigándolos á 
entregarle las llaves de sus fortalezas y castillos^ los dejA redKtídoft 
de señores feudales, . que eraa, á simples indiViduDis opulentos át 
aristocracia sin poder, no sin reintegrar al tesoro y pedir gracia hu* 
mildemente ante la cuchilla del verdugo. 

Algunos años antes, de los sucesos que acabamos de indicar, y 
corriendo el de 4 391 , hubo en Sevilla ua espantoso tumulto en que 
perecieron mas de cuatro mil judíos. Si del instinto popular naoieee 
la idea de tan bárbara matanza, ella sola bastaría ¿ deslustrar no 
poco las glorías adquiridas en centenares dé afios< Pero el seimla 
pueblo sevillano nunca se hubt^a dejado arrastmr aun alboroto, 
que degeneró en la mas horrorosa earniceria, sin la& ¿ontiauas y m* 
dtadoras predicaciones del fanáúco Arcediano de Edya, don Fernán^ 
do Martínez, clérigo intolerante, como tantos eiros; el cual esoogia 
siempre por tema de sus furibundas peroratas la usura de los logrea 
ros del barrio de la Judería, como si fallasea católiees hí^ióorifad ávi* 
damente especuladores en uianejos anák^ios. Ya tasdyhm ecurrido ee« 
cenas tr&gicas algunos meses antes por igual, motivo: y adn se víe* 
ran en inminente riesgo de perder lua vidas el alguaeil mayor de 
esta ciudad y el mismo conde de Niebla, sugeto pepularisiiBO, sa^ 
liendo juntos & contener el generalizado desuden. Parebia natural 
que el indiscreto sacerdote, arriba m^Éoknado, se bvfciese reduüide 
al silencio, en vista de las hostiles disposioiones del pdeMo contra lee 
judíos, y del grave peligro que corrleraa aquellas fiiantrépicas autmd»» 
des. Mas como el fanatismo religioso es una especie de locura frenéti** 
ca, que en nada repara y por todo atrepella; siguió el tal Arce- 
diano predicando á su sabor contra los indefensos hijos de Israel^ 
mientras estos túfeisces asistían con el mayor recejinUento ó sua Irés siniH 
gogas sin citar para nada las comercrales transacciones, fmfuadamente 
embebidos en los misterios y prácticas de su bien observada reiigién, 
Llegó^ por fin^ un martes 6 de junio en que deÉíreháedose jitovch 
cada una gran parte de este pueblo, cayó sobré la Judería, saqneán-^ 
dola vandálicamente y asediñndo, como hemos (ttche, á mas de cua* 
tro mil israelitas, garantidos por las leyes, entre eHqs h» mejerM 



DE SEVILLA. 439 

mnerciaolesy cayas tiendas «raa la advriraoíon de nacionales y es- 
liinjeros. El mismo Zúñiga, que llama al antedicho clérigo Martínez, 
firoR de éimifiat frida (y Dios se lo perdone), dice hablando de tan 
atroz suceso: cCréese que faé la cansa la predicación del Arcedia- 
no, que los qaeria conTertí^ casi por fuerza: pocos quedaron, y de 
fsos temerosos loa mas se fingieron coñvertMos, ocasión de prevari* 
car después. Quedó yerma lo mas de la Judería, y al ejemplo pa- 
decieron igual estrago todas las mas de esta provincia, delito á que 
Bo se lee que se impusiese algnn castigo al pueblo.» 

Retrogradando basta ponemos á la altura de aquellas épocas, 
en que se Mego & creer que la muerte violenta dada h un judio 
podía ser acepta k los ojee de Dios; y recordando aquellos siglos en 
que 000 pocos maravedís de multa se dejaba impune al cristiano per- 
petrador de homicidio en la persona de cualquier israelista; hálla- 
se disculpa ciertamente para una población siempre instigada por un 
feroz ministro del Altisimo. Nosotros hubiéramos hecho un ejemplar 
solo con el Timlento inrtigador, al cual por entonces nada se le di- 
jo. Pero algunos anos después, el Rey, que era Terdaderamente jus- 
ticiero, bailándose eu el pleno goce de su soberanía, vino á Sevilla, 
donde mandó prender al arcediano Martínez y castiga (dice Gil Gon- 
zález de Ávila) forpáe wi^mio con apariineia áe pieiai no iñlendien 
ieoMtar el fUélon^ 

Otros muchos actes de verdadera justicia hizo don Enrique, es^ 
peoialmenle castigando i los jefes de las banderías escandalizadoras, 
cuyos arbitrariedades tnrbabau k cada instante la paz y el orden 
público en Sevilla. Sabidos son los -prolqoa bandos entre la casa de 
Niebla y Arcos, que desmolatíaaron k un considerable ndmero de 
vecinos. Uegé tañoü^ien el caso de que habiéndose desprestigiado com- 
pletamente las autoridades, mudase por sí misma la corona el po^ 
pular gobierno de Sevilla destituyendo de sus oficios á los veinti^ 
eoatma paaieado m ella un digno representante del poder real con 
Ututo de Corregidor. 

Después de haber sopenulo innumerables óbices, hecho justicia á 
sos vattlks, seoevfido con mano benéfica k la población sevillana, 
ea lembles épdcas de perte y hambre iaeiorablemente dlezmadoras 
y reinado, en §n, diea y seis afios, gobernando con prudencia, reo^ 
ttlnd y enerjía flama; murió 4om Heuríque III, gran imnanMi. Sucedió^ 



4 iO GLORIAS 

le 8u hijo el tieino príncqié don Joan segando, en edad de vein^ 
ti un meses; cuya nueva minoría no dtó entonces, como oaa 
todas, ocasión ¿ disturbios, por haberse dividido la tutela entre te 
reina viuda dona Catalina, su madre, y el Infante don Fernando su tio. 
Este magnánimo principe, después rey de Aragón, pudo alzarse con 
la corona de Castilla, como le aconsejaban sus parciales, citándole el 
pernicioso ejemplo hist¿ríco de don Sancho el Bravo; pero su contes* 
tacion fué convocar los Grandes y Procuradores, empuñar el pen« 
don real y aclamar el primero por doquiera á su sobrino como rey 
de España. Vino luego á Sevilla el principe átm Femando, porque 
le era muy grata la memoria de tan noble cuidad, siempre querida 
desde donde con rápidas conquistas abatiera, el orgullo de los moros, 
hasta que fué llamado á la corona de Aragón, lo cual no es de 
nuestro propósito historiar. Quedó, empero, Castilla, con su ausencia 
es puesta á peligrosas novedades, que mas adelanto, salido el rey 
de tutela, crecieron por desdicha, en la casi fabulosa privanza del 
célebre don Alvaro de Luna. Pero antes de qae partiera el muy 
amado principe á coronarse en Zaragoza; habíanse cubierto de lau- 
reles los nobles sevillanos en no pocas acciones conducentes al au«» 
mente de glorias historiadas. La espada del santo rey tornara k ful- 
gurar en graves lides, recibida con entusiasmo y júbilo indecibie 
por el Infante don Femando, á quien se le entregó el famoso ade- 
lantado mayor de Andalucía, don Per Afán de Rivera, que de la 
real capilla la tomara. El penden de Sevilla figuró nuevamente vic« 
toreado asi en Zahara como en Antequera, sosteniendo su reputaoíon 
de siglos los mas apuestos paladines de la época; entre ellos los ge- 
nerosos Arias de Saavedra, los Monsdbes, Melgarejos, Narmolejos, 
Medinas, Mejias, Cáceres, Esquivóles, Cerones; sin contar, por ya 
mencionadas en otras pajinas, los Poneos de León, los Guzma*- 
nos. eto. 

Durante el larguísimo reinado de D. Juan, que ofreciera al man^ 
do el ejemplo de un valido y ministro poderoso decapitado después 
de treinta anos de absduta ilimitada privanza; mereció Sevilla el 
epíteto de Muy Leal, sobre el de Muy Noble, por su fidelidad en 
varios trances, especialmente de intestinas luchas. Apesar de ellas, 
«habia llegado Sevilla (dicen los anales) á la mayor opulencia de 
vecindad, de eomermo y de riqueza que tuvo deede su conquista. 



DB SEVILLA 441 

Uena de nuBerosbimo pueble, en que flereeiendo laa industrias ute^ 
canteas, eran mndiaB las fttNricas de todo género de ropa, que no 
ario á España, sino á Italia y Franela eomerciaban sos mercaderes. 
Todo género de sedas, brocados y telas ricas; abundaba de oose^' 
chas de aceite, vino y lanas que k Inglaterra, Francia y FMudeg' 
se oondacian con gran útil; la néUen opulenta de rentas de sus 
heredades y tierras, en ellas ejercik la labranca por sus mayordo- * 
moa, haciendo abundar la tierra de frutos y ganados: asi se funda- 
ron opalentes nayorasges: asi sustentaban lucidas tropas de escude- 
ros hidalgos, los caballeros mas ricos, que ya al servicio de los reyes 
ya á sus propias pasiones daban alieaies y fuerzas: sus casas He- 
nee de armas, y sus caballerizas p(Madas de caballos, en breve ves** 
tian de acero, y montaban á lea de sa séquito, & quienes en vida! 
amparaban, y en muerte hacían gruesos legados, de que ea testa-^ 
meatos de los principales de aquel tiempo hay ilustres testimonios. 
T si bien en los tiempos siguieotes áei rey ám Henriqué, se abu- 
só notablemente de todas estas felicidades, á la grandeza de la ciu- 
dad conduce bien su memoria.» Por eso la insertamos. 

Huerto don Juan II en 4 454, entró á rejir el cetro su hijo don 
Henrique IV. A las varías conmociones públicas de su tiempo su- 
cedieron también las de Sevilla, fatigada de bandos y discordias ci- 
viles, que la hicieron teatro de lastimosos dramas fecundos, en des- 
garradoras escenas. La ciudad sin embargo, fiel siempre á su mo- 
narca, á veces poco justo, continuó prestándole relevantes servicios, 
hasta el año de 4 465, undécimo de su infausto reinado, en que se * 
hizo partidaria del Infante don Almso, á quien los grandes del reino 
ofrecieron la corona, cuando aun no contaba doce años de edad. 
Volvió después á la obeáieMcia del rey, sin que por eso dejasen de 
reproducirse los sangrientaí choqaes entre las dos parcialidades ó ban- 
derías dominantes, cuyee. epoestos jefes, irreconciliablemente ene- 
mistados, eran el duque de Medina — Sidonia y el conde de 
Arcos. 

Aparte de esto, lo mas notable que se advierte respecto de Se- 
villa en los cuatro lustros de la dominación henriqneña, es haber 
creado el famoso cargo del Asistente, ó por mejor decir, haber da- 
do este nombre al empleo de correjidor. Con aquel titulo goberna- 
ron la población hispalense Juan de Lujan, el Doctor Pedro Sánchez 

19 



H2 cuutiis 

del Castillo, Diego de Valencia, Pedro de Segobis j ^ eonle d» 
Tendilla; hasta que áltitnamente, el año de 1 i7S, loa reyes caüí- 
licoe establecieron eale oficia cod perpetoidad, sieado e) primero 
qne nombruvo para él k Uego de Merlo, el T^eiite, ca qoieo 
empieza la croDologia de esta antorídad. 

Los bandos acaudillados por el conde de Arcos, luego marqués 
de Cádiz, y por el dnqne de Medina — Sidonia, cesaron de hosti- 
lizarse hacia fines de H74, poco antes de morir «I inpopnlar doo 
Hwriqoe IV, del co^ dice ZúSiga: cPrlnctpe deetobtde, i quien 
fué preciso obacarecer honor (de que á la verdad caidó poco,) para 
asegurar la sucesión á su humana; su tiempo todo fué inforiu- 
DÍOB, efecto de su facilidad y sujeción i privados: reinaron con 
los vicios que lo predominabü, ofuscando virtades qne no lefalta^ 
ron, y a» quedó tréjica y odiosa su memoria á los siglos.» 

Cruel censura al principe impotente; beDÍgoa ana al miserable 
padro putativo de Juana la Beltrane^. 




capítulo XV. 



9n*t kw Btyei CtMItn», Fcrauído * iMbel, buU CítIm (I, lnchuty«. 




^clamaba y coronaba con general aplauso reina 
™»^ ^^ España laincomparable Señora doña Isabel, 
r'^f^SÍ)" k la muerte de su hermano don Henrique, y 
reconocido janlamente por príncipe soberano su augusto] esposo don 
Femando V, rey de Aragón; quedó escluida para siempre la In- 
fanta doña Jaana, k qaien la pública voz había calificado de adal- 
lerino fruio, si bien trató de sostener en xano sus derechos el mo- 
narca portugu^ tío de aquella. Superada en gran parte la ruidosa 
oposición de Portugal, ya por medio de las armas, ya locando hábil- 
mente los diversos resortes de la política; vinieron nuestros reyes á 
Sevilla cnyos antiguos males procuraron reparar, mezclando la jas- 
ticia con la clemencia, aniendo k los castigos las benignidades; con 
lo cual pusieron término & los prolijos bandos en qae continuamen- 
te estaba dividida la deslumbradora población hispalense. Repitie- 
ron muchas veces sus dichonas venidas, principalmente desde que 
emprendieron la brillante conquista de Granada, á la cual concurrió 
relevantbimamente la ciudad de Sevilla. 



4 &^ GLORIAS 

Seria preciso escribir volúmenes enteros para historiar debida- 
mente las cosas ocurridas en el reinado de tan dignos principes; y 
teniendo nosotros disponibles solo nuiy pocas pajinas el caso, no po- 
demos consagrarlas á ese objeto, por otra parte bien desempeñado 
en numerosas obras de aquel género. Baste decir que siempre dis- 
tinguieron á los valientes bijos de Sevilla, quienes les ayudaron po- 
derosamente á espulsar á los moros de sus últimos atrincheramientos, 
por largos siglos heroicamente disputados, con la gloriosa toma de 
Granada. Siguiéronse los inapreciables descubrimientos de las Indias 
merced al gran Colon, genios de mundos, perseverante siempre en 
sus empresas; y siguióse de aquellos la casi fabulosa prosperidad de 
Sevilla, llegada al colmo de su opulencia, echa emporio del comercio 
universal, y soberana dispensadora de todos los tesoros del Oc- 
cidente. 

Murió la calólioa y etolarecida reina doña Isabel d dia 26 de 
Noviembre de 1504, hallándose en Medina del campo. Recelábase 
el peligro de su enfermedad, que la iba acabando desde el año an* 
tecedente, y creciendo sin esperanza de mejoría, todas las provin- 
cias multiplicaban plegarias al cielo por su interesantísima vida, 
señalándose sobre todas Sevilla con dos solemnísimas procesiones, 
uua . á San Salvador, otra á la hermita de S. Sebastian; pero (co- 
mo dice el analista) «queiia yá Dios para si esta heroica matro- 
na, cuyas incomparables acciones no son susceptibles en circunscribir- 
flie á limitados elojios espejo de cristianas reinas^ que fué llorada 
con igual desconsuelo de todos los subdiloS| si pudo haber lágri- 
mas bastantes á tal pérdida. 

La princesa doña Juana, con el archiduque don Felipe su ma- 
rido, sucedieron en los reinos de Castilla á Isabel la católica, ma- 
dre de aquella y por ausencia de los jóvenes principes quedó con 
el gobierno el rey don Fernando, hasta que venidos de- Flandes los 
reyes, retiróse á su coronado Aragón, pagando luego á visitar la de 
Kápoles. 

No vinieron á Sevilla los nuevos reyes, por haber fallecido con 
muerte prematura don Felipe, en Burgos; é incapacitadose para 
el gobierno doña Juana, antes ciega de amor hacia su esposo, despu^ 
loca de pena al verlo exanime. Fué llamado otra vez á la suprema 
¿ireccion de los negocios de Castilla^ el profundo y político y no 



DI aitiLLA. 446 

HeA|Hne bim ídlenoioiíada monarca aragoDés don VfrBaado V, padre 
de dona luana, y vkido de doia babel. Este volvió á Sevilla, don- 
de se le adamó ficdwrnador y adminislnidor perpetno, como en 
lo demás de Eapafia^ por la índiqMMnen de la reina, á qne se die- 
ra decente titulo, poiiieodo toda la eaim en le escesivo de sa d<h- 
lor. GontúMÓ la cindad fesUüando al rey algnoos fias, y habiéndole 
soplicndo el cabildo que .en la pvocesion del dia de S. GlemeDle 
llevase la espada de S. Femando, cono b hablan hecho mndias 
veces sos ilnstres progemiores; envié ¿ llamar el mcmarca al em- 
bajador de sn nieto el principe tlon Garlos, ordenándole sacase en 
la misma preoesioa el estandarte de la odDifnista, á nombre de sa 
señor. Apiandié SevíHa entenl el merecido honor, qne se le ha- 
cia, venerándolo con pablioas 'aclamaciones, hacieiido ambos ca- 
bildos partienlaiM díputacíonbs . á darle gracias; en cnya solemne 
oesBÍMi respondió: cmerecian aquella espada y aquel pendo» esto 
y mayores pruebas de la estímaeion de los reyes, y mas la 'suya 
por SQ nombre de que se afmciaba mucho.» 

Procedíase á querer ocupar las fortalezas del duque de Medina^ 
Sídonia, insídiiendo el ftey en asegurarse de aquella casa, cuyo po- 
der reconoeia formidable, alarmándose Virilmente de ledo su reo^ 
ksa y Buspicaz política. Esto le hizo portarse coa esoesivo rigor, lo 
cual le quitó mucha popularidad, como ^ la había quitado en Za- 
ragoza su tenaz empeño, en establecer el * eiecrable tribunal de la 
Inquisición, contra la voluntad del pueblo, y en vengar la muerte dri 
inquisidor Pedro Arboés, canonizado á consecuencia. 

Corría el ano de 4544, colando ocurrió enSeviHa uno de aque-* 
Uos ruidoso» casos, que no se olvidan jamás, por las muy sensibles 
oonse(Hiieqeias que acarrear pudieron. ReBérdo Ziniga de este mo- 
do. cHabía el artífice que concluyó la obra de nuestra Santa igle- 
sia atrevidose á cargar sobre los cuatro pilares que haoen centro á 
sa crucero, máquina tea alta, que descollando casi otro tanto sobre 
el templo, llegaba casi á igualar el primer cuerpo de la torre; por 
e&to no se dejaba de recelar riesgo, no juzgándose bastantes los es- 
triboB como se esperímentó, pué^ rajándote un pSar á 28 de diciem- 
bre, fiesta de los Inocentes, sustentándose casi milagrosamente todo 
este dia, á las ocho de la noche acabó de abrirse, y despismán- 
dose tnúo tras si todo el cimborio, y tc^s arcos. de los laraleB,oon 



i46 GL0&U6 • 

estrépito qae amnbsó toda la ciudad, y la Ueñó de sentimieBte y 
tristeza, aunque por la hora do cogió persona alguna, que se tuvo 
¿ milagro de nuestra Señcura de la Sede, pues sin maravilla (se afir^ 
luaba) no haberse podido sustentar desde la mafiana, en que co- 
menzó á rajar, hasta la noche, que vino al suelo: la grandeza del 
cabildo propuso luego su reparo, y la de la ciudad y sus naturales 
el socorro con copiosas limosnas, y también ayudó el Rey don Fer- 
nando enviando diez mfl dncados. Y habiendo el Arzobispo el día 
siguiente concedido gracias á cuanlos acudiesen á liminar de las 
ruinas el tempb, capilla y coro, fué tal di fervor, que en veinte y 
cuatro horas fué sacada toda la piedra y tierra. Hiciéronse juntas de 
artífices sobre restituir á ^al grandeza aquella obra; pero resolvien* 
do todos que para rehacerlo de igual altura era preciso levMtar mu* 
cho mas ndiustos los cuatros pilares, de que resuHsria desconformi- 
dad notaUe, y á la capilla y coro serian embarazo; se [acordó ha- 
cerlo como ahora está, sin media naranja, cúpula ni lantema; pere 
que ni se hecha de menos, ni se advierte seña de haber sido jamás 
de otra manera de como se vé.i» 

Dos anos después de este suceso, esciiaba la admiración gene- 
ral por sus increíbles proezas contra los moros de África el ilustre 
y valiente . sevillano Gonzalo Manño de Rivera, al frente de otros 
muchos caballeros y esclarecidos compatriotas. No era menos famo- 
so el adelantado mayor de Andalucía, fdon Fadríque Henriquer 
de Rivera, primer marques de Tarifa, cuyo titulo le otorgó Fer- 
nando Y (en nombre de su hija doña Juana, reina propietaria de Casti- 
lla). Citamos esos nombres como muy gloriosos para la población hispa- 
lense, habiendo citado otros muchos por iguales motivos. 

Él dia 23 de Enero de 4546 falleció en Madrídejos el anciano 
y achacoso rey de Aragón, Fernando V., precisamente cuando se 
dirigía á Sevilla, porque los médicos la designaban como el punto 
mas á propósito para restablecerse de ^s dolencias, atendiendo á 
la salubridad y benignidad de su templado clima. 

Incapaz dona Juana de rejir el cetro, comienza desde entonces 
el reinado de su hijo el principe D. Carlos, que se hallaba en Flan- 
des, gobernando en su nombre el famoso cardenal arzobispo de To- 
ledo don Fray Francisco Jiménez de Cisneros, desipado por el tes- 
tamento del rey difunto. Ayudóle también por algún tiempo el no 



M SffflLLA 447 

meiiOB célebre cardeMd Adriano (después «me iwntifiee,) que imátró 

poderes del príncipe, habiendo antes Tenido como embajador á su 

abuelo. 

No pocos lamentables disturbios consigaientes al nuevo orden de 

casas alterarofi la) faz poUtíca de España^ y muy especialmente en 

Sevilla donde amagaban reproducirse las antiguas discordias de sus 

bandos. 

Por fin lleg¿ de Fkndes el ptíneipe don Carlos, que con ge- 
neral aplauso tomó el nomine de Rey, siendo después llamado al 
imperio de Alemania, por fallecimiento del emperador Maximiliano 
su aboelo. Con su ausencia quedaron espuestas las provincias á 
revolucionarios movimientos, de los cuales surjieron las célebres co* 
munidades de Castilla, esk cuyos proyectos no tomó parle aeliva la 
poUacion sevillana. Pr^niola & su regreso el joven emperador, di»-* 
pensándole honcms y mercedes, dándole en persona las gracias y' 
haciendo encomios de ella era justicia. Sobre manera ak^pre fué pa-r 
ra Sevilla el año de 4 526 por haber en él logrado la deseada vi»- 
ta de so rey, que la degió para celebrar sus bodas con la infan- 
ta doña Isabel, bija de loa reyes de Portugal don Manuel y doña 
María, distinción & que correspcmdió con tal magnificencia, que m^ 
acaban de ponderarla bastantemente los historiadores. Entre otros 
muchos apárelos dispuestos al intente, sobresalian siete grandiosos ar- 
cos tríunfales, con alusivas incepciones; y todas las casas de la 
pdriacion decorosamente Mgalanadas. 

Contentísimo salió el emperador de la ciudad de Hércules, cu- 
ya magnttca opulencia y generosidad le dejó para siempre los mas 
gratos recuerdos, sin que nunca le diesen los hijos de este suela 
meüvos de queja, como los de otras poblaciones, pues le sirvieron 
constantemente en todo su largo reinado hasta su ruidosa abdi- 
caeion y retirada al monasterio de Yuste, ocurrida en 4556, cuan- 
do el César español, con aaombro de Europa y del Mundo, rmun- 
ció la corona en su hijo el príncipe don Felipe. 

Muelros grandes varones florecieron en Sevilla durante el tei- 
nada del emperador, espamalmente inágnes predicadores de varías 
órdenes religiosas y asimismo úA clero secular. Pteo como en todas 
épocas produjo esta ciudad maravillosos tipos de ejemplarísimas vir- 
tudes, y hombres muy doctos en los diversos ramos del saber, ne^ 



4 48 oumiAs 

cesitarlamos votánenes enteros páracUaito biogÉáfieaoMÉte; y por 
otra parte, aeria ofender á los de otros sig^ el caracterísar tan «h 
lo á los de uno; por lo cual nos limitamos á consignarlo en gliriio 
y sin detalles. También se debe contar entre las Glorias de Sevi- 
lla al Ínclito don Fernando Colon, caballero en quien campearon 
grandes prendas y escelenoias en armas y letras. Babia nacido 
en Córdoba, hijo natural del celeberrísimo almirante don Cristo- 
bal Colon. Pasó con su padre y con su hermano el almirante don 
Kego yarías veces k las Indias, y después con el emperador á Itár- 
lia, Flandes y Alemania; y tanto en estos, como en particulares 
viajes, peregrinando por toída Europa mn el aprovechamiento del 
sabio, enriqueciéndose de noticias y de libros, reunió mas de veinte 
mil selectísimos volúmenes, que legara en herenda á la Santa Igle- 
sia de esta ciudad, donde quiso pasar los últimos años de su vida 
Yace en medio del trasooro de la Catedral sepuHira escogida por 
él mismo donde tiene su lápida que desde luego llama la aten- 
ción, 

Murió también por entonces otra sevillana gloria, el marqués 
de Tarifa, piadosísimo oaballero, que habia invertido oerca de tres 
afios en peregrinación devota k la tierra-'santa, describiendo & su vaet- 
ta los sagrados lugares y contando los suitesos de su viaje, escritos 
por él mismo, en la rsladon in^Nresa, que circula. Era tan amado 
por sus virtudes y belfisimas prendas que Sevilla entera sintió y 
lloró su muerte, pues siempre habia visto en él un verdadero 
padre de la patria, prodigando beneioios á la neUesa, limosnas á 
las clases indulgentes y menesterosas, memorias pías á las iglesias, 
y acabando de trasmitir siempre grata su recordación á las 
generacionfli venideras con la beneficiosa amplificación del Hoe^ 
pilal de las cinco Llagas, también denominado de ia sangre. 

Oos anos después de oca|mr el trono doo Felipe II, murió su 
augusto padre en el monasterio de S. Gerónimo de Yuste, á los 
58 años de su edad, variamente fecundos «n i gkrias y. vicisitudes^ 
SevHla al sabeiio, asi como en vida se esmeió en reverenciarlo, 
trató de eseedeise asi misma en la snntnfsidad de aas exequias, 
disponiendo (como dice Zúñiga) ctúmnlo tan magnifieo en k ei-- 
tructurai tan elegante en los ndoroos^ tan ries en los materiales, tan 
perfecto en la arquileclnra, tan grave en las estatuas, y tan erudito* 



DE «ttlLLA. U9 

mente animado de inscripciones, geroglifioes y elogios, que aan 
prolija descrípcion no bastara á demostrara, como k) dejó curiosa- 
mente á la posteridad Lorenzo de S. Pedro en tratado digno déla 
Imprenta.» 

Asi se portaba Sevilla, oorrespMidiendo en ello á su opulencia, 
qne llegó á rayar en fabulosa desde el descubrimiento de las Amer 
ricas, pues no hubo en. el mundo ciudad alguna adonde mas oro y 
plata se trajese en numerosas flotas, que todos los anos regresaban 
cargadas de tan preciosos metales. Por eso los monarcas de Casti- 
lla miraron siempre á la famosa Hispalis como el punto de apoyo 
mas notable para grandes empresas, debiéndole recursos cuantíosisi- 
mes en nracbas ooadiones apuradas. Gonsiderabled fueron los servicios 
que prestó Sevilla al nuevo soberano, especialmente cuando la re^ 
belion de los mortecos granadinos y la conquista de las Alpujarras. 
A consecuencia de tan terrible guerra, vino el rey k esta ciudad . 
manifestando en pdbüoo cimn agradecido le estaba y baciendo elo- 
gios de ella á cfada instante; alabantas que tenian doble precio, 
salidas de la boca de un Felipe II, naturalmente frió, austero y 
reservado. 

Cuarenta y dos años reinó este severo principe, acérrimo sostene-* 
dor de la faorrOFOsa Inquisición, farísaífeamente llamada tribunal del 
Santo-cfimo, lo oual da una idea del fodatisoM) de la época, que per-^ 
mitió santiGcár impunemente, como una especie de sangrienta burla 
el bárbaro cficio, de los verdugos, de los atormentadores y de los 
tostadores de inofensivas criaturas humanas! 

Sucedió á su padre en 4598 el principe don Fdipe, rey tercero 
del noibbre. En su. tiempo SeviUa, aunque fatigada al principio de 
peste, y otras calamidades, floreció con magnifica opulencia. Funr- 
daronse muchas casas religiosas de ambos estados. Distinguiéronse 
no pocos eminentes varones; saliendo de esta ciudad los primeros 
sustentadores de la inmaculada concepción de María S^LUtisima, Ma- 
dre de Dios; lo. cual era entonces escolásticamente controvertible. 
Deseando todos que. se declarase articulo de fé por el sumo pontí- 
fice opinión tan piadosa, dirijieraise á Boma los dos esclarecidos se- 
villaooa don Mateo Bazquez de Leca, y el licenciado Bernardo de 
Toro, con autorización del rey, obtenida en la corte. ínterin ellos 
negociaban como procuradores cerca de la Sania Sede, examinaba* 

20 



450 cfiOtTis 

se det^íiidamenle el cuestionable asantes resaltando soluoion favo- 
rable á tan cristianas preteneiones. Goafecba24 de Agosto 4e 4647 
concedió Paulo V breve relativo al sagrado misterio, donde previ- 
no que nadie osase en sermones, lecciones, conclusiones, ni otras 
públicas disputas, afirmar ni defender la opinión contraría; que fué 
e) primer importantisinH) paso con que Uegó al estado en que lo 
vemos; cuya fausta noticia entró en Sevilla á. 22 dé Ootubre, reci- 
bida con imponderable aplauso y regocijo, diaciendo desatar (como 
dice el analista) arroyos de suavistmas lágrimas de consuelo á los 
devotos, viendo puesto tal silencio k los meios pies, y prorrumpió 
luego en solemnísimas demostraciones, fiestas tantas y taft grandes, 
que pudieron llenar muchos volúmenes, cíhuo los hay entre los do- 
nosos de sus relaciones.]» 

Esta siñgttlarisima devoción á la Madre de Dios, por cayo de-< 
coro se trataba de volver oon tal solicitud y ardiente fé, es en nues- 
tro humilde concepto una de las mayores Glorias de Sevilla, la cual 
so obligó con juramento á defender en todo casó y á todo trance 
o) enunciado misterio de la Inmaculada Goncepcioo. 

Recien entrada la primavera de 4624, murió en Madrid el rey 
Felipe IIl, sucediéndole su hijo don Felipe IV, priikcipe ilvstradi- 
símo, que hubiera sido un buen monarca, si su estriada, afición 
á la poesia no le hiciese descuidar las cosas del reino, cMfiando 
la suprema dirección de los negocios públicos á secindarias manos. 
Conocida es de todos la famosa privania á que llegó » su tiempo 
el conde duque de Olivares, hijo de Sevilla, adonde vbio el rey 
mas adelante, favoreciéndola con especiales demostraciones de honor 
y agrado, siendo de ella servidor leal y finamente como todos sus 
coronados predecesores. Durante su reinado y á instancia, suya, ili^ 
se principio á los piadosos tratados y devotas negoaiaoiones para la 
suspirada canonización del gloriosísimo San Femafldo, conqnistador 
de la ciudad heroica en que radica su incorrupto cadáver. Pero aun* 
que vinieron los remisoriales para la información de la santidad y 
virtudes de Fernando III, recibiéndolos Sevflla con estraordinario jú- 
bilo y anfclogas demostraciones; y aunque se prosiguió activamente 
el referido asunto, reservaba Dios su feliz éulo para el reinado si^ 
guíente. 

Ocupando el trono de Espafia Felipe IV padeció Sevilla gran- 



disímas cahonidades, qae pnaieron á dura prueba ra i^rendiblé toD«- 
iancia. Fué la primera una espantosa avenida del Guadalquivir 
(Án ejemplo antes ni después, aunque hubo varias) que hizo temer justa-e- 
mente la total destrucción de cuantas poblaciones ocupan sus riberas. 
Había comenzado el invierno de 4626 con grandes y continuas lluvias 
incesables noche y dia, en términos de recelar las gentes que se 
preparaba otro diluvio universal. Con ellas y los impetuosos vientos 
contrarios que detenían su desagüe, era tan arndladoramente 
considerable la avenida del en8(d>erbeGido rio y tal era el embate 
de sus ondas, que desbordándose estas oon un furor y estrépito in^ 
decibles, inundaron la njayor parte de S^villa^ quedando la menor 
aúsladat merced á su sobresaliente elevación en varios puntos. 

Mil géneros de estragos, ruinas y desastres smjieron oonsiguien*^ 
les á tal desbordamiento, nunca visto. Pero si horrible fuélainun*^ 
damon de las crecientes agna^, no lo fué menos su permanencia, 
á modo de indeflnidai estaMamiento, durando nada menos que eua*« 
retta días, hasta que comenzámHi á menguar, mitigándose las llur^ 
vías y dejundo de soplar los muy tenaces vientos opuestos; en cu^ 
yo intermedio se procuró aplacar la Justicia divina con'nmdias pitH 
cesiones, rogativas y publicas penitencias. Fueron incalcolabte) hd 
pérdidas. Ocupó el agua casi la tercera parte de la ciudad, y e» 
partes con tanta altura, que llegaba hasta los cuartos idtos, de no 
muy humilde habitaciones; cerca de tres mil casas padecieron rui- 
na, pero infinitas grave deterioro; desplomáronse no pocas, sepultan-^ 
dose entre los escombros sus desventurados habitadores. El asisten^ 
le y cabildo de la ciudad, la real audiencia, los sacerdotes, los no- 
bies, los empleados y cuantas personas eran de algún vater esme-^ 
ráionae á p«rfia en aliviar y socorrer constantemente al afligido pu^-' 
blo. UÉcurriaB barcos por las calles inundadas, para salvar á los com- 
prometidos, ó proveerlos de mantenimientos, que á los pobres re- 
partían con largueza grandistma los oomisionaéos. Perdióse también 
cuantiosa suma de haeienda en miercaderias y frutos acopiados, sin 
el daio eterno de los campos y ganados, que fué escesivo, valúan-* 
dose en cuatro millones de ducÍMios la pérdida conáguiente al g^-' 
neral destrozo. 

Cualquiera otra pdibcion de menos recursos que la poderosa 
SeviUaihdiff a sucumbido agoviadó bajo el peso de semejante caliK' 



i 52 GLORIASE 

midad. fecunda en infortanios dolnitMfeifnos, que del mayor sin ){• 
mito se recrecieron. Empero la opulenta Hiftpalis, entre cuyas glo- 
rías figura la de no abatirse jamás, tardó muy breve tiempo en le- 
vantarse por si misma á la dominadora altura que ocupaba antes 
del cataclismo y sus efectos. Parecía, sin embargo, que el reinado 
de Felipe lY le hubiese cabido la triste suerte de presenciar fata- 
lísimas cosas, especialmeute en lo que atañe al sevillano recinto; pues 
en el año de 1649 (dos. siglos justos ha) viese la población hispalen- 
se espuesta á perecer victima de la mas contagiosa y asoladora pes- 
te, que jamás se haya conocido en él mundo. Á consecuencia del 
estancamiento de aguas procedentes de repetidas invndadones^ sur- 
jian con la fuerza del calor solar muy nocivos vapores de tantas 
humedades exaladas, que impregnaban la atmosfera de pútridos mias^ 
mas, inficionando el aire necesario ,á la . vida^ y eon^írl&éndpla en 
elemento inexorablemente mortífero. Sentimos que los estrecbos limi- 
tes de nuestra reducida obra, nos priven de iMertar alguna de las 
varías relaciones escritas y conservadas acerca de tan ruidoso como 
infaustísimo acontecimiento. Pero al menos daremos cabida & los mas 
interesantes renglones de una lamentable reseña impresa en losanar- 
lea; para dar una idea de lo que padeció SeviUa mortalmente val- 
aerada en medio de sus glorías y en todo el esplendor de su mar- 
raviliosa grandeza.» 

- Creció la violencia de la epidemia entrando el mes de Mayo, y 
ya dasi toda la ciudad era un hospital, porque á la inmensidad de 
todos estados que se heria y moría no bastaba la pretencion del 
sitio destinado, aun fuera de la gente principal y caudalosa (boy 
diriamos acaudalada) que no podia ser sacada de sus casas. Aun- 
que de esta se aumentó muchas llenándose los lugares y casas de 
campo circunvecinas y en todo el Aljarafe; pero ntf por eso se pre- 
servaron de morir muchos. Entretanto la vi jilancia de los. ministros, 
animosos en lo mas duro del peligro, disponía varios medios á la 
cura y conducción de enfermos al Hospital, y de los muertos de 
este y de la ciudad á los osarios y carneros, número grande de 
carros y sillas de manos los iban incesablemente llevando; pero á 
muchos llegaba primero la muerte, y á no pocos cojía en el ca* 
mino, y de los que morían en las casas amanecian cada dia llenas 
las calles y las puertas de las Iglesias: todo era horrores, todo llantos, 



DE flKYILLA. J53 

todo miserias; fallaban médicos, nó se liallaliaii medicinas, lo^ regalos 
ano k exorbitantes precios no se conseguian, valiendo tres ducados 
y á veces cuatro una gallina, uno un pollo, y á dos ó tres reales 
un huevo, y al respecto lo demás, y todos los mantenimientos, aun- 
que la comarca estaba abundante y abastecida: pero negábanse á la 
conducción los forasteros cdn el: horror del riesgo, y crecía en lo 
demás la codicia, aunque diferentes ministros salían á hacerlos venir 
y k que se condujese el pan, carne, y otros géneros precisos, con 
admirable prontitud y desvelo, eñ tanto que la muerte se cebaba de 
tal modo en todos estados, que habia dia que pasaban de dos mil 
y quinientos los mueírtos eñ los hospitales y casas particulares, y 
aunque se llenaban las bóvedas de ias Iglesias, de qué ninguna se 
reservó (que no. fra tiempo de mirar en patronatos ni respetos) ya 
no cabían ni en' los cementerios ni en los harneros del Hospital, 
con ser estos diet y ocho, y muy capaces, y se hicieron otros seis 
previniéndolos oon las bendiciones de la Iglesia: uno fuera de la puerta 
de Macarena; otro en lo alto de los Humeros cerca de la Real; otro 
á la de Triana, á un lado del convento del pópulo; otro á la puer-^ 
ta del Osario, y el sesto, que cas» igualó & todos los demás, cerca 
de la ermita de S. Sebastian; ¿pero qué muchos si puede pasarse 
con segura verdad de doscientas mil personas el númeit) que mu-- 
rieron, acabándose fámili» enteras, despoblándose número grandí- 
simo de casas y. barrios casi del todo, como el de S. Gil, el de san- 
ta Lucia, y el de santa Marina, á que no ha bastado el tiempo á 
reintegrar la población? Veíanse salir de la ciudad y de los hos- 
pitales cargados de cadáveres á descargar horrorosamente en los 
cameros, donde la multitud mal cubierta de tierra despedía un 
olor, intolerable, en que recibía aumento la corrupción del aire, y 
esto llegó á tal esceso, por no profundizarse las sepulturas en al- 
gunos templos parroquiales, que fué preciso sacar de ellos el san- 
tísimo sacramento, retirándolo á algunas capillas particulares, ó en 
los mas vecinos templos de los monasterios. Y por que algunos del 
lodo quedaron rin ministros, y sin quien cuidase del culto y ad- 
ministración de los sacramentos, á que no bastando los curas, ni la 
ayuda de los demás sacerdotes, acudían religiosos de todas las ór* 
denes, sacrificándose al peUgro voluntariamente, porque los fieles no 
muriesen sin los sacramentos de la Iglesia, como también á los hos- 



4 51 GLOtlAS 

pítales, no solo al mismo ministerio sagrado, sino al de servir & los 
enfermos con maravilloso ejemplo, en que gran námero padeció glo- 
riosa muerte.» Hasta aqni el analista. 

Parece increíble que con semejante asolador contagio, mucho mas 
4errible que el tan funesto cólera-morbo asiático de nuestros dias 
no sucumbiese enteramente la desventurada capital de Andalucia, obje- 
to á la sazón de lástima profunda aun para aquellas desairadas pobla* 
cienes que envidiaban sus glorías y ríqueziis. España entera conmo* 
víose atónita, procurando aplacar la ira divina por cuantos medios 
suele en casos tales. 

Estas y otras indiscríbiUes calamidades padeció Sevilla reduelen^ 
dose considerablemente su numerosísima población, que en otros 
tiempos competir podia con las mayores capitales del mundo. 

Poco mas de tres lustros habíanse deslizado oon la insensible mar- 
cha de los tiempos, coando sobrevino la muerte de Felipe IV, en 
47 de setiembre de 1665; principe esclarecido (como dice un con- 
zíenzudo historiador) eu quien campearon grandes prendas de rey y 
de caballero, , pero cuyo largo reinadd de cuarenta y cuatro años, 
cinco meses y diez y siete dias, vio en larga serie de varios sáce-* 
sos sobrepujar el número dé los infaustos como la pérdida y guer- 
ra de Portugal entre cuya inconstante diversidad faé notable la cons- 
tancia ó igualdad de su ánimo, con que mostraba ig«al semblante k 
los triunfos que á los iafortunios, mereciéndole el renombre de 
grande. 

Siguióse la regencia de la reina viuda doña Mariana de Austria, 
tu lora del Principe don Carlos II, monarca luego de triste y mi- 
sera recordación; cuyos sucesos, historiados ya por otras plumas, no 
es de nuestra incumbencia repetir. Circunscribiéndonos como siem- 
pre á Sevilla, lealístma y minifica y espléndida servidora de aquel 
fanatizado señor, como lo habia sido de los soberanos sus predeceso- 
res: hallamos en los anales relativos á este reinado^ el faustísimo 
acontecimiento de la canonización de S. Fernando, terror y aaom- 
bro de la raza Osm&nli. Con inesplicable júbilo recibió Ih poU^ 
cion sevillana eu breve pontificio tocante á laanciédad de so. con- 
quistador, despachado por el sumo Pontifibe Clemeate X, á 4 de Fe^ 
hrero de 4674. Eacede los limites de humana ponderación la mara- 
villosa fastuosidad, grandeza y eapleadidez con que h« seviUanoe 



DEBKTILLl. <IS8 

tebrarM) la soUimacion del héroe á los altares, teniéndola jastislma- 
menle por una de las mayores 'soleomidades religiosas en que se dis- 
ÜDgue la española Iglesia. 

Iba caminando hacia su fin el año de 1700, cuando maño Car- 
los II, estingaiéndole en él la linea mascnlinade la casa de Aastria, 
qoe babia poseído el trono de España desde Felipe 1, llamado oí 
ñermoso, cerca de dos siglos, pues no se consamaron por un lastro. 
Principe débil y mal aconsejado, cuya voluntad siempre inclinada 
i la casa de Aastria y enemiga de la de Borbon, dejó sin embargo 
á esta la Corona de España, realizándose en parle tos dorados sue- 
ños del ambicioso Luis X.1V, no sin coslarle inmensos saciificios, gran- 
' des sinsabores y la homillacion de verse casi á dos dedos de sa ruina. 




;i?íi.^t*^etM 



¿ási^«^^i 



CAPITULO XVI. 



S«vllU aiempre luul. 




"ntes de pasar adelanto mealando algaoos la- 
^ cesos pertenecíanles í la domÍDacton de loe 
Borbones, parece natural hacer como ana es- 
pecie de resumen hislóricQ de las grandes pruebas de adhesión fide- 
lísima, que en todos tiempos ha dado á sus reyes la nunca desmen- 
tida lealtad de Sevilla cristiana. V siendo esta acaso la mayor de 
sus Glorias, justamente encomiada por muchos príncipes, que le de- 
bieron gralitad eterna; no parecerá supérfluo dedicarle un capitolo, 
aonqne de reducidas dimensiones, por no ser asequible mejor cosa. 
Nada ofrecen con mas frecuencia las historias y anales de Se- 
villa, (dice Varflora] á la atención de los lectores, que constantes ar- 
gumentos dé fidelidad para sus soberanos. Todos los timbres que la 
distinguen en b político deben ceder el primer lugar & esia ina- 
preciable cualidad, y todas las circunstancias, que en lo natural la 
constituyen feliz, reconocerse de menos valía que la invencible cons- 
tancia de su afectuosa y verdadera lealtad. Si se ha visto opulen- 
ta, y uno de los primeros emporios de la Europa, ba sido para ofre- 
cer espontáneamente sas cnantiOBas riqnetas á los pies del trono de 



DB SEVILLA i|S7 

SOS reyes. Si se ha conceptaado taerte y namerosa en moradores, 
sopo en todas ocasiones presentarlos y aon sacrificarlos impaáble por 
defender la patria y la corona. Si la fidelidad de otros pueblos ha 
vacilado, Sevilla con so ejemplo y con sos armas les hizo entrar 
en sus debidos límites. Si los sevillanos por sos ingenios, introdu- 
ciéndose en el santoario de la sabiduría, se han remontado al tem- 
plo de la fama, donde quiera emplearon sus talentos en servicio de 
España y de sus príncipes, para honor de estos reinos y de sus 
monarcas. Y á fin de que no se jnzguen hiperbólicas estas breves 
consideraciones, como si se tratase de alabar exajerando ó de adu- 
lar, que viene á ser lo mismo; convendrá mencionar algunos hechos 
de la imparcial historía entresacados, para que sirvan de fundamento 
á las observaciones emitidas. 

En el año de 4259, queríendo el infante don Enrique revolu- 
cionar tumultuando á Sevilla con su lejitimo rey, la gente de ella 
acaudillada por don Ñuño de Lara lo rechazó y venció cerca de 
Lebríja. 

En el año de 4283 los sevillanos firmes en su proposito deobe* 
decer á su legitimo rey, don Alonso X, vencieron junto al río Gua- 
dajoz á los parciales del rebelde infante don Sancho, poniéndolos 
en completa dispersión y escarmentándolos en términos de no inco- 
modar nuevamente al anciano monarca. 

En el año de 4297 sirvió Sevilla al soberano reinante con cuatro 
galeras armadas á costas de sus vecinos, que voluntariamente con- 
tribuyeron para todos los gastos. Y habiéndole pedido mas ade- 
lante Fernando IV, la villa de Fregenal, respondió la ciudad no- 
blemente que aquella y cuantas poblaciones le habian cedido sus 
progenitores estaban á su real disposición; cuya generosidad recom- 
pensó el soberano con un prívilegio dado el año de 4340 en que 
hace mención honorífica de la lealtad de los Sevillanos, que le asis- 
tieron en los cercos de Gibraltar y Tarífa. 

En los años de 4346 y 4327 tomaron los sevillanos algunas 
fortalezas y castillos, siguiéndose la rendición de diferentes punios 
fortificados. 

En 4336 los sevillanos derrotaron el ejercito de Portugal, junto 
á Yillanueva de Varcarrota. 

En 4339 los valerosos hispalenses á las órdenes del maestre d® 

24 



458 GLORIAS 

Alcántara , derrotaron á los moros salidos de Algeciras; y después 
reuniéndose mas gente de Andalucía, dieron otra san grienta batalla 
contra el rey moro Abomelic, que fué vencido y muerto. 

El siguiente año de i 340 se halló el Pendón de Sevilla con su 
gente en la célebre batalla del Salado, como atrás queda referido. 

En 4380 sirvió Sevilla para la guerra contra los ingleses con tres 
galeras costeadas á sus espensas. 

En 4385 derrotaron los sevillanos, en número de 300 de caba- 
llería y 800 infantes, bajo el mando de don Alvar Pérez de Guz- 
man, Alguacil mayor de e^ ciudad, un poderoso ejército de mas 
de cuatro mil portugueses, haciéndeles muchísimos prisioneros, y re- 
portando las ventajas consiguientes. 

En varias épocas los importantísimos servicios de Sevilla fueron 
recompensados por algunos reyes, quienes le concedieran privilegios 
notables, espresándose en los términos mas lisonjeros para la renom- 
brada población hispalense. Mecesitariamos muchas pajinas para la 
inserción de aquellos documentos, en el lenjuage antiguo redactados; 
y no siendo posible destinarlas, parécenos cumplir con advertirle. 

En pestes y hambres á consecuencia de prolongadas guerras Se- 
villa con mano pródiga socorrió á las poblaciones inmediatas y se so- 
corrió á si misma en la parte menesterosa de sus habitantes, con 
gruesas cantidades de trigo y de dinero, que remediaron la miseria, 
del pueblo necesitado, salvando considerable número de indigentes 
familias. 

En 4456 la gente de Sevilla ganó á Jimena; iban los hispalen- 
ses mandados por el duque de Medina — Sidonia y el marqués de 
Villena. 

En 4474 entraron los sevillanos por las fironterasde Portugal ba- 
tieron el pais, sacaron gran presa de ganado; y al volver con ella 
fueron acometidos por tropas lusitanas venciéndolas y destrozándolas 
en términos de no quedar quien diese la noticia. 

En 4482 sirvió Sevilla para el socorro de Alhama, con cuatro 
mil peones, trecientas lanzas, cantidad de mantenimientos, dnco mfl 
bestias de carga, siete mil arrobas de vino, y considerables donati- 
vos pecuniarios. 

En 4 483, para la guerra que se hizo en la Vega de Granada^ 
contribuyó Sevilla con quinientos jinetes y ocho mil infantes. 



DE SEVILLA 4 39 

En \ 485 para la conquista de Ronda, sirvió Sevilla con cinco mil 
infantes y quinientos caballos. 

En 1 486 distinguióse admirablemente el ejército y pendón de Se- 
villa en la toma de lUora, de Loja, de Moclin y otras interesantes 
poblaciones fortificadas, 

En \ 487 fué á la conquista de Málaga, sobresaliendo como siem^ 
pre toda la nobleza sevillana capaz de tañar armas. 

Én 4489 sirvió Sevilla heroicamente para las conquistas de Bar 
za, Almería, Guadíx y sus comarcas, con seiscientos de á caballo, 
y ocho mil peones á cargo del Asistente, conde de Cifuentes, lle- 
vando por supuesto, su Pendón con sus veinticuatros y nobleza; y 
á doce de Enero de 4 490 escribieron los reyes Católicos á esta ciu- 
dad ponderaciones de grándisimo honor á tan gran servicio. 

En 4494, para el ejército que fué sobre Granada, contribuyó Se- 
villa con seis mil infantes y seiscientos caballos; además de lo cual 
continuó repitiendo socorros, que alguno fué de mil y quinientos sol- 
dados, con su pendón y nobleza, cooperando al breve y notable em- 
peño de la fundación de Santa Fé: y esta vez, lo mismo que las 
anteriores, no quedó caballero capaz de tomar armas, que no sirviese 
en pei'sona, arriesgando gustoso la vida. 

En el año de 4 501 , á no haber sido por la gente de Sevilla que 
iba con el pendón de esta ciudad, hubiera padecido una total der- 
rota el ejército de los reyes católicos en la Sierra Bermeja; y aña- 
diendo Sevilla otros cuatro mil peones á los que habían ya ido, tu- 
vo la guerra feliz conclusión. Este servicio no reconoce precio en los 
límites de lo humano. 

En 4 569 sirvió Sevilla con dos mil infantes pagados por algunos 
meses, para hacer guerra á los moriscos sublevados. 

En 4584 contribuyó Sevilla para la espedicion de Portugal, con 
su nobleza, gente y tesoros. 

En 4 625 hirvió Sevilla con repetidos socorros de gente, dineros, 
granos, armas y municiones para impedir la invasión de los Ingleses 
que intentaron tomar á Cádiz. 

En 4644 sirvió Sevilla con una compañía de 405 hombres de á 
caballo y tres compañías de infantería, que pasaron á Badajoz con- 
tra los Portugueses. 

En el año de 4645 contribuyó Sevilla generosamente con dos- 



460 GLORIAS 

cientos mil ducados para la guerra que sostenía Felipe IV contra Por- 
tugal y Cataluña á un tiempo. 

Por ultimo (aunque esto deberíamos decirlo mas adelante) en 
el año de 4706, cuando mas vivamente empeñada seguia la desas- 
trosa guerra de sucesión, el marqués de las Minas, general del ejer- 
cito lusitano, solicitó á Sevilla para que se revelase contra Felipe 
V, negándole la jurada obediencia. Pero la muy noble y muy leal 
ciudad, sin dignarse siquiera leer la instigadora carta del marqués, 
la remitió á dicho monarca, quien no encontraba términos suficien- 
temente espresivos para manifestar su reconocimiento á una fine- 
za sin precio, atendidas las circunstancias. T no contentándose to- 
davía la población sevillana con aquella espresion de su lealtad, es* 
crivió á las demás ciudades de Andalucía, para que confederándose 
y uniéndose á la capital, sostuviesen victoriosamente la causa de su 
rey. Igual dilijencía repitió Sevilla en el año de 4740, con motivo 
de haber entrado los partidarios del archiduque en Madrid, con cu- 
ya Villa se mandó cortar toda comunicación , adoptándose las me- 
didas correspondientes para socorrer al rey en cualquier paraje que 
se hallase. Dio á entender el soberano su profunda gratitud á esta 
capital, en carta notable por el párrafo siguiente: cDe todas las ciudades 
y pueblos á quienes rindió la fuerza, tengo muy seguras señas de 
fidelidad, y coando las violencias y engaños de los enemigos pu- 
dieran haber entiviado á alguno, que no lo han logrado, bastaría 
el ejemplo de Sevilla para alentarlos al cumplimiento de su obliga- 
ción en defensa de la relijion, de mi causa, y de sus haciendas y 
familias, en cuyo empeño me sacrificaré yo gustoso correspondien- 
do al amor y fidelidad, que he reconocido, especialmente en esa 

ciudad.i 

Otras muchas glorías hispalenses de análoga significancia enu- 
merar podríamos, como las que recopila el padre Valderrama, si no 
bastasen estas para el objeto que nos propusimos. 

Pero todos estos lauros que engalanan la frente de esa Reina 
del Betis, siempre hermosa, perderían mocho de su mérito é in- 
marcesible losania, si no los realzase maravillosamente la prover- 
bial beneficencia de la Señora augusta que los luce. Es con efec- 
to, Sevilla una de las poblaciones mas generosas, humanitarias, 
filantrópicas y hasta muníficas, que liberalmente campean en el ám- 



DE SEVILLA 461 

bílo de EBpafia, para consuelo de los desvalidos. En los muchos 
anos de horrorosa mortandad epidémica, que la aflijieron solicita 
acudió mas que otra alguna al alivio de los innumerables enfermos, 
improvisando admirablemente cómodos hospitales, donde con todo es- 
mero se les asistiese. En 4504, simultáneamente acometida Sevilla 
por terremotos, hambres y peste, sus dos Cabildos espendíeron muy 
gruesas cantidades consoladoramente reparadoras en lo posible, siendo 
tal su beneficencia, que llegando á oidos de los reyes católicos, les 
escribieron cartas desde Medina del Campo, dándoles gracias por ella. 
Ed 4522 llegó á ser tan grande la esterilidad en Andalucía, que los 
vecinos de los pueblos comareanos á Sevilla se finieron á ella, im- 
plorando remedio á su aflicción. Acogiólos benévola como tierna la 
capital, sosteniendo y alimentando sus dos cabildos á aquella con- 
siderable multitud, todo el tiempo que duró la enunciada calamidad. 

De esta misma clase (según Arana) se pueden referir muchos ca- 
sos en que Sevilla, ó ya con motivo de esterilidad, ó ya con el de 
las frecuentes y soberbias inundaciones de Guadalquivir ha ocurrido 
DO solamente al socorro de sus moradores, si no también al de otros 
pueblos á quienes ha tocado el mismo infortunio; de lo cual son tes- 
tigos Alfarache, Gehes, Coria, Camas, la Algava, la Arinconada; 
Alcalá del Rio, y algunos mas distantes. T no es para omitido que 
en el calamitoso alio de 4760 se estableció un hospital en el sitio 
llamado la Laguna, donde se mantuvieron mas de dos mil pobres; 
pero creciendo el número, y no habiendo allí capacidad para mas 
eoloeároBse otros cuatrocientos en el hospital de la Sangre, tenien- 
do en ambas partes la debida separación hombres y mujeres. 

No testifican menos esta beneficencia publica de Sevilla, diferentes 
establecimientos protectores de la humanidad, á saber: muchos y bien 
dotados hospitales, adonde en los afios de epidemia son muchos los 
enfermos que de fuera viene á curarse; la casa de los niños espó- 
sitos, en que se recibe no solo á los de esta ciudad, sino también 
á los forasteros, pagándose algunos años por cuenta de la casa qui- 
nientas cincuenta y tantas amas ó nodrizas; y entre otras mandas 
notables la piadosa dotación que la ilustre sevillana doña Guiomar 
Manuel dejó para la manutención de los encarcelados. 

Todas estas cosas y otras análogas, que por no ser dífiísos omi- 
timoBy bien pueden figurar ratre las Glorias de Sevilla. 



CAPÍTULO XVII. 



Desde )70D basla 1 




k 08 pretendientes babia & la corona de 
1 España. El archidnqne Carlos de Aqb- 
I tría, deepies emperador de Alemaiia; 
y el jóren doqae de Anjoa, nieto dé) 
Rey de Francia. Eete foé proclamado 
sobenoo de España, con ei nombre de 
Felipe V. Aquel se hizo proclamar & sn vez y hasta U^ ¿ entrar 
triunfante en la capital de dos mundos, en el palacio de Madrid. 
Uno y otro alegaban dere<dios de pretendida legitimidad. Uno y 
obo alncinahanse imperdonablemente; porque las nacioaes no se he- 
redan como los mayorazgos; porque muchos millonee de asociados 
no pueden ser propiedad de ninguna bmilia ni peraoaa. La Nación, 
que debia haberlos silbado y darse nn buen lef^slador á su manera 
fraccionóse en opuestas banderías, llevando unos la voz de don Feli- 
pe, dando otros la razón al archidnqne. Tal era la ignorancia de 
aquel tiempo, que aun ie «reiaa en los reyes de dere^ divino, a«B 



DE SEVILLA. 103 

qae Dingnno ftié mas opuesto á ellos que Dios mismo, como io dio á 
entender & los hebreos, á quienes á ejemplo de las ranas libres y di- 
chosas, un despota pidieron coWmado, quejándose de vicio los muy 
necios, hartos de independencia y de ventura, 

Pero ademas de aquellos pretendientes, suijian otros planes eu- 
ropeos de ambiciosos monarcas, que ansiaban repartirse entre si los 
inmensos despojos de la opulenta metrópoli en cuyos interminables 
dominios nunca el sol se ponía; siquiera adoleciese de leonina la 
repartición proyectada, como la que, setenta y cuatro años después 
llevóse á cabo respecto de la infeliz y acaso para siempre desmem- 
brada Polonia. 

Desde 4704 representábase en el teatro de Europa el mas san- 
griento é indefinido de los dramas, al parecer sobre motivos dinás- 
ticos, en que jugaban como autores nada menos que los ejércitos de 
toda aquella parte del mundo (con ser la mas civilizada de las cinco 
y cuyo suspirado desenlace hicierase esperar unos trece afios, has- 
la la paz de Utrecht; hable la historia* 

Nosotros concentrándonos á Sevilla, no sin revisar los anales iné- 
ditos ó manuscritos, coma también los impresos, continuación de los 
de Zúniga y Espinosa; hallamos que se decidió resueltamente por 
Felipe V, botándole para ello el verte desipado como heredero en 
el testamento de don Carlos segundo. Asi desde 4 704 la población 
sevillana, leal como ninguna, sobre todas espléndida y valiente, pro^ 
clamó rey de España á un principe francés, si bien nieto de Infanta 
española, María T^esa de Austria, hija de Felipe IV. 

No es fácil calcular aproximadamente las inmensas sumas que 
Sevilla afN^ntó en diversas ocasiones durante una lucha tan encar- 
nizada, sirvi^o fidelísima al nuevo soberano, como había servido 
á todos sus predecesores. Infinitos socorros de hombres y dineros sa- 
liaa de esta capital, para reforzar el ejército, no siempre vencedor 
de aquel principe, á cuyo triunfo bien se puede afirmar que con- 
tribuyó poderosfeimamente la generosa Hispalis, acaso mas que nin- 
guna de las prt>laciones nacionales. Por eso mereció que don Feli- 
pe, queriendo blasonar de agradecido, hablase de ella en términos 
magníficos y resolviese darle personalmente satisfactorias pruebas de 
su afecto. Pero los graves negooios de que continuamente se ocupa- 
ba, le impedteran realizar tan digno pensamiento hasta el año de 



4 64 GLORIAS 

4729, cinco después de haber tornado á regir el cetro español, por 
la temprana maerle de su hijo primogénito donLoisI, en quien ha- 
bla abdicado la corona á principios de 1724 

Si tratásemos de describir las maraTillosas fiestas reales que hu- 
bo en Sevilla; cuando la venida de Felipe Y. aun con quedamos 
cortos respecto de su grandiosidad y magnificencia, seguramente nos 
tildarían de exagerados, sin que por eso tuvieran punta de hiper- 
bólicos los narrativos asertos. La esplendorosidad de ovadones aná- 
logas solo es susceptibles de compararse con la grandeza y opulen- 
cia del riquísimo pueblo, que las prodiga: y pocos pueblos habia en- 
tonces en España, en Europa, en el Mundo capaces de competir con 
la deslumbradora Sevilla. 

En ella permaneció la corte hasta el año de 4733, y hubiera 
residido mucho mas tiempo, • si la razón de Estado no llamase al 
monarca hacia el centro de sus dominios, para equilibrar con su 
reconocida prudencia los varios intereses de tantos reinos, hoy de- 
nominados provincias. Pero antes de partir el soberano, tomó, dis- 
posiciones protectoras, que hicieron florecer como nunca en este 
suelo ciencias, artes, comercio, agricultura, cuanto conduce al bie- 
nestar del hombre, cuanto hace que prosperen los paises, 

Un mar de sangre, un numero infinito de millones costó á la po- 
bre España el afianzamiento de la dinastía borbónica, que parece des- 
tinada á presidir infaustas guerras de sucesión y de partidos; pero 
también es preciso confesar que se le debe mas de un principe jo»- 
to, ilustrado, benéfico. De esta opinión gozó Felipe V, durante su 
largo reynado; si bien no pudo cicatrizar las profundas heridas a- 
biertas con la lucha de trece años en el corazón de la patria. Mu- 
rió en 4746, dejando la corona al virtuoso Femando VI, su hijo 
que mantuvo en paz y dicha á la nación española, para la cual 
foé una verdadera desgracia lo breve de su reinar. Merced á sa- 
bios y hábiles ministros, como el digno marqués de la Ensenada, 
supo comprender y seguir la única política capaz de convenimos, 
para no ser juguete de estranjen»; supo conservar neutral y res- 
petado el majestuoso pabellón ibero, con gloria déla hispánica ma- 
rina y casi fobulosa prosperidad comercial. 

Apunteláronse en su tiempo las tesorerías, que cargadas de oro 
y plata en copia ubérrima, parecían naturalmente espuestas á des- 



DE SEVILLA. 465 

plomarse, tanta era su riqueza; mientras que otras naciones gner* 
reaban entre si y empobredanse, aartíéndose de todo en nuestros 
puertos. ¡Lástima grande que semejante principe solamente impe* 
rase unos trece años, hasta el de 4759, en que fuera llamado á 
mejor vida! Su genio melancólico, como el de su padre, hablase 
lomado mas scmibrio, triste y meditabundo desde la muerte de su 
idolatrada esposa, doña Bárbara de Portugal, victima de dolorosa 
y repugnante enfermedad, que hizo en vida manar sucios insectos 
del delicado cuerpo sin ventura; siendo voz general, que lo arras- 
tró á la tumba su carífio, por el invencible sentimiento consiguien- 
te á la irreparable pérdida y á la consideración de tan intenso 
sufrir. 

Sevilla, que debia especiales favores á Femando VI, sintió impon 
derablemente su (wematuro finar, espresándcdo en lostemplos con fervo- 
rosas preces al Eterno por el descanso de su alma, con magnificas 
exequias y honras fúnebres, como las inmejorables tributadas en 
4 746 al fundador de los Borbones. 

Si algún consuelo mitigó la pena, fué la omnímoda seguridad 
de que el sucesor merecía todo el afecto y el respeto de los cora- 
zmies sevillanos. Eran harto públicas la brillantes prendas del prin- 
cipe don Carlos, rey de las dos Sicilias, y hermano del difunto 
monarca, quien no dejaba sucesión directa. Presto una escuadra 
española llegó á las aguas de Mápoles, donde embarcándose con 
su familia el nuevo soberano, regresó felizmente á estos reinos, 
siguiéndose proclamación scdemnisima, que celebrara con estraor- 
dinarío júbilo la población hispalense, si bien ya lo habia recono- 
cido mucho antes. 

Dorante los seis lustros del reinado de don Carlos III, espe- 
rimentó Sevilla no pocas feliddades, con mezcla, empero, de vícít 
sitades y pérdidas enormes, singularmente desde que aquel mo- 
narca firmó, para desgracia del pais, el tristemente célebre podo 
de familia^ que acarreándonos el odio del Inglés, por servir á la 
casa de Francia, fué causa de tantos males de inolvidaUe re- 
cordación. Esto nos trae á la memoria el antiguo proverbio: ccon 
todo el mundo guerra, pero paz con Inglaterra;» s^re el cual nos 
eatenderiamos en largas consideraciones, robustecidas por gran nú- 
mero de datos históricos, si eso fuera de nuestro cometido, estríe- 

22 



166 GLARIAS 

tamente limitado & la poUacioa sevillana. EnCre las tariascafa** 
Hiidades qoe sobre ella pesaron durante el siglo XVIII, cnéntanse 
algunas terribles inondadones ó avenidas del caudaloso Guadalquí- 
Tir, especialmente la de 4758 y la de 4783. Aparte de estas ine- 
vitables desventuras, no siempre reparadas por los auríferos ran-* 
dales que de la ameríca fiuian, goz6 Sevilla, eomo toda España, 
tes tanjibles mejoras progresivamente desarrolladas por el sabio go- 
bierno de don Carlos. Murió este gran rey en 4789, dejando la 
eorona á su hijo don Carlos cuarto que en 4706 vino á la capi- 
tal de Andalucía, acompañado de su real familia y numerosa corte 
deslumbrante. Inmensos gastos hizo la ciudad de Hércules para 
recibir dignamente á su monarcas, que se manifestaron muy com- 
placidos de la lealtad, adhesión y esplendidez, de los sevillanos, 
cuyo entusiasmo y españolismo iguala por lo menos sino escede, 
al de las mas adictas y poderosas capitales de Iberia. 

Hemos llegado al siglo XIX, aunque sucintamente compendia- 
dores de los muchos que le precedieran. Hemos llegado al siglo de 
las luces, que debióse llamar de las tinieblas; ai siglo en que per- 
dimos las inmensas posesiones del Nuevo-Mundo; al siglo de los par- 
tidos políticos mas encarnizados; si hubo glorias en él para Sevi- 
lla, no sin costarle caras a la Patria. Muy largas cosas escribir po- 
dríamos, tal Tez interesando ó entreteniendo; empero al recordar 
los grandes males, las mil revoluciones, los espantosos dramas sub- 
seguidos en menos de diez lustros; el aliento nOit falta y la ener- 
gía, y desde el mismo umbral retrocedemos. Otros muchos mas fe- 
lices acaso puedan, sin lastimar el crédito de la dinastía reinan- 
te, esplícar las causas de esa continua y desconsoladora decaden-* 
cia, que por todas partes se advierte, como un horrible cáncer apo- 
derado del patrio seno, desde los últimos aflos del reinado de Car- 
los IV, destronado por su mismo hijo, á quien ya varías vece» 
perdonara laa sorprendidas conspiraciones de que impardalmente 
ocúpase la Historia. 

Y Tolviendo á Sevilla, debemos consignar que eran precisos vo- 
lúmenes enteros para encomiar suficientemente sus glorias. Pero sien- 
do tan reducida la parte destinada en nuestra obra á semejante 
objeto, otras plumas vendrán mas luminosas, que largamente la 
materia toquen. Ha sido tan fecunda en hombres de eminente mé- 



DK dtVlLLA. 167 

rito, con wpeoialídad en fiábíoa, literaieg y arlislas, qne ae han e»- 
crilo namerosoB catálogos de sos inmortalizadas denomiDacioneB, y 
haala qd diccionario, que se contseptaó imprescindible, para eTi- 
tar eonfiísQB laberintos, mentándolos por orden alfisbétioo. D. Die^ 
go Ortiz de Zéiiga, citando á dea Moolas Antonio, autor de nna 
Biblioleca de escritores españoles, hace mención de machos escla- 
recidos seyffianos; y el P. Lector Fr. Femando Valderrama (si bien 
con el sendénimo anagramático de don Fermin Arana de Valflo- 
ra) poblio6 nn tomo en coarto, edición de 4794, relativo al 
mismo asusto y cayo títalo es: Hifos de Smlta ibuins en iétUidai^ 
Uhm, ánms, artn ó dignidad.^ Grande fhé el esmero qae paso él 
P. Yalderrama en sn riquisimo acopio de notabilidades hispalen-^ 
ses, cocsnltando y revisando infinidad de manoscritos, amen de 
las noticias que le dieron doctos y emditisimos varones; apesar de 
fe cnal todavía se quedó corlo, pero dijo bastante para que otros 
eontiníiieii y perfeccionen sus concienzudos trabajos. El simple es^ 
tracto de estos requería por nuestra parte diferentes capitalos; y 
haciéndose impoaiUe el destinarlos, cumplimos con citar aquel pre- 
cioso libro, donde noestros lectores ^admiren, si les place, las mu- 
chas glorias de la gran Sevílhi. Cuan esclarecida y numerosa ba- 
ya siempre sido y sea su nobleza, no hay para que demostrarlo, to^ 
da vez que resplandece notorio. Además de los nobles caballeases^ 
tablecidos desde la conquista de esta ciadad, su creciente opulen- 
cia había ido atrayendo otrm muchisimes fomitias, que en ella se 
naturalizaron, ya por regias mercedes, ya por ventajosos enlaces; 
bien por adquisiciones heredadas, ó bien á foerza de oro oonsegai- 
das, particularmente después del descubrimiento de las Américas. 
Con gosto nos ocuparíamos de esta consid^able parte de las sevi- 
llanas glorias, si no fuese empresa mas que suficiente para nece- 
sitar algunos afios y no pocos volúmenes en folio; acerca de lo cual, 
porque no se nos tache de exagerados, reproduciremos la ilustra- 
da opinión del analista Zúfiiga. 

cHan tenido (dice) los que han formado historias de las ciuda- 
des de España, por parte esenctaUsima tratar de sus noMes ftuni- 
Kas; escribiéronla algunos con brevedad y acierto; pero fué mate- 
ria comprehensible; no asi en Sevilla, cuya numero^dad ha sido y 
es tanta, que en estilo genealógico que describa orígenes y suce- 



468 GLORIAS 

siones, la tendré siempre por casi imponble, « ha de ser oon el 
acierto y desapasionada verdad, que requiere; no puede esta proce- 
der sin registro de papeles, molestisimo y sospedioso (sin escepcion,) 
y sin tropezar mil veces en la lisonja, en la pasión y equivoca- 
ción: esto me hizo retirar la pluma, habiendo corrido no poco, por- 
que no habiendo del todo penetrado la dificultad (como es ordina- 
rio) en los principios, la hallé inaccesible en los medios.» 

«Pero como sea tan especial autoridad de las ciudades las fa* 
millas tituladas y engrandecidas, que por varios títulos tienen su 
vecindad, y la nuestra goce este en tanto número, no será ageno 
de este lugar recopilar su noticia, que aunque sean tantas mas su escl»- 
recida nobleza, y que merecia singular memoria, aqui solo hablaré 
de las que gozan de titulo, por ser estas numerables, y casi in- 
numerables las otras.» 

Esto alega Ortiz de Zúfiiga, que continúa haciendo mención 
de las casas de Sevilla pertenecientes á la grandeza é alta aris- 
cia de España, en el tomo 3/ de sus Anales, pajina 292 y si- 
guientes, donde no faltan hispalenses glorías. Bien conocemos que 
desde entonces han dejenerado bastante no pocos descendientes de 
muy esclarecidas progenies; pero eso no deslustra los blasones de 
la ciudad antigua, que tanto ha figurado, y está- sin duda llamada 
i figurar, en el teatro de Europa. Sentimos á par del alma que- 
damos sobremanera cortos en la enumeración de sus hermosos tim- 
bres, que imperiosamente reclaman para ella la admiración de los 
contemporáneos y de la posteridad: consolándonos solo la certeza 
de que abunda en genios admirables, que sabrán trasmitir á las 
generaciones venideras los imperecederos titules de su maravillo- 
sa valia, para esplendor eterno de esa patria, que les diera su 
ser, su luz, su numen: Sevilla es el pais de los trovadores, y se- 
guramente no faltará alguno muy sublime, que en estenso magnifico 
poema cante al mundo sus glorias inmortales. Hemos leido con 
placer muy grande varios ensayos épicos relativos á tan interesante 
argumento; entre ellos sobresale un hermoso canto á Sevilla, com- 
puesto por el aventajado literato y poeta don Juan José Bueno, 
de cuya celebrada producción entresacamos los siguientes versos 
alusivos á la guerra de la Independencia. 



DBftlVlLLA. 460 

«Gaadalquivir pacifico se altera 
al bélico rumor de los soldados; 
retumba el grito iofaudo en su ribera, 
el brillo de los sables acerados 
en sus olas de plata reverbera. 
Á Córdoba destruyen: su cuchilla 
se blandió sobre el cuello de Sevilla. 
Mas ¡oh! sus hijos en la llama ardiendo 
de patria y libertad, enardecidos, 
la pereza y el ocio sacudiendo, 
en tropel polvoroso confundidos, 
de Daoiz en la tumba, 
y del fuerte Yelarde, 
jorao ant«s morir que ser veaeidos. 
«¡Guerra! claman, el déspota Mcumlxi, 
que recuerde el cobarde 
lo inátil de su bárbara osadia 
en los campos sangrientos de Pavía! 

«El ronco traeno del cafion retumba, 
silban las balas, en los pechos arde 
el patricio entusiasmo, y de repente 
de pólvora una nube 
la tierra envuelve y hasta el cielo sube: 
cada muerto del buido castellano 
nuevo arrojo y valor presta á su mano. 
El galo maldiciente 
á tanto esfuerzo su cerviz humilla, 
lleno de rabia, confusión y espanto. 
Del espaliol en la sudosa frente 
el sacro lauro de victoria brilla, 



4 70 GlOMáS. 

sus ojos vierten de placer el lianlo. 
VcncieroD en la lid la osada geote 
los intrépidos bijos de Sevilla.» 

Digna es de Qgurar esta composición entre las muchas épicas 
y líricas, respecto de la nunca bastantemente ponderada metrópoli 
antiquísima, que tales ingenios produce. Con este motivo recorda- 
mos algunas odas sublimes, verdaderamente pindáricas, que se le 
dedicaron en varías épocas, por ejemplo, en 4848 cuando el rey 
añadió á sus dictados de muy noble y vinr leal, el óe mx heroica 
ciudad; y en 4843, cuando se ofreotó en la Corte un premio de 
diez mil reales y una pluma de oro (que obtuvo don Ventura de 
la Vega) al autor de la mejor oda sobre la defensa que hizo la 
ciudad de Hércules contra el ejército del Rejente. Prescindiendo de 
que la composición premiada no era bt mejor, según el voto de muchos- 
eminentes literatos; y prescindiendo también de las fatales consecuen- 
cias del pronuncianñnlo del 43, porque hemos ofrecido no ocu- 
parnos de cosas políticas contemporáneas; pareee natural hacer 
mención del obsequio dispensado por Isabel II á la capital de 
Andalucía, en premio del último hecho de armas, que la rejia ca- 
marilla debió sin duda considerar como muy importante para el 
afianzamiento id tnmo eonsíUwnanal, en lo que, al parecer, no todos 
están de acuerdo, porque no todos son ministros, cortesanos, em- 
pleados de palacio, funcionarios públicos, ó cosa equivalente. El 
obsequio consiste en una corona de laurel de oro, esmeradamento 
cincelado, como que es obra labrada en la célebre platería de Mar- 
tínez. Acompañó á este réjio presente una carta firmada por la 
reina, dando gracias á Sevilla; y ambas cosas se conservan en las 
casas capitulares de esta muy noble muy leal y muy heroica población. 

Y ya que la brevisima digresión precedente se orijinó de haber 
citado los hermosos disticos de un poeta moderno, justo será re- 
producir los de otro algo antiguo, si bien no menos elocuente, in- 
sertando algunos trozos de la magnifica silva anterior al prólogo 
de las aniigüidaiei sevütanas, escritas por el eruditísimo andaluz Ro- 
drigo Caro. Después del encabezamiento: á SetUla onHgua y mo- 
derna (edición de 4 634) dice: 



DE 8EVIUA 171 

«Salve, ciodad ílvstre honor de España, 
«Qoe entre (odas al cielo te levantas 
«Como el ciprés entre menodas plantas... 



«rSiempre grande te vieron las edades 
«Independiente al cetro de los dias, 
t'De los tiempos burlar las monarquías, 
«De los hados vencer las variedades. 



Que otros frutos mas ínclitos adquieres: 
«Los hijos digo, que á la los afiades 
«Para vida inmortal de ]m «dades: 
«Héroes, repito, tantos, 
«Qoe á Dios forman ejércitos de Santos. 



«Qoe Dios, Sevilla, en tus preciosas venas 
«Para el Cielo crió tantos tesoros, 
«cCuantas el ancho mar esconde arenas, 
«Cuantas estrellas los celestes coros. 



«Salve primera fábrica Española, 
«Madre de todas, hija de ti sola.» 

Estos dalcisimos, armónicos y conceplnosos versos figuran sask 
ceptibles de competir con los del sublime Herrera y el simpático 
Rioja, númenes hispalenses uno y otro, inmejorables glorías de Se- 
villa; la cual (dice el padre Yalderrama, con el estilo de sabor 
mitoÍAgico usado en su época) cha dado sabios que coloque Mi- 



472 &LORUS 

nerva en sus Museos; talentos elevados, y eorazooeá reetos que pre- 
sidan los Tríbanales de Astrea: ánimos valerosos que triunfen en los 
campos de Harte; Argonautas, que con felicidad surquen los gol- 
fos de Neptuno; Principes que mantengan en justicia á la nación; 
Pastores que apacienten cuidadosos el rebaño de Cristo; y almas fie- 
les á su Dios, que alaben eternamente sus grandezas.» 

Hemos llegado al fin de la parte histórica; pero antes de ve- 
nir á la descriptiva y monumental, recordaremos á nuestros lecto- 
res, que no se nos ha ocurrido disculparnos, como hacen otros va- 
liéndose de prólogos ó advertencias preliminares adhoc; muy lejos 
de eso, ni aun lleva prólogo nuestra obra, únicamente precedida de 
un prospectillo imprescindible, que suplaóhaga veces de tal. Sabemos 
que no escribimos para la posteridad, como de sí mismo decia Eurí- 
pides; lo cual seria ridiculo en semejante siglo, cuyas elucubraciones 
de duración efimera, llevan él carácter de vaporosidades luminosas, 
puesto que ahora se escribe, se imprime, se corríje, se lee y se 
comenta al vapor. Sabemts también que en materias históricas na- 
da hay original, como no sea el método y el estila; y como no 
presumamos gran cosa de los nuestros, solo hubiera probado petu- 
lancia el referirnos á tan pobres méritos. Sabemos finalmente que 
nunca faltan criticas mordaces para los mas humildes escritores; por 
lo cual nos parece una solemnísima necedad el dar anticipadas sa- 
tisfocciones, quB al cabo no han de ser tenidas en consideración; 
m&xime si el ligero censor es algún ignorante escritorzuelo anóni- 
mo, como uno que se ocupó de nuestra primera entrega, concep- 
tuándola suficientemente mala para estimar infeliz toda la obra. Res- 
petamos la censura que Tiene de la pluma de un sabio, ó al me- 
nos de un sujeto concienzudo, que analiza, y aduce convincentes ra- 
zones. Pero despreciamos tan altamente como nos lo permita nuestra 
estatura, nuestros cinco dedos de frente y nuestra limitada inteligencia, 
á los necios aprendices de Aristarcos, con su tono magistral, sus dog- 
máticas ínfulas y sus pedagógicas decisiones, dándoles por toda contes- 
tación, dos disticos latinos de que se valió oportunamente el ilustrado 
Araujo. Helos aqui: 

INVIDtS AUT TACEAT, NOSTRI DETRACTOR HONORIS, 
AIT ALUD MEUIS, SI SAPIT, ÉDATOPVS.» 

FIN. 



GLORIAS 

SI Sl¥t£ili. 



iMiUKiitos, Edificiis, Irles j CieDcjis. 



D. TicEnrrE ai.vari:z umAniDA. 



SEVILLA.-) 819. 




/^ Mís^ 



CAPITliLO I. 

Reseña prelimfnnr indispensaMe. 




a esplendida, magnifica y popu- 
-- losa Sevilla está situada en la 
parle meridional de España, álos 
treinta y siete grados, veinticinco 
minutos de latitud, y á los diez 
grados, treinta y tres minutos y 
cuarenta y cinco segundos de lon- 
gitud, sobre los orillas del' Gua- 
dalquivir. En el recinto de sus vie- 
jos muros, que ocupan la circun- 
ferencia de una legua; tiene sobre trece mil ochocientas casas, 

1 



n GLORIAS 

BOtccientas calles y plazas, y mas de cien mil habitantes, vién- 
dose á si mismo ennoblecida por multitud de palacios, que elevó 
la opulencia de sus proceres. Rodéala una espaciosa llanura por 
donde corre el espresado rio, que aun los poetas denominan B¿- 
tis, fertilizando su campiña hermosa y su muy dilatado hereda- 
miento, poblado de viñas, olivos, tierras labrantías y frutales, huertos 
y bellos plantíos de cidras, naranjos, limoneros y otros varios 
árboles, alquerías y casas de placer, pintorescas vistas y cuanto de 
risueño idear puede la mas fecunda imajinacion. Hállase también 
surtida de abundante y rico pan blanco, sabrosas carnes, esquisito 
aceite, numeroso ganado lanar, caballar y vacuno, todo género de 
aves, caza y copiosa pesca (de lo cual es buen testigo su incomparable 
plaza de abastos,) ventajas que reunidas hacen de Sevilla una 
de las ciudades mas deliciosas de la península Ibérica, y de las 
mas apetecibles para vivir en ella. 

-Cíoza de un templado y apacible temperamento siendo asaz 
notoria la salubridad de su clima y la pureza de sus aires tan beneficio- 
r^os para las personas afectadas del pecho, muchas de las cuales, 
como por encanto, logran restablecerse y vigorizarse en este pais 
cuando mas desesperaban de su problemática curación. El cielo 
de Sevilla cuyo hermoso azul no tiene semejante, deslumhra por 
su limpidez, tersura y claridad, serenándose instantáneamente, co- 
mo desaparece de un espejo el hálito que lo empaña, aun cuando 
las mudanzas atmosféricas, los efectos de las estaciones y las ne- 
cesidades de la tierra, hacen imprescindibles las copiosas lluvias 
que refrescan, esponjan, impulsan y garantizan la poderosa vejeta- 
clon de esta siempre ubérrima Vega, fecundizada por un sol be- 
nigno, mlrifíco y resplandoroso. 

El calor ordinario en estío, es de veintitrés á veinticinco gra- 
dos del termómetro Reaumur, subiendo' alguna vez hasta los vein- 
tiocho, veintinueve y aun treinta, si bien semejante esceso no 
ha llegado (digámoslo asi) á sistematizarse. Durante los mayores 
fríos de invierno, señala el termómetro cinco grados sobre yelo. El 
barómetro, en tiempo de grandes lluvias, señala veintinueve pul- 
gadas y cincuenta y cuatro centesimos ingleses; y en el de mayor 
sequedad treinta pulgadas y veinticuatro centesimos. Sevilla está 
ceñida, como en otro lugar hemos dicho, de una estensa cadena 



DE 8E\ILLA. i 

de muros antíquisínios, cuya reconstrucción, que data de diez y 
nueve siglos, se atribuye al inmortal Julio Cesar. En su circuito 
contábanse algún dia basta 466 torres, esparcidas á trecbos, de las 
cuales se han derribado varías, como también las barbacanas, que 
por todas partes los cenia, y de que solo se conserva un pequeño 
resto, de imponencia suma, ante el lienzo de muralla entre las puer- 
tas de la Macarena y Córdoba. Cuenta la ciudad unas 8,750 va- 
ras de circuito, no incluyendo la población existente fuera de ella 
como son los arrabales 6 barrios de la Cesteria, Baratillo, Car- 
retería, Resolana, San Bernardo, Calzada de la Cruz del Campo, 
San Boque, Macarena, Humeros, y el principal de todos, que es 
el vasto arrabal de Triana, constituyendo por si solo una pobla- 
ción regular. Incluido este vastísimo recinto, tal vez abarcará en su 
contorno mas de tres leguas y media la antigua y poderosa His- 
palis, matrona predilecta de Hércules, de César y de S. Fernán- 
do, franqueada al Español, y al estrangero, como en estremo bos- 
/pitalaria y accesible, no menos que por quince puertas, contando 
como tales dos postigos. Empezando á numerarlas por la de Triana 
y siguiendo la derecba, son las que brevemente describimos, an- 
tes de pasar á los barrios. 

Punta be 0riana.=Es indudablemente la principal y mas her- 
mosa de las trece, viniéndole su nombre de hallarse situada al fren- 
te de aquel estendido y populoso arrabal. Construyóse en el ano 
de 4588, y consta de un cuerpo de arquitectura de orden dóri- 
co, obra majestuosa y digna del célebre Juan de Herrera, á quien 
se atribuye fundadamente su traza. Compónese dicho cuerpo de 
cuatro colosales columnas istriadas, esterior é interiormente, asen- 
tantes en altos y bien proporcionados pedestales, recibiendo el an- 
cho y sencillo cornisamento, cuyo friso distingüese exornado de her- 
mosos triglifos. Descansa en la cornisa un majestuoso balcón; sobre 
el se lee esteríormente una inscripción latina, que espresa el liem- 
po y circunstancias en que se edificó tal obra; en el interior fi- 
guran las Armas Beales de España, rematando el todo con un gra- 
cioso ático tríangular, adornado de vistosas pirámides. En el in- 
tercolumnio se contempla el magnifico arco, que forma la puerta, 
la cual ha sufrido diversas reparaciones debidas, en su mayor par- 
te, á la necesidad de conservarla. Tiene en su parte superior un 



8 GLORIAS 

castillo, antiguamente destinado para prisión de los caballeros y per- 
sonas de alto rango ó de elevada alcurnia, los cuales eran custo- 
diados por un teniente de alcaide, nombrado por los duques de 
Alcalá y marqueses de Tarifa. También sufrió reparación comple- 
ta en 4824. Parece que en el dia se halla habitado. 

Cuando los reyes de España visitan la capital de Andalucía, ha- 
cen desde tiempo inmemorial su entrada solemne por esta soberbia 
puerta, contribuyendo k hermosearla, además de su bella arqui- 
tectura, la espaciosa alameda que hay desde ella al puente, la 
deliciosa orilla del rio, los paseos del Malecón, el salón de las Da- 
mas, la plaza de Toros, y los barrios de Triana, Baratillo, Ceste- 
ría y Humeros, que están en sus inmediaciones. 

Sigue la puerta real al estremo de la ancha y hermosa calle de las 
Armas, dando salida hacia el arrabal de los Humeros. £1 dictado 
ó epíteto de real le provino de haber entrado por ella iriunfalmen- 
te el glorioso conquistador San Fernando. También lo verificó el té- 
trico, despótico y desconfiado monarca Felipe H, en 4570. 

ffa Puerta iUaL=Llamóse antiguamente de Goles^ corrupción de 
Hércules, cuya estatua descollaba encima. 

Leíanse en el frontis (hoy borrados) los siguientes dísticos lati- 
nos: 

«FÉRREA FERRANDtS PERFRE6IT CLALSTRA SIBILLE, 
FERRA^DI, ET ^ÓMEN SPLENDET, VT ASTRA POLI. 

Está luego la puerta de san juan asi llamada por su inmedia- 
ción á la iglesia de S. Juan de Acre. En lo antiguo se dominó 
del ingenio^ por hallarse cerca el antiguo muelle en que se des- 
cargaban las mercaderías, que permaneció allí, hasta el año de 4 574 
desde cuya época data el haberlo situado en el lugar que ahora 
ocupa. 

ta pnexta be la fflarquela.= Tomó el nombre de la barca, que 
cerca de ella sirve al pasaje del rio. En lo antiguo se llamó de 
la ALMENILLA, por una que la corona, y al presente se co- 
noce por el BLANQiiLLo. También se apellidó de vib-ragel, de- 
nominación arábiga de una plazuela inmediata. 

Sa fuerta be la Ülacarena. Da salida al gran arrabal de este 



DE SEVILLA 9 

nombre, que es el de una infanta mora, cayos palacios estaban situa- 
dos en estas inmediaciones. Frente á dicha puerta se admira el 
magnifico Hospital de la sangre, que describimos en el capitulo 
IV. En ella termina el camino de herradura de Estremadura, pa- 
sando por Cantillana y Brenes. 

|)iier ta be (irórboba.=Desde dicha puerta empezaba el antiguo 
camino de esta ciudad á aquella. Encima hay una torre donde 
según la tradición, estubo prisionero el glorioso rey de Sevilla 
y esclarecido mártir de la iglesia, san Hermenegildo, k cuyo culto 
está dedicada una ermita en la parte interior del muro, conti- 
gua á la misma puerta. 

ta ynerta bel 0ol.=£s la mas oriental de la ciudad; con- 
sagrada por la gentilidad á aquel astro, lució una imajen suya 
en el frontispicio esterior. Próxima se encuentra la fábrica de Sa- 
litres. • 

|)iietla bel (D0arÍ0.=Daba salida en lo antiguo á los cemen- 
terios de los árabes, situados en el sitio que hoy ocupa el arrabal 
de San Roque. También se llamó de Vih- Alfar ^ nombre del mo- 
ro que la construyó. Yib, en arábigo, significa puerta. 

|)tteria be 0armona.==Principia la Calzada» que á ella va desde 
Sevilla. Junto á esta puerta remata el grandioso y útilísimo acue- 
ducto, que de ahí llaman Arcos ó Caños de Carmena, donde ra- 
dica el depósito general de las aguas, que de allí se reparten á 
las diversas luientes públicas y privadas. En el hueco de esta puer- 
ta se conservaba á un lado, una Concepción de Comelio Sehut. 

yoerta be la Sanie. =Debe también su fundación al pueblo ma- 
hometano. Sacóla de cimientos un famoso árabe, llamado vid alsiar, 
cuyo nombre conservó por mucho tiempo, hasta que á mediados 
del siglo Xni se estableció el matadero de reses inmediato á ella 
tomando desde entonces la denominación, que hoy lleva. Llamá- 
base asimismo de la jideru, porque moraban en aquella parte de 
la ciudad los judies y por hallarse situada una sinagoga en el tem- 
plo contiguo que es hoy iglesia con la advocación de skUTk mária 
la blanca. Por los años de 4567 fué enteramente renovada, per- 
diendo casi todas las bellezas, que la enriquecían; y posteriormen- 
te ha sufrido también algunos reparos. Compónese de un solo ar- 
co de regulares dimensiones, el cual conserva aun parte de la gracia 



1 o GLORIAS 

de la arquitectara árabe, tan pródiga y generalizada en este privi- 
legiado pais. 

A su frente se baila el muy poblado barrio de San Bernardo y 
la famosa fundición be artillería, y en sa parte esterior se lee la 
siguiente inscripción latina: 

CCONDIBIT ALCIDES, RENOVAVIT JULIUS URBEH, 
kESTiTCIT GHRISTO FERRANDLS TERYIUS HEROS.» 

cNo era menos de examen (dice un escritor contemporáneo) por 
SU antigüedad la puerta be jerez, que dá vista al bermoso paseo 
de CRISTINA. Pero habiéndose aproximado á la capital de Andalu- 
cía en 4 836 la división carlista, que mandaba el famoso general Gó- 
mez, creyeron conveniente los ingenieros el desmantelarla para fa- 
cilitar la defensa de la plaza, y fué destruida casi absolutamente, 
quedando solo de su antigua fábrica el arco de entrada, en cuya 
clave se veía aun una lápida, con esta leyenda: 

HÉRCULES ME EDIFICÓ. 

JULIO CÉSAR ME CERCÓ 

DE MUROS Y TORRES ALTAS. 

Y EL REY SANTO ME GANÓ 

CON GARGI PÉREZ DE VARGAS. D 

Estos malos versos, que ya bemos aducido en la parte bisló- 
rica, vienen á ser una traducción de los preinsertos disticos latinos 
que empiezan gondidit alcides. &c. 

Deseoso el Ayuntamiento de edificar en el sitio que ocupaba es- 
ta puerta, otra mas digna de la Ciudad y que contrastase con las 
de primer orden, como las llamadas de Triana y del Arenal, man- 
dó demoler la antigua que hemos descrito alzando otra de mucha 
mas amplitud y en la que la severidad del orden arquitectónico 
se une á una gran solidez y al mejor gusto. Esta obra ha sido con- 
cluida en el año anterior de 1848. 

Antes de la precitada de Jerez, está la de San Fernando, abier- 
ta, el año de 1760 on aquella parte del muro, donde, ocupando 
los moros á Sevilla, hubo un postigo por el cual, según tradición 



DE SEVILLA 44 

piadosa, entraba San Fernando en la ciudad, mientras seguía el 
asedio, para hacer oración ante la milagrosa imagen de nuestra 
Señora de la Antigua, existente de oculto en la mezquita prin- 
cipal. 

Es puerta de graciosa y arreglada arquitectura de columnas pa- 
readas, sobre las cuales vuela el arco. 

En ella termina la recta, hermosa y ancha calle de San Fer- 
nando, donde está el magnifico edificio de la Fábrica de Ta- 
bacos. 

Sigue el |)o0tigo hü (Eorbon que en lo antiguo parece haber 
sido postigo del Alcázar, nombrándose de los Azacanes por ser el 
sitio donde asistian los de la Aduana; después se llamó del Car- 
bón, por hallarse muy cerca el peso de este abasto. 

£1 fioetigo bel QUeite. Asi llamado por estar junto á él los al- 
macenes de esta especie, se decia de las Atarazanas, por haberse 
practicado en el sitio que estas ocuparon primero. 

Réstanos mencionar la puerta del arenal, situada al estremo 
de la calle llamada de la Mar, que dá salida á los barrios de la Car- 
retería y Baratillo. Fué reedificada en 4566, y aunque las está- 
toas y relieves, que la decoran, no pueden ser designadas como 
bellezas artísticas, revelan sin embargo la floreciente época en que 
se construyeron varios monumentos artísticos, por ejemplo, la ca- 
pilla real de la Santa Iglesia metropolitana. En la parte esterior 
de dicha puerta se vén las armas reales, con una inscripción re- 
ferente al reinado y al año en que se hizo la obra, y en la inte- 
rior las armas de Sevilla, con estas significativas palabras: 

(Enra muta |)nblicamm. 

Haremos ahora una sucinta reseña de los arrabales y de otras de- 
pendencias de Sevilla, antes de pasar á la descripción de sus nu- 
merosos monumentos artísticos, que empieza desde luego con el 
capitulo segundo. Creemos que todas estas noticias no desagradaran 
á los que se hallen en el caso de ignorarlas. 

El arrabal be Sriaiía está separado de la ciudad por el Gua- 
dalquivir, en cuya orilla occidental radica como una población no 
despreciable, siendo su proyección la misma que la de aquel por 



42 GLORIAS 

esta parte, es decir, de N. á S. Por el lado frontero á la ciudad 
báfianlo las corrientes del río, cercándolo por el opuesto amenas y 
frondosas huertas de perenne verdura, casas de campo y arbole- 
das, que hacen su habitación en estremo poética y deliciosa. Un 
puente sostenido por diez barcas, lo pone en comunicación con Se- 
villa, pt^r el sitio llamado del Arenal, además de las muchas lan- 
chas, que de continuo atraviesan la corriente por todos los puntos 
de las vastas riberas. Según vanos autores el nombre de Triana 
derivase del inmortal emperador Trajano, que fué hijo de Itálica) 
como dijimos en la parte histórica) cuyas célebres ruinas se con- 
servan á menos de una legua de este famoso arrabal. Parece que 
en latin se llamó trajana y corrompido el nombre, como tantos 
otros, á poder de los tiempos redujese al mas breve de triana. 
Otros empero, afirman que semejante aserto etimológico carece de 
pruebas sólidas; sea de ello lo que quiera, poco hace al caso esa 
inútil cuestión, tomando el hecho tal como existe desde largos si- 
glos. 

El vecindario de Triana, que asciende á 3,500 vecinos, no ba- 
jará hoy de 15 á 46,000 almas. Para la administración de Sacra- 
mentos tiene una parroquia titulada de Sta. Ana, y otra iglesia auxi- 
liar, llamada de nuestra Sra. de la O. Tenia asi mismo tres con- 
ventos de religiosos y uno de religiosas, contando ademas varias ca- 
pillas y ermitas. En su parte mas setentrional, con corta separa- 
ción de las casas, se halla el famoso ex-monasterío de Sta. Ma- 
ría de las Cuevas mas conocido por la Cartuja hoy establecimien- 
to industrial, de que nos ocupamos en el capitulo V. 

Finalmente, en el recinto de Triana y por la parte que mira 
al campo, están situadas las fábrics^ de loza sevillana, tan céle- 
bres en toda Andalucía. 

La cestería es un pequeño barrio situado junto á la puerta 
de Triana, perteneciente á la collación de Santa Maria Magdalena, 
y cuya fundación es posterior al tiempo de la conquista. En su 
recinto se distingue el almacén de maderas de segura, y la casa 
del remojo para el pescado. 

El arrabal de los humeros, situado junto á la puerta Real per- 
tenece á la collación de S. Vicente mártir. Llamóse antiguamente 
barrio de pescadores. Parece que los moros tenian en este sitio 



DE SEVILLA. 43 

SQ grande arsenal y fábrica de bajeles, habiendo sido en oíros tiem- 
pos mocho mas considerable su vecindario. En su recinto estovo 
M colegio de S. Laureano, convertido después encaba de correc- 
ción. También es fiama que exlstia en este barrio la casa del cé- 
lebre y desgraciado Almirante Gristoval Colon, á quien con tan 
negra ingratitud correspondió el desabrido aragonés Fernando V. 
cuyo tradicional aserto es mas que suficiente por si solo para 
dar renombre perdurable al humilde arrabal de los llumeros. En él 
existe una . capilla dedicada á nuestra señora del Rosario. 

£1 arrabal de la macarena, situado frente á la puerta de su 
nombre, pertenece á la collación de San Gil. Uállase menciona- 
do en la crónica, por el sacomano, como dice Zúñiga, que se le 
dio en la conquista; pero no era el que ahora se habita, sino al- 
go distante; fuese su población acercando á Sevilla, y edificando 
mas cerca de la puerta. El vecindario, en su mayor parte, es agríco- 
la. En su recinto, cercado de grandes huertas, está el famoso hos- 
pital llamado de la Sangre y el de San Lázaro, de los cuales en 
otra parte nos ocupamos. 

El barrio de san boque ó la calzada prolóngase desde la puerta 
del Sol hasta la de Carmena; y desde esta hasta la Cruz del Hu- 
milladero, vulgarmente llamada Cruz del Campo. Es ameno por sus 
deliciosos jardines, y de población tan numerosa, que obligó esta 
circunstancia á construirle una iglesia ayuda de parroquia de la 
Catedral, con la advocación de San Roque. El nombre de Calzada 
lo loma del célebre arrecife que desde allí empieza y continúa en 
dirección de Carmena. Prescindiendo del convento de San Agus- 
tín y del monasterio de San Benito, que figuraron tanto en su re- 
cinto, existen las capillas de nuestra Señora de los Angeles y la So- 
ledad. Cerca de este arrabal se encuentra el famoso prado de Sta. 
Justa, regado con la sangre de innumerables mártires, especial- 
mente durante las dominaciones romana y árabe, y por tales re- 
cuerdos venerado con singular reverencia, que en parte bajo y la- 
gunoso, tiene por desagüe el arroyo Tagarete. 

El arrabal mas populoso, después del de Triana, es indudable- 
mente el de S. Bernardo. Toma su nombre de la parroquia dedi- 
cada á este santo, la cual es auxiliar de la catedral. También 
la crónica' hace mención de este barrio, denominado entonces de 

2 



CAPÍTULO II 



Catedral y dependenciaii. 




a catedral dfi Sevilla es ano de los tem- 
plos mas celebrados, maguiricos y deslam- 
bradores del mundo. Fué, en liempodelos 
musulmanes, la principal de sds mezqui- 
tas mas esplendorosas; consagrada iglesia de 
cristianos eu 1248. Enriquecióse después 
considerablemente, llegando á ser la mas poderosa de España. En 
' liOl determinó el cabildo reediflcarla k sus propias espensas. Du- 
ró la obra ciento y tres años, bajo la dirección de diferentes ar- 
quitectos, colocándose la última piedra el día 10 <te diciembre de 
1506. Levantaba por entonces su gigantesco cimborio hasta ta al- 
tura del primer coerpo de la Giralda, siendo el asombro de los es- 
tranjeroB, que confesaban no haber visto magnificencia semejante, 
ui tan soberbias foimas y ornamentos debidos & los famosos escul- 



DB SEVILLA. 17 

tores MUlan, Florentín y Fernandez. Pero como si fuese demasía- 
do para fábrica hamana, desplomóse en 28 de diciembre de 4 54 4 
con tres arcos torales en medio del noctarno silencio, asordando 
los contomos y llenando de pavor aqael inesperado estruendo á 
los contiguos moradores; de lo cual hemos hablado en la parte 
histórica. 

Esta portentosa catedral situada al mediodía de Sevilla, parti- 
cipando de la arquitectura árabe, de la gótica ó germánica, de la 
plateresca y de la greco-romana, forma por si solo una manzana 
grandísima, rodeada de una espaciosa lonja, á la cual se sube en 
las fachadas del norte, levante y poniente por cómodas gradas. Úñen- 
se ál templo, por la parte del Norte^ el patio de los Naranjos, el 
Sagrario y su sacristía; júntansele, por la del Este la esbelta y linda 
Giralda, la capilla de S. Fernando, y la contaduría mayor del ca- 
bildo; agregándosele, finalmente, por la del Svr^ la sacristía mayor 
y la de los cálices. Resulta de todas estas partes un conjunto sin- 
gularísimo y de un carácter peregrinamente especial, esto es un 
edificio compuesto de otros varios edificios pertenecientes, cada uno 
de por si, á una época distinta y, como sin dificultad se deduce 
á un género diverso. 

La planta del templo es cuadrilonga. De oriente á poniente tie- 
ne la longitud de trecientos noventa y ocho pies; y de Norte á , 
Sur cuenta doscientos noventa v uno de latitud. Divídense el largo 
según la espresion del inteligente Gean Bermudez, dando cuarenta 
á cada una de las ocho bóvedas, que componen las naves late- 
rales, 59 al crucero en su ancho, y veinte á cada una de las ca- 
pillas de S. Pedro y S. Pablo, que suman trecientos noventa y 
ocho, sin contar la capilla real, que sale fuera del cuadrilongo. Tam- 
bién subdivide el ancho, dando los 59 pies del crucero á la nave 
del medio, 39 y medio á cada una de las cuatro laterales y trein- 
ta y siete á las capillas, que componen doscientos noventa y uno. 
Da asimismo á estas capillas cuarenta y nueve pies de alto, no- 
venta y seis á las naves de los lados y ciento treinta y cuatro 
á la principal, dejando reducido el cimborio á solos ciento cuaren- 
ta y tres y medio. 

Mantiene treinta y seis pilares, según observa Amador, de los 
Ríos, compuestos de esbeltas palmas agrupadas graciosamente 



1 8 GLORIAS 

y de quince píes de diámetra, aqaella inmensa mole de piedra, 
que forma sesenta y ocho bóvedas etevadísiüíad. £1 ornamento de 
ellas parece sumamente sencillo; y esceptuándosé las cuatro pró- 
ximas al cimborio, y el respaldo del altar mayor, en que se nota 
algún foUaje, característico del género gótico; solo se advierten 
algunos resaltos en los pilares, arcos y cimbrias, en los marcos 
de las ventanas, en los nichos y en los calados y antepechos de 
los andenes, que dan vuelta á la nave principal, al crucero y á 
la» terceras naves, desde aquel hasta la capilla de S. Femando, 
viéndose ademas sobre algunas puertas. La nave del medio se 
compone de ocho bóvedas, además del cimborio y la capilla, que 
acabamos de mencionar, de la cual hablaremos mas adelante, t^lor- 
responde á la primera bóveda el espacio medio entre esta capí 
lia y la mayor, que con su sacristía ocupa la segunda y ter* 
cera, llenando el coro el ámbito de la cuarta y quinta, y el 
trascoro el de la sesta séptima y octava. Considerables son las ri- 
quezas artísticas existentes bajo estas bóvedas; magnificas las na- 
ves laterales, que llegan de una á otra parte, sin interrupción 
alguna, contribuyendo á la estraordinaria grandeza é imponente 
majestad del maravilloso interior. Reálzalo también notablemente 
el suntuoso pavimento de mármol blanco y negro, que en 4789 
susliinyó al antiguo embaldosado, gastándose en la obra inmensas 
sumas. Pero si el pavimento realza la magnificencia de semejante 
obra, no llaman menos la atención sus lindísimas ventanas de.oji- 
ha, que abriendo paso á la luz, comunican al templo un aspecto 
vago, sagrativo, misterioso, indefinible, al reflejar sobre los ga- 
llardos pilares el sol, que se quiebra en mil cambiantes en sus 
pintadas vidrieras, cuyo mérito varía, sin duda como el de sus 
autores. Dichas vidrieras ascienden al número de noventa y tres: 
cinco redondas, y las restantes entre largas, concluyendo por la 
parte superior en un arco repuntado. Cada cual es de nueve varas 
y doce pulgadas de alto y muy cerca de cuatro varas de ancho, 
linas tienen pintadas pilastras ó columnas en el tercio superior, 
y otras nada. En aquellas se ven profetas, patriarcas, santos már- 
tires y virjenes; en estas algunos pasajes del ncevo testamento. 
Dan entrada á la Iglesia nuevo elevadas puertas; tres por el 
lado de poniente, dos de levante, uno del mediodía; y tres del ñor- 



DE SEVILLA. i9 

te. A«n no se han concluido algunas de ^llas, causando pena á 
los amantes de las artes semejante abandono como dice un aufor 
contemporáneo. Pero las cuatro de poniente y de levante cautivan 
|M)r su belleza y originalidad; estando adornadas en su fiarte <'s- 
terior de relieves y estatuas de barro cocido, que dan una idea del 
arte de la escultura en la época en que se labrarun. Representan 
en sos relieves las del costado del poniente, que debió der la fa- 
chada principal del templo, el nacimiento de jesu^, en euya obra 
8e advierten algunos accesorios perfectamente tallados, y el bautis- 
mo DEL señor en el JORDÁN. Eu los casetoues, que forma el or- 
namento de la primera puerta, qae lleva el nombre de S. Miguel, 
se ven seis figuras del tamaño natural, que parecen ser les cua- 
tro evangelistas, y otros dos santos. En idénticos sitios de la segun- 
da, que está inmediata á la dol Sagrario, hay cuatro arzobispos de 
esta diócesis, según asienta Cean Bermudez, y las santas tntelares 
de Sevilla, Justa y Rufina. Las del lado de levante tíei»en por asun- 
to en sus relieves ó medallones la entrada de Jesucristo en je- 
RUSALEN T LA ADORACIÓN DE LOS REYEs; aquel la llamada de la Cam- 
panilla; y este la inmediata & la Giralda. Una y otra mantienen en 
los casetones, que las orlan, estatuas de ángeles profetas y patriar- 
cas del inismo tamaño que las de las puertas del frente opuesto. Las 
restantes puertas no ofrecen cosa alguna digna de particular men- 
ción; las dos del mediodía y del norte no están aun concluidas. En 
la parte interior contienen, sin embargo, andenes con antepechos 
laboreados prolijamente, y á los lados varios ornamentos góticos del 
mejor gusto. La del mediodía lleva el nombre de S. Cristóbal, por 
verse pintado este santo en el* muro de la derecha con dimensio- 
nes colosales, pues tiene once varas y medio de alto, llevando so- 
bre los hombros al Niño— Dios, y apoyándose con la mano derecha 
en el tronco de una palma, en actitud de pasar un Rio. Es obra 
de Mateo Pérez Alesio. La del norte ha tomado su denominación 
del PATIO DE LOS NARANJOS. La pucrta del medio de las tres que dan 
á la parte de poniente, es la principal de todo el templo. 

Quedan solamente por mencionar las dos;puertas del costado del 
NORTE, comunicante una con la galería, que sostiene la Biblioteca 
Colombina,, y otra con la nueva iglesia del Sagrario. Aquella, vul- 
garmente denominada del Lagarto, encuéntrase tapizada casi abso- 



20 GLORIAS 

latamente con un arco de la antigua mezquita y está exornada al 
estilo gótico. 

Hechas estas indicaciones sobre los puntos principales de la ca- 
tedral, daremos algunos pormenores sobre muchas de sus partes, con 
toda la claridad y concisión que nuestro propósito requiere. 

Vietablo inasot.= La capilla mayor está situada en la nave 
del centro, un poco mas hacia la cabeza de la iglesia. Cuentan- 
se para subir al presbiterio catorce gradas de marmol blanco y 
negro. Los muros de aquella están adornados con estatuas de ba- 
rro cocido, é infinitas IsJmres del gusto gótico, las rejas que la 
cercan, son de hierro, doradas y elaboradas por el estilo plate- 
resco. El retablo es de madera de alerce, la cual se tiene por 
incorruptible, y tal vez el mayor que hay en España. Figura di- 
vidido en 36 nichos con escelentes esculturas, que representan 
los misterios de la pasión y resurrección de Jesucristo; todas están 
pintadas y doradas por Alejo Fernandez. 

(SI re0)ialbo be la tofiüa masot.=Es el muro principal sobre 
que descansa el retablo, si bien queda entre este y el dicho mu- 
ro una pequeña estancia, que sirve de sacristía. En su parte su- 
perior se halla adornado según el gusto gótico, de ricas labores y 
coronado de doseletes bellisimos y delicados cuya vista no es da- 
ble gozar perfectamente por la elevación de los mismos. 

(Sttt» la dCapUla ma^ov selcoro.=Senotaun pasadizo, que atra- 
vesando de una á otra parte, sirven para que vayan los capitulares 
desde el coro al presbiterio cómoda y desembarazadamente. 

(El Coro. — Está rodeado de tres muros y cerrado por la reja que 
da frente al altar mayor. Esta reja, diseñada por Sancho Muñoz, 
conforme al gusto plateresco en 1519, es de bastante mérito, con- 
teniendo su friso multitud de figuritas, que representan los ascen- 
dientes de Jesucristo como hombre. 

ia 0ilUría.=Es gótica y consta de 127 sillas adornadas con 
caprichosos relieves y dibujos de animales raros etc. Cúbrelas 
un dosel prolongado en laterales dimensiones, adornándolo primoro- 
samente diversas torrecillas, estatuas &c. El fasdtol es magnifico. 
Fué ejecutado en 1570 por Bartolomé Morelles; surje colocado en 
el centro del coro^ y contribuye poderosamente con su maravillo- 
sa belleza á engrandecer el templo, como uno de sus mejores ador- 



DE SEVILLA 21 

DOS. CoQpanese de tries grandiosos cuerpos, en que hay notables 
bustos, figaras y relieves. 

Dice el historiador Espinosa, en sa teatro de la santa iglesiaj que 
en su tiempo no bajaban de ciento treinta y ocho los libros 
destinados al servicio del coro, llenos de riquísimas é interesantes 
viñetas. Casi todos fueron pintados desde el año de 4516 al de 
1603, por Luis Sánchez, Padilla, Andrés Ramírez, Diego y Ber- 
Dardo de Orta y Andrés Melchor de Riquelme. También los hay 
modernos, si bien de mérito inferior. 

Dos son los órganos, que* sirven en los divinos oficios y demás 
fiestas, que celebra la catedral; ocupando los arcos de la bóveda 
coarta. El del lado de la epístola, fué construido en 1792 por 
D. Jorje Bosch, sobresaliendo por la admirable distribución de 
sus rejislros y la melódica dulzura de sus voces. El del Evan- 
gelio, se ha debido al talento de D. Agustín Yerdalonga, el cual 
lo ejecutó en nuestros dias con general aplauso de los aficionados 
é inteligentes en el arte musical. Pero sí los órganos merecen ser 
ponderados, no asi la parte arquitectónica sobre que estriban. Per- 
tenece esta al género churrigueresco^ con lo cual se deja entender 
que es de un gusto estremadamente depravado. 

El respaldo del Coro^ que dá frente á la puerta principal, cons- 
ta de un cuerpo de arquitectura dórica, dividiéndose en su lati- 
tud en \ve^' cuerpos resaltados, compuesto cada uno de pedestales^ de dos co- 
lumnas^ cornisamento y frontón. En el del centro hay un altar, á 
cuyos lados vénse dos puertas comunicantes con el coro, y sobre 
ellas dos bustos de bronce dorado, que representan á las Santas 
Jasta y Rufina. En cada cual de los otros dos cuerpos existen dos 
relieves de mármol de Genova, que contienen otros tantos pasa- 
jes de la sagrada Escritura. 

En la parte lateral del coro y en los intercolumnios de la quin- 
ta bóveda, hay dos capillitas á cada lado, de gusto plateresco, 
trazadas y ejecutadas en 1531 por Nicolás y Martin de León, pa- 
dre é hijo. El ornamento de las cuatro es bastante prolijo y be- 
llo, siendo muy de notar que todo él sea de blanquísimo y tras- 
parente alabastro. 

Por trascoro se entiende el grande espacio medio entre el res- 
paldo del coro y la puerta principal del templo, ocupando las bó- 

3 



^2 GLORIAS 

vedas sesta, sétima y octava. Es seguramente la partf que dis- 
fruta de mas luz on toda la Iglesia, y la destinada para celebrar 
los divinos oficios el día del Corpus, con muy solemne pompa, mag- 
nificencia y aparato. 

Colócase igualmente en el trascoro el célAn monumento de Se- 
mana Santay que tanto escita la admiración de nacionales y estran- 
jeros, componiéndose de cuatro cuerpos de diferentes órdenes, y 
perteneciendo el conjunto á la arquitectura greco— romana. Su 
planta afecta la forma de una cruz griega, presentando cuatro 
fachadas absolutamente iguales. Bl primer cuerpo es de orden dó- 
rico; el segundo pertenece al jónico; el tercero, al corintio; el cuar- 
to, al compuesto. Los cuatro súrjen magníficamente adornados con 
estatuas colosales sobre los pedestales de las columnas. En el cen- 
tro del primer cuerpo. que consta de diez y seis columnas hay 
otro compuesto de cuatro columnas mas pequeñas, del mismo or- 
den, en el cual se coloca la deslumbrante custodia. Rodéanlo unas 
gradas de siete pies de alto, adornadas prolijamente con cintas de 
oro, lo mismo que las basas, frisos, capiteles y arquitraves. En el 
centro del segundo cuerpo, que se componen de ocho columnas 
apareadas de quince pies de altura, las cuales asientan sobre otros 
tantos plintos, se \é también otro cuerpo del mismo orden respec- 
tivo, que con igual número de columnas, aunque menores susten- 
ta la cúpula terminadora, bajo la cual distingüese la adorable 
imajen del Salvador del mundo. En su parte esterior llaman la 
atención ocho estatuas grandiosas, personificaciones de Abraham, 
Melquisedec, Moisés, Aaron, la Vida Eterna, la Naturaleza humana^ 
la Ley antigua y la Ley nueva ó de gracia; todas con leyendas 
alusivas á los objetos simbolizados. En el centro del tercer cuer- 
po, contante de ocho columnas asentadas ^obre igual numero de 
plintos y sosteniendo la arquitrave y cornisamento, se ve una es- 
tatua del redentor, atado á la columna; y en torno de las que es- 
ta parte componen, hay ocho correspondientes á las del segundo 
cuerpo y representativas de otros tantos bíblicos personajes alusi- 
vamente caracterizados, á saber: Salomón, la reina Sabá> el pa- 
dre Abraham, Isaac, S. Pedro, el Sacerdote del Concilio, el Sayón 
de la bofetada, y el soldado que propuso jugar y jugó en efecto 
la túnica del Salvador. Sobre el cuarto cuerpo, reducido á una 



DE SEVILLA. 2^ 

media naranja y una linterna ochavada, percíbese un calvario, 
donde se contempla á Jesús crucilicado entre los dos ladrones, y 
en actitud de dirijir al bueno aquellas dulcisimas palabras de ine- 
fable consolación, de redentora esperanza. A sus lados observan^^e 
la Virgen y S. Juan Evangelista, cuyas estatuas tienen nueve 
pies de alto cada una. 

Tal es, en rápido bosquejo, el magnifico, suntuoso y famoso 
mammento de Semana Santa^ cuya prodigiosa elevación impide el 
qae ofrezca al espectador un amplio punto de vista, desde el cual 
le sea posible contemplarlo por completo. La asombrosa altura de 
tan deslumbrador edificio, asciende á 420 pies, no bajando de 80 
su diámetro. Durante los días en que se halla espuesto al público 
alúmbralo 4 1 4 lámparas, 82 de plata, de metal las otras; además 
de i53 cirios, hachones y velas, convenientemente distribuidos en 
los cuatro cuerpos mencionados, de semejante profusión de luces si- 
goese un efecto maravilloso, que contribuye á realzar la suntuosi- 
dad del monumento^ el cual es de maderay pasta, pintado de blan- 
co, negro, y oro y bruñido perfectamente; habiendo sufrido varias 
é importantes modificaciones, desde que lo trazó en 4 545 el céle- 
bre Micer Antonio Florentin. 

Sa|iilla0.=Tiene la Iglesia en su circunferencia 29 capillas y 
4 en las naves del centro, que contienen pinturas y esculturas de 
relevante mérito, justamente celebrado y nunca desmentido por los 
inteligentes. Las mas notables son: primera, la del Bautisterio, don- 
de radica el admirable lienzo pintado por Morillo, que represen- 
ta á S. Antonio de Padua, medio arrodillado, esperando al Niño- 
Dios descendente en una gloria de ánjeles, para estrecharlo en su 
amoroso pecho. La magnifica composición de este cuadro, la gra- 
ciosa disposición é infinita variedad en las actitudes de tantos án- 
jeles, mancebos y niños; la brillantez y la suavidad de sus tintas, 
el ambiente, la viva espresion de los efectos, la finura y delica- 
deza de sus toques, la corrección, en fin, de su dibujo, son cua- 
lidades innegables que lo colocan en primera linea respecto de los 
primores artísticos de sus obras, cuya maestría cunde proverbial. 
Costó diez mil rs. en el año de 4656; pero sabido es que en oi 
dia equivalen cuando menos á sesenta ú ochenta mil. Hay enci- 
ma otro cuadro con dos figuras del tamaño natural, que represen- 



24 GLORIAS 

ta el bautismo de Jesucristo, del mismo autor, aunque no de tan- 
to mérito. 

La capilla de Santiago el Mayor, tiene en su testero un famoso 
cuadro pintado por el licenciado Juan de las Roelas, natural de Se- 
villa; el año de 4609, que representa á Santiago matando moros 
en la batalla de Clavijo. La figura principal á caballo tiene mu- 
cho fuego, y en toda la composición se nota mucha armonía y 
propiedad. El San Lorenzo en que acaba el altar lo pintó Juan Yal- 
dés, natural de Córdoba, con espíritu y valentía. 

En la siguiente se halla otro gran cuadro que representa á San 
Francisco de Asís en un trono de nubes y de ángeles agrupados 
con bastante arte, y un lego en primer término mirando absorto 
el rompimiento de gloria, que se percibe en lo alto. Este cuadro es 
una de las mejores obras de Herrera el mozo. 

Hay otro encima figurando á la Virgen sentada en un trono 
con acompañamiento de ángeles, entregando la casulla á San U- 
defonso y lo pintó el mismo Yaldés. 

En una capiilita que sigue el brazo del crucero, hay una be- 
llísima Virgen de Belén, pintada con la mayor gracia y delicado 
colorido, por el célebre Alonso Cano. En otra lateral, hay una 
Asunción de Carlos Marata, apenas perceptible por la oscuridad. 
Sábese, no obstante, que está pintada con mucha fuerza de cla- 
ro-oscuro y muy esmerada corrección de dibujo. 

Sigue la capilla de las Doncellas, así denominada por tener mu- 
chas dotaciones para doncellas pobres. Es piadosa fundación de Mi- 
cer Garcia de Gibraleon, proto notario apostólico. Nada contiene 
de notable. 

Se pasa luego á la de los Evangelistas, cuyo altar fué pinta- 
do por Sturmio, en 4555. Posee un cuadro debido á uno de los 
Yassanes. 

En la capilla situada junto á la puerta de los Palos hay un 
Ecce-homo de medio cuerpo, pintado en tabla por Murillo. Ape- 
nas se percibe por la umbrosidad. Está después un altarito con no- 
tables pinturas de Antonio A rjian, hijo de Triana, é inmediato hay 
otro altar con pinturas de Alonso Vázquez, todas de correcto di- 
bujo y buen colorido. 

A la cabecera de la Iglesia, al lado del Evangelio, está la fa- 



DE SE\1LLA 23 

fflosa eslilla de S. Pedro. Tiene ano de los mejores retablos de 
esta Catedral, por su sencillez, y corresponde á la arquiteclnra 
grecoHTomana. Está adornado con 9 lienzos pintados por Zurbarán 
en 4625, qae representan Tarios pasajes de la vida de S. Pedro 
y una Concepción. Nótase en ellos mucha fuerza y corrección de 
dibajo y buenos estadios de paños; siendo indudablemente de las 
mejores obras de dicho autor. 

Á la cabeza de la última nave está la capilla intitulada de la 
Parificacion de Nuestra Señora, cuyo retablo tiene varias tablas 
que representan ^te misterio, otro de la pasión, algunos santos, y 
además cinco retratos: obras todas de las mas célebres y clásicas 
del maese Pedro Campaña, en las que mejoró su colorido, dando 
mas gracia á la composición y dibujo. Á los lados de la puerta 
qne sale á la Lonja, hay una capillita en el brazo del Crucero con 
on cuadro de Pedro Fernandez Guadalupe, pintor sevillano acre- 
ditado. Representa á Nuestra Señora con su Hijo Santísimo en los 
brazos, á San Juan y las Marias, con dos retratos de los funda- 
dores. Las figuras tienen nobleza y buenas actitudes; pero el esti- 
lo es poco agradable, por demasiado seco. 

Al lado corresponde la otra capillita dedicada al misterio de 
la Concepción, en la cual se admira un famoso cuadro de la ge- 
neración ó ascendencia temporal de Jesucristo, ejecutado con maes- 
tría suma, por el célebre artista Luis de Vargas. Sobresale en to- 
da la obra, á juicio de los intelijentes, una pierna de Adán, pe- 
ro tan bien escorzada, que al verla Mateo Pérez de Alesio, famo- 
so pintor italiano^ del cual es una gigantesca efigie de San Cris- 
toval, diestramente pintada en este sitio, esclamó: €PiuvaUla tua 
gamba, che il mió santa Christóforo.-M De donde tomó principio el llamar á 
este altar de la gamba. Sigue la capilla déla Antigua, con la venerable 
efigie de nuestra señora, pintada en el lienzo de la pared. Ante es- 
ta milagrosa imagen, cuyo origen se ignora, oraba San Fernando al- 
gunas noches, sin haberse posesionado todavía de la ciudad enton- 
ces mahometana. Con el aceite de su lámpara obró S. Diego de Alca- 
lá muchos prodigios. Aquí venia á ofrecer los cautivos, que de poder 
de infieles rescataba, el V. Contreras; y la intercesión de María 
santísima se ha manifestado siempre poderosa y propicia en las mu- 
chas ocasiones que ante esta su imagen la imploró Sevilla. 



26 GLOlilAS 

Asi como esta célebre capilla escede en lo espaciosa á las de- 
más asi las aventaja en adornos y especialisimo culto. * Su altar es 
de mármoles jaspeados, con estatuas de piedra, que ejecutó don Pe- 
dro Cornejo, escultor sevillano. Sus paredes, como su techumbre, 
están pintadas al fresco, ó cubiertas de lienzos historiados, obra to- 
da de D. Domingo Martinez, acreditado pintor sevillano. En los cua- 
tro ángulos penden compartidas 80 lámparas de plata, siendo del 
mismo metal la baranda próxima al altar. La Sacristía contiene 
muchas preciosidades artísticas. 

Al lado está la capilla de S. Hermenegildo, cuya escultura 
debida al muy conocido profesor Sevillano Juan Martinez Monta- 
ñés, es lo único que hay en ella de buen gusto, y el sepulcro 
en mármol, perfectamente ejecutado por Mercadante, con la estatua 
del arzobispo cardenal Cervantes, lleno de bajos relieves é inge- 
niosas alegorías. 

En la inmediata capilla del Cristo del Maracaibo, sobresale un 
cuadro de Juan de Yaldés, que represéntalos Desposorios, acaba- 
do con mas prolijidad que las demás obras suyas. 

A los pies de 'la Iglesia, junto á la puerta de San Miguel, es- 
tá un altar cercado con rejas, cuyo retablo representa el nacimien- 
to de Cristo, y es de las obras mas perfectas de Luis de Vargas, 
por su composición, dibujo y espresivos detalles; si bien carece de 
perspectiva aérea, lo cual rebaja el mérito de sus combinaciones 
artísticas, según el voto de los inteligentes. 

Luego que se pasa esta puerta, hállase otro altar pequeño con 
reja, que contiene el cuadro del Ángel de la Guarda mostrando 
al alma el camino de la gloria, obra de graciosa composición y be- 
llísimo colorido, debida al pincel del inimitable Morillo. 

En otra capillita mas allá se encuentra otro cuadro represen- 
tando á la Yirjen sentía, con el niño en los brazos, y dos san- 
tos de cuerpo entero lateralmente colocados. Pasa por una de las 
mejores obras de Tovar. 

Hay en el mismo frente otra capillita lateral á esta, con una 
tabla que representa la visitación de santa Isabel; y á los lados 
otras Gguras y retratos; obra de Pedro Villegas, pintor sevillano, 
acreditado en la segunda época. 

Las demás capillas, que están interpuestas á las mencionadas 



1>E SEVILLA. 27 

no tienen cosa particntar qae pueda merecer la atención de los in- 
telijentes; si se esceptúa alguna que otra escultura de Montañés, 
ó pinturas antiguas de clase inferior. Omitiendo, pues, descripciones 
de escasa ó ninguna importancia pasaremos k la capilla real, lla- 
mada asi porque en ella están depositados, ademas del incorrupto 
cuerpo de S. Fernando, los de su primera mujer doña Beatriz y 
de su hijo don Alonso el sabio. Fué construida por el arquitecto 
Gaiiua, aunque no enteramente, pues la acabaron otros. Pertenece 
al genero plateresco, esto es, propio de los antiguos plateros en las 
custodias y otros objetos del culto; pero esta arquitectura en rea- 
lidad viene á ser la greco— romana en los principios de su restau- 
ración. La capilla real tiene 130 pies de elevación , desde el pa- 
vimento hasta la cupulilla de la linterna, ochenta y uno de lon- 
gitud, y cincuenta y nueve de ancho. Su planta, escluido el media 
circulo del altar mayor, es cuadrada. Dividese en siete partes ó 
espacios, formados por ocho pilastras italianas, revestidas de ricos 
ornatos y relieves. Apoyánse en otros tantos pedestales, con 
los que se une él zócalo, que circuye todo el edificio; y en su 
parte superior tienen capiteles ideales si bien bajo et tipo del ca- 
pitel el corintio. El friso es igual en toda la capilla, y está exor- 
nado de niños, que tienen en sus manos lanzas y alabardas. Ter- 
minan en una media naranja esférica con casetones, que van dis- 
minuyéndose hasta el anillo de la linterna, con bustos de reyes de 
Castilla y serafines. Tiene diez gradas para subir al presbiterio. 
En medio de ellas están el altar y la urna de plata en que se ha- 
lla depositado el cuerpo del santo rey. Alos pies de la capilla en 
dos nichos, están los de la reina doña Beatriz y su hijo don Alonso. 
En el panteón, bajo el altar principal yacen sepultados doña ma- 
na de Padilla, mujer del rey don Pedro, y los Infantes don Fa- 
drique, don Alonso, y don Pedro. Sobre las gradas, cuyo testero 
tiene forma de semicírculo, ocupan el medio altar y retablo en 
que está la Imajen de nuestra señora de los Reyes, con la santa 
Justa y Rufina á sus lados, san Isidoro y san Leandro, San Joa- 
quin y santa Ana. Mas altas hay imágenes de los Evangelistas. 

La reja de la puerta fué costeada por la piedad del Sr. Don 
Carlos III, mediando la notable circunstancia de ser este el pri- 
mor decreto que espidió como soberano de España. El mérito prin- 



28 GLORIAS. 

jDipal de esta capilla, servida por gran número de capellanes rea- 
les y ministros, consiste en escelen te gusto y fecunda inventiva de 
8U autor, en la buena proporción de todas las partes, y en la de- 
licada ejecución de las esculturas y relieves, que le prestan ador- 
no. En ella se conserva la espada del Santo Rey, la misma que tra- 
jo á la conquista de Sevilla, y cinco famosos candelabros con un 
crucifijo en bronce primorosamente ejecutados, que regaló Fernando 
Vil, en 1823. 

A la derecha de la capilla real está situada la de ^n Pedro, 
que posee uno de los retablos mas conformes con el género de ar- 
quitectura greco-romana. Compónese de dos cuerpos: el primero jó- 
nico y el segundo corintio, terminando en templete ático. Llaman 
la atención varias pinturas, que le sirven de ornamento, debidas al 
pincel de Zurbaran. Hizo la reja de esta capilla Fr. José Corde- 
ro, religioso lego de S. Francisco, cuyo nombre se ha inmortaliza- 
. do desde que construyó el magnifico reloj de la Giralda. 

La coífñüa de san Pablo lleva también el nombre de la Concffh 
dan. Destinada por el cabildo para enterramiento de los famosos 
y esforzados "guerreros que ganaron á Sevilla, fueron trasladados á 
ella los huesos de aquellos nobles varones, en 4520; mas habién- 
dose ofrecido el piadoso D. Gonzalo Nuñez deSepúlvedaá dotar en 
4500 ducados la fiesta de la Concepción, resolvióse el cabildo á ce- 
derle esta capilla, para que abriese en ella su sepultura; por cuya 
razón fueron nuevamente trasladadas las cenizas de los Ínclitos con- 
quistadores, colocándolos en la sacristía de los cálices; según el tes- 
timonio de Znñiga. El retablo de esta capilla, labrado á espensas 
de losi herederos de Nuñez de Sepúlveda, fué obra de Francisco 
Rivas, quien carecía de gusto y de genio, é hizo las estatuas Alon- 
so Martínez. En el centro del primer cuerpo de dicho retablo pu- 
sieron la estatua de la Concepción y en la parte superior un cru- 
cifijo colosal antiguo de gran mérito. Lo restante vale poco, si bien 
las efigies no son despreciables. 

La Sacristía mayor es obra digna de estudio, no solamente por 
su grandeza y suntuosidad, sino también por la multitud de alha- 
jas que encierra de grande estima y singular mérito. Su traza fué 
debida á Diego de Riaño, y aprobada por el cabildo en 4530. Pero 
asi como no tuvo aquel distinguido arquitecto la gtoria de ver ter- 



De SEVILLA. 29 

minada la sda cafniular; tampoco pudo dar principio á la obra de 
la sacrisiia^ después ejecutada por Martin de Jainza. Se*entra por 
un arco ladeado con casetones adornados de aves, frutas y otros 
comestibles perfectamente desempeñados. La sacristia tiene 66 pies 
en cuadro y 420 de elevación desde el marmóreo pavimento ala 
cúpula. 

Es sin disputa uno de los mas bellos y grandiosos edificios que 
ha producido el arte en el género de arquitectura plateresca. To- 
do en el cautiva y embelesa al espectador. Compónese de cua- 
tro grandes arcos, que descansan sobre ocho columnas, asentadas 
en altos y gallardos pedestales, sirviendo de estrivo á la media na- 
ranja, en cuyo centro radica la linterna. Tiene cada uno de estos 
arcos en su intercolumnio un cuerpo elegantísimo de arquitectura 
del orden compuesto: los que corresponden á los muros laterales, 
son semejantes en un todo, y contienen otros cuerpos mas peque- 
ños, aunque no menos bellos, en los cuales hay dQs mag- 
níficos lienzos de Murillo, que representan á los arzobispos S. Lean- 
dro y S. Isidoro; en el medio punto del de la derecha hay un me- 
dallón con la figura de S. Juan Bautista: en el que pertenece al 
cuerpo de la izquierda hay un Ecce Homo; y debajo de las re- 
pisas de ambos, otros dos relieves, que representan á san Pedro 
y S. Pablo. 

Las pilastras, que sostienen los segundos cuerpos, están orna- 
das de riquísimos relieves, asi como las columnas del centro; y el 
friso que representa la lucha de los centuarios y lapitas en un la- 
do, y en otro un combate de gladiatores, es de un gusto esqui- 
sítQ y sorprendente. En el medio circulo de estos arcos, hay una 
claraboya ovalada, sostenida por dos angelotes: sobre la clave del 
de la izquierda figuran las estatuas de S. Pedro y S. Pablo, con 
ocho apóstoles, situados en casetones oblicuos; sobre el de la derecha 
se contemplan las figuras de Moisés, Aaron y otros sacerdotes del viejo 
testamento guardando simetría con los apóstoles del frente. No asilos 
arcos del centro, apesar de ser las columnas en que los segundos des- 
cansan, absolutamente idénticos sobre la clave del de la puerta y á los 
lados, din tingúese varios obispos, y en el medio circulo una claraboya 
figurada, de igual forma y dimensión que las restantes. Sobre la puer- 
ta hay tres escudos que contienen los blasones de la Iglesia. 

4 



30 GLOKIAS 

El cuerpo, que existe en el intercolumnio del frente, consta de 
tres arcos* practicables, en estremo delicados y graciosos; el central 
mayor que los otros, descansa sobre pilastras que entivan en las 
magnificas columnas de relieves, cuya gallardía y esbeltez son ad- 
mirables. En el grueso de este arco se ven cuatro figuras, esme- 
radamente esculpidas, que representan á los cuatro Evangelistas, y 
todo él es tan bello; como los delicadísimos del Alcázar. 

Forman los cuatro grandes arcos, al unirse con el anillo de la 
media naranja, cuatro ángulos en los cuales se encuentran ocho es- 
tatuas, que parecen representar otros tantos héroes de la ley antigua 
y de la ley de gracia. Gompónese la media naranja de tres divisio- 
nes ó anillos, que van cerrándose á medida que se aproximan á 
la cúpula. En el primer espacio se figura el infierno, y en el se- 
gundo y tercero á los bienaventurados; contemplase en el último 
al Salvador, asentado sobre el arco, en que lo vio San Juan, te- 
niendo el mundo bajo sus plantas: y en la linterna, que consta 
de ocho arquitos lindísimos, al Padre Eterno, en ademan de echar 
su bendición; cuyo relieve es el complemento del asunto, en su- 
ma religioso y filosófico, que contiene la media naranja y todo este pere- 
grino edificio. Descuella en el como pensamiento capital, según Amador 
de los Ríos, la unión del antiguo y nuevo testamento en una misma ley, 
contribuyendo todo á llevar á cabo esta idea altamente piadosa. 

Los tres arcos del frente, dan entrada á otros tantos oratorios 
á los cuales se sube por dos gradas de mármol. Los «retablos, que 
los adornan son muy sencillos: en el del centro se encuentra el 
famoso descendimiento de Pedro de Campaña, pintado en 4 548, para 
la parroquia de Santa Cruz, siendo de admirar la perfecta correc- 
ción del dibujo característico. 

En los cuatro altares de los lados, no hay objeto alguno cuyo 
examen deba llamar mucho la atención; si bien en los últimos se 
hallan dos cuadros, bien pensados, aunque no de grande ejecución 
debidos á don José María Arango. Sobre la mesa del altar del cen- 
tro hay un relicario, en el cual se custodian muchas y muy apre- 
ciables joyas, contándose entre ellas la llave que el caudillo Axatas en- 
tregó á S. Femando, otra que regalaron los judios, después de la con- 
quista, á aquel magnánimo monarca, y una hermosísima taza de 
cristal de roca, en la cual bebía. 



DE SEVILLA. 31 

La Última capilla de la izquierda, conserva sobre su altar una 
gallarda estatua del santo monarca, esculpida por el célebre Pe- 
dro de Roldan. 

imposible seria de todo punto el describir menudamente cada una 
de las joyas que en el patio de la sacristía mayor se custodian, 
tratándose de un considerable número de riquisimas halajas de oro 
plata y piedras preciosas, con especialidad las que se usan en to- 
das las solemnidades. Solo conseguiríamos' molestar á nuestros lec- 
tores, sí tal intentáramos; por cuya razón nos limitaremos puramen- 
te á los objetos mas renoinbrados, como de un mérito superior. So- 
bre todos descuella incomparable admiración de propios y de estra- 
fios, la c*aUdia grande, como la pieza de plata mas suntuosa y mejor 
trabajada que dar se. puede ^n este género; mereciendo, por ende, 
traslademos integra á este sitio la descripción artística que en 4668 
hizo de ella el entendido caballero don Diego Ortiz de Zúñiga. 

€¿a €u»toiia de Sevilla (dice es una de las mas perfectas obras 
de arquitectura plateresca y demás ajustada y conforme simetría que 
parece posible se traze dentro de los términos rigurosos del arte 
casi sin las licencias que admite la materia; en ella se ven obser- 
vadas reglas de macisos y claros, como si á la firmeza y perma- 
nencia fuesen precisos y no admitiese este género alterarse con mu- 
chas partes los preceptos, que son tan díspensables en estas como 
indispensables en otras.9 

€Sn artífice fué Juan de Arfe y Villafañe, platero, escultor, 
y arquitecto, cuyos escritos en esta facultad son de lo mas enten- 
dido y curioso: esmeróse en esta pieza y muéstralo bien su com- 
posición, que admira á los que la observan con algún conocimien- 
to de los primores, que incluye; viendo en ella ejecutada con tanta 
gala la mejor arquitectura romana y tan estudiosamente observados 
sus reglamentos, como si fuese un edificio que hubiera de perma- 
necer inmoble. 

cCompónese, hablando en estílo arquitectónico, de hanco^ que 
solo tenia antes con marrijas y aldabones, para hacerla mas fá- 
cilmente portátil y sotabanco^ que es el que se le ha añadido (á es- 
pensas de D. Justino Nevé) con gallardo pensamiento en forma 
de uma^ formada de bocelones y medias cañas sobre planta exágo- 
na y relevadas doce airosas cartelas^ sobre que se ven otras tantas 






32 GLORIAS 

urnas ó jarras, dispuestas á recibir ya naturales ya artificiosas flo- 
res. Suben estos bancos en todo género de fábricas á elevarlas, en 
atención al mayor lucimiento de los adornos, que se aumenta, no 
estando tan inmediatos al plano.i> 

cEl diámetro de la planta principal, que es el que tenia el 
banco antiguo, es las dos quintas partes de toda la altura é igual 
á esta el alto del primer cuerpo: porque de cinco partes del alto, 
las dos contiene el primer cuerpo y las tres proporcionalménte es- 
tan repartidas entre los demás, con poca alteración por haberse ele- 
vado algo mas el tercero y cuarto. Los cuerpos son cuatro, no 
contando la linterna, con que remata y que es rigurosamente cuerpo 
quinto, con que se ajusta el número impar, que en las obras de 
cuerpos sobrepuestos es el mas elegante. Cada cuerpo constituye 
una capilla redonda (planta que guardan uniformes, aunque el nú- 
mero de arcos correspondientes al de los frentes del sotabanco la 
bacen parecer, como el, exágona). Levantanse doce columnas con 
su cornisamento entero, que luego sirve de imposta, sobre que juegan 
seis arcos de medio punto, que guardan la rotudidad de la plan- 
ta, con intercolumnios de la mitad del claro de los arcos. Ciérra- 
se cada cuerpo con cielo, á manera de media naranja, aunque tan 
rebajada, que parece raso, compartido de molduras y recuadros, que 
llenan varias* labores de relieve, de que es centro ó clave un 
florón, 

«En lo esterior igual número de columnas al perfil de las an- 
teriores, sirven solo al ornato, formando seis resaltos (cada dos) y 
otras tantas portadas sin alterar la rotundidad, como mejor se de- 
muestra, sobre pedestales á cuyo igual corren las superficies. Las 
columnas interiores son istríadas: las esteriores revestidas de cogo- 
llos y brutescos varios, en que se entretejen misteriosas parras y 
espigas. Tienen cada dos columnas el cornizamento entero, corriendo 
de una á otra el arquitrave; pero los pedestales separados con que 
se da lugar á que en los tres frentes de cada uno se vean de bajo 
relieve otras tantas bistorias en que las mayores dificultades del 
pincel se ven vencidas del buril, en los claros de los arcos se re- 
tira esféricamente el pedestal, haciendo nichos, que dan lugar á 
estatuas; el primero y segundo cuerpo de dos en dos en eále 
sencillas en lo primero; pero todas de talla entera. El primer 



DE SEVILLA. 33 

cuerpo es de orden jónico, bien aplicado, por ser el que como mas 
delicado dedicaba la antigüedad á sus dioses, y también conformes 
á reglas, que enseñan á escluir de estas obras los órdenes toscano 
y dórico, como mas robustos f mas capaces de riqueza de adornos. 
Las basas son áticas y los capiteles Hanos, en donde se descubre 
mejor la gala de sus espiras.:» 

<£1 orden del segundo es corintio, dedicado por los antiguos á 
la deidad suprema: el del tercero compuesto, y asi lo mismo en el 
cuarto, con la pequeña diversidad que dan los artífices al com- 
puesto de compuesto^ en todo conformes enire si, sin variarse mas 
que en la contraposición de los resaltos de las comizas, sobre las 
columnas de afuera, cuya gala puede mejor manifestar la estampa 
que describir la pluma, y en que solo el primero se corona de 
balaustres y acroteas. En el primero, segundo y tercero se ven 
doce ángeles, en cada uno, sobre columnas: el cuarto solamente 
tiene remates torneados.» 

De un cuerpo á otro hay la diminución y remetimientos que 
buscan la figura piramidal: las comizas de todos son singu- 
lares, cada una según su orden, tanto mas vistosas cuanto menos 
ofuscadas de ornatos superfinos: los arquitraves compartidos de mol- 
duras: los frisos vestidos de tarjas, brutescos, y cogollos, sin ' que 
se vea en toda la custodia la mas pequeña parte interior ó este- 
rior, en que falte el debido adorno, como si todo estuviese igual- 
mente patente á la vista en el alma de tantas inscripciones, mo- 
tes y geroglificos que dan mística alusión á todas sus partes. Re- 
mata cerrando el cuarto cuerpo con cúpula redonda y calada, so- 
bre cuyo anillo se levanta la linterna^ tan regular, de doce breves 
columnas, que constituyen un entero cuerpo quinto, sirviendo jun- 
tamente de pedestal á la figura de la Fé. 

cEl altura de toda la custodia basta el pedestal es de diez y 
ocho palmos castellanos, siendo muy diñcil el separar las medidas 
de las partes, por ser estas ejecutadas por repartimientos hechos en 
ellas mesmas, que era el prolijo modo de medir, de los antiguos, 
que hacian confuso el módulo, tan regular y fácil entre los mo- 
dernos; y el reducir su medida á palmos castellanos de cuatro en 
vara, lo tengo por mas decente, aunque menos usado que el de pies 
geométricos que vulgarmente se reducen á una tercia, por lo m&- 



34 GLOniAS 

DOS decoroso del nombre en pieza tan sagrada, qae debía andar en 
palmas de ángeles.i> 

cEsto hé podido discurrir, admirándola mas cada vez y cada vez 
mas descontento de lo que digo. Lo cierto es que piezas de tan 
esquisita inventiva son dificultosísimas de dar á entender sino las de- 
muestra el dibujo; porque son tantas las menudencias de que 
se componen, que se confunde en ellas el discurso; por mas fácil 
tendré siempre el enseñar á trazarla por escritos, que el trazar en se- 
ñarlas con las palabras, aunque el ingenio, que se aplica á este em- 
peño, volará á tan alto que venza estas dificultades.^» 

La Custodia quedó terminada en 4584, con grande aplauso del 
cabildo y de todos los inteligentes; y el mismo Juan de Arfe escri- 
bió una descripción de ella, en lo cual no titubeó en llamarla la 
mayor y mejor pieza de plata que de este género se tobe. Dio el cé- 
lebre Francisco de Pacheco la idea de las estatuas, historias, jero- 
glíficos y demás atributos; en lo cual demostró no menos talento y 
saber que en la sa/a capitular y aníe^-cabildo, de que mas adelante 
nos ocupamos. En 4668 hiciéronse al primer cuerpo de esta pre- 
ciosa joya de las artes 1(^ aditamentos, que indica Zúñiga en su des- 
cripción, sustituyéndose con no buen acuerdo á la estatua de la 
fV, que Arfe habia colocado de consuno con el ilustre Pacheco, la 
efigie de la Concepción; se trasformaron los angelitos de cornisa- 
mento en mancebos, y se puso, en lugar de la cruz con que antes 
terminaba, otra estatua de la Fé. 

No es menos digno de la estimación de los artistas el famoso 
Tenebrarxo que en los tres lültimos dias de Semana Santa sirve en 
los maitines delante del altar mayor. Trazólo en 4562 el afama- 
do artista Bartolomé de Morel, quedando tan satisfecho el cabildo 
al ver la obra terminada, que mandó recompensar al autor con una 
gratificación correspondiente. El erudito Cean Bermudez dice que 
es da pieza mas bien pensada airosa y bien ejecutada que hay de es- 
te género en España.i» Tiene de alto sobre treinta y cuatro palmos, 
y termina con un cuerpo triangular de doce, en el cual se con- 
templan quince preciosas estatuas, que representan al Salvador del 
Mundo, los doce apóstoles y dos de sus mas queridos discípulos. 
En el centro de este triángulo, que es de madera perfectamente bron- 
ceado, se encuentra un círculo ornado graciosamente, que contiene el 



DE SEVILLA. 35 

busto de la Virgen; y mas abajóse \e otro, qae parece representar un S. 
Gregorio. Apóyase este cuerpo sobre cuatro gallardas columnitas de 
broDce, que estriban en el departamento de los leones y e»tos en 
las cariátides, que, como todo lo restante, son del mismo metal; for- 
mando un conjunto original y agradable en estremo. 

Los eajofMs, que guardan los ornamentos, capas y paños usua- 
les para los divinos oficios, obras de gran mérito y valia, batían- 
se colocados en los intercolumnios de los arcos laterales de la sacm- 
tia. No son los construidos en 4 84 9 tan desairados, como algún es- 
critor ba pretendido, antes componen la moderna y magnifica ca- 
jonería de caoba, con los embutidos y bajos relieves que tenia la 
antigua. Pero, sin embargo, no bay duda que las artes esperímen- 
taron una grave pérdida cuando los antiguos cajones se desvara- 
taron. En las puertas de los que ahora existen, se ven ocho fi- 
guras de relieve, con grande intelijencia trabajadas, representando 
las cuatro de la izquierda á los evangelistas, y las de la derecha á 
ios doctores de la Iglesia. Tanto en estas obras como el las pilas- 
tras y ñisos antiguos, se advierte el buen gusto de Giyllen su maes- 
tría y gracia en la ejecución. Resulta del conjunto un cuerpo de 
arquitectura de orden corintio, con bonitas columnas sobre sócalos 
y capiteles dorados. 

Entre las joyas de mas mérito y nombradla, hállase la Cruz 
llamada de Merino, por ser obra de este distinguido artista. Se usa 
solo en las mas solemnes festividades. Tiene de alto fuera de la man- 
ga cinco palmos y medio, componiéndose en su parte inferior de 
dos cuerpos graciosos de arquitectura, cuya planta es octágona, cer- 
rando el segundo una grandiosa media naranja, compartida en tan- 
tas divisiones como ochavas tiene la planta. Forman ambos cuerpos 
un completo edificio de orden dórico, que guarda en miniatura (di- 
gámoslo asi) notable semejanza con el famoso templo del vaticano; 
costando el primero de ocho columnas con sus arquitraves, frisos y 
cornisamento, y viéndose en los intercolumnios las estatuas de San 
Gerónimo, la Magdalena, S. Juan en el desierto y San Francisco asi 
como en los espacios que median entre unas y otras, cuatro efi- 
gies de obispos en estremo pequeñas, cinceladas con esmero y pro- 
digiosidad. £1 segundo cuerpo se compone de diez y sois colum- 
nitas pareadas, advirtiéndose en cada uno de los ocho espacios que 



36 GLORIAS. 

resultan , un nicho con su frontispicio, cuatro de los cuales contíe* 
nen estatuas mas diminutas que los del primer cuerpo si bien no 
menos concluidas y correctas en el diseño. Los cuatro nichos res- 
tantes tienen otros tantos camafeos, esmeradamente trabajados, y en 
las divisiones de la media naranja se ven asimismo otros cuatro, al- 
ternando con igual número de calaveras, aunque mas inmediatas 
al cornisamento. Desde esta parte arranca la cruz propiamente ha- 
blando; sirviéndole de base otro cuerpo de arquitectura, gallarda 
en estremo. Tiene cuatro brazos, siendo los inferiores un poco mas 
largos que los otros, y viéndose un globo en el final de cada uno 
lo mismo que en la cabeza; en la parte anterior hay un Cristo, pen- 
diente de otra cruz sobre puesta, y una medalla en que se vé de 
relieve la paloma que representa al Espíritu Santo. £1 crucifijo es 
de bastante mérito, digno de tan bien pensada y elaborada joya. 
En la parte posterior se encuentra un medallón que contiene una 
bellísima Virgen de Belen^ con el Niño en brazos. En torno de es- 
ta medalla hay cuatro delicados camafeos, y toda la cruz figura 
ricamente esmaltada de preciosas piedras. Semejante obra maestra 
del arte, que hace honor al siglo XVI, ha inmortalizado el nombre 
de su autor Francisco Merino 4580. 

Otra de las piezas mas estimable es la fuente ó palangana de 
Paiba, asi denominada porque la donó al cabildo en 4688 doña Ana 
de Paiba, hija del capitán don Diego, á quien se la hsd)ia dado el 
rey de Portugal. Sirve en los pontificales, teniendo de peso vein- 
tinueve marcos y una onza, y tres palmos de diámetro, toda ella 
de plata perfectamente dorada. Reálzanla muchos bajos relieves so- 
bre asuntos bíblicos, y otros magníficos adornos. En el centro del 
reverso hay un escudo de armas con seis conchas y siete galeras 
una de las cuales está sobre el casco que la corona; viéndose en 
su alrededor árboles y animales silvestres, con ocho camafeos que 
parecen haberles servido de asideros. 

Otras piezas de mucho mérito y dignas de estudio se guardan 
gn este departamento, pero debemos hacer especial mención de al- 
gunos portapaces y cálices, de sumo gusto y que por pertenecer á 
diferentes épocas deben llamar la atención de cuantos vean en la 
historia de las artes un comentario de la del género humano. El 
portapat gótico, que parece haber sido dádiva de algún rey de Cas- 



DE SEVILLA 37 

tilla y de León, se halla, paes, en este número y merece ser de- 
tenidamente examinado. La prolijidad de sus esmaltes y el esme- 
ro de sus perfiles contrastan admirablemente con la imájen que 
contiene, cuyo escaso mérito revela 4 grande atraso en que se ha- 
llaba la escultura, cuando aquel se hizo. Mucho mas bello, aun* 
que mas sencillo, es el que regaló á la catedral el Sr. D. Feli- 
pe Cassoni, que representa un Ecce^homo, de bajo relieve, obra en 
que se manifiestan los considerables adelantamientos, que de uno 
& otro hablan hecho las artes. Para saber apreciar dignamente cuan- 
tas alhajas posee la catedral de Sevilla, baste decir que no se en- 
cuentra nna sola, en que deje de admirarse alguna peregrina be- 
lleza. Gnárdanse también con gran cuidado las famosas Tablas Al- 
fonsinas, que son de plata dorada por fuera, y por dentro de oro 
con historias cinceladas en ellas, y sembradas de piedras. Su al- 
to una vara, y el ancho vara y media. Además se conservan las 
siguientes notables reliquias. Un pedazo de la verdadera Santa Cruz, 
una Espina de la Corona de Cristo, parte de las vestiduras de Ma- 
ría Santísima, los cuerpos de S. Servando y S. Germano, már- 
tires, el de S. Florencio confesor, un brazo de S. Bartolomé, bue- 
sm de S. Andrés y S. Judas Tadeo, una canilla de S. Sebastian, un de- 
do de S. Blas, huesos^ de la Magdalena, Sta. María Egipciaca, Sta. Inés, 
Sla. Anastasia &c., parte de los hábitos de S. Francisco y San 
Bernardo, un cáliz de S. Clemente Papa, una cabeza de una de 
las compañeras de Sta. Úrsula, la de S. Leandro, y otras muchas 
reliquias, que pasan de trescientas. 

Nada hemos dicho todavía de la incomparable Sala capitular. 
Fué trazada por Diego de Riaño, en 4530, poniéndose al momen- 
to por obra, que continuó Martin de Gainza, á la muerte de aquel 
célebre arquitecto, ocurrida en el año de 4533. No se terminó 
hasta 4585, habiendo puesto la última piedra de su media naranja 
6 cerramiento el famoso Juan de Minjares, en unión con Asensio de 
Maeda. 

Éntrase áeste departamento por la capilla que llaman áelMa- 
riscal^ conocida también con el nombre de la puríficacion. Antes 
de llegar al Ante-Cabildo hay una pieza que consta de nueve pies 
de largo, y . del ancho de aquel, sirviéndole en cierto modo de 
vestíbulo. A sus estremos se ven dos puertas pequeñas, en cuyas 

5 



38 GLORIAS 

claves existen dos medallas de mármol, qoe representan á David 
y á Salomón^ y sobre estas dos bajos-relieves con las Gguras de la 
Virgen y del Salvador del mundo. Al frente de dichas puertas hay 
otras dos en lodo igaales, guardando exacta simetría. El ante cabildo 
que bien pudiera servir de sala Capitular á las primeras catedra- 
les de España, consta de cuarenta y seis pies de largo, veintidós 
de ancho y treinta y cuatro de elevación. Cuanto pudiéramos de- 
cir de tan hermosa estancia, verdaderamente magniflca, no alcan- 
zarla á dar una idea aproximada de las innumerables bellezas, 
que contiene. Aqui han venido á derramar sus gracias la escul- 
tura y la arquitectura, obteniendo ambas señalados triunfos. Re- 
presenta en conjunto un bellísimo cuerpo de orden jónico, sobre 
basas ó repisas dóricas, magnificamente adornado con estatuas, pi- 
lastras y ninchos, todo lindísimo y lleno de bajos relieves marmó- 
reos; en tangible simbolización de virtudes y pasages de la sagrada 
escritura, subseguidas de inscripciones latinas, que esplican opor- 
tunamente los objetos representados. La bóveda es de lo mas gra- 
cioso, sencillo y elegante que imajínar se puede, componiéndose 
de primorosos casetones, que recrean la vista, formando un sober- 
bio y rico artesonado. En el centro figura una linterna cuadrada 
de cuatro arcos, sostenidos por otras tantas pilastras; y en el mu- 
ro del frente hay un tragaluz, que comunica bastante claridad á 
la estancia. Las puertas de este lado dan salida á un patio, poco 
notable, de treinta y tres pies en cuadro. 

En el ángulo que forma el muro lateral- de la izquierda <y)n 
el de la cabecera, se vé una puerta comunicante con corredor, cu- 
yas paredes exornan dos cuerpos de arquitectura: el primero es 
de orden dórico y el segundo jónico. A la derecha y como 
en el centro de este pasadizo, está la entrada á la maravillosa y 
nunca bastantemente ponderada sala capittdar; y al estremo hay otra 
puerta mas pequeña, que conduce á la contaduría. Sin exageración 
podemos decir que en la sala capitular han asentado su trono las 
nobles artes, cada una de las cuales ha procurado lucirse y os- 
tentarse respectivamente mas esplendorosa; brillando al par las 
producciones de los Céspedes y Murillos, para acrecer la hermo- 
sura de aquel indescriptible recinto, al cual prestan unánime su 
seductora magia. 



DE SEVILLA 39 

La planta de tan santuoso edificio, es de figura ovalada 6 clip- 
tica, constando de cincuenta pies de longitud y de treinta y cua- 
tro de latitud, en su mayor estenston geométrica. Rodéanla dos po- 
dios de piedra, que sirven de asiento á los capitulares, descollan- 
do al frente la silla del Prelado, de preciosas maderas trabajada. 
El pavimento es de mármoles varicoloros, guardando en su dibu- 
jo la forma del edificio. Sobre ana cornisa dórica, á once varas de 
altura, en que termina el primer espacio, adornada con metopas y 
triglifos, elévase un cuerpo jónico de quince pies de altura, con diez 
y seis pedestales y columnas istriadas, laboreado con resaltos; y 
desde su comiza empieza la media naranja repartida en tres fa- 
jas horizontales con muchos recuadros, terminando en una linter- 
na elíptica de nueve pies de alto y diez y seis de largo, compues- 
ta de ocho pilastras corintias, las cnales forman otras tantas ven- 
tanas que prodigan luminosos raudales á la estancia. Todas estas 
divisiones, muy lacónicamente descritas, están ricamente adorna- 
das y embellecidas con diez y seis medallas de figuras y relieves' 
marmóreos; inscripciones históricas y pintaras de muchísimo méri- 
to por la mirifica corrección de su inmejorable dibujo. Las que ra- 
dican en el basamento del 2.^ cuerpo, son obra del racionero de 
Córdoba Pablo de Céspedes; y las ocho subsistentes en la prime- 
ra faja de la bóveda, que hacen juego con las claraboyas circula- 
res de vidrios de colores, juntamente con la hermosísima Concep^ 
cion de cuerpo entero, que está en el frente, son del buen tiempo 
del inmortal Murillo. 

Hemos indicado en pálida y descolorida reseña lo que es la 
sala Capitular^ única de su género en España y quizá en el mundo 
donde acaso no tenga semejante. Pero se nos figura materialmen- 
te imposible formar una cabal idea de su magnificencia y belleza 
sin verla, contemplarla y admirarla á la par. 

Saliendo de esta sala para la Iglesia, á mano derecha, está la 
Contaduría mayor, pieza también de buena construcción, y que tie- 
ne un San Fernando de cuerpo entero, obra de Morillo, y dos cua- 
dros de dicho Céspedes. 

La sacristía de los cálices está adornada de una colección muy 
bonita de cuadros de los autores Durero, Vargas, Roelas, Preciado, 
Zurbarán y Goya. 



40 GLORIAS 

La de la Antigua tiene también otra colección de buenos cua- 
dros de escuela Italiana y Española, entre los cuales se halla una 
tabla del divino Morales. 

La Iglesia del Sagrario, no mentada todavía, con destino á la ad- 
ministración de Sacramentos y á las demás funciones parroquia- 
les, esta dedicada á S. Clemente Papa. Tiene por afuera, según 
Cean Bermudez, de norte á mediodia 205 pies de largo: de orien- 
te á poniente 74 y medio de ancho; y 88 de alto, con dos facha- 
das al norte y poniente, sobre la lonja, que rodea toda la man- 
zana y con otra á levante en el patio de los Naranjos, pues por 
mediodia está contigua á la catedral. Compónese esteriormente de 
tres cuerpos de arquitectura: el primero es dórico, el segundo jó- 
nico, y el tercero corintio terminando con un antepecho calado y 
ornado de candelabros y flameros. Aunque es iglesia de una so- 
la nave, tiene crucero y diez capillas laterales. Consta por den- 
tro de 491 pies de largo, de 64 de ancho, inclusas las capillas, 
y de 83 de alto, y la medía naranja de 408 desde el pavimen- 
to hasta la clave ó medalla de Santo Tomas de Aquino. Está reves- 
tida con dos cuerpos, dórico y jónico, que le sirven de adorno in- 
terior, uno sobre otro; en el primero hay cinco capillas por ban- 
da, bien que dos sirven de vestíbulo á las puertas laterales. En 
los brazos del crucero hay dos altares de jaspe rojo, con algunos 
embutidos blancos y negros. £1 altar mayor es mas costoso que 
arreglado. El segundo cuerpo consta de seis arcos, tres á cada la- 
do, de los cuales arrancan otros tres, que dividen la bóveda, des- 
de el muro del mediodia, hasta la cúpula; en la parte inferior de 
dicho cuerpo, hay dos antepechos calados, y sobre cada uno, cua- 
tro estatuas gigantescas representando á los cuatro Evangelistas y 
á los cuatro doctores de la Iglesia. Bajo el presbiterio está un pan- 
teón de arzobispos, donde yacen los señores Tapia, Payno, Pala- 
foi, Arias, yTaboada. La iglesia tiene tres puertas; la del medio- 
dia está ornada en su parte esterior de dos cuerpos de arquitectu- 
ra: el primero es corintio y consta de cuatro medias columnas is- 
triadas, que sostienen el cornisamento sobre que descansa el se- 
gundo, en cuyo centro se vé la estatua de S. femando, con otras 
cuatro á los lados que representan á S. Isidoro, S. Leandro, San- 
ta Justa y Sta. Rufina. 



STVTTÍ i 




ESTZara B^ íh CAIEBRAl 
(U linlli.) 



D£ SEVILLA. H 

La sacrisiia del sagrario ocupa el espacio medio entre la puerta 
. del perdón y la iglesia, teniendo la paerta al lado de aquella . 

Adorna á esta un cuerpo de arquitectura, de dos columnas is- 
triadas y sobre el frontispicio hay tres estatuas de escaso mérito, 
que figuran las virtudes teologales. Tiene la sacristía 33 pies de al- 
to, 433 de largo, y 34 de ancho, los muros laterales son de la 
^ antigua mezquita y están revestidos de azulejos hasta cerca de la 
comiza. Réstanos hablar de la parte árabe, que ha podido sobre- 
vivir á tantas revoluciones, como esperimentaron las artes y que 
tanto en la catedral, como en el alcázar, manifiesta la fecundi- 
dad del ingenio de aquel pueblo, y su delicado gusto. 

El primer monumento, que se presenta á la vista al salir del 
^ Sagrario, es la gallarda y esbelta torre, que tanta fama ha dado 
y da á Sevilla, ya entre los naturales ó indígenas, ya entre los 
estrangeros de los mas remotos paises. 

Esta soberbia torre, construcción del moro Hever ó Guever por 
los años de 4,000, y cuya altura llega á 250 pies, tiene cuatro 
freutes idénticos, cada uno de los cuales consta de cincuenta pies 
de ancho sin diminución alguna en el cuerpo arábigo, y empiezan 
á la elevación de ochenta y siete pies los lindos ornatos, que tanta 
gallardía y belleza le prestan, consistentes en diez y .seis tablas 
de caprichosa axaraca^ sostenidas cada cual en tres columnas que 
forman dos airosos arcos. En cada fachada hay seis aximeses^ colo- 
cados en la misma dirección que llevan las rampas interiores: los 
dos pr'meros no tienen columna alguna en el centro: los restan- 
tes constan de dos arquitos que estriban sobre el muro y descan- 
san en una sola columna con tanta gracia que encanta la vista 
de los espectadores. Son el tercero y quinto de herradura y el 
cuarto y sesto repuntados y compuestos de cinco semicírculos en 
estremo delicados. Sobre estas vistosas tablas de axaraca, que ser- 
peando en el nucro producen un efecto admirable, hay un cuerpo 
de diez arquitos y de once columnas, que esceden en gallardía 
á los de los aximeces, componiendo entre todos la suma de cua- 
renta arcos y cuarenta y cuatro columnas. Desde esta parte co- 
mienza la obra greco-romana, que consta de tres cuerpos arqui- 
lectonic4)s; el primero tiene en sus cuatro fachadas el mismo ancho 
que el arábigo y termina con un antepecho calado, sirviendo en 



42 GLoniAS 

cierto modo de zócalo k los dos restantes. El segundo es de érden 
dórico y consta de cnatro arcos, que aostienen otras tantas colum- 
nas sobre los cuales descansan el cornisamento y la bóveda. En 
el friso que da vuelta á los cuatro frentes, se percibe la leyenda sigaíenle: 

TURRIS — FHBTISIMA — ^OSIE^ — UM — PlOV. 8. 

Concluye este cuerpo con un antepecho enriquecido de gracio- 
sos adornos; y sirve de base al tercero, que se compone de pilas- 
tras del orden jónico, entre las cuales hay varias ventanas cua- 
drilongas, terminando con nn bello cupulino en donde asienta un 
globo de bronce, que sirve de pedestal á la magnifica estatua 
de la Fé, vulgarmente conocida con el nombre de GiraldiUo, por 
qné gira á todos \ientos sobre un perno de bierro; la cual sirve 
de veleta, merced al gran lábaro que (iene en la mano derecha; 
en la izquierda óslenla una paUua; cubre su cabeza una especie 
de capacete, y el cuerpo está vestido con mucha gracia, siendo 
dicha estatua muy gallarda y apareciendo desde el suelo muy bien 
proporcionada, lo cual prueba la grande inteligencia del artista.' 
Ejecutóla en 1568 el célebre Bartolomé Morel,, autor del tmebrario 
y del /omío/ y tiene catorce pies de alio, pesando veintiocho quintales. 




Súbese á lo alto de la Gualda por treinta y cíncfl ¡¡endientes 
ó rampas tan suaves que no cansan incomodidad alguna. La paer- 



DE ^GMLLA. i3 

la, colorada en la fachada del mediodía, es tan pequeña, que ape- 
nas puede dar suficiente entrada á una persona, las rampas ó cues- 
tas suavísimas van estrechándose á medida que se alejan del suelo 
porque los muros van engrosando imperceptiblemente por la parte 
interior, hasta formar casi una bóveda con el machón del centro 
de la última cuesta. En el espacio que deja vacio el primer cuer- 
po moderno, está el famoso reloj que á fines del último siglo cons- 
truyó fray José Cordero, lego franciscano, obra de gran mérito tan- 
to en su parte artística como en la maquinaria. La campana se 
oye en todo Sevilla y da solamente las horas, viéndose colocada 
entre los arcos del segundo cuerpo. El primero contiene entredi-' 
versos arcos veinticinco campanas de varias magnitudes, viéndo- 
se pendientes de la bóveda seis de estraordinario tamaño, que no 
giran, como las restantes, sobre los brazos. 

El segando cuerpo de la Giralda tiene 568 años menos de exis- 
tencia que el principal, y es obra del arquitecto Fernando Ruiz^ 
que lo elevó cien pies sobre el portentoso edificio de los árabes. 
Desde lo mas encumbrado de la altísima torre, descubrense las 
inmensas planicies que rodean á Sevilla, y que, sembradas de 
olivares y alquerías, producen maravilloso efecto de sorprendente 
galanura. En la parte inferior de esta torre existieron algunas pin- 
turas al fresco^ del célebre Luis de Vargas, casi todas victimas de 
la intemperie. La fachada del norte contiene, sin embargo, una Anun- 
ciación^ un Calvario y los santos Leandro é Isidoro^ cuyas obras, aun- 
que repintadas en estremo^ revelan aun el gran talento del pintor 
sevillano. 

La Giralda es toda de ladrillo, escepto sus cimientos y un es- 
tado de hombre sobre ellos, afirmando algunos escritores que los si- 
llares, de que están labrados, pertenecieron á otros edificios roma- 
nos, demolidos por los árabes con tan grandioso objeto. 

Lleva el nombre de Paiio de los Naranjos el terreno que ocu- 
pó la antigua mezquita; conservándose solamente de esta los muros^ 
que forman el ángulo opuesto al Sagrario^ al oriente y norte de la 
Catedral. Mas á pesar de haber sufrido tantos trastornos y varia- 
ciones, conservan aun estos muros el carácter de la arquitectura 
sarracénica, pareciéndose en gran manera á los de la catedral de 
Córdoba. Es patio muy espacioso y de figura cuadrilonga, plantado 



ii GLORIAS 

de naranjos con cierto orden simétrico, que contribuyen á darle un 
aspecto agradable. Consta en su latitud de trescientos cincuenta pies 
de ancho y en su longitud de cuatrocientos cincuenta y cinco. Fór- 
manlo por la> parte de norte y oriente los muros indicados y por 
la de mediodía y poniente la Iglesia del Sagrario y la Catedral. Al 
pié del muro de esta se han construido una porción de casillas ó 
habitaciones, que afean y causan daño al edificio. Enire ellas se cuen- 
ta la sala de juntas de la hermandad del Sagrario, que contienen 
algunos buenos cuadros de Herrera el mozo y de Arteaga, con un niño 
Jesús de Montañés, esculpido en 1507. 

La célebre Biblioteca Colombina^ fundada por el hijo del gran 
Crístóval Colon y ocupa la parte superior de la antigua nave dé S. 
Jorge y la que fué Sagrario, hasta la construcción de la nueva igle- 
sia de este nombre. D. Fernando Colon donó al Cabildo veinte mil 
volúmenes, que se redujeron á diez mil tomos; habiéndose aumen- 
tado considerablemente el número de aquellos en los muchos años 
que desde entonces trascurrieron, además de poseer gran cantidad 
de manuscritos, algunos muy preciosos, entre ellos una divina comedia 
del Dante, y el misal del Cardenal Mendoza, cuyas viñetas son ina- 
preciables en su género de monumentos artísticos, especialmente pa- 
ra el conocimiento y estudio de los trajes antiguos. También exis- 
te en esta biblioteca la famosa espada del Conde Fernán González, 
traida á la conquista de Sevilla por el no menos célebre Garci 
Pérez de Vargas. A su lado se leen estas dos redondillas: 

«DE FEBISATÍ GONZALES Fl-Y, 

DB QUIETA recibí EL VALOR; 

Y NO LO adquirí MENOR 

DE IN VARGAS Á QUIEN SERVÍ 

SOT LA OCTAVA MARAVÍLLA 
EN CORTAR MORAS GARGANTAS: 
NO SABRÉ YO DECIR CUANTAS; 
MAS SÉ QUE GANÉ Á SEVILLA.» 

Los estrangeros admiran mucho este monumento de las anti- 
guas sevillanas glorias. 

Luis Felipe, ex-rey de los franceses, habia regalado á la ií- 



SEVILLA. 




DE SEVILLA. I -y 

Uioieea eobnibina algunas obras de interés y mérito; y un retrato 
de cuerpo entero, que representa á Cristóval Colon en la actitud 
mas digna, magestuosa y admirable, debido al pincel de 
Mr. Emilio Lasalle, en 4843. La cabeza del Almirante descubridor 
de un mundo, es inimitable, espresando profundamente el magni-. 
fico y sublime pensamiento que se propuso el artista. A los lados 
de este retrato, puesto en la cabeza de la sala mas antigua, hay 
otros muchos de diferentes personages distinguidos doctos y erudi- 
tos sevillanos, y ilustres en ciencias y artes, entre ellos los del mar^ 
qués de Santillana, don Diego de Zúñiga, Luis del Alcázar, Francisco 
de Pacheco, Govarrubias, Murillo, Arias Montano y otros, pero no 
lodos son de igual mérito y artística valia. Lo mismo sucede en 
el salón del norte donde se vén los retratos de todas los arzobis- 
pos de Sevilla, desde el Infante don Felipe hasta el predecesor del 
actual. En el testero del frente hay un S. Fernando de medio cuer- 
po pintado por Murillo en su mejor tiempo, del cual son también 
algunos de los indicados, á cuya circunstancia deben el sobresalir 
entre todos, 

En la primera meseta de la escalera hay una losa de már- 
mol, fija en el muro, que contiene una estatua de relieve, la cual 
representa á don Iñigo de Mendoza, sobrino del cardenal don Die- 
go. Es obra de un mérito estraordinario, y Gean Bermudez la atribu- 
ye al famoso Miguel de Florentin. 

La Puerta del Perdón es uno de los mas lindos monumentos de 
la , arquitectura árabe en Sevilla, si bien apenas resta ya de aquel 
género mas que la gracia y gallardía de sus tres magníficos arcos. 
A los de esta puerta hay cuatro estatuas ejecutadas, así como el 
relieve del templo, por Miguel de Florentin, desde 4549 hasta 4522. 
Las mayores representan á S. Pedro y S. Pablo y las menores la 
Anundación. Dos hojas tiene la puerta, que según algunos, perte- 
necieron á la antigua mezquita; según otros, las mandó labrar don 
Alonso XI, en 4340, volviendo victorioso de la batalla del Salado y no 
menos rico de botin que de gloría. 

Llegamos, por fin al término de la descripción de la Catedral, 
cuya tarea creemos haber desempeñado con tanta sucintez como exac- 
titud, no sin valemos de relaciones impresas y particularmente del 
testo redactado por el muy elocuente y profundo escritor don José 

6 



4G GLORIAS 

Amador de los R ios, cuya elegante pluma ha sido nuestro guia. Res- 
taños contemplar con éi ese maravilloso edificio en su parte este- 
rior ya que interiormente hemos admirado su estraordinaria mag- 
nificencia de imperecedera remembranza. Al primer golpe de vista 
descubre el inteligente en ese mirifico deslumbrante coloso, domi- 
nador de la ciudad del Bétis, compendiados y confundidos todos los 
géneros artísticos, que han sido la admiración de las edades. Allí 
desde el primoroso arco arábigo, hasta el no menos bello, conoci- 
do con el epíteto de plateresco^ y desde este hasta la depravada ba- 
lumba churrigueresca y las pesadas moles de la decadencia, contém- 
planse y al par estúdianse, reportando por fruto el conocimiento 
de las revoluciones que han esperimentado las costumbres y con 
ellas el buen gusto de los mas sobresalientes artistas. La catedral 
de Sevilla es oportunamente comparada por el erudito Gean Bermu- 
dez, á un hermoso navio de al^ bordo, magníficamente empavesa- 
do y 4:cuyo palo mayor (dice) domina k los de mesana, trinquete 
y bauprés, con armoniosos grupos de velas, cuchillos; grímpolas, 
banderas y gallardetes. Tal aparece la catedral de Sevilla, enseño- 
reando su alta torre y pomposo crucero á las demás naves y ca- 
pillas, que la rodean, con mil torrecillas, remates y capiteles.» 

No concluiremos sin citar las elocuentes palabras del señor 
Amador de los Rios, vertidas en un momento de sublime entusias- 
mo antes de empezar su descripción artística. 

«Hija la Catedral (dice) de un sentimiento noble y generoso, de 
un sentimiento altamente cristiano, despierta en nosotros las mas 
sublimes ideas religiosas, su grandeza y elevación corresponde á la 
grandeza y elevación del pensamiento. No está este templo como 
los de otras antiguas ciudades, cargado de adornos esmerados, ni 
apenas ostenta la filigrana de las catedrales de Burgos y Milán. 
Su carácter distintivo es la grandiosidad y la magnificencia: sus 
esbeltas y gigantescas formas admiran al par que sobrecojen y lle- 
nan de respeto profundo. 

He aqni, pues, otra de las mayores glorias db sevilla. 



El coQsuliido ó looja de iuerr4ideres.~GI Alcasir.— La torre del Oro. 




amos 3 describir rápidamente este 
' magnifico edificio, asentado al medio- 
diadela catedral, y aislada absoluta- 
mente en sus cuatro simétricas facha- 
das que pertenece al género de arqui- 
lecturagreco-romana, y que fué cons- 
truido según la traza, del fumo^ Her- 
rera, por sa brillante discípulo Juan 
i fspensas de los mercaderes de la po- 
. Comenzóse la fábrica en 1585, reinan- 
do Felipe segundo, y no se levantó mano de ella hasta \erla 
concluida en 1598, trece años después de abrir sus anchurosos 
cimientos. 

Situado, con justas pretensiones de monumenUí artístico en la 
parte meridional de Sevilla, tiene el consilado al norte la esplen- 
dida Catedral y al oriente el suntaoso alcázar de Abdalasis y de 
D. Pedro primero de Castilla, rodéalo una ancha looja, á la cual 
se sube por varias gradas, viéndose de trecho en trecho gruesas 
columnas, que sostienen pesadas cadenas de hierro. Su planta «s 
enteramente cuadrada pues tiene cuatro fachadas iguales, de '200 



di' AüiiiiiM'i 
(iorosa S('\ill:i. 



i8 GLORIAS 

pies de largo cada una, y de alto hasta el antepecho con que ter- 
mina, 73 solamente. Componese de dos cuerpos de arquitectura 
de orden toscano, sin mas ornamentos que las pilastras pareadas 
que dividen cada fachada en once espacios, las cuales son sen- 
cillas de piedra de las canteras inmediatas á Jerez, y las entre- 
pilastras de ladrillos grandes y bien construidos; con 119 venta- 
nas y puertas en el esterior que remata con una balaustrada, contemplán- 
dose de cuando en cuando en sus correspondientes pedestalones, asen- 
tantes sobre las pilastras, grandes bolas pétreas, y levantándose una es- 
pecie de pirámide en cada uno de los cuatro ángulos. 

Entrase al gonsilado por dos puertas practicables, una en la 
fachada del norte, y otra en la del Occidente. 

£1 magnifico patio de tan grandioso edificio, cuyo pavimento 
corresponde por do quiera á su admirable riqueza y suntuosidad, 
consta de 72 pies en cuadro y de 58 de elevación. £«tá cercado 
de grandes y espaciosas galerías acomodadas á su objeto, que dan 
magnificencia al sorprendente conjunto. Las columnas sobre que se 
elevan los arcos del primer cuerpo, son del orden dórico, y las 
del segundo pertenecen al jónico; en este primer cuerpo hay va-^ 
rios salones y departamentos dedicados al tribunal del consulado, 
y á las oficinas que corresponden á esle importantísimo esta- 
blecimiento. 

La escalera principal, que conduce al segundo cuerpo, es an- 
cha y espaciosa, con tres descansos: y aunque es riquísima por 
la multitud y variedad de mármoles de que está construida, la 
colocación de ellos y sus adornos no son del mejor gusto. Este se- 
gundo cuerpo tiene tr^s grandes salones corridos y de la lonjitud de 
las tres fachadas á que corresponden, donde están colocados en una 
magnifica estantería de caoba todos los papeles pertenecientes al 
descubrimiento y la conquista de las Américas por el Almirante Co- 
lon y Hernán Cortés, y además parte de los papeles del archivo 
de Simancas, relativos á infinitos asuntos de aquellas auríferas re- 
giones. Estas tres piezas son admirables por su magnitud y la de- 
licadeza con que están trabajadas las bóvedas, y, sobre 'odo, es 
objeto de mucha curiosidad el precioso archivo de Indias, como de- 
pósito de memorias muy interesantes á la historia. 

Otra ponderada escalera de mucho mérito por su conslruc- 



D£ SEVILLA. 19 

fion y capacidad, conduce á las azoteas que son espaciosas y mag- 
nificas, y corren balaustres al rededor de la comiza, terminando 
los ángulos, como hemos dicho, en cuatro descollantes obeliscos. Gó- 
zanse desde las azoteas del consulado amenas y bellisimas vistas; 
en estremo recreativas, por dominar las dilatadas llanuras 6 vas- 
tas planicies de la bega de Triana y tener en sus alrededores tan 
soberbios edificios, como la Catedral y el Alcázar. 

Tal es, brevisimamente describiendo como & nuestro propósito 
cumple, la célebre Casa-Lonja de Sevilla, resultando su fabricado 
piedra martelilla casi toda,, á escepcion de los paños que median en- 
tre las pilastras de las cuatro fachadas, los cuales son de ladrillo cor- 
tado. Tuvo de coste toda la obra unos ochocientos mil ducados, pu- 
diendo decirse con sobrada justicia, que es uno de los monumen- 
tos mas soberbios, que produjo el arte en el siglo XYI. 

Incúmbenos ahora describir el opulento Alcázar sevillano, man- 
sión á tantos reyes, desde su fundador Abdalásis, como dijimos en 
la parte histórica. Rodeado este mirifico esplendoroso palacio de fuer- 
tes murallas y de altos torreones, desde cuya cima se divisan las 
fértiles begas de Triana y Sevilla, pobladas de ricas y vistosas al- 
querías, elévase gigante dominando las cstensas planicies de sus vas- 
tísimos contornos. Todas las épocas, todos los siglos han puesto su 
mano, mas ó menos artística, en el alcázar de Sevilla. Desde 
el elevado arco gótico hasta la desatinada hojarasca de Churrigue- 
ras; desde el delicado arabesco hasta las grandiosos formas del re- 
nacimiento, hall&nse confundidos en el recinto de ese palacio, mez- 
clándose á veces los platerescos frisos con las axaracas y festones 
arábigos, y los redondos y macizos ^ arcos de la arquitectura greco- 
romana con los piramidales y afiligranados de la muslímica. 

Derrocado el poder de los moros de Sevilla á impulsos del va- 
leroso esfuerzo de Fernando IH, aposentóse este, según cuentan las 
crónicas antiguas, en el palacio de Abdalásis, donde mandó cons- 
truir algunos departamentos, que llevaron el sello de la arquitectu- 
ra gótica. Desde entonces continuó sufriendo el Alcázar tantas mo- 
dificaciones cuantas eran las que esperimentaba el gusto de sus due- 
ños; hasta que, muerto Alfonso en el cerco de Gibraltar, subió al 
trono de Castilla Pedro I, el Justiciero^ según otros el Cruel. 
Profesó este joven monarca un amor sin limites al suelo en que 



hO GLORIAS 

\iera deslizarse plácidos y tranquilos sus primeros años, y duefio 
ya de la corona de Castilla, dedicóse con grande empeño á hermo- 
sear el palacio, que habia servido de morada k sus ilustres pre- 
decesores en la bella capital de Andalucía. Hizo venir de Grana- 
da con semejante objeto los mas famosos arquitectos árabes, duran- 
do tan dificil obra cerca de doce años y viéndose terminada en el 
de 1364, cinco antes de que la alevosía de un mal francés arreba* 
tase al joven don Pedro en los campos de Montiel la corona y la 
vida á un tiempo mismo. Otras muchas reparaciones esperimenti 
el ALCÁZAR, que serian largas de especificar y por tanto ajenas de 
nuestro propósito, limitándonos á describirlo rápidamente tal como 
se halla y ha llegado, con mas ó menos deterioro á nuestros dias, 
cual surje un antiquísimo trofeo, emblema de recuerdos secu- 
lares. 

Cerca del consulado y frente también al mediodía de la cate- 
dral, levántase ostentoso el vastísimo edificio de que nos ocupamos 
abarcando un recinto muy estenso, cuya espaciosidad sorprende á 
todos. Su principal entrada es por la puerta de la Montería, asi 
denominada porque se reunían allí los monteros del rey; la cual con- 
duce á un patio cuadrado, en que se vé una gran portada á la ara- 
besca con adornos prolijos, perfectísimamente ejecutados, y una ins- 
cripción en el friso, de caracteres antiguos, mandada poner por el 
Rey D. Pedro. Por ella se entra al patio interior y principal que 
es un cuadrilongo regular cercado de galerías superior é inferior, 
adornadas con labores arabescas del mejor gusto y composición: sus 
arfos están sostenidos con 404 columnas de mármol parearlas del or- 
den corintio, y sus paredes y arcos lindisimamente calados con ador- 
nos y signos en estremo curiosos. Los techos de las galerías son de 
maderas preciosas, con labores y estucos de gracioso capricho é in- 
vención. Todas las piezas bajas correspondientes á este patio, hállan- 
se decoradas con vistosos ornatos del mismo género, y algunas co- 
lumnas de diferentes clases de mármoles, particularmente del ne- 
gro y verde antiguo, y azulejos de las paredes con variadas labo- 
res y magníficos arlesonados; pero con tal profusión de costosos y 
ricos adherentes, que haríase imposible su descripción minuciosa, en 
detalles artísticos fecunda basta el punto de requerir numerosas paji- 
nas, que no podemos consagrarle. 



DE SEVILLA. 51 

El pavimento de este magnífico patio, que los moros llamaban 
Alfagia es de losa de mármol blanco, y en el centro hay una fuen- 
te, cuya taza nos parece demasiado sencilla respecto de cuanto la ro- 
dea. Tiene dicha alfajia setenta pies de longitud y cincuenta y cuatro de 
latitud, siendo una de las mas suntuosas, que en este género de 
arquitectura se conocen. Las puertas son de alerce, embutidas de pie- 
zas esmeradamente labradas y pintadas de azul y verde, notándose 
en su alrededor dos leyendas arábigas, una en caracteres cúficos y , 
otra en vulgares. 

Siguense varías estancias, cuyo alicatado es mas 6 menos bello, 
elegante, estrecho ó ancho &c. asi como también varios arcos y arqui- 
tos primorosos, de que prescindimos, para lle^r, al celebrado Salan 
de BmbajadoreSj admiración de propios y de estraños, que los ára- 
bes denominaban tarbea. 

Todo cnanto en su alabanza se diga es poco y quedará muy 
atrás de su imponderable mérito. Confúndese la imajinacion á vis- 
la de tanta grandeza, y apenas acierta á comprender como se pudo 
llevar á cabo una obra tan suntuosa, no tanto (lor su magnitud, 
cuanto por la riqueza inaudita de sus afiligranados muros, por el 
lujo espléndido de ornatos, que en ella se admiran, y por la es- 
tremada variedad y belleza de sus caprichosos diseños. El salan de fm- 
hajadareivenne en si cuanto mas grandioso y bello ha producido la arqui- 
tectura árabe en este suelo privilegiado, y no es de aquellos do- 
cumentos que á primera vista se examinan, formándose de ellos un 
concepto mas ó menos aproximado á la exactitud, á la realidad. 
Es preciso estudiarlo (digámoslo asi) detenida y prolijamente; y, sobre 
todo, es necesario, es indispensable verlo, para lograr concebir una 
idea de su riqueza artística y de las infinitas bellezas que con- 
tiene. 

La planta del salón de embajadores es cuadrada, constando de 
35 pies castellanos: su elevación es de 66. Tiene comunicación por 
la entrada principal con la galería del patio, y por los otros tres 
frentes con las piezas interiores, mediante unos lindísimos arquitos 
sostenidos por tres columnas de mármol verdoso, con capiteles 
árabes. 

En cuatro cuerpos se puede dividir este salan según el intelijenle 
publicista Amador de los Rios. Componese el primero de cuatro gran- 



52 GLORIAS 

des arcos, tres de los cuales están embutidos y contienen cada 
uno otros tres mas pequeños. Sobre cada arco grande hay tres axi- 
mecillos figurados, los cuales, calados prodigiosamente, dan paso á 
la luz, contribuyendo á embellecer en gran manera aquel encan- 
tado recinto. Los arcos pequeños, que son de herradura están or« 
lados de una franja de \ellisima axaraca^ manteniendo sobre su 
cúspide una concha pintada de oro, viéndose todo lo demás del 
adorno de almacárate esmaltado de azul, rojo y verde con filetes 
delicadísimos de aquel metal. Apoyánse estos arcos sobre seis 
columnas de rarísimos mármoles, dando entrada á diversos depar- 
tamentos. 

Consta el segundo cuerpo de cuarenta y cuatro arquitos ma- 
ravillosamente embutidos, sobre los cuales hay una ancha franja de 
arabesco de agradable y caprichoso relieve, salpicado de leones, 
barras y castillos. Entre este y el tercero se ven cuatro balcones 
de construcción moderna, apoyados en ocho grifos sobredorados. 

El tercer cuerpo es de arquitectura gótica y esta formado de 
una gran porción de arquitos de ojiva orlados con flores de lis, en 
cuyo centro se ven los retratos de los reyes de España, desde la 
época de Gbindasvinto basta Felipe Tercero, últimos de los mo- 
narcas contenidos en aquella numerosa galería. 

El cuarto cuerpo, según nuestra división, comprende toda la 
parte del artesonado, cuya magnificencia escede á humanas pon- 
deraciones de limitado apreciar. En cada uno de los ángulos, de 
donde arranca la media naranja, hay una especie de corona de do- 
radas y gallardas tenas, que pasan á enlazarse de uno á otro la- 
do, sirviendo de cornisa á la magnifica obra del alfarje arábigo. 
Forma este artesonado en la trabazón prodigiosa de su maderamen 
vistosos casetonesde estrella y triangulares, que brillantes como el oro, 
de que están pintados le prestan un aspecto majestuoso y sublime 
También el pavimento es de bellos mármoles y de esquisito gusto. 
Las puertas son de alerce, como casi todas las antiguas, siéndolo tanto es- 
tas, que no han sufrido alteración ni antes ni después de la Conquis- 
ta de Sevilla; lo cual realza el valor de aquella inapreciable ma- 
dera, tenida siempre por incorruptible. Según sus leyendas en carac- 
teres arábigos, datan del año 1481; aunque también las hay en 
caracteres góticos, lo cual parece dar á entender que han sufrí- 



DE SEVILLA 53 

do alguna renovación, Todas las puerta;^ que dan al patío, son del 
mismo género y gusto; y por do quiera abundan las inscripciones^ 
mas curiosas, no faltando figuras simbólicas muy raras, emblemas 
y signos de la religión mahometana á vueltas de diminutas y compli- 
cadas labores, que ostentan el delicado primor de los artistas mu- 
sulmanes. 

En todos estos cuerpos hay trozos bordados de tan ricos y va- 
ríos relieves, que parecen encajes de finísimo oían, ó partes dibu- 
jadas y puramente aéreas de c^i fabulosa tangibilidad, que solo el 
contacto puede hacer creible desilusionando la imaginación. 

Hay otros salones, patios y estancias de que no hacemos espe- 
cial mención, por ser de mucha menor importancia, bastando lo 
espuesto para dar una idea de los primores artísticos, que atesora 
el ALCÁZAR. Sin embargo, debemos citar el cuarto del Principe, y 
los jardines. 

Entre las salas del segundo cuerpo, distingüese la que corresponde 
á la fachada del primer patio, que llaman puerta del Principe, 
toda llena de menudas labores y repartida con hermosas colum- 
nas de escelentes jaspes. La que sale á la galería descubierta, que 
dá vista á los jardines, también es notable por su escrupulosa 
ejecución. 

Por esta galería se vá á una muralla adornada de grotescos, 
que circuye los jardines. Tiene en su primer cuerpo otra gale- 
ría cerrada que comunica con el muro que conduce á la puerta 
de San Fernando y de Jerez, y de esta anteriormente á la torre' del 
Oro. Todo este lienzo de muralla ofrece unas vistas deliciosas de 
ios alrededores de la Ciudad. 

En el piso superior del alcázar existen pocos objetos dignos del 
aprecio y admiración de los inteligentes. Reedificado, reparado y 
ampliado en diferentes épocas, apenas ofrece restos de sus primeras 
formas, áescepcion de dos suntuosas tarbeas, que aun quedan, y de 
algunos artesonados; únicos vestigios de que esta parte del palacio 
sea también debida á la dominación árabe. Pero no solamente ha 
sufrido las alteraciones del gusto artístico en varias épocas; sino 
que, ademas, por los años de 476*2 esperimentó un horroroso in- 
cendio, que redujo á pavesas considerable parte de las magnificas 
techumbres, destruyendo simultáneamente multitud de estancias, 

7 



54 GLORIAS 

ornadas antes de bellísimos arabeseos. Perdonó el incendio algD^- 
ñas habitaciones^ que dan vista á los jardines, y cuyos techos, sí 
bien no son de las mas sonluosas del palacio, conservan el carác- 
ter árabe. 

Las puertas mas nombradas del alcÁ2ab son la de las Bande- 
ras y la de la Montería^ estando las demás casi desconocidas ac- 
tualmente, por haberse hecho varias calles en lo que debi¿ ser 
la esplanada del castillo. Sobre el arco de la primera se ha 
pintado recientemente un escodo de armas, en el cual se con- 
templan todas las banderas de los antiguos reinos de España. So- 
bre la puerta de la montería un. León, que en la garra izquierda 
sostiene una cruz y con la diestra empuña una lanza. Ambas pin— 
turas han sido dirijidas por el joven artista Don Joaquín Domín- 
guez Bequer. 

Se sabe por tradiccion que la puerta de las Banderas fué an- 
tiguamente postigo del Alcázar y habla junte un tribunal en que 
el rey D. Pedro acostumbraba juzgar los pleitos y oir á cuantos- 
pedian justicia. Esla puerta comunica á un patio de su mismos 
nombre, donde los reyes tenian el picadero, y este á un portigo 
de 38 varas de largo y quince de ancho, donde está el apeadero 
con dos ordenes de columnas de mármol pare adas y apoyos al re- 
dedor para montar á caballo. De aqui se vá á otro patio, que di- 
cen fué el primitivo en tiempo de los moros después, reedificado, 
debajo del cual se conserva intacto el cañón de bóveda donde lo» 
moros tenian los famosos baños que tanta celebridad adquirieron' 
desde que los usó la hermosa doña JUaria de Padilla, cuyo nom- 
bre llevan como si para ella sola se hubiesen construido. Tienen- 
52 varas de longitud y 6 ó 7 de latitud, entrándose á ellos por 
los jardines. 

Uno de los dos salones, que siguen al espresado patio, está lleno 
de fragmentos, pedestales y algunas estatuas de mármol, estrai- 
dos de las célebres ruinas de la antigua Itálica, entre cuyos efec- 
tos se distinguen dos figuras mutiladas, de sorprendente colosal ta- 
maño, y algún trozo reducido, pero de estraordinaria é inmejo- 
rable perfección. 

La deslumbradora portada del Alcázar hispalense, es digna 

de bs mejores tiempos^ de la arquitectura árabe, dando al inte- 



figenle una idea iii»)uivoca dul ^'laiide amor, que profesó á las 
artea, el mas calamniado de los monarcas. Prescindiendo de los 
miriñcos detalles, llama desde luego la atención por la majestuo- 
sa gallardía, que en su conjunto presenta, y por la destreza é in- 
teligencia con que figuran colocados los respectivos adornos. Él ar- 
tfmtaáo, V^^t *^"'^ ■"< magnilicD dosel de todo lujo, cobija tan 
grandiosa obra, corresponde h la grandeza, esplendidez, gracia y 
hermosura de toda ella, poniendo término competente á tan famo- 
sa portada, que basta por si sola para inmortalizar la memoria del 
valeroso don Pedro. Toda la parte superior estuvo dorada en un 
principio, habiéndose conservado brillante basta lines del siglo XVI. 
en cuya época decia Rodrigo Caro, hablando de su magnifícencia 
y esplendor, que parecía un átcua de oro. 




Tal es, lo mas sucinlaracntc describiendo, el renombrado al- 
ciZAR de Sevilla, cuyo aspecto anterior parece convidar con íu« ^u- 



56 GLORIAS 

laptuosas formas á los placeres y al goze sensual de la vida. Sen- 
timos que no haya podido nuestra pluma dar una idea cabal y 
exacta de tan esplendorosa magnificencia. 

Dividense los jardines en tres deparlamentos, respectivamente 
dignos de la admiración de los viajeros, tanto por la amena fer- 
tilidad y frescura, que respiran cuanto por los bellos c^ ,u^ a^- 
en sus cuadros de arrayan y de boj representan. Entiuo^ á es- 
tos jardines por un oscuro y angosto callejón, que se encuentra en 
uno de los ángulos del Apeadero y que realmente desdice de la gran- 
deza y fama del Alcázar sevillano. Mas luego que se pasa el um- 
bral de la puerta de hierro, disipase la enojosa impresión de tan 
desagradable vjst^ apareciendo los encantados verjeles, que tantas 
inspiraciones prestan á los númenes del Bétis, y tantas delicias pro- 
porcionan á los que por vez primera gozan estasiados de esta apa- 
cible morada. 

£1 primer departamento, donde se halla el gran estanque, 
permanente depósito á las aguas, lleva por nombre el jardin de la 
danza^ por haber existido en él multitud de figuras de arrayan, 
que tenian en sus manos diversos instrumentos alusivos. Compó- 
nese de seis cuadros de mirto y arrayan, en cuyo centro se ven 
las mas hermosas y delicadas flores, y en el vacio resultante en 
medio de ellos hay una pequeña y deliciosa fuente, la cual brota 
en opuestos giros, vistosos hilos de plata, pues tal parecen los sal- 
tadores, que la embellecen. De la otra parte del jardin de la danza^ 
está el llamado de la gruta^ el cual dá paso á la casa rústica; ai 
frente de la puerta ^de los baños de doña Maria^ hállase la verja 
de hierro, que comunica con el jardin grande^ el cual consta de 
ocho cuadros de arrayan, en cuyo centro se ven los diferentes es- 
cudos de la corona de Castilla, con varias inscripciones. 

El tercer departamento, que se llama el jardin del Leon^ está 
poblado de liinoneros, cidros y naranjos, cuyas frondosas copas nun- 
ca se ven despojadas de su riquísimo fruto, hallándose casi en su 
centro un bello cenador al cual rodea una galería sostenida por ii 
columnas de rarísimos mármoles. 

Hay en este jardin un estanque no pequeño, que recibe el agua 
de la boca de un león de pésima escultura, el cual ha bastado, no 
obstante, para darle el nombre que lleva. Mucho tendríamos que 




^■aj 



DE SEVILLA. i)? 

esleodernos si nos empeñáramos en ana prolija dPscriiK'ion de es- 
tos jardines, cuyos muros entapizan verdes naranjos, matizados cons- 
tantemente de blanco y oloroso azahar, que embalsama el fresco 
ambiente, exhalando suavísimos aromas. Háeese preciso, imprescin^ 
díble, ver los jardines del Alcázar^ para concebir aproximada idea 
de la hermosura, amenidad y fragancia de aquel recinto, mansión 
deleitosa, no menos encantada que el fabuloso huerto de las Hes- 
pérides. eAUi el celebrado laberinío con su silvestre gruta y sus 
mil huertas (dice el inspirado Amador de los Ríos) que burlan la 
destreza de los que intentan aventurarse en sus retorcidas calles 
de frondoso arrayan; alli la casa rústica^ brindando al goce tran- 
quilo de una apacible y embalsamada sombra; alli los deliciosos 
estanques, que en sus cristalinas aguas parecen reflejar aun lo» 
minaretes del Alcázar famoso del valiente Abdalásis, y alli final- 
mente el eterno manto de flores, con que en otras partes se en- 
galana la primera por breve espacio!... Y sobre tanta delicia, sobre 
tanta belleza ese cielo purísimo de Sevilla, que á ningún otro se 
parece y que tanta vida y calor le presta al propio tiempo!. .. 
Gloríense las ciudades de Italia con sus pensiles, ornados de mil 
estatuas de riquísimos mármoles de Ferrara y Genova, y decanten 
cuanto puedan la amenidad de su suelo: mientras Sevilla ostente 
los jardines de su Alcázar, en donde tanto orientalismo, tanta 
poesía se respira, nada tiene que envidiar en este punto á nin- 
guna de las ciudades, que mas alta fama hayan alcanzado por su 
fertilidad y abundancia.» 

Ahora procurs^remos describir ligeramente la hermosa Torre 
del Oro, de cuya nombradla nos ocupamos en la parte histórica. 
Varias son las opiniones, que sobre el nombre de esta torre han 
sostenido algunos autores, ya creyendo unos que su denominación 
es bastante moderna, ya suponiendo otros que la debió á haber 
sido en tiempo de D. Pedro y otros soberanos, el sitio en que se 
custodiaban Tos tesoros de la corona. Nada se sabe de cierto, pues 
otros creen que en ella se depositaban los cajones de oro y plata 
traídos de America. Lo que sí consta es que en lo antiguo tenia 
su alcaide particular, y que estubo adherida al Alcázar. 

La figura de esta torre, situada á la margen del caudaloso 
Guadalquivir, no es, como generalmente se ha dicho, octógona; 



5B QL0B1A6 

pues que consta de doce ochavas ó fases y no de ocho, que son 
las qa£ requiere aquella (¡gura geométrica. Su forma es duodeeágmim 
ó poligona y el todo que constituyen las doce ochavas, tan esbelto y 
airoso, que cautiva la atención de cuantos la contemplan. Divídese 
«n tres cuerpos, á cada cual mas bello: el primero, que es de ma- 
yores dimensiones, está coronado de almenas y contiene las venta- 
nas, balcones y troneras, que dan luz á los tres pisos arriba men- 
cionados. £1 segundo guarda la misma forma y es en estremo ga- 
llardo y delicado, no faltando quien por estas prendas lo atribuya 
á los árabes, £1 último cuerpo, que sirvió en otro tiempo de al- 
menara ó fait), se halla en la actualidad cubierto de un cnpulin ves- 
tido en esterior de azulejos, sobre el cual ondea la bandera espa- 
ñola en los aniversarios de alguna victoria señalada 6 festividad so- 
lemne. Si es bella la Torre del Oro, esteriormento considerada, 
no lo es menos en su interior, que manifiesta claramente la ma- 
durez y acierto con que fué construida. La escalera que conduce á 
los tres primeros pisos, es ancha y cómoda y está cobijada de ar- 
cos rcdohdos, que van dando vuelta en la misma dirección de aque- 
lla. Súbese al segundo cuerpo por una firme y bien conservada es- 
c< lera de caracol. Desde esta parle se disfruta de una vista encan- 
tadora. 

Parece que en 4827 se trató de restablecer la antigua comu- 
nicación que, por medio de la muralla, existia entre la Torre del 
Oro y el Alcázar. Pero al cabo nada se hizo. 

Toda la fábrica de esta lindísima torre es de Sillería; y sí 
bien ha sufrido algunas restauraciones de poco momento, perma- 
nece robusta, sólida y estable, pareciendo garantir largos siglos 
de existencia. 



CAPITULO IV 



a rtePiblOB," Ibsh 




; leva el nombre de Cata de Pílalos dd mag'- 
. nifico palacio de los antigaos duques de Al- 
calá, on Sevilla, aclaalmGnle poseido por 
la rasa de Medina-Celi. Es uno de los mo- 
numentos artisliros mas \isitados por los 
inlelijpntes; si bien como todos los edifi- 
cios del genero arabesco, á que principal- 
mente pertenece, apenas dá en sn parte es- 
teríor la mas ligera idea de las bellezas que encobre y que pue- 
den competir con las mas ponderadas de los alcázares mirí- 
ficos. 

Refiere la tradiccion qne habiendo hecho un viaje á Jerusalen 
en 4518, el piadoso caballero D. Fadrique Enriquez de Rivera, 
primer marqués de Tarifa y virrey de Piápoies; trajo á sn rcgre- 
fo nn diseño de la famosa ca<^a de Pílalos, según se figuraron que 
debió ser, con arreglo al cual se fabricó el palacio de que nos ocu- 
pamos, quedándole por ende tan peregrina denominación, la cual 



60 r.LORiAs 

parece al pronto originada de algún motivo peculiar funesto. Loa 
opulentos sucesores de aquel benéfico personaje, hicieron conducir 
de Italia escelentes estatuas, columnas y fragmentos preciosos de 
la antigüedad, con que adornaron parte de ella, formando una 

galería. 

La casa de Pílalos está situada en la parte mas oriental de Se- 
villa, lindando con la parroquia de San Esteban, en cuya Igle- 
sia tiene tribuna particular y reservada. La fachada principal, que 
dá á la parte de levante, se componiB de un cuerpo arquitectónico 
de orden corintio, cuyas pilastras son bastante gallardas y todo él 
de mármol blanco. En la clave del arco, que descansa en dichas 
pilastras, se ven dos bustos y escudos de armas; sobre estos una 
leyenda latina, y mas arriba otra inscripción castellana, alusiva á 
sns esclarecidos fundadores. Remata esta fachada con un antepe- 
cho calado de gusto gótico, y en cuatro pilarones, que sobre la 
puerta se notan, existen las cruces de los Santos Lugares, con el 
rótulo que copiamos mas arriba. Entrase por esta puerta á un 
patio, que no contiene objeto alguno, digno de mencionarse, y por 
una galería que hay á la derecha, se vá al principal, que causa 
en el espectador una agradable sorpresa, con sus bellas y variadas 
labores. Es casi un cuadrado de grandísima estension cercado de 
espaciosas galerías con arcos, que sustentan 45 columnas marmó- 
reas. Los arcos y una cornisa, que figura alrededor de los muros de las 
galerías, tienen muchas labores y calados arabescos, y en diferentes 
espacios están colocadas 24 cabezas de mármol, representando las de 
otros tantos Césares y personajes históricos, algunas de las cuales 
no carecen de mérito. En el centro del patio hay una gran 
fuente, sosteniendo la taza cuatro delfines y terminando con un bus- 
to de Jano. Suministra constantemente una cantidad de agua, que 
viene del acueducto de Alcalá, estendiéndose á las fuentes de todos 
los jardines. Están colocadas en los ángulos de cuatro estatuas de 
mármol sobre pedestales, dos de ellas de tamaño colosal, una re- 
presentando á Palas ^ como diosa pacífera ^ según se advierte en la 
inscripción de su plinto: y otra á la misma divinidad mitológica, 
como diosa heligera^ según de su actitud y atributos se deduce. La 
grandiosidad y bellezas de las formas, la corrección y dulzura del 
diseño y finalmente la delicadeza y abundancia de los paños, todo 



DB SEVILLA. C1 

induce á creer que estas producciones artísticas son griegas y de 
los mejores tiempos de Atenas. Ambas ostentan en sus cabezas los 
cubridores cascos, admirablemente tallados, y« ambas respiran aque- 
lla nobleza é idealismo, que solamente supieron dar á sus esplén- 
didas obras los moradores del famoso Archipiélago. 

Representan las otras dos á Ceres fructíferas y á Caupo Syrisca 
ambas tienen buenas proporciones, gracia en las actitudes y esce- 
lentes paños; pero no son del mérito de las anteriores. 

Las piezas ó estancias bajas de este palacio, están adornadas y ela- 
boradas por el estilo arabesco, cubiertas las paredes de azulejos, 
de dibujos lindísimos y cosas primorosamente ejecutadas. Los ar- 
tesonados, cuyo trabajo es de suma prolijidad, figuran enriqueci- 
dos con oro sobrepuesto, las puertas contienen inscripciones labra- 
das en la madera, como algunas del Alcázar. Por ellas se pasa á 
una galería de arcos y columnas, que sirve de entrada á un hermoso jar- 
din rodeado de mirto y de naranjos. 

En dicha galería se conservan muchos restos curiosos de an- 
tigüedades, entre las cuales merecen observarse seis soberbias co- 
lumnas de mármoles esquisitos con capiteles corintios y jónicos, un 
muchacho de cuerpo entero dos cabezas de Alejandro y Marco Au- 
relio, una estatua de un senador romano, muy destruida, y otra de 
Ceres, bien conservada. En las otras dos galerías, que correspon- 
den al referido jardín, son notables una Yénus con un delfín, mu- 
chos trozos de bellas estatuas, dos enteras consulares, varios pedes- 
tales y lápidas con inscripciones de mucho mérito. Todo traspor- 
tado de Italia, en los mejores tiempos de las artes. El techo de la 
sala que llaman corUaduria oíto, esta pintado al temple por el célebre 
Francisco Pacheco, grande amigo del duque de Alcalá, don Fer- 
nando Enrique de Ribera, siendo una de sus mejores obras. 

La capilla es admirable por el precioso trabajo de sus muros. 
Reúne la peregrina circunstancia de que sus bóvedas estén cons- 
truidas conforme al arte gótico, aunque sembradas de esmerados 
y proligos arabescos. Fenómeno artístico, solamente esplicable re- 
cordando que la Casa de Püaíos se construía á fines del siglo 
XY, y que se habían propuesto sus autores imitar un edificio del 
gusto ai^bigo. Lo cierto es que semejante circunstancia presta á la 
capilla un carácter singularísimo de originalidad digna de verse. 

8 



C)2 GLORIAS 

Entre sus pinturas solo hay un cuadro de baí^tante mérito, qar» 
representa á la Virgen con Jesús y San Juan, obra atribuida ai 
artista Francia, fundador de la escuela bolonesa. 

La escalera principal de este palacio, quizá la única que de 
este género se conoce en Sevilla, es verdaderamente digna de la 
suntuosidad y grandeza del edificio; tanto por sus hermosas pro- 
porciones, los mármoles y los azulejos de que está revestida; co- 
mo por sus sorprendentes labores arabescas y su magnífica cúpu- 
la cuyo primoroso artesonado es de lo mas prolijo y rico que de 
. tan difícil género se encuentra. 

Hay otras muchas curiosidades en esta casa, peculiares de su 
singular construcción, que, como las precedentes, requieren ser 
vistas, para estimarlas en proporción de su incalculable valía. 

Pasaremos ahora á la breve descripción de. las Gasas Capitu- 
lares, ó edificio del A^yuntamiento, cuya multitud de' ornatos re- 
cargados, á cual mas lindo é ingenioso, ha dado margen á lo» 
encomios y á las criticas, á las alabanzas y á las censuras. 

Pertenece esta obra al género plateresco^ debiéndose su fundación 
al celo del asistente de Sevilla don Juan de Silva y Rivera, quien 
de consuno con los señores veinticuatros^ acordó en 4527 levantar 
linas casas, en que decorosamente pudiera el ayuntamiento sevi- 
llano celebrar sus sesiones. Este monumento artístico ha quedada 
sin terminar, hallándose en el mismo ser y estado a que llegó por 
los años de 4564, bajo la asistencia de D. Francisco Chacón, señor 
de Casa— Rubios. Se ignora el nombre del arquitecto que trazó su 
plano y puso la primera piedra á sus cimientos; ignóranse tam- 
bién los de sus continuadores, sabiéndose únicamente, merced, 
al testimonio del erudito Cean Bermudez, que por los años de 4 539 
4545 y 1554, fué llamado Juan Sánchez á dar su dictamen sobre 
los diseños de varios edificios, que se labraban en Sevilla, como 
arquitecto entendido y que dirigía á la sazón la obra de las casas 
capitulares. 

Esta presentan dos fachadas, hasta cierto punto irregulares, cons- 
tando de dos cuerpos arquitectónicos, mas inmediatos al ói*den com- 
puesto, que ningún otro. La fachada principal, con vista á la calle 
de Genova, ha sido afeada según observa don Juan Colon en sus 
apuntes, con un balcón enorme y desairado, que ademas causa daño 



DE SEVILLA. 63 

á la Fábrica, habiendo *dedtru ¡do el cornijamento del primer cuerpo 
Eüie se compone' de cuatro pilastras, admirablemente talladas y co- 
locadas de dos en dos, viéndose en los espacios intermedios las co- 
lumnas de Hércules con el plus ultrc^ el blasón de la casa de Bor- 
goña y dos círculos con bustos, laslimosamente mutilados. Levan- 
tase en el centro un arco airoso, de graciosos follajes revestido, el 
cual contiene la puerta principal, que es de dos hojas, aparecien- 
do ornada de relieves y delicados frisaos. Ambas hojas presentan ins- 
cripciones latinas. 

Consta el segundo cuerpo de cuatro columnas esmeradamente 
labradas, guardando simetría con las pilastras del primero; echan « 
dose de ver en sus espacios dos bustos' de guerreros sobre mane- 
ra hermosos y espresivos. Encima de la puerta del centro están 
las armas de la ciudad y del cabildo eclesiástico, en señal de la 
antigua unión de ambas corporaciones. Desde la izquierda de esia 
fachada basta la parte que dá frente á la calle de Vizcaínos, se 
levanta un muro exornado en la misma forma que el descrito, en 
el cual se vén dos arcos notables por su gracia y gallardía: el do 
la derecha da entrada al juzgado de fieles ejecutores^ destinado hoy 
para tribunal deuno de los alcaldes constitucionales, y el de la 
izquierda comunicaba con el patio del convento do San Francisco. 
£1 primer cuerpo de arquitectura de este lienzo, consta de seis pi- 
lastras, y el segundo de dos columnas de orden corintio, vióndo- 
86 entre ellos cuatro ventanas pertenecientes al archivo. Alguna 
mas regularidad ofrece la fachada de la pLiza de san Francisco, 
compuesta, como la principal, de dos cuerpos, el primero de los 
cuales consta de seis pilastras ricamente talladas. En el centro es- 
tá la puerta, adornada de dos columnas, roves^tidas de relieves y 
enriquecida de grotescos y follajes; distinguiéndose sobre su cor- 
nisa dos niños de bellisima escultura, en los intercolumnios hay 
cuatro ventanas: coronan las dos primeras, que son mayores y es- 
tan mas bajas que las otras; dos medios puntos, en cuyo centro 
hay dos circuios con las armas de Sevilla, y, fuera de ellos, cua- 
tro niños airosamente movidos, que tienen todo el carácter de las 
obras de Alfonso de Berruguete, lo cual ha hecho sospechar que 
sean obra de su mano. Sobre las segundas se contempláis dos cir- 
cuios, que encierran dos bustos, lateralmente dos niños arrodillados 



fíi GLORIAS. 

y debajo de todas cuatro una cabeza de guerrero. 

cSon los capiteles de las seis pilastras (dice un autor coutein- 
poráneo) ideales y diversos entre si y sobre ellos se ostenta un friso 
tan bello y capricboso, que escede á cuanto pudiéramos decir en 
su alabanza y es quizá el mas delicado y rico de cuantos ilustran 
este género de arquitectura. Levántanse sobre el cornisamento seis 
gallardos pedestales 'y sobre estos asientan otras tantas columnas, 
de las cuales consta el segundo cuerpo, no menos estimable que 
el primero por sus copiosos y esmerados adornos. Están sus co- 
lumnas llenas de relieves, y en los espacios que dejan, tiene lu- 
gar cinco ventanas de diferentes formas y tamaños, decoradas unas 
de pilastras laboreadas y otras de columnas arbitrarias, que sostie- 
nen diversos capiteles, sobre cuyos cornisamentos descansan en las 
laterales los escudos de armas del asistente Casa-Rubios.^ 

La puerta de esta fachada elévase del suelo sobre dos gradas, 
de igual altura que el zócalo circuyente. Es de dos hojas, viéndo- 
se grabadas en ellas de relieve las armas de la ciudad y las del 
imperio. Entrase por ella al atrio ó vestíbulo del edificio, compues- 
to de dos bóvedas de gusto gótico, enriquecidas de bellos resal- 
tos y divididas por una columna salomónica. En las bóvedas hay va- 
rios adornos, como florones, niños, escudos, cabezas &c. y al fren- 
te de la puerta, ademas de un templete, hállanse inscripciones la- 
tinas. 

Sobre el dintel de una puerta mas pequeña, que conduce á la 
Sala capitular baja^ hay un escudo, que sostienen dos niños y que 
encierra las armas imperiales. Antes de entrar en la indicada sak 
se encuentra una pieza de pequeñas dimensiones, que está embe- 
bida en el hueco de la escalera, á cuya izquierda se vé la puer- 
ta revestida de ornamentos semejantes á los del vestíbulo.. Sobre 
su clave se levanta un templete del mismo género, en el cual 
aparece San Fernando sentado, teniendo en su diestra una espa- 
da y en su siniestra un globo y á sus lados los santos arzobispos 
Leandro é Isidoro. 

La Sala Capihilar es una de las mas bellas estancias, que ha pro- 
ducido tal vez el género plateresco. Consta de cuarenta pies su lon- 
gitud y su latitud de treinta y cinco, viéndose circuida de dos gra- 
das, que prestan cómodo asiento á los concejales. Sus niuros esr 



DE SEVILLA. 65 

lan cabiertos de una rica, colgadura, la caal llega hasta muy cer- 
ca del friso, que está compuesto de bichos angelotes y grotescos de 
admirable labor. 

Sobre el cornizamiento se levantan cuatro medios puntos, que reci- 
ben el espléndido artesonado y lodos ellos contienen alegóricos asuntos 
de relieves perfectisimamente ejecutados, cuya enumeración prolija 
fuera, siendo ademas indispensable verlos, para formar concepto y 
apreciarlos. La escalera, que es ancha, alegre y bastante cómoda, 
divídase en tres tramos, de ocho, quince y catorce gradas res- 
pectivamente, con bóveda, media naranja arco en el último, 
adornos varios tales como casetones cuadrados, cabezas de niños 
serpientes ó grifos ideales, que se enroscan sobre sus colas etc. 

Es el ante-cabildo alto una pieza desahogada, á la cual corres- 
ponden casi todas las ventanas del segundo cuerpo. La puerta es 
merecedora del aprecio de los inteligentes por el mérito délas ho- 
jas, esteriormente. adornadas con cuatro cabezas de reyes y con otros 
tantos bajos relieves en su parte interior. La Sala capitular alia 
no es tan rica de ornamentos como la baja ó principal, si bien lla- 
ma la atención por la magnificencia de su artesonado, que cons- 
ta de muchos casetones circulares, ricamente tallados, y dorados con 
grande esplendidez, no desmereciendo en cosa alguna de los mas 
célebres y primorosos de la arquitectura árabe. Hay en esta pieza 
dos ventanas colocadas del mismo modo que las de la inferior. 

Otras estancias hay en este edificio, que no dejan de contener 
algunas bellezas, especialmente la sala del archivo cuya techum- 
bre ha sido modernamente pintada. A la fachada que presentan 
las casas capitulares por la plaza de san Francisco, corresponden 
los aposentos destinados para oficinas del ayuntamiento, y cuerpo 
de guardia del principal. 

No concluiremos sin recordar que en 4840 viéronse apunto de 
sucumbir las casas consistoriales ó capitulares] pues habiéndose decre- 
tado por la junta popular de gobierno la demolición de la famo- 
sa iglesia de San Francisco, se pensó al mismo tiempo en echar 
por tierra aquellas, como impedimento, que eran al proyecto de 
formar una grandiosa plaza; digna de Sevilla, en el* área del an- 
tedicho convento. Pero el gobierno estimó descabellada la idea, sal- 
vándose en consecuencia la casa de Ayuntamiento, cuya desapa- 



CG GLORIAS 

ricíon, según los inteligentes, hubiera sido una pérdida harto sen- 
sible para las artes. 

Pasaremos á describir la magnifica fabrica de tabacos, edificio 
soberbio y majestuoso como pocosi que quizas no tenga superior en 
su género. 

Hállase situada en el espacio medio entre el Colegio^ de S. THmo 
y la muralla de la ciudad, viéndose rodeada y defendida de un 
ancho foso por los lados del levante, mediodía y poniente, donde 
radica un fortisimo puente levadizo, que en épocas no muy remo- 
tas facilitaba el embarque de tabacos. En la parte del norte, que 
ofrece la fachada principal, tiene á su frente el mencionado ma- 
ro, en el cual se abrió una puerta, para darle comunicación con 
la ciudad y felicitar el paso á los trabajadores. 

Suijió deslumbrador este edificio por espreso mandato del mo- 
narca Borbon Felipe V. pues quiso que tuviera Sevilla una casa pro- 
pia para la copiosisima elaboración de tabacos. Trazólo y sacólo 
de cimientos un arquitecto flamenco ó alemán (en lo cual hay al- 
guna discordancia) llamado Wvamdembor, que dirigió la obra has-* 
ta el año de 4 725, encargándose después, de ella, don Vicente Ace- 
ro el cual la continuó por espacio de siete años, al cabo de los 
cuales pasó de esta vida. Reemplazólo don Juan Vicente Catalán 
y Bengoechea, quien siguió dirigiéndola hasta su término, ponién- 
dose la última piedra y trasladándose á ella los talleres en 4757. 
Su planta es cuadrilonga, constando de seiscientos sesenta y dos 
pies de longitud y de quinientos veinticuatro de anchura. Tiene 
cuatro grandiosas fachadas, mirando la principal á la parte del 
norte, en cuyo centro existe la portada, dividida en dos cuerpos 
arquitectónicos de orden compuesto. Adornan al primero cuatro co- 
lumnas semi-istriadas, dos á cada lado, las cuales asientan sobre un 
zócalo ideal, recibiendo el cornisamento que no escede del machón 
á que están anexas aquellas. Hay á los costados de las referidas 
columnas dos pilastras, sembradas de relieves caprichosos en su par- 
te inferior, que parecen también servir de apoyo á la cornisa, en 
que descansa la balaustrada del balcón, que decora el segundo 
cuerpo, 

La puerta es de un tamaño proporcionado y el arco, que la for- 
ma, aparece exornado de relieves, alusivos á la elaboración 



DE íiKMLLI. 07 

del tabaco viéndose entre ello? los bustos de Cristóbal Colon y 
Hernán Cortés, conqaistador este y descubridor aquel, como 
todos saben, del nuevo mando. Sobre la clave de dicho arco hay 
un león, que sostiene en sas garras una gran targeta. en la cual 
se leia fábrica real de tabacos y hcry fabrica nacional porque de la na- 
ción es y no del monarca. 

Componese el segando cuerpo de cuatro medias columnas y dos 
pilastras, colocadas en la misma forma que las del primero, las 
cuales asientan en otros tantos pedestales sustentando el cornizamen- 
to, sobre el caal elévase un gran frontispicio de forma triangular, 
en caya cúspide se contempla una estatua colosal de mala ejecu- 
ción y peor gasto, que representa á la fama. Yése en el interco- 
lumnio la puerta del balcón mencionado, leyéndose en su clave una 
inscripción. Sobre la especie de comiza, que lo corona, hay un es- 
cudo de armas reales, sostenido por dos mal trazados leones y en- 
vuelto en una ojarasea. Sirven de remate á la portada ocho mal 
trazados jarrones. 

Toda la fábrica constado un cuerpo colosal de arquitectura de 
orden dórico, de sesenta pies de alto. Divídese cada fachada en vein- 
te y cuatro espacios, viéndose á los estremos de la principal dos puer- 
tas, correspondientes á dos grandes casas destinadas para los jefes 
del establecimiento. Decoran las fachadas del norte y mediodía trein- 
ta y dos colosales pilastras, que asentando en un zócalo propor- 
cionado á su magnitud, llegan hasta la comiza, en que estriba 
el antepecho abalaustrado, que circuye todo el ediOcio; y en las 
del oriente y occidente cuéntase solo veintiocho, cuatro de ellas 
almohadillas. Reciben estas los pedestales, que mantienen ocho tor- 
res piramidales, formando simetría con las de los ángulos, las cua- 
les vénse adornadas de ocho leones, no inferiores en belleza. 

La parte interior está constraida con mucha solidez, siendo to- 
da ella de piedra y ladrillo y muy acertada su distribución. Antes 
de llegar al primer patio, destinado para las cuadras y caballe- 
rías, encuéntrase la escalera principal, que es de dos ramales, an- 
cha cómoda y de luz abundante. Repártese en cuatro tramos: tie- 
ne el primero doce gradas, cuatro el segundo, doce el tercero y quince el 
coarto. Júntase en el final de estos dichos ramales y vénse en el desean - 
80, que forman las puertas de los salones altos, que han servido de oficina. 



08 GLORIAS 

Dos l)óvedas casi llanas cubren á las escaleras, estrivando en diez. 

arcos inclusos los de entrada, teniendo cada cual en su centro una 

linterna de forma elíptica, alumbradas por ocho ventanas entre largas 

y ornadas de otras tantas columnas de orden compuesto. Hállanse las 

indicadas bóvedas vestidas de recuadros, no de mal gusto aunque 

algo recargados, siendo el pavimento de vistosos mármoles blancos 

y negros. 

El patio llamado de las cuadras, consta de dos cuerpos el pri - 

mero se compone de diez y seis arcos redondos y hay en el se- 
gundo otros tanto balcones, sin el menor ornato. Al frente del ar- 
co de entrada de este primer patio está la puerta comunicante con 
el principal, formado de un cuerpo de orden dórico, y compuesto 
de doce arcos estribantes sobre otros tantos machones, en los cuales 
se cuentan doce columnas, que parecen recibir el ancho cornisa- 
mento, donde asienta un antepecho de hierro, ciertamente pobri- 
simo respecto de las colosales dimensiones del edificio. Hay en el 
centro una fuentecilla, que termina con un caprichoso juguete de cua- 
, tro niños sustentantes de un globo coronado, alegórica simbolización de 
España, como dominadora del mundo. Hállase circuido este pa- 
tio por una galería compuerta de diez y seis bóvedas, en cuyos lados 
de poniente y levante hay varias escaleras, que conducen á los 
talleres altos situados al mediodía y occidente. Estos consisten en 
tres largas y espaciosas naves, compuestas de multitud de bóvedas 
sostenidas por gruesos machones, siendo de admirar el efecto agra- 
dable y pintoresco que producen bajo dichas bóvedas las dos ó tres 
mil operarías asistentes á la diaria elaboración de cigarr(fe puros y 
mistos, que en esta parte se fabrícan, haciendo honor á un es- 
tablecimiento donde tantos brazos encuentran ocupación y tantas fa- 
milias regular subsistencia. Parece que en tiempo de Garlos IV lle- 
garon á emplearse doce mil operarios entre hombres y mujeres; 
contándose ciento cuarenta molinos de rapé, continuamente movi- 
dos por quinientas poderosas muías, esclusivamente destinadas ab 
hoc. En 4827, amenguado el contrabando de Gibraltar por la pes- 
te que afligió á esta plaza, no bajaron de siete mil los trabajadores 
de ambos sexos; si bien en mil ochocientos treinta y tres llegó á 

haber solamente dos mil y cincuenta. Al presente se emplean roas 
de cuatro mil, la mayor parte mujeres. 



Sí^LL* . 




l)K SCMLLA. 69 

Ninguna otra circunstancia artísticamente notable ofrece la Fábri- 
ca de Tabacos, que, inclusos el foso \ puente levadizo, terníina- 
do en 4770 por el arquitecto don José de Herrera, costó á la na- 
ción nada menos que la exorbitante suma de trAnta y siete mulo- 
nes de reales. Tiene veintiocho patios, propios para las diversas fae- 
nas 4^ su industrial objeto, considerable número de ventanas, ofi- 
cinas, galerías, azoteas &c; todo correspondiente á su destino, fe- 
cundo en multiplicadas dependencias. Gúbrenla, casi en su totali- 
dad, espesas y fortisimas bóvedas de piedra, columbrándose desde 
su cúspide los espaciosos y agradables campos de Tablada, la fe- 
racísima vega de Triana y un ancho estenso trozo del célebre Gua- 
dalquivir. 

Iiicúmbenos ahora describir ligeramente la airosa y gallarda 
TORBS DE DON FADRiQLE, situada CD la hucrta del antiguo conven- 
to de Sta Clara, cuya deliciosa posesión legó á las monjas el In- 
fante de Castilla, de aquel nombre, hermano de don Alonso el Sa- 
bio. Había mandado construirla para su recreo, por los años de 
1252, y como entonces dominaba el guslo artístico de los árabes, 
participó de aquel carácter delicado y bello, que supieron dar á 
sus producciones los creyentes del Islam. / 

La planta de esta torre es cuadrada y consta de cuatro cuer- 
pos, adornados de graciosos aximeces^ cuyos arcos son de herradura 
terminando con una corona de almenas. Parece el conjunto una 
de aquellas obras tan perfectamente ejecutadas, que no le so- 
bra ni le falta cosa alguna, en términos de que perdería su prin- 
cipal mérito quitándole ó añadiéndole el menor adorno, la mas mí- 
nima parte, cualquier imperceptible adherente. El docto analista 
Zúñiga la califica de calta, fuerte y hermosa;i» y semejante fallo 
emitido por un caballero tan entendido, no deje duda acerca de la 
grande estima que en todos tiempos mereció tan admirable for- 
taleza. 

En el ángulo de la muralla del antiguo Alcázar sevillano, al 
frente de la Fábrica de Fusiles y á la parte occidental del Consu- 
lado, encuéntrase el bellísimo torreón, de sto. tomas, pertenecien- 
te al mismo género de arquitectura que la torre de don fadki- 
QiE. Según la tradiccion, fue dependencia del primitivo Alcázar de 
Abdalásis. Su planta es octógona y consta de un solo cuerpo, ter- 

9 



70 OLDHIAS 

minaDtlo cod una especie de anillo, qae escede al grneeo de lo- 
do lo demás, sin que óslente almena alguna, ya sea porque las 
haya demolido el tiempo, ya porque desde sa origen carecía de 
ellas. A sus lados hay vanas casas ún mérito é irregulares, qné 
ciertamente desdicen de su elegante vecina. 




F.1 colegio de san TtlD)o.-La iglesia de la Universidad lileiaria -El Hosp 
la Sangre.— u colegiala ilei SalYndor.-los Hércules la Alameda. 




aliendo por la puerta de Jerez se encuenlra el no- 
table SEHiHARio UE SAN TELHO, csclusivamenle desti- 
nado para educar jóvenes en el arle de la náaiica, pro- 
porcionando al comercio maritinio cscelentes pilotos, 
como principal garanlia de su seguridad. 

El COLEGIO DE SAN TELMO pertenece á una época 
-' ' en que desgraciadamenle no conservaban ya las arles 
el esplendor y recarsos de sus mejores tiempos. La regularidad 
y proporción del edificio son bastante buenas; pero su fachada y su 
ornato adolecen de malísimo gusto y de pésimo estilo, como que 
datan de loa días mas fatales para la arquitectura, cuando su co- 
rrupción era su mérito. I.a portada representa tres órdenes arqui- 
tectónicos profusa Y nimiamente recargados con adornos, estatuas, 
relieves y follajes al estilo churrigueresco, los cuales, aunque de 
un trabajo escesivamctite prolijcf y costoso, no merecen ser descri- 
tos como obra digna de las artes. 



72 GLORIAS 

La COLEGIATA D£L SALVADOR DO cs UD monufflcuto de gran mé- 
rilo, pero se encuentra mas descargado, que el precedente, d? ine- 
cesarlos y superfluos adornos y mas conforme con las reglas del 
arte, si bien no respiran sus formas aquella suntuosidad y magni- 
ficencia, propias de la arquitectura del renacimiento. Tiene una sola fa- 
chada, de todo el ancho de la Iglesia, dando vista á la parte occidental de 
Sevilla. Consta de un solo cuerpo de orden corintio, adornado de gran- 
des pilastras, que llegan basta el mismo corniáamento, viéndose en 
los espacios, que dejan, tres puertas de un regular tamaño, las cua- 
les comunican con cada una de otras tantas naves. No habiéndose 
concluido los ornatos proyectados para dichas puertas, qued6 imper- 
fecta la fachada, libertándose tal vez de algunas hojarascas, que 
la hubieran afeado en estremo. Corónala un cuerpo ático, de gran- 
des volutas, siendo bastante sencilla respecto de la época en que 
se construyó el edificio. 

Es la iglesia capaz y espaciosa, componiéndose, como hemos 
indicado, de tres naves y el crucero, cuyas bóvedas estriban sobre 
robustos pilares, enriquecidos por medias columnas corintias, de mag- 
nitud colosal. Los retablos son de mal gusto, pareciendo como una 
de las obras mas disparatadas y caprichosas que haya producido 
la escuela de los Barbas, los Churrigueras, los Acostas y otros des- 
cabellados ingenios. 

La bóveda de la capilla mayor está pintada de mano de don 
Juan de Espinal, grande imitador de Murillo, que floreció á fines 
del siglo pasado. En los retablos colaterales hay algunas buenas es- 
tatuas; y en la capilla del Sagrario llaman la atención dos cuadros 
de bastante mérito; no encontrándose en toda la Iglesia otros obje- 
tos que merezcan citarse. 

La IGLESIA DE LA UNIVERSIDAD LITERARIA, es uno do Rquellos sober- 
bios templos cuya fundación se debiera al entusiasmo religioso, que 
en el siglo XYl creó en España tantos prodigios de las artes. Mer- 
ced á los esfuerzos de los Jesuitas, secundados por los fieles sevi- 
llanos con infinitas limosnas y cuantiosos donativos de pródiga pie- 
dad abriéronse las zanjas para los cimientos de tan celebrada Igle- 
sia en 4565, colocando la primera piedra el Obispo de Canarias, 
don Bartolomé de Torres, y terminándose la obra en 4579. 

La traza de este bellísimo templo se atribuyo fundadamente al 



SEVILU. 




lilililfEliltISiInte. 



OE SEVILLA 7;) 

renombrado arquitecto Juan de llerrera, por la elegancia, majes- 
tad y grandezas de sus formas, al mismo tiempo sencillas. Pero 
también con bastante fundamento la atribuyen otros al famoso je- 
suíta Bartolomé Bustamante, u|)o de los primeros que vinieron á 
Sevilla en 4554. Sea como quiera, puede asegurarse (dice Ama- 
dor <le los Bios) que es la Iglesia de la Universidad digna de lla- 
mar la atención de los viajeros intelijentes y que debe servir de 
orgullo á los naturales. 

La planta del templo forma una cruz latina, constando de una 
sola nave, compuesta de tres bóvedas, inclusa las del crucero. La 
media naranja de este asienta sobre cuatro grandes arcos, sosteni- 
dos por ocho medias columnas istriadas, de orden dórico cerrán- 
dola una linterna de figura circular, alumbrada por ocbo ventanas 
que difunden raudales de luz. En el espacio que deja el arco del 
frente bailase situado el altar mayor, cuya traza fué debida al cé- 
lebre Alonso Matias. Súbese al presbiterio por cinco gradas de már- 
moles varios, que tienen de latitud todo el ancho de la nave; ad- 
virtiéndose al lado de la epistola una puerta de sencillo ornamen- 
to, que comunica con la sacristía. El relablo es de buen gusto for- 
mándolo un cuerpo de arquitectura de orden corintio, compuesto 
de cuatro pilastras y dos columnas istriadas, las cuales se levan- 
tan sobre un ancho zócalo y sus correspondientes pedestales, re- 
cibiendo el arquítrave y cornisamento, en el cual asientan tres cuer- 
pos áticos, que le sirven de remate. 

En el intercolumnio céntrico se admira un sobervio cuadro del 
muy inteligente artista Juan Roelas, que representa la sacra familia 
adorando al Niño-Dios un hermoso coro de ángeles y viéndose á 
sus pies san Ignacio mártir y san Ignacio Loyola, patronos de la 
compañía de Jesús. La tersura y brillantez del colorido, la acer- 
tada disposición de las figuras, el sorprendente efecto de la luz y 
la corrección, exactitud y verdad del diseño, son los rasgos carác- 
ierislicos de este magnifico lienzo, que embelesa al contemplador. 
Otros dos se distinguen á sus lados, no menos merecedores de es- 
ludio y encomio, que ofrecen un Nacimiento y una Adoración de 
los reyes obras de Juan de Várela. 

En el ático mas estenso del segundo cuerpo admirase una anun- 
ciúdon de Francisco Pacheco, esmeradamente diseñada y pintada con 



74 GLoniAS 

tanta propiedad como gusto. Én los laterales hay lienzos de Alon- 
so Cano, á demasiada altura para ser \istos. En los estremos del 
cornisamento vénse dos estatuas, que representan á san Pedro y san 
Pablo, notables por la abundancia y belleza de sus bien plegados 
panos, por la nobleza de sus rostros y la majestuosa naturalidad 
de sus actitudes. Obras del afamado escultor Juan Martinez Mon- 
tan ez. 

El retablo, todo de madera, á excepción de las grandes losas 
de jaspe negro, que enriquecen su zócalo y pedestales, está per- 
fectamente dorado y sin otros ornatos de inoportunos colores. So- 
bre la mesa del altar hay un airoso templete ó tabernáculo, com- 
puesto de tres cuerpos de arquitectura de orden corintio, terminando 
con un gracioso cupulin, que le presta suma gallardía y elegancia. 

En el lado del Evangelio y al frente de la puerta de la sacris- 
tía, se hallan dos figuras de bajo relieve en bronce, que tienen 
mucho mérito si bien prolijamente cinceladas, representando á Fran- 
cisco Duarte, y á su esposa doña Catalina de Alcocer, según cons- 
ta del epitafio latino. El caballero está armado de punta en blanco 
y la señora cubierta de un ostentoso brial. 

En los intercolumnios de los grandes arcos laterales, que for- 
man los brazos de la cruz, hay dos retablos admirables. El del lado 
del evangelio es de orden corintio, poseyendo multitud de tablas 
de diferentes épocas, que prestan abundante materia; da estudio al 
obserbador, y pueden servir de documento para escribir la histo* 
ría de la pintura. 

En este mismo brazo del crucero existe el sepulcro del famoso 
doctor don Lorenzo Suarez de Figueroa, con su estatua é ins- 
cripciones latinas alusivas á sus Ínclitos hechos. 

El retablo situado en el lado de la epístola, es también de or- 
den corintio, y está dedicado á la purísima Concepción. Consta de 
un arco que descansa sobre cuatro pilastras, dos á cada lado, en 
cuyos intercolumnios figuran varias estatuas de no escaso méríto, 
encontrándose en el hueco de dicho arco dos pequeños cuerpos ar- 
quitectónicos, del mismo orden. Contiene el primero en su parte 
central un nicho semicircular, donde se contempla una graciosa 
virgen de Montañez; y á los lados cuatro hornacinas de mas re- 
ducido tamaño, con otras tantas figuras, que representan varios santos. 



SEVOiLá. 




ifBiais H i)s ngics m luiu i muEs n u niisu ii u 
naieisiiiD uiou a. 



DB SEVILLA. 75 

£1 segundo tiene igual número de ninchos, y hállanse en el las 
estatuas de santa Ana y la Virgen con el nifio-Jesus en los bra- 
zos. Levantase sobre el arco principal un ático en el cual hay una 
imagen del Eterno Padre bendiciendo; y termina el retablo con el 
frontispicio triangular, que lo corona. 

Guarda simetría con el sepulcro de Figueroa, el que contiene 
las cenizas del celebérrimo humanista Arias Montano, cuyas obras 
llenaron de admiración á sus coetáneos y son todavía el orgullo de 
sus compatriotas. 

Contiene la segunda bóveda seis magníficos enterramientos en- 
tre los que se encuentran los de los condes de Alcalá y de los 
Molares obras de sobresaliente mérito por sus artísticas bellezas y 
riquísimos primores admirablemente concluidos. Son sin disputa unos 
de los monumentos artísticos de mas mérito que se encuentran en 
Sevilla y dignos por lo tanto de ser visitados por naturales y es- 
trangeros. No se alcanza la razón de haber omitido hacer mención 
mas detallada de tan grandiosos sepulcros, los ilustrados escritores 
que nos han precedido en la descripción de los monumentos artís- 
ticos de esta capital, pues ciertamente que son dignos de ser vi- 
sitados por todos los inteligentes, y es lástima que obras tan notables 
permanezcan casi olvidadas y no se llame sobre ellas la atención 
de los admiradores de las artes. 

Hay otras estatuas de personajes célebres tanto en la segunda 
como en la tercera bóveda con sus correspondientes inscripciones, cuya 
descnptiva enumeración necesitarla algunas páginas, que no podemos 
consagrarle, bastando decir, que realzan considerablemente el mé- 
rito de esta Iglesia. Tbda su obra es de mamposteria, constando su 
única nave de ciento treinta y nueve pies de longitud, hasta la 
primer grada del presbiterio, y de cuarenta y dos de latitud. Los 
brazos del crucero tienen cada cual cuarenta y tres pies de largo 
y veinticinco de ancho, presentando una figura agradable en su plan- 
ta. La media naranja cuenta ciento veintidós pies de altura, figu- 
rando exornadas de sencillos recuadros, que le prestan simultánea- 
mente gracia y majestad. 

No concluiremos sin hacer mención de una magnifica plancha 
de cobre, que existe en el pavimento de la iglesia, desde la defi- 
nitiva esclaustracion de todos los monacales, antes de cuya época 



'í^í GLORIAS 

radicaba, comn tantos otros sarc4^fagos ó enterramientos, en el cé- 
lebre monasterio de la (Cartuja. Time diez i iés de ancho y siete de 
largo, ostentando grabada en el centro una figura, armada de pun- 
ta en blanco, aunque sin morrión, cuyo dibujo es sumamente airo- 
so y elegante. Al rededor hay una orla y en su centro una leyen- 
da alusiva á los restos mortales del Escxmo. Sr. don Per Afán de 
Ribera, duque de Alcalá, marqués de Tarifa, conde los Molares, 
adelantado mayor de Ands^lucia, virey de Ñapóles. {i&H.) 

A los pies de la figura con tal primor, di^eñada, como si atra- 
vés de la fria piedra en vagarosa aparición se abrase la sombra del 
enterrado, nótase un targeton, sostenido por unos niños, con ele- 
gantes disticos latinos. 

Tal es la hermosa iglesia de la universidad de Sevilla, de esa 
Universidad fecunda siempre en eminentes letrados y consumados 
humanistas, como los Mal-Laras, Medinas, Herreras* Montanos, Lis- 
tas, Blancos, Nuñez, Beinosos y otras muchas notabilidades cien- 
tilicas, que son otras tantas inapreciables Glorias del suelo hermo- 
so que nacer los viera y de la Nación que puede enorgullecerse 
de contarlos en el número de sus predilectos Hijos. 

£1 magnifico y suntuoso hospital de la sangre, que indudable- 
mente merece por su grandiosidad y sólida construcción el segun- 
do lugar después de la catedral; hállase situado en un estenso cam- 
po frente á la puerta de la Macarena. Debió su fundación, aun- 
que no en el mismo sitio, bajo el titulo de Hospital de las dneo 
Llagas, á la piadosísima y esclarecida matrona doña Catalina de 
Rivera, viuda del ilustre D. Pedro Enriquez, adelantado Mayor do 
Andalucía. La idea de aquella benéfica señora fué crear un hos- 
pital para cura de mujeres, prodigando personalmente sus cuida- 
dos á las pobres enfermas, en cuyos cristianos ejercicios no se desde- 
ñó de acompañarla mas de una vez, ejemplo á reinas católicas, la 
magnánima Isabel 1.^ esposa del suspicaz político Fernando Y. egoís- 
ta y desconfiado aragonés, que no la merecía. 

Muerta doña Catalina en 4505, dejó encargado á sus hijos don 
Fadriijue y don Fernando la obra del hospital, cuyas rentas au- 
mentó considerablemente el primero, poseído del mismo espiritu 
cristiano, que había animado á su gloriosa madre y que tanto le 
recomendara en labora de su muerte. Acaecióla de donFadrique, 



DE SEVILLA. ii 

primer marqués de Tarifa, en 4539, y quedaron nombrados en su 
testanpento por patronos de la referida casa los priores de la Car- 
luja, de san Gerónimo y de san Isidoro del Campo. 

Estos dignísimos prelados, mo\idos por el mas ardiente celo, tra- 
taron en 4 540 de dar mayor ensanche al hospital y dispusieron la- 
brarle un nuevo edificio fuera de la ciudad, fijándose de consuno 
en el espacioso terreno, que hoy ocupa, como mas cómodo, salu- 
bre, independiente y ventilado. 

Llamaron á los mejores arquitectos, que entonces habia en Es- 
paña, y reunidos y examinados cuidadosamente los diseños, se eli- 
gió para su ejecución el de Martin Gainza sentando este la pri- 
mera piedra de tan grandioso edificio en 42 de Marzo de 4546, 
y continuándola hasta su muerte ocurrida en 4555; después délo 
cual sucediéronse hasta siete directores en el cargo de maestro Ma- 
yor. Cuando ya en 4559 estaba la obra bastante adelantada, fue- 
ron trasladados el Santísimo Sacranüento, las enfermas y las ofici- 
nas al nuevo hospital, con grande solemnidad y pompa habiéndo- 
lo antes bendecido el obispo auxiliar de Sevilla. 

Dadas estas noticias preliminares, pasaremos á su descripción, 
no sin valemos de los eruditos y concienzudos escritores Cean Ber- 
mudez y Amador de los Rios, privilegiados geiftos, que tanto traba- 
jaron en honor de su patria. 

tiene el hospital de la sangre 600 pies de oriente á ponien- 
te y 550 de norte á mediodia. Un patio de 464 pies de ancho, la 
Iglesia y una huerta, que también habia de ser patio, según la 
planta, dividen este gran terreno en dos partes iguales. En la del 
lado de poniente hay dos grandes patios de una misma estension, 
uno después de otro. Tiene cada uno 454 pies de ancho y otros 
tantos de largo, con once arcos en cada galería alia, y baja, que 
descansan sobre machones de material; y los rodean espaciosas ga- 
lerías, cuadras y habitaciones para enfermas. Igual anchura que la 
de estos patios ocupan otro de seis arcos en su largo y de cinco 
en su ancho, y un jardín, que perteneoe al cuarto del adminis- 
trador. En todos estos patios hay escaleras muy cómodas y la prin- 
cipal es magnifica y espaciosa. La otra parte del lado de oriente 
está por concluir; pero ne las paredes maestras, las divisorias; ni 
los macliones de los patios, en todo iguales á los de la otra tianda 

40 



78 GLORIAS 

La fachada principal, que está al mediodia del edificio, es toda 
de piedra de Moren del Puerto de Santa Marta, ocupando la esten- 
sion de 600 pies, que tiene de latitud todo el edificio. Consta de 
dos cuerpos: el primero pertenece al orden dórico y el segundo al 
jónico. El cuerpo dórico se compone de un zócalo, sobre el cual se 
vén treinta y cuatro gallardos pedestales, que sostienen otras tan- 
tas pilastras, dividiendo la fachada en treinta y cinco espacios, 
inclusos los dos que ocupa la portada, y advirtiéndose en cada 
cual una ventana pequeña, que dá luz á las cuadras bajas y es- 
tá exornada con jambras y frontispicios. Asienta sobre las referi- 
das pilastras el cornisamento, recibiendo los pedestales del cuer- 
po jónico, el cual ostenta, en lugar de aquellas, graciosas medías 
columnas, al parecer sostenedoras de la cornisa, en otro tiempo 
coronado de un antepecho de balaustres, asi como también la fa- 
chada del lado de poniente, según se colige por algunos trozos, 
que en esta parte existen tod^ía. En los intercolumnios del se- 
gundo cuerpo hay treinta y tres ventanas mucho mayores que las 
del primero y casi cuadradas, con ornamentos de ai*quitectura pla- 
teresca, tales como las columnas abalaustradas, que reciben los fron- 
tispicios triangulares cubrientes. 

La portada principal se compone también de dos cuerpos arqui- 
tectónicos pertenecientes álos mismos órdenes dórico y jónico. Cons- 
ta el primero de cuatro columnas istriada*^, en cuyos espacios se 
ven nichos ú hornacinas; y el segundo de dos, teniendo en su in- 
tercolumnio un balcón de balaustres v terminando con el escudo 
de las armas del Hospital, sostenido por dos angelotes de pésima 
escultura. Toda la portada es de ricos mármoles lusitanos, no ha- 
biéndose concluido hasta 4818. 

Hay una inscripción latina en la clave de la puerta. Por esta 
se entra á un zaguán ó apeadero, que tiene noventa pies de an- 
cho y veinticinco de largo, cuya techumbre sustentan seis arco.'^ 
estribantes en columnas pareadas; existiendo sobre esta parte una 
galería con igual número de arcos y Columnas. El patio a que dá 
paso, está rodeado por el poniente y levante de otras galerías, no 
menos anchas y alegres, constando de diez y seis arcos, tanto en 
su parte inferior como en la superior, y viéndose en sus muros 
las puertas que comunican con las dos principales divisiones del Hos^ 



DE 8£\ILLA. "79 

|)Ual. En medio de esle palio se contempla, absolutamente aisla- 
da, su magnlñca iglesia, que es uno de los mas preciosos y lin- 
dos templos del mundo cristiano. 

Su traza fué debida al famo^^o arquitecto Fernán Ruiz, que di- 
\idió la fachada en tres cuerpos, á saber, dórico, jónico y corin- 
tio, siendo digna de admiración por su deslumbradora portada. 
Consta de dos torres resaltadas, de veinte pies de ancho cada una 
viéndose en su centro aquella, compuesta de jaspes riquísimos y 
levantándose á la altura del segundo cuerpo. Tienen entrambas tor- 
res en sus estremos pilastras, correspondientes á los órdenes de ar- 
quitectura mencionados, distinguiéndose en medio de ellas seis ven- 
tanillas, que prestan luz á los caracoles, situados en sus án- 
gulos. 

Las dos terminan á la misma elevación, que el resto de la 
fachada, rematando esta con el cornisamento corintio, sobre que 
asientan pirámides y candelabros. 

Compónese igualmente la portada de los órdenes dóricos y jó- 
nico, divididos en dos cuerpos. El primero consta de cuatro me- 
dias columnas, que reciben el cornisamento y tienen en medio el 
arco de la puerta, sobre cuya clave descansan en bajo relieve tros 
figuras de mármol, representando las viríudes teologales^ de estraor- 
dinario mérito y delicada ejecución. 

£1 segundo cuerpo consta asimismo de cuatro medias columnas 
viéndose entre ellas graciosos ninchos y un medio circulo artesona- 
do en el centro, sobre el cual hay una lápida, orlada de ricas la- 
bores, con unas palabi*as del Evangelio, que deben aludir á la de- 
dicación del Hospital de las cinco llagas^ en su testo pronunciado por 
Cristo: €Quia mdisti me^ Thoma^ credidisd.T^ Á los lados de esta le- 
yenda existen los escudos de armas de las casas de Enriquez y 
Ribera; y en las enjutas aparece escrito el año en que se conclu- 
yó dicha portada, la cual tiene por remate un frontispicio trian- 
gular y tres jarrones. 

Por la parle interior cubre la puerta un rico y elegante can- 
i^el, adornado con cuadros bellísimos de labores embutidas, el cual 
tiene á sus estremos dos entradas. La planta de la iglesia forma 
una cruz latina, y su alzado consta de tres cuerpos arquilectóni- 
eos, de las mismas órdenes que todo el edificio. Cada uno do los 



KO GLORIAS 

muros laterales divídense en dos partes, por otros tantos machones 
que les sirven de estribo, resaltando en ellos gallardas columnas y 
pilastras jónicas, y descansando sobre su ancho cornisamento dos 
grandes arcos, que comparten el templo en tres macizas y mages- 
taosas bóvedas. Asientan las pilastras y columnas en otros tantos 
pedestales, sostenidos por ménsulas exornadas de triglifos, pertene- 
cientes á la cornisa dórica del primer cuerpo, que comunican k 
esta obra un aspecto estraordinario y agradable. Consta aquel de 
ocho arcos, convenientemente situados en ambas partes, los cuales 
forman otras tantas capillas, de dimensiones idénticas alas de aque- 
llos, enriquecidas por hermosas pinturas, entre ellas ocho primo* 
rosos lienzos de Zurbaran, lindos modelos pictóricos é inmejorables 
representaciones de otras tantas Vírgenes. En los machones inme- 
diatos á las capillas hay también un apostolado, debido al sevi- 
llano Estevan Marques. Las figuras conservan el carácter de la es- 
cuela sevillana, ostentando notables cabezas, llenas de dignidad y es- 
presion. Otros santos y vírgenes se contemplan en esta parte, como 
también algunos lienzos de autores desconocidos, si bien todos per- 
tenecen á la misma escuela setUlana. 

Á los dos estremos del crucero hay dos puertas, adornadas en 
su parte esterior con pilastras de orden jónico, que sostienen el 
cornisamento y frontispicio, sin ofrecer cosa notable, á escepcion de 
los frisos, propios del gusto plateresco. En los colaterales al pres- 
biterio se vén dos altares: el de la izquierda contiene un gran lien- 
zo, que presenta á Jesús enclavado, con la Magdalena á los pies. 
£1 altar de la derecha posee otro lienzo pintado por Gerónimo Ra- 
mírez, discípulo de Roelas; representa á San Gregorio, rodeado de 
cardenales. El presbiterio que forma un semicírculo, se levanta so- 
bre nueve gradas de mármol, existiendo laterales dos pnertecitas. 
cuyo ornamento de jambas, dinteles y frontispicios es de vistoso ja&- 
pe almendrado. Por la que está colocada en la izquierda del al- 
tar mayor, se entra á la sacristía, algún tanto reducida, pero de bas- 
tante mérito. Consta, como el cuerpo de la Iglesia, de tres bóve- 
das, enriquecidas por labores de buen gusto, participando de abun- 
dante luz, aunque sus ventanas dan al lado de norte. En el cen- 
tro hay una magnifica mesa de alabastro, cuyas dimensiones lla- 
man la atención, por ser toda de una sola pieza, y en los espa- 



DE Se\ILL4. 81 

eios, que dejan los ai*cos figurado en el muro, se han colocado de- 
centes cajones de caoba, que coniienon los ornamentos sacerdo- 
tales. 

El retablo del altar mayor, es de buena forma, contribuyendo 
a realzar el mérito de la Iglesia. Tiene tres cuerpos: el primero 
es de orden dórico, el segundo jónico y el tercero corintio, rema- 
tando con un ático en el cual se vé un escudo con \a& cinco llagas. 
El primero está adornado por un zócalo en que se comtemplan pin- 
tados los cuatro Evanjelistas y los cuatro Doctores de la Iglesia, y 
sobre él hay dos lienzos del tamaño natural, que representan á 
San Sebastian y San Roque. El segundo contiene en el centro á 
Cristo resucitado, mostrando al apóstol incrédulo sus llagas, y á 
los lados San Francisco y San Antonio. El tercero, en fin, osten- 
ta en medio un calvario, con San Juan y San José á los estremos. 
Todos estos cuadros son notabilísimos y se atribuyen al profesor 
Alonso Vázquez, aunque no falta quien los suponga ejecutados por 
el célebre Luis de Vargas. 

Tal es la iglesia del hospital de la sangre, que no se con- 
cluyó hasta el año de 4592, tomando parte en el cerramiento de 
sus bóvedas los mas famosos y entendidos profesores, que en aque- 
lla época florecían. El hospital, como dejamos insinuado, quedó 
por concluir en la parte del oriente y norte, presentando solo otra 
fachada en la de poniente, igual en sus ornatos á la del medio- 
dia, que es la principal, si bien carece de portada y se compone 
de veintiocho espacios ó intercolumnios. En sus estremos conservanse 
dos torres, no enteramente concluidas, que fueron cubiertas por unapi* 
rámide de azulejos, para ponerlas á salvo de la intemperie, ha* 
hiendo sufrido varias alteraciones, 

Los HBBCtLEs DE LA ALAMEDA constítuyon uuo dc los mouumentos 
mas notables, que encierra Sevilla. Asientan sobre dos colosales colum*^ 
ñas cuya antigüedad se remonta á los mas lejanos tiempos. Varios auto- 
res» entre ellos Morgado, Medina y Zúñiga, opinan que estas columnas 
fueron colocadas con otras cuatro, en el lugar que ocupa hoy la parro- 
quia de san Nicolás, por el mismo Hércules egipcio, cuando fundó la 
ciudad de Ilispalis. Otros, empero, disienten de semejante aserto, 
conceptuándolo fabuloso y aun ridiculo, entre ellos el erudito Ro- 
drigo Caro. Prescindiendo de tales conjeturas, es lo cierto que las 



82 GLORIAS. 

columuas de dichos HércnUs^ esluvierou cou oirás cuatro cd la igle- 
sia de san Nicolás hasta la época de don Pedro el Justiciero, quien 
dispuso trasladarlas al Alcázar; mas habiéndose roto una de las 
tres estraidas de san Nicolás, cuando se verificaba su traslación, 
desistió el rey de su empresa y quedaron ambas con los trozos de la otra 
junto al hospital de santa Marta: basta que en 1574, concibió 
el asistente don Francisco de Zapata el proyecto de formar una 
hermosa Alameda en el sitio llamado la Laguna, por conservarse 
en el casi todo el año las aguas llovedizas del invierno. Para dar 
mas grandeza y magestad á aquel paseo que enriqueció con varias 
fuentes de riquísima agua, hizo conducir los referidas columnas á 
la ya comenzada Alameda, y colocándolas sobre convenientes pe- 
destales y embasamento logró erigir un monumento original gran- 
dioso, que respira todo el, aire de la antigüedad. Asentó sobre los 
elegantes capiteles corintios, que las decoran dos plintos y 
encimado ellos las famosas estatuas de Hércules y Julio César 
fundador aquel y restaurador este de la populosa metrópoli hispa- 
lense. Pero como en todo se mezcla algo de adulación, el señor 
asistente colocando dichas estatuas trató de aludir con ellas al em- 
perador Carlos Y y á su hijo Felipe II (que á la sazón reinaba) 
según se colige de las inscripciones ó leyendas latinas conservadas 
en sus pedestales. 

Ambas columnas tienen catorce varas de elevación desde la ba- 
sa hasta el plinto de las estatuas, correspondiendo su grueso al 
inusitado tamaño. Son de piedra pardilla y de una sola pieza, ig- 
norándose la cantera de donde fueron estraidos tan descomunales 
trozos. Las estatuas tienen poco mérito, pero su aire de antigüe- 
dad les comunica cierto prestigio interesante. La figura de Hércu- 
les descansa sobre un escudo con las armas de León y Castilla, y sobre 
una clava ó maza ponderosa: ostentando el heróe la corpulencia y mus- 
culatura propias de un hombre favorecido por la naturaleza con fuer- 
zas sobrehumanas. La estatua de Cesar apoyase igualmente en un 
escudo con las mismas armas, apareciendo, en actitud como de pro- 
fundor pensador politice, ó de orador insinuante, persuasivo y enér- 
gico. Entrambas han sufrido las injurias del tiempo, cchándese de 
ver en sus desfigurados rostros la destructora huella de los siglos. 
Lo mismo se trasluce en el cornisamento y deterioro de las inme- 



i)E sf:>iLr.A. S:t 

moríale» columnas. 

En 1764 pusiéronse al ostremo opuesto ilo ]:\ Alameda otras dos 
columnas de menor tamaño, formadas de diferenles piezas, colo- 
cándose sobre ellas dos leones, quf^ sustentan las armas do Espa- 
ña y las de Sevilla. Pero son desairadas y mezquinas, revelando 
desde luego la sencible decadencia de las arles en la época á que 
se refieren. I.^ leones, de ingrata y p<^sima escultura, sostienen cnii 
sus garras escudos de mal gusto y cuya estravagancia es notoria, al 
menos en concepto de los inteligentes. Valiera mas no haber levan- 
tado semejante monumento. Sin embargo, en el mismo año de 1764 
añadiéronse tres fuentes, á igual numere, que habia, renovándose y 
aumentándose los asientos del paseo, en otros tiempos deliciosamen- 
te sombreado por muchas variedades ó especies de arbóreas, ador- 
nándolo y embelleciéndolo, según tradicionales leslimonios, conside- 
rable número de alisos, álamos blancos, naranjos, melancólicos ci- 
preres y frondosos árboles del paraiso. Hoy solo existen árboles co- 
munes, notándose en mayoría algunos álamos negros. No negue- 
mos, por ende, á los antiguos, que adornaban las márgenes del Bé- 
tis con lindas y apacibles alamedas, un gusto superior al de no- 
sotros. 




k^C^Tr;^^ 



te»»;*-3,-5?^ 



Igipsiíis parraqulak3.-lgli<^¡as dp varios ex-mn teñios. 




uchas páginas necesitaríamos para 
descríbir con algún delenimiento 
los tempInspiRaoQuiALEs; por cuya 
razón nos limitaremos solamente 
it señalar los objetos de mas nota, que 
cada ano coalenga. 

Veintiona iglesias parroqciales caen- 
la la populosa Sevilla, que consideradas y des- 
critas, para mayor calidad, por su orden al- 
fabético, SOD las siguientes. 
^ Santa Ana: san Andrés: san Bernardo: san- 

ta Catalina: santa Cruz: san Estevan: san Isidoro: san Juan de 
la Palma: San Julián: san Lorenzo: santa Lucia: la Magdalena: san 
Marcos: santa María la Blanca: santa Marina: san Martin: san Mi- 
guel: Omnium Sanctorum: san Pedro: Santiago: san Vicente. 



DB SFAIKLA 80 

La iGLRftiA DE SANTA ANA, leuiplo dc gusto gotíco, es uno de los 
mejores de Sevilla y contiene bastantes producciones de mérito. Es- 
pecialmente en su altar mayor admiranse muchas bellezas; es de 
gusto plaleresco^ y decóranlo quince tablas con otros tantos pasajes 
de la vida de la Virjen, santa Ana y san Jorje. Todos estos cua- 
dros están muy correctamente dibujados, siendo de un colorido fres- 
co y brillante. Contemplanse en los estremos algunas estatuas y re- 
lieves de Pedro Delgado. A los lados del Presbiterio vénse dos re- 
tablos de buena traza y ejecución, que poseen algunas pinturas de 
grande estima. 

La IGLESIA DE SAN AT^DRÉs, que ou SU parte esterior ostenta el 
sello de la arquitectura góticx>-bizantina, conserva también en el inte- 
rior digno de mencionarse una Concepción, atribuida áMontañez, obra 
de estraordinario mérito; y otras estatuas debidas á su famoso dis- 
cípulo Alonso Martínez; viéndose ademas en todo el templo algu- 
nos buenos cuadros de la escuela sevillana, entre los cuales se cuen- 
tan varios de don Juan Valdés, célebre artista contemporáneo de 
Murillo. Junto á la puerta del lado de la epístola, hállase un re- 
tablo muy digno de llamar la atención por su antigüedad y sus nu- 
merosas bellezas. 

La IGLESIA DE SAN BERNARDO, que consta de tres naves, parece 
construida con mucha regularidad y buen gusto. Contiene varios 
retablos que poseen pinturas de primer orden por su relevante mé- 
rito, sobresaliendo entre todas un magnifico cuadro que representa 
el juicio final. 

La de santa catalina no contiene cosa alguna digna de parti- 
cular mención, esceptuando la estatua de la santa, en el retablo 
mayor, y un cuadro de Jésus atado á la columna, en el Sagrario. 

La de santa crvz es bastante capaz y de buena construcción, 
pero no encierra cosa notable, al menos de las que figuran oomo 
preciosidades artísticas. 

La de san estevan no carece de adnoírables objetos. El retablo 
de su altar mayor, enriquecido con sobervias pinturas, consta de 
dos gallardos cuerpos arquitectónicos, compuesto cada cual de seis 
esbeltas y graciosas columnas de orden corintio, terminando con tres 
elegantes áticos, y viéndose lodo el conjunto profusamente decorado 
de lindos adornos del g^ero plateresco, 

M 



86 GLonus 

La de sak isidoro posee y ostenta en su altar mayor uno de 

los mejores lienzos que ba producido la escuela sevillana y quizá 

el mejor del célebre canónigo Juan de Roelas. Representa el glorioso 

transito de san Isidoro. Observase en esta obra contrapuestos el cielo 

y la tierra, produciendo un efecto maravilloso. La ejecución figura 

inmejorable, brillante y correcto el dibujo, pastoso y trasparente 

el colorido. 

La de san juan de la palma, si bien es uno de los templos 

mas antiguos de Sevilla, aunque muy renovado en varias épocas 

solo guarda como objetos artísticos notables, algunas hermosas pinturas. 

La de san julian llama la atención por el retablo de su altar 
mayor, que es plateresco y de elegantes formas, adornándolo ade- 
más muy buenas estatuas. Hay también en el recinto del tem- 
plo algunos escelentes cuadros. 

La de san lorenzo, tiene un altar mayor digno de ser nota- 
N do. Consta de dos cuerpos de bellas formas y arregladas propor- 
ciones, rematando con un airoso ático. En los intercolumnios se 
contemplan varios altos-relieves con pasajes de la vida del santo, 
y en el centro su estatua, terminando con un crucifijo. También con- 
tiene bastantes lienzos ó pinturas de grande estima. 

La de santa lucía solo contiene de notable el lienzo colocado 
en el altar mayor y que representa el martirio de la Santa, obra 
del célebre Juan de Roelas, maestro de Zurbaran. Hay también una 
estatua de la Concepción y una eñgie de Santa Lucía. La torre, que 
sirve de campanario á esta iglesia, es de construcción árabe y se 
halla en un estado ruinoso. 

La de la magdalena, aunque no se puede presentar como un 
modelo de buen gusto, es sin embargo grandiosa y tal vez una de 
las mejores que en el siglo XVIII se ediñcaron menos sobrecar- 
gadas de ornamentos viciosos. Contiene algunas tablas y lienzos de 
bastante mérito. 

La de san marcos, ofrece en su parte occidental una fachada 
sumamente pintoresca que aun en nuestros dias ha s?*-vido de es- 
celente modelo para varios cuadros. En su interior nada coi:<^r- 
va esta iglesia digno de mencionarse, como no sea un lienzo de dou 
Domingo Martínez, en el retablo del altar de inímas, que contie- 
ne algunas bellezas 



DE SEVILLA. 8*7 

La torre levantada á la izquierda del templo, imitación de la 
Giralda (segan algunos inteligentes, es un magnifico monumento 
de la arquitectura árabe. 

La de santa maru la blanca, que antes de la invasión fran- 
cesa poseía diferentes lienzos del inmortal Murillo, conserva un cua- 
dro suyo, representando la Sagrada Cena^ última de Jesús con los 
apóstoles, en la cual instituyó el inefable Sacramento de la Eu- 
caristía. Hay también una famosa tabla de Luis de Vargas, figu- 
rando á nuestra Señora de las Angustias^ con Jesús muerto en sus 
brazos, y á loá lados la Magdalena y otros personajes del Nuevo 
Testamento. 

La de santa marina, cuya torre aunque desfigurada, pertene- 
ce á la arquitectura ára^e, posee en el retablo de su capilla ma- 
yor una estatua de la Santa á quien está consagrado el templo 
digna de citarse por la naturalidad y maestría de su primoroso de- 
sempeño. 

En la misma capilla permanece el enterramiento del magnífi- 
co caballero é ilustre sabio Pedro de Mejia, tan conocido por sus 
varias obras. Púsole un epitafio en latín el célebre humanista Be- 
nito Arias Montano, íntimo amigo de aquel grande hombre. 

Las estatuas del famoso paso de la JUortajaj que recibe culto 
en capilla propia, fueron debidas al entendido escultor Pedro de 
Roldan. 

Hay también un lienzo muy eslimado, que représenla & San- 
ta Ana. 

La iglesia de san martin posee varios lienzos debidos á Fran- 
cisco Herrera, el Viejo, que se hallan & los lados del altar ma- 
yor. En una de las capillas hay un escelente cuadro, que repre- 
senta el Descendimienío obra de Alonso Gano, asi como otros cua- 
tro lienzos laterales, figurando la Ascensión, la Resurrección del 5«- 
ñoTt un San Lorenzo y un San Vicente. 

La de san miguel, edificada en el reinado de D. Pedro el Jus- 
ticiero, pertenece á la arquitectura gótica, si bien ha sufrido con- 
siderables alteraciones, que de todo punto la han desfigurado. Tie- 
ne cortados los pilares, que debieron darle en otro tiempo mayor 
•untuosidad y gaJlardia, ^ quedando escasamente algún vestigio de 
las palmas que les sirvieran de ornamentos. 



^S (¡LORIAS 

En esta iglesia reposan las cenizas del doclisimo anticuario Ro* 
diigo Caro. * 

En una de las capillas hay un Crucifijo del tamaño natural, 
magnifica obra de Montañez, digno de encomiarse por la estrema- 
da corrección del diseño y la belleza de sus majestuosas formas. 

La de omniim sanctorum es una de las iglesias cuyas lorres pa- 
recen pertenecer á la arquitectura sarracénica. Pocas obras posee 
esta parroquia, que merezcan citarse por su mérito. Consena, no 
obstante, seis cuadros de Francisco Várela, que llaman la atención 
de los inteligentes. 

La de san pedro requiere algunas lineas mas que la preceden- 
te. Su retablo mayor, que consta de dos cuerpos arquitectónicos, 
es uno de los mas bellos entre cuantos poseen las Iglesias Parro- 
quiales de Sevilla, aunque algo recargado de superfinos adornos. 
Contiene seis relieves, alusivos á la vida del Santo ^ viéndose en el 
centro su admirable estatua. En la capilla titulada de San Pedro Adún- 
enla se contempla el soberbio lienzo de Roelas, que representa divina- 
mente al ángel sacando de la prisión al Apóstol. 

En diferentes partes del recinto faay otros lienzos y tablas de 
bastante mérito. 

La IGLESIA DE SANTIAGO, ostcuta en el retablo de su capilla ma- 
yor un gran lienzo pintado por el famoso artista romano, Mateo Pé- 
rez Alesio, que representa al santo patrono en la memorable ba* 
talla de Clavijo. 

Junto al altar se vé la losa que cubre los restos del aventa- 
jado poeta y erudito historiador Gonzalo Argote de Molina. 

£1 TEMPLO DE SAN VIGENTE figura cutrc los mas antiguos y ve- 
nerados de Sevilla, como hemos indicado en la parte histórica al 
referir la muerte del bárbaro Genserico. Según varios autores, sir- 
vió de catedral en tiempo de los godos. 

En la capilla titulada de los Remedios^ hay un retablo de gusto 
plateresco, que contiene varias pinturas notables. Existe en laca- 
pilla del Santísimo un lienzo alusivo al sacramento, viéndose en 
todo el templo otros cuadros muy bien ejecutados entre ellos un 
escelente Ecce-homo del divino Morales. 

Acabamos de recorrer, aunque en brevisima reseña, las igle- 
sias parroquiales; incumbiendonos, según lo ofrecido dar alguna idea 



DE SEVILLA. 89 

de las preciosidades contenidas en otms, 

La IGLESIA DE SAN ALBERTO posée algunas obras verdaderaiiienle 
dignas de mencionarse. En unos de los retablos del lado del evan- 
gelio contemplase un magnifico lienzo de Alonso Cano, que con to- 
dos los primores (iel arte representa la calk de la amargura obra de 
perfecta composición é inmejorable colorido. No es menos intere- 
sante la estatua de santa Ana^ obra del mismo profesor, en la cual 
se advierte toda dulzura y maestría de su diestro cincel. También 
atrae las miradas de todos los inteligentes el retablo que contiene 
varias tablas figurando los cuatro Emngelistas, la Corónamn de la 
Virgen y un santo sacerdote diciendo misa; debidas todas al cele- 
brado Francisco Pacheco. 

En el lado de la epístola hay un buen cuadro, sobresaliendo ade- 
mas dos estatuas del mismo Cano, que representan á santa Teresa 
V san Alberto. 

Debajo del coro llama la atención un san Miguel, sublime crea- 
ción de Pacheco. 

Ni el conjunto ni los detalles arquitectónicos del templo ofrecen 
cosa alguna estraordinaría. 

El convento de sam clemente es uno de los mas antiguos y res- 
petables de la capital de Andalucía, por sus recuerdos históricos. 
El retablo mayor de su iglesia pertenece al género plateresco. En 
el presbiterio hay algunos lienzos con pasajes de la vida del santo. 

En el costado de la epístola se vé un retablo compuesto de dos 
graciosos cuerpos de arquitectura, con ocho pinturas de Pacheco, 
que representan apostóles y evangelistas. En el nincho principal hay 
una mirifica estatua de san Juan Bautista en el desierto, inaprecia- 
ble obra de Gaspar Nnñez Delgado, 

En la capilla mayor yacen sepultados los restos mortales de do- 
ña Maria de Portugal, madre de don Alonso XI, y dos hermanos 
de este rey, que fallecieron de muy corta edad. En el coro están 
los enterramientos de las infantas doña Beatriz, bija de Enrique 
II, doña Leonor y doña Berenguela. 

En una de las capillas de la iglesia de la concepción, situa- 
da junto á la parroquia de san Juan de la Palma, hay una esta- 
tua de piedra obra de Alonso Cano, que representa á la Virgen con 
el niño Dios^ en la cual derramó su autor admirables bellezas. 



90 GLORIAS 

£1 retablo mayor de la iglesia de las dueñas, consta de dos 
cuerpos arqai tectónicos de orden corintio, notables por sus lindas 
formas: sin qae en lo restante contenga objetos dignos de fijar lar- 
gamente la atención. Hay en los laterales, consagrados á san Juan 
Bautista y al Evangdista, algunas estatuas y relieves de bastante 
mérito, 

La IGLESIA DE SANTA iN¿s pertenece á la arquitectura gótica, pe- 
ro está completamente desfigurada. En el retablo mayor distingüese 
la estatua de la santa, y en otros dos colaterales la de santa Cla- 
ra y una Concepción de Montafiez. 

En esta iglesia se conserva el incorrupto cuerpo de doña María 
Coronel, esposa de don Juan de la Cerda, matrona castísima, cuyo 
cadáver se espone anualmente al público el dia 2 de diciembre 
aniversario de la defunsion, ó mejor dicbo, del glorioso tránsito de 
aquella santa y mártir voluntrtria de su misma hermosura. 

El templo de las monjas de madre de dios, ya que no es céle- 
bre por su partp arquilf'ctónica llama la atención por las muchas 
bellezas de escultura, que encierra, viéndose desde luego en el 
retablo de la capilla mayor varias estatuas de relevante mérito y 
algunos bajos relieves de no inferior valia. Entre aquellas sobresa- 
le on san Gerónimo^ perfectamente ejecutado y comprendido: y en- 
tre estos una cena de admirable codaposicion. 

Obras todas de Hernández, que don Antonio Pons atribuye equi- 
vocadamente al famoso Torregiano. En el mismo retablo hay dos 
buenas estatuas de Montañez, que figuran al Bautizo y al Bvan-- 
gelista. 

Los altares situados junto á la puerta del templo contienen igual- 
mente diversas apreciables esculturas. 

La iglesia de la pasión posee varios lienzos y tablas admira- 
bles y un vistoso alto relieve en el centro del retablo mayor. 

La portada de la iglesia de santa paula debe llamar la aten- 
ción por su regularidad inmejorable, sin que esto la constituya ti- 
po ó, modelo de arquitectura gótica, ácuya género pertenece. Don- 
de está la Catedral de Sevilla ^ nada hay que pueda tener seme- 
jantes pretensiones, por muy bueno que sea. Consta dicha por- 
tada de un arco de ojiva adornado de esbeltas palmas, viéndose en 
su clave las armas imperiales con el célebre epigrafe: tanto monta 



DE SEVILLA 91 

circuyelo también una orla de azulejos, que contiene dibujos de 
santos y angeles, terminando con una cornisa, sobre la cual se le- 
vantan diferentes ornatos piramidales, y bay rna cruz en e! 
centro. 

Posee la iglesia dos magniñcos retablos, trazados y ejecutados 
por Alonso Gano, los cuales, como todas sus producciones, abun- 
dan en inimitables bellezas* 

Hay en el retablo de nuestra Señora del ñasario, seis notables 
lienzos pintados por Francisco de Cubrían. La traza del altar (que 
no desmerece de los de Cano,) y las estatuas existen trs en el, son 
obra de Gaspar de Ribas, escultor y arquitecto de gran fama. 

Descansan en esta iglesia los restos mortales de sos fundado- 
res, el condestable de Portugal, don Juan y doña Isabel Enriquez 
descendiente de los reyes de Castilla y marquesa de Montemayor. 
Sobre los sepulcros bay dos estatuas de piedra, que no dejan de 
inspirar interés, aunque son de escaso mérito, por su imponente as- 
pecto monumental. 

La iglesia del hospital de los vBHEiUBLes, poseía, en otros tiem- 
pos, escelentes pinturas de Murillo y deciros renombrados profesores; 
Pero solamente ha quedado en el altar mayor un lienzo de Yaldés que 
representa á San Femando y los frescos del techo, obra del mis- 
mo autor, á la sazón bastante mal parada. Fundóse esta iglesia 
en el mismo terreno que ocupó el Corral de doña Elvira, especie de coli- 
seo ó teatro]del siglo XVI, donde se pusieron en escena las obras dra- 
máticas de Juan de la Cueva, Juan de Mal-Lara y otros inge- 
nios españoles de aquella época tan floreciente para la literatura 
nacional. 

No hablaremos de otras iglesias, que dieron fama y lustre á Se- 
villa con las muchas y escelentes producciones artisticas custodia- 
das en su seno. Caducaron unas cuando la invasión francesa; des- 
manteláronse y desmoliéronse otras, con no pocos edificios de ins- 
titutos religiosos, á consecuencia de las reformas políticas y de los 
trastornos subseguidos desde el memorable año de 4835. Asi es 
que muchos templos, donde antes se admiraban riquezas y produc- 
ciones de primer orden, no ofrecen ya interés alguno á los aman- 
tes de las artes; y otro8,,que aun conservan algunas creaciones dig- 
nas de examinarse. Vieron también desaparecer sus principales jo- 



92 «LORIAS 

yas. Tero aunque esto haya sucedido en todas Las provincias de 
osta monarquía, el pueblo Sevillano puede aun gloriarse de reu- 
nir preciosidades inlinilas acumuladas en un solo ediPicio, la Ca- 
tedral! Seamos bastante cuerdos para conservar lo que eiiste de 
primorosamente artístico en España, y do se burlaran los eslran- 
jeros, como han estada haciéndolo, de la poca 6 ninguna ¡mpor- 
lancia que diéramos á objetos cuyo v&lia surje incalculable, cuyo 
asombroso mérito no reconoce superior en el Mundo! 





k a mayor liarle dt^ las maravillas arlisUcas ne- 
3 cularmenlp atesoradas en loslres ex-monaa- 
> tPríoB cuyos nombres sirven de epígrafe á 
este rapilulo, han pasado á enriquecer otros 
k monomentOE, como lo prueban la iglesia de 
¡a Unmmiad literaria y el Museo de pinturai. 
Los dos primeros renombrados convenios ni 
aon son la sombra de su magnifico pasado; 
pero no obstante, desde que el gobierno los enagenó, se han esta- 
blecido en sus recintos fábricas industriales, que pueden ser muy 
útiles y benoriciosas al pais. En saola utau d£ las cuevas ha i>hn- 
\ézáo don Curíoa í^tehntaH anesiablecimientoeD queaeelabo 
ran ya loda clase de lozas de tan escelente calidad como las inglesas. 
El señor de Fieman ha invertido cuantiosas samas en mejorar 
tan minifico edincio, y el antes tétrico monasierio de Cartuja se 
halla boy convertido en la mas bella y deliciosa posesión del Gua- 
dalquivir. Llama sobre todo la atención de cuantos visitan hoy ei- 
ta Fábricji, la mira recientemente construida, obra de esqnisitoii- 

12 



94 GLORIAS. 

gusto y que ba merecido los mayores ologios de cuantos la han visitado. 

La Iglesia de Santa ¡I aria de las Cuevas pertenece al gusto gótico 
y era una de las mejores que en su época se construyeron; ac- 
tualmente sirve de almacén para la referida fábrica no viéndose, 
ya en el coro la magnifica sillería, que (á juicio de los inteligen- 
tes) aventaja ó supera á la de la catedral en buena ejecución y 
delicadeza; y que ha sido trasladada á uno délos salones del Ífti- 
sfo de pinturas. 

El ei-monasterio de la Cartuja, se halla situado á la margen oc- 
cidental del Guadalquivir y al norte del arrabal de Triana ocupan- 
do una posición en estremo pintoresca y deliciosa. 

El convenio de san Gerónimo tomó el nombre de Buena vista^ 
por los bellisimos paisajes que desde sus torres y ventanas se des- 
cubren en todos sus contornos. Está situado á un cuarto de legua 
al norte de Sevilla, en medio de una fértil y dilatadísima llanu- 
ra, y en la orilla oriental del rio. Su fábrica pertenece á la ar- 
quitectura del renacimiento. Todo el edificio respira grandeza y se- 
veridad. El palio principal y el soberbio claustro ó galeria que lo 
rodea, son admirables constando de dos cuerpos de arc^ui lectura; el 
primero dórico y el segundo jónico. Las bóvedas adornos y ante- 
pechos y demás partes, tienen toda la gravedad clásica y toda la 
magnificencia de la época de la restauración de las artes. La es- 
calera principal es también digna de los mayores elogios, por su 
sólida construcción y suntuosidad. 

El ei-mouasterio de san isidoro del campo se conserva lo mis- 
mo que cuando fueron esclaustrados los monacales. También ofre- 
ce una vista muy pintoresca, asentado en una colina rodeada de 
olivares, al oriente de las famosas ruinas de Itálica. Su iglesia con- 
tiene muchas preciosidades artísticas y considerable número de 
epitafios. 

El motivo de haberse fundado esta obra, es bastante curioso y 
merece ser consignado, por los beneméritos y heroicos personajes 
á que se refiere. Parece, según la tradición nunca desmentida* que 
habiéndose encontrado el cuerpo de San Isidoro entre las ruina.s 
de un Colegio fundado por aquel santo en el mismo lugar que 
hoy ocupa el convento, hicieron allí una ermita los cristianos que 
moraban en Sevilla, consagrándola á la memoria de tan esclare- 



DE ftEYfLLA. 95 

tido arzobispo. Visitábala con frecnencia y devoción profunda el va- 
leroso caballero don Alonso Pérez de Guzman, el Bueno, que al 
fin trató de edificar un monasterio donde el culto fuera ejemplar- 
mente servido y su cuerpo sepultado, como también el de su es- 
posa y sucesores. Gozaba don Alonso de pingües rentas y tenia gran 
caudal,, como hemos dicho en la parte histórica; asi es que en po* 
co tiempo vio terminado el grandioso edificio, poblándolo de mon- 
jes Bernardos del orden del Cister claustrales, por no haber en 
aquella época observancia. Dióles por fuero de heredad á Semita 
la Vieja (Itálica,) y el lugar de Santiponce, con todos sus hereda- 
mientos y tierras calmas, viñas, olivares y mil fanegas de pan de 
renta á la redonda del monasterio, con la obligación especial de ce- 
lebrar por su alma y la de su mujer diez misas diarias, las nue- 
ve rezadas y una cantada. Para llevar á cabo tan costosa funda- 
ción, obtuvo (ion Alonso un privilegio del Rey Femando IV, el 
Emplazado, concedido el año de 4288 en la ciudad de Palencia, do- 
cumento curioso y de importancia sum^ en otros días, pero de nin- 
gún valor ni fuerza en la época presente. También existe una car- 
ta inédita del mismo Alonso Pérez, qne no trascribimos por su os- 
tensión, relativa al asunto, especificando multitud de circunstan- 
cias favorables todas á los monjes, que no debian bajar de cuaren- 
ta, siendo veinte de misa, cuando menos. Entre las frases mas no- 
tables de dicha carta, son dignas de reproducirse las siguientes, — 
cÉ esta donación que nos facemos é el ruego que vos pedímos 
que sea escrito en el libro de nuestra regla é sea leido dos ve- 
ces en el año, fara que nuestra remembranza sea durable para fiem^ 
pre jamás, V 

Lo cual deja entrever el natural deseo que animaba á Guz- 
man el Bueno de vivir justamente inmortalizado por sus patrióti- 
cos sacrificios, al menos en la memoria de los Sevillanos,» 

Parece que la iglesia primitiva constaba de una sola nave de 
estilo gótico^ compuesta de cuatro bóvedas de regulares^ dimensio- 
nes. Pero deseando enterrarse en el mismo templo que sus padres 
don Juan Alonso de Guzman, hizo construirla nave de la izquier- 
da, algo mas baja y angosta que la primera, resultando perjudi- 
cada á consecuencia la regularidad de la obra antigua. Pero si en 
<^ta parte no es digna de admiración la iglesia de san Isidoro del 



96 GLORlAi 

CAMPO, muy al contrario sucede con ios preciosos objetos radicanleí 
en la primera bóveda de la nave primitiva, existe en ella un mag- 
nifico retablo lleno de bellezas, soberanamente artísticas. Consta de 
dos gallardos cuerpos arquitectónicos de orden corintio, contenien- 
do el primero dos soberbios medallones de primorosa escultura que 
representan el Nacimiento de Jesús y la Adoración de los Reyes. Las 
composiciones de estos altos-relieves hállanse dispuestos con mu- 
cho acierto y filosofia: las formas del diseño son nobles y gran- 
diosas, y la ejecución inmejorable. En el centro se admira una her- 
mosísima estatua de san Gerónimo^ de tamaño natural, que descan- 
sa sobre un templete donde se conserva la custodia con las divi- 
nas formas. Está el santo arrodillado, en actitud de adorar á un 
pequeño crucifijo, que tiene en la mano izquierda, y con la derecha 
empuña una piedra para golpearse el pecho, como es fama que lo 
hacia por penitencia en su gruta. Semejante obra, á juicio de los 
inteligentes, es una de las creaciones mas perfectas que ha produ- 
cido el arte, bastando por si sola para acreditar de consumado es- 
cultor á cualquiera que no contase ya con los gloriosos títulos de 
Montañez. 

En el segundo cuerpo vénse igualmente dos medallones no me- 
nos admirables que los del primero: el de la derecha representa 
la Asunción y el de la Izquierda la Resurrección de Cristo cuya fi- 
gura tiene un bellísimo desnudo. En el centro descuella la estatua 
de san Isidoro^ obra de un mérito relevante. Contiene el ático una 
Virjen rodeada de ángeles y un escelente cruciñjo en el medio, 
adorado por dos de aquellos. Sobre el cornisamento del segundo 
cuerpo hay dos escudos sostenidos por las virtudes teologales. 

Todo el retablo es de mano de Montañez, y tal vez uno de los 
mas selectos de Sevilla. 

En el mismo sitio, que don Alonso Pérez de Guzman eligió pa- 
ra su enterramiento y el de su esposa, existen hoy los sepulcros de 
ambos: á la derecha del presbiterio está el de don Alonso, y ala 
izquierda el doña Maria. Sobre la losa cineraria del primero se vé 
una estatua, hincada de rodillas ante un reclinatorio y armada de 
punta en blanco, aunque destocada la cual representa al héroe de 
Tarifa. En el sepulcro de enfrente se distingue otra estatua en la 
misma actitud que la de don Alonso, figurando á la hermosa y pú- 



DE SEVILLA. 97 

dica malroDa dona María Alonso Coronel. Tiene vestido an bríal 
de manga boba, muy airoso y elegante; adorna su cabeza una blan- 
ca toca y cubre sus hombros un rico y bien plegado manto, em- 
belleciendo su talle un cinturou de grandes borlones. Una y otra 
estatua son obras de mucho mérito, dignas del cincel de Montañez. 
l'no y otro sepulcro ostentan en su losa las correspondientes inscrip- 
ciones fúnebres. 

En la segunda bóveda, que comunica con la nave del norte, 
hay un retablo churrigueresco, si bien posee un primoroso Miño- 
Dioi, obra de Montañez. Las dos bóvedas restantes contienen el co- 
ro, que es bastante espacioso y cómodo, y su sillería, en estremo 
sencilla y de buen gasto. En el maro lateral de la epístola, se 
vé el órgano. 

La segunda nave no encierra tontos objetos dignos de eiámen; 
pero en la primera bóveda subsisten los tres notables enterramieu- 
tos de don Bernardino de Zúñiga y Guzman, don Juan Alonso de 
Guzman y doña Urraca Ossorio de Lara, mujer de este; con esta- 
tuas y epiíafios. 

Otras cosas hay, que llaman la atención en dicha iglesia, pero 
no parece que bastará con las indicadas. 

El esterior de tan famoso monasterio sorprende al que lo exa- 
mina, por la singularidad característica de su aspecto, que nada 
tiene de común con otros edificios erigidos para institutos análo- 
gos. Asentado, como hemos dicho, en una colina rodeadas de lla- 
nuras con vejetacion olivifera, y guarnido ó coronado de impo- 
nentes almenas, mas bien parece un antiguo castillo señorial con 
dominadoras, pretensiones, que un monasterio consagrado á la con - 
tinua reproducción de fervorosas preces y cristianas plegarias. 

Lo cual se esplica recordando que en la época de su funda- 
ción, merced á la constante guerra con los moros, podía servir pa- 
ra ambas cosas, esto es, para convento y fortaleza defendible en 
caso necesario. Tal es el pensamiento que naturalmente despier- 
ta la mera contemplación de esta grande obra, corroborado y ro- 
bustecido al consultar las i ajinas do su historia. 

Volviendo á la ciudad de que hemos ido alejándonos insensi- 
blemente por las eslabonadas digresiones artísticas, parece justo de- 
cir algo sobre el hermoso paseo de Cristina. 



98 r.LORiAS. 

En el \aslo espacio que mediaba entre la puerta de Jeret y 
el Guadalquivir* limitado hacia el N. por el arroyo Tagarete y 
hacia el S. por el «Colegio de San Telmo, se ha conlruido aque- 
lla magniflca estancia de recreo, la mas ostentosa y de mejor gus- 
to, en su línea, de cuantas adornan y hermosean el sevillano re- 
cinto, é igualmente digna de competir con las mejores de seme- 
jante clase, que decoran las principales poblaciones de España. 

£1 terreno invertido en esta obra, constituye una especie de 
triángulo, cuyos vértices miran á la enunciada puerta de Jerez, al 
estremo occidental de dicho colegio y al puente nuevo del Taga- 
rete, que hace practicable la recta continuación de este paseo con 
el de la Alameda del río. En su centro, y en dirección de este 
último punto, elévase el gran salón, cuyo pavimento baldosado en 
su totalidad, proporciona el piso mas igual y cómodo. Circúndalo 
un canapé corrido de losas marmóreas, con una graciosa verja de 
hierro, que forma su espaldar. Se sube á él por seis escalinatas, 
igualmente de mármol, cuyos laterales estremos cierran bazas, que 
sostienen en las cuatro principales entradas ocho leones en diver- 
sas actitudes, de la misma materia y de una bella escultura. Ro- 
dean este salón, formando las dos calles con que termina, frondo- 
sos plátanos orientales de hoja de parra, alternados con sombríos 
y melancólicos cipreses. Otra calle principal de acacias falsas, in- 
terpoladas con cipreces, palmas, interrumpida por dicho salón, par- 
te la longitud de todo eljardin, resultando cuatro grandes divi- 
siones, en cuyos puntos céntricos existen otras tantas plazuelas. La 
primera de la derecha y sus entradas las forman vistosos arces de 
hojas de fresno, notándose en aquella regulares asientos de made- 
ra pintada de verde. La segunda, que es de mayor capacidad, há- 
llase ocupada con un grande estanque cercado de asientos como 
loe de la anterior, y de copudos chopos lombardos. Las calles que 
comunican con esta plazuela desde la principal de travesia están 
alineadas con árboles del amor, y entre ellas figura un hermoso 
laberinto en cuyo centro hay una glorieta cubierta á la chinesca, 
con plantas enredaderas, que visten el aparato. Saliendo de dicha 
plazuela por la parte que mira hacia el rio, conduce otra peque- 
ña calle á un descanso sin salida en forma de medio, punto, ro- 
deado también de asientos, á que dan sombra los poéticos sauces. 



I»K SEVILH. (){, 

Entrando al lado izquierdo por el puente, se encuentra otra cal 
1 y Pf";'». •«•>»••» ¿ las del derecho, pero formadas de fres- 
r li r*"''' '°°''' ígaalmente la que dá salida á la casita 
«e los guardas, que es de una construcción sencilla, aunque vis- 
ura Hállase situada en la división principal de este lado izquier- 
do á cuya cabeza se vé otra plazuela cuadrilonga, con un surti- 
dor de agua en su centro cercado de ailanlos, y esteriormente ro- 
deada por un paseo (digámoslo así) culebreante, mitad de acacias 
de tres púas, y mitad de arces de boja de parra. 

dP ¡«IÍh'"'. Tf'*^ 'í"* '''J'" ^^'"^ '"« «^"««' •»'*" plantados 
de flores de todas las estaciones, de arbustos aclimatados, y de fru- 
tees aromáticos, cuya amenidad, fragancia y bello desorden delei- 
tan simulteneamente los sentidos de la vista y del olfato. Además 
ce los árboles, que forman las calles, se han colocado en sus li- 
neas venas de madera pintada, de una vara de altura, producien- 
do un bonito contraste con el arbolado y los floreros. 

Todo este hermoso recinto se ve circuido de otra calle de ála- 
mos y diversos arboles, que cierran sus costados, habiéndose traba- 
jado mucho para perfeccionar sus vistosUimos adornos de construc- 
ción y plantación. 

Saliendo del paseo que adabamos de describir, y dirigiéndose 
por el de la 5e//«-/lor, se llega al vergel de las delicias, cuyo 
centro es una plazuela rodeada de frondosos llorones, de la cual 
parten ocho caUes rectas hasta los limitesde este amenísimo recin- 
to, que sirve de plantel á inumerables especies de árboles y plan- 
las exóticas é indígenas. U vigorosa ejecución de unos y otras, y 
el perenne perfume exalado por la copiosa reunión de flores y ma- 
tes odoríferas, que recrean por doquiera los sentidos, hacen de to- 
dos los puntos del estenso terreno, que ocupan un lugar verdade- 
ramente; digno de su 'poético n<Hnbre. 

En su mayor altura hay una casita rural de bellísimo aspecto 
viéndose contiguos un criadero de flores delicadas, y un estanque 
para aves acuáticas. 

En una de las estremidades del vergel está situado el tem- 
plete gótico, que contiene la máquina de vapor para estraer ania 
del río. 

Pasemos ahora á la descripción de uno de los mas notables edi- 



4 00 GLORIAS 

ficios, que hacen honor ala poderosa Sevilla. 

La REAL FUi^DicioN DE ARTILLERÍA, parece ser el único estable- 
cimiento de su clase en España, y uno de los mejores de Earopa. 
Hállase situado al E. de la ciudad, mas allá del barrio estramu- 
ros llamado de San Bernardo, y detrás de unas malas casas, que 
impiden gozar su vista desde que se sale por la puerta de la 

carne. 

Apesar de haber sido construidos en diferentes épocas los dis- 
tintos talleres de este vasto local, observase cierta uniformidad 
en toda su estructura, que dá á conocer los grandes recarsos del 
tiempo en que se verificó. Está dividido en dos alas unidas por nn 
patio, en cuyas estremidades se hallan las dos puertas de entrada. 
El ala izquierda, mayor que la otra, comprende el taller de afinos 
y ligas, donde se hace sufrir á los, cobres llamados en el comercio 
cabrero 2f(a, un nuevo grado de afínaciun para los efectos consiguien- 
tes. También se ejecuta en el mismo taller la liga del cobre con 
el estaño; fundiéndose considerable numero de piezas menudas, cu- 
yas técnicas denominaciones no creemos sea necesario especificar. 
Para todas estas obras posee dicho taller dos hornos de los cono- 
cidos con el nonibre de Copelas y seis de Reverbero, destinados tres 
de estos á la afinación del cobre, dds á las ligas y uno á la fun- 
dición de las espresadas piezas pequeñas, tanto para el servicio 
nacional, como para los particalares provistos de la autorización com- 
petente: sin la cual no conseguirían de manera alguna se les ela- 
bórase el mas sencillo artefacto. 

Inmediato á este taller se halla el de lá fundición m>/a, en que 
están colocados cinco hornos de reverbero, donde se funden pie- 
zas cortas como cañones de campaña, obuses y mi>rteros. 

En el taller de molderia, que sigue á este, llamando por su mag- 
nitud la atención de nacionales y estranjeros, es donde se construyen los 
moldes propios para contener el metal fluido, y que por su solidificación 
constituyen la pieza de artillería sólida. En una de las naves de este 
vasto taller, hay tres grandes hornos de fundir, capaces de 500, 600 
y 700 quintales de bronce fundido, siendo este ultimo el mayor 
que se conoce en Europa. 

Además de estos talleres, contiene esta parte del edificio gran- 
des almacenes para el acopio de leñas, carbones, cordajes, depó- 



DE SE VILLA 401 

%\\m de arcillas, hornos de recocido de yeso, de fundición de hier- 
ro para proyectiles, que han caido en desuso ^ y de afinación de 
estaño, molinos para la pulverización de las arcillas y trituración de 
las escorias, solerías de los hornos y filtraciones; un lavadero de 
tierras metalizadas; y últimamente un pequeño laboratorio quími- 
co y gabinete de mineralogía, que por efecto de los trastornos de 
la fábrica han quedado muy disminuidos. 

El ala derecha del edificio comprende el taller de barrenar y 
tornear, donde están colocadas cuatro máquinas de sangre (movi- 
das por muías) de las inventadas por Mavitz, uno de los fundado*^ 
res del establecimiento, por medio de las cuales se barrenan y 
tornean las piezas con una precisión estraordinaria y de la ma- 
nera mas económica 6 menos dispendiosa. 

Sigue á este el taller de graveria, donde se arreglan y labran 
las azas y muñones de las piezas, haciéndose otras muchas opera- 
ciones« hasta la última de grabar cifras, inscripciones &c. En 
este mismo se hallan los tornos al aire, máquinas de roscar y de 
taladrar, y en que se concluyen piezas menores, asi de bronce 
como de hierro. 

También contiene esta parte del edificio otros talleres, como 
los de herrería cerrajería y carpintería, que, aun secundarios, 
no son menos espaciosos que los anteriores, ni están menos pro- 
vistos de suficientes máquinas y herramientas para el servicio de 
todos ellos. 

Las piezas de artillería que salen de tan famoso establecimien- 
to, tienen indisputablemente una reconocida superioridad sobre casi 
todas las de Europa, por confesión de los mismos eslranjeros. asi 
en su duración, como en la pureza de la materia y en su her- 
moso color natural verde bronceado, que en vano han querido los 
franceses hacer tomar á sus piezas, valiéndose de la influen- 
cia de los agentes químicos. 

La fundición de Artillería de bronce, que vamos describiendo 
basta por si sola para proporcionar al estado un considerable núme- 
ro de piezas perfectamente surtidas, calculándose en 624 de todo» 
calibres, al año. 

Pero csla grandiosa fábrica ha sufrido mucho á consecuencia 
de gravísimos trastornos improvisados por la terrible guerra de la 

43 



102 GLORÍAS 

independencia. 

Ocupada por los franceses en mil ochocientos diez, hizose cé- 
lebre en la historia de su artillería por la construcción de los gran- 
des obuses á la Yillantrois, esdusivamente destinados al hombar- 
deo de Cádiz. Todavía se conservan dos ejemplares en la fábri- 
ca, evacuada por los franceses, no sin gran sentimiento suyo, en 
Agosto de 4812. 

Muchas son las mejoras introducidas desde entonces asi en el 
sistema de elaboración ó trabajos, como en la economfa de los gas- 
tos, en el buen gusto y perfección de las obras, y en el ornato dd 
establecimiento; esmerándose á porfía todos los individuos de él en 
contribuir á hacerlo aun mas digno de la admiración de los es- 
tranjeros, quienes muy equivocadamente creen no puede haber na- 
da magníGco y deslumbrador fuera de sus respectivos paises. 

Vamos á describir ahora el hospital de la caridad, situado en- 
tre el postigo del Carbón y el del Aceite y afamado en todas par- 
tes por haber poseido la mejor colección de pinturas del sin igual 
artista sevillano, Bartolomé Esteban Murillo. 

Fundóse esta casa en el sitio donde estuvieron las antiguas y 
famosas atarazanas de Sevilla, destinadas á los efectos de construc- 
ción de bajeles por don Alonso el Sabio; ocupando ahora la ma- 
yor parte dicho hospital, reedificado por el piadoso caballero Ma- 
nara para socorro de los pobres. En los dos patios del edificio se 
ven espaciosas galerías con gran número de marmóreas columnas 
y dos grupos de figuras enmedio, que representan, asimismo en 
mármpl, la caridad y la fé, principales bases de la religión. Los 
salones son muy capaces, y los pobres están muy bien cuidados y 
asihtidos en sus dolencias por la mas calificada nobleza de la Ciu- 
dad, nada menos, de que se compone la hermandad titular del es- 
tablecimiento. 

La iglesia es un cuadrilongo regular de mucha ostensión. En el 
altar mayor se vé representado el Santo Entierro por nueve figu- 
ras de madera, de tamaño mayor que el natural, y es la obra mas 
perfecta del escultor Pedro Roldan. 

En los muros laterales del cuerpo de la Iglesia, existen los dos 
cuadros históricos, mayores y de mas fecunda invención, que pin- 
tó Murillo. Cada uno de ellos necesitaría un análisis muy deteni- 



DESEVILLá. 403 

do y prolijo, para dar á cooocer sa mérito y sns bellezas; pero 
debiendo ser rápida esta ojeada, únicamente diremos que son las 
dos obras maestras de aquel genio, y que para formarse una idea 
de su aproximada valia, es indispensable examinarlos muy de pro- 
pósito y con algunos conocimientos en el arte. 

En los altares que están debajo de estos cuadros, bay dos labias 
con un Niño-Jesus y un San Juan con el Cordero, obras del mis- 
mo autor. 

Hacia el medio del templo, al lado del Evangelio, en un al- 
tar, se vé un cuadro de la Anunciación, sumamente bello; y mas 
allá otro formando un medio ponto, que representa á San Juan de 
Dios conduciendo a un desvalido sobre sus hombros, y volviendo 
el rostro aun ángel, que le ayuda porque no puede sostener su peso 
Estraordinario es en este cuadro el efecto de luz comunicada á las 
figuras por él resplandor que despide el ángel, la naturalidad de 
la posición del Santo y la viva espresion de su rostro. 

De esta admirable colección de Murillo, faltan cinco cuadros no 
inferiores en mérito, pues componían un total de once y solo han 
quedado seis. Representaban la parábola del hijo pródigo: la apa- 
rición de los tres ángeles al patriarca Abraham; Jesucristo con va- 
rios apóstoles hablando tau consoladoramente al paralitico de la pis- 
cina; el ángel libertando á San Pedro de la prisión; y el de Santa 
Isabel curando á unos leprosos. En todos estos cuadros demostró 
el artista su carácter dulce y su hermoso corazón decidido por los 
objetos mas propios para escitar la ternura del ánimo compasivo, 
ora como profundo filósofo, ora como dignísimo cristiano. Estrajé- 
ronse, por desgracia, cuando la invasión francesa; posteriormente 
hemos oido que cuatro de ellos obran en poder del mariscal SouU, 
v el oiro en la Academia de San Fernando. 

Á los lados de la puerta principal de la iglesia y debajo del 
coro, se conservan los dos famosos cuadros que tanta nombradla 
han dado al célebre Yaldés Leal. Entrambos representan asuntos 
alegóricos, que manifiestan la vanidad y fragilidad de las pompas 
mundanas. El pensamiento del artista no puede ser mas altamen- 
te filosófico y desengañador, asi como los medios empleados para 
desenvolverlo ostentan un carácter de terribilidad que de ninguna 
manara podría ir mas lejos en los angostos limites de las crea- 



404 GLORIAS 

ciones humanas. El cuadro de la derecha, figura un panteón lú- 
gubre y sombrío, donde se desarrolla lentamente la hedionda pu- 
trefacción de los cadáveres, viéndose algunos obispos y otros per- 
sonajes carcomidos ya por los gusanos, que recorren sus lívidos 
semblantes. Aqui aparece la naturaleza corrompida, absolutamente 
desnuda de toda ñccion ó apariencia seductiva, con toda su re- 
pugnante asquerosa fealdad, solo infundiendo horror, espanto y 
miedo en el ánimo de los espectadores, que conservan para siem- 
pre la fúnebre memoria de aquellos sitios y de aquellos difuntos 
medio podridos; sobrecogiéndolos de terror ¡a misma idea cuantas 
veces se presenta á su desilusionada imaginación. En la parte su- 
perior del primer lienzo aparece una mano de la cual pende un 
peso que está en el fiel: en las balanzas se lee: ni mas ni menos, 
denotando con tan lacónica frase, que bajo el imperio de la muerte 
reina ya, sin apelación de ningún género; la igualdad mas com- 
pleta. 

£1 lienzo de la izquierda representa el mismo pensamiento, vién- 
dose un esqueleto hollando esferas, coronas, mitras, armaduras, en- 
señas, purpuras y espadas. Nada se liberta en esta producción del 
espantoso y arbitro dominio de la muerte: las tiaras como los cen- 
tros, la paz como la guerra, y finalmente, los orbes y todo lo crea- 
do percibense sometidos á su destructora guadaña. 

Yaitíes, fué aqui tan afortunado en concebir como en ejecutar. 
Estos lienzos fecundos en desengañadores emblemas alusivos á las 
falaces y perecederas grandezas déla vida, son indudablemente 
ios ní^as sublimes cuadros de aquel famoso pintor. Todo en ello 
perfectamente observado, todo se espresa con asombrosa exactitud 
y verdad. 

El colorido es brillante, fluido y trasparente; la entonación ar- 
moniosa y fuerte, y el dibujo mas correcto que el de otras produc- 
ciones de dicho Yaldés Leal. Los paños están pintados con esqui- 
sito gusto y plegados con abundancia y riqueza. 

Otro lienzo hay también en la Caridad^ debido á D. Juan Yal- 
dés. Representa la Exaltación de la Cfuz. Las figuras son del ta- 
maño natural: la composición es abundante, si bien algo confusa, 
y el colorido no tan fresco como el de otras producciones. 

En la sacristía hay varios paises de escuela flamenca y algu- 



DES E VILLA. 103 

no del célebre Rabeos. Ed la sala capitular existen igualmente va- 
rios lienzos dipos de atención, entre ellos un retrato de don Mi- 
guel de Manara, que aparece profundamente meditabundo, notán- 
dose en su rostro el mas vivo y verdadero arrepentimiento. Pero 
el mejor cuadro existente en dicha sala es una Vision de San Ca- 
yetano, obra que algunos atribuyen al renombrado artista español 
Pablo de Céspedes. En la parte superior del cuadro y á la de- 
recha del espectador aparece la Virgen sobre un trono de nubes, 
sostenido por un cero de querubines: en la parte inferior y á la 
izquierda de los espectadores se vé al santo arrodillado y reci- 
biendo el escapulario de su orden. La cabeza de nuestra Señora 
tiene mucha dignidad y belleza, siendo las formas adoptadas por 
el pintor, de un carácter verdaderameqte grandioso. £1 niño Dios 
apoyado en los brazos de la Divina Madre, está dibujado con una 
gracia estraordinaria; la cabeza del santo llena de una fé altamen- 
te cristiana y todo el cuadro concluido de una manera inmejora- 
ble. Esta obra maestra del inmortal Céspedes, es de lo mas subli- 
me ejecutado en el divino género pictórico. 



CAPITULO VIH. 




sle gran depósito de creaciones ar- 
\ lísticas se halla situado en el ex-con- 
ycDto de la Merced. Es de fao- 
dacion moderna, como que data do 
183S. Tiene basta ahora cinco salo- 
nes: el primero ocupa la antigua iglesia, que consta de una sola 
nave, y cuya planta afecta la figura de una craz latina, viéndo- 
se dividida en cuatro bóvedas endoladas. separadas por cinco 
arcos. 

£1 segundo ha sido destinado para colocar en [su recinto la 
magnifica y costosa Sillería de Santa María de las Cuevas. 

El tercero y el cuarto, situados en el piso alio, contienen, co- 
mo tos demás, considerable número de cuadros debidos & diferen- 
tes profesores. El qninto, fioEdmente, encierra los magníficos lien- 
zos de Manilo, que pertenecieron al convento de Capudtioos. Exis- 
ten además muUitod de obras, colocadas en la galería superior del 
patio del norte, aunque no de tanto mérito como las de dictaos sa- 



DB SEVILLA 407 

Iones. Pero, á escepcion de lo6 lienzos de Morillo, todos están dis- 
puestos con poco orden. Con esto, pues, daremos principio á nues- 
tra rápida resena artística, como los mas notables de la escuela Sevi- 
llana^ á cuyos principales ingenios dedicamos seguidamente algu- 
nas pajinas, por no sernos posible consagrar algunos libros á las 
mirificas obras de los inmortales maestros MuríUo, Zurbaran, Roe- 
las, Yaldes Leal, Herrera, Céspedes, Cano, Castillo, Várela, Pérez, 
Gutiérrez, Meneses, Tovar, el Mulato, y otros. 

£1 primero de aqaellos nació en Sevilla, año de 4648, donde 
murió en el de 4682. Pocos son los lienzos que el Muuo imllano 
conserva de éste grande artista, si se atiende al considerable nú- 
mero de sas obras, especialmente de las que pintó para los mu- 
chos conventos de esta ciudad. 

Sin duda deben haberse estraviado muchísimos en la época de 
la esclaustracion, y Dios sabe en qué manos habrán ido á parar. 
Los que causan mas admiración entre los acopiados, son trece, re- 
presentando el primero á San Leandro y San Bnena-venhira, am- 
bos del tamaño natural. Las dos figuras ostentan grave y majes- 
tuoso aspecto, como animadas por la fé mas viva, trasluciéndose 
en sus rostros toda la sublimidad de sus almas y aquella inefa- 
ble paz reinante en el corazón de los justos. El segundo lienzo 
trasmite á la posteridad un inmejorable JNadmiento^ que ofrece un 
partido de luz maravilloso. Jamas se vio pintada con tal verdad 
y dulzura la fé sencilla y candida de los humildes pastores, que 
llenos de fervor adoraron al Salvador del mundo, en un pesebre. 
El efecto de este lienzo no puede ser mayor, readzándolo esa fuer- 
za inimitable de la naturaleza, que en todas las obras de Muri- 
Uo se admira, y viéndose superiormente iluminado por loe celes- 
tiales resplandores que despide el Niño-Dios. La Virgen y san José 
aparecen como estáticos de puro satisfechos y gozosos, revelando sus 
semblantes el inmenso júbilo, que los animaba. £s cosa de que- 
darse el espectador suspenso y arrobado ante creación tan lucida 
y encantadora. 

El tercer cuadro representa á San Feltx de Canto/teto, y es uno 
de los que mas caracterizan al celebrado pintor. Está el santo ar- 
rodillado y tiene en sus brazos al Miño-Dios, que parece haberse 
desprendido de los brazos de la Virgen aparecida al fervoroso ermi- 



4 08 GLORIAS 

taño, sobre un trono de fúlgidas nnbes, entre raudales de celeste 
gloría, indibujable para cualquier otro. Los ángeles, que vuelan en 
el espacio, son estremadamente gracipsos, viéndose ademas pinta- 
dos con sin igual maestría y soltura. 

En lodo el cuadro reina la mas perfecta armonía. Murillo po- 
seyó,' como ninguno, el difícil arte de pasar felizmente de una ma- 
sa de claro á otra de oscuro; y esta peregrina manera de graduar 
ó disponer los mas opuestos contrastes, sin producir nunca mal efec- 
to, antes cautivando siempre la imaginación y avasallando los sen- 
tidos, resalta estraordinariamente en dicbo lienzo. 

£1 cuarto representa á Santo Tomás de Villanueva, dando limos* 
na á los pobres, que era su mas sobresaliente virtud,y la mas 
evangélica, porque, sin caridad, todo es mentira. Dicese, que Mu- 
rillo solia llamar á este su Cuadro^ su obra maeslra. 

Obsérvase, en efecto, soberanamente pintado; pero nada mas 
admirable que la figura del pobre arrodillado en primer termino, 
por el correcto dibujo y escelente colorido de su espalda y de la 
pierna izquierda, que parece (digámoslo así) salirse del cuadro. To- 
da la composición está dispuesta con tal habilidad y esquisito tac- 
to, que proporciona un efecto de claro-oscuro verdaderamente ma- 
ravilloso. 

El quinto cuadro está consagrado á las patronas de Sevilla: SafUa 
Justa y Santa Rutina aparecen sosteniendo entre ambas las torre de 
la Iglesia, y ornadas con la doble palma de la virginidad y del mar- 
tirio. Tienen las dos notable gallardía: los paños están perfecta- 
mente dispuestos, y todo el lienzo corresponde á la fama de su 
autor. 

El sesto representa una VisUm de San Antonio. La composición 
de este cuadro es en estremo sencilla, pero inimitable en su géne- 
ro, como tantas otras creaciones místicas de Murillo. El santo es- 
tá de rodillas ante una peña; sobre la peña bay un libro: sobre el li- 
bro un Niño-Dios, tendiendo al anacoreta sus delicados brazitos. Nin- 
gún artista ha impreso en las figuras del Salvador tanta divinidad, 
como dio Murillo á sus niños, cuando quiso pintar la infancia del que 
se llamó Hijo del Hombre. Sobre la cabeza del santo vuela un gra- 
cioso grupo de ángeles, que forman una linda corona. Todo está com- 
prendido y desempeñado magistralmente^ á la suma perfección al 



DK SEVILLA. • <09 

nomp/ttt de la inmejorabilidad. 

El sétimo es ana concepción, que aparece en un trono de nu- 
bes y espiritas angélicos de aérea corporeidad, coronando á la vir- 
gen el padre eterno, qae la contempla arrebatada en un sublime 
estasis de amor. Mada mas grandioso de pincel salido. 

Los ángeles, nadando en un ambiente de suavisima luminosi- 
dad, distinguense pintados con una nitidez y una perfección inde- 
finibles. El padre Eterno de naturaleza incomprensible á nuestro li- 
mitado entendimiento, concíbese intuitivamente adivinado por el di- 
vino genio del artista, que osa trazar sus formas con la seguri- 
dad de parecidas, caso de tomar cuerpo el Ser Supremo. ¡En su 
gloría estarás, pintor del áelol 

El octavo representa otra Concepción algo mas pequeña, si bien 
no menos admirable. El colorido es brillante y vaporoso, traspa- 
rente, y todo el lienzo está pintado con superior habilidad y gracia. 

El noveno es la Anunciación de Nuestra Señora^ cuadro inferior en 
mérito á los anteriores, si bien el solo bastaría para acreditar de 
gran pintor á otro que no contara con los gloriosos timbres de Mu- 
ríllo. Tan cierto es que, después de haberse manifestado grande 
y creador, no se puede impunemente declinar de aquel rumbo. El , 
paraninfo, que anuncia á la virgen tan interesante misterio pare- 
ce realmente bajado del cielo. Su cabeza es muy noble, su figura 
gallarda y elegante. La Virgen tiene gracia y dignidad; pero todo su 
aire lleno de peligrosa seducción, se acerca mas á lo terreno, que 
al celestial idealismo y mística belleza de profundo respeto inspira- 
dora, tan necesariamente- privativas y características de la madre 
de Dios, que jamas debe confundirse con las hermosuras terrenales. 
Hay ademas según los inteligentes poca frescura, fluidez y traspa- 
rencia en el colorido de este cuadro, y alguna sequedad en los 
con tomos, pareciendo también que el fomjrfmwnto de j/orta, alumbra- 
dor, no es tan luminoso y las nubes no tan leves como las de otras 
machas producciones análogas del mismo renombrado pintor. 

Quizá estén equivocados, y nosotros con ellos; mas la impar- 
cialidad exije consignarlo. 

El décimo contiene un Crucifijo desprendiéndose de la Cruz, para 
abrazar á San Francisco. Este magnifico cuadro es una de aquellas 
caprichosas concepciones, que en una hora de estasis creaba el cere- 

U 



4fO G LORIAS 

bro (le un fraile delirante, y que el pincel de Murillo traducía (an 
fácilmente: porque dolado el artista de un alma tierna, animado de 
un ardiente entusiasmo religioso, trasmitía (digámoslo asi) todo ftu 
espíritu á sus lienzos llegando en alas de su fé á poseer una be- 
lleza ideal, peculiar suya y dulcificada por el benigno influjo de su 
apacible carácter. Uno de los mejores cuadros, que posee el 3fíueo 
de Pinturas^ es el Crucifijo de que nos ocupamos. 

Parece que Dios da gracias al hombre sumido en la contemplación 
de sus dolores, y que la augusta \ictima consuela á quien la com- 
padece. «Nunca (dice Mr. de Saint Hilaire), ni aun bajo el pincel 
del divino Rafael Sancio, ha espresado una cabeza de Cristo resig- 
nación tan sublime. Las miserias de la humanidad entera están rea- 
sumidas en esta divina cabeza, reflejo de un alma mas divina, que 
aun en medio de la lenta agonía de la Cruz, solo piensa en bendecir 
á aquellos, que le maldicen y ruega todavia por sus verdugos.» Saint 
Hilaire ha comprendido al gran maestro Sevillano. 

El undécimo lienzo representa á San Juan Bautista en el desierto 
figura del tamaño natural y de cuerpo entero, llena de gallardía y 
correctamente dibujada. Hay en este cuadro un vigor pictórico y 
una fuerza de claro-oscuro sorprendentes, cautivadores, inimitables. 
La cabeza del Santo, tiene mucho de inspirada. £1 desnudo no pue- 
de estar mejor entendido, ni mas correctamente diseñado. 

£1 duodécimo tiene por asunto una de las mas dolorosas y des- 
garradoras escenas del Nuevo^-Testamento^ pues represesta al ama- 
do Jesús, muerto en el regazo de su divina inconsolable Madre Se- 
gún el erudito Cean Bermudez, son muy recomendables en este 
lienzo la corrección del dibujo y la inteligencia de la anatomía, con 
que está pintado el cadáver, como también el sentimiento de los 
ángeles, que acompañan á la Virgen en el suyo. 

El decimotercio ostenta un San José de cuerpo entero, del ta- 
maño natural, con el Niño-Dios apoyado sabré su hombro dere- 
cho. cEl mismo Rafael (dice el entendido estranjero Saint Hilaire) 
nada ha pintado igual á esta bellísima y deliciosa cabeza de ni- 
ño en la qu^ una melancolía precoz, vago presentimiento de las 
miserias de la humanidad, se mezcla con las gracias insustancia- 
les de la infancia.» La cabeza del Santo no corresponde en méri- 
to artístico á la del Niño; pero lo demás del cuadro está pintado 



1>K SK\ILLA. m\ 

de ana manera, que seguramenle no admite superior en su linea. 

Tales son las principales obras maestras contenidas en el salón, 
que lleva el nombre de Muríllo; adornando ademas sus paredes 
otros cuatro lienzos suyos, de menor tamaño, aunque no inferiores 
en mérito y valia, que representan á San Felix^ San Antonio^ la 
Virgen de Belén y la llamada de la Servilleia; creaciones magnifi- 
cas, verdaderamente dignas, como las otras, del gran discípulo de 
Velazquez, para admiración de nacionales y estranjeros y para eter- 
na Gloría de Sevilla. 

En el salón de la iglesia, hay también algunas obras de Mu- 
rillo; siendo tas mas notables una Concepción y dos cuadros de 
San AgusHn: obras de imponderable sublimidad, llenas, por mu- 
chos conceptos, de seductora irresistible magia. Algunos otros lien- 
zos se le atribuyen; pero no está incontestablemente probado que 
sean suyos. 

El segundo artista de nuestro breve catálogo es francisco de 
ziRBARAX, natural de Fuentecantos. Aunque anterior a Muríllo, y con- 
temporáneo suyo, vivió exactamente los mismos 64 años, que aquel, 
pues nació en el de 4598, muriendo en Madríd por los de 4662. 
Fué discípulo de Roelas, y grande imitador de Caravaggio, cu- 
)o estilo sobre manera le agradaba. Su obra maestra es induda- 
blemente la celebérrima ApoUom de Santo Tomás de Aqaino. 

Este mirifico cuadro hállase dividido en dos partes, en la su- 
perior aparece el Santo trasfigurado, y rodeado de los cuatro doc- 
tores de la iglesia: en la inferior se distingue al Emperador Car- 
los V. cubierto con una dalmática imperial, puesta la corona en su 
cabeza y arrodillado delante de una mesa, sobre la cual hay una 
bula, un bonete y un libro. A su dsrecha figuran varios cortesa- 
nos, que visten ropilla de terciopelo negro, notándose á su izquier- 
da, algunos obispos y frailes dominico». Tal es la composición del 
cuadro, concebido con una fuerza estraordinaria y pintado del mo- 
do mas concienzudo. En elogio de él, no citaremos autores espa- 
ñoles, que podrían estimarse sospechosos ó parciales, sino el testi- 
monio del mismo célebre autor francés, antes mencionado. cEl me- 
jor elogio que puedo hacer de la figura de Carlos V. (dice Mr. 
de Saint Hilaire,) es que iguala al admirable retrato que conser- 
va el Museo de Madríd debido al célebre Ticiano: es siempre es- 



442 GLORIAS 

ta cabeza pálida y pensativa, dueña de si, como del mando, yeo 
la cual ha ennoblecido el conocimiento intimo de su fuerza, hasta 
la astucia, primitiva espresion de ella. £1 pesado manto de oro, que 
lo cubre con sus pliegues inflexibles y contrapuestos, es maravi* 
lioso por sas luces y por su brillo. Nunca ha gastado el sombrio 
Znrbaran tanta luz en un cuadro: nunca su colorido negruzco ha 
tenido tanta trasparencia, pudiendo decirse que era esta la reve- 
lación de un nuevo talento, que el mismo ignoraba. La parte su- 
perior del cuadro es por lo menos igual k la otra; y esta vez se 
titubea entre el Cielo y la tierra. Quizá no sea el santo la figu- 
ra mas ideal de los cinco personajes trasfigurados: pero nada iguala 
en hermosura á los cuatro doctores, ocupados en ojear con grave 
é inteligente atención los libros de la ley. £1 aire y la luz circu- 
lan de lleno entre los muchos pliegues de sus mantos: ninguna hue- 
lla de los defectos habituales de Zurbaran y de su gusto por los 
contrastes repentinos en la luz y la sombra, se nota en estas cua- 
tro figuras, asi como tampoco se percibe en la de Garlos V, igual- 
mente irreprensible. Un poco de sequedad y de dureza en las otras 
figuras, algunos paños negros recortados con demasiado vigor, so- 
bre los hábitos blancos de los frailes, tal cual sombra demasiada 
fuerte... hé aqui los únicos lunares de este admirable cuadro.» 

Asi se espresan eslrangeras plumas, no siempre injustas respecto 
de nuestras bellezas artisticas, acerca del famoso lienzo debido 
al pincel de Zurbaran: lienzo que, llevado á París en timpo del 
Imperio (época tan brillante para las artes del vecino reyno) sufrió sin 
desventaja, ni humillante inferioridad, las comparaciones hechas por 
los intelijentes con la maravillosa Transfiguración del divino Rafael, 
adquiriendo tal importancia, á consecuencia que su renombre, figu- 
ró, por dicha, según la fama pública, europeo. Otras obras posee 
el primer salón, en cuyo testero deslumhra colocada la ÁpoíeosiSj 
dignas del aventajado discípulo de Roelas, sobresaliendo como mas 
notables la coronación de san José; un eterno padre; dos Frentes de ta- 
maño natural dos Cristos; una nuestra señora de las Cuevas, cobijando 
con su manto á los Cartujos; un San Hugo; un San Bruno en con- 
ferencia con el Papa Urbano, sobre la aprobación de su regla; un 
refectorio de dominicos^ en que sirven de fámulos dos ángeles (sin 
duda serían santos cuando menos los padrecitos;) un Arxobispo re- 



DE SEVILLA. 41S 

vestido de pontifical; un cardenal y un supremo pontífice romano^ en 
la plenitud de sus soberanas atribuciones. Imposible seria, atendi- 
dos los estrechos limites de nuestra obra, describir estos cuadros 
primorosos, sin destinar por cierto muchos pliegos. Basta, empero, 
indicarlos como interesantísimos objetos, ya que dable no sea mejor 
cosa, para llamar sobre ellos la atención de cuantos quieran y pue- 
dan recrearse con su deliciosa vista. 

Al lado de las producciones debidas á Zurbaran, es posible co- 
locar sin chocante desventaja las de su maestro. Asi lo haremos pues 
no seguimos orden cronológico, sino el que establece la jerarquía 
del mérito en sus diversos grados, que de ninguna manera pueden 
pasar por anacronismos históricos, efecto de la ignorancia: cuando 
ante todo exhibimos, respecto de los artistas, la fecha de su nacer 
y el año de su finar. 

£1 LICENCIADO Juan DE BOELAS, maestro de Zurbaran, nació en 
Sevilla, por los años, de 1 558, y murió en la villa de Olivares, de 
cuya colegiata fué canónigo, en 4625. 

Muy pocos cuadros suyos existen en el Afuseo Sevillano, siendo 
el mas notable el Martirio de San Andrés, obra capital de Roelas. 
La composición; está concebida y dispuesta de una manera digna: 
es abundante sin ser confusa, y encierra mucha naturalidad en sus 
escenas, sin dejar de ser profundamente filosófica. £1 sanio, que, como 
protagonista del histórico drama y como sagrado héroe del cuadro, 
aparece en el centro de este, es una figura bella, en cuyo rostro 
80 vé pintada la mas profunda resignación y la fé mas sublime. To- 
dos los demás personajes parecen estar en movimiento, todos con- 
tribuyen á formar la unidad del armonioso conjunto, animados de 
una espresion unánime y verdadera. £1 rompimiento de gloria, que 
que con tanto acierto puso Roelas sobre la cabeza del mártir, es de 
muy bien efecto y concurre magníficamente á realzar la patética 
escena, que quiso representar. £1 colorido, el dibujo, la ejecución.... 
todo es bueno en esta obra que, sin embargo, á juicio de los inte- 
ligentes, no se puede llamar |)erfecta. 

Hay otros cuadros atribuidos á Roelas, entre ellos una Concepción; 
pero es cuestionable que realmente procedan de su pincel. £n seme- 
jante duda, solo diremos de tan digno maestro, qae, aunque no 
tuvo el genio de sus disipulos, su escuela formó pintores, y acaso 



4 H GLORIAS 

sin sus luces no habíeran existido, como eminentes artistas, los Ve- 
lazquez, Zurbaránes y Murillos. 

Otro de los pintores de mas nombradla y séquito, cuyas obras 
decoran el Mtiseo sevillano^ es indudablemente don juan de VALDés 
LEAL. Nació este insigne profesor en Córdoba, 4630, y murió en 
Sevilla, 4 691 . Las pocas obras suyas, que se conservan en el Museo, 
manifiestan la pictórica destreza de su fecundo y atrevido pincel. En- 
tre ellas sobresalen; un Calvario de naturales dimensiones; una Calle 
de la Amargura: una Asunción: una Concepción: dos pasajes de la vida 
de San Gerónimo^ cinco Sanios pintados en tabla, á saber: San Antonio^ 
Santa Catalina^ San Andrés^ San Antón y San Séastian: dos FraiUs: 
y el Bautismo de San Gerónimo, 

£1 gran defecto de Yaldés escelente pintor en cuanto cabe, con- 
sistió en tener demasiadas pretensiones, no sujetándose á las reglas 
que dicta la naturaleza y atrepellando por todo, con tal de lograr 
para sus cuadros un efecto sorprendente. En el deseo que le aque- 
jaba de parecer original, llegó tan al estremo, que, sin tener en 
cuenta la verdad histórica, vistió á San Gerónimo á la usanza espa- 
ñola del siglo XYU, anacronismo imperdonable en cualquier otro 
profesor; y mas digno de censura en Yaldés Leal. Sin embargo es 
de advertir que cuando hizo esto, solo contaba veinte años de edad. 
Apesar de sus defectos, cuenta bastantes glorias para inmortalizar 
su nombre, artista de tanto mérito, asi en España, como fuera de 
ella. 

FRANCISCO DE HERRERA, conocido outrc los piutores con el dita- 
mentó de el viejo nació en Sevilla, año de 4 576, y murió en Ma- 
drid, 4656. 

Este profesor, á quien tanto debe la escuela sevülana, tiene 
también algunos cuadros de mérito en el Museo. £1 principal re- 
presenta la Apotesis de san Hermenegildo cuadro celebérrimo, porque, 
según tradicionales relaciones, á él debió Herrera la vida y la hon- 
ra, referiremos 4a anécdota, por ser muy interesante. Cimentase que, 
habiendo sido acusado de monedero falso y viéndose por esta cau- 
sa reducido á prisión en el colegio de san Ilermenegildo, pintó en 
su prisión este gran cuadro. Cuando ya lo tenia concluido, so- 
brevino la llegada de Felipe lY á Sevilla, teniendo el preso la di- 
cha de que viese el cuadro aquel monarca, entuiiasta apreciador 



DE SEVILLA. 445 

y protector de los buenos artistas. Admirándola belleza de tal obra, 
qaiso el rey informarse de la suerte del autor, y al saber que 
se hallaba encarcelado por monedero falso esclamó» quien pinta cua- 
dros como este, no á menester fabricar moneda, para ser poderoso, 
SQ mejor moneda son sus pinceles.» Al momento dispuso que le res- 
tituyesen la libertad, sin servirle de nota la prisión sufrida. Las 
artes, con semejante acto de justicia recobraron un genio, la escueía 
sevillana uno de sus mas distinguidos maestros, y el Rey Poeta, al 
menos esta vez, mereció el dictado de grande. 

La Apoteosis de san Hermenegildo es un cuadro de mucho efec- 
to: su composición rica de emociones, de pensamientos y fantasías 
sublimes, tan hábilmente dispuesta, como ingeniosamente concebi- 
da. Aparece el santo en luminosa nube rodeado de espíritus an- 
gélicos, que ostentan las insignias emblemáticas ó simbólicas del mar- 
tirio, coronando al monarca sevillano un esplendente coro de se- 
rafines. La figura del héroe e^ gallarda, gentil, airosa y noble: 
su semblante está lleno de fervor religioso y de espresion dulcísi- 
ma animado. En la parte inferior se ven en primer término dos 
reyes y dos arzobispos: aquellos están arrodillados y al parecer lle- 
nos de asombro, de indefinible estupefacción: estos poseídos de ad- 
miración profunda y deliciosa. Los reyes personifican á Leovigildo 
y Recaredo: los arzobispos á San Leandro y San Isidoro. Las di- 
mensiones de este lienzo son verdaderamente colosales. El colori- 
do es brillante, vigoroso, terso, fluido. Otro cuadro de menor mé- 
rito, aunque de tanta nombradla como el precedente, es la Apoteosis 
de San Basilio^ debida al mismo autor. Su composición es abundan- 
te, pero algo confusa. El colorido tiene tanta fuerza como el de 
san Hermenegildo: pero la entonación del claro-oscuro carece algún 
tanto de armenia. El dibujo es nervioso: pero algo descuidado. 

Francisco de Herrera, el rtV/o, tiene la imperecedera gloria, en 
los pictóricos anales, vinculada, de haber contribuido entre los pri- 
meros genios creadores, á la inauguración de la escuela naturalista^ 
que tan célebres triunfos alcanzó en manos de los Velazquez y Mu- 
rillos. 

También encierra el Museo algunas producciones del sapientí- 
simo PABLO DE CÉSPEDES, famoso íugenio cordobés, pintor y poeta 
sublime, que deif ues de haber estudiado las principales obras del in- 



446 GLORIAS 

mortal Miguel Angelo y de otros celebérrimos artistas, haciendo tan 
admirables como rápidos progresos eo Italia, volvió ásu patria con 
inmenso caudal de conocimientos para la enseñanza de la joven- 
tud, hermanando el divino arte de la pintura con todos los demás 
ramos de las ciencias. 

Los dos lienzos que de este profesor guarda el museo, representa 
una cena y un Salvador. £1 primero ostenta considerables dimensio- 
nes; sus formas son grandiosas y valientes: su colorido brillante, 
y su estilo maduro. La composición está dignamente concebida: to- 
das las figuras contribuyen á darle unidad perfecta, notándose qae 
Céspedes habia comprendido profundamente la filosoña de la pm- 
tura. 

Supo comunicar cierto carácter de orijinalidad sorprendente, á 
un argomenti) tan conocido y (digámoslo asi) tan manoseado por 
otros. En la cabeza de Jesucristo se echa de ver cierta melanco- 
lía dulce y apasionada, que revela desde luego al hijo del Hombre, 
pronto á morir por los pecados del mundo; en las cabezas de los 
apóstoles se advierte una variedad de afectos prodigiosa, pintándose 
en unos la admiración, el asombro en otros y una amarga tristeza 
acompañada de sobresalto y zozobra, en los semblantes de los mas 
al escuchar las últimas proféticas palabras del Divino Maestro. Ilas- 
ta en el rostro del traidor Judas, hay ya una tinta de remordí- 
miento y de aquella desgarradora desesperación que lo condujo al 
suicidio. 

El Salvador es un cuadro de vara y media de alto y una de 
ancho. La cabeza del Hombre-Dios no puede ser mas notable, in* 
teresante, divina, como suya, apareciendo velada de un suavísimo 
tinte ó apasible sombra de dulce melancolía, que infunde ternura 
y cautiva la imaginación. Lascarnos tienen una morvidez estraor- 
dinaría, y sus manos están primorosamente dibujadas. Este cuadro 
perteneció á un convento, donde le quitaron parte de su mérito, 
dorando ridicularmente, en imitación de las tablas bizantinas, el 
primitivo manto y la túnica del Salvador. Apesar de semejante dis- 
fraz, es una de las obras, que bastan para eternizar gloriosamen- 
te el nombre de un artista. 

£1 célebre alovso gano nació en Granada, 1601; donde murió 
en 1667. Fué discípulo de Juan del Castillo, á qlí^n logró aven- 



DE SEVILLA 417 

lajar en su obras, poseyendo además, pero en grado de perfección 
estraordiuaria, la escultura y la arquitectura. 

£1 Museo Sevillano no posee, desgraciadamente, otra obra soya 
que un cuadro de Animas, poco notable/ Como escultor lo hemos 
citado antes diferentes \eces. 

Juan del castillo, maestro del precedente, nació en Sevilla, 
4584; murió en Cádiz, 4640. Entre los cuadros que le debe el Mu- 
seo sobresalen: una Aunnciadon: un Nacimiento: una Adoración de los 
Reyes: una Visitación: y sobre todos una Coronación de nuestra Señora. 
Castillo tiene menos celebridad que los anteriores, en el catálogo 
de los artisla nacionales. 

JUAN DE VÁRELA, díscipulodc Roclas, y pintor sevillano, merece 
particular mención, aunque no contenga el Museo mas que una sola 
de sus reputadas producciones, en un famoso lienzo representando 
la memorable y casi increíble batalla de Clavijo, donde el apóstol 
Santiago (que, según lo pintan, debió ser espadachín) se descuelga en 
persona haciendo trizas con espadón de celestiales fraguas al poderoso 
ejército agareno, sin dejar titere con cabeza en los innumerables pelo- 
tones de la aterrada y desbaratada morisma. 

Tales son, en rápido bosquejo ligeramente característico, los ar- 
tistas de mas nota, cuyas obras dan valor al naciente Museo de Sevilla. 
Sensible es que no posea lienzo alguno del inmortal Yelazquez de Silva 
(don Diego), cuyos asombrosos cuadros son el orgullo de España, 
y constituyen uno de los mejores ornamentos, que enriquecen el 
Mu^eo de Madrid. La Corte puede envanecerse con poseer tan admirables 
obras, dignas de la capital, metrópoli de dos mundos; pero no 
puede disputar á Sevilla la alta gloria de haber engendrado en su he- 
roico seno un ingenio tan esclarecido, un artista como Velázquez, cuyo 
pecho ennobleció Felipe IV condecorándolo por su propia mano. 

Tampoco hay en el museo cuadro alguno de Francisco Pacheco, 
maestro de Velázquez. Entre los pintores de segundo orden figuran 
los hermanos Polancos y Bernabé de Ayala á quienes se ¡atribuye 
un Apostolado, Hay también algunos cuadros de Andrés Pérez, Juan, Si- 
món Gutiérrez, Alonso Miguel de Tovar, Francisco Meneses, y otros pin- 
tores, qué vivieron en la época de la decadencia á que desgraciada- 
mente vino la escuela sevillana. Aunque no carecen de mérito en su 
liuea, tampoco reúnen la circunstancia de ser muy notables, para 

4o 



118 GLORIAS 

individualmente eiaminados. No asi an famoso discipulo de Marillo, 
que por su condición, su estraordinario ingenio y hasta por las cir- 
cunstancias particulares de sq vida, hizose admirar de los inteligen- 
tes. Tal fué SEBASTIAN GÓMEZ, mas conocido por el Mulato de 3furilh. 
Cuéntase, que ocupado este gran profesor en pintar una Virgen, 
y habiendo salido de su estudio con todos sus discípulos,[quedose so- 
lo Sebastian, quien animado poc un sentimiento ó impulso irresistible, 
cogió la paleta y se atrevió á seguir pintando en la admirable ca- 
beza que tenia dibujada Murillo. Cuando este volvió, llenóse de sos- 
presa al reparar en creación tan bella, sabiendo bien que no era de- 
bida á su mano. Al cabo de algún tiempo, empleando ruegos y 
amenazas, llegó á saber quien osado á tanto; y desde aquel momen- 
to amó Murillo á su mulato con el cariño de un padre. Sebastian, 
que poco antes solo se ocupaba en moler colores, fué proclamado 
como artista insigne. Vivió largo tiempo en Sevilla, cmncidieudo su 
muerte con la de su protector y amigo, en 4682. 

El Museo posee dos lienzos de este genio, artista impromado , 
cuya educación desgraciada le impidió alcanzar los triunfos á que 
le destinaba la naturaleza. La Vision de Santo Domingo y el San 
José del Mulato, son obras que manifiestan su genio creador, que 
suplía la falta de instrucción, adivinando prodigiosamente con la supe- 
rioridad de su inspirado talento, cual si fuérale dada infusa ciencia. 

También posee el 3Iuseo Smllano algunas tablas de escueta tto/tana, 
debidas al célebre profesor francisco frltet, que abundan en belle^ 
zas artísticas de primer orden. La tabla de mayores dimenciones re- 
presenta un Calvario^ obra mirifica así en su conjunto, verdadera- 
mente grandioso, como en sus detalles no menos dignos y felices. Las 
otras dos tablas representan, por un lado, una Calle de la amargura, 
y un Descendimiento; por el otro, una Virgen de Belén y un San Bernardo. 
Todos estos magníficos cuadros, al parecer inmejorables, correspon- 
den á la celebridad y merecida gloria de su autor, quien, ayudado 
del famoso Pedro de Campaña, ejerció, según los inteligentes, bas- 
tante influencia en algunos genios de la Escuela Sevillana. 

Por último, existe en el Museo de Pinturas un portentoso cuadro 
de escuela flamenca^ debido al célebre martin de vos, que representan 
el Juicio Final, y baste por sí solo para acreditar á su áulor 
de artista muy escelonte. Familiarizado con la leclura de la Divina 



DE SEVILLA. Mí) 

Comedia del Daníe, cayo digno intérprete fué, concibió pmfuudamente 
la grande epopeya, qne se proponía trasladar al pincel, logrando que 
este la trasmitiei^e á la tabla, de inmejorable manera. 

Todo cuanto pudo crear una imajinacíon riquísima y fecunda, 
inspirada por el entusiasmo religioso y filosófico de su época, to- 
do se encuentra reasumido, prodigado, derramado, en el maravi- 
lloso cuadro del /«teto final. Allí la gloria con sus celestes espíritus, 
con sus incomprensibles fruiciones, con la intuición beatifica de la 
Divinidad, que nunca sacia en su delicia inmensa; allí, como espan- 
tosa contraposición de inesplicable efecto, el tenebroso báratro 
profundo, el bondo inñerno con sus lagos ígneos, con sus cavernas, 
lóbregas, sombrías, con sus ríos de sangre, con sus ruedas de hier- 
ro candente, donde son despedazados y sin cesar reproducidos, 
para serlo de nuevo eternamente, los abuyantes precitos, á quienes 
ya ni aun resta por consuelo un minimo vislumbre de esperanza.,. 
Si tratásemos de describir minuciosamente cuantas concepciones en- 
cierra el Juicio final^ propias de la mas elevada poesía y desempe- 
ñadas por diestro pincel, únicamente alcanzaríamos á rebajar su in- 
calculable mérito. Es necesario verlo, es fuerza examinarlo, para 
admirar con fruto sus bellezas. Tiene, 'si, mas de ideal, que de ver- 
dadero, mas de fantástico, que de real y positivo; tal vez contri- 
buye á fanatizar, como el alma condenada que sacaban á relucir con 
sorpentifero adorno los frailes de las misiones, cuyo rígido ascetismo 
y furibundos apostrofes al siglo civilizado^ nos helaban de terror^n 
la candorosa infancia, viendo á los citados padres moverse como ener- 
gúmenos en pulpitos al aire libre y calumniando al infinitamente 
misericordioso señor, que nunca fué, ni es, ni será verdugo de ius 
criaturas^ ni atormentador implacable^ como se desprende del flamen- 
co cuadro y de las cáusticas predicaciones, que ya no volveremos á 
oír, merced á la esclaustracion de los consabidos fanáticos. 

£1 colorido de tan imponente cuadro, es bello, pastoso, brillan- 
te. Por lo demás, la esperiencia nos ha demostrado, que no es 
posible verlo sin esperimentar en lo intimo del corazón emociones 
profundas, terribles y duraderas. 

Otras obras de autores estrangeros contiene el museo sevillano, si 
bien no son de tanta monta como las indicadas. Pasaremos ahora á 
las esculturas. 



420 OLOKIAS 

Pocas son las que posee éi museo, pero escelen tes, superiores, per- 
fectas. Todo el mundo tiene noticia, por ejemplo, del san Geróni- 
mo de Torregiano, cuyo nombre se pronuncia con yeneracion y no 
sin recordar su inmerecido lamentable infortunio. Este célebre ar- 
tista florentino, discípulo, rival y enemigo de Michael Angelo, fué 
una délas innumerables victimas sacrificadas por la infernal inquisición, 
muriendo en la de Sevilla, cuando prometía aun largos dias de glo- 
ria para las artes. Vergüenza es decirlo: pero nadie duda que la 
causa de su muerte fué la sórdida é indisculpable avaricia de un 
opulento magnate sevillano. 

Habiéndole encargado á Torregiano los monges de san Geróni- 
mo de Buena- vista una virgen de Belén, la sacó tan sumamente 
perfecta, que prendado de su belleza el duque de Marcos quiso te- 
ner de su mano otra estatua semejante. Hízola, en efecto, -el ar- 
tista; y el misero duque le dio por su trabajo la insignificante can- 
tidad de treinta y cinco ducados en maravedises. Abultaba esta 
moneda mas de lo que Torregiano podía prometerse, y salió muy 
satisfecho del palacio ducal: pero después que en su casa contó la 
suma dada en retribución de sus esfuerzos, volvió desesperado al 
palacio del duque y sin tener en cuenta sus amenazas, arrojándo- 
le el dinero, hizo mil pedazos la estatua de la virjen. Este ras- 
go algo violento , pero muy propio de su orgulloso y susceptible 
carácter, le acarreó la vengativa persecución del aristócrata, pro- 
duciéndole al fin la muerte. Acusado de hereje y aprisionado en 
los calabosos de la Negra Inquisición sin aire en que pudiera respi- 
rar libremente su genio, perdidas ya sus doradas ilusiones cayó en 
el mas profundo abatimiento y espiró el infeliz, en tierra estra- 
ña, abandonado de todos, en 4522. Algunos lo creen victima de 
ejecución secreta llevada á cabo por los verdugos del execrable tri- 
bunal, que tuvo la audacia de titularse Santo Oficio. 

Poco antes de ser preso, habia hecho el San Gerónimo, obra 
en que brilla deslumbradoramente su ingenio colosal. La estatua es 
de barro cocido y algo mayor que el tamaño natural. El famoso 
Goya al verla, no pudo menos de esclamar, que era la obra mo- 
derna de mas mérito admirada por él, en escultura. El erudito 
Cean Bermudez la describe asi: cEstá desnuda, á reserva del pu- 
bis y de la parte superior de los muslos que están cubiertos con un paño 



DES eviLLA. 421 

escelente, y en ana actitud sencilla^ descansando sobre Is^ rodilla iz- 
quierda puesta en el suelo, y sobre el pié derecho: tiene en la mano iz- 
quierda una cruz, que antes fué tosca y después han pulido, añadiéndole 
un crucifijo de poco mérito, y en la derecha un canto con que se hiere 
el pecho. Es muy difícil esplicar el gracioso y respetable aire de la ca- 
beza; el grandioso carácter y belleza de las formas, la gallarda si- 
metría, la devota y tranquila espresion, sin que la violente la fuer- 
za del golpe en el pecho, y la prudencia con que el artista ma- 
nifestó la anatomía del cuerpo, huyendo de la afectación de Bou- 
narrota en esta parte. Todo cuanto se vé en esta estatua es gran- 
de y admirable: lodo está ejecutado con acierto, después de una 
profunda meditación: todo significa mucho, y nada hay en ella 
que no corresponda al tc»do.9 £1 no menos erudito Amador de los 
Ríos, añade á lo dicho por Bermudez, estas brillantes y elocuen- 
tes frases: cEl San Gerónimo es una figura nerviosa y viril: aun- 
que demagrados por la maceracion y el estudio, no tienen sus mús-^ 
culos esa sequedad repugnante de la vejez, que hace vulgares las 
formas del diseño mas correcto: su presencia es tan dulce como 
su alma: su cuerpo está en estrecha armonía con su espíritu. — Tor- 
regiano, cuya vida inquieta y cuyo fin desastroso no pueden me- 
nos de interesar á las almas nobles, quiso dejar en esta bellísi- 
ma estatua una prueba de su gran talento y legó en ella á la pos* 
teridad un monumento, que ha merecido la admiración de los in- 
teligentes y será presentado como un modelo á los jóvenes, que á 
tan seductora arte se dediquen. = Lástima es que no se haya pen- 
sado en vaciarla en bronce, para ponerla á cubierto de cualquier 
contratiempo, que pudiera sobrevenirle por la fragilidad del barro.» 
También hay en el Museo algunas esculturas del famoso Juan Mar- 
tínez Montañez siendo las principales un santo Domingo penitente 
y un inestimable crucifijo. El primero está representando una 
estatua del tamaño natural, hincada de rodillas y desnuda has- 
ta la cintura, azotándose con cadenas de hierro. La cabeza está 
animada de una espresion eslraordinaria, viéndose brillar en ella 
el entusiasmo de la fé religiosa. No puede ser mejor la ejecución 
de tan hermosa obra: todo aparece perfectamente entendido, todo 
realizado con acierto. Pero es mas digna de elogio todavia la inte- 
resantísima figura del aucifijo: su belleza revela un ser sobreña- 



422 GLORIAS 

tural y divino: es la belleza del Dios qae vino al mundo á re- 
dimir al género humano con su preciosísima sangre. Monta- 
ñezy como artista do genio y de imaginación brillante, prepara* 
do con una meditación profunda, supo elevarse contemplativamente 
hasta concebir un tipo de naturaleza divina, exenta por lo tanto 
de las fragilidades humanas. Asi la cabeza del trucifijo esprime esa 
ternura indefinible, que llena de consuelo al espectador religioso, 
asi parece respirar su pecho á impulsos del amor que le mere- 
cen todas las criaturas redimidas, asi, en fin, campea en toda su 
dulcísima figura la gracia que difunde salvadora. 

k los lados de ambas estatuas {San Gerónimo y Sanio Domingo)^ 
están las cuatro VirtndeSy debidas á un tal Solis, discípulo de Mon- 
tanez, á quien ayudó en algunas de las obras, qué hizo su maes- 
tro en Sevilla. El tamaño de las cuatro es la mitad del na- 
tural, viéndose todas graciosamente modeladas. Fáltales empero, se- 
gún los inteligentes, esa verdad de imitación y esa grata espontaneidad 
que suelen caracterizar las obras del genio. Solis no habia na- 
cido en la esfera del genio; por eso el buen artista, con toda su apli- 
cación y su conocimiento de las reglas, no logró pasar de una insig- 
nificante medianía. 

Posee, ademas, el Museo algunos fragmentos estraidos de las esca- 
vaciones practicadas en las famosas ruinas de Itálica; pero la mayor 
parte de aquellos despojos, reliquias y vestigios, pertenecen á la 
época de la decadencia de las artes entre los romanos; por cuya 
poderosa razón ofrecen poco interés y escasa materia de estudio. 
Llama, no obstante, la atención un soberbio trozo de estatua colosal, 
no ha muchos años descubierto, cuyo magnifico ropaje es un cum- 
plido modelo de la mejor escultura. Con dificultad podrá encontrar- 
se una obra en que todo aparezca ejecutado con tal gusto, con tan- 
ta verdad y, acierto, como en este bellísimo fragmento; siendo muy 
sensible el no haberse conservado íntegra la estatua, que indudable- 
mente seria una de las mejores y mas espléndidas joyas de la es- 
cultura romana. 

Existían asimismo en el Palacio de las Artes, algunas estatuas, 
que pertenecieron al de Umbrete, contándose entre ollas Saiiros, Fau- 
nos y niños. Dichas estatuas, aunque no todas, figuran colocadas en 
la magnifica gloríela recientemente construida al frente de la puerta 



•I- 



- - it 



DE SEVILLA 133 

principal del Museo, y en cayo centro se vé uoa hermosa faente ' 
de surtidor, adomnda por un robusto niño de grotesca belleza. £1 
paseo es tan lindo como solitu'io, y por lo mismo triste, comuni- 
cándole cierta tinta melancólica el altísimo ciprés, qae en uno de sus 
áugnloe descuella. 




Sobre diferentes motívoi que honrAn i Sevilla. 




^■m 



^^^ft^ 



, abermosacapitalde AndalaciacayosMü- 
taosoa edificios abundan en DÚmero con- 
siderable, posee magníficos establecimieo' 
tos públicos, que barian honor á las ciu- 
dades mas renombradas de Europa. Acre- 
cenlándose y engrandeciéndose podero- 
samente de dia en dialos elementos de 
so lacfr, que tanto figuraron en lo anligao, osténtase hasta cierto 
panto émula, competidora, rival de la soberbia capital de España. 
¿Cuenta acaso Madrid con ese rio sarcado por bellísimos vapores, 
tan sólidos como capaces, tan raerles como grandiosos, siDgalarízán- 
dose peregrinamente sobre las aguas del Gnadalquivir, donde im- 
provisan artificiales bosques y namerosas naves de diversos países? Y 
en tal sentido? no podríamos decir que Sevilla aventaja ala cor- 
te, qne la Reina del Bétis sopera en deliciosas posesiones y aun 
deja muy atrás í la Señora del casi inexistente Manzanares? Y si 
este pobre río, siempre desnutrido de caudal acuático, calificado de 



DE SEVILLA. 125 

modesto por el buen ingenio de D. Juan Nicasío Gallego, pero en 
realidad semi-eshauto, arrastrándose lánguido y sin fuerzas, como 
un anciano tísico, ó como una serpiente desangrada; si este po- 
bre rio no puede abora compararse ni aun á la sombra del Gua- 
dalquivir ¿qué sería en los famosos tiempos de las sevillanas flo-^ 
tas, regresando bencbidas de raudales auríferos y esquisitos frutos 
americanos? 

Es verdad que el Manzanares ostenta puentes magníficos, co- 
mo pudieran ostentar sarcófagos ó mausoleos suntuosísimos, los ra- 
quíticos huesos de un esqueleto importado del Lilliput; pero de a- 
qui resulta, que semejantes monumentales ^obras bácen mas ridi- 
cula su ya incurable postración fluvial. Concedemos, no obstante, 
que el Bétis carezca de un puente digno, como lo merece tan fa- 
moso rio, llave inapreciable por abrir á Sevilla la comunicación ma- 
rítima con todos los puertos del mundo; pero también es cierto 
que se trabaja, años ha, en la construcción de otro paralelo al de 
barcas, y cuyos sorprendentes estribos de la mejor piedra, bastan 
para dar una idea de la prodijiosa fabrica emprendida. Una vez 
terminada la colosal obra de nueva comunicación entre Sevilla y 
su populoso barrio de Triana, ¿qué podrá envidiar la ciudad de 
Hércules, á las mejores de la península, marchando, como mar- 
cha constantemente, al no lejano apogeó de su restaurada gran- 
deza? 

Y ya que hablamos de ese rio de oro, pues él lo trae á Sevilla 

de tantos puntos del globo, no estará demás consignemos una de las 
antigüedades relativas á el, que seguramente Ogura entre las espe- 
cies mas remotas, ó bien del mayor número ignoradas. Según da* 
tos tradicionales de auténtica veracidad, un grueso brazo del antiquí- 
simo BéUs cruzaba la población, pasando por la Alameda, plaza de 
San Francisco y otros sitios, hasta encontrar salida donde hoy ra- 
dica la [puerta del Arenal; luego se unia con el otro brazo, siguiendo 
el rio su curso majestuoso, algo diferente del que hoy sigue, por 
haberse inclinado hacia la parte de Poniente, hasta mas a)lá de San 
Juan de Aznalfarache. 

Decíamos río de oro, y no hay motivo para retractarnos, pues no 
solo abre inmenso campo al comercio marítimo, surcándolo innume- 
rables buques de lodos porte/, unos con cargamentos de todas cla- 

16 



4 ¿6 GLORIAS 

SOS, Otros qae yíenen á surtirse de diversos artículos mercantiles; 
sino que en sus gallardos y ostentosos vapores llegan diariíimente 
forasteros y estranjeros ricos, ora por sus negocios, ora atraídos por 
la universal nombradía de esta antigua metrópoli española. Y es de 
advertir, que cuantos pisan el encantado suelo de Sevilla, no pueden 
ya ausentarse sin recorrer como embebidos sus vastas dependencias, 
fecundas en primores de todo género, admirando las infinitas pre- 
ciosidades atesoradas en su seno de reina poderosa. No se crea que 
únicamente aludimos á las invaluables y esplendosas maravillas arti»* 
tiscas; pues también hacemos referencia al escelente é inmejorable 
trato que los transeúntes reciben en tan bella capital. Mi están, para 
que nadie pueda desmentirnos, sus bien servidas fondas con lujosas 
estancias, con opíparas mesas, cocineros selectos (culinariamente cienti- 
fieos)^ diligentes y respetuosos criados. Ahí están sus grandiosos cafes, 
que revelan la opulencia del pueblo sevillano, capaz de sostenerlos 
frecuentándolos, donde abundan los magniflcos espejos de cuerpo 
entero, las mesas de mármol blanco y de colores, los costosos y tersos 
pavimentos de admirable lisura y limpidez, los lindísimos azulejos 
varicoloros, las elegantes lámparas broncinas, en estremo vistosas y 
lucientes; con otros muchos adornos á la verdad espléndidos, cual sí 
de regias estancias se tratase. Añádase á lo dicho, el obsequioso 
esmero y diligencia con que sirven los apuestos mozos, que por 
cierto no escasean, aventajando en atención y modales á los sirvientes 
de la corte; según parece reconocido por los viajeros aficionados á 
comparaciones de esta clase. 

Ño brindan menos por su magnlfícencia los teatros, sobresaliendo 
en grandiosidad el de San Fernando, fábrica ostentosa, modernamente 
levantada en el mismo sitio que ocupó un vetustísimo hospital, cuyo 
desagradable aspecto entiistecia las inmediatas calles de los Colchen» 
y Lombardos. Semejante local consagrado á la escena (verdadera 
escuela de las costumbres, siendo bien dirigida,) quizá aventaje en 
espaciosidad y estraordinarias dimenciones á todos los teatros de 
España. Pero desgraciadamente no llena las condiciones de su be- 
neficioso instituto, al menos en la actualidad, por carecer Sevilla 
de compañía dramática á propósito para las grandes miras, que desde 
luego arrojad pensamiento creador, 

Entre las varias distracciones que ofrece esta gran capital, ade- 



Dfi SEVILLA. 127 

más de los cafés, teatros y paseos, de todo lo cual, aunque ligera- 
mente, hemos hablado, hay otra interesantísima, y en nuestro con- 
cepto la mas útil, cual es la de poder instruirse con la amena é ilus- 
tradora lectura, durante cuatro horas diarias (no contando por su- 
puesto los dias festivos) en la copiosa y bien montada Biblioteca de la 
Universidad. 

Increíble y maravilloso paí^ece que, en men^s de seis años, el 
infatigable celo de unos esclarecidos jóvenes cuya ilustración corre 
parejas con su sorprendente laboriosidad, haya llegado á reunir 60,000 
TDlúmenes, todos útiles, revisados, ordenados, colocados, numerados 
é inclusos en índices, conteniendo lo mas selecto entre las obras de 
fondo escritas hasta fines del siglo anterior. 

Hay gran copia de crónicas, historias particulares de obispados, 
provincias, ciudades, casas distinguidas, familias poderosas, personajes 
célebres por varios títulos ó conceptos &c.^ Abundan los clásicos espa- 
ñoles, griegos y romanos: riquísimas ediciones de los Padres de la 
Iglesia, asi griegos como latinos, ó de Oriente y Occidente: una 
magnifica colección de biblias en distintos idiomas y de diversas edicio- 
nes, entre ellas tres poliglotas: muchos bularlos y colecciones de 
Concilios generales, nacionales y provinciales: otra colección de espo- 
sitores de la Sagrada Escritura: casi todos los glosadores y comen- 
tadores del Derecho Canónico y civil: considerable número de fueros 
y códigos, tanto generales, como particulares; obras de historia, viajes, 
poesía antigua, filosoUa, retórica, arqueología y especialmente numis- 
mática, agricultura, bellas-ártes; gramáticas, diccionarios, opúsculos, 
manuscritos &c. &c. &c. 

Además del índice general de autores, en que van á refundirse 
lodos los primitivos, se Irabaja sin descanso, con la mayor escrupulosi- 
dad é inteligencia, en redactar otro importantísimo, por orden de 
materias, que, después de concluido, será un copioso é inapreciable 
diccionario enciclopédico, sumariamente abarcadorde cuanto encierran 
los sesenta mil volúmenes citados. 

Tan brillante como útil establecimiento, el tercero de su clase 
en España, se debe á la perseverante aplicación y ciencia de unos 
«uantos entusiastas por las glorias de su .Patria; figurando 
dignos de especial mención los dos bibliotecarios, 1.** y 2^, á saber: 
el Doctor y profesor agregado en Jurisprudencia, D. Ventura Caraacho 



1 28 GLORIAS 

y Carbajo; el Doctor y profesor agregado en Teología, D. José Mateos 
Gago. Los demás empleados, que son pocos, muy inteligentes, activos 
y finos, se desvelan por servir al público. 

Después de todas las noticias consignadas hasta ahora, omi- 
tiendo otras, muchas, como de menos valer, solo nos falta exami- 
nar las interesantes galerías pictóricas de los cokcctonúlo^ sevillanos. 
Sin embargo, no pasaremos en silencio que existe aqui desde 1847 
una gran fabrica de Cápsulas y escuela de Pirotecnia Jfilitar^ situa- 
da al estremo del barrio de San Bernardo, en linea recta de la 
puerta de San Fernando, sitio denominado la Enrramadilla. La des- 
cripción de tan útil establecimiento, la de sus muchas máquinas, 
particularidades y dependencias, el análisis de los importantísimos 
trabajos, que allí con el mayor orden, tino, concierto y precisión 
científica se operan, requieren numerosas páginas, que sentimos no 
poder consagrarle. Se ha establecido á consecuencia de Real or- 
den, y en vista de los planos presentados por la comisión de je- 
fes y oficiales de artillería, que \iajan por el estranjero, con glo- 
ria y aprovechamiento de su patria. 

Produce el clima de Sevilla cierto genio especialisimo para la 
pintura, y es tan general en sus naturales la afición áesta clase de 
trabajos artísticos, que casi todas las casas se ven adornadas de 
cuadros ó lienzos pictóricos. Abundan igualmente las esculturas del 
mejor gusto, no solo denotando la antigua opulencia de estos mo- 
radores, sino también el singular esmero, el asiduo cuidado y la 
entendida laboriosidad con que se fomentaron tan útiles .estudios, 
fecundos siempre en rápidos progresos. 

Cuando Sevilla tocó á su mas alto grado de esplendor, refle- 
jándose florecientisimo estado de su universal comercio, la pintura fué 
por mucho tiempo el arte predilecta, que llegó á dominar como 
inclinación poderosa. Favorecido el genio bajo los auspicios de la 
riqueza, que muníficamente recompensaba sus prodigiosos esfuerzos, 
vetase también animado por el estimulo del buen gusto, en aque- 
lla época estensivo al mayor número de los habitantes. Llegaron 
á reunirse en esta capital los mas distinguidos profesores de todas 
artes, que tanto lustre dieron á su patria, esmerándose á porfia 
en perfeccionar sus talentos, ya por amor á la gloria, ya por la 
honrosa emulación consiguiente. 



DE SEVILLA. 429 

Formáudose la Escaela Sevillana bajo tan recomendables auspicios, 
multiplicáronse y cundieron por todas partes sus brillantes obras, 
para hacer las delicias y el recreo de las personas de esquisito gubto, 
que constantemente se empleaban en dichas artes, para dar mayor 
impulso á sus felices adelantos. De aqui el haberse generalizado la 
afición á las bellezas artísticas, y el afán de todos por llenar sus 
casas de obras maestras, que fielmente trasmiten desde siglos la repu- 
tación y memoria de aquella venturosa época. 

Es de advertir, empero, que no fueron la pintura y escultura, 
con sus tradiccionales resultados prósperos de tangible relieve, las 
únicas artes felizmente cultivadas por los naturales de Sevilla. Dedi- 
cáronse también con laudable constancia á la bella literatura, y 
muy especialmente á la poesía, constituyendo una sublime escuela, 
que asi por su dicción elegante, fluida, rica y sonora, como por la 
elevación pindárica y la grandiosidad épica de sus conceptos, ha llama- 
do y llamará siempre la atención de los inteligentes en la restauración 
del buen gusto. El principal fundador fué el insigne Fernando de 
Herrera, llamado por sus contempiráneos, el divino; y para decir 
escediéran los talentos andaluces á lo mejor que habia entonces en 
España, baste recordar pertenecieron á ella, además del Ínclito Herre- 
ra, los célebres Arquijo, Jáuregni, el tierno y delicado Rioja y otros 
muchos ingenios sevillanos. Las admirables obras poéticas debidas á 
la Academia particular de letras humanas, que se formó en esta ciu- 
dad á fines del siglo pasado, honraran siempre á sus autores; á Sevilla 
y á España, mereciendo un lugar distinguidísimo entre las grandezas 
de la Capital y de la Monarquía. 

Pero volviendo á la pintura, es fuerza confesar su lamentable 
postración, consiguiente á la decadencia mercantil y falta de caudales, 
paralizándose los rápidos progresos obtenidos en pocos años, desa- 
pareciendo los grandes maestros, acabándose el provechoso estimulo 
y originándose,finalmenie, la corrupción del buen gusto, á que debieran 
las artes su deslumbrador incremento. Los mismos particulares que con 
tanto esmero las fomentaran, empezaron á desprenderse de aquellas 
obras célebres que constituían el principal adorno de sus casas. Estra- 
jéronse infinitas pinturas remitidas á distintos puntos permaneciendo 
intactas solamente lasde los templos y edificios públicos, ó las de algunas 
ilustradas personas, que muy particularmente apreciaron conservarlas. 



430 GLORIAS 

No obstante, habiendo vuelto á renacer en este siglo, con el buen 
gusto, la prístina afición á las obras pictóricas, regelada (digámoslo 
asi) por algún tiempo; se ha visto y se vé prosperar rápidamente 
el arte entre los sevillanos, con la institución de academias públicas 
y la protección que el gobierno dispensa á los artistas de relevante 
mérito, en cuanto llegan á sobresalir. Nótanse además otros elemen* 
tos fomentadores de la afición artística predominante, como son las 
mochas personas que en particular la protegen, impulsándola por 
cuantos medios pone la riqueza én sus liberales manos, para gloría 
del pais bellísimo, que tales ingenios crea y tales Mecenas remu- 
neradores produce. Con semejante protección estimuladora de los 
genios, no hay duda que volverá Sevillaá disfrutarreproducidos los her- 
mosos tiempos desús mejores obras, admiración de nacionales y estran- 
jeros, poniendo todo su conato, aplicación y estudio en evitar una 
sensible recaida, que seria la muerte de las artes. Afortunada-- 
mente la esperiencia y los tristes desengaños subseguidos al 
descrédito inaugurado en el siglo XVII, son motivos suficientes para 
que, temiendo retrasarse ó retrogradar un solo paso en el camino 
de la perfección, ultimen incansables sus esfuerzos los pundonorosos 
hijos de una patria aleccionada ya por muchos años de aciaga deca- 
dencia y de infortunio. 

Hay por consiguiente en esta ciudad muchas personas de acen- 
drado gusto, que reúnen en sus casas colecciones selectísimas de 
pinturas debidas á los autores mas célebres de la escuela española 
y eslranjera; proporcionando encantador recreo á todos los aficionados 
y viajeros inteligentes, que por Sevilla pasan; sirviendo al mismo 
tiempo de emulación y á estudio cuantos se desvelan por aprender 
el arte á imitar á los grandes maestros, sobre cuyas huellas ambi- 
cionan lucirse. Aun quedan, si, en la Capital de Andalucía, inapre- 
ciables restos de aquellos depósitos preciosos, aunque infinitos cuadros 
suyos hayan ido á surtir y poblar los mejores y mas ponderados 
Museos de Europa. Existen todavía en muchas casas particulares, 
y se conservan en el mejor estado por el esmero é inteligencia de 
sus poseedores, lienzos de gran valor, muy afamados, coya sola y 
simple nomenclatura, á estilo de catálogo, bien pudiera llenar algu- 
nos libros. Sentado este veridico precedente, pocos serán los cuadros, 
que nos sea posible mencionar; pero bastante para dar una idea 



DE SEVILLA. 131 

de ta inmenfia riqueza artística, que atesoran las casas de tan her- 
mosa ciudad, fecunda en hijos ilustres, cayo genio nativo para las 
arles, mereció, merece y merecerá ser profusamente recompensado 
con española monificencía, con sevillana esplendidez. 




mj '^ts t^ 



Galería I parllculareí de Pinturas. 




'^^ I -^ mpezaremos nuestra difícil tarea por la 
^ ^ Galería mas rica de Sevilla, perteneciente 
V'^ al Sr. 0. Aniceto Bravo, según el eru- 
dito é inteligentísimo publicista Amador de 
los Ríos, á quien otras veces hemos citado 
ya con todo el entusiasmo que nos infun- 
den sus adtni rabies obras. 

La magnifica y esplendorosa coleccioD 
artística del señor Bravo, cuya reconocida superioridad puede com- 
petir con no pocos Museos de primer orden, exhible hasta ocfao- 
clentos cuarenta cuadros. Entre ellos se cuentan muchos de las mas 
célebres escuelas nacionales y estranjeras; pareciéndonos oportuno 
comenzar los trabajos descriptivos por ta sobresaliente y deslumbra- 
dora escuela Sevillana, que reúne trescientos setenta y siete. Mas 
como se necesitaría mucbos pliegos para analizarlos debidamente, 
haremos una breve reseña de los principales, figurando en primer 
término tas obras del inmortal Mwilh. Entre ellas se distinguen 
por su mérito y especialísima gracia, el origen de /ayinfura, vulgar- 



DE EVILLA. 133 

mente llamada cuadro df'/(U5om(ra«. Representa an joven delineando 
en la pared la sombra de otro: á la izquierda del espectador se ve 
además un lindo paisaje y un grupo de figuras, sumamente animado. 
£1 conjunto arrebata: su colorido es bello y pastoso: su ejecución sor- 
prendente é inmejorable. 

Sigúese un cuadro de Animas^ que enternece y ^ace llorar, no 
sin pedir el corazón misericordia al Supremo Juez. En la parte 
superior aparece Jesucristo, coronado de gloria, sobre un trono de 
nubes refulgentes, asistido de su Eterno Padre, del Espiritu-Santo, 
de la Virgen, de S. José y de S. Francisco. En la inferior las 
ánimas del purgatorio, con rosarios y escapularios al cuello, algunas 
sacadas por mano de ángeles, otras á medio salir, todas indicando 
con suplicantes ojos y humildes ademanes el ansia natural de verse 
libres, como que en llamas vividas ardiendo, no puede dominarlas 
otra idea. El colorido del cuadro es jugoso y trasparente: las figuras 
están dibujadas con suma corrección y naturalidad: la entonación 
del conjunto no puede ser mas vigorosa y llena de armonía. 

Ko parece menos digno de ponderación encomiadora otro lien- 
zo, que representa á Sania Ana dando lección á la Virgen. Todo él 
está pintado con tanta gracia, como propiedad y soltura, advirtiéndose 
mucho de espontáneo y no poco de inspirado en semejante delica- 
dísima obra. La cabeza de Santa Ana es muy noble, pero en la 
de Nuestra Señora se vislumbra una suave melancolía, que revelando 
desde luego su inmaculada naturaleza, sirve como de preludio á los 
grandes é inefables misterios para que la reserva el Supremo Hacedor. 

Admirase después una Sania Rosa^ mirando con fervor al Hijo 
del Eterno ¡que entre célicos resplandores se le aparece. Hay un 
rompimiento de gloria con cinco cabecitas angélicas primorosas. El 
dibujo es correcto, el colorido suave y delicado: la composición 
lindísima y acabada con toda la perfección de que figura susceptible 
el arte. 

El San Diego de Alcalá, es un bellísimo cuadro que respira unción 
religiosa. La figura, del tamaño natural, está diseñada con notable 
verdad de movimiento y corrección, produciendo un efecto admirable. 
El San José es compañero del San Diego de Aleda; lleva de la mano 
al Niño-Dios. Murillo anduvo atinadísimo en la ejecución de ambos 

lienzos. 

17 



134 6L0RUS 

Por el mismo estilo, sí no temiéramos aparecer difusos, podríamos 
ir describiendo otros cuadros del mismo autor, en sus mejores tiem- 
pos, que n«>s limitaremos á enumerar, entresacados como muy 
selectos. Tales son: una Anunciación: un San Hermenegildo: un San 
Fernando: otro San Diego de Alcalá: un San Francisco de Paula: un 
San Agustín: otro San Fernando: un Retrato de D. Diego Ortiz 
de Zuñiga y otro de D. Justino de ÍVVO0, autor aquel de los Anales d$ 
Sevilla y protector este de Murillo: otro San Diego de Alcalá sor- 
prendido por el Guardian, cuando estraia del convento ciertos panes 
para los pobres: el pan se vé ya convertido en rosas, sobre la fal- 
da del hábito: cuyo milagro del Altísimo lo libertó de las amones- 
taciones de su atónito superior, dándole además permiso para seguir 
en los ejercicios de tan laudable caridad. Esta joya artística nos 
parece la mejor de cuantas adornan la galería del Señor Bravo; 
cuanto mas se la contempla, mayor admiración infunde. También 
son obras de gran mérito, aunque inferiores á la precedente, una Coa- 
cepdon: otra Santa Ana, dando igualmente lección á la Virgen: un 
cuadro conocido por El Piojoso: otro de La Frutera: varios ángeles 
adornando al Divino Cordero: El ángel libertando á San Pedro^ de las 
prisiones: el retrato de D. Juan Federiqui, Arcediano de Car mona, que 
aparece en el ataúd, y finalmente una interesantísima Doloroso. 

Los principales lienzos que del inimitable D. Diego ^^elazquez^ 
el gran pintor de Felipe lY, posee la Galería del Señor Bravo, son 
las siguientes: un pais que representa la Cruz del Campo, visitada por 
los fieles en Viernes Santo: otro pais con varios ladrones robando uh 
bodegón grande: un San Gerónimo: dos retratos uno de Señora y otro 
de Caballero con la insignia de Santiago: un filosofo: un ¡nacimiento: 
una adoración de los Jleycs: una vista de Sevilla^ desde Triana: el re- 
trato de una vieja^ que dicen fué la cocinera del mismo artista: una 
figura de academia; y otras varías obras de inferior mérito, que qui- 
zá pertenezcan á los discípulos, de tan esclarecido maestro. 

Envidiable es ciertamente la fortuna que ba tenido el S. D. 
Aniceto Bravo de reunir tantos cuadros de Velazquez, cuando ni 
en el Museo, ni en otras colecciones existe alguno, que razonable- 
mente puedan ser tenidos por creación de aquel autor. Escnsado pa- 
rece advertir que todos los mencionados figuran dignos del subli- 
me pincel, que á tanta altura supo elevar la pictórica ciencia. 



DB SEVILLA 135 

También posee dicho, Sefior bastantes obras del célebre alonso 
GANO, cuyo mérito y nombradía livaltzan con la fama y el talen- 
to de los anteriores. Las principales, en nuestro juicio, son: dos 
Magdalenas^ una de rodillas y otra sentada: un San Juan Bautista 
un San Francisco de Asis^ de cuerpo entero: otro idem^ de medio 
cuerpo: un San Juan de Dios: un San Agustín con capa pluvial: otro 
San AgusHn con hábitos negros: un San Antonio de Padua^ predi- 
cando á los peces desde la orilla del mar: una Virgen de Belén otra Vir- 
gen de la Espectacion: un San Esteban: un Niño-Dios^ tejiendo la corona de 
espinas: otro Niño-Dios, con atributos de la pasión, y un Jesús de la 

columna. 

Tales son los principales cuadros de Alonso Cano^ que hay en esta 

preciosa Galería, no sin razón atribuidos á tan famoso artista , por 
su relevante mérito. Pero el mas poético de todos, es indudable- 
mente el San Antonio de Padua^ tan bien caracterizado por el fun- 
dador de la escuela granadina. La figura del santo que aparece 
á la orilla del mar, es muy noble y esta poseída de una espre- 
sion tierna: la del lego acompañante, manifiesta el espanto y ad- 
miración consiguientes á la vista del increíble prodigio operado, ha- 
llándose nada menos que ante un auditorio de inmóviles y silen- 
ciosos peces, cuya atención y recogimiento edifican. La entonación 
de todo el cuadro es armoniosa: el colorido vigoroso y dulce al 
mismo tiempo. 

Hay asimismo diferettes obras ejecutadas por el valiente pincel del 
melancólico discípulo de Roelasi zürbarat^. Las mas notables son : dos 
magníficos lienzos de colosales dimenciones, que representan uno 
al profeta Elias arrebatado en el carro de fuego^ y otro al mismo santo 
personaje confortado por un ángel en el desierto: la Santa Faz: una 
Concepción: ¡ot Desposorios de Santa Catalina: un Salvador: otra Con- 
cepción: un San Juan: una Dolorosa. una Santa CaMa: una Santa 
Inés: un retrato del venerable Osorio, 

Contiene además la colección del Señor Bravo otros cuadros del 
mismo zvRBARAN, no menos bellos que los indicados y algunos de 
HERRERA EL VIEJO sobresalieudo entre los de este un Padre Eterno^ 
un San Pedro de medio cuerpo, un San Pedro y San Pablo, una 
Concepción^ otro San Pedro curando al Paralítico^ y otro San Pedro, 
también de medio cuerpo, con otras producciones de considerable 



i 36 GLQBf AS 

mérito. Sin embargo, las obras de Francisco de Herrera carecen 
de dalzura, y aan tienen cierta dureza fisonomica, debida al áspero 
carácter de aquel artista, cuyo rispido y arisco genial llegó hasta 
el punto de enagenarle la \oluntad de sus amigos y el. amor de sas 
propios hijos. 

Algo mas tratable era el escelente i^aldes leal á quien debe la 
misma Galería pictórica cuatro hermosos lienzos entre largos que re- 
presentan á Sania Lucia^ Santa Inés, Santa Catalina y '^ Magdalena, 
bastantes para acreditar á un artista. Corrección y gallardía en el 
dibujo, fluidez y trasparencia en el colorido, facilidad y gracia en 
la ejecución, morvidez en el modelado: tales son las dotes que mas 
sobresalen en ellos, y cada una de las cuales puede servir para 
calificar de buena á una producción en semejante genero artístico. 
Pero sobre todo cautiva el lienzo de la Magdalena, conocida en Sevilla 
con el nombre de la Moña, por tener en la cabeza un rico lazo de 
cintas, que le sirve de adorno. La santa, que aparece en el acto de 
despojarse de sus galas y ornatos mundanales, para entregarse á 
la penitencia, es una figura gentil y de estremada hermosura. Su 
interesantísima cabeza, obra mirífica, está poseída de una pro- 
funda melancolía, que revela el pensamiento dominante en el 
lacerado corazón. No apareció Yaldés menos entendido al pin- 
tar el traje, que cubre su esbelto cuerpo, pues con dificul- 
tad podran hallarse paños mas ricamente trazados, ni que mas 
seduzcan la vista del espectador. Al contemplar tanta magnificencia, 
al ver tanta belleza, es cuando se comprende la magnitud del sa- 
crificio, que el artista quería imponer al personaje de su obra, y 
la filosofía de su admirable concepción. Es quizá el mejor cuadro 
de Yaldes Leal, sin que por eso se deba precindir de mentar 
una Adoración de los Reyes, una Circuncisión, una Anunciación, un 
NacimietUo, una Presentación, un San Lúeas Evangelista, el Señor 
en el Castillo de Emmaus, una Santa Paula, una Santa Eustaqma, hija 
de Santa Paula, con hábitos entrambas de la orden de San Geró- 
nimo; dos cabezas imitadas de las de San Pahlo y San Juan Ba»- 
tista, una Santa Rosa, una Coronación de la Virgen, una Concepción, 
con los dos San Juanes: un San Diego de Alcalá, sorprendido por 
el guardián de su convento en el instante de dar limosna á los 
pobres, y un boceto grande del cuadro de los muertos de la Caridad, 



DE SEVILLA 437 

aunque mas parece una repetición hecha por el mismo profesor, 
según lo bien entendido y desempeñado que esiá iodo el lienzo. 

Cuéntanse igualmente en dicha Galería varios cuadros debidos al 
buen talento de don francisco paghbo, resaltando en seis de ellos 
la firmeza y seguridad con que poma el pincel sobre la tabla (mu- 
cho mas de su gusto que el lienzo.) Los de mayor mérito son: una 
Concepción: el bauíismo del Salvador: un San BrtUon y un San An- 
gelo, religiosos carmelitas descalzos: un San Gerónimo y un San Mi- 
gnel, en tabla, y. una Santa Catalina de Sena, en lienzo, admira- 
ble por la belleza de su rostro. Entre todas estas magnificas pin- 
turas sobresale la Concepción; á un dibujo gracioso y delicado, á 
un colorido fresco y brillanle, reúne la deliciosa morbidez en 
el modelado pareciendo el conjunto una mirifica creación de 
Vinci. 

Además de las profesores citados, que enriquecen con sus obras 
maestras la Galeria de tau afortunado é inteligente coleccionista, hay 
otros muchos de bastante celebridad y opinión artislica. contándo- 
se los nombres de D. Lúeas Yaldes, D. Sebastian de Llanos y Yaldes, 
Juan Simón Gutiérrez, Esteban Marqués, Andrés Pérez, D. Pedro 
Nuñez de Yillavicencio, Alonso Miguel de Tovar, Schut, Juan de 
las Roelas, Cristóbal López, Juan del Castillo, Bernabé Ayala, Cle- 
mente de Torres, Juan Martinez de Gradilla, Pedro de Moya, Pe- 
dro de Camprobin, Sebastian Gómez (el Mulato), Meneses Osorio, 
Cristóbal de León, Antolinez y Sarabia Vasco Pereira &c. &c. 

Hemos repetido hasta la saciedad que los estrechos limites de 
nuestra obra nos impiden analizar tantas bellezas, pues ni aun se- 
ria posible enumerarlas. Pero al menos es evidente que procuramos 
dar una idea de cuanto existe, siquiera no surja tan aproximada co- 
mo á la grandiosidad de los objetos convendría. Y pareciéndonos ha- 
ber dicho bastante de la escuela sevillana, si hemos de tocar otras 
y detenernos algo en varias Galerías^ prescindimos de las obras eje- 
cutadas por todos esos autores de mas ó menos nombradla, de ma- 
yor ó menor mérito, para venir á las Escuelas granadina, castella- 
na y valenciana. La escuela granadina, hija de la Sevillana, solo 
tiene dos representantes en la colección del Sr. Bravo, que son: 

ATAT4AS10 B0GANE6RA y Jl'AN DE SEVILLA diSCipulOS ambOS de ALONSO 

CANO. El lienzo mas notable de Bocanegra, représenla una Adora- 



4 38 GLORIAS 

cion de los Reyes, obra tan apreciable, que, ^tisfecho el autor al 
concluirla, no titubeó en ponerle su firma. 

Por lo que hace á Juan de Sevilla, cuyo car&cter dulce le in- 
clinó á seguir el estilo de Murillo, solo tiene dos lienzos notables, 
que representan á San Felipe Apóstol y San Macario. 

No faltan otros cuadros de la escuela granadina, pero son de 
autores desconocidos. Entre ellos se distingue un San Francisco Ja- 
eíff, de medio cuerpo, muy estimado por su dibujo natural y co- 
rrecto, su espresion animada con noble vehemencia y su colorido 
vigoroso y trasparente. La escuela castellana está representada, aun- 
que no en gran copia, por varias creaciones debidas á Luis de Mo- 
rales (el divino), Mateo Cerezo, Yiscncio Garduci, Santiago Moran, 
D. Juan Antonio Escalante, Luis de Menendez; Teodoro Ardemans, 
D. Juan Carroño de Miranda, D. José Martínez, Blas del Prado, y al- 
gún otro de menos fama, ó absolutamente desconocido. 

Á la escuela valenciana pertenecen las obras del celebérrimo j osé 
DE RIBERA, que nacióeuSau Felipe dejativa (4588) y murióen Ñapóles 
(1656), siendo conocido en toda Italia con el nombre del Spagnoleto. 
Doce cuadros suyos posee la colección de D. Aniceto Bravo, distin- 
guiéndose entre ellos un San Antonio Abad, cuya cabeza esta pinta- 
da con mucha valentía: un San Gerónimo penitente ^ de cuerpo en- 
tero: una Doloroso: un San Pabh: otro San Gerónimo leyendo: un 
Nacimiento^ de luces bien entendidas y de colorido suave sin de- 
jar de ser animado: un San Pedro: Sario líí Codomano: y un Sa- 
crificio de Isaac. c=:jo&i de ribera fué discípulo del insigne cara- 

BA6G10. 

A la misma escuela pertenecen dos cuadros, por cierto muy 
peregrinos del renombrado vigente de juanes, que representa la 
Resurrección del Señor, y á Jesús muerto en la Cruz, el célebre ni 
JUANES ^estudió en Italia, y con frecuencia se le ha llamado el Ra- 
fael Español. 

Existen ademásdiversas producciones de pedro torrente, feliz imi- 
tador de Bassanos, singularizándose por superiores un Nacimiento 
y cuatro cabanas, que contienen otros tantos pasajes del antiguo 
Testamento. 

También f/guran dignos de especial mención, los dos lienzos que 
representan á San Juan el Precursor, bautizando á Jesucristo, y k 



DE SEVILLA. 439 

San Juan EvangeKita, componiendo el Apocalipsis: ambos ostentan 
admirables dotes, y aparecen firmados. 

ARTISTAS ESTRAM6ER0S. Reseñadas ligeramente las principales obras 
de los pintores españoles, cuyos ilustres nombres campean en el ri- 
quísimo catálogo del señor Bravo, pasaremos á tratar de las notabi- 
lidades estranjeraft, limitándonos, empero, á enumerar escuelas y ar- 
tistas pertenecientes á la espresada Galería^ por ser á todas luces im- 
posible el que exhibamos mejor cosa. La escuela romana está allí 
representada por alguuas sublimes creaciones de miguel amgel ame- 
RiGi (el Caravaggio,) celebérrimo artista, cuyo solo nombre vale tan- 
to como un poema apologético de sus glorias. Los cuatro lienzos pre- 
ciosos, conocidos por suyos, representan: el 4.^ á Jestu muerto en brch- 
zos de su Madre; el 2.* á Psiquis y Cupido^ asunto mitológico y no 
exento de cierta lubricidad; el 3.* y 4.*, dos mesas recudías^ en 
las cuales se ven cajas, libros, marcos, flores, candelabros &c. 

Hay también una Sacra familia^ original de Julio Pippi, predi- 
lecto discípulo de Rafael Sancio; tres lindísimas cabezas de Vírge- 
nes^ resaltando en ellas la pureza de los ángeles, debidas á jua?( 
bautista salve (Sassofferrato'j y un hermoso cuadro de la Virgen en 
ctn/a, hecho por guiaquinto. 

Hasta aqui la escuela romana. La veneciana tiene por principal re- 
presentante en dicha colección, á ticiaiho vegelio, cuyas magnífi- 
cas obras se admiran en toda Italia, aunque no escasean, por ha- 
ber \ivido 99 años aquel dichoso y celebrado maestro. 

Las mas notables son: un cuadro de familia^ compuesto de cuatro 
retratos, que representan á los padres del autor, á una hermana y 
á él mismo, doce retratos de los emperadores romanos César, Octa- 
viano, Tiberio, Nerón, Vespaciano, Galba, Domiciano, Claudio, ,Oton, 
Yitelio, Tito y Cayo, un boceto del martirio de San Lorenzo; un Na- 
cimientv: los Desposorios de la yirgen: otro boceto figurando una 
sublime Alegoría de la Religión cristiana, sobre cuya parte alta apa- 
rece la Trinidad, la Virgen y San Francisco, entre innumerables se- 
rafines, graciosamente diseñados, y en la baja ó inferior las virtudes 
teologales, el ángel custodio y los enemigos del alma, en figuras 
arrogantes, llenas de nobleza y gallardía. Todas estas composiciones 
merecen ser del Ticiano, principe del pictorismo véneto; y es cuanto 
decir se puede laudatorio, pues constituyen su mayor alabanza. 



4 40 GLORIAS 

Por último, hay en la Galería del Señor Bravo, que tantas ri- 
quezas atesora, diferentes producciones de las escuelas veneciana, bo~ 
loñesa, milanesa, lombarda, napolitana, alemana, florentina, flamecca 
y holandesa, especificándose sus respectivos autores, los célebres ar- 
tistas: Bassano, Greco, Piombo, Tintoreto, Galiari, Tiepolo; Reni, 
Galli, Grespi, Procacini, Allegri; Yacaro, Rosa, Jordán; Durero, Mengs, 
Michael Angelo; Wan-üik Rubens, Yos, Gort-cins, Sneyders, Pour- 
bus, Wan Herp. 

Esos famosos nombres bastan para dar una idea de las incalcu- 
lables preciosidades, que encierra la mejor colección sevillana; sién- 
donos imposible hacer otra cosa que mentarlos, pues no acabaría- 
mos sí hubiésemos de analizar sus infinitas y maravillosas crea- 
ciones. 

> 

Oaleria del Escmo Seftor D. llanuel 

I^pez Cepero. 



£1 Señor Dean de Sevilla habita la misma casa en que Muri- 
lio pasó los últimos años de su existencia, tan útil á las artes. 
Asi lo manifiesta un retrato del eminente artista, que desde luego 
llama la atención, antes de entrar á un delicioso recinto, cuya 
simple vista y el apacible murmurio del agua, que en su centro 
suena, inclinan el ánimo á la sublime y dulce meditación religio- 
sa. Muy grata debe ser la vida en sitios tan amenos como los jar- 
dines del Señor Cepero, donde se conservan cuatro frescos de asun- 
tos mitológicos entre los ornamentos de un risco, que dá sobre el 
estanque, sin contar otros muchos adherentes embellecedores de sa 
pacifica morada. Allí vive tranquilo y retirado, feliz cuanto es posi- 
sible acá en la tierra, el sacerdote, el literato, el filósofo, el sabio mo- 
desto y sin pretensiones de lucir, el protector de las artes, el amigo 
de los artistas. 

Hay en su hermosa Galería de pinturas, diferentes obras del inmortal 
Murillo, sobresaliendo por magnificas siete cuadros, que representan: 
un San Francisco de Paula, de cuerpo entero, menor que el natu- 
ral, un San Antonio: un boceto del martirio de San Pedro Arlmis: 



DE SfiVlLLA. 441 

im Niño Dios, pequepíto, de cuerpo entero: una Magdalena; una 
Doloroso; un Salvador, de medio cuerpo. Existen además algunos 
bocetos de Santos y ángeles, producciones bellisimas como las pre- 
cedentes: pero ni unas ni otras serán analizadas por nuestra pobre 
pluma, circunscribiéndonos á indicar tales riquezas artísticas, pues 
son muy pocas las páginas de que podemos disponer. 

Los cuadros de mas nota, entre los de zurbaran, ilustre discí- 
pulo de Roela<^, son: una Sacra familia, con figuras menores que 
el natural; una Virgen de la Merced: un San Francisco, y dos Márti- 
res. Al pincel de pacheco pertenece en esta colección un cuadro, 
que indudablemente es el mejor de cuantos ha pintado el ilustre 
maestro del divino Yelazquez. Representa á Jesucristo con la cruz 
acuestas en la calle de la amargura. Tiene otro, igualmente firma- 
do, aunque de tanto mérito, que figura el tránsito de San Al- 
berto. 

Los dos cuadros que mas caracterizan el gran céspedes, son los 
que enriquecen ía galeria del Señor Dean, según afirma el inte- 
ligente Amador de los Rios. Representa una Concepción, y una Vir- 
gen con el Niño Dios en su regazo, las dos en tablas, y de cuer- 
po entero. Ambas figuran dignas de aquel omniscio maestro. 

De ALONSO CANO hay un admirable Crucifijo, inequívoca prueba 
de su genio, y un San Juan de Dio^, ambos del tamaño natural, 
é inapreciables joyas en colección tan rica; que asimismo posee 
algunas escelentes tablas debidas al célebre tus de vargas, singu- 
larizándose una Vtr^ei» leyendo, Jesús disputando con los doctores, 
una Aparición de Cristo á su Divina Madre, una Santa Lucia y una 
Santa Bárbara. Con ellas pueden competir cuatro tablas pictóricas 
del distinguido pedro de' campaña, que representan á San Cosme, 
San Damián, San Hermenegildo y San Leandro, todos menores que 
el natural y no desmerecen de los anteriores cuadros, los que de 
valdes leal se conservan, á saber: Los ángeles de cuerpo entero 
y tamaño natural, con varios atributos de la pasión: dos cabezas 
ana de San Juan y otra de San Pablo,, que producen un efecto 
sorprendente, pudíendo rivalizar con las inmediatas obras ejecuta- 
das por el renombrado jlan del castillo, maestro de Murillo y de 
Cano. Los mas interesante lienzos, que de él se admira en casa 
del Señor Gepero, representan una Anunciación y una Sacra Familia. 

48 



4 42 GLORIAS 

DE ANTONIO DEL CASTILLO hay dos cabezas colosales, pintadas con 
mucha valentía. 

Lo mas importante que de herbera el figo, posee dicha colec- 
ción, es un boceto anatómico, magníficamente caracterizado, con la 
admirable destreza propia de aquel maestro. A berrera, el mozo, 
pertenece otro boceto mirifico, hecho para pintar el gran cuadro 
existente en la Sala del Santísimo Sacramento, de que ya se hizo 
mención al describir la catedral. También debemos citar una 
Concepción pequeñita, hecha por juan de tárela y obra de mucho 
mérito. 

Entre los demás cuadros, atribuidos á los discípulos 6 profesores 
de la escttela sevillanüy tales como Roelas, Cornelio Schut, el Mulato, 
Meneses, Anlolinez y Tovar, merecen especial mención seis países 
de Ignacio Iriarle, pintor muy celebrado por sus buenos celajes y 
lontonanzas, un Nacimiento^ que se atribuye al gran Yelázquez, an- 
tes de que en Madrid perfeccionara sus estudios y asombrara al 
mundo con sus incomparables creaciones; una Magdalena^ de Pedro 
de Moya; la copia de San Félix de Cantalido^ ejecutadas por D. 
José Gutiérrez, felicísimo imitador de Murillo; y finalmente, los 
admirables lienzos pintados para el coro de la Catedral, por D. 
Antonio María Esquivel; y cuyo importe no pudo satisfacer el Ca- 
bildo, ni el de otros de D. Antonio Bejarano, ejecutados con el 
mismo objeto. 

Tales son las producciones de la escuela sevillana queh^í Weg^áo á 
reunir el Señor Cepero, poseyendo además no pocas de las escue- 
las granadina, castellana y valenciana; debidas á sus respectivos 
profesores Juan de Sevilla, Bocanegra: el divino Morales, Carreño, 
Ardemans: Macip, Ribera. Semejantes denominaciones, á falla de 
análisis, son mas que suficientes para que se deduzca el mérito ca- 
racterístico de las principales obras enumeradas por nos(jtro8. Per- 
tenecen al 4.* de aquellos renombrados artistas: un San Sehasíian, 
en los momentos de su martirio: un San Cristóbal^ en el acto de 
pasar el rio, llevando sobre sus hombros al Salvador del mundo, 
por supuesto, bajo la interesante forma del Niño Dios. Pertenecen 
al segundo pintor dos lienzos, representando el uno dos hermosísimo:^ 
niños: el Otro un Cristo de la espiración, no menos estimable. Al ter- 
cero, se le deben tres tablas, viéndos? en una á Jesucristo cargado 



• »E SEVILLA. H3 

eofi la Cruz: en otra, una Sacra Familia; en la ullima un Ecce- 
Homo. Al coarto, un San Isidro, de cuerpo entero. Al quinto, una 
preciosa Virgen del Rosario^ que, sobre trono de querubines, tiene 
al Niño-Dios en sus brazos. Al sesto (Macip ó Juan de Juanes) 
unas tablas inieresantisimas, que, según sus dimensiones, debieron 
formar un oratorio. Representan unidas el Cdeario^ donde se vé á 
Jesús crucificado, rodeada la Cruz de sus mas queridos discípulos, 
sobresaliendo la figura de Maria Santísima poseida de un dolor 
acerbo cual ninguno, si bien bañado su rostro de una profunda y 
bobrebnmana resignación, que contrasta admirablemente con la des- 
garradora pena del momento. Son del séptimo (Ribera ó el Spagnoletto] 
dos lienzos, que representan una Piedad y un San Gerónimo^ dignos 
imbos de su fama. 

Incúmbenos abora hablar ligeramente de los pintores estrango- 
ros, cuyas obras llaman la atención en la bellísima galería de que 
nos ocupamos. £1 4/ es rafacl sakcio, al cual se atribuye una 
magnifica tabla, que parece representar su retrato, segyn la con- 
cienzuda opinión del Señor Dean. El %.% corregió, tiene dos cua- 
dros que Tiguran un Decendimiento y una Virgen de Belén. Del 3.% 
GLiDO RENi, hay un escelente lienzo, que representa á nuestros pri- 
meros padres espolsados del paraíso terrenal. La 4.* notabilidad 
artística estranjera, es Elisabeta Sirani^ insigne profesora, discipula 
del precedente Guido Reni. Hay un solo cuadro suyo y representa un 
Ecce-Homo, tan superiormente ejecutado, que basta para asegurar 
la reputación de aquella celebre mujer. Del 5.^ dominiqliko, existe 
una Piedad, obra maravillosa, que basta para acreditar la maestría 
de tan famoso y aventajado profesor, émulo de Ribera, á quien 
debió no pocas persecuciones y desgracias. Del 6.% ribeks, ostenta 
la Galería cuatro hermosas tablas, que son seguramente de sus me- 
jores obras. Representan los cuatros doctores de la Iglesia, San 
Gerónimo^ San Agustinj San Gregorio y San Ambrosio. Al 7.% sniy- 
DERs, se le debe un soberbio frutero, regalado por Carlos III á un canó- 
nigo de Córdoba, de cuya testamentaría lo compró el inteligente 
coleccionistaj actual poseedor. 

Otros muchos lienzos adornan la rica Galeria, ora de artistas 
conocidos, ora de autores ignorados. Entre los de aquellos se dis- 
tingue un precioso boceto pintado por Peregrino Tibaldi, que repre- 



Hl cutías 

seDla el Martirio de San Lorenzo. Fué regalado al Señor Cepera 
por su digno amigo e\ aprecíable literato y poeta Don Juan Nicasio 
Gallego. Tampoco pasaremos en silencio las tres cabanas de Sahator 
Rosa, ni la batalla; obras de mucho mérito. Atribúyense, por otra 
parte al famoso Tintoreto dos cuadros de pescadores; teniéndose por 
del Veronós un Cristo resucitando á Lázaro, y dos buenos retratos; 
asi como hay otro conocido con el nombre de Rembrant. 

Los lienzos mas notables que se cuentan entre los de autores 
ignorados, son: una Magdalena^ que aparece leyendo, obra de mo- 
cho efecto y ejecutada con maeslria: un Santo Domingo, de cuerpo 
entero y de tamaño menor que el natural; dos bocetos de San Geró- 
nimo y San Agustín, otra Magdalena, una Santa Teresa de hermo^ 
cabeza y escelentes paños; un San Bruno con un libro en la mano 
y en actitud de pisar un globo: y tres cabezas bien dibujadas, de 
bastante efecto. Además de estas joyas pictóricas, posee también el 
Señor Dean de Sevilla varias esculturas de estraordinario mérito, 
ocupando «lugar preferente un bello Cristo de bronce, en el cual 
todo es digno de admiración. Son asimismo de gran valor en su 
género dos estatuas pequeñitas, figurantes dos profetas de los doce 
que se admiraban en el famoso facistol de la Cartuja, los cuales 
desapareciendo con otros objetos cuando sobrevino la invasión fran- 
cesa. Atribuíanse estas obras al célebre é infortunado pedro de 
TORRE6iAr<o, y debieron particular mención á D. Antonio Pons en 
su viaje artístico, asi como á otros escritores no menos distinguidos. 
Es, por último, muy digna de estima una Magdalena peqneñita, es- 
culpida por Alonso Cano, en la cual resaltan muchas é inimitables 
bellezas; la Santa aparece tendida durmiendo tranquilamente el sueño 
del arrepentimiento y de la justificación. Su lindísimo rostro tiene 
una espresion verdaderamente angelical; y todo el cuerpo se vé pri- 
morosamente tallado, con la mayor delicadeza y gusto. 

Galería del tSr. D. Pedro García. 

La interesante colección de este caballero no se reputa, en ver- 
dad, como de las mas numerosas, pero es indudablemente de las mas 
selectas de Sevilla. Entre los lienzos que llevan impreso el carácter 
de la escuela sevillana, se atribuyen con justicia al gran mi rillo tres 



DE 9B\ILLA. 145 

que representan: el Tramiío de Santa Clara: un San Agustín de me-' 
dio cuerpo, en actitud meditabunda: y una \irgen de la Merced, con 
el Niño-Dios en su regazo. No llaman menos la atención cuatro 
cabezas colosales de Evangelistas, dibujadas con una valentía admi- 
rable y pintadas con vigor, por heurera, el yiejo según se cree. 
También se ha supuesto eran del inmortal velazquez; pero en to- 
do caso semejantes lienzos tienen un mérito distinguido, que ningún 
pintor de nota ó respetable fama desdeñaría el poner su nombre 
al pié de ellos. Además do estos cuatro, hay otros tantos de zur- 
raran, á saber: un Salvador de tamaño natural y cuerpo entero: 
un San Francisco de Asis, con los atributos de la pasión: un David 
con la cabeza de Goliat en una mano y la espada en otra; y un 
San Francisco penitente, de medio cuerpo. 

De ROELAS posee varios esia colección, siendo los de mas no- 
ta, por muchos conceptos, una Asunción y una Concepción] en am- 
bas brillan las prendas que tanto distinguieron al concienzudo 
maestro de Zurba ran. Y no acreditan menos el escelen te gusto del 
Sr. García, varias producciones de Valdés Leal, Juan del Castillo 
y Francisco Pacheco. Entre las del primero sobresalen: un San Il- 
defonso recibiendo la casulla de manos de la Virgen, y el Bautis- 
mo de San Francisco. 

Del segundo hay tres cuadros; los Desposorios de la Virgen, un 
San Miguel, y un Ángel de la Guarda. Entre los del tercero lla- 
man particularmente la atención una Virgen y un Cristo. 

Tales son las obras de los autores mas afamados pertenecien- 
tes á la escuela sevillana. De sus discípulos y otros artistas de se- 
gundo orden, se hallan también bastantes trabajos apreciables. De 
Andrés Pérez existen dos hilanderas pequeñas: de Cornelio Scbut, 
varios niños: de Sebastian Gómez de Meneses, una Adoración al San- 
tisimo por los doctores y patriarcas: de Antonio del Castillo, un 
San Francisco de tamaño natural: del caballero Villavicencio, un 
San Bernardo adorando á la Virgen; el Niño Jesús con San Juan: 
Santa Teresa en el acto de sentirse inspirada;^ y la fuga á Ejipto. 
Igualmente se admiran otras producciones atribuidas k profesores 
de tanta nombradla como Luis de Vargas, y no pocas que, sin au- 
tor conocido, merecen particular mención. Entre las últimas cita- 
remos un San Roque de tamaño natural: una Asunción: una Santa 



H6 GLORIAS 

ItUs: an Salvador: un Nacimiento: una Cabeza de San Pedro, de gran- 
de efecto: cuatro cabezas de apóstoles todas de dimensiones colosa- 
les: una Virgen dando el pecho á Jesús, y un San Agustín leyendo. 

Tampoco faltan obras de las escuelas granadina, castellana y 
valenciana, distinguiéndose los lienzos y cuadros siguientes: una Pie- 
dad; un Niño-Dios durmiendo sobre la cruz, y una Virgen peque- 
ñita, de Gano; una Virgen de medio cuerpo de Bocanegra; Jesucrvsto 
muerto en los brazos de su Madre, del divino Morales (aunque lo du- 
da Amador de los Ríos;) un Gerónimo, por Cerezo; un San Pedro 
valientemente pintado por Ribera; una Concepción, graciosamente di- 
bujada por Maella; varios paises, bastante agradables, de Orrente. 

En cuanto á las escuelas estranjeras, se hallan mal representadas, 
pues son muy pocos los cuadros que, debidos á sus pintores, po- 
see la galeria del mencionado coleccionista. Hay un Ecce^homo y una 
Virgen, de Ticiano (aunque no se sabe de positivo;) otra Virgen, de 
Anibal Garacio, tres retratos, uno de Benedicto XYI, y dos de Re- 
yes Sajones, por Mengs; Cleopiira voluntariamente sucumbiendo á 
la mordedura del áspid, por el francés Pousin, discípulo de Quen- 
tin Yarin. No se citan otros cuadros por ignorarse sus autores y 
ser harto impropio el bautizarlos^ ó garantir su mérito, con nom- 
bres, de artistas respetables. Sin embargo, conviene advertir, que 
algunos de aquellos se atribuyen á profesores tan célebres como 
Wan-Dik, Rubens, Rembrant, y otros de no menor fama, cuyo 
relexante mérito es bien conocido en el mundo. 

También figura bastante en Sevilla la galeria del señor vitilliahs 
vice-cónsul de S. M. Británica: pero muchísimo mas figuró en otro 
tiempo. Por los años de 4832 poseia dicho caballero hasta trein- 
ta y siete cuadros de Murillo; hoy solo posee cuatro á saber; la 
Conversión de San Pablo; Jesús atado á la columna; San Francisco de 
Paula, y una Concepción pequeñita. Entre las magnificas obras ena- 
genadas, distinguíanse por su estraordinaria valia un retrato de aquel 
artista, príncipe de los pintores sevillanos: un San Agustín: cuadro 
de grandes dimensiones, pintado con tanta valentía como espresion; 
un Ecce-Homo, de medio cuerpo: dos cuadros de Santo Tomas, de 
Yillanueva; un San Rafael: un Jubileo de la Porciúncula: una ^^eró- 
nica: un San Bernardo: cuatro cuadros de la vida parabólica del Hi- 
jo pródigo: y Jesús orando. Semejante colección, de valor inestima- 



DE SEVILLA. 447 

ble, daba á la Galeria del Sr. Williams la mayor importancia en- 
tre todos los coleccionistas sevillanos. ¡ cLástima es (dice un publi- 
cista contemporáneo) que se haya deshecho de tan preciosas joyas, 
de que no podrá en manera alguna reponerse la capital de An- 
dalucía!:» Algo exagerado nos parece semejante aserto, aunque ad- 
miramos el candoroso entusiasmo del escritor que lo consigna; esas 
preciosas joyas, á nuestro modo de ver, no estarán perdidas don- 
de sepan apreciarlas debidamente; la patria del genio es el mun- 
do: sus maravillosas creaciones no deben restrinjirse á determina- 
. da localidad: eso equivaldría á coartar su poderoso vuelo, circuns- 
cribiendo á estrechos límites lo inmenso de su tendencia casi infi- 
nitamente aspiradora, aunque no abarque lo que oculta el cíelo al 
loco ambicionar de los mortales. Preciso se hace confesar que al- 
gunas veces las ponderaciones ofií^iosas suelen degenerar en ridicu- 
las, acaso por su misma sublimidad, pues nada está mas cerca de 
lo ridiculo que lo exageradamente sublime: y es que los estremos 
se tocan. En este triste caso se halla el decir, que la capital de An- 
dalucía nunca podrá reponerse de la pérdida de unos lienzos! 

También han desaparecido de la misma colección algunos de 
ZUKBARAN, eutro ellos el JUarlirio de San Serapio, y dos cuadros mis- 
ticos. Al presente solo existe en ella un San Antonio^ que con algún 
fundamento se le pueda atribuir. Y no es inferior en mérito uu 
Crucifijo ejecutado por moya, discípulo de Wan Dick; sufriendo ven- 
tajosamente comparación artística con ambos una admirable Concc'p- 
cian^ debida á pablo de céspedes, y dos cuadros, únicos restantes 
de los cuarenta atribuidos en 1832 al famosísimo cano, que repre- 
sentan la Sacra familia y la Virgen de Belén, con el Mño-Dios en 
sus brazos. 

De HERREKA, el viejo hay unpais sorprendente y dos cabezas muy 
bien pintadas. De herrera el mozo, dos paisajes bellísimos. Del cé- 
lebre Frutet, á quien tanto debe la escuela sevillana, posee el se- 
ñor Williams varías tablas de grandes dimensiones, que represen- 
tan la Adoración de los Reyes, la Presentación al templo y la Circun- 
cisión. Todas estas producciones abundan en bellezas de estilo y 
de dibujo, dignas de admiración. Créese también de Frutet otra 
tabla, que figura á San Pedro y San Pablo^ cuyas cabezas están 
ejecutadas con notable propiedad y esmeradamente concluidas. De 



4 48 GLORIAS 

PACHECO se conservan los Desposorios de Santa Catalina; de schut 
un San Juanüo; de antolinez, dos países con buenos celages y bue- 
nas lontonanzas; de argllano, dos floreros y cuatro fruteros y bo- 
degones, desempeñados los primeros con mucha delicadeza y los 
segundos con admirable naturalidad; de iriarte cuatro paises, que 
llaman la atención por la armenia de su colorido y la delicade- 
za de los toques; del malogrado begquer, un retrato de Morillo, 
copiado del magnifíco original, que enriquecía la colección en 
4832. 

escuelas estranjbras. Hay una Sacra Familia pintada por piombo 
y un Cupido, por parnegianino, rodeado de varios Cupidillos muy 
graciosos, en cuya^ carnes se admira la belleza y la armenia de 
las tintas. Ignórase el autor de una tabla de escuela italiana, que 
representa la Vwitecton, obra ejecutada con mucha inteligencia y es- 
mero. Otros cuadros de mérito, aunque de artistas desconocidos, exis- 
ten en esta galena^ siendo el mas notable una Santa Cecilia, De 
autores flamencos se hallan también escasas producciones, singula- 
rizándose por sobresaliente un lienzo, que representa á Damd en 
ademan de tañer el harpa. 

AI terminar la descripción de esta galería, el escritor antes men- 
cionado, sintiendo vivamente que el Sr. Williams se haya deshe- 
cho de muchas obras, tanto de la escuela sevillana, como de las 
estranjeras, que eran el mas precioso ornamento de su colección, 
añade; ccomo amantes de Sevilla é interesados en sus glorias, nos 
atrevemos á suplicarle que conserve las existentes, en lo cual ve- 
rán los aficionados á las artes un servicio de no poca monla. Si 
el señor Williams fuese español, no hubiéramos titubeado en diri- 
girle un cargo, y cargo tal vez severo por enagenacion semejan- 
te; pero recordamos que pertenece á otra nación y en este concep- 
to solo nos toca rogarle que no saque de nuestro suelo joyas que 
en él ha recojido, y que en ultimo resultado son esencialmente es- 
pañolas.D 

Sentimos vernos precisados á decir que las precedentes frases 
aunque no carecen de sentido común, implican una impertinencia y 
son un laqsus plumed casi inconcebible en la bien cortada de aquel 
aventajado publicista. ¿Donde se ha visto formular cargos y cargos 
de teros á un sugeto digno, sea ó no español, por deshacerse de 



DE SEVILLA. H9 

una alhaja saya, de un objeto propio, de una cosa que lejitima- 
mente le pertenece? ¿Quienes son esos poderosos aficionados á las 
artes, que verin uh servicio de no poca monta en la conservación de 
unos cuadros, que nádales deben, como si el independiente posee- 
dor tuviera obligación de servirles, 6 los comprase para darles gus- 
to? ¿Qué significa el imperioso ruego dirigido al Señor Williams, 
para que no saque de este suelo joyas en el recogidas, como si no 
las hubiera pagado á buen precio, según acostumbran las notabi- 
lidades estranjeras, y aun los mas oscuros compradores de oficio 
dedicados á revender nuestros cuadros en sus respectivos paises? 
¿Acaso no han merecido en eslos mucho mas aprecio que en su 
ingrata patria las obras de eminentes españoles, condenados á la 
miseria, como el buen Cervantes, en pago de los admirables es- 
Tuerzos de su genio? ¡Lástima grande qoe el distinguido escritor 
á quien aludimos, se baya metido á dar intempestivos consejos, lo 
cual no suele y nos complacemos en reconocerlo asi; otros escri- 
tores hay, que, sin tener el relevante mérito de aquel, se toman 
neciamente esa confianza con pedagógica magistralidad y dogmá- 
ticas Ínfulas, roas, por lo regular, en sus ampulosas observaciones 
irrisoriamente criticas, muy rara vez se baila una idea beneficia- 
ble, un pensamiento que se utilice; reduciéndose todo á vacieda- 
des, sandeces y despropósitos. 

Mas Galerías de Coleccionistas. 



Dice Amador de los Ríos, que si hubiésemos de juzgar el me- 
ntó de las Galerías por el número de sus cn«idros, sin duda se co- 
locarla la del Señor D. José Saenz al frente de cuantas enrique- 
cen á la capital de Andalucía. 

En efecto, este caballero, con una afición sin limites á la pia- 
tura, ha logrado reunir en corto tiempo mas de mil ochocientos 
lienzos, no pocos de, un mérito superior. Muchos de ellos pertene- 
cen á la escuela sevillana, como pintados por los discípulos de Mu- 
rillo y de otros esclarecidos artistas. Atribúyense asimismo varios 
al gran discípulo de Velázquez, entre ellos: una Virgen de Belén: un 
San Francisco en el desierto: un San Vrandseo de Paula y una Kt- 

19 



430 «LORIAS 

sion de San Aní*mia\ kxlos dignos de quien piuiára e\ cuadro delw 
Aguas. 

De Herrera, el viejo, hay dos apóstoles; San Andrés y San Fe^ 
lipe^ y un apostolado completo, aunque de medio cuerpo solamente. 
De Zurbaran, un Cruci^jo y dos Santos, que parecen ser San Asisdo 
y Santa Vicíoria. De Valdés Leal, dos buenas cabezas figurando las 
de San Juan Bautista y San Pablo, De Meneses, varios lienzos muy 
estimables, distinguiéndose: un San José con el Kiño-Dios en sus 
brazos, y una Santa Rosa, orando ante oiro Niño^Dios. De Tovar, 
una Dolorosa\ un San A/igud y una Santa Gertrudis^ sin contar otros 
menos apreciablesr De Scbut, un San Juan Bautista, regular. De 
Andrés Pérez, muchos lienzos, singularizándose por mejores: do$ 
Arcángeles: un San francisco, orando en el desierto, y un aposto- 
tadoy aunque estos unimos se atribuyen también á Esteban Márquez^ 
De Juan del Castillo, una Adoración de los Reyes y una Sacra Fomi- 
lia. De Matias Prets, un Martirio de San Pedro^ cuadro escelcLte. 

Entre los demás lienzos de la misma escuela, aunque de auto- 
res desconocidos, figuran especialmente designables: un Crucifijo en 
el momento de finar: un San Francisco^ espirando: una Piedad: un 
Cristo sostenido por dos ángeles: una Concepción: un Cahario: y un 
magnifico San Francisco^ adorando á Jesús Crucificado. 

También hay mucbisimos lienzos pertenecientes á la escuelas gra- 
nadina, castellana y valenciana, sobresaliendo: una Virgen de Belen^ 
obra de Alonso Cano; un P^iño-Dios dormido sobre la Cruz« de Ata- 
nasio Bocanegra; un San Gerónimo penitente^ de Mateo Cerezo; va- 
rios cuadros y bocetos de Maella, pintados con estraordinaria faci- 
lidad y bastante filosofía, sobre todo, un admirable Ifaeimiento, por 
el sorprendente efecto de la luz, y por la riqueza de su compo- 
sición: De Bailen existen dos hatallitas^ representando en miniatura 
digámoslo asi, las de Guadalete y C/anjo, ambas ^ ejecutadas con 
maestría y primor; y un Ecce-Homo de medio cuerpo del tama- 
ño natural, superiormente concluido. Del famoso Parra, tan incli- 
nado á pintar flores bellísimas, hay cuatro lienzos ejecutados cob 
suma delicadeza de toques y brillantez de colorido. 

Entre los dos mil cuadros, que forman próximamente la co- 
lección del Señor D. José María Saenz, apenas se hallan algunos 
originales de pintores estranjeros, aunque se les atribuyen no po- 



DE SBVILIA. 151 

€os. También ha reunido machas cosas raras y peregrinas, como 
Qna plancha de piedra de toqae, en la caal se \e pintada una Mag- 
dalena, de bastante mérito, que llama vivamente la atención de los 
aficionados á esta clase de objetos moy antiguos. 

No son muchos los cuadros que enriquecen la yaleria del Sr, 
D. José Lerdo de Tejada, pero casi todos se distinguen por su mé- 
rito indisputable, elevándola al rango de las mas selectas, que sir- 
ven de ornamento á la esplendorosa Sevilla. Los lienzos mas be- 
llos de su colección , pertenecen á escuelas españolas, siendo escasos 
ios de otros pintores, aunque no faltan alguno» flamencos é italianos, 
verdaderamente dignos de mencionarse. La escuela sevillana ha 
pagado mas rico tributo que ninguna otra á esta gateria^ dándole 
notable importancia las producciones atribuidas á muchos de sus 
eminentes profesores. 

Dos son los cuadros que de Murillo [)Osée, y ambos representan 
al Ifiño^Dios, adornado de todas tas gracias iniantiles, que con tanta 
donosura, facilidad- y maestría supo espresar aquel genio en cien 
lindísimas creaciones análogas. Ei dibujo es correctísimo y la eje- 
cución tan bella, que realmente encanta la morbidez del modela- 
do y la trasparencia del colorido. 

Zurbaran cuenta mas producciones en esta galeria^ sobresaliendo 
entre todas: un Crucifijo: un Martirio de San Andrés^ y una Virgen 
de la Merced; obras pintadas con aquel admirable vigor, que tan- 
to distinguió al meditabundo discípulo de Roelas. De Herrera, ei 
viejo, hay dos cabezas de estadio, qae producen maravilloso efecto. 
De Valdes Leal existen varías obras, singularizándose por su es- 
{lecíal mérito: una Vision de Santa Teresa: dos cabezas de San Pablo 
y una de A'an Juan. De Meneses hay un buen Crudfqo. De Ayala 
una Santa Margarita. De Pérez, una Trinidad y un San Cristóbal^ 
cuadros tenidos en bastante aprecio, por las buenas prendas que 
en ambos resaltan. De López, una cabeza de mujer; adornada con 
flores, y dos cuadritos, que representan la muerte de Goliatd y el 
íriunfo de David. De Gamprobin, dos floreros ejecutados con mucha 
delicadeza. De Antolinez, seis paisitos con otros tantos pasajes del 
nuevo y viejo Testamento. De Germán, un San José con el Niño- 
Dios en los brazos, cuadro notable por la gran fuerza de claro-oscuro 
y por sus bellas cabezas. De Esquivel, un San Hermenegildo, y al- 



\o2 GLORtAS 

ganos retratos. De Bejarano, an gracioso cuadrito de duendes. Del 
malogrado Becquer (D. José) muerto en la flor de su vida, va- 
rios caadritos de costumbres, donde brillan el gracejo y proverbial 
viveza los andaluces. «Si Becquer (dice un gran escritor^; hubiera 
dado mayores dimensiones á sus figuras, guardando la misma be- 
lleza de colorido, habría logrado, como indicamos en otro lugar, 
renovar los laureles de los célebres profesores sevillanos de los si- 
glos XYI y XVII! Lástima que la muerte atajara tan pronto su 
gloriosa carrera.» 

Otros muchos cuadros de escuela sevillana admiranse en esta 
escogida colección: y aunque se ignoran sus autores, parecen dig- 
namente mencionables, sobre todos, una Virgen con el Niño-Dios 
en los brazos, de buen colorido y esmerado diseño; dos bocetos, 
que figuran una Adoración y un Nacimiento^ notables por la rique- 
za de las tintas y la armonía de las composiciones: dos Concepciones^ qae 
alguno atribuirá á Murillo, según la delicadeza con que están pintadas y 
la trasparencia del colorido: una Sacra Familia con escelentes cabe- 
zas, en especial la del Niño-Dios, que aparece dormido; y cuatro 
paisee^ que tal vez sean de Iriarte ó de otro autor de igual nota, 
según su reconocido mérito. Todos estos lienzos están perfectamente 
conservados y son dignos del lugar que ocupan. 

Las escuelas granadina, castellana y valenciana no carecen aqui 
de algunas bellas obras, que las representen. Dos producciones hay 
del célebre Alonso Cano, á quien los estranjeros denominan el 7i- 
ciano Español. Representa la una á San Juan^ de cuerpo entero, y 
la otra á la Virgen de los Dolores. Lleva además el nombre de Bo- 
canegra un lienzo donde se admira la Sacra Familia. Del divino 
Morales se conservan dos magníficos Ecce-Bomo^ pintados el uno en 
tabla y el otro en lienzo. Al Greco (Dominico Theotocopuli^ se atri- 
buye una Virgen de los Dolores^ cuyos lunares ó defectos indican per- 
tenecer á la época en que comenzó á turbarse la razón de aquel 
malogrado artista. De Ribera hay una Magdalena^ obra magnifica, 
pintada con prodigioso vigor y fuerza de colorido. De Maella, una 
Virgen^ que dá á conocer su manera fría, aunque graciosa y su 
colorido agradable. 

También existen algunas creaciones debidas á las escuelas es- 
tranjeras, particularmente á la italiana y á la flamenca. De la prí- 



DE SEVILLA. 453 

mera hay dos ruinas^ qae deben referirse á fierculano y Poinpe- 
ya. De la segunda se ven varios cuadros, pero merecen pariicn- 
lar mención dos lienzos, atribuidos el uno k Wan-Dick, y el otro 
á Sneyders. El . primero es un retrato de la Condesa de Uceda^ obra 
desempeñada con tanto guato como inteligencia. El segundo cuadro 
representa un perro valientemente dibujado con toda la gracia y 
maestría de su autor. 

La gderiaáel Sr. D. Jorge Diez Martínez, aunque poco nume- 
rosa llama la atención de los inteligentes, por lo escogida y por 
lo bien conservado de sus cuadros. Del gran Murillo posee: una 
Virgen de Belén; una Concepción; un San AnioniOy todos tres de ta- 
maño natural y cuerpo entero; y un San Bernardo de medio cuer- 
po. De Zurbaran, entre otros lienzos, tres principales, que repre- 
sentan á SanUt Águeda á Santa Úrsula y á un San Francisco. To- 
dos son de tamaño natural, v ehúltimo solamente de medio cner- 
po. De Velazquez, un Montero dispuesto, al parecer, k abandonar 
la caza, pintado con tal soltura y verdad, con tanta riqueza de 
tintas y brillantez de colorido, que hacen recordar las obras del au- 
tor de la famosísima Rendición de Breda. De Roelas, dos Concepciones 
de igual tamaño y algo menores que el natural. De Schut, cinco 
lienzos, entre los cuales existen tal vez la mas brillante ó una de 
sus mas brillantes producciones, Representan dichos cuadros á Sania 
Rosa, San Francisco de Pauta^ la Concepción de nuestra Señora, y dos 
Niños-Jesús bellísimos. La Concepción, es obra muy superior á to- 
dos los demás, y á cuanto hemos visto de este artista, dentro y 
fuera de Sevilla. 

De Yaldes Leal un cuadro que figura la Comunión de la Virgen. 
De Cristóbal López, tres hermosos lienzos que representan el Na- 
cimiento de Jesus] un San José y Mñdi Vision de San Anton\o. De Iriarte, 
doce paises de bastante tamaño, todos de mucho efecto. De Esqui- 
vel, una Concepción de medio cuerpo: un Jesús en el Huerto, de igual 
dimensión: un boceto, que representa la muerte de doña Blanca de 
Borbon] y el segundo que hizo para piular el cuadro de la caida 
del Ángel, mencionado en la galeria del Sr. Cepero. De Becquer, 
cuatro cuadritos muy lindos y graciosos, que representan escenas 
andaluzas bellamente pensadas y pintadas con esquisito gusto. Entre 
las demás producciones de escuela sevillana, que avaloran esta ga- 



454 ' GLORIAS 

(méi, admiranse aigauas bonitas copias de Murillo, y ana PixAoA 
atribuida á este sublime profesor. 

Muy pocas son las obras de escuela granadina que enriquecen 
el catálogo del Sr. Martínez, distinguiéndose entre ellas el lienzo 
en que figuran representados los desposorios de Santa Catalina, de- 
bido á Juan de Sevilla. Otros dos cuadritos medianos, esto es, no 
muy buenos, representan los Desposorios de Sania Clara y Santa Rosa. 
Tampoco abundan en dicha colección obras de escuela valenciana, 
ios únicos autores de algún valer en su catálogo, son Ribalta y 
Bailen. Del primero hay un San Lorenzo: del segundo un par de 
retratos. La escuela castellana carece, al parecer, de representan- 
tes en casa del mencionado coleccionista. No asi las estranjeras, pues 
hay cuadros de la italiana, alemana y flamenca. A la primera per* 
tenecen las obras siguientes: una Magdalena^ la Samariiana junto al 
pozOy y una tabla, que figura un pórtico riitnoso, del célebre Jor- 
dán; dos marinas de un mérito estraordinario, y dos cabanas no me- 
nos apreciables, del afamado Salvator Rosa, un cuadro alegórico, 
que representa la Apoteosis de un potentado de Italia, y un San Fran-- 
cisco Javier, predicando á los Indios, del modesto Solimena, dos cua- 
dros que representan ruinas romanas, del escelente Panini. 

Pertenecen á la segunda, un magnifico retrato, que parece ser 
del cardenal Celada; hecho por el famoso caballero Mengs, y un 
cuadrito, que representa la Degollación dd Bautista, debido á la se- 
ñorita Angélica Neuman, distinguida discípula del mismo artista. 
A la tercera escuela pertenece un precioso oratorio portátil, que 
contiene trece planchas de cobre, pintadas con notable frescura y 
riqueza de colorido. Representan otros tantos pasajes del Nuew y 
Viejo Testamento, en figuras de diversos tamaños, si bien todas pe- 
queñitas. En la parte interior de las puertas hay, no obstante, un 
Nacimiento y una Adoración de mayores dimensiones, donde se ad- 
vierte mucha riqueza de composición y de colorido. Entre otros 
cuadros de esta misma escuela, sobresalen: una primorosa mesa re- 
vuelta, dondo so ven animales y frutos, dos lienzos, que represen- 
tan unos niños jugando, piulados solamente de claro -oscuro, y un 
hermoso cuadrito del gran pintor contemporáneo don genaro villa* 
AM iL, autor de la España artística y monumental, que representa un 
interior gctico. El Sr. Yilla-aroil, partidario del eclecticismo pictó- 



DR SEVILLA. 45S 

rico, y cttyos conocimientos en aquel género difícil le han conqais- 
tado una celebridad europea, ha dado en dicha obrita un nueva 
testimonio de sus talentos artísticos, siendo al parecer, la única 
producción suya existente en la bella capital de Andalucía. 

La galería del Sr. D. José Maria Suarez de Urbina, consta en 
su mayor parte de autores españoles, pues parece que aquel caba- 
llero, eminentemente patriota, lleva su fervoroso españolismo al es-^ 
tremo de malmirar 6 desdeñar las producciones estranjeras, si bien 
no dejado poseer algunas. Y comenzando, como siempre, porlaes^ 
cuela sevillana, dos son los únicos cuadros atribuidos al celebérri- 
mo Morillo: un Crue\fí]o pintado en tabla, y un boceto, que repre- 
senta muy al vivo la Degollación de San Pablo. De Zurbarán se vén 
dos lienzos, con las Santas Jusia y Ru^na^ patronas de Sevilla, am- 
bos de un mérito relevante. De Alonso Cano hay un magníflco Salcor- 
dor^ de cuerpo entero y algo menor que el natural, vestido de una tú-' 
nica verde, cuyos riquísimos pliegues pueden competir con los mc'- 
jores de Zurbarán. De Castillo (Juan del) existen dos obras regu- 
lares: un San José con el Niño-Dios en brazos, y un San Pedro. 
De Valdes Leal se admira una hermosa Concepción. De Scbut, un 
San Juan en la niñez, dibujado con bastante gracia y pintado con 
cierta trasparencia de colorido. A Márquez se le atribuye un in- 
teresante y bien trazado boceto, que representa la Coronación de la 
Mirgen. A Meneses, franco imitador de Murillo, se deben dos lien- 
zos con las flguras de SanU Bosalia y ía Magdalena. De Cés- 
pedes se contempla un cuadrito lindísimo, el Niño-^Jesus echando 
la bendición sobre un globo ó esfera, que sostiene en su mano iz- 
quierda. La cabeza, sobre estar dibujada con esquisito gusto y lim- 
pidez, sobre hallarse esmeradamente concluida, luce bellísimas tin- 
las y osténtase modelada con admirable morbidez. 

Tales son las obras mas notables de la escuela sevillana, entre 
las demás se cuentan producciones del Mulato, Gutiérrez, Tovar y 
otros discípulos de Murillo. Los mas dignos de atención parecen ocho 
lindísimos floreros^ tenidos por de A rellano: cinco países como de 
Antolinez, y un^yirgen deBelen, cuyo autor se ignora. Ningún cuadróse 
halla de la escuela granadina; de la castellana existe un San Juan Nepo^ 
muceno orando ante un Crucifijo; obra de colosales dimensiones, debida 
a D. Domingo Martínez. La escuela valenciana se vé representada por 



1 56 GLORIAS 

dos cuadros del célebre Ribera, figurando el primero á San Pedro 
libertado de la prisión por el ángel, ambos de tamaño natural: y el 
segundo lienzo, al mismo San Pedro, aunque de medio cu'erpo so- 
lamente. Su cabeza es de un efecto prodigioso, y sus manos« espe- 
cialmente la izquierda, parecen (al decir vulgar, pero muy espre- 
sivo) salirse del cuadro: tal es la maestría, el estudio y la verdad 
con que se observan escorzadas. 

De escuela estranjera hay dos cuadros que representan cabanas 
atribuyéndose una al famoso Saivator Rosa, También posee el señor 
Urbina algunas obras de talla, por cierto no indignas de mencio- 
narse. Las mas notables sr)n: un niño durmiendo, que representa k San 
Juan en el desierto, obra de Alonso Gano; un I^iño-Jesus debido 
á la Roldana; una Concepción de D. Cristóbal Ramos, célebre es- 
cultor sevillano: y varios pastores^ que pertenecieron á un TVact- 
miento ejecutado por el mismo artista. 

Tanto esta colección como las anteriores, pueden haberse aumen- 
tado ó disminuido, enriqueciéndose ó empobreciéndose mas ó me- 
nos, pues no es dable respondamos de que permanezcan todas en 
un mismo ser y estado, según se cae de su propio peso. Decimos es- 
to porque, pareciéndonos yá materia harto enojosa, mas bien pa- 
ra los suscritores, que para nosotros, el seguir inspeccionando co- 
lecciones 6 galerias pictóricas, damos fin á la tarea. Todavía, sin em- 
bargo, nos era f&cil recorrer otras muchas, entre ellas las de los 
señores D. José Olmedo. D. José Larrazabal, y D. -Pedro Ybafiez, 
ilustre caballero mejicano, si bien desde su infancia avecindado en 
la deliciosa Sevilla. Este distinguido coleccionista posee mas de dos- 
cientos cuadros pertenecientes a las varias escuelas nacionales y es- 
tranjeras, singularizándose por admirables no pocas del inmortal Mu- 
lillo. Él señor D. Pedro Ybañez tiene ademas una hija sumamente 
aficionada al divino arte, cuyas producciones, muy superiores á sos 
pocos años, parecen augurarle un porvenir de gloria y un puesto 
distinguido en el brillante catálogo de los mas célebres artistas con- 
temporáneos. Mucho sentimos ofender la púdica modestia de la se- 
ñorita doña Teresa Ybañez, susceptible como una sensitiva, pues 
con la timidez propia del verdadero mérito, ni aun á los amigos 
de su padre manifiesta los trabajos artísticos en que maravillosa- 
mente progresa; pero creemos rendir un justo tributo al interesan- 



DE StTILLA. 457 

te' Bello— Sexo de %a patria, cnya bermosuray gracias admiramos, 
publicando el nombre de esa joven dignísima que á tanta altara so- 
blimarlo debe. 

Otros pablicaríamos también sí recordásemos en este momento 
los de alganas celebradas anteras, cayos artísticos trabajos figura- 
ban en la reciente esposicion del consulado ó Casa— Lonja. Pero ya 
los periódicos han hecho justicia al mérito de aquellas producciones 
aunque no de todas; y, por otra parte, nuestra misión es alto breve 
para detenernos en comentarios analísticos, imprescindiblemente recia- 
madores de algunas páginas, que no podemos consagrarles. Dué- 
lenos, empero, haber de soltar aqui tan bruscamente la pluma, sin 
dedicar algún elogio, algún recuerdo admirador sencillo á los ilus- 
tres fundadores de la benéfica institución que constantemente vi- 
gila, se esfuerza y tantos sacrificios consuma en obsequio de las 
señoritas sevillanas. Hablamos de ese tribunal improvisado por tem- 
poradas en el recinto de la Gasa-Lonja, para examinar y premiar 
á las interesantes niñas educandas de varios colegios, instruidas bajo 
los auspicios de la dignísima sociedad de Emulación y Fomento, 
para ser algún día modelo de casadas virtuosas, escelentes ma- 
dres de familia, orgullo de su patria y delicia y consuelo de ciu- 
dadanos honrados, en los azares y vicisitudes del mundo, en las 
mudanzas y contrariedades de esta mísera vida. Parece que la pro- 
videncia velando especialmente por el bienestar y el porvenir de 
una ciudad tan piadosa, prodiga á manos llenas sus tesoros de 
gracias í^bre esas inocentes criaturas llamadas a endulzar el amargo 
cáliz de la existencia en el transitorio destino de los hombres. Asi 
ellas, niñas dóciles, respetuosas, aplicadas, sumidas, como sus in- 
fatigables directoras cuya virtud y asidua laboriosidad tales disci- 
pulas producen, merecen las simpatías y los justos encomios de todos 
los sevillanos apreciables y rectos. Por eso les tributamos nues- 
tros humildes volos de admiración y de respetuoso afecto, no me- 
nos que á los ilustrados y bondosos examinadores, á quienes con 
gusto indecible hemos contemplado ejerciendo las agradables fun** 
cienes de su paternal ministerio, no sin echarse de ver la fina 
solicitud, la inteligencia* y la gracia tan propia de la sevillana cul-^ 
tura, tipo de educación y dignidad. Finalmente na estará de más 
reproduzcamos aqui cuatro délos principales apellidos, que en grandes . 

20 



458. 6L0AIÁ8 

letras doradas distíngueiifle á los lados del retrato de Carlos III, 
en ese hermoso templo consagrado á la instrucción de la infancia; 
á la virtad, al saber: aquellos venerables apellidos son los de Ye- 
lasco, Blanco, Mármol, Anduesa: eminentes varones, que con sos 
luces y recursos debieron concurrir á la grande obra de tan be- 
nefíciosa institución. 

Después de escritas estas lineas, creyendo fuesen las últimas 
sobre motivos artísticos, hemos tenido ocasión de ver la admirable 
galería; pictórica del muy inteligente caballero D. Joaquín Saenz. 
Aunque poco numerosa, sobresale por tan selecta y de tan esquisito 
gusto, como formada de obras escogidas entre los mas acendrados y cos- 
tosos originales, que arrebata la atención de los artistas y entendidos 
aficionados. Muchos lienzos posee del inmortal Mlrillo, predilecta joya 
de 4an esplendorosa colección mas no siéndonos dable el ocuparnos de 
ellas, como sapcriormente merecían, citaremiis solo las que deslum- 
hran entre las mas notables. A este numero pertenecen: una mirifica 
Coneepeionáe tamaño natural, circuida de lindísimos ángeles; pintado el 
cuadro todo con tanta valentía, fuerza de claro-oscuro, colorido jugoso 
y trasparente, ó indefinible maestría de pincel, que compite con 
las mejores creaciones de aquel genio, y seguramente habrá mny 
pocas, que puedan igualarla, pero en cuanto á escederla, ni una 
sola. Del mismo autoría fama eternizando, cautivan la atención so- 
bremanera un Saloador y uba Dolorosa de medio cuerpo: San Fraii- 
cíieo de Paula^ y un preciosísimo Crucifijo. 

Distinguense ademas sobresaliendo, como inapreciables adqui- 
siciones de remembranza magnífica, un San Juan de Dios^ debido 
al eminente Alonso Cano; una Sacra-Fam'du^ de Meneses: un Na- 
cimiento, de Antolinez; una Asuncioay de Yaidés Leal, y diferentes 
cuadros de los muy célebres artistas estranjeros Ticiano, ^an-Dick, 
Rubens &c. componiendo entre todos esa riquísima galeria cuya en- 
vidiable posesión bien pudiera envanecer á un principe. 

Todavía sonríe á nuestra mente la gratísima impresión que pro- 
duce el simple inspeccionamiento de esas obras maestras, por cu- 
ya propiedad felicitamos al entendido caballero Saenz. que tan acer- 
tadamente supo, merced á su buen gusto y no vulgares conoci- 
mientos en la materia reunir aquel tesoro de inmenso valor ar- 
tístico. 



SEVILLA. 

Cíirtií i!q D. Jiiai|uÍD Sapiii j Sícni. 




DI 8IYILLA. 159 

Hemos condaido ia parte monamental, como anleshabiamos ler- 
jntDado la histórica, sin vanas pretensiones de lucir, sin aventurar 
mentidos conceptos propios'sobre temerarias hipótesis, que merezcan 
apasionada critica ó severa censnra. Nuestras apologélicsts opiniones 
esplicitamente consignadas, son las de muchos publicistas, que nos 
han precedido: el que nos zahiera, contra ellos se dirijo primero: 
y cuenta, señores Zoilos ó Aristarcos, que dichos publicistas figu* 
rao entre los mas acreditados de España. Sí hemos prodigado en- 
comios, nunca por carril sistemático ahí están los hechos de que 
«on legitimas deduciones irrebatibles ó consecuencias lógicas innegables. 

Mas bien creemos habernos quedado cortos en las apreciaciopes 
del verdadero mérito, pues no podiamos dedicar mucho tiempo al 
minucioso análisis de las preciosidades que Se\illa encierra. Por 
eso han quedado ^in la debida mención algunos establecimientos 
industriales, que prueban los continuos adelantos de las artes en 
la población hispalense, pudiendo ya competir, sin desmerecer, con 
los mejores del estrangero, y aun tal vez superándolos en la es- 
celencias de las obras. Tales son, por ejemplo, las admirables fá- 
bricas de los señores Miura y Bonaplata; aquella de sombreros, y 
esta de prensas férreas y otras máquinas, ambas sin rival en Es- 
paña, ambas muy dignas del mas prolijo encomiador examen por 
la notoria inmejorabilidad y maravillosa perfección de sus artefactos, 
cualidades y circunstancias que nos hacen sentir profundamente ha* 
ber de mencionarlas tan de paso. 

Por ultimo, aunque escribimos en el pais de los hablistas hiperbó- 
licamente ponderativos, nada, absolutamente nada hemos ponderado 
al historiar las Glojuas de Seviua. 



FIN DE LA PARTE 8E6UNDA. 



GLORIAS 

i:osTi]inF,s, i:]iucTfiES, estilos, fiestas i esrctículos. 

POR 

n»m !^aiArK% adame: y hví^ok. 



SEVILLA~1849. 
CiriM flanUffOM editor, calle de las sierpes nüm. 81. 



1 



f9t eobnuBdid de mestro cBi|o á Sr. V. José Véta^oft} SlMietiinéit moipik 
en la redaccioD de esta prate el ¡mn literato D. Serafio Adame y Muñoz: asi pues, 
debe entenderse qne se debe k la pluma del primero basta la p&pna 33 y al secunda 
desde ella en adelante. 



SEVILLA- 




osninns umum. 



S^^02i(D(g^. 



Sevilla, bella sulüna 
del amante musulmán, 
que vino á prestar su fuego 
al ruego meridional. 
Sevilla, cuna de reyes; 
heroica, noble, leal: 
patria gloriosa de héroes 
de eterna celebridad 

(Gazcl.) 



|||0 0s na relato minucioso y caasado lo que me propongo haoeroa, 
amados lectores: no caadra á nú propósito Eurcír análisis aislados de ano 
ú otro tipo especial de la reina de Andalacia; de este ó aquel carácter 
predominante en el lindo panorama de nnestras orijinales costumbres; de 
tal ó coal rasgo determinativo de nuestros graciosos hábitos; ni pretendo 
presentar á ynestra benévola atención cuadros sueltos; ahora la fiesta popular, 
luego la escena del festejo privado; después la tasca, ó el ventorrillo con 
sus grupos alegres, y sus zambras que alguna vez terminan en batallas 
campales; mas tarde la ceremonia piadosa en que el altivo procer, la elevada 
dama, y el galán mancebo mezclados sin distinción en la casa de Dios 
con el matón, la salerosa castellana nueva, moradora de Triana, y el 
mocito terne y crno, habitante de san Bernardo, dan muestras de ese 
férvido espíritu religioso, transmitido de padres á hijos como el mas precioso 
patríoionio: en una palabra; no es mi ánimo seguir las huellas del difunto 
Beoqoer, del sucesor de su nombre y de su gloria, del estimable Rodrigues, 
pintores inspirados qne en seis lienzos os dan seis pedazos de Andalucia 
CosT 4 



IV 

con los tltvcrsos episodios de esc poema cuyo asunto es el pueblo feliz 
que habita en lo que después del paraíso perdido por nuestros primeros 
padres puede llamar paraisb en la creación. 

Mas alta empresa me propongo: yo trato de producir un cuadro de 
estudio, como el que el decano de la pintura en Sevilla, el concienzudo 
y laborioso Bejarano, ostenta en gigantesco caballete ea su gabinete de 
trabajo trazados en figuritns de á medio palmo, roagistralmenle colocadas 
y distribuidas, todos los incidentes de la feria mas atractiva, de la predilecta 
de nuestro pueblo: os acercáis, amables lectores, á e^te inmenso campo 
del pincel, y no echáis de mecos un solo lance de los que pueden acontecer 
en semejante diversión; aqui el garito improvisado, teatro de las flores do 
un tahúr, y la candidez de sus victimas; alli un jaleo, mozos y huríes de 
nuestro privilegiado suelo, que al compás del rasgueo de la guitarra danzan 
con una gracia voluptuosa, capaz de resucitar á Lázaro si sobre la losa 
de su túmulo se hubiesen bailado esos aires tan seductores: acá beodos á 
quienes los humos del mosto incitan á interpelaciones pesadas, y bromas 
del peor género con los que tienen el mal destino de pasar cerca de aqaellos 
sacerdotes de Baco, dignos descendientes de Noé, el patriarca inventor del 
zumo de la uva: allá la parte trágica; el escribano auxiliado del alguacil 
y protegido por tres guardias civiles, tomando declaración á un homicida, 
rodeado de inocentes hijos que lloran, cerca del cuerpo de su enemigo, 
que recejen por orden de la justicia: á este lado un titirimundi, ó sea 
neorama; caja llena de estampillas de dibujo detestable, á cuyos vidrios se 
abalanzan granujas, payos, mozuelas y hasta niños y niñas de alta clase 
encomendados á la custodia y protección de cuidadoso gallego: tal propiedad 
hay en este grupo que parece escuchar la charla rápida del tío, que ai 
poner de maniCesto la vista de la iglesia de nuestra señora de París, grita 
con voz gangosa-» «aqui verán vds. el gran templo de Babilonia^ edificado 
por Cristóbal Colon á los doscientos años de la era cristiana, adornado coa 
once millones de columnas, y pintado al fresco por un lego de S. Francisco, 
de nación portugués» — pregón que termina con el «tom~turrum, tum-turrum 
atronador de su enorme tamboril; á esotro costado patriarca venerable 
acaudillando su tribu se abre paso por entre las turbas, llevando en sos 
brazos al hijo mas pequeño; la esposa sigue al moderno Abrahan cargada 
con pesado envoltorio en que Se encierran cubiertos, servilletas, mondadientes 
y demás utensilios menudos de una comida campestre; tras de ella, una 
adolescente, y una púbera marchan incómodas por la zumba de un diablillo 
de trece años que las apostrofa frecusntemeate; la hermanita mayor 
escoltada por el almibarado galán se derrite al fuego de los requiebros; y 
tentaciones la van dando de sacudir un cariñoso bofetoncillo en las sonrosadas 



tu 

mejillas del D. Joan, empresa que aoonetierA si oo vÍDiesea tras ella 
robusta fregona con el canasto henchido de plalM, vasos, botellas, panes 
acettunas» y golosinas, y sencillo nieto de Pelayo con descomunal porta-viandas 
en la siniestra, y cesta mas que mediana al hombro. 

Lo qne Rejarano ha intentado con el pincel, intento yo con la plumo; 
el pintor se ha propuesto ofrecer á los admiradores de su cuadro todo 
loque pasa en una feria; vuestro humildísimo servidor, lectores, se ha 
impuesto la tarea de reproduciros las escenas todas de que es ameno teatro 
la primera capital de Andalucía, de la antigua Bética de los Romanos. Ver- 
dad es que no tengo la inspiración, la chispa, los elementos necesarios 
para llevar á término este cometido con {^felicidad completa, con entero 
efecto; pero aparte de que nadie poede pedirme mas de lo que alcance 
á dar mi escaso entendimiento tengo tan buena fó, me gusta tanto este 
campo plácido por el que me trazo un sendero, es tan ingénita en mi la 
afición á estas descripciones alhagüeñas, traslados de originales de tanto 
mérito y valia, que no puedo persuadirme de que mi pobre opúsculo salga 
del todo mal. En cualquier caso no apelo á la indulgencia del público; 
recaiga su fallo sin consideraciones de ninguna especie, qre siempre ansioso 
de consejos y dictámenes los escucharé todos y de todos; que no hay hombre 
por sabio que sea, que no esté en el caso de aprender, ni hombre por 
mas necio que aparezca, qne no sea capaz de enseñar. 

Semejante á esas linternas májica de los titereros, mi obrílla irá presentando 

caadro por cuadro la colección que forma la historia de la vida de nuestro 

pueblo empezando por sus festividades de navidad y concluyendo en la 

o ctava de la concepción del otro diciembre, qne precede á las antedichas 

funciones, logrando asi hallar cabida ordenadamente nuestro Carnaval 

bnlHcioso; nuestra Semana Santa, de tan espléndidas ceremonias, y grandiosa 

ritualidad; nuestras especiales veladas; nuestras romerías y ferias; nuestras 

suntuosas procesiones; nuestros brillantes festejos; nuestros regocijos y 

recreos; sin parecer hojas sueltas de una novela rica en descripciones, sino 

un poema lleno de idealismo, y graciosidad, en que.no hay héroe, ni trama 

uniforme, aunque en cambio se iatiga menos la imaginación siguiendo al 

personaje y el lector no recorre primero el salón aristocrático, para zambullirse 

después en el buque qne navega hacia remotos paisas, y volver mas tarde 

á penetrar en la sucia taberna en busca de un hilo de la narración, cortado 

de repente: aquí no se para un momento el interés; ni el plan de la obra 

obliga á disculpar la monotonia en gracia dé la conveniente preparación 

de los sucesos: en este capitulo las diversiones campestres; en el otro las 

bromas de la Ciudad; en aquel las risueñas imájenes de la jovialidad, y 

el placer, en el próximo la pintura exacta de el estruendo y el desorden. 



yin 

de la orjia plebeya qae eon tantos hechos insignes saele conlribnir á la 
crónica criminal qne llena las gacetillas de la prensa periódica. 

£sto es lo que pienso qne sea mi obra, no lo qae será; encomien dome 
á Diosy doy nna ojeada al rico y fecundo manantial -de las gracias, el bello 
suelo andalnz; tomo la plnma, y comienzo mis trabajos: 

Sevillay hermosa ciudad, 
pues tal encargo me cnpo, 
de las costumbres me ocupo 
de tu alegre vecindad; 
humilde será en verdad 
d galardón que me espera, 
que digno á' tu obsequio fuera 
ingenio ma» soberano 
á pintarte Alonso Gano, 
á cantarte el gran Herrera. 



• • 




os árboles ban perdido sds hojas; los pra- 
dos su verdor; la almósíera^ ese temple 
delicioso del Otoüo, qoe nos mantiene sin 
calor Di frío, como sin pena ni gloria los 
niños del limbo: los aguadores no osteotao 
ya sobre los robustos hombros, 6 en car- 
rillos sus limpias cántaras y frescos búcaros; 
el pregón lúgubre del cisquero ha susti- 
taido las frases: qatfraqaita tiene! de la Ala- 
nedal con que se annnciaba el remedio á 
toda faoce seca por los rigores de noa temperatura ardiente; eo 
el taller de los sastres ee nota una ungular animacitw, y sobre 




^ 



40 GLORIAS 

las rodillas de los oficíales se deslacan pelotones de blanco algo- 
dón en rama, que se acomodan dentro las entretelas de pesados 
gabanes: las modistas esponen en sus vidrieras abrigos de las mas 
lindas hecharas, y paletinas de costosas pieles: el vendedor de 
molletes, y panecillos sopla el brasero al amor de cuya lumbre man- 
tiene calientes sus apetitosos prodactos: los mercaderes colocan al 
fin de sus mostradores piezas de pateneourt en vez de primaveras 
y driles; bayetas de Aniequera en lugar de la lona y la zaraza, 
preservativos en velas y cortinas del abrasador combate del sol en 
la estación estival: los dueños de puestos de refrescos recurren á 
la cocción de zarzaparrilla y ala venta de leche, para no cerrar 
sus despachos cuando la orchata de almendra y chufas, el agraz 
la naranja, y el limón se han declarado en cesantía por el pú- 
blico: las casas de baños no son visitadas de elegante concurso, y 
solo valetudinarios huéspedes recibe en su abandonado recinto: las 
neverías se ven desiertas: los valencianos colocan en sus portales 
enormes rollos de tejidos de pleita, y cuelgan de sus puer- 
tas erizados felpudos, cuyos flecos de esparto desgarran las blon- 
das de la mantilla de mas de una señora qae poco prudente no 
los evita: en las mercerías sustituyen flamantes paraguas á las pe- 
queñas sombrillas que entre cristales lucían los lindos estampados 
de china, los bordados finísimos de la industria manileña: transi- 
tan de noche por las calles menos principales esos ciudadanos por- 
tadores de una enorme cafetera, y un cestillo de oja de lata coa 
tacillas y platos, que por la módica retribución de un cuarto pro- 
porcionan á los hijos del pueblo ese licpr americano que real i 
real sorbemos durante la estación fríjida en los Lombardos, el Turco, 
y la Campana: arenques gallegos pregonados coa acento tétrico, 
como cuadra al canto de una noche fría, brindao barata cena i 
los poco provistos de numerario; los doctores médicos iio revuelven 
los autores en consulta de remedios para violentos tóbardijlos, y 
calenturas inflamatorias, buscando con avidez ahora los tratamien- 
tos mas plausibles contra las perlesías, pulmonías, y afecciones ca- 
tarrales: las familias redoblan sus cuidados para con los patriarcas 
de la tríbu, papá y abuelos de avanzada edad, quesegim la frase 
adoptada por el vulgo van á subir la cuesta; terrible prueba de 
senecios, y enfermos del pecho: la espendicíoii matinal de aguar- 



DFSEMLli. 13 

diente ñ^\k w alza prodigiosa; los anchos marsclleses madrileños, las 
calientes zamarras de Burgos se despachan con rapidez; los car- 
ruages lucen con sus puertas y ventanas, puertas de cristales queher- 
ticameate cierran sus cajas; el curtidor lamenta su oficio, que le 
obliga á trabajar á lo pato con las piernas en agua, mientras el 
herrero encarece la ventajas de vivir cerca de la fragua: las do- 
mésticas cuentan entre sus obligaciones la de limpiar y encender 
el brasero, en reemplazo del deber de Tregar^ llenar de agua, y me- 
dio zambullir en el pozo la blanca alcarraza, preparar el tallero y el 
morado sabañón afea la linda mano de la Dama, y mientras que 
no puede hallar cabida para sus estragos en la del gañan, áspera 
y callosa: los desocupados consagran la mañana á tomar el soly co- 
mo la noche en julio á tomar el fresco: en Us tertulias aburridas, 
en las visitas de presentación y cumplimienlo, el frió sirve de exor- 
dio k todo diálogo; porque ya se sabe la táctica social: después de 
los saludos de ordenanza la estación es la orden del dia, siguiendo 
tras un resoplido al hablar del calor, y un estremecimiento al men- 
cionar el frío, la murmuración, los chismecillos, y las nimiedades 
que constituyen la conversación de sociedad, desde la familiar y de 
confianza, hasta la encopetada y de alto tono: lectores, el invierno 
es dueño de la situación, la niñez de un año, penosa y aquejada de 
mil males como la primera edad del hombre; decrepitud de otro año, 
trabajosa y aquejada de males como el postrer periodo de la vida 
humana: estamos en invierno, estación que los pueblos antiguos pre- 
sentaban bajo la flgura de uo viejo rebujado en una larga vestidura, 
y estendidas las manos al calor benéfico de una hoguera: el sol ha 
entrado en Capricornio: Diciembre toca á su término: la iglesia pre- 
para las plácidas fiestas que han de conmemorar la cuna del cris- 
tianismo en el humilde pesebre del establo de Belén; la natividad 
de aquel divino verbo, victima espialoria de las maldades del linaje 
humano, anunciada por la voz magestuosa de los grandes profetas 
del pueblo escogido: astro radioso que difundió la luz de la verdad 
por el mundo, hundido por los crímenes de sus moradores en el 
cáos« 

La capitanía del puerto pasa á los periódicos una voluminosa acta 
de buques entrados: los unos conducen á su bordo las dulces y 
gordas batatas que el feraz suelo de Málaga produce; los otros traen 



4 4 6L0RU8 

un néctar snaTisimo en el seno de las verdes cañas de azúcar que 
atestiguan la fecundidad de los campos de Torroz: aquellos mis- 
ticos contienen en cestas anchisimas sabrosas sardinas que estimulan 
la sed, y preparan el camino á la ambrosía de nuestras bodegas 
de Jerez: esotros quecbemarines y goletas transportan de Sanlúcar 
las redondas patatas tan necesarias á todo guiso importante, y el 
soberano zumo de las vides de aquella tierra bendita de Dios. Las 
ricas castañas de Galaroza, los melones de Valencia, las pasas de 
Almuñecar, las nueces de Anlequera, los peros de Ronda, las uvas 
conservadas con esmero vienen á el mercado á reclamar la pre- 
ferencia los unos sobre los otros, brind&ndose á todos los apetitos 
ya en montón voluminoso, ya pendientes de berlingas, ya en ca- 
joncillos de pino sellados y marcados, yá en s€Cos inmensos, ya 
en canastones de mimbre, y& entre largas ojas. Dos hileras de 
tiendas de campaña se estienden como un campamento árabe des- 
de el puente hasta cerca de la Torre del Oro, tan rica en tradi- 
ciones, y tan renombrada en consejas: romanas, pesos y medidas 
se destacan en primer termino: los productos de la cultivación se 
ostentan en esposicion lujosa; los granujas establecen su cuartel ge- 
neral en las márgenes del Bétis; los mandaderos se preparan ala 
conquista de parroquianos, y amos improvisados: los puestos de zam- 
bombas y panderetas se levantan engalanados con cascabeles, cas- 
tañuelas, microscópicos cencerrillos y demás materiales para armar 
bulla; el turrón anisado, el de Gijón, el de almendra, y frutas 
se manifiestan en barras, y trozos entte los picados de papel de 
color y oropel; la hermafrodita serrana con sus enaguas azules ra- 
yadas de blanco, chaqueta negra de hombre, y sombrero de paño 
con motas, erije su tienda brevemente, colocando sobre im banquillo 
el cajón de corcho que alberga en el fondo bien elaborados alfa- 
jores: los marineros andaluces con sos chamarretas de bayeta verde 
6 parda, y sus viejos calañeses que recuerdan la construcción de las 
primeras hormas del mundo; los catalanes con sus cachuchas de 
piel de gato, zorro, ó gato montes: los valencianos con gorros en- 
carnados: los vascos y mallorquines con sombreros de hule ó paja, 
y tal cual tripulante estranjero con gorra azul, y blusa de co- 
lor obscuro se sitúan á lo largo de las orillas del caudaloso río dirí- 
jiendo curiosas miradas á la inmensa población que invade el muelle; 



DE SEVILLA. 45 

\m nautas coutemplan á las gentes que transitan por aquel sitio 
eomo loH indios las carabanas inglesas que visitan el terreno donde 
tienen estendidos sus aduares: iosgr^imetes obligados á permane- 
cer en las naves se encaraman á la punta de los palos, mira des- 
de donde gozan del vistoso panorama de tierra; los soldados for- 
man grupos acá y allá con los paisanos, vecinos de sus pueblos, que 
encuentran, y para dar una muestra del despejo, que se adquiere 
en el servicio militar á los payos deudos, ó conocidos suyos, con- 
sagran galanterías de cuartel, y piropos de cuerpo de guardia á las 
mezas de temple que transcurren por el local de la feria; los re- 
clutas, y quintos asidos de las manos, tiradas atrás las gorras mi- 
litares, con ese aire bobo del paleto, hacen y dicen mil bestiali- 
dades por imitar el estilo truhanesco y esos golpes de los vetera- 
nos: el lugareño se distingue acompañando medía docena de rollizas 
hembras, con mantones de bayetón y pañuelos de percal por la ca- 
beza, admirándose de todo, y siguiendo largo tiempo con la ytí^' 
ta el largo trage de moiré, la capota de raso, y el chai de ca- 
chemira délas Damas; los paletots, anchos snrtonts y deslumbran- 
tes botas de charol de los galanes, con ese estúpido asombro de los 
salvages de Otaiti al presentarse entre ellos el gran capitán 
Cook. 

Navidad, época del contentb: los cesantes, esclauslrados, reti- 
rados y viudas condenados á los rigores de la escasez, basta la re- 
ducción á la trasparencia, se acercan con fruto á la pagaduría; 
el ministerio de hacienda se digna conceder por aguinaldo lo que 
por derecho debe: el antiguo gefe de administración, el viejo co- 
ronel, cuya familia ha estado á media dieta trecientos, de los tres- 
cientos sesenta y cinc^ dias del año, vuelven á sus hogares sonan- 
do con júbilo los realejos cobradoé; no cuentan con ahorrar un so- 
lo maravedí; la prole se insurrecciona;-papá, castañas, bellotas, ba- 
tatas,-y aquella barabúnda no cesa hasta que cede papá á las exi- 
jencias de la amotinada plebe: sale, y regresa con dos gallegos car- 
gados de frutos y golosinas para solemnizar h natividad del Me- 
sias, gastando en su compra la mayor parte de esa paga que aguardó 
desesperado como los rabinos el Salvador futuro de la gente he- 
brea. 

Los hijos del pueblo aguardan el sábado último anterior ala Pas- 
CosT . 2 



4 6 GLORIAS 

cua al cobrador de la hermandad, qae debe traerles la suspirada 
papeleta; letra á la vista á cuya presentación se les pagará ea 
castañas, batatas, bellotas, peros, turrón, bacalao, nueces, vino y 
aguardiente los intereses del capital impuesto en la caja de la aso- 
ciacioUf por prestaciones semanales de á cuatro coartes bastas dos 
reales: el artesano libra & estos pagos cada sábado la provisión 
de su mega en la noche célebre en ios fastos del cristianismo: el 
batallón de herederos de su apellido se regodea al pensar en las 
golosinas que harán época en las memo rias de sus buenos días, y 
todos se ocupan de la confección gastronómica de las viandas, que 
deben cubrir la mesa en celebridad del natal precioso del hijo de 
Dios desde el chiquitín que comienza á balbucear el dulce nom- 
bre papá, hasta la morena y resalada mocetona de veinte julios, ga-* 
chona, y jacarandosa hembra que tiene en insurrecion permanen- 
te el barrio; y en estado escepcional los mas pulidos mozos de la 
mapzana: todos en la familia del artesano sueñan con aquella noche 
de regalo y zambra, en que con el estómago relleno y medio eclip- 
sada la razón por los humos del mosto, se baile y loquee al re- 
piqueteo de la sonora pandereta, y al zumbido monótono de una des- 
comunal zambomba de bien curtido pellejo, y suave carrizo. 

La pulcra dama no se desdeñó de tomar parte en los festejos 
fle la clase pobre y de la media: no es estrano ver á ia elegante 
condesa, á la distinguida descendiente de Guzmanes, Lunas, Laras, 
y Albas, echar al aire sus pantorillas en las habas verdes, acom- 
pañada en su bulliciosa danza por las hijas de su administrador un 
empleado, un jovial estudiante, y un vivaracho periodista, amigos 
de la casa. Es justicia hacer esta digresión; la aristocracia anda- 
luza no tiene ese orgullo insoportable, esa insultante altanería que 
conquista el odio á esta parle alta de la sociedad en otros paises: 
podrá haber en la clase elevada de nuestra provincia tal ó cual 
familia, que encastillada en su rango, y parapetada tras sus bla- 
sones de antiguo, considere indecoroso cumplir con las mas ligeras 
practicas de urbanidad con los que pertenecemos á esfera diferente; 
pero son pocas por fortuna: las demás tienen un trato dulce, ama- 
ble y afectuoso: se mezclan con placer con la clase medía cuya 
valia saben apreciar cumplidamente, y con una benevolencia sin- 
.guiar se regocijan en asistir á las escenas en que la clase prole- 



DB SKVILLA. )7 

lana presenta esos cuadros vivos, y de una graciosa originalidad, 
delicia del observador. En este elogio que me arranca la verdad 
de los hechos, no temo pasar plaza de afecto y defensor de la aris- 
tocracia; aqui no existe esa nobleza rana, ignorante, y despreciable 
que en Hilan forma el partido tudesco, adhiriéndose por singulari- 
dad presuntuosa & los estrangeros dommadores de so patria: aqui no 
hay segunda edición de esa gerarquia suprema inglesa , que emula 
la ostentación, y la altivez de los monarcas; no hay por último ese 
procerazgo despótico de Rusia que se engrandece con las servilida- 
des que impone por tributo: la aristocracia andaluza es sociable 
en grado eminente, y su afabilidad la atrae el aprecio de la clase 
media que no puede menos de responder á su cortesanía, y él res- 
peto de la inferior que dice con una espansion de gozo al referir 
las bondades de los grandes señores \que llano es el señor de T. \que 
campechana la senara}. La grandeza de la Bética ha nacido en un pa- 
raíso donde llamados todos á gozar nadie se siente capaz dejuz* 
garse favorecido donde todo es tan bello para todos. 

Los estudiantes han recibido el permiso de ausentarse^ de las 
aulas por algún tiempo; de ciento apenas diez repasarán el indi- 
gesto Vinnio, hojearán el cansado Salas, abrirán siquiera la hastia- 
dora práctica de Gutiérrez; en estos dias de holganza media le- 
jiott escolástica emigra de la capital diseminándose por los pueblos 
de la provincia en busca de las diversiones de Pascua en su vecin- 
dad; prontos los escursionarios á regresar á el templo augusto de 
Minerva el primer dia del mes que la grey gatuna consagra á los 
dulces misterios del amor. 

Todo sonríe anunciando una era fausta; lodo se prepara al go- 
ce: noche buena va á llegar. 

H. 

Los que no han hecho su provisión para la noche buena con 
algunos dias de antelación al correspondiente á tan feliz noche, f¡a 
apresaran á visitar el mercado en busca de los elementos de la 
cena mas opípara del año. Los chicos de cada familia se creen re- 
levados de concurrir á las escuelas y academias, alegando por pro- 
testo b escursion á las márgenes, del Guadalquivir; fórmase una 



"i 8 GLCBláS . 

cámara en cada casa donde cou el mayor calor se discate la comr 
pra de las especies, y su preparación y oondimenlo para el fesUn 
nocturno: la sopa de almendra, el bacalao enjamonado, las batatas 
cocidas en leche, tienen sus representantes, en el congreso, y la 
votación definitiva del proyecto de cena cuesta frecuentemente duros 
y prolongados debates, interpelaciones, y basta alusiones iiersonales 
en el trascurso de la sesión: al fin queda decidido el pofito; la» 
señoritas pasan un billete de invitación a sus amigas predilectas aso- 
ciándolas á la felicidad preparada á sus bogares; colócase en debi- 
do lugar el nacimiento, en las casas donde esta en practica celebrar 
el misterio augusto representándole en figuritas de barro, esparcidas 
en un cuadrilongo de corcho, cortado de tal suerte que reane to*. 
das las clases da terrenos en tres ó cuatro varas, cuestas, monta- 
nas y llanos: informanse de los templos en que debe decirse la misa 
del gallo; preparase una zambomba enorme, tinaja de atroces di- 
mensiones cuya boca tapa un ancho pellejo perfectamente estirado 
que sujeta una lozana caña, á quien con el roce de las manos hú- 
medas se hace despedir ronquidos como los que daria en su s«eño 
el gigante Polifemo embriagado por el astuto Ulises; una pandereta 
adornada de cintas, flores, lazos, y sartas de cascabeles, es el ins- 
trumento destinado á el acompañamiento de los sencillos cantares, 
y bailables de la noche, la guitarra y el piano se templan por una 
mano cuidadosa; las sonoras castañuelas se preparan á dar anima- 
ción al jaleo, con sus repiques y carretillas; todo se di^ne para 
la broma y la alegría: tengo por indudable que el contento equi- 
vale á cinco penas en este picaro suelo, que por antojo de la ciu* 
dadana Eva hab¡tamos;la diversión de la noche no compensa las im- 
paciencias, ansiedades, y sofocaciones de la madre y hermana ma- 
yor de cada tribu, directoras de la sección gastronómica; los tra- 
bajos, cálculos, y desvelos de la comisión encargada del exorno del 
nacimiento: la precipitación con que otra comisión especial se en- 
carga de escribir circulares á los amigos convidándoles á tomar 
parte en el festejo, y el trasiego, inquieiud, y sobresalto de doce 
horas 6 mas del dia para reir, loquear, y solazarse cinco ó seis 
de la noche. 

Vamos á echar una ojeada al nacimiento, examinando rápida- 
mente la obra en que todo individuo de la familia ha dado su voto 



DC 8B VILLA. 49 

y qie contempla envanecido á cada raaneco qae coloca el inge-* 
niero constrttcU>r, f recaen temen te el varón de maa edad de la casa, 
rodeado de los miembros ménades, de la parentela, aclamado por 
noa parte con la esclamacion \qiM monol /qué banüol y molestado 
otras veces por las reiteradas pregantas, advertencias, y hasta pu- 
jos y llantos de an testarudo chicuelo, qae se empeña contra to- 
dos los principios de arte en que los reyes magos se han de me- 
ter por /¡lu 6 por wfas en el portal de Belén: además de las pena- 
lidades de combinación, y colocación conveniente se desespera naes* 
tro ingeniero por los percances que sufren sus materiales de cons- 
traccion por culpa de el enjambre de pequeúnelos que le asedia; 
ya se hace pedazos el cristal que debia imitar la límpida corrien- 
te de un riachuelo en el declive de la montaña: ya se queda el sa- 
grado portal sin la muía que desprendida ríe las manos fatales de 
cariosa niña pierde la cabeza, siendo segunda parte de Garlos de 
Inglaterra, María Estuarda, y Luis XVI; ya esotro impertinente mu- 
chacho pisa el caserío de cartón de la hacienda, que se alza en 
un llano situado en el último término del cuadro; ¿ cada uno de 
estos contratiempos el maestro de obras vota, regaña, sacude un 
bofetón al mas tenaz de sos hostílizadores, y protesta no volver 
á ocuparse de semejante tarea, mientras uno de los pequeños espec- 
tadores le replica insolente, otro se burla de los gestos con que la 
impaciencia contrae su rostro, y el aporreado recurre en queja á 
la superioridad, gritando y enseñando la marca de la mano aira- 
da sobre su mano. Al fin entre episodios más 6 menos notables se 
dá por concluido el trabajo y su autor cubierto de polvo, aserrín, 
arena, raspadura de corcho y ceniza, mira con satisfacción desde diver- 
sos pantos el vario panorama que ha trazado y sonríe como sonreiría 
Muríllo al dar el último toque á el magnifico S. Antonio de nues- 
tra Catedral; Fr. Luís de León al terminar la postrera estrofa de 
su soberbia oda á la Ascensión del Señor, Montañés al colocar en 
las andas la imagen de Nuestra Sra. de la Esperanza, joya ines- 
timable, que posee la parroquia de S. Gil. 

Veamos su producción. En una tabla forrada de papel verde 
se ban formado con el corchó y el cartón diversas prominencias 
de modo que puestas las figuras acá y allá las mas lejanas colo- 
cadas en alto no se confunden con las mas próximas: enmedio, ó 



20 GL0AIA6 

eo lo mas elevado del ierreio se ha de levantar el establo, mat* 
sira primera del hijo del Eterno. 

A la derecha se destaca ud cortijo; á la izquierda una choza; 
mas allá una iglesia; mas acá una posada: hacia el fMdo tres c-aaas 
de humilde apariencia; vése á poca distancia el cercado donde una 
grey bícomia reposa. Los mas espantosos anacronismos se advierten en 
este cuadro; un asceta venerable de larga barba blanca, cabeza cal— 
va» hábitos grises, nudoso cordón y grueso breviario en la mano, 
contemplativo, y piadoso, se* descubre sentado en un banco próii- 
mo á una hermita, en cuya torrecilla cuelga una campana, giran-* 
do en lo mas elevado del edificio una veleta de Hecha y croz; es* 
te santo varón reúne á los méritos de su vida estrecha, penitente, 
y retirada, la singularidad de haber acertado las prácticas de los 
siglos posteriores á el del triunfo de la doctrina católica, aun an- 
tes del nacimiento de su fundador; envidiable adivinación de lo fu- 
turol Los pastores arrodillados con espanto á presencia det ángel 
que les anuncia el nacimiento del Mesias llevan calzooas de paño 
bardOt chaleco azul, zamarra, sajones, polainas y sombreros por- 
togueses ni mas ni menos que los gañanes de Estremadura: sin 
dnda otro ángel les trajo al efecto un figurín del género español. 
Se ven descender y ascender en dirección á el portal, asilo de la 
magestad divina, hebreas con pañoletas, peinas, traje corto con fa* 
ralaes, y delantal; judies con botines, y calañeses unos llevan como pre- 
sente al Señor de cielos y tierra lonjas de tocino, conejos y embuchados: 
sin duda Bérodes habría abolida recientemente la ley de Moysés, que 
pn^ibia al pueblo israelita comer la carne del cerdo y la liebre por 
ser animal rumiante sin hendidura eo la uña. Los pastores 
que en la puerta del establo celebran con cantos y danzas la na* 
tividad ded hijo de Dios, ostentan panderetas, zambombas, gaitas 
gallegas y demás instrumentos de zambra popular, que les presta- 
rían las generaciones futuras para aquel festejo: una pasiega con 
su coévano á la espalda, y su niño dormido tranquilamente en la 
portátil cuoa de mimbre, vá también á visitar al recien nacido, llevando 
la devoción hasta el estremo de abandonar el hermoso valle de la 
Paz para ir hasta Judea, cerca de BnUeñ, llamada anteé Efréta^ 
esto es, casa de pan, por adorar al glorioso infante. Una gitana 
frie buñuelos en las cercanias de un cortijo, auxiliada por el des- 



BISE\ILLA. 14 

caho y haraposo granaja, que avienta el fuego con ooa rola espor^ 
lilla, desmintiendo asi esa tradición, &qne los mismos Zincalos dan 
ié de andar errantes sobre la superficie de la tierra y miaerables, 
en castigo de baber negado asilo sus progenitores naturales del Egip- 
to, á la Virgen prófuga de su patria, huyendo del feroz decreto 
de Heredes, poique si antea que la divina madre pariera ya se ocu«^ 
paban en sus fritadas, con esparcirse por la tierra no han hecho 
mas que mudar los cachibacbes de su oficio de un lado á otro, y 
en eslo no es tan grande el castigo como haberlos esparcido sin in- 
doslria, arte, ni oficio. Una estrella de cartón, brillante con auii^ 
lio de ana lentejuela, arenilla de acero, sujeta con un baño de 
oola, y diez ¿ doce hilillos de oro por rayos, guia en so escur- 
sien á los tres soberanos, Gaspar, Melchor y Baltasar, magos del 
oriente, vestidos á lo moro de Ceuta, prei^idos de dos clarineros 
sobre camello», y acompañados de numerosa comitiva, en que fi- 
guran sobre tordillo fogoso un ciudadano con equipo á la cham- 
berga, y sobre un ruano un palafrenero inglés con botas de 
campana, sombrero con escarapela, casaquin grana« y látigo. Para 
formar este conjunto se desocupa media Alcaicería, nombre del 
mercado de juguetes en Sevilla, se recurre al vaciado en yeso de 
los figureros italianos; y se pone en contribución el chinero: nada 
importa que entre bustos de á pulgada, de trabajo basto, elabora- 
ción trianera, se levante, como Goliath frente á David, un pescan 
dor de á cuarta, de fabrioadon granadina, que servia de adorno á 
la mesa de un gabinete: nada importa que desdiga un grupo de 
dos amantes déla época de Luis XV, juguete de china, que disimula 
una eseríbania, del objeto del cuadro; hay un bosqueciilo forma- 
do con pequeñas ramas de ciprés, y á favor de sa sombra 
están perfectamente \oé derretidos novios colocados en voluptuosa 
noapcion á cinco dedos de donde está espuesto á la adoración el 
Omnipotente: nada importa la propiedad de el espectáculo; un ca* 
zador apunta con su escopeta á la tórtola que posa sobre un ár-* 
bol cercano, usando él buen judio por un milagro inconcebible de 
la pólvora que inventó un monge alemán en el año 4213 de la era 
cristiana; sobre el vidrio que aparenta la superficie de un rio se 
nota un buque de crisital vitrificación curiosa traida alli á represen-- 
tar en la aurora de el catolicismo las formas de los aparejos náoii* 



92 GLORIAS 

eos de diez y nueve siglos despaes: es el prodncto de la induciría 
de tiempos fataros llevada k la esposicioB de lo pasado. Con insig- 
nificantes diferencias esto viene á ser un naeimienlo, aniaiitisiinos 
lectores. 

Gomo hemos examinado los trabajos de la comisión constracto- 
ra^ debiéramos inspeccionar los de la gastronómica, y la de inTita- 
ciones: pero de lo segundo prescindo porque os baria abrir la bo* 
oa, una vez de fastidio, y otra de hambre al enumerar tantas y taa 
bien confeccionadas viandas como brindan saiisfaocion al mas de- 
licado apetito; de la tercera no me ocupo bastando decir que para 
escitar los invitados á la puntualidad se previene en la posdata á 
Doloroitas que el simpático Andrés será de la partida, se notifica 
k Leandro que Juana concurre, y á la linda viudita se deja entrever 
que está en el número de los escojidos aquel caballero de los gran- 
des ojos negros, espeso y retorcido mostacho que tanto la 
gusta. 

En fin, la deseada noche tiende su manto, tachonado de estre- 
llas y comienza la jarana en todas partes: la sala de la casa de 
vecindad alumbrada por un candil se vá llenando de mozas jaca- 
randosas, mozos templados, y gentes del bronce, dispuestos á pa- 
sar un buen rato con los airosos bailes del pais; los cantares de 
nuestro pueblo, tradición de los tiernos y melancólicos romances 
de los moros, ó graciosas invenciones impregnadas de esa espre- 
sion viva y llena de espiritualidad tan propias del carácter anda- 
luz; con los diálogos animados de que se pudiera sacar un reper- 
torio de chistes del mejor gusto. 

La suspirada noche envuelve en sus nieblas la naturaleza: la 
casa de las familias de la clase media se vé favorecida por alegres 
y lindas señoritas, por galanes y apuestos jóvenes: la luz brillante 
de reverberos y quinqués se proyecta en los bellos muebles que ador- 
nan la estancia; en la chimenea hay un buen fuego, que man- 
tiene una temperatura grata en sumo grado para el que entra ti- 
ritando, azotado en su camino por un viento húmedo que hace pe- 
netrar el frío hasta el tuétano de los huesos; en el gabinete pró- 
ximo, sobre un altar, se levanta el nacimiento alumbrado porara- 
ñitas primorosas de latón, y las bujías de pequeños candelabros de 
plaqué. El piano abierto, y cargado de papeles, y la guitarra 



D£S«VILLA. 23 

tereíadi en dos ñlloDes del eftU*ado denancian qae la fiesta ten* 
dtík sa sección filarmónica. El baile está indicado con la desapari* 
cion de la mesa redonda cargada de dijecillos qne se destacaba en- 
medio del sakm; con sns juegos de café de porcelana, producto de la 
industria manilefia; y primores del ingenio fabril francés. La cena se 
aBvncia con el estridente choque de los cubiertos, qae colocan los 
sirvientes por el ¿rden de asientos, y cierto olor confortante y de-- 
lictoso, que alhaga el olfato de los concurrentes al festin al atra- 
Tesar los corredores, k cuyo estremo se halla situado el comedor. 
Se me ofrece una ocasión de haceros tocar, lectores, los con- 
trastes entre his clases; para ello dividiremos el tiempo intermedio 
entre la reunión, y la salida á misa dd gallo en dos partes: una 
el ¡aleo probé como se denomina la fiesta de los hijos del pueblo; 
otra la tertulia de las gentes de buena posición. 

III. 

£1 baile de candil tiene inmensas ventajas sobre k» que nos 
congregan en aristocráticos salones: en trueque de el refinamiento 
de lujo con que no puede alli lacirse, prescinde de las prácticas de 
etiqueta, que regularizan el goce á que sois invitados en la alta 
sociedad, y sujetan vuestra diversión á formulario; estáis seguros 
de no ver allá como en las fiestas de gran tono, fastidiados que bus- 
can un sofá para colocarse en esa lánguida posición que parece in-* 
diear que quieren aislarse en medio de una numerosa concurren- 
cia que les marea, de una alegría de que están cansados de no dis- 
frutar: el ciudadano admitido á la jarana tiene derecho á todo lo 
que no traspase los limites de la decencia: si le conviene tener ca- 
lado el chapeo, nadie lo estraña; si le place cruzar las piernas, 
nadie lo censura: si le parece bien, dirijirse una por una á todas 
las hembras en chanzas permitidas, de todas obtendrá contestación 
si no quiere mas que observar en silencio nadie sacará partido de 
8« reserva: yo confieso francamente qne la perspectiva de un jo- 
ico jiroie (asi se llama por la gente del bronce estos festejos) es mas 
alhagüena á mis ojos que el panorama que presenta un baile de al- 
io coturno: en el de la gran sociedad el primer golpe de vista es 
soberbio: torrentes deluz do magnificas arañas, suntuosos candelabros, 
CosT. 3 



^' 



21 GLt>RUS 

brillantes quinqués, y t^hinescas fogatas, dan una entoaacioii desluin- 
bradora á los objetos, y á impresión tan fuerte éi que e^lra, tarda cin- 
co ó seis minutos en reponerse de la emoción que suscita cuadro 
de tanto y tan prodigioso efecto: parece on profano que llega á pe- 
netrar casualmente en el santuario de la divinidad de las mara- 
villas y los supremos placeres, y retrocede con pavor ante los res- 
plandores misteriosos del Tabernáculo: pasa mas adelante , y le es- 
tasian como una turba de huríes, aéreas y graciosas las jóvenes con 
sus trajes trasparentes, sus adornos en que rielan perdidos entre 
el ébano y el oro de sus cabellos; los diamantes, y rubíes y sus 
houquetsó porta- ramilletes llenos de fragantes flores, que contribuyen 
con su aroma k condensar el ambiente perfumado y trastornador de 
las sal^s; pero no tiene esta tropa de apaestas señoritas, esa singu- 
laridad que hace tan varias las reuniones populares: blancoa tra* 
jes, peinado sino igual análogo, y adornos no muy diversos pues un 
mismo figurín los ha inspirado, hacen monótono al fin el aspecto de 
la elegante concurrencia femenina para el que no tenga el singu- 
lar capricho de andar inquiriendo si el collar de aqtaella duquesa 
es de perlas, el brazalete de esotra dama de esmeraldas; exami- 
nando la colocación de aquella pluma en el tocado de estotra Mar- 
quesa, los vuelos de las mangas de la señora de T.../^ En cuanto 
& loe caballeros la uniformidad está en lo general llevada á mas alto 
ponto; frac y pantalón negros, corbata y chaleco blancos: he aqui 
«1 traje admitido: los uniformes de maestrantes, oficiales, emplea- 
dos vienen á dar algún tono á este cuadro masculino tan amane- 
rado: el gran baile es como los coros en la ópera^ se atiende al con- 
junto; en el detalle se pierde mucha ilusión. Todo al revés acon- 
tece en el baile de candil: el primer golpe de vista es miserable: 
las paredes están decoradas con láminas groseras de imágenes 
sagradas; un espejo de á dos palmos con el azogue gastado en on 
estremo, atravesada la luna por un chirlo como cara de valiente, 
marco ex-dorado con esas curvaturas y atroces torones de el peor gé- 
nero churrigueresoo, está suspendido en mitad del testero del coar- 
to como el mueble de mas estima del ajuar plebeyo; un belon ra- 
quitico con sus dos mecheros encendidos alumbra con ténoe res- 
plandor los rostros de los convidados á la fiesta, sepultando en la 
sombra las enérgicas y pronunciadas fisonomías de la parte seria y 



DE SEVILLA. VS 

júíeiosa del ooncarso qae fte siloa en el eslrenio de las filas y la 
oomponen hcnnbres formales, mngeres en el otoño de la vida, y j6* 
venes timidas que se apartan de la facción bulliciosa, loca, y en- 
redadora, colocada en el centro y testero, donde la loz dá de lleno, 
combinando este efecto óptico las muchachas alegres y garridas, 
las mozos galanes y airosos, que pretenden ser vistos y ver; arman* 
do nna algazara en qae el requiebro incita la risa franca, la bro- 
ma escita la hilaridad, y los aplausos celebran el chiste. Nada de 
monotonía: cada cabeza merece un estudio diferente; cada ropage 
un análisis separado: cada carácter un examen aparte; porque aquí 
DO se toman posturas convencionales, no se adoptan gestos ensaya- 
dos al espejo; ni se obra de reglamento como en las reuniones de 
alta clase; la que es nHuptoosa lo revela en sus posiciones y ma- 
ñeras lánguidas, y apasionadas: la altiva no sonríe, como apreti- 
dio á hacerlo aúte la luna de su tocador la señorita; su labio in- 
ferior saliente, y las cejas anidas por un pliegue determinan su ca- 
rácter: esta moreda con dos volcanes por ojos y dos encendidos co- 
rales por labios recojo sus largos y espesos cabellos de un negi*o 
azulado y brillante como las alas de la cantárida, en forma de la- 
zo en cuyo centro se sujeta una moña de gasa con flequillos de se- 
da; partiendo de sus sienes hasta bien cerca de sus pómulos ese 
ch-culo de cabellos enroscados merced á la glutinosa pepita del 
membrillo, que las hijas de la encantadora Andalucía llaman la 
paiUh: aquella rubia de ojos de un azul tan limpio como el de 
nuestro puro cielo, y cutis mas blanco que el ampo de la nieve, 
recoje sus hebras de oro en espléndido rodete, y en uno de sus 
ríaos delanteros se sujeta el cabo de una rosa contrahecha; me- 
nas tersas sos ofas de terciopelo que la epidermis de la joven: 
esta viste un traje oscuro, reservando el color azul para su pañolón 
de lana arrasada, que hace resaltar el armiño de su garganta: aque- 
lla trigueña cuya sonrisa provocativa, y mirada maliciosa declaran 
la guerra á todo corazón incauto, encuentra medios en su vestido 
color de hortensia de señalar las ligeras tintas ambarinas de su 
piel, dejando ver el nacimiento de un pecho seductor, que en- 
sanchándose y comprimiéndose en ios movimientos de diástpie, y 
sístole del corazón hace ondular los pliegues de la cotilla: estotra 
viudita, que lleva hábito de Dolores, sabe demasiado bien que et 



26 GLORIAS 

color negro hace favor á sus bellas formas, alabastariaas en caanto 
paeden Terse: esotra menudisima y vivaracha mozuela reciensa- 
lida de la pubertad al parecer, y en realidad frisando en los 
treinta anos, afecta los modales de una niña, contenta con el en- 
gaño de la fisonomía, qne apoya cnalqfiiera fecha menor que la 
que se desprende de la fé de bautismo; en^ño que si mereciera 
pena de presidio, haría arrastrar el deshonroso grillete á las 
99 de cada cien hijas de Eva. 

La parte masculina del baile de candil no se dtferenda menos 
de la sección masculina del baile elegante, por su franca alegría 
la variedad de sus tragos, y la singularidad marcada de sus ti- 
pos: este moceton de espesas y pobladas patillas, moreno y con 
ojos negros, lucientes como el azabache, revelando la raía afri- 
cana en la belleza de su aclimatación en nuestro suele, se sienta 
entre dos chiquillas que tocan k rebato al alma del hombre mas 
pacifico del universo: ese joven de cabello castaño ensortijado, ojos 
garzos melosos, y sonrisa tiernamente espresiva se ooloca en un ta- 
burete á los pies de una arrogante hembra que lo persigue 
con la fascinación de su mirada y con protesto de ponerle un 
papillote para sujetar uno de sos pequeños rizos rebelde sacia sus 
ojos de contemplar al lindo mancebo, que la deja hacer, y sonrio 
con una sonrisa candida que acaba de enamorar á la ardiente y 
apasionada beldad, nacida en Tarifa; Tarifa la de Guzmaa el Bueno; 
la que tantas mozas buenas ha dado & la Bélica enviando al mundo 
más fuego en media docena de sus robustas y alarmantes mu- 
jeres, que hizo llover la oMera divina sobre las dos ciudades mal* 
dita& Sodoma y Gomorra; ¡aysi el marido de la Tarifeña ocupa- 
do en escuchar el relato de la tia Francisca, que le cuenta con 
sus drcunstancias todas quince partos, y las desgracias de su prHe 
llega á reparar la fuerza de la mirada que clava en su mujer 
el adolescente del pelo ensortijado! hará una tan sonada como cum- 
ple á un valiente ctmtrabandista, qne ha tomado el peso al hier- 
ro vizcaíno con que S. M. condecora á los nobles individuos de 
las maestranzas de Ceuta, Melilla, y la Carraca, tres ¿ cuatro veces 
por autopsias en cuerpo vivo. Áqui se ha destinado un puesto de 
preferencia al cateador, al artista filarmónico, al trobador del pue- 
blo, al rey de la fiesta: el caníaor es la verdadera notabilidad de 



D8 SSVrtLA. 27 

lodi jarana: aiudo entona la caña, sas tidancóUcas cadencias 
libran en el ahna de tedoe los espectadores, y la dan esa laii- 
gaidez saave, que tanto favorece al amor: cuando las playeras; 
un sentimiento melancólico se apodera de todos los corazones: coando 
los polos, y jarabes, ona alegría bulliciosa sigue k cada equiYOCo 
á cada find de la frasedlla algo truanesca y maliciosa en que 
siempre se descubre un rasgo feliz de esa fértil y privilegiada 
imaginación de este pueblo encantador que mora en el mediodía 
de nuestra hernMsa España. El cantador es objeto de mil aten- 
ciones k cual mas delicadas: al colocarse sobre la mesa la ban- 
deja con bizcotelas y alfajores, y el azafate con las botellas de 
resoH y ankek todos los varones se ponen en movimiento para 
servir una por una á las jóvenes, y tomar después un traguito; 
el eatUador permanece en su asiento, p eludiando una sonata, por 
que wabe que esta le traerá un bizcocho en pago de una copla 
de rondeñas dirijida á sus ojos; otra le brindará un vasito de mw* 
tela en compensación de la complacencia conque se prestó á re* 
petir «na estrofa del Frag Pedro k instancia suya; y mas de cua* 
tro han de partir con él la mitad de la porción que les ba tocado 
en el reparto de golosinas para tenerle propicio, y hacerle que 
cante alguna coplilla contra la inconstancia de los hombres, so- 
bre desprecios de ona mojer ofendida, qoe piensan aplicar con 
00 rápido gesto á el qoe las ha abandonado, haciendo rabiar con 
la seña después de la cantiga, al amante prófugo que pide am- 
nistía: del cantador no hay celosos; maridos y novios no tienen de- 
recho para interpelarle por sos galanterías: tose y callan las con- 
versaciones, suspendiéndose la disensión mas interesante, ponién- 
dose puntos suspensivos al mas inspirado párrafo de amor; la to- 
cata se deja <Hr en la tierna vihuela; el cantador fija su mirada 
en la de ojos mas lánguidos^ y con una e^esion afectuosa 
dice: 

Matas si tos ojos cierras, 
matas si los ojos abres, 
deben prohibirse esos ojos, 
porque son ojos-puñales. 



28 GLOftIAS 

¡Bien! ;\iva la gracia! claiiaa mil etlraeodoBas voces, y haala 
el marido, el amante de la agraciada con la troba se UDeo á el aplaa- 
80 universal, mientras que la de los ojoft-poñalea dedica al bardo 
el mas expresivo de sus gestos amables, la mas afable y grata de 
sus eslasiadoras sonrisas. 

Torna á prepararse el caníaior; el silencio mas relijioso reiía 
en la estancia; en los hombres es deferencia hacia el Trobador, y 
las hembras, ¿vidas de recoger las letras, y acordes de los can- 
tos, que después repetirán como dístraocion en sss tareas: en las 
mugeres es ansiedad y espeotacíot»; cada una se revista, y eiaM«- 
na esperando una copla á su facción roas notable; y daría la mi- 
tad de sus dias por mereoer la estrofa laudatoria; es taa natural 
esa propensión á oir sus elogios en la bella ¡porción de la especie 
raóonal que representa á la primera madre del linaje hamano. 
¿no habéis visto un mendi^ recaudar cuantiosas cootribacioftes fi- 
lantrópicas, por el simple uso de la frase hermüsa señara al diri*^ 
jirse á las mugeres? Al fin el cantador pasea dominadora su mi- 
rada por todas las hembras qtte le cercan, y que se juzgan in- 
teriormeate favorecidas en la próxima copla, y clavándola en la 
menos notable hace morir de envidia á las demás, al paso qoe 
vuelve loca de felicidad á la privilegiada; empiesa asi el caalsor 
después de una guiñada de inteligencia: 

Al verte por vez primera 
no hay duda que te miré, 
y si no estabas swtada, 
era que estabas en pié. 

La risa acoje esta ocurrencia: las muchachas se solasan en el 
despecho de la orguUosa chasqueada, celebrando que no hayan ac-* 
cedido á su anhelo de celebridad; la desairada desearla despedid 
zar al insolente que la ha dedicado una vulgaridad cuando ella 
bascaba una flor, pero por no descubrir su rabia lie con un ges- 
to como de prójimo á quien dan agua de campeche en lugar de 
vino tinto, y disimula su coraje. £1 cantador prosigue; 

Las mugeres y los hombres 



D£ SEVILLA. 29 

dije on fraile franctacaao 
si no habiera mandamienlos 
no tenían qae guardar. 

Nuevo estrépito de risotadas á este chasco; nuevas aclamacio- 
nes al héroe de la fiesta; este es un bosquejo somero de la mi- 
sión del cantador en el jaleo probé; de su soberanía: en la orjia 
como en la sencilla fiesta campestre, en la casa de familia hon- 
rada como en el feslin ruidoso del lupanar siempre se halla es- 
te tipo, mucho mas curioso que el charlatán italiano que zurce es* 
4rofas tras estrofas prevalido de la facilidad portentosa del idioma 
4el Lacio para la versificación repentina. 

Ademas del cantador hay en la sala cinco 6 seis jóvenes bai* 
larinas y otros tantos ó mas mozos que pueden ayudarlas en su 
ejercicio: el canto y el baile son la diversión de la asamblea y es- 
to dura hasta las once y media, hora en que la carabana se po- 
ne en marcha hacia la iglesia para asistir ai divino sacrificio, c^ 
lebrado en punto de media noche. El po^lo llama á esta misa 
la del gallo, y lo que la hace mas notabld será motivo de una bre- 
ve descripción aparte. 

IV. 

Descrito rápidamente el jedeo frobe pasemos á la sala de la fa- 
milia acomodada; donde en medio de la franqueza que se afecta rei- 
na una sujeción impuesta por el respeto á las tigeras implaca- 
"bles de la sección femenina, esto es, á la critica que aja; al ri- 
diculo. Las mamas forman un congreso de que la señora de la ca- 
sa es presidenta; los patriarcas, sus esposos, se sitúan al estremo 
opuesto de sus caras mitades, y se ocupan en discutir las mas ar- 
duas cuestiones políticas: mientras D, Anselmo arregla la revolu- 
ción italiana dando al vicario de J. G. una ciudad en cada reino 
del continente y colocando á los romanos bajo el protectorado de 
los ingleses, D. Pantaleon entrega á los cosacos media Europa, y 
ahorcando tres docenas de socialistas, y fundando un convento de 
RR. PP. Franciscanos, difunde la civilización, elevando á la ge-» 
iieracion presente á un grade fabuloso de perfectibilidad; alli sue- 



30 GLOMAS. 

nan las mas rimbombantes pafaibras de la ciencia polltico-adminis- 
trativa tan disparatadamente aplicadas como es de esperar de 
los que aprenden en los articulos editoriales de los periódicos ese 
formalario de vocablos eróticos, qae componen el diccionario de la 
moderna ciencia de gobierno, entre los que figuran dnlm <fe cosas, 
fmanzas, eotUaüUiad, y otros ciento qoe no paedo dijerir. Cerca del 
Congreso materno se sientan las viuditas jóvenes, las casadas y los 
hombres de mas formalidad; estado mayor de las directoras y ge- 
fes de la familias, que od agradable solaz retine: en el centro del 
salón es donde está la fracción alegre, risueña y bulliciosa: apues- 
tas señoritas, elegantes mancebos, que cuchichean, chancean lije- 
ramente, y se entregan & la mas franca hilaridad á cada gracioso 
dicho, á cada relato chistoso. La luz artificial es mas propicia al 
sexo que necesita ser bello, que la del astro divino. 

Las pecas, las manchas que empañan un cutis desaparecen ó 
al menos no se distiagoeu lo bastante á el dorado reflejo de un 
quinqué solar; la descolorida aparece coloreada dulcemente al ra- 
yo rojizo de an reverbero: la luz viva de las bujías apiñadas ea 
góticos candelabros, hiriendo de Ueuo en dos azules pupilas las ha- 
ce brillar con rayos deslumbradores. En el cabello ondeado de 
una atractiva morena la luz de lámparas de alabastro y vistosas 
aranas serpea entre los rizos como la Luna sobre la bruñida su- 
perficie de ese espejo del cielo que llaman el mar. A la brillan- 
te luz que da el gas se ven bañadas con tintas suaves y encan- 
tadoras la blancura de esta Unda mujer, que revela la raza típi- 
4» griega en su mayor esplandor; toaia el dorado precioso del ám- 
bar el color moreno de aquella trastomadora beldad, que puede 
decir como la Sulamitis de Salomon—nionfia soy; pero hsrmosMy hij§s 
de Jenssakn. 

Esta digresión ayuda á concebir el aspecto admirable, que pre* 
sentarán nuestras sevillanas de gran tono en la noche huesa reunidas 
para la diversión y la broma: escitadas por la deliciosa fruiq&eza, que 
fse establece desde luego entre los jóvenes, cuando la mirada ae^ 
vera de una adusta mamá, ó la atención recelosa de na padre 
desconfiado no pesan sobre ellos, ahogando esa ingenuidad, esa 
espansion de sentimientos: verdad del corazón sacrificada á la 
mentira social con protesto de la conveniencia y el decoro: ani* 



DE SEVILLA. 3f 

madas por el calor de la chimenea, laalmásrera confortante de nn aalon 
bien preparado y concurrido, qae hace reinar la primavera de Mayo en 
la estancia^ mientras el hielo de Diciembre transe los miembros fnera; 
favorecidas por la luz artificial, cuyos efectos hemos trazado rápida*- 
mente, y embellecidas por esa amabilidad, esa voló ptoosa ternura, ese 
encanto, que snrjen del alma contenta como rayos del Sol de la felici-^ 
dad, y dan mas realce á la hermosura de las predilectas de la naturale- 
za, haciendo adorables las que no poseen masque regulares dotes físicos 
y quitando toda apariencia repugnante á la deformidad misma, las di- 
chosas moradoras de la ciudad de S. Fernando harían enloquecer al 
más frió y pesado alemán que asistiera álos festivos círculos ó tertn** 
lias donde celebran con recreos sencillos la natividad del Salvador 
del mundo. Un consejo voy á daros, lindas señoritas, que bojeáis 
mis humildes pajinas: nunca adoptéis el desden presuntuoso, la 
frialdad, y el orgullo, como medios de hacer notables vuestra re^ 
levantes gracias; la dulzura, las afectuosas prevenciones, sientan 
mejor á vuestros rostros hechiceros: la Dama altiva y arrogante 
choca á muchos, llama la atención de algunos y puede subyugar 
i varios; la joven afable, cautivadora y albagüeñá place á todoa, 
provoca las miradas más espresivas, rinde infinitas voluntades. £1 
amor en la primera es el soplo del vienlo que hace balaocear las 
mas pequeñas hojas de la cimera verde de la palma; en la segunda 
es el hálito de la brisa, que arrulla la mas gaya flor de los ver- 
jeles, recojiendo aromas en pago de blandos arrullos. 

Veamos el lado maligno del cuadro: es una propensión déla 
corrompida naturaleza humana buscar un blanco á las pullas; go- 
tas de la hiél que en mas ó en menos cantidad existe en todo co- 
razón: este blanco es siempre un ser incapaz de defenderse de los 
ataques, que se le dirijan; ó un desgraciado cuyas facultades sean 
incompletas, y en que baya indicios de demencia, ó síntomas de 
idiotismo; ó un prójimo iluso, á quien era menester gritar con bo- 
cina en las veinticuatro horas del dia conócete^ conócete; nósceteipsum 
qae dijo el filósofo; la presunción de ser el filarmónico mas so- 
bresaliente, el bailarín de mejor aire, el poeta de mayor inspira- 
cioB y numen, el pintor de mas crédito, hacen orijinal la posición 
de aquel mono-maniaco, y proporciona escenas cómicas en grado 
eminente, de que sacan partido los que concuren á una reunión: 

COST. i 



32 6LKRUS 

eUM Aeres se llaman tkhmas de primer orden: felices engreídos qne 
no descubren en el aplauso estruendoso, que celebra la conclusión 
4e BQ aria ó su romanza la befa á su ^oz inbarmónica, á sus in- 
fernales, estravagantes fioriiure; venturosos estúpidos qne no advier- 
ten en los bravos atronadores, que dedican & sus piruetas y estram- 
bóticos saltos, la burla que merecen sus pretensiones de distingui- 
do danzante; afortunado necio que interpreta por entusiasta acla- 
mación el irrisorio murmullo de su auditorio después de la lectu- 
ra de cien herejias rimadas, que el llama letrilla, traduciendo por es* 
clamaciones de asombro las frases con que todos se mofan de los ma- 
marrachos deque hace páblica esposicion. LwAtieHmasde segundo ¿fden 
son aquellos entes en último grado de presunción, el más próxi- 
mo á la mania: señoritas á quienes una madre fonática y un maes- 
tro adulador han imbuido en que á los cuatro meses de enseñan- 
za música puede cantar el aria final de Lucia, sobrepujando á la 
Persiani, desairando á la Grissi, emulando á la Malibran: fea mo- 
zuela á quien una turba de estudiantes malignos y zumbones fin- 
gen cortejar haciéndola creerse una Venus ¡de Médicis y que de- 
satiende el espejo que la arroja k la cara su estampa risible, en 
que no hay un solo rasgo que no convenza al que la mire que 
el pincel de la naturaleza se ensaya alguna vez con éxito feliz en 
la caricatura: mancebo petulante, preciado de terrible con el be- 
llo sexo y que siendo un solemnísimo majadero, se figura seductor 
como Lovelace, afortunado como Ricbelieu, intrépido como D. Juao 
de Maraña, irresistible como D. Juan Tenorio: mozalvete presumi- 
do, que afecta modales y gustos estrangeros; que si os habla de ca- 
ballos se declarará un sportman famoso: si de mujeres un lian de- 
cidido; que os contará cantidades por zequies turcos, os presenta- 
rá con cualquier protesto su petaca comprada en Rusia, fuma- 
rá en pipa de porcelana que trajo de Coblenza y os ofrecerá un 
lindo mondadientes que le regalé una familia maggyar, cuya his- 
toria os contará con acento húngaro pronunciado. 

Donde la clase media y elevada se vea reunida en mayor nú- 
mero de cuatro, el quinto ha de ser una victima; aqui es la ma- 
dre tonta y orgullosa de su pimpollo, á quien supone un artista 
singular en el canto, habiendo logrado persuadir al fruto de su» 
entrañas de su escelencia filarmónica: viejas y jóvenes muchacho» 



DB ftS\ILLA. 33 

Y itMj^MakÉK aneiina se aaen en ruegos lisongeros á la mamá 
para qañ ioterpooga s¡a hifloeocia con la noiabiliiad música á iiu 
de adoürar á la concurrencia con las inflexiones de su acento en 
eriíaleta suelta y conmovedora. 

— Señora (dice un tuno con exajerada galantería á la satisfe- 
cha madre^ haga \d. nn milagro: que oigamos trinar el ruiseñor 
en las tinieblas de la noche. 

— Caballero, (replica alborozada y fuera de s( la sexajenaria) us- 
ted es demasiado bueno: vamos, Clarisa; por complacer á estos se- 
Asres canta. 

— Pero, ^mamá por la Virgen Santísima/ si no sé nada. 

— -Vayal (loma á decir la mamá) estos señores dispensarán tus 
defectos; quien hace lo que puede y lo que sabe no debe mas. 

—Pero., si estoy tan roncal ajal aja! ¡Jesús ¡que los. 

^Clarisa, ese es un desaire, esclama conteniendo la risa una 
Biozmla cuyos ojos están denunciando el espíritu ma» burlen y pi- 
caresco del mundo) aunque no sea mas que una estrofa has de 
eantar. 

-"Pero si no se nada de memoria; torna á responder la joven 
artista) sin los papeles delante no entonaré una nota. 

—Yo no te ayudo á mentir: (replica la mamá) bien cantaste 
anteayer noche sin papeles el aria de la Esclava en Bagdad^ y la 
cabatina de la Peña negra. 

— Muy bien (interrumpe un traban) que las repita: esas pie- 
zas tienen un sabor clásico escelente; le hacen recordar el entusiasmo* 
de nuestros bisabuelos al asistir k su estreno. 

— Lo que recuerdo es una canción andaluza. 

— Viva la tierra! á ella! 

—Cuidado que estoy muy ronca: tápense vds. los oidós, 

—Al contrario echaremos de menos veinte conductos auditivos 
para adsorver torrentes de trastomadora armonia, dice un ciudadano 
con la mayor gravedad poniendo á riesgo de soltar la carcajada 
á las muchachas que ya en vano tosen, vuelven los rostros, y se 
muerden los labios hasta hacerse sangre. 

Mientras que abre el clave, se quita los guantes, se aeemoda 
bien en el añento, y preludia la cantora: la madre como en ains 
lie jntmidad dice á los mas próximos á ella: 



38 GLOElAg 

y 6D pago de tal delitot 

en bruUi me converü. 

Oh Dios! clemente me tratas; 

yo bendigo tu boadad; 

ta inapreciable piedad 

me qaila de andar á gatas: 

La boca que dio al vasallo, 

leyes sacras que conserva 

ya no mascará la yerba 

como el toro y el caballo: 

Yo ruin, pobre mortal, 

rendiré culto á tu nombre; 

ttt hiciste animal al hombre; 

tornas hombre al animal. 
Al terminar la plegaria Torcualo queda de hinojos: ona saWa 
de aplausos aboga sus últimas palabras, y entre las aclamaciones de 
una fingida admiración, el artista vuelve majestuosamente á so pri- 
mitivo asiento, con un aire digno y satisfecho^ como Guillermo TeU 
tornarla i reducirse á la vida privada después de libertar del 
yogo del despótico Gesler á su patrio suelo; como Wasington re- 
nonciando cargos y honores después de contemplar la obra de la 
eottncipacion de la América del dominio británico. 

Hé aqui dos faces de la vida de victima hé aqui dos tipos de 
esos pobres seres, objeto de la rechifla de los demás, y que Dios 
parece haber criado con el fia esclusivo de poner en ejercicio la 
malvada propensión de solazarse con las flaquezas de los prójimos 
patrimonio de la especie humana, viciada por el germen de cor- 
rupción desarrollado por el pecado original. 

Cansados los concurrentes de sacar partido de la necedad de al- 
gunos originales, hacen sentar al piano á ona señora, dan la 
guitarra á otra, y se disponen á las danzas de la época: las ha- 
bas verdes; la carra^qnilla; y la gmngoia: no bay sexo ni edad que se 
esceptue del jaleo: la septuajenaria baila la tararn con un estudiante 
alborotador y calavera, correspondiendo salir i saltar con el de- 
crépito mas tarde la mozuela salerosa y retozona. 

La señora de la casa viene i poner término á la broma anun- 
ciando, cuando el baile iba fuizá á dejenerar de caprichoso y 



DE SBViLLi. 39 

tieMrde&ado en regular y de eiiqaeta, cediendo el campo las habas 
9ird€$ á el rigodón ó la gmngota al voluplaoso wah, que la cena 
espera á los invitados. 

A tan precioso anuncio, el concurso abandona la sala para in- 
vadir el comedor donde se levanta una mesa abundantemente provis- 
ta de viandas, cayo olor y vista escitarian á la soltera de trein- 
ta años mas inapetente, y hastiada de todo, haciéndola olvidar su 
desesperación por el celibato forzoso á que se vé condenada, y cuán- 
tas dolencias la aquejan por tan deplorable motivo. 

Lo bueno de todo esto es que Clarisa dice al oído de su ma- 
má, señalando con un rápido gesto á Torcuato.=/9if¿«a/ fe Ao- 
e$ el pobre\=: y el actor repite al oido de un amigo hablando de 
la filarmónica*- ¡9»^ atroeiiad de caslol... ¡Pobre humanidad! 

Las campanas de la gigantesca Giralda dejan oir su solemne 
repique anunciando á la desvelada ciudad los suntuosos oGcios ce- 
lebrados en su catedral magnifica. Nosotros iremos á la misa del 
Gallo; pero no á la iglesia matriz donde todas las ceremonias son 
ostentosas é imponentes, sino á una parroquia donde el culto ad* 
mita todo lo gracioso y risueño de la época, que no amengua el 
decoro lü gusto del templo. 

Sí os habéis fingido alguna vez en vuestra imaginación las ale- 
gres y bulliciosas notas de los dulces caramillos é instrumentos cam- 
pestres de los pastores de la Arcadia: si alguna vez os habéis re* 
presentado dentro de vosotros mismos, sns rostros risueños animados 
por inocentes placeres: y si á estas escenas les añadís cierto tinte 
de religión y de sencilla grandeza, no necesitáis mas para poder 
comprender de lleno, lo que es esa festividad de la madrugada del 
primer día de Pascua, que conocemos con el nombre de mua éd 
foUo. 

Con efecto» una docena, poco mas ó menos, de penonast eá^ 
si siempre de la clase trabajadora, se instalan con los instrumen*-* 
tas dedicados solo á este y á los próximos dias de celebridad, en 
el coro de la iglesia que han elejido para rendir sus adoraciones 
análogas al nacimiento del hombre-Dios. 

Mil y mil personas, desveladas por el alegre sonido de las cam- 
panas, envueltas ya en anchas capas, ó en pesados pañolones se* 
gun el diferente sexo, acuden de todas partes para ser participes 
CosT. S 



40 qijokias 

de la fancíon de este día: algunas familias qoe no baa (enido ipie 
despertar, por que el placer de las reuniones no há permitido la 
entrada á Morfeo en los agitados espiritas, llegan también sin ol- 
vidar sus risas y sus bromas, hasta tanto que la puerta del tem- 
plo, & cuyo dintel se hallan, les hace recordar que ya es tiempo 
de que se restableaca la calma en los intranquilos corazones, y que 
una veneración y respeto en armenia con los sentimiemos que debe es*- 
perimentar todo hombre religioso al pisar elsagrado pavimento, vengai 
reemplazar la franqueza y jovialidad, que sok» en. aquel momento h« 
dejado de ser permitida. 

La iglesia sigue cubriéndose poco á poco de millares de perio- 
nas, de todos los sexos, de todas las clases y de todas las condi- 
ciones: ya aqui un grupo de elegantes jóvenes cubren sus rostros, 
qBebrados de color por el insomnio é encendidos por el placer, con 
el ligero velo de tul, que pende del borde de la parte superior de 
su mantilla de sarga negra, la qoe arrollada á la cintura, coa cier- 
to aire de descuido, deja entrever un delicado talle, esbelto y fiec- 
sible como el junco que se eleva acariciado por el blando saspiro 
de las ondas del lago. 

Ya un poco mas adelante otro grupo de la clase del pueblo, o§- 
lenta sus trages de colores fuertes, en contraposición del vestido de 
seda negro de las jóvenes mas ventajosamente acomodadas; sus man- 
tillas de tafetán, «que guarnecen dos anchas bandas de terciopelo, 
están apenas sujetos en las negras hebras del abundante cabello, 
que cae perpendicularmente, formando un gracioso lazo, sobre la 
parte posterior del cuello: Las fisonomías de estas últimas casi sfenn 
pre dé una hermosura varonil, fuertemente caracterizadas por may 
sri)idas tintas y enérgicas delineaciones forman un raro contraste con 
las primeras, que en la transparencia y debilidad del colorido, ea 
la'ligva esporesíende.tas facciones suaves y poco pronunciadas, re- 
velan el deseansa y. el ningún uso de los trabajos penosos. * 

El sexo Caerte no está eliminado del námero de los espectado- 
res de esla clase de festividades, como ya tenemos anunciado: por 
el contrario, forma el mayor, número y se hace casi necesario par- 
m animar el espíritu de las que encargadas eo entonar alegres can- 
tares al recien*nacido, temen hacerlo en atención k la fkiÁl hila*- 
ridad de sus mismas compaSeras. 



DI SEVILLA. 41 

No es muy dificily si osamos tender la \isla á algan rincón 
del templo, hallar an respetable anciano que la edad y la mala 
noche han rendido, y que disfruta, indiferente á todo cuan- 
to le rodea, de un tranquilo sueño: en cuyo caso, es bien fácil 
escuchar algunas débiles palabras de un joven de buen humor, 
que reparando en el que paga el debido tributo á sus escepcio- 
nales circunstancias, le dice poniendo la mano sobre su hombro 
con cierto aire de jovialidad. 

— Que tal amiguito? ¿os ha reconciliado el sueno el apacible 
fresco de la madrugada? Es de advertir que el termómetro indi- 
ca cuatro ó seis grados bajo cero. 

£1 desconocido no hace el menor movimiento, su reposo con- 
tinua sin interrupción. 

— No me oís? repite el primero, /ved qucivá & empezar la misa» 

— Eh? que decis? 

—Nada, caballero, me pareció que dormíais y me tomé la li- 
bertad de dispertarlo. ry 

— Miren que cuidadoso, sois acaso maestro^e ceremonias. 

—Dispensadme, caballero, no pensaba incomodaros: por el con- 
trario, lo hize con sanísima intención: pues ya que habéis aban** 
donado vuestro lecho, pensé que queríais disfrutar por completo 
de esta solemnidad. 

— Si es asif gracias por la incomodidad que os habéis to* 
mado. 

Y continúan una larga conversación, que toma mil giros y va- 
ria de objeto un millón de veces, á la que nosotros no podemos 
estar presentes, porque la horade comenzar ha sonado y esto cau- 
tiva mas nuestra atención. 

£1 santo ministro del señor, adornado de la santa vestidura, 
ofrece ante el ara el divino sacriOcio, con todo ese respeto» con 
toda esa pompa ceremoniosa y solemne, que debe anteceder al 
dichoso momento en que desciende el criador, por un misterio ine- 
fable y sublime, á las sagradas manos del sacerdote: todas las 
rodillas se doblan, y todas las frentes se inclinan, bajo el peso 
de una contrita veneración, y los espíritus .desprendiéndose aca- 
so de la materia, cruzan las celestes esferas y adoran la divini- 
dad del altísimo* 



42 «LOBlAi 

No hay ano, por mas escesiva qae sea m indiferencia reli- 
giosa, que do] se anonade al recibir las impreáones producidas por 
la sublimidad del sacrificio, y por la inspirada melodía de las ora- 
ciones sagradas, que al perderse bajo las bóvedas del templo, 
toman todavia una entonación mas mística y mas agrada- 
ble: hasta el impío, que nada cree de nuestra religión, para el 
que los canónicos ritos no son mas que ridiculas manifestaciones, 
al penetrar en el sagrado recinto, al que quizá lo lleva única- 
mente la curiosidad, siente temblar el marmóreo pavimento bajo 
sus plantas y cae de hinojos impulsado por una fuerza interior, 
que en vano lucha por repeler. 

Pasados pocos momentos, toda esta grandeza de la religión, to- 
da la pompa del templo, todo el misterio de los cánticos del 
sacerdote, se confunden con la alegre música pastoril, de los que 
antes dejamos instalados en el coro: la sencillez délas canciones en- 
tonadas por los profanos, y la ligereza y dulzura de la composi- 
ción, tanto en su armonía como en el pensamiento, chocan de 
una manera agradable con leí sonido del órgano, que convierte to- 
da su gravedad en risueño placer, todo su estruendo en notas ar- 
moniosas de alogria. 

Acaso en estos instantes algo pierde el corazón del cristiano de 
las impresiones primeras; mas en cambio, la gravedad religiosa 
toma un carácter mas dulce, una espresion mas poética, ya que 
menos sublime, sin perder nunca su pureza y su santidad. 

Hé aqui la inocente letra de una de esas canciones que se 
entonan acompasadas de panderos, flautas y castafinelas: 

Esta noche nace el niño, 
es mentira que no nace, 
que esta es una ceremonia, 
que todos los años se hace. 

Letra altamente popular, y que se escucha en estos dias por 
todas partes, acompañada de un estrivillo por cierto de grande 
originalidad. 

Una, dos ó acaso mas horas suele durar esta función, tan ape- 
tecida de los hijos de este suelo, que seria suficiente su supresión 



hH SE>ILLA. iS 

imra turbarles lodos los placeres de que disfrutan en el tiempo 
felii de pascua de Navidad. 

Llega por fln la hora de la conclusión y todos abandonan con 
disgusto un lugar en que han gozado de tan yarías y gratas emo- 
ciones. 

Los que solos han ido á participar de ellas, Yuelvénse solos 
y taciturnos á sus moradas, donde encuentran medios para hacer 
mas flexibles sus helados miembros traspasados del frió norte, qoe 
los ha atrapado durante el camino en tal 6 cual encrucijada. 

No corren la misma suerte los qne supieron buscar compaña 
para pesar esta noche: pues, los que asi lo han hecho, vuelven 
con un crecido número de personas & la sala misma que antes 
abandonaron, donde empiezan de nuevo escenas mas ¿ menos ana* 
logas & las que antes hemos descrito; notándose sin embargo la 
diferencia de que algunas personas, que se encuentran bajo la ley 
del ayuno, esto es, desde la edad de veinte y un año, basta sesen- 
ta, y qne antes dejaron de saciar su regular apetito en los man- 
jares y licores del lijero ambigú, ahora, como ya ha llegado otro 
dia en que la iglesia no preceptúa abstinencia, se entregan de lle- 
no & los placeres gastronómicos con la mas recomendable dispo- 
sición. 

El sol, que levanta sobre las cumbres de oriente sus rayos de 
oro, les anuncia lo adelantada que se halla la mañana y con las 
frases de costumbre se abandonan las gratas compañía, para repo- 
nerse de las fuerzas perdidas y del natural cansancio, sobre las plu-- 
mas del mullido lecho. 

V. 

Como que el dia de noche buena está enlazado con tan intima 
relación al primero de la Pascua, nos ha sido imposible hablar del 
primero sin dejarnos de introducir en la madrugada del último; 
mas desde ahora podemos ocuparnos de este en particular, que 
ante todo encierra n na notabilidad religiosa que solo tenemos lugar de 
ver otra vez en el año. 

Nos referimos á las tres misas que puede decir cada sacerdo- 
te en este dia, y le hemos llamado notabilidad, porque si bien es 



4i GLORIAS 

cierto que en los primeros siglos de la i^etía los sacerdotes po* 
diao celebrar varias misas en un mismo dia, y (|ae el concilio de 
SalguBlad celebrado en 1022 las redujo á (res solamente' también 
no es menos exacto que á fines dei siglo XI Alejandro 11. dispuso 
que no celebrasen mas que una escepto el dia de A'atidad; con**- 
cesion, conque el pontífice Benedicto XI\ ha privilegiado á las 
iglesias de España y Portugal, haciéndola ostensiva al dia en que 
se solemniza la conmemoración de los difuntos. 

Aparte de esta diferencia en el rito religioso, el primer dia de 
Pascua no se distingue de las otras festividades del año, mas que 
por la costumbre de innumerables familias, que usan en este dia 
abandonar los pacíficos bogares, y ya en vistosos carruajes ó en 
pequeñas barquillas, que cortan coa rapidez las tranquilas aguas 
del delicioso Bétis, se hacen conducir á los anéenos campos de las 
cercanías, cubiertos siempre dé su alfombra de esmeraldas, auu en 
medio de la época mas rigorosa de la frígida estación. 

£1 sol, que al dejar caer sus rayos sobre las gotas de rocío 
de la fresca hierva, corona sus matices de relucientes diamantes; 
el aiul puro y diáfano de la celeste atmósfera, cuyo res(dlandar no 
se atreve á nublar ni la mas pequeña nuvecilla, si se esceptua 
solamente el vapor de los montes que miramos en lontananza, lo 
que d& al cuadro mayor poesia con esa lejana sombra del hori- 
zonte, los apacibles vientos del medio dia, que hacen balancear la 
cúspide del verde pino: las avecillas, que armoniosamente gorgeaa 
entre sus ramas; las cantigas y la voz del rústico pastor, tan 
esencial á la misma naturaleza, el vario acento de las olas, que 
se estrellan mansamente en la ribera y el lejano clamoreo de los 
gritos de jubilo de la ciudad que confusamente se percibe con- 
ducido hasta la opuesta orilla por los pacíficos vientos y por las 
aguas del rio, todo contribuye en la creación para hacerla tomar 
un colorido tan sublime y degre, que haria desear al corazón 
mas indiferente, amor dulzura . y felicidad en la que estasiarse y 
vivir eternamente. 

De estos naturales encantos rodeados, vense en la esteusa lla- 
nura multitud de tribus, si nos es permitido llamarles asi, k esos 
grupos de placer, donde la música, la jovialidad y una franca bro- 
ma han colocado su asiento. 



Dfi SBVILiA. 45 

El car&cter de los andalaces, sencilio, jovial, sincero y sin doblez 
de Díogana clase, saca un partido mayor de estas giras campes- 
tres que los naturales de otras provincias de España, cuando prac- 
tican las suyas á semejanza de estas. 

A cualqtier lado que toméis los ojos, alli podréis encontrar 
esos bailes andaluces, tan voluptuosos y llenos de gracia, que en 
vano se empeñan en imitar las bailarinas e&lrangeras de mas ñola; 
en cualquier parte repetimos, veréis esos lindos aires, ejecutados al 
son del instrumento nacido en la Arabia, y cuyos naturales nos lo 
legaron en tiempo de su ominosa dominación: hablamos de la gui- 
tarra, que con el bien combinado sonido de ms cuerdas, heridas 
por una mano diestra, y acompañada ademas de las agudas notas 
de la flauta, forma un todo tan completo que nada deja que 
desear. 

Hay tan4a belleza, tanta armoDiav en los acentos de esta últi- 
ma, que con solo percibir lijeramente su sonido, basta para que se 
fijen en nuestra imajinacion los lugares de que toma origen: la Fri- 
gia, y la Feaicia, con todas sus encantadoras memorias, con sna 
campos y su cielo, no se apartan un momento de nuestra vista, 
y aun nos parece mirar el rostro de Alejandro el grande cuando 
oyendo tocar á Timoteo de Tebas un canto de guerra en este ins- 
trumento, se ciñó la espada y se dispuso prontamente cual si fuera 
& entrar en combate. 

£1 fandango, las seguidillas y otros bailes naturales del país, 
son interrumpidos con demasiada frecuencia, por el escitante wals 
y el pacifico rigodón, contrastando vistosamente los primeros con los 
últimos^ y ofk*ecieudo al espectador un cuadro tan alhagü^o como 
inconstante, no tan solo en las figuras, sino hasta en los acentos 
que de los grupos se desprenden, y qoe siempre entonan estas ú otras 
an&logas letras, cuyas palabras altamente gramaticales, producen 
carcajadas en el alegre auditorio. 

Es verdad qoe te quisi, 
que siempre te estoy quisiende 
y el amor que te tuví, . 
siempre le lo estoy tuviendo. 

No llores, paloma mia. 



46 aiiOii AS . 

si hoy DO he \oladoá tu nido, 
bien sabes qae le be qaerido 
mas qae el sol k Andalucía, 

O esta otra de no menos Ínteres y amoroso eoneeplo. 

Quien me dará remedio 
para una niña, 
que cuanto mas U quiero 
es mas esquiva. 

Niña del alma^ 
que me hace arder de amores 
sin esperanza. 

Cuyas dulces cantinelas son acojidas con innamerables aplausos 
mereciendo á Teces los honores de la repeUdon. 

En estos inocentes placeres pasan unas tras otras las horas de la 
mañana, hasta tanto qae se anuncia há llegado el momento de dar 
algún refrigerio á los estómagos, que con la presencia del campo han 
crecido en deseos de aprovechar completamente cuantas viandas se 
presenten á su voracidad ^ dispensada de buen grado, porque en 
estos dias todo se dispensa. 

Los efectos culinarios, que tienen gran ascendiente en estas di- 
versiones de campo, son el pescado frito, el esqnisito jamón y el 
picante ¿alchiekon^ tan rico, como no podia dejar de serlo, una cosa 
cualquiera, que como él íiubiera tenido la misma patria y hubie- 
ra sido arrullado por las mismas auras que el célebre Cristobal 
Colon. 

Lic(H*e8 agradables de nuestras vecinas campiñas, hacen digla- 
tir con mayor placer los sabrosos manjares, cuidando siempre que 
no sean aquellos estrangeros, por la sencilla razón de que: 

No habr& quien cambie en España, 
y sea en buen hora altivez, 
una copado jerez, 
por un barril de champaña. 



DE SEVILLA. i7 

Por fin, despued de la comida que ialerrampen mil brindis de 
cada ano de los convidados: vuélvense á reslableccr. los plafeeres 
anteriores, hasta tanto que el sol, que marcha precipitadamente, 
hunde sus madejas de oro en los profundos mares del occidente, 
á cuya hora se les mira regresar de su espedicion, contentos y di- 
vertidos, aunque no poco cansados por los placeres del dia: no se' 
crea por esto, que aqui há acabado la diversión, por el con-^ 
trario ahora puede decirse que empieza: no parece sino que los 
corazones de toda la humanidad impregnados en este dichoso dia 
de la felicidad del cielo, desean más placer cuanto mas placer 
agotan y están mas dispuestas sus almas para la alegría ouán tomas 
caiaados se hallan los mortales miembros. • s 

Si antes la verde alfombra del campo y los dorados rayos del i 
sol con el azul transparente del cielo y con todas las gracias de 
la madre naturaleza, convidaban á gozar y á animar los corazones; . 
ahora los mullidoB confidentes y las movibles butacas, con laa • 
laces de infinitos rev^berus que se reproducen en ptro» taa-/ 
loa relucientes espejos, el lujo y la elegancia de los aidoraadas^ 
salones, y los ricos perfumes de la Arabía que de pebetero» de ^tai 
se desprenden, incitan todas las fibras del corazón á disfrutar - de; 
nuevos goces, que si no tienen la rústica y natural sencillez, de 
los solaces del campo, se engalanan en cambio con cierto tinte de 
grandeza y esplendor. 

Y en medio de estos salones coya hermosura no puede flagirn. 
se la imaginación, coa su aire embalsamado de esquisitos aromaa 
y con tanta profusión de adornos como los visten, no hay unai 
que cierre su alma á las impresiones, que de todas partes se desa- 
prenden; lados se lanzan en medio de aquella atmósfera de fue^. 
go, tddoa empapan alli sus espíritus del aliento que les rodea y nia-^ 
gano oede en erear nuevas gozes y en dar al brillante enaáror 
mas calor, mas vida y animación. 

Llega por fin el momento en que ese perenne centinela, qoa 
laide pbr segundos las hoi^ de nuestra vida, y el que fué creado 
para martirio de la sociedad, por la rapidez con que vuela, en el 
siglo IIV por Ricardo de Walingfort, hace sonar la lúgubre campana 
de la iglesia matriz, que tiene la honra de haber sido el reloj 
primero que se eonociera en España: si esi^ueel célebre Captna*^ 
CosT. 6 



48 CLonus 

ny: se ha equivocado^ al decir qne antes que ea Sevilla fn 4393 
se colocó el primer reloj en una (orre de Bgrcelooa: mu sea d« 
olio lo que quiera, es lo cierto, que al compasado 6us pausado» 
golpes la diversión vá cesando, porque se ha anuociad» la oie* 
día noche y todos vuelven á sos moradas, para adquirir uoevas^ 
Tuers^s de que disponer en los siguientes días; pues en esta época, 
como ya hemos dicho, jamás se cansa de goces el corazón. 
> ' ■ ' 

YI. 

Con las escenas que acabamos de describir concluye el príflier 
dia de Pascua: los dos siguientes apenas se difereaciaii del primt*r 
r^ mas., que en que no son tan repetidos los bailes, las zambras 
y las diversiones: diversiones, zámbigas y bailes, que en \ano ptigu 
nan algunos abuelos vetustos por destruir con crudas palabras, di- 
rigidas especialmente a este último, fundándose ea su mal origen 
y~ en sus peores y trascendentales consecuencias; mas yo, que 
sey su apasionado, y que amo la verdad cual ningún otro, ate 
propongo ahora vindicarlo de las lalsas acríminaciones, que de 
(odas partea le lanzan, esperando me dispensen mis leclorea una 
corta digresión con pretensiones de erudita. 
• El origen del baile que se pierde en la oscuridad de los tiem- 
pos, no se sabe donde tuviera su cuna; mas, si es muy cierto^ si 
hemos de' creer el divino Samuel, que David danzó ante el an-a 
de Dios, y que Judiüi hizo lo mismo, . después de haber dado 
naaerte á Holofernes: Cicerón, el célebre, el eterno orador de Bo« 
ma,.'no rehusa invertir su elocuencia eu descripciones, que. lieneo 
por objeto esplicar lós cinco géneros de ejercicio del coorpo, qoe 
teaian los griegos, entre los que cita el baile: Homero le dá el 
noibbre de ciencia divina; y Sócrates, con toda su filosónca gra- 
vedad, era sumamente apasionado de ese ejercicio, según nos nn 
tiene Luciao»: y por último, toda\ia conservamos el nombre de bai- 
le» pirrhicos, lo que no recuerda la afición que i elio;^ tenia el 
eélebre éapitan Pirrbo tan valiente como Aníbal y AJejaadro. 

yéase pues si podrá tener mal origen una diversión favorecida por 
tahtas autoridades, y si podria tener malas consecuencias coándb las 
rígidas teyes de Esparta mandaban bailar espresamente á sus súbúílos. 



DE SEVILLA. 14 

Una vez aclarado este punto, sigamos nuestra carrera sin in- 
lerrumpirnos. Los espectáculos teatrales por tarde y noche son los 
Rías apetecidos placeres de estos dias. Ghzman el Bueno, Carlos S." 
flBechiíado, Felipe el Hermoso, el Trovador y otra tal 6 cual dra- 
ma de este mismo género, de grande senlimienlo y pasión, llaman 
¿ los diferentes coliseos, que en este tiempo solemos reunir híisla 
seis ¿ siete, á gran parte del pueblo, que llora y se entusiasma 
alternativamente con las escenas de las citadas composiciones: por 
la noche la Rueda de la Fortuna, Los dos Validos ^ ó Bandera negra 
del poe(a dramático de España, hacen cubrir el estenso circo dp 
la clase media y de la aristocracia de Sevilla. 

El dia posterior al último de pascua, conocido con el nombro do 
dia de los Inocentes se verifíca por lo regolar esa composición dra- 
mática tan conocida y que lleva por titulo la Degollación de aque- 
llos: mas á la vez, que se celebra el aniversario de la terribh* 
desgracia y atrocidad de que fueren victima los infantes del tiem- 
po de Heródes, es este dia para los dé la época presente el mas 
feliz de todos los de sus cortas primaveras. ' 

Los aguinaldos: dulce palabra, que repite sin cesar cada par- 
vulito á todo aquel que tiene la desgracia ó la felicidad de presen- 
tarse ante alguno el dia de los Itiocentes; ' cuya petición que en olro 
cualquier tiempo fuera reprendida con la más dura severidad por 
los padres del demandante es en esle dia la ñ*ase mas gracio- 
sa que pronuncia el angelito. 

Costumbre es esta á la verdad, que aunque hoy ha perdido su 
verdadero significado, creemos debe perpetuarse en memoria siquie- 
ra del grande pensamiento que envolvía en el tiempo que fué crea- 
da: pues entonces, en el año sétimo de la fundación de Roma, cuan- 
do empezó esta costumbre, por haber entregado Romulo á Tacio 
rey de los sabinos algunas ramas cortadas del bosque consagrado 
la Strenaa diosa de la fuerza y de !a indnstria; significó tanto como 
un pacto de eterna alianza; desde entonces los romanos "se hacian re- 
galos recíprocos al comenzar el nuevo año, asegurándose felici- 
dad completa para el próximo, asi como la había concebido Tacio 
al recibir el presente del rey de Roma, y al cual llamó Stren» de 
^londe «e deriva el nombre de Sirenas ó aguinaldos 



so GLOEIA 

Pasa por fin este dia, 
de algazara y confusión, 
y acaba la noche fria; 
que nos roba la alegría 
del alma y del corazón. 

Que aquellas horas serenas, 
de tantos placeres llena» 
de que supimos gozar, 
ay vienen ahora á aumentar 
nuestras tristisimas penas.. 

Misterios del cielo son, 
que al acabar la alegría 
de la brillante ilusión, 
llore el alma en su agonia 
las penas del corazón. 

Que como hubo en el Edem, 
un &rbol del bien y el mal, 
hay en el mundo también 
un árbol del mal y el bien 
de aquel primero en señal. 

Y nunca ve la razón 
sí están sus flores podridas, 
, si flores del cielo son, 
si son del cielo queridas, 
ó llevan su maldición. 



Mas... ya las horas pasaron, 
que tanto nos encantaron 
con su aliento de placer, 
y rápidas se ausentaron 
quizás para no volver. 

Mas no que ya volverán 
los vivos rayo3 de Febo 
con grande pompa y afán, 
con su irresistible imán, 
á anunciar el año nuevo. 



DB SEVILLA. 

Uayoft que uuoca quizan, 
wu los ancianos serenos, 
porqae ellos cuentan detras 
un afio de vida menos, 
y un año de vida mas. 

Y todo vuelve á nacer 
como en el año anterior, 
donde hubo fuego hay amor, 
donde placeres placer, 
y donde penas dolor. 



51 




is doce de la nócbe del día de San Silvestre 
állimodel año han Bonado: cada una de las 
tirofundaseampanadas'que anuncian esla pos- 
trera hnra son oims tantos elementos de \ida 
lanzados en medio de la sociedad; paes al es- 
cuchar su sonido, se verifica en todo el mun- 
do una revolución mas agitada que la qne 
pudieran producir todas laá campanas del glo- 
. bo tocando a rebato: cada ano pide al cielo 
' reliridad y ventura para el año veuidero, lo- 
dos ple\an sus espiriios á la mansión ád 
Creador, y todos ante ^1, postrados Jiumildemente, piden perdón de 
las culpas pasadas y ofrecen nn volver ms i pecar; oferta qae 
lodos Ins dias bdcemoí, y que acaso nunca cumplimos. 

El comerciante se cree con bastantes fuerzas para dar sus efec- 
tos Incrindose m'.o en las permitidas ganancias, el militar ya qne 
M deiM ir & campaña, quiere al menos obtener nn ascenso: el 




D£ SBYILLA. o:t 

médico, no que haya epidemia, pero si que todos los enfermos se 
sometan á sus cuidados: el abogado que todos los ricos pleiteen: el 
novel poeta, que ardan todas las poesías de Espronceda y Zorri- 
lla quejd^olp á él nn ejemplar de o^dauoade anseooq^Mbio- 
nes, para co|»iar & su placer sin incurrir en |a nota de pkgtem 
la.doncelU« que ya que se enlacen en matriaaonio sos amiga^qoe 
ella reciban antes las bendiciones, y las ancianas en ftnv bPnM^ 
algún numerario con que contar y el que les facilite unaibaoM 
nupcial colocación. 

Pero no obsta ninguno de estos pensamientos, dor muy agiludM 
que estén todos y cada uno de loa cerebros coa su magia eacaom 
tadora, para que dejen de reproducirse jiras de ca^po, que dife** 
renciándose únicamente en acunas particularidades, que seto me^ 
recen el nombre de accidentes, sen idénticas á las que dumbamoa 
de referir en el anterior capitulo. 

La luz resplandeciente del sol, el divino manto del firmamenr 
to, las aguas del Guadalquivir y el brillo totalde.lacreaoien, vael«-f 
ven k Ibmar de nuevo los coraizones detosandaloces, que^.como 
galantes y apasionados de la naturaleza) no cierran sus. ojos á tasi 
dulcisin^os encantos; sjno que por el contrario, todas las clases 4e> 
la ciudad heroica, divididas en pequeñas fracciones, se hacen con^* 
docír iormando una especie de earabaoas andahizas á los di^^moa 
campoB donde pocos diaa antes encontraron gratos solaces y recreoa 
consoladores. 

De buen grado deseáramos oircunscrihir maa laa esplioaoiontf 
que vamos haciendo, presentando al natqral y cqn lodos sus íDcir^ 
dentes, las variadas escenas, los chistosos diálogos, ,y l£^ alegref 
fraaes que encontramos en cualquier parte que fijamos nuestro^ ^n-^ 
tidos; m9S como para esto fuera necesario una grand/e deleo- 
cioD, cual ya no nos permite el e^lado de la presente obra, nos pri<- 
vamos de este placer/ contienlindonos solo con ligeras desciipciones 
qae aunque escasas de tpdo mérito, pueden gloriarse siquiera de 
contener en si, la mas estricta veracidad. 

Prosigamos pues: este primer dia pasa sin olraa nol^bilid^df^ 
qae sean dignas de particular mención y pasan otros cuc^lm de 
1« misma manera baslaqueel de pascua de re>es viene á sorp&ear 
üer nuestra tranquila desanimación. 



S4 GLORIAS. 



II. 



Desde la noche antee on ruido espantoso qoe aturde nuestros 
oerebroB» nos sorprende en todas las calles por qué transitamos; pe- 
ro tan atronador y terrible, qoe mas de uoa \ez se ven cor* 
r»r ft loa estrangeros, que iguoran esta costumbre, cual si temie- 
mi ser victimas de los furores sanguinarios de algún levantamien* 
to general: el estrangero quiere pararse y preguntar a los demás 
paeMcos transeúntes, que signiflca aquel estruendo que le persigue 
mas traaciendo que acaso no entenderán su idioma, y que hab tan 
de gastar barto tiempo en espHcarse, durante el que fuera fácil lie- 
gira baata él aquella cuadrilla como salida del inflemo, que hace 
iiedia hora que le persigue, resuelve á apretar mas su carrera, con 
tanta precipitación, cual si fuera conducido por uno dé esos buques 
inventados en España en el siglo XYI y los qoe conocemos con el 
nombre de vapor. 

Apenas el hijo de París, de Londres 6 Amsterdan ha detenido 
on poco su carrera, por que cree oir algo mas lejos el bullicio 
que le aterraba, y por que ya apenas puede respirar de cansan- 
cio; cuando se encuentra frente á frente de una legión, que él 
crea de demonios, la que, habiendo hasta entonces guardado silen- 
cio, prorrumpe en aquel instante en los mas atronadores chrltidos: 
el inocente natural de la nebulosa Albion, vuelve atrás Heno de pa- 
vor y de miedo sin saber si es victima acaso de una terrible pe- 
sadilla: mas ya no hay remedio, una de aquellas bandadas clamo- 
rosas corre tras él con demasiada precipitación, cuando él se ade- 
lanta hacia el mismo lugar en que huyó acosado por la primera, y 
después de un gran rato de creciente fatiga, se encuentra entre dos 
ftaegos sin saber que camino tomar, y decayendo sus fuerzas en fin 
por el cansancio y desanimado al llegar á comprender la impo- 
sibilidad de su huida: pues en su juicio, aquellos dos ejércitos dé 
endemoniados han dictado su muerte y ya no hay medio de con- 
quistar la libertad. 

Sin embargo, el buen eslrangen» hace el último esfuerzo, ydi- 
visando nna angosta callejuela, que encuentra providencialmente 
á uno de sus costados, escapa por ella con el mismo placer que 



D£ SEVILLA. 55 

distingae el náafrago la ondeante baodeAi de un büqae en 
medio de la eslendion del oceeanó: y entrando en cnentas 
OMfiigo jaiamo, pesa caal de dos eAminoe le 8ei*á mas acertado; si 
continaar corriendo hasta llegar ¿ sa morada, 6 st quedarse escóa-* 
dido tras la pneMa de alguna casa basla tanto que la sanguinaria 
cuadrilla kaya descMidido á sus mansiones infernales: él ve qw 
ei primero de estos .caminos poede ponerle en el mismo, compro- 
miso de antes y del que solo el cielo ha podido librarle, por lo 
qoe opta por el segando, que tiene la considerable ventaja de res-* 
tableeer las fuerzas en los estropeados miembros: se instala, pues^i 
tr$s la puerta que mas á propósito le par^ece y alli con ambos oí- 
dos alerta y conteíiiendo los latidos del corazón, comprende de. lle^ 
no toda la gravedad . del peligro de que el cielo le ba librado. 

Una ó dos boras ban pasado y se baila en su magnifico es-: 
condite, comenzando á gustar alguna alegría. .pu0s no ba vuelto á 
escuobar los bramidos de la infernal zambra, cuando nn robusto 
asturiano, criado de la casa que ha escogido por punto de salvación, 
se prepara á cerrar la puerta: mas reparando en la estraña figar 
ra del cstrangero entabla con este un diálogo entre mal francés, 
mal castollaoo y peor asturiano, que el diablo no fuera capaz 
de entender, y que por quitar nosotros trabajo á nuestros lectores 
nos tomamos la libertad de traducir. 

— Qué hace usted ahi? pregunta el asturiano sorprendido. 

—Oh! perdón, amigo mío-,; responde el estra^gero en actitud 
suplicante. gi, . 

— Qué perdón, ni que calabazas, pregunto que por que se les^ 
conde usted tras esta puerta. 

— lian querido matarme. 

— Matarle.,... porqué motávo? 

— Ab/ no tuve culpa ninguna, pero me perseguían furiosos, eran 
endemoniados. 

-—Qué! se burla el franchute? por la virgien de Covadonga.... 

— Ab! no señor, buen amigo. 

— Bien, está bueno, mas de cualquier manera puede usted plan- 
tarse en mitad de la corriente. 

— N0| nO| me perseguirían otra vez. 

— Eso no me importa, yo tengo obligación de e(;bviQ i 
CosT. 7 



56 GLOBUS. 

usted á la calle y de cerrar la puerta. 

—Ahí le han encargado á usted qne me heebe á la callé, que 
me onande al saplicio donde han de asesinarme, infames, ni aon 
aqoi me be podido librar de vuestro furor. 

—Este hombre, dice para si el asturiano, se ha vaelto loco: 
después prorrumpe en alta voz: pronto que me espera mi amo. 

-*Si.... si, verdugol eaclama con terror el estrangero, voy á 
obedecerte, seré inmolado en cruento sacrificio y te saciaras con 
mi sangre: y con un horrible y temeroso pavor sale al concluir 
esta frase de su escondite y llega receloso hasta la corriente. 

Entonces el asturiano suelta una estruendosa carcajada en ar- 
monía con sus durísimos bronquios; pues á la luz de uno de los 
faroles que alumbran la calle, ha podido distinguir completameih 
te la vestidura del estrangero en cuestión: 

Calzón corlo de hilo, en los primeros dias de enero, boti- 
nes bordados de seda de diferentes colores, frac negro de esqui* 
silo paño, ceñidor encarnado, chaleco encamado también con bo- 
tones de plata, corbata blanca, guante paja y sombrero de mue- 
lle bajo del brazo, he aquí lo que constituye el traje del asusta- 
do estrangero, como el de tantos otros que en épocas especiales 
licúan á Sevilla y encantados con el trage de majo andaluz ha- 
cen una amalgama de este y del suyo propio, que causa risa y 
compasión. 

Él asturiano, pues, acaba de reír y de un fuerte cerrojazo po- 
ne un muro de roble entre él y la victima de su hilaridad: á cu- 
yo ruido el viajero cree de nuevo que le persiguen y se desbo- 
ca corriendo por una y otra calle hasta llegar á su casa lleno de 
cansancio y de un sudor de hielo. 

Si por su fortuna y por desgracia de España, es el buen hom- 
bre escritor, al ocuparse de las costumbres de Sevilla dirá con fra- 
ses llenas de horror y de espanto: después de algunas ahibanzas. Se- 
villa es una ciudad deliciosa, su cielo es puro, trasparente, y sere- 
no; sus campiñas son fértiles abundantes, y el traje de sus hijos 
sumamente gracioso y encantador: una sola cosa he encontrado en 
esa ciudad, que haya podido desagradarme, y la que no quiero par- 
sar en silencio» porque considero que es un deber de conciencia 
manifestarla; pues acaso por estas palabras podré salvar la vida 



OB SKtlLLA. 57 

de algtn viajero que vaya inocente á visitar la reina de Ándala- 
cia. Se que tengo qae lachar con la incredalidad de alganos, y 
con el sarcasmo de do pocos; mas nada temo caando aconsejo úni- 
eamenle por bien de la bamanidad. El dia cinco de enero co* 
mo á las odio de la noche, se oye en ei centro de la ciadad el 
mas estrano alboroto» es an estraendo horroroso, que atarde ^y qae 
Ottloqaeoe el cerebro; por todas partes gritos; por todas panrtes ayes, 
por todas partes lamentos y esclamaciones terribles; instrumentos in- 
fernales se confunden entre la diabólica consternación y vagan por 
toda la ciadad legiones de estos demonios con hachas encendidas que 
despiden un olor de azufre de qae qaeda llena la atmósferas por 
tres y cuatro dias; enmedio de cada uno de estos grupos, el ver- 
dogo con la escalera al hombro y demás insignias de su ejercicio, 
ostenta so rostro caracterizado por el mas sangainario furor; loque 
mas me sorprendió, cuando tuve lugar de ser testigo de tan hor«- 
roroso espectáculo» fué la calma y tranquilidad de que disfrutaban 
lodos los sevillanos» para quienes pasaban desapercibidas esas es- 
cenas sin apartarse de su horrible aparición, en esto demuestran 
un gran valor: después llegue á entender» que no tenían de que 
asustarse, pues todo ese lujo de sanguinaria persecución va dirigido 
contra los estrangeros, que por desgracia residen ano de estos dias 
en aquella ciudad; llegando sus deseos de muerte hasta el punto 
de tener hombres pagados en todas las casas, con el objeto de que 
si cualquier estrangero se guarece en algunas de ellas, sea arrojado 
á la calle donde hallará ciertamente su suplicio; asi tuvo la avi- 
lantez de confesármelo á mi mismo uno de estos sicarios. Tan 
luego cmno uno en mitad de la corriente, comienza á pensar la ruta 
que ha de seguir, una satánica carcajada que se escucha en los 
aires como la del demonio al arrojarse sobre el precito, viene á 
aaearnos de nuestro estupor, y an profundo trueno da la señal de 
qae ya el estrangero se halla á disposición de la turba; entonces 
ae suspenden los latidos del corazón y se agitan nuestros miembros 
con una convulsión horrible; poco después se oyen sonarlos ins- 
trumentos de muerte, y no hay medio de quedar libre Yó tuve 
la fortuna de evadirme de sus manos, caando ya escuchaba bien 
cerca el estrépito y estruendo de sus clamores, mas me he infor*^ 
mado de que no pocos estranjeros han sucumbido á la homiciéa 



68 GLOllA 

fuerza de estes demonios ó nuevos i^ámpros, con cayo nombre 
me atrevo á calificarlos. 

Y sabéis amados lectores, qae es lo que ha causado todo el ter- 
ror del escritor transpirenaioo? una costumbre popular solamente, que 
en corlas líneas os toy & describir de la mejor voluntad. 

El dia seis de enero, celebra la iglesia la Epifanía del Señor, 
palabra griega la primera, que significa manifestación, y en la que 
se encubren tres misterios en una sola solemnidad; pues es tradi- 
ción, que en este mismo dia, aunque en diferentes años, tuvieron 
lugar la adoración de los reyes Magos, llamados Athos, Sathos y 
Parotoras, ó por otros nombres Gaspar, Melchor y Baltasar, el bau- 
tismo de J. G. por san Juan Bautista y el primer milagro del Sal^ 
vador en las bodas de Cana; se duda si esos tres primeros cris- 
tianos fueron verdaderamente reyes; cuyo nombre le ha dado la 
iglesia en atención á algunas profecías y especialmente á la de 
David que dice: /os reyes de Tanis y de las idas; las reyes dt 
Arabia y de Sabi, vendrán á ofrecerle dones: respecto al nombre de 
Magos, este era el que daban los orientales á sus doctores, asi como 
los llebreos Escribas, los Egipcios profetas, los Griegos filósofos, 
los Latinos sabios, y los Persas magos á sus sacerdotes. 

La iglesia pues, celebra en este dia la memoria de estos tres 
hombres ilustres que dirigidos por la reluciente estrella de Job, 
llegaron á rendir sus adoraciones al niño que babia de salvar el 
linage humano. 

Con motivo de esta festividad, a/ganos jóvenes de la clase del 
p«ieblo, haciéndose cargo de la ilustración de algún nieto de don 
Pelayo, que acaba de llegar de su pais de hielo, le hacen creer 
que la víspera de este dia, á las doce de la nodie entran en Sevilla 
los reyes Magos tirando á manos llenas las arrobas de dulces: ios 
crédulos hijos de Santiago, beben esta noticia con la mayor buena 
£6 y arden en deseos de aprovechar la feliz ocasión que se les pre- 
senta de endulzar sus órganos digluti vos: lo que conocido por los 
jóvenes embaucadores le hacen cargar con una escalera y dos ó 
tre^ pesados cestos, para recoger los dulces con los últimos y 
asaltear la muralla con la primera, caso neoesario; armada ya la 
victima de los efectos citados á los que suelen añadir una horrible 
coroza; se previenen de pitos, cuernos, cencerros, campanillas y 



DE SEVILU. 59 

hacbasde viento, y á carrera tendida atraviesan la ciudad de an 
estremo k otro mil y mil veces aparentando no hallar ¿ no ser aque- 
lla, si ven alguna, la puerta por donde deben entrar los reyes: hasta que 
convenciéndose el estropeado gallego de la pesada borla que le han 
jugado, lira cestos y escalera, siendo acaso el año próximo quien 
engaña con la misma función á algún compañero que es todavía 
dovel en el país. 

Por lo demás tanto la víspera como el mismo día de la pas- 
cua, no ofrece nada de particular, fuera de lo que anteriormente 
dejamos descrito, si se eceptua tal ó cual vetusto hidalgo, que em- 
buido en sus nobles antigoallas, no ofrece el sacrificio de la dio- 
sa Strenna hasta este dia, por ser el consagrado á la solemnidad 
de la pascua de los caballeros. 

Y entre zambras y festines, 
y el vapor de la ambrosia, 
vé perderse sn alegría 
la reina de los jardines, 
la diosa de Andalacia. 




'^^?ujK.et¿ 1 :.- [ ^ra^.^^-í-) 



Roba U muerto i su [en» mlradt, 
CURDlo eae sol con ins ardores Tiste, 
nada en el mmdo permanece,' Dada; 
tan lolo Dios para vivir eilsle. 



f^^*g^^^Ac-, reo presumir coa razón, amados lectorcB, qae 

't^'»e 1 i habréis, asistido aIgHDa ■vei, por saciar la sed 

H-J^^ ^^ ^ ¿^ ToeEtrai alma^á lo maraTilloso, k alganaa 

¿^pKjl'^de esas comedias de m6giay ademas romin- 

^K A'i^^i ^0 '*> QOB cuaado mas de lleno ae dia- 

, BlA /ill^''"^ ^^ '"^^ alegi^ floresta, qae dora el aol 

^^H [||l con el resplandor de ana rayos, donde cantan 

1 los alegres pajarillos con delicados triaos, á la 

vez qae el festivo diálogo que recitan los actores 

envuelve en si una estrema dulzura y bulliciosa jovialidad; 

nos encontramos trasportados repenliDamenle, sin saber por donde, 

ni de qne manera, (tanta es la habilidad del maquinista) á oaa 



DB 8KVILLA. 64 

mansión sabterrtaea y lágnbre, en la que se respira nn aire mefl«* 
tieo, y en la qne solo se escacha la apagada voz de un er- 
mitaño moribando, confandída á veces con el sonido estrepitoso de 
la lluvia que cae á torrentes, con el silvido del aquilón que tron- 
cha las encinas, y con el estampido del retumbante trueno que sé 
arrostra mugiendo por la breñosa cumbre de las montañas: pues 
bien, si esto lo habéis visto en el teatro, como asi lo creo, esto 
mismo vais á verlo ahera, practicado por mi , en esta serie 
de artículos de las costumbres populares de Sevilla, que por mi 
buena ó mala estrella me veo precisado á escribir. 

Ya os he dejado en los capitules anteriores cuadros alegres y 
bulliciosos, en los que si acaso encontráis poca valentía en el pincel 
y debilidad en el colorido, vuestras ricas y fecundas imaginaciones 
les habrán dado toda la animación y brillantez de que por mi culpa 
están escasos, y de las que son tan susceptibles: no obstante, adii 
habéis visto, bien 6 mal desempeñado, pues no me tengo por maes*^ 
tro en el arle, el placer del campo, de las tertulias, de los teatros 
de las veladas, y basta el de religión revestida de mas sencillas 
formas que las de la magostad que comunmente le acompañan; alli 
habéis oído, 6 por lo menos habéis creído oir, dulces cantinelas 
de tanta gracia henchidas, que basta escucharlas una vez para que 
nanea se borren de la memoria; alli se han desvanecido vuestros 
cerebros al dar mil y mil vueltas sobre un punto mismo acom- 
pañado de ligeras y voluptuosas silfides 6 recatadas doncellas, al 
r&pido compás de una de esas composiciones favoritas de Straces 
y alli finalmente, habéis sentido arder la sangre en las venas, ó 
palpitar con vehemencia los corazones, al contemplar uno de esos fan- 
dangos, que ( on tanto arte manejan los andaluces, y que son tan 
esceneialneate naturales en nuestro delicioso pais: ahora amados 
lectores, el dolor va á reemplazar al placer, el llanto á la risa, 
la tristeza á la alegría, el silencio al bullicio, la circunspección al 
desvanecimiento, y la tranquilidad del alma á la esfervescencia de 
las pasiones: en una palabra voy á mudar de decoración, lo que 
es tanto mas fácil bacer en mi cosmorama, cuanto que se compone 
de infinidad de vistas, y son sus vidrios naturales, á diferencia de 
loa dem&s objetos de aquella especie, y sobre lodo, de ciertos cos- 
moramas políticos, que me han contado andan por esos mundos 



62 GLORIAS 

de Dios, y que tienen cristales de subidisimo aumento. 

Me duele en el alma tener que fatigar á mis lectores con es- 
pectáculos tristes y de lastimoso recuerdo: mas mi deber me impone 
una obligación de la que no puedo prescindir y solo haré en pré 
de sus buenos sentimientos, lanzar usmi mirada retrospectiva á las 
pasadas escenas á fin de aminorar en cuanto po»ble me sea el 
dolor que puede venir á turbar sus senúUes corazones. 

Dos hileras de árboles simétricamente colocados forman una ca- 
lle de regular latitud, á cuyo fin se levantan los elevados muros del ce-* 
menterio: nada mas sencillo, nada mas regular, que el esterior de 
esas cuatro paredes ahadas para encerrar dentro de ellas á los 
que dejaron de ser; no obstante esa sencillez, esa regularidad, esa 
monotonía de su esterior infunden pavor y lastiman melanoéücamen- 
te nuestro corazón. Hay en la mansión de la muerte un no se que 
de triste y magestuoso, de lúgubiie^ y de grande, que nuestra alma 
se siente oprimida bajo el peso de dolorosas y fúnebres medita- 
ciones: esos muros que nada . dicen k nuestros ojos, que no presen- 
tan ni una ventana ni el menor resquisio, por el que puedan pe- 
netrar los rayos del sol, esa sola falta que no observamos en la 
Hiorada del hombre, nos anuncia que allí ha colocado ,su imperio 
la insaciable muerte: si, alli están nuestros padres, nuestros herma- 
nos, nuestros amigos: alli están las mas cacas afecoiones do núes- 
tros mas felices dias, alli quitas descansa la tierna bija bella y can- 
dorosa como una flor de la primavera, arrancada de su florido ta- 
llo por el furor del vendaval; alli tambi^ aoaso duerme en paz 
la querida esposa, que fué en un tiempo nuestro mayor consuelo 
y el objeto mas digna de nuestra veneración. 

Triste, muy triste es el aspecto de esa morada silenciosa donde 
las tumbas nos rodean, donde una atmósfera de plomo oprime nues- 
tras sienes y no nos deja ni meditar síquielra los nombres y las 
vidas de aquellos que nos han precedido en ocupar los sombríos 
subterráneos de la muerte; la nada^ he aqui la sola impresión de 
la mente en semejante momento, los únicos quizas en que atcau- 
zamos lo que era el muqdo, antes de animai*lo ;el Seior con su 
soplo de vida; único instante en que la nada del caos, eu que 
esa idea, á que jamas alcanza nuestra limitada compresión, se pre- 
senta á los ojos del espíritu de una manera clara, dienta, mal»- 



DE «GVliLA. 63 

nal y sendible, hadla esa tierra qae se mueve bajo el peso de naes- 
tras plantas y á la qae han dado un color rogizo los pútridos va-* 
pores de los cadáveres, nos revela algo de grande y misterioso: 
allá en el jardín de la Mesopotamia Dios formó al hombre del fan- 
go d$ la titrra, el que al recibir el soplo de vida de su mismo crea-* 
dor, cabrio sn rojo colorido con ana tinta mas saave y mas agrar 
dable; ahora deja de existir, sa alma sube á la eternidad y la im** 
para materia vuelve á cubrirse del color primero; triste y exafr* 
ta correspondencia de la muerte antes de ser, con la maerte desr* 
pues de baber sido. 

He aqui todos los destellos de nuestra imaginación, cuando oe»** 
mos pisar ese recinto, ese templo de la muerte, en el que todos 
hallaremos nuestro fin y será el término de nuestros deseos, de 
nuestras ilusiones, de nuestros cálculos y de toda esta pompa va- 
na que nos rodea; lúgubre mansión, á la que todos tememos y 
á la que todos somos llamados por una ley que jamás sequen 
branta: las leyes todas ban tenido sus eacepciones, el sol ba pcH 
dido ecUpsar sa disco de fuego, y sospender en la mitad de la 
atmósfera la precipitación de su carrera, la tierra ba podido tem*^ 
blar y abrir al impío un abismo bajo sus plantas, la lluvia dal 
cielo se ba convertido en brasas encendidas y ha abrasado cuatro cía-r 
dades de la Pentapolis, todo ba podido cambiar en la naluralezat 
lodo ba podido faltar una vez, y solo la muerte permanece coam 
al principio tendiendo su segur sobre los nmrtales sin bailar siquie^ 
ra una escepcion. Hasta Dios mismo se sugetó á la fuerza de esta 
ley y espiró como puede morir un Dios sobre la cumbre del 
(xolgatba. 

En el interior de este lugar dedicado á la maerte levantase una 
pequeña capilla en la que se riade culto al santo que da noBH 
bre á este edificio, San Sebastian, solemnizándose el veinte de Enero 
su conmemoración con una fiesta religiosa que llama á aquel fú- 
nebre recinto grao parte de la población; poes no obstante encer^ 
rar aquellas solitarias tumbas los objetes mas caros, y de despertar 
hondos y tristes sentimientos eon su lúgubre presenciay somos llevan 
dos alli por una fuerza impulsiva, por una necesidad de rendir en 
esto dia á aquellos cadáveres una oración ó derramar una lágri- 
Bia de dolor sobre la losa que los cubre. 

Co»T. 8 



'64 «lORUs 

Esta costombre, que con lauta solemnidad y acompañados de 
les benditos acentos de la religión practicamos, ni es una costum- 
bre moderna, ni ba sido dictada por los canónicos ritos de la Igle- 
sia; á su práctica nos conduce nnícamente un instinto de amor 
y veneración, que se despierta en nosotros, loda vez que dedica- 
mos un pensannente ¿ los ^ue pasando ¿ mejor vida, no nos han 
de volver á encontrar, sino cuando el estruendo y faror del jui- 
eto final vbayan acabado el mundo para siempre y se bunda la 
creación en la nada; roas como este culto secreto que dedicamos 
todos los dias á la memoria de los habitantes de los sepulcros, 
necesitaba formas esteriores, que le dieran mayor grandeza, he- 
mos fijado un dia en qte nos inspiramos todos á la vez de los mismos 
é idénticos pensamientos. 

La iglesia también ha coadyuvado, ó mejor dicho, ha influido 
con su divino carácter para darle á esta solemnidad toda la gran^ 
deza y santa melancolia de que deben ir llenos esos cantares y 
esai légrimae derramadas soiM'e los Verlos despojos. 
' La remota antigüedad que hemos indicado, tiene esta costumbre; 
se eleva casi hasla el tiempo de loe primitivos romanos: una de 
im mlemnidades mas célebres eran las fiestas Feralias en el mes de 
Mbrero y en las que iban íl dedicar ofertas sobi*e los sepulcros de 
los paríenles difuntos á la manera que hoy vamos nosotros á ofre- 
eer nnestros dolorosos tributos al pié de los cipreses y sobre las 
mtiMías flores que brotan al borde de las tumbas del campo santo 
de San Sebastian. 

Estrafio contralle ofrecen aquellos silios> coando multitud de vi- 
vientes se paran á contemplar los nombres de los que fueron, ins- 
critos en las lápidas de los sepulcros; aquella animación de tantas per- 
sonas que eesisten aunque lloran, choca con la paz constante da 
aquellas frias paredes, con el silencio de aquellos lugares, nunca 
interrumpido mas que por los acentos de la naturaleza. 

Los nombres de los amigos, de los parientes, resudan en baca 
de todos y acaso las lambas responden con un gemido á los acen* 
las de vida que las cercan; todos también recitan tristemente loa 
«pitaflos que recibieron aquellos despojos, como última ovasiaa de 
sus objetos queridos; epitafios en que á veces se encierra la vida 
toda de los que yacen y en los que grandes y dolorosos pensamíenlea 



DE SEVILLA. 65 

recuerdan lodo el pesar de la maerte. 

Dos iDscripciones sobre todas hemos leido, en las que se revelan 
lodo el senlimienlo, toda la angustia, todo el amor y toda la gran- 
deza y espresion de un alma que gime sin poder hallar con- 
suelo. 

¡Huo MÍO* = ¡Mi hadreI 

Hé aqui dos pensamientos; que con su naturalidad y sencillez 
valen acaso tanto ó mas que los mejores conceptos de algunos otro» 
epitafios perfectamente versificados y llenos de la tristeza de lamuerte. 

Aun no hace mucho tiempo el cabildo eclesiástico, con un gran- 
de acompañamiento pasaba también á visitar este recinto celebrando 
en su capilla una misa que ofrecia algo de original, pues tanto 
las vestiduras de los oficiantes, como todos los ornamentos y necesa- 
rios objetos para la celebración de aquella, eran conducidos por dos 
robustas muías con arreos encarnados, las que llevaban dos gran- 
des cajas dedicadas á guardar los citados objetos, siendo tan esce- 
stva la ecsageracion de esta ceremonia, que hasta la yesca y de- 
mas utensilios necesarios para encender las velas, eran transporta- 
dos allí, sin permitir el cabildo servirse de nada que no le perte- 
neciese en plena propiedad; ahora aun se conserva esta costumbre 
yendo solo ona diputación de ese mismo cabildo. 

Nuestros padres también, antes qne k)s sepulcros hubiera» ro- 
deada esa capilla con su foneratio aspecto, encontraron en ella 
asi cerno ahora se encuentra la muerte, el placer, la alegría y la fe- 
licidad; la estensa llanura sobre que se destaca, se cabria de una 
miifiidad de puestos que ya convids^an con agradables dulces á 
toda clase de paladares, 6 con juguetes primorosos y orijinales ¿ 
tea pequeños infantes que esperaban sus compras con júbilo y ani- 
mación. 

Sevilla quedaba desierta y las danzas, las risas y los brindis^ 
ism toda clase de encantos confundidos, fijs^n alli su asiento en 
iwte inemoraUe día: ¡ahí entonces no pensaban nuestros padrea^ 
que aquella tierra que les ofrecia tan dulces placeres» ha-* 
bia de ser la misma que los llamara á su centro para cubrir sus 
yertos despojos: entonces el bullicio y la vida eran los dioses d» 
aqueUos lagares, ahora el silencio y la maerte. 

DesGAnsBN en paz. 



CAPITULO IV. 



lluras i(i! rleriio pluror, 
(|u- mln en torno glrai-, 
iohl quien tu bittra potler 
pura na re ros deleiier, 
6 k vucsLro (müo marcbür. 



KTBB de entrar k ocuparnos de «se tiempo fe- 
líi en qne arde la hamanidad en an deliran- 
te placer, baremos ana ligera mencioB de 
la festividad religiosa, que le antecede y q» 
, puede ser conaiderada come un medio hí- 
I giénico sabiamente administrado por los que 
tienen á so cvgo el cuidado de las almas, i 
fio de evitar todos los males qae nazcan aca- 
de la locara y deavanecimiento de toa si- 
guientes dias. 

La Punfieaeien d§ la Mníütina Virgen es la solemnidad qne ke- 
n»s indicado, y en la qne el clero de ta iglesia matríi, despaes 
de los especiales cánticos de este día lleva en procesión per lo 
interior del templo dos iaocentes tórtolas parodiando á las orreoi- 
das por la Virgen María en su presentación primera ante el altar, 
cuarenta dias después del nacimiento de i. G. segan estaba orde- 
nado por la ley antigua, á todas las qne diesen i luz hijos varones. 




eLOBiás 67 

El nombre de Candelaria que se da coa bastante firecaencía & 
esta fiesta, trae origen de haber insii laido el pontífice Gelasio en 
este dia la ceremonia de las candelas con el fin de barrar por medio 
de místicas manifestaciones, las qne los paganos celebran en sus ¿u- 
percales el dia 43 de Febrero, pasando con antorcbas encendidas 
al rededor do los templos, y practicando otros ritos de su religión 
á los qne daban el nombre de LuHraeianes. 

Los Griegos han conocido esta fiesta bajo la denominación de 
ñypapatUo qne significa encaeniro y alndian con esta palabra al que 
tuvieron el anciano Simeón y Ana profetiza en el templo á oca- 
sión de hallarse también en el la madre del Redentor á la que anun- 
ciaron la grandeza del que en los brazos llevaba. 

Pasado este dia y otros pocos tras él en monótona calma se nos 
manifiesta el carnaval, con todos sus caprichos y con todas sus 
ilusiones; lo que ha de ser este tiempo ya se ha anunciado su- 
ficientemente en los tres jueves anteriores; pues los paseos á la 
rica feria, que ostenta esta población todos los jueves del año, se 
hacen mas concurridos y numerosos, la animación crece hasta el 
mas alto grado, las mascarillas de cartón grotescamente pintadas 
se descubren sobre los puestos é incitan los deseos de los que toda- 
vía no han llegado á la juventud, los panderos aturden nuestros 
tímpanos, las castañuelas nos martirizan, los gritos de los vendedo- 
res nos ensordecen, los pisotones y codazos nos lastiman, la con- 
fusión nos marea, y mientras tanto reimos, bromeamos, devolvemos 
las chanzas y la buena armenia con la franca familiaridad, retratando 
plenamente el carácter del país se ostentan en el grado mas bri- 
llante de poderío. 

Cuando la noche tiende su manto de estrellas no por eso cesa 
el placer: personas de ambos sexos previamente avisados se cons- 
tituyen en algunas casas particulares donde los bailes de todas cla- 
ses, las frases de amor y de contento y los dulces y ricos licores 
encienden con ardiente llama todos y cada uno de los corazones, 
aun los de aquellos mas endurecidos por los pesares y mas indiferen- 
tes por la mano fría de los tiempos. Todavía tras todo esto invaden 
hoy las cédulas de compadres algunas de estas funciones, consis- 
tiendo aquellas en inscribir en pequeñas targetas los nombres de 
les asistentes de ambos sexos^ los cuales se van sacando uno poc 



68 DB S£\ILLA, 

QDo alternativamente de las urnas en que se conservan, y dándose el 
nombre de compadres y comadres en todo el ano siguiente los qoe 
han salido á la vez de las diferentes urnas, estando aquellos obli* 
gados á presentar á sus respectivas comadres los regalos de dulces 
ú otros objetos designados en unas nuevas targetas casi siempre 
escritas en verso lo que dá una nueva alegría á estas diversiones; mas 
noobstante la antigüedad que en su beneficio alegan y de lo que nues- 
tros abuelos gustaron de ellas, esta costumbre va cayendo en desuso. 

Lo que vive hoy y ecsistirá siempre sin inucitarse jamiis, es 
la diversión de las bambas ó columpios, que en esta época es en 
la que convocan á todos los h^os de Sevilla á disfrutar de los 
encantos que siempre le rodean. Su mecanismo es sumamente sen- 
cillo: una cuerda bastante gruesa amarrada por sus estremos 
á la parte superior «de dos maderos que se elevan unas cinco ó 
seis varas sobre la tierra y que distan tres ó poco mas: en el 
centro de la cuerda se siente una persona, dos de sus compañeros 
con otras cuerdas mas pequeñas sugetas á ambos lados de la pri- 
mera la hacen mover acompasadamente, basta que pasado algún 
rato se suspende este ejercicio por un momento para que deacten- 
da el que acaba de columpiarse y vuelva k ocupar su lugar ^otip 
de los miembros de la diversión. 

A este tan fácil é inocente placer, se añaden los de la músicat 
los del baile y los de graciosas letras, que entonan oon grande na- 
turalidad y alegría los hijos de este suelo; concluyendo todas las 
Ganciones con un grito general y atronador exalado como una vio- 
lenta prueba de la efusión ardiente de sus eoraiones. 

Qué os podré decir amados lectores, después de lo referido res- 
pecto al Carnaval? ^Qué os podré decir que no sepáis vosotros me- 
jor que yo cuando á la vez sois actores y espectadores siendo yo 
nada mas que lo segando? Qué podré ingerir en mi relato qué 
haya pasado desapercibido por ante vuestros ojosescratadores2 Ña- 
da, amables lectores, nada: mas como pudiera darse el caso, como 
ya ha sucedido, deque las leyes se ocupasen de la completa estin- 
cion de estas fiestas respecto á las mascaras, (4) que es lo mas 



(1) La ley sétima, libro 8 del titulo ade los leT^ntamientos y ar- 
madaf dé gente armadaj» promolgida á petición de las eortes ée Valle* 



DE srviLLA. 60 

notable de aquellas» yo deseo dejar en mi libro una relación, al ni- 
yel de las fuerzas de mi pluma, de todo lo que acontece en una 
diversión tan misteriosa, que ni aun los rostros se determinan á presen* 
tarse ante la luz de las antorchas y reverberos. 

Siento infinito tener que señalar con mal origen á tan alegre 
diversión, y digo malo, porque si no mienten crónicas, estos bailes 
nacieron entre los romanos, quienes para gozar con mas libertad de 
las fiestas saturnales se enmascaraban con caretas de papiro de hojas 
de ciertas pkntas, de cuero» de madera ú otras materias fabri- 
cadas. 

Los Griegos también usaron en el teatro las máscaras llama* 
das erittitcoi trégieas^ ó satirum, pero no conocieron esta clase de 
baile, ni asaron de las máscaras en las pompas fúnebres como 
lee (romanos que llevaban ante los entierros y funerales un 
hombre vestido con la ropa que habia usado el difunto, y ha- 
ciendo los ademanes y gestes mas ooMcídos de aquel á quien 
representaba. 

En Italia en 4875 tuvieron principio las máscaras modernas, 
Venecia ha sobresalido en presentar estos espectáculos, en 4578 
se oonocieron en Francia estendiéndose á los demás países aunque 
no falla qiien opíae que ya ecsistian en Espafia en los siglo» 
XV y XYL 

Nosotros ahora es cuando las observamos y ahora es cuando las 
tenemos que describir. Amanece el dia 40 de febrero, que ha de 
ser en el próximo afio el primero de Carnaval y se descubre en el 
rostro de todos los que por las calles transitan la solemnidad del 
dia; trajes muy ricos y otros no tanto de todas las épocas, de lo- 



dolid, de 4523 es una de las que se ocupan de su desaparición, mas pronto vol- 
vió á reaparecer esta costumbre como lo prueban los bailes, de máscaras 
qn6 con autorización real se celebraron en Madrid en 4637 con motivo de 
haiier sido elevado al imperio el rey de Bohemia y Hungría, cañado de 
Felipe IV. 

Felipe V. en 26 de enero de 4746 dio una ley que es la segunda, 
título 13 libro 42 de la Nov. Recop. prohibiendo las máscaras bajo se- 
vefas penas, la ouai faé reprodocida en otra de 27 de febrero de 4745; 
pocos años de&pues fueron peroaitidas como puede verse «la instrucción 
para la concurrencia de los bailes de mascarás d(dos en el teatro del 
Principe en el carnaval de 4767. 



70 GLORIAS 

doB los personajes y de todas las naciojies, ostenlan sus relam- 
brantes bordados y sus vistosos colores en maliilud de tiendas, don- 
de se confunden los trajes de Napoleón y de Julio Cesar, los de 
Lucrecia y Helena, los de Sanlanas y Ana esposa de Enrique oc- 
tavo; al li todo es desorden y confusión, yaábno queba pedido cor- 
tesmente un vestido de Musulmán le entregan el Yebno que com- 
pletaba un traje de Anibal, á la que exigió una mantilla de ser- 
rana le responden con trage de vestal, la que un dominó, porque 
teme la conozcan en la delicadeza del talle, acepta por no esperar otra 
hora sobre la que ha permanecido paciente, un trage de Amazo- 
na, que ha los veinte minutos le ha dejado el cuerpo molido y cu-' 
bierto de cardenales, otro por fin que deseaba un uniforme de mi- 
litar, vase contento con un hábito de religioso franciscano; y mien- 
tras tonto crece el bullicio, la algazara se connaturaliza poco á po- 
co con los delicados tímpanos, y giran acá y allá elegantes y be- 
llas ante robustos asturianas que les conducen kñ atavíos bajo 
los que tanto han de disfrutar cuando llegue la noche; para acabar este 
cuadro mascarillas de seda, de cera ó de alambre se preaeatan al público 
como otros tantos rostros asomados alas vidrieras de las perfumerías. 

La noche llega por fin y hé aquí el HMMsento en que lodo el 
mundo noi míente; todos se enmascaran es cierto, mas yo que algunas 
veces veo las cosas al revés de como son, creo con todas mis fuer- 
zas que esta es la única época en que todas las personas ae des- 
mascaran, con permiso de la Academia. Un instinto particular, una 
inclinación secreta es la que decide en cada uno del traje que han 
de elegir; asi es que cada cual se aconu)da con el que su propen- 
sión le designa, en cuyo acto se manifiesta el carácter y demás 
de todas las personas, pues que dicen que con el disfraz quieren 
ocultarlo que son: y yo opino que significan lo que quisieran ser. 

He aquí la poderosísima razón de por que se encuentra en los 
salones del Consulado ó en el de san Fernando tanta variedad de tra- 
gos según el capricho de cada uno; es de admirar y aun de aor- 
prenderse á su vista ese contuso laberinto en que cada persona es 
un anacronismo histórico, una mentira de la ¿poca que se quiere 
representar, un solemne mentis lanzado por iodos mutua y recipio- 
cemente. En medio de esto, que variedad, que desigualdad, que con- 
fusión, que desorden, que de risas, que de voces, que de anima- 



DE SEVILLA. 7| 

cion, cuantas escitaciones. Aqui Robespíerre encanta con los mas 
delicados acentos á una joven griega; alli Guzman el Bueno, come 
y bebe como un antropófago acompañado de Nerón: la música 
llena los ámbitos del salón con sus armoniosos torrentes, los brin- 
dis del ambigú se confunden con su aconto, y mas se animan 
los corazones y se cruzan las palabras de amor, se revelan los se- 
cretos, se descubren los incógnitos; un marido reprende á su ino- 
cente mujer que, después de haberse deshecho en ternezas para 
obligarla á que se quitase la mascarilla, se enfurece y la desprecia 
porque es la suya propia y par lo tanto la abandona, & cuyo tiempo 
un almivarado mancebo que acierta á pasar ante la inocente es- 
posa cediéndole el brazo con galantería enjuga sus lágrimas y se 
pierden en la contusión. Baile, baile gritan unas cuantas voces y 
cien parejas y otras cien tras ellas se preparan á romper á la pri- 
mera nota de la orquesta, suena por fin y aquel panorama de 
confusión confunde y lastima al cerebro aun con sus mismos en- 
cantos. Una beata con su larga mantilla y su rosario cargado de 
cruces y medallas, danza que no hay mas que ver, acompañada 
del gran sultán, un capuchino con sus barbas de nieve y sus lar- 
gos hábitos acompaña á una flecsible maja tan ligera como pesa- 
do su compañero: por último, los bailes de máscaras son tan va- 
rios en los elemenlos que los componen, que apenas basta una des- 
cripción para dar una verdadera idea de ellos, siendo imposible 
también pintarlos completamente, sin tener en consideración las 
palabras del célebre don R. Mesonero — tan eminente en toda 
clase de conocimiento. 

Figúrense, pues, en lo interior de su mente, un gran salón ca- 
paz de quinientas personas ocupado por mil, que con sus anchos 
disfraces y ecsagerados movimientos habian menester el espacio cor- 
respondiente k mil y quinientas; fórmense una temperatura á trein- 
ta y seis sobre cero, ocasionada por el inmenso número de luces 
Y de concurrentes. Añádese á esto para el sentido del olfato la 
mucha confusión de buenas y malas ecsalaciones naturales y ar- 
tificiales; diviertan la vista con el deslumbrante reflejo de adere- 
zos y bordados, gorras y turbantes, mantos y capacetes; amenicen 
el tímpano con el tiple continuo de las voces disfrazadas y con 
loB rotundos compases de una galop, ejecutadas por dos docenas 
GosT. d 



72 «LOftUft 

de músicos, y obligada de pandereta y látigo; eocomienden al tac* 
to la violenta ondulación que por un principio fisico obliga 4 la 
mitad de la concurrencia á marchar impelida por la otra mitad, 
y satisfagan por último el gusto con una perdiz petriOcada y so- 
licitada en pié por espacio de tres horas en la sala de desean* 
so: con todos estos antecedentes podrán formarse unaidea en minia- 
tura de los goces que un baile semejante proporciona á los sen* 
tidos. 

El corazón y el entendimiento^ apreciables lectores, debo yo 
continuar, también "disfrutan á su modo de esta clase de bailes: 
pues al joven calavera nada le queda que desear en ellos y al 
filósofo le ofrecen cuadros profundos sobre los que meditar larga- 
mente. 

En nuestra patria, como en otros puntos do Europa donde rei- 
na la mas alta civilización y como en el mismo París; crafao 
grandes comparsas de enmascarados de un punto á otro de la ciudad, 
ostentando con estravagantes caprichos, ridiculas y ecsageradas ves- 
timentas; mas como estas cuadrillas se componen únicamente de 
personas de cierta clase, y ademas van paulatinamente desapare- 
ciendo, no merecen cautivar por mucho tiempo nuestra atención, ni 
que dediquemos largas páginas á su£ cortos atractivos. 

Solo indicamos por original la costumbre que se conserva desde 
luengos siglos entre estas personas, de remitirse mutuamente gran- 
des regalos á que dan el nombre de candilejos y los que hacen con- 
ducir á la morada del favorecido con grande pompa y alegre so- 
lemnidad: algunas veces también estos mismos regalos no fijan su 
pertenencia, sino que recorren varias casas recibiendo en todas dul- 
ces 6 efectos culinarios primorosamente condimetados, hasta que sa 
abundancia es suGciente para todas las personas que con anterio- 
ridad han consentido de disfrutar de aquellos manjares en un dia 
de cam|)0 la mas predilecta diversión del país. 

Y en medio de tantos goces como llenan el alma en este di- 
choso tiempo, quién dice que estas distracciones son implas y age- 
nas de los cristianos, mucho mas en una época en que la iglesia 
se prepara para el dolor y la amargura, cual desmiente las cita- 
das razones con armas escolásticas y llenas de mordacidad;? con- 
liderando estos j)laceres como una necesaria espansion que se da 



DE SXVILLA. 73 

al alma antes de entregarse al ayaoo y á la aasterídad de las 
penitencias; quienes por fin, ven pasar sas encantos con indiferenti 
calma, sin cuidarse de ú sería ventajosa sa estiacíon, ó se debe se- 
guir en el mismo estado; mas yo qae ante todas cosas procuro co- 
locar el prisma por medio del que miro al mundo, en armonía con 
la razón, soy de parecer; qae todos van engañados, paes si bien el 
carnaval no tiene macbo de santo, tampoco se aparta totalmente 
dfl la naturaleza del hombre, asi pues, corriganse loe escesos sí aca- 
to los hay y permanezca un solaz permitido, siempre qoe ana ale- 
gría Tranca y sincera sea su único elemento. 

Por ultimo, el Miércoles de Ceniza cierra la puerta á estos bai- 
les y la abre ¿ la penitencia y místicas contemplaciones imponien- 
do la señal de la cruz en la frente de los cristianos con la ceni- 
za de las palmas y matas de olivas que sirvíeroo para la solem- 
nidad del Domingo de Ramos anterior, cuya ceremonia anida á los 
placeres de los pasados días ha dado lugar ¿ las palabras de cierto 
viagero árabe que no titubeó un momento en deúr: los crístiaaoa 
al llegar á esta época del año padecen todos de demeocia, U qu« 
se cura después de cierto tiempo, con ciertos polvos de na color 
ceniciento que les ponen en las frentes sus sacerdotes, los añicos 
qae se libran del contagio. 




íi«.'w«'É2t¿i ■■..- [.^j¿i^t¿Ttf': 



ron=> r>n-»-£^ v^TT»yT^ ■£%, „ 



CAPITULO Vil. 



Semana Santa. 



Aqiri, seüor, tD nonbn bendMímM 
y aqai con grave pompa le adoramos, 
preciosos dones & tus pies rendimos, 
«laoio teDemoa i lu altar llevamos, 
tus templos de brillantes revestimos. 
Incienso y mirra sin cnar quemamoi, 
en honra y preide vuestro escelso trai», 
ai mas queréis manlfestadno* como. 



L Golgotba, Nazaret, Jerasalen: tres palabras 

Í Sublimes, que eo medio de aa fócil prouan- 
ciacinn encierran conceplos grandes y miste- 
riosos; tan grandes y sorprendenles como la ec- 
, sislencia misma de J. G. en cayos parages esli 
^eácrítacon inestingnibles caracteres lahisloría 
^divina de sus triunfos y sus padecimientos. 

Cuandola inteligencia del hombre del ser 
^privilegiado, corona de la creación, contempla 
esas poblaciones grandes poi- sus sucesos, y ese elevado monte ca- 
na del cristiano: cuando los admira y venera coa los ojos de la 
fé religiosa, «ente el espirito inflamado por ese eocanto inefable. 




D& 8K>1LLA. 75 

que levanta Bíempre en noeotros la cootemplacioB mistíca de ideas 
teD grandes como las de la religión, tanto mas cuanto que las 
escenas qae han \isto pasar sobre ellos esos santos lugares, están 
grabadas con signos de amargura y de gloria juntamente en les 
corazones de todos los cristianos. 

Estas escenas, pues, estos sucesos divinos, son las representa- 
ciones que en lodos los pueblos se reproducen cada año, en con- 
memoración de los que tuvieron lugar en la tierra santa hace diea 
y ocho siglos; época de dulce recuerdo para todo hombre, 
ya como fllosofo, ó ya como cristiano, pues de ella data, nuestra re«* 
generación moral, alcanzada por las elocuentes palabras por los 
santos ejemplos, y por la crucificcion y muerte del Salvador. 

Mas aunque todos los pueblos convengan en los mismos senti- 
mientos, no son iguales en todas esas parodias significativas de la 
pasión de J. C. en cada pais hay sus usos, prácticas y costum- 
bres particulares mas ó menos modificadas en unas partes que en 
otras: la religión empero, sea cualquier el modo con que se verifi- 
quen estas solemnidades, recibe con ellas un verdadero culto digno 
de la época y circunstancias que se procura representar: y aun- 
qae si bien es cierto que todos los lugares católicos son acreedo- 
res á que se refieran las funciones que en ellas se verifican en 
la Semana Santa, ninguno debe serlo con mayor razón, que nues- 
tra hermosa capital por la regularidad magnificencia y buen gusto 
de las procesiones que tienen lugar en este santo periodo. 

Si en Roma, si en la metrópoli de la cristiandad son solem- 
nizados estos preciosos días con la riqueza y magestad divina que 
brilla en todos sus actos religiosos; si alli el romano Pontifico acom- 
pañado del colegio de cardenales dá á estos actos una verdadera 
espresion de mística grandeza; si alli se encuentran esas suntuosas 
ba^íliscas presididas por la del principe de los apostóles levantada 
sobre las ruinas del soberbio palacio de Keron; si alli, finalmente 
hay notables edificios que contemplar y fiestas religiosas que cau- 
sen admiración, aqni también bajo el cielo de Andalucía, se ep- 
cierran magníficos monumentos cada uno de nueva hermosura y 
todos revestidos del severo carácter de la religión; de ese ca- 
rácter dulce y magestuoso á la vez, que conmueve nuestro espiri- 
ta y lo eleva en elocuente estasis á la mansión del Todo-*pode- 



76 CLOBUS 

roso: obras del arte y del ingenio, de las ciencias y de la fé re* 
ligiosa que admiran lod naturales y vienen á estudiar los estran* 
geros: por último, las cofradías ó procesiones de esla época en Se- 
villa no encuentran rivales, ni en medio de Roma donde acabamos 
de decir son tan suntuosos los espectáculos de la Semana Santa. 

Antes de entrar, apreciables lectores en los ligeros detalles que 
pensamos espresar respecto á estas procesiones, justo parece dedi- 
quemos algunas aunque breves palabras al tiempo de preparación, 
pai-a llegar con alma contrita y corazón sin mancha ^á la época 
mas religiosa del año. 

Todos los domingos de este tiempo, conocido con el nombre de 
Cuaresma, se os ofrecen en cada uno de los templos, felices ora- 
ciones sagradas de moral, acaso las mejores que se predican en 
lodo el año: jóvenes y ancianos, infantes y adultos, tan luego como 
escuchan el lúgubre sonido de la campana lleno en esta época de 
no se que inefable encanto, corren á escuchar las palabras del divino 
sacerdote que en la cátedra del Espíritu Santo, é inspirado por él, 
nos manifiesta con rasgos elocuentes las mas sublimes verdades del 
Evangelio. 

Son tan esenciales é ingénitos en el carácter del pais, estos ser- 
mones y demás prácticas religiosas, que en ninguna parte se veri- 
fican mas, ni con tanto aparato, magestnosidad y veneración; res- 
pondan de esta verdad los suntuosos setenarios de Dolores, que,kH 
dos los años al celebrarse el aniversario del dia de la Madre del 
Salvador, se ostentan en infinidad de templos de la reina de An- 
dalucía, y á los que es imposible añadir mas riquezas, mas lujo, 
ni una devoción mas sincera; respondan también tantas y tan mul- 
tiplicadas funciones de esta clase como se verifican todos los dias 
del año, y respondan por último, el crecido número de los rosarios 
de que á su tiempo nos ocuparemos, asi como también la costumbre 
que ecsiste de antiguo en esta ciudad, y la que abre un ancho 
campo á grandes meditaciones; pues la presencia de dos ó tres cen- 
tenares de niños esp6sitos murmurando las mismas oraciones que 
J. G. dirigió á su padre, y conducidos por un santo ministro del 
altar, que ostenta en sus brazos un pesado crucifijo, impone cierta 
veneración, preocupa de tal manera nuestra mente, que acaso nos 
hace derramar una lágrima, al considerar á aquellos inocentes» vie* 



BK ftSYlLLA. 77 

Ümas del delito de sas padres, llevando unborrmí de infamia sobre sus 
cabezas» y que á 4>esar de su irisle estado van k orar, & rendir 
gracias al señor y á escuchar sus palabras por boca de sus minis- 
tros, al sitio de la Catedral, que lleva el nombre de el patio de 
los naranjos. 

El domingo de ramos se anoneia, tras estas festividades religiosas, 
con todo el esplendor que merece de derecho el diaen que el Cm- 
dficado penetra en la tierra de Jerusalen, en esa mansión sagrada 
de tantas inspiraciones llena, y henchida de tan dulces al par que 
melancólicos recuerdos. En este primer dia de. la semana consa- 
grada á Dios esclusivamente^ después de los oGcios divinos de la 
mañana, varias procesiones de penitentes, con hachas encendidas, for* 
mados con escrupulosa regularidad ostentan en su centro magni- 
ficos pasos cuyas imágenes ricamente vestidas son de un mérito 
original. 

El trage de los penitentes citados consiste en una túnica negra 
(1)de hilo rematando en la parte posterior con una larga cola de 
cinco á seis varas de estension; medias de seda negra y zapatos 
del mismo color con hevillas de plata ó motas de seda, según la 
regla de cada una de las hermandades; la cabeza la llevan ador- 
nada de la misma tela, que en figura c6nica se eleva hasta una va- 
ra de altura, de la que deciende el antifaz y una esclavina en la 
parte posterior que baja hasta un ruedo de esparto de poco mas 
de una cuarta de latitud con el que se oprimen la cintura: los 
tragos de los que llevan las insignias como la cruz, la bandera y 
el estandarte con las iniciales S. P. Q. R. no se diferiencian en 
nada del de los demás, del mismo modo quede los que llevan las 
canastillas y vocinas por último, con muy pocas escepciones m 
nada se distinguen las de unas ú otras cofradías mas que 
en los pasos y en los escudos de la hermandad á que pertenecen 
bordados al lado izquierdo del pecho con seda de diferentes colores. 

El lunes y martes santo rara vez hace estación alguna de estas 



(i) De este color son geBeralmente las túnicas de todos los penitentes^ 
DQas hay algunas que los llevan de otro, como los de la cofradía del 
Señor de la Ssngre, qne las llevan moradas, blanca, los del Señor del 
Sítencío. 



78 GLORIA ft 

procesiones, reservándose visitar la iglesia metropolitana hasta el 
Miércoles, Jueves y Viernes que son los días mas notables de esta 
semana; asi pues, á no ser los cánticos religiosos de la catedral 
apenas existe otra cosa en los días primeramente citados, que sea 
digna de mención particular. 

Los oficios en la catedral del Miércoles santo convoca un cre- 
cido número de fieles en el sagrado recinto, que contemplan con 
admiración la magestad y grandeza de las ceremonias, mas guar- 
dadas y practicadas con mayor solemnidad que en ninguna otra 
iglesia de España. 

El órgano sonoro herido por un hábil profesor que en este gé- 
nero poseemos; los coros perfectamente entonados de los colegia- 
les, las TOces de los que representan á Jesús á san Pedro y i 
Judas contando alternativamente las escenas de la pasión, los tor- 
rentes de la melancólica y santa armonia de una música sabia- 
mente dispuesta y combinada, los ritos religiosos que con tanta 
pompa se manifiestan ante el hermosisimo altar mayor, las es- 
pesas nubes de fragante incienso que se elevan sobre él, y per- 
diéndose en las elevadas bóvedas se esparcen por el espacio, y has- 
ta los rayos de luz quebrados al traspasar los vidrios de colores 
de las góticas ventanas, todo forma una ilusión tan completa, ins- 
pira á nuestra fantasía un anonadamiento tan dulce y divino, 
que solo puede sacarnos de él el ruido del velo del templo al 
rasgarse en dos mitades, y los disparos de pólvora que resuenan 
dentro de la catedral, retumbando fuertemente y haciendo estreme- 
cer el pavimento. 

Mas á pesar de todo esto, no obstante tanta grandeza, nada 
mas regio en rica ostentación; nada mas alhaguefio, nada mas vis- 
toso, nada mas poético y grande, que lo9 templos, las calles y plazas 
y hasta las personas, del dia mas clasico del afio, del Jueves Santo 
en Sevilla. 

Los oficios de este dia son practicados en la catedral con toda 
la pompa requerida por las creencias mas sublimes de la religión: 
el Arzobispo, oficiando de pontifical, bendice los santos óleos, tras 
cuya ceremonia y después de conducir el sagrado cuerpo de S. M. 
al Monumento con un lucido acompañamiento, pasa al acto del 
lavatorio causando un verdadero sentimiento de ternura oontem- 



DE SEVILLA. 79 

piar al gefe de la metrópoli con todos sus honores, grandezas y 
dignidades, inclinarse hamildemente ante doce pobres sacerdotes, y 
practicar en ellos, el acto que el mismo J. G. en sus apostóles; 
después en el mismo palacio arzobispal se da una comida abun- 
dante á doce pobres ancianos los que ademas reciben considerables 
limosnas. 

Todos los alicientes que cercan á este dia, llaman al templo 
santo á los numerosos habitantes de esta población y á millares 
de forasteros, que acuden también deseosos de admirar las precio- 
sidades, que se encierran dentro de sus muros: circunstancias que 
hacen doblemente brillante una hora en que las corporaciones ci* 
^iles y militares todas de gran gala y presididas por las autori- 
dades, los desgraciados de los asilos de caridad decentemente ves- 
tidos, las compañias de los regimientos sin armas y marchando acom- 
pasadamente, y por úllimo una escojidisima concurrencia que ad- 
mira tanta solemnidad, cruzan las calles principales dándoles nuevos 
encantos y dirigiéndose á visitar los sagrarios alzados en todos los 
templos, y especialmente al magnifico monumento de la Catedral. 

Esta admirable pieza comenzada por micer Antonio Floreniin en 
4545 y concluido en 4554, figura en la planta una cruz griega 
de cuatro frentes iguales: el primer cuerpo que pertenece al or- 
den dórico, está formado por diez y seis columnas elevadas sobre 
pedestales con su cornisamento; en el centro de este primer cuer- 
po se ostenta otro mas rico de cuatro columnas menores, que de- 
ju mirar la preciosa custodia de plata de Juan Arfe, y en ella 
k urna de oro que contiene la sagrada Hostia: ocho columnas con 
QM estatua del Salvador en medio, y otras ocho figuras sobre pe- 
destales mayores que acaban de completar el segundo cuerpo del or- 
een jónico; otras cuatro columnas é igual numero de estatuas, 
con la imagen del señor en la columna, forman el tercer cuerpo 
que pertenece al estilo arquitectónico llamado corintio; el cuarto de 
orden compuesto remata con el crucifijo del .fseñor y las del bueno 
y mal ladrón: estando esta magnifica obra jluminada por 120 
limparas de plata, y por 441 cirios y velas de varios tamafios que 
pesan 423 arrobas y 7 libras de cera. 

El aspecto magestooso de este monumento tan (brillante y tan 
iorpreadente, acompañado de las melancólicas armenias del divino. mf- 
Cost. 10 



80 €L0Ri4S 

tereré, composición de don Hilarión Eslava, que hiere naesiros oído» 
y resaena en nuestra alma como un canto angélico entonado por 
los moradores del Empíreo, hacen tan profonda impresión en nos- 
otros con la patética dulzura, y la magestad suave de esas celestes vi- 
braciones impregnadas de tan mística sublimidad, que á su má- 
gico impulso sentimos arder en un santo, divino y religioso entu- 
siasmo las mas heladas fibras del corazón. 

En medio de esta animación célica de nuestros espíritus, con- 
templamos con tristeza aquellos altares sin adornos de ninguna cla- 
se, aquellas cruces signos de nuestra redención cubiertas de velos 
funerarios, aquel lúgubre recinto, no ostentando mas que en on sitio so 
grandeza y rodeado por todas partes de demudez y silencio, ape- 
nas interrompido por el cascado acento de la matraca que en este y 
el siguiente dia sustituye al armonioso sonido de las cóncavas 
campanas. 

Las cofradías que hacen estación en la madrugada del viernes 
i la iglesia metropolitica, dan á este cuadro un colorido mas triste 
y respetuoso todavía: baste qoe al amanecer la mañana, esparce 
la aorora noeva vida en los soñolientos espíritus, y se distinguen 
•en los pálidos rostros de todos los qoe concurren á estas proce- 
siones las visibles señales del insomnio. 

La llegada del Viernes santo, aumenta las dolorosas angustias 
qoe afligen á los corazones: el orador sagrado narra en la cá- 
tedra del evangelio la moerte del redentor y ásos elocoentes palabras 
nos parece qoe vemos ocolter al sol so disco de foego en on te- 
tal eclipse, retemblar la tierra, chocar las rocas contra las rocas 
precipitarse retombando las cimas de las monteñas, saltar en mil 
pedazos las losas de los sepulcros, presentarse ante nuestros ojos sos 
macilentos cadáveres y espirar on Dios crocificado sobre la combre 
del Golgoiha. 

El sermón de Uu tres horas concloye, y la hermosa cofradía 
del Santo Entierro caotiva todas las atenciones. 

Un inmenso pueblo rodea las calles, plazas, encrucijadas y por- 
tales de la carrera, on foerte mormullo que por momentos se anón- 
cia y se pierde por momentos, hiere nuestros oídos; balcones, rejas 
y ventanas todas están cubiertas de multitud de personas que con 
la variedad de trages y adornos, forman una viste eneaot«l0n: 



»B 8KT1LLA. 81 

Im miradaB se fijan con avidez en el lugar donde debe mostrarse 
la cofradía, é impacientes esperan su llegada; por fin, el bullicio que 
crece, la muiliíud que se agrupa, los cuerpos que se tornan y se 
empinan, las miradas que se clavan, las carreras que se proyec* 
lan y la confusión que aturde, anuncian suficientemente la de- 
seada aparición déla cofradía. 

Abren su marcha cinco soldados de caballería romana; el mi- 
nistro muñidor con ropón de terciopelo negro guarnecido de galón 
de oro y el escudo de relieve de la hermandad: los diputados con va- 
ras de gobierno le signen: el cuerpo de nazarenos con cirios, y 
otros con vozinas de terciopelo negro bordadas de oro, acompañan^ 
do á los hermanos de la cruz y la bandera, se adelantan ante el 
paso primero sobre el cual se halla un cuerpo de arquitectura que 
sirve de peana figurando el calvario: en el centro la santisima 
cruz, arrimadas á sus brazos dos escaleras en representación de 
las de que se sirvieron José y Nicodemus para bajar de aquella 
el cuerpo de Jesús: al pié la muerte significada por un esqueleto 
de preciosa escultura, está sentada sobre un globo que figura el mundo 
y el que rodea la serpiente con la manzana en la boca; sierra 
este paso el acompañamiento de hermanos seglares, que ostentan 
en su centro nueve coros de ángeles representados por niños pe- 
queños vestidos con riqueza, eleganciay exactitud, llevando en sos 
manos los atributos de la pasión y siendo capitaneados por los dos 
Arcángeles y demás ángeles principes. Tras de estos coros, siguen 
las doce sibilas figuradas por doce niñas con los trajes respectivos 
á caJa una de las provincias orientales, las que llevan también sos 
atributos nombres y principales profecías; los doctores de la iglesia 
y la mujer Verónica dan fin á la angélica comitiva. 

Un coro de música la sigue cantando el salmo de David: ín 
ixUn^ lirad de Egipio. Hermanos con cirios, varios acólitos y doce 
sacerdotes con casullas negras, marchan delante de la urna sepul- 
cral, de un trabajo esquisisto, y en ella la imagen sagrada de 
Jesús, adornada con magesluosidad: una escuadra de soldados ro- 
manos, con morrión de visera y elegantes plumas, peto y espal- 
dar de hoja acerada, tonelete y calzado color de púrpura, y ar- 
mados de lanzas y espadas, marchan al compás de roncas vozinas 
rodeando la urna del Señor. Después los señores diputados con 



Si QLRRU 

irares y el estandarte segaido de doce hermanos con cirios, lama- 
sica cantando el* Stabat AJaier, y presidiendo la autoridad politica. 

Signe por último el paso de la Virgen bajo la advocación de 
Villaviciosa acompañada de san Joan Evangelista las tres Marías y 
los santos José y Nicodemus, un numeroso clero tras este último 
paso, y los regimientos residentes en Sevilla con las cajas y cor- 
netas destempladas y armas á la funerala, ponen fin á tan \istosa 
y magnifica procesión. 

El sábado de esta feliz semana apenas revela una idea que 
manifieste su enlace con los anteriores dias: solo se escucha por 
breves instantes la pasión de J. C. cuando rasgándose el velo, que 
cubre el altar mayor de la iglesia Catedral, nos aturden los true- 
nos estrepitosos que parecen nada sobre la soberbia cúpula, como 
los clamores que oyó el pueblo Israelita ecsalados en la cumbre 
del Sinai: las campanas del templo santo dejan oir sus armónicas 
vibraciones y á ellas corresponden en general, alegre y atronador 
repique todas las de la populosa ciudad: disparos de armas de 
fuego saleo de todas partes y un bullicio de general entusiasmo 
se levanta y corre como una chispa eléctrica del uno al otro es- 
tremo de la población, siendo dirigidos tantos clamores y algazara 
á celebrar la resurrecion de J. C. llegando este sentimiento hasta 
el punto, como sucede en algunos barrios situados al estremo de 
esta ciudad, de construir una figura representando á Judas, la que 
pendiente por el cuello de una cuerda sugeta en sos estrenos, 
recibe los insultos,, las salivas y multitud de tiros de los jóvenes 
que encuentran en esto un agradable solaz, hasta que por fin la imagen 
del falso apóstol desciendo á la tierra terriblemente mutilada. 

El cordero de pascua de la antigua ley, se presenta ante nues- 
tra memoria cuando crecidas manadas de estos sencillos animales 
pueblan en la tarde de este día y en los tres inmediatos el bello 
campo que se dilata desde la puerta de la Carne á la de Cármo- 
na; en cuyo lugar se improvisaba antiguamente un elegante paseo, 
reemplazado hoy por el de nuestra hermosa y fragante rib^Ta del 
Guadalquivir, y por el de los poéticos y memorables jardines del 
Alcázar, abiertos para el público en los dias festivos desde el pri- 
mero de pascua de Resurrecion, hasta el último de la octava del 
Corpus. 



DE SEVILLA. 83 

El tiempo de la Pascua citada arriba no puede considerarse en 
su parte religiosa mas que como continaacion de la Semana Santa: 
asi pues, podemos proseguir este capitulo dando una breve ideaá 
nuestros lectores de las solemnidades que después de la despedida 
dedicada & la cuaresma por una moltitud de gritos y roncos cla- 
mores desde la torre de la Catedral á las doce de la noche del sá- 
bado, y después del estruendo de sus campanas que vuelven á ce* 
lebrar la resarrecion alas dos de la madrugada del siguiente Domingo, 
se verifican en Sevilla con su lujo nunca desmentido y su riquísima 
ostentación. 

Redacense aquellas á las procesiones de S. M. en público que 
acostumbran á hacer varias hermandades con el objeto de presentar 
el Santo cuerpo de Jesús, á los que impedidos físicamente están 
imposibilitados de recibir la comunión en el templo. 

Estas procesiones en sus respectivas parroquias se estienden á 
las cárceles y casas de caridad; ofreciéndose en aquellas un espectáculo 
digno del hombre observador: pues tal atención merece la vista de 
una multitud de criminales mas corrompidos mientras fuertemente 
castigados, aldoblar sus rodillas humildemente y sujetarse con corazón 
sincero y contrito á la ceremonia que envuelve el mas inefable in- 
comprensible y sublime misterio de nuestra fé. 

La hermandad del Sanio Entierro veriñca esta procesión llevan- 
do ademas d? los comunes adornos los coros angélicos de la cofradía; 
dando con este aliciente, nuevo realzo á una festividad con la que pue- 
de decirse acaba la semana Santa en Sevilla. 




CAPITULO VIII. 



El inrlio cirro w llena 
de mulUlud clanoroM 
que allende k ver en sa ■reu 
)« MPgrlenl* lid dadoM, 
y lodo en (orna resuena. 
HoratlD. 




SAMDO esparcela primavera sa brillante maulo 
I rico en colores y en matices de tan -variado 

aspecto y de tanta grandeza revestido, cnan- 
Idoel azul transparente del cielo esmaltado 
ide brillanleB estrellas ódel luciente laminar 
Rdel día envuelve la creación en los rayos de 
i su bermosura, cuando el blando sosorro de 

los pacifícos rios y de los límpidos arroyos es 

la única voz de la naturaleza, cuando laa Do- 
res se ostentan llenas de animación, de vida y bordando coii sos 
ndaelores cambiantes las halagüeñas colinas y las dilaladaB ¡vi- 



DE SEVILLA. 86 

deras, cuando los odoríferos vapores de ]a madre tierra, el aro* 
ma de las plantas, las aaras mansas de las primeras horas del 
día llegan embalsamadas por el aliento de los oscuros bosques y 
de las tranquilas florestas, cuando finalmente las flores, las plantas 
el firmamento, los vientos de la tarde, las auras de los jardines, 
el brillo de la aurora, el resplandor de los astros y el lujo de toda 
la creación se reviste de nueva grandeza y de mayor armenia, en- 
tonces es cuando la alegría arde en los corazones de los bijos de 
este suelo, y entonces cuando se entregan á ese placer de las cor- 
ridas de toros, que si bien cuenta en su favor millares de pare- 
ceres, no está libre con todo del furor de constantes detractores. 

Siento no contarme en el número de los primeros, aunque tam- 
poco me adhiero á la opinión de los segundos; mas el entusias- 
mo con que acojen esa diversión mis alegres compatricios, y el 
deber en que estoy de revelar su carácter, sus usos, sus costumbres 
y sos sentimientos, me obligan á hacer la apología de ese espec- 
táculo, que si acaso es sangriento, no se derrama siempre la sae- 
gre humana. 

]jQ& estrangeros son los que mas se ensañan contra esta clase 
de fiestas públicas, lanzando contra ellas en algunas de sus obras 
las mas absurdas acriminaciones, acompañadas casi siempre de una 
ignorancia reprensible sobre los lances y suertes que en ellas se 
practican, encontrando graves fundamentos para echarnos en cara 
nuestra escasa cultura, nuestra poca civilización; pero si esa poca 
civilización, si esa escasa cultura, es lo que en ellas se refleja, 
preciso se hace sean consecuentes y confiesen también el estado 
abyecto y] poco estimable de la sabia Grecia y la culta Roma, cuando 
en los tiempos de su mayor grandeza y poderío, consentían y au- 
torizaban con sus leyes los juegos olímpicos los Pifios^ h$ Jsímieos^ 
hm Ñemeos j la Carrera, el Salió ^ el Pujilado^ la Lucha ^ y el Disco , los 
que sino todos eran cruentos y sanguinarios, algunos de ellos 
daban lugar á tristes escenas mas próximas de acontecer, que no en 
Diestros espectáculos tauromáquicos. 

Sirva de prueba para la quede decir acabamos la autorización 
ó tolerancia que han tenido los pontífices respecto á esta diversión, 
desde que Clemente YIII salvando las escomunionesde muchos papas, 
y la espresa prohibición de Pió Y. ha consentido en ella, teniendo 



86 GLORIAS 

présenle que el peligro es casual y no iaminente como antes se 
creyera; así, pues, hagamos una breve reseña de lo que es en 
Sevilla esta clase de fiestas, inlrod acidas por los moros en España 
el año de 1110, aunque en el modo de lidiarlos ha habido constan- 
tes y repetidas variaciones. 

Éntrelos cantos del primer dia de pascua, que hemos procura- 
do describir en el anterior capítulo, se escacha la voz del ciego 
qae atorde con su constante pregón de papeletas de los (oros; y por^ 
fiktas ie los ioros^ loros en Seoilla^ gritan nna porción de hombres 
mugeres y chiquillos, todos tropezando á causa de la nulidad 
de los órganos ópticos; lanzánse á esta coadriila todos los tran- 
seontes llamados por la confusión inharmónica de tiples, tenores, 
bajos y bajos profundos, acompañados también de las acentos del 
lazarillo y del perenne compás de la contera de hierro en que 
rematan sus bastones. 

T estos gritos tienen un poder tan mágico que desde luego se 
cierran los talleres, los trabajadores cruzan aqui y allá revelando 
en sus rostros el placer: y hay confusión y algazara, y todos con 
trajes oportunos y graciosos se disponen prontamente al divertido 
espectáculo; mas no solo los obreros se afanan por disfrutar 
de él; sino que el profundo abogado, el Escolapio sapiente, el ro- 
mántico poeta y sobre todo, el jovial estudiante, acompañados de 
bellas andaluzas con sus trages huecos de vivísimos colores, con 
profasion de volantes y sus vistosas mantillas blancas de tul, se di- 
rigen en tropel y en confusión seductora al estenso circo cubierto, 
apenas se abren sus anchas puertas, de una crecida multitud d« 
alegres espectadores. 

Jóvenes bulliciosos, que en la tarde anterior en briosos alazanes 
han ido á conocer las tendencias del ganado, son los que ocupan 
ios preferentes asientos, entregándose hasla que empieza la diver- 
sión, á bromas sarcasticas y mordaces. 

Por fin, no es diflcil en estos dias y á estas horas observar á 
un jaque andaluz qne ante la ventana de su hermosa^ le dirig» 
estas ú otras análogas palabras: 

Vente conmigo á los toros, 
vente á los toros, chiquilla, 



DÉ srviLlA. 



87 



que ni éti cristianos ni en moros 
has de encontrar mas tesoros 
que en los toros de Sevilla. 

Te agoárda aqni una calesa 
qne en diciéndole, á correr^ 
lo hace con tai lijereza, 
qne el qne á sn lado atraviesa 
tai poede llegarla áver. 

Vente k la plaza, y allí 
sentirás tu corazón 
cual baila dentro de ti, 
al contemplar junto á mi 
tan hermosa diversión. 

Qne sin pena, ni carcoma, 
solo hay allí franca broma 
envuelta en placeres mil, 
desde qué en la plaza asoma 
el mal montado alguacil. 

£1 que con paso bien grave 
y orgulloso continente, 
que apenas finjir bien sabe, 
se dirije al presidente 
para recojer la llave. 

Van detras los lidiadores 
marchando con gran decoro, 
y ostentando mil primores 
con relucientes colores 
en trajes de plata y oro. 

Signe después Chavamos^ 
que haciendo mil cortesías, 
y dando sus vueltas mil, 
dirije sus largos dias 
á la puerta del toril. 

Sale el furioso animal 
y al picador le arremen te, 
pero con esfuerzo tal, 
que en tierra dan por su mal 

COST. 



caballo, y lanza y ginete. 

Prosigue con su altivez, 
y con el segundo cierra, 
con ei tercero después, 
dejando sobré la tierra 
tendidos á todos tres. 

T la tierra en derredor 
de roja sangre se empapa 
del caballo 6 picador, 
á quien saha un lidiador, 
que tiende al toro la capa. 

Toca las palmas ufano 
el que libertado ha sido, 
la pica empuña su mano, 
y sobre no trotón lozano 
se lanza al toro atrevido. 

Mirólo el toro llegar, 
y en frente de él se detiene, 
quieren ambos empezar, 
mas cada cual se mantiene 
contemplándose á la par. 

Hacia adelanté inclinado 
el toro escarva en la arena, 
mueve la cola obstinado, 
brama con siniestro enfado^ 
y mal su furor refrena. 

Echado sobre el arzón 
el buen picador le espera, 
latiéndole el corazón, 
y llamando en conclasion^ 
con ronca voz á la Cera. 

Y la fiera se prepara 
cuando él acorta la brida, 
sin dislinguirse su cara 
la barba en el pecho hundida 
y bajo el brazo la vara. 

£1 toro por fin le enviste 

4f 



y ai sentir la férrea pica, 
que bien tenaz le resiste, 
de sus proyectos desiste, 
y el circo en sangre salpica. 

Muchos, que del picador 
en ei encuentro anterior 
fueron fieles detractores, 
pagan ahora sa valor 
con aplausos y clamores. 

Suena el clarín, los toreros 
arrojan las mmiterillas, 
poniendo al toro certeros 
los diestros banderilleros 
cien pares de banderillas. 

Y dando horribles bufidos 
corre y se para y se pierde, 
y piérdense sns sentidos 
á los violentos tronidos 
del aguijón que le muerde. 

Suena de nuevo el clamor 
del clarín porque se rinda 
el toro al fuerte dolor, 
y el apuesto matador 
ante el presidente brinda. 

Su diestra et hierro sujeta 
y el capólela inmediata, 
doi Teces al toro reta, 



y al tercero de mulete 
de nn solo golpe le mala. 

La fiera cae cuando sienl* 
el golpe del hierro agudo, 
y el matador diligente 
se dirijo al presidente 
á hacer de nuevo el saludo. 

Y al par que mil maraTÍilu 
está la orquesta enlonando, 
las enjaezadas muidlas 
cnbierlas de campanillas 
llevan al toro arrastrand». 

Este es, hermosa, el placer 
que odian los estrangeros, 
aunque es fuerza conocer, 
que son ellos los primen» 
que aqui lo vienen k ver. 

Ay! vente tu hermosa mía! 
vente conmigo á gozar 
del placer y la alexia 
con que nos sabe brindar 
la reina de Andalucía. 

Vente, pues, vente á los toros, 
vente conmigo chiquilla, 
que ni en cristianos ni en moro» 
has de encontrar mas tesoros 
que en los toros de Sevilla. 




CAPITULO IX 



Ftria dtSttilU. 




OMA y Atenas son dos pueblos que nunca pueden 
borrarse de [nuestra memoria, sus fiestas y sus pla- 
ceres, los dioses tutelares de aquellas solemnes es- 
cenas convertidas á veces en alegres ninfas, y en 
i (!^ ^-^'^^j^^ mágicas fantasmas; sus fértiles campiñas convidando 
\J%^ ^¿!a^ ^ disfrutar de los preciosos dones de la naturale- 
? '-^^n: 2a, aquellos famosos montes el Janiculo y el Pa- 
latino^ el Qmrínal y el Vaticano^ el magnifico Capitolio de Tarquino 
el soverbio, con sus grandes puertas de bronce y su techumbre de 
oro; el Panteón de Agripa, morada de los dioses, los templos de Mar- 
te y de Saturno, los arcos triunfales y trofeos, los inmensos teatros 
y los famosos acueductos, todo lo vemos en la ciudad primera gi- 
rar constantemente ante nuestros ojos: y en la segunda, en esa rica 
Atenas reina de la antigüedad fundada por Cecrope 1556 años antes 
de J. C. dominada por el Olimpo, y fecundada por los tranquilos 
vientos del valle Tempe de la Tesalia, con los templos de Keptuno 
y Minerva presididos por el orgulloso Partenon; el de Júpiter olím- 
pico, el de Teseo, los pórticos y el Odeon y finalmente el delicioso 



90 GLOEIAS 

AcademHs donde resonó la voz de Platón el diirino, toéki^ todo se 

presenta á nuestra mente como en nn mágico espejo donde sernos 
perennemente reflejadas nuestras ideas, nuestras fiestas, nuestras so- 
lemnidades, nuestros ricos monumentos y hasta nuestros mismos co- 
razones; con la única diferencia, que todas esas pasadas escenas 
de la antigüedad las hemos pasado nosotros por el crisol de nues- 
tra religión quedando libres por lo tanto de las impurezas que con- 
tenían, y dándonos medios para gozar de sus innumerables en- 
cantos. 

Una de esas \istosas y alegres fiestas en que se nos represen- 
tan las de la antigüedad es la hermosa feria con que en eH8 de Abril 
nos regala la reinado Andalucía: con efecto, nada mas brillante, na- 
da mas encantador, nada mas risueño al par que sublime, que el 
estenso llano cubierto de menuda yerva de esmeraldas; que el cla- 
ro sol puro y resplandeciente dorando las encantadoras praderas 
y vivificándolas con sus ardientes rayos, que aquella variada mul- 
titud de personas de todas las edades, aecsos y condiciones, que 
aquel panorama, finalmente, tan rico, tan variado y tan lleno de 
placer. La diosa Venus Afrodisa preside esta solmniiai^ y la alhagüe- 
fia Hebe^ esparciendo las flores de la juventud y llevando la 
copa del precioso néctar, le dá mayores encantos: rodeado de es- 
tas gracias es de admirar aquel mágico laberinto, lo mismo en las 
cosas , que en las gentes , en las maneras y el lenguage : ya 
aquilos elegantes puestos de las buñoleras, ostentando sus ricas col- 
gaduras y sus fuertes adornos, mas allá la portátil fonda que abre 
el apetito mas estragado solamente al percibir el fragante aroma de los 
efectos culinarios ó de las ricas botellas de Málaga, Jerez, y Sanlúcar; á 
este lado la larga fila de los vendedores de sables, tambores, escopetas, 
y demás efectos dedicados ala infantil falange que destroza con su vista 
y con sus deseos á aquella multitud de objetos tan numerosos como 
variados; á la otra parte las tiendas de binaterias y en todos lados 
en el prado y en los pequeños montecillos, alli reina la confusión; 
la algazara y el goce de todos los placeres, ya sea donde innu- 
merables cabezas de ganado ofrecen so pintoresco aspecto ó ya donde 
los majos andaluces con sus bellas mitades , ostentan ora los sover- 
bios alazanes de la Arabia, Córdoba y Sevilla , ora las elegantes 
carretelas y multitud de olr^s clases de carruajes antiguos y mo- 



DI SEVILLA. 94 

dernoe, fabricada en Londres ó en los mismos obradores de iifie8<- 
tro suelo. 

Y en medio de esto los gritos de alegría^ los faniangoi y seguid 
diUas inoptoadamente improvisadas, los alegres rasgeados y pontea- 
dos armónicos de la guitarra, los pilos, carrañacas y otras pre- 
ciosidades de la misma naturaleza, las sonrisas y los galanteos, se 
encuentran allí como nativos y esenciales de tan vistosa diversión, 
realzada por último con la incomprensible Babilonia de las dife- 
rentes bablas y acentos de los naturales de todas las provincias de 
España, que vienen á Sevilla á celebrar sus contratos y negocia** 
clones, unas veces con el carácter de compradores, con el de ven* 
dedores en otras; mas siempre caracterizando con la mayor exac- 
titud el lenguaje, usos y costumbres de sus respectivos paises* 
£1 alegre y ligero valenciano con sus zaragüellos, manta al hombro 
izquierdo y pañuelo en la cabeza, el maragato con sus bragas 
del siglo XV, capaces de encerrar en su inaudita estension á mas 
de doce individuos de su misma especie, su sombrero de ala ancha 
y tendidi, su larga chupa, su coleto de cuero y preciosos alicien- 
tes; c} aragonés con su sombrero de tres cuartas de circunferencia, 
su aire grave, noblo y sencillo asi como su vestimenta; el astn^ 
riano con traje de pana de un mismo color, sus espaldas atlélicas y 
su rostro encendido y oboUgado; el navarro con sus anchos pan- 
talones, su rostro espresivo y so boina de grande borla; el gallego 
con su pequeña monterilla, su nariz aguzada y sus medias del pre- 
dilecto color de ceniza; finalmente, cuantos provincianos ecsisten 
en España todos hablan aqui con sus discordes acentos y todos 
celebran sus convenciones, aunque con no poca dificultad, lanzando 
al aire disparos de las escopetas, tan luego como se verifica algún 
negocio que merece la pena. 

Todo lo qué nos hace sospechar, é imaginarmos ir no poco 
fundados, que la Feria de Sevilla se hará célebre en toda España, 
asi como todas nuestras notables festividades y solemnes diasson nom- 
brados con entusiasmo en algunos puntos de Europa, y por cuya 
razón dedicamos nosotros los siguientes versos á la famosa perspec- 
tiva que nos ofrece esta feria; 

Nadie le ponga mancilla á la feria de este suelo; 



os 



CLORU& 



ei I» octeY» maravilla, 
qae ha descendido del cielo 
para aseataree en Sevilla. 

En mitad del bello Prado, 
cuyo verdor nos encanta, 
vistosamente enjaezado 
üD bello mondo ignorado 
orgollofid se levanta. 

Es an mando de placer, 
de mil formas y colores, 
la alfombra bordan las flores, 
qae nos brinda por do qaier 
sas eseitaotes olores. 

No hay realidad qae compita 
con so completa ilasion, 
y á sa presencia bendita 
ardientemente palpita 
de júbilo el corazón. 

T qné corazón de roca 
DO habría de palpitar 
al ver esa estancia loca 
donde el alma se sofoca 
de tanta dicha al gozar? 

Qne alli el alma y los sentidos 
la mente y el corazón, 
OD si mismos confundidos 
los placeres roas queridos 
miran girar en montón . 

Porqne a un tiempo alli se ven 
entre el continno vaivén 
de los que vienen y van, 
del rico señor el tren, 
y. el lajo de sa alazán. 

Y al par qae rica ambrosia 
se bebe alli sin rubor, 
sos flechas Cupido envia, 
porque siempre Andalocia 



fué la tierra del amor. 

Y alli todos son hermanos, 
ni nobles hay ni pecheros, 
andaluces y gitanos 
se estrechan alli las manos 
coal antigaos compañeros. 

Solo hay alli diversiones, 
allí no hay mas que placeres, 
dulces y gratas canciones, 
ardorosas impresiones, 
y enamoradas mngeres. 

Hadas* de los campos son, 
ú Odaliscas de an harem, 
que vienen en confusión, 
á disfrutar de este edem 
en tan brillante función. 

Mas de una suerte tan sería 
yo DO quisiera cantar 
los placeres de esta feria, 
cuando hay en ella materia 
para otro acento entonar. 

Que tan lujosa y compaesta 
es de admirar la caminña 
como á trechos manifiesta 
en cada parte una fiesta 
y en cada fiesta una riña. 

Pues que es de la humana esencia 
según para mi adivino, 
que en bebiendo sin pudencia 
siempre se diga, tras vino 
sobre-vino una pendencia 

Y aun no es bello el panorama 
qae el mundo aquel no:^ presenta 
al par que del sol la llama 
en medio el azul se ostenta 
y sus ardores derrama. 

Que entre bulla y confasion 



Üfi SEVILLA. 



93 



corre la gente en montón 
del uno al otro lugar 
para ver donde encontrar 
mas varia la diversión. 

Y vuelan mil carrruajes, 
cual sobre el mar las espumas, 
dejando al viento los trajes 

de hadas que adornan plumas 
y los chinescos encajes. 

Y aturde alli el loco afán 
y la estraña algaravia 

de los que vienen y van, 
por qne llenos de alegría 
sus corazones están. 

Y oyénse en bajos y cerros 
los gritos de cien chiquillas, 

y ladridos de mil perros, 
al son de las campanillas 
y al compás de los cencerros. 

Y á la par alli es de ver 



como se suele beber 
no á tragos sino á cuartillos 
entre la danza y placer 
de chozas y ventorrillos. 

Ventorrillos mas galanes 
qae sus alfombras de flores, 
donde lucen sus primores 
adornos de tafetanes 
y tules de mil colores. 

Aun mas pudiera decir 
si tiempo y ganas tuviera 
mas no debo proseguir, 
dejadme, pues, concluir 
déla siguiente manera: 

Nadie le ponga mancilla 
á la feria de este suelo, 
es la octava maravilla 
que ha descendido del cielo 
para asentarse en Sevilla- 



Y aun no concluyen aqui los placeres da la estación florida: apenas 
acaban de pasar esas escenas que débilmente hemos descrito , 
cuando la venida de las gentes de la Feria de Mairena, nos hace 
improvisar un lujoso y encantador paseo, en la hermosa y risue- 
ña Calzada que se estiende entre la Puerta de Carmena y la pa-* 
cifica y solitaria Cruz del Campo. 

Mientras una crecida concurrencia engalanada con el mayor lu- 
jo y la mas esquísita elegancia , cruza de uno i otro estremo del 
paseo, sufriendo las incomodidades consiguientes á un par de milla- 
res de individuos de sobra, alegres andaluces sobre briosos corce- 
les, llevando á ancas del overo 6 del tordillo, perfectamente dibuja- 
dos, las prebiosas reinas de sus corazones, con sus trages de ancho 
vuelo y profusión de faralaes voluptuosos, con sus medías blancas 
como la nieve y sus zapatos de cinco puntos, corren alegres y bulli- 
ciosos por el estenso llano cubierto de su rica vejetacion y sobre 
el que resalta visiblemente el tipo andaluz tan original y encanta- 



94 6L0BU8 

dor como hermosa U mansioD donde Uené colocado m asieoto. 

Admirable es el contraste qae ofrecen con la concnrrencía espec-' 
tadora estos majos andaluces con sns pequeñas chnpte de terciope-- 
lo azul, negro ó verde, bordado de seda, y adornada con agujetas 
de plata, pendientes de cordoncillos, el corto chaleco con bolones del 
mismo metal, el calzón de pnnto perfectamente ajustado y cerrado 
en la parte esterior de los muslos con monedillas de veinte y on 
cuarto, el ceñidor encarnado, amarillo ó azul, el botín de becer- 
ro sin teñir, y el sombrero de figura cónica con grandes motas de 
seda y rodeado de terciopelo; traje común de cierta clase de gen- 
tes en todo el ano, y casi general en los días de la presente 
feria. 

Con esta fiesta puede decirse que acaban las diversiones del mes 
de abril, empezando el siguiente consagrado á los gemelos Castor 
y Polux, con la apertura al público de la casa de espósitos alhaja- 
da en el dia. de la Santa Cruz con multitud de adornos , lujosas 
cortinas y elegantes pabellones de raso y arcos de flores que pro - 
ducen un efecto demasiado agradable; tan agradable y vistoso co- 
mo el florido aspecto que ofrecen en este tiempo multitud de tem- 
plos cubiertos y adornados de odoríferas plantas, como holocanstof 
rendido á la Virgen en las solemnidades, cuya serie continuada du- 
rante todas las noches de mayo se conoce con el nombre del Mes 
de María. 

Finalmente , la esposicion al público del cuerpo de san Fer- 
nando, que se conserva en la capilla real de la igtesia metropoli- 
tana, rodeado de algunos números de la compañia de preferencia 
que acompañados de la bandera y música del rejimiento á que 
pertenecen se destacan i este santo objeto, es en el dia 30 de Mayólo 
que llama la atención de los curiosos por última vez en este tiempo fe- 
liz; á no ser que la festividad de la pascua de Pentecostés pertenezca 
á aquel, como en el año venidero que será el 4 9 de Mayo cucu- 
yo caso hay que disfrutar de la feria de la Virgen del Roció que 
pasamos & delinear. 



CAPITULO t. 



KofpronlrnrHs FU nri Irnpilld rJtnW 
tli ensueños, ni ranlüsmnB, iil vbioni's: 
vle}as hisbTias y trwtuinbres caniu; 
respeto pu«s, antiguas tradiciones. 




l'^iBibo es qne la fena del Rocío, no fiertenece pre- 
i>r'cÍEameDle á las fiestas qne son peculiares á SénHa; 
i toas como todos los años, tan luego oomo se acerca 
-^5 la pascua de Pernéeosles, qáe será eú el précsíw); 
'fT^ide 4850 el día <9 de Mayo; vemos correr por la» 
'' '' extensas calles del arrabal de Triana, nna multitud 
de personas coavidadas por el sonoro caramillo y el retumbaote' 
tambor de uno de los hermanos de la corporación piadosa que ha- 
ce estación' k la ermita donde se venera la Virgen que dá nombre 
á esta solemnidad: como además acoden á esta de todas partes 
mil y mil procesiones del mismo género, pugnando por sobresalir 
y ostentar mas ríqaezas en los sobrecargados adornos de las carrozas y 
de los bueyes que las conducen; como mil y mil familias salek 
también de ntMstra rica ciuddd por disfrutar de loe encantos y pla- 
ceres que va medio de esas-iMadosas caravanas se disfrutan, comtf 
CosT. 12 



96 GLORIAS 

por último esta feria es conocida y celebrada en toda España y 
acaso en el estrangero; por eso nos hemos decidido á dejar en nues- 
tro libro una reseña fiel de la que ella es, de sos escenas mas no- 
tables, de las creencias de las gentes qae pagan á esa santa ima- 
gen so tributo de adoración, y de todas las cosas en fin que han 
pasado por ante nuestros anhelantes ojos al ser curiosos especta- 
dores de tan variada, poética y lujosa solemnidad; tan poética y 
variada como que en ella se confunden caprichosamente los senti- 
mientos piadosos de los andaluces, con sus alegres placeres y sus 
costumbres joviales y divertidas con la práctica de sus actos reli- 
giosos: pues esta feria es la viva imagen de todo cuanto rodea la 
ecsistencia de los hijos de este suelo. 



I. 



En mitad de un verde prado, 
denominado el Real, 
una ermita se levanta 
que remota antigüedad 
revela en sus pardos muros, 
y en la que culto se dá 
á la Virgen del Roció, 
en una fiesta anual. 

Antiguas historias cuentan, 
igtorosi con verdad; 
que un pastor halló esta imagen 
de un dilatado pinar 
en el mas lozano pino, 
que al cielo osaba llegar. 
Miró el pastor su hermosura, 
quedando ciego al mirar 
el rostro de aquella Virgen 
de rostro tan virginal; 
y diciéndole, bajase 
del empinado sitial, 
ni hizo el menor movimiento. 
Di se dignó contestar. 



Volvió el pastor otra vez 
sus ruegos á pronunciar; 
mas hallando por respuesta 
solo un silencio tenaz, 
el último esfuerzo hizo, 
el que ni menos, ni mas 
logró que los anteriores, 
de lo que enojado asaz, 
el buen pastor, en su hond«f 
colocando un pedernal, 
lanzólo á la hermosa imagen, 
sin conocer su desmán. 
Y aun todavía esa Virgen, 
de rostro tan virginal, 
conserva la corta herida 
que le causara el zagal. 

Tampoco con esto aun pudo 
sus proyectos alcanzar: 
por lo que á Almonte avisando 
de un. suceso, en que quizás 
algo de estraño entrevia, 
al árbol hizo llegar 
el cabildo de la iglesia^ 
con el alcalde ademas. 



DE SEVILLA. 



97 



Todos qoedarm estáüooH, 
sin saber qué imaginar 
de aqaella estraña aventara 
de la Virgen del pinar; 
y después de un gran consejo, 
que allí hicieron celebrar, 
determinaron UeTarla 
á la iglesia^'printípai^ 

Hiciéronlo buenaniente, 
caál lo supieron pensar, 
y todos se retiraron 
tranquilos á descansar; 
mas apenas vio la Virgen 
que todos dormían en pas, 
cuando tomando el camino 
de su frondoso sitial, 
en el pino en que la hallaron 
volvió su asiento á lomar. 

Amaneció la mañana, 
como se suele anunciar, 
dorando con sus fulgores 
por donde quiera que vá; 
y apenas abren la iglesia 
cuando comienzan á entrar 
los rústicos aldeanos 
la Virgen á visitar. 
Ecbanla todos de menos, 
y el cura y el sacristán 
con el barbero reunidos 
pusiéronse k meditar 
sobre la fuga impensada 
de la divina deidad: 
y hubo hablillas en el vulgo, 
y secretos por demás» 
y voces y comentarios, 
que bueno serft callar: 
quedando en fin decidido. 



irotra vez al pinar, 
por ver si acaso la hallaban, 
por suerte ó casualidad, 
Hiciéronlo asi en efecto, 
y lográronla encontrar, 
trayéndosela en seguida 
á la iglesia principal: 
pero la Virgen, que acaso 
le gustaba respirar 
los céfiros de los campos, 
mas que el del templo glacial, 
volvióse otra vez al prado 
de su hermosura á gozar, 
y los rústicos volvieran 
por vez tercera á buscar 
á la Virgen fugitiva 
de su templo celestial. 

Entonces ya conociendo 
su suprema voluntad 
determinaron contestes 
una ermita levantar 
de la que fuera cimiento 
el árbol en que ella está. 

Y desde este tiempo antiguo 
culto en la ermita se dá 
á la Virgen del Bocio, 
en una fiesta anual. 

II. 

AUi de todos los pueblos 
de las cercanías van, 
pintorescas cofradías 
sus dones á tributar 
á esta Virgen tan querida 
por mil milagros y mas, 
que diz, en lodos los afios 



98 



0L0RIA8 



se miran alli brillar, 
por el poderoio inflajo 
de la virgen celestial. 

Y aquellos campes cobiertos* 
de espantosa inmensidad 

de todas clases de jentes, 
ofrece, á decir yerdad, 
el mas bello panorama, 
que puede el hombre alcanzar 

Aqui vistosas se elevan 
con m forma irregular, 
ya la choza pintoresca 
del inocente zagal, 
ya alli el puesto de avellanas, 
el del turrón mas allá, 
las buñoleras delante, 
dulce y quincalla detrás, 
tiendas de todos matices, 
formando un conjunto tal 
que se pierde el pensamiento, 
sin que se llegue á fijar. 

Y á este lado los festines 
nos convidan á gozar 

con vivos aires que bulan 
de la guitarra al compás, 
y al son de las castañuelas 
de granado ó de nogal. 

Y aturden alli las voces, 
marea tanto bailar, 
confundense tantos brindis 
tantas cosas á la par. 

Los gitanos y andaluces 
juranse alli eterna paz, 
y loa serrases con ellos 
no se desdeñan de hablar. 

Y en medio tal confusión 
de zambra y ddírio tal 



de tantos brindis y bailes 
de tanto estruendo y gritar: 
-Turrón- Avellanas-Dulceft- 
-De Alicante-De S. Juan- 
-Que son de confitnria- 
-Señora, venga osté acá- 
— venga osté acá señorito-- 
-aqui se dan á probar— 
—damascos son de la parma— 
—quien me merca estas granáz- 
—naranjas, buenas naranjas— 
^-una docena un real — 
— á las buenas son dd monH- 
—dátiles, frescos están— 
— relaciones de la viagiB 
del Rocio-Eb, D. Blas— 
—no oye oste las doy barata»-* 
— Zaleroso vea acá 
zi tiene cara ¿ roza— 
-ze acabará de marcha- 
-ze empeñó que mis gu&nelos 
se le iban á indigesta- 

El del clavel no oye osté^ 
-arvellanas americán- 
-tortas é Sevilla tortas^ 
-por vida de Satanás- 
-per hombre si están muy caras- 
-loshemoos tomado ya- 
-está visto, no hay quien compre* 
-vaya osté con Barrabas- 
Jesús, y que confusión- 
-Bueno-malo-regular- 
á la gttardia,-que se matan 
-tira primero-allá vá 
-socorro-ausilio^señores 
jasé el favo da áspera, 
que á la vingen del Bocio 



DE SEVILLA. 



99 



se base ezta fezti^ia,- 
-esta icho-y se acabó- 
-\iva la Vingen-YWaáá- 
responden mil y mil iroces 
co nfondidas á la par 
-Pues Tamos pronto Gurriyo- 
-principienu» á bailar- 
-viva la gracia-zalero- 
-la guitarra venga acá- 
-viva la gente é mi tierra- 
-que me ajogo en tanta zá- 
-alfajor que es de la sierra- 
-\aya eze brindis Tomas- 
-suelte osjléya lacancion- 
-s¡ tengo mu apreta 
la garganta^so no importa- 
-pues entonces á cantá- 
-comare vaya un fandango- 
-venga de ahí^buenová- 
-brindo por la cantabra- 
-se tragó osté la tona? 
-sopla el anafé JuaBiyo- 
-cristo de la Treniá- 
-que 0ie errama osté el canasto- 
-está osté ciego quizas- 
-me escucha 09té?-quince siglos 
jase que la quiero yá- 
-ffliste que no soy tan vieja- 
- si la quice asté en la naá- 

Todo esto confundido 
á nuestro lado y detras, 
al frente y á todas partes, 
yernos en torno girar, 
en rápido torbellino, 
sobre aquel innueoso mar 
de confuaton , de desórdm, 
donde no se puede andar 



sin ser inocente victima 
de aquel delirio fatal, 
que reina en todas las almas 
en esta solemnidad. 

III. 

Pasan los dias primeros 
de esta feria (H'iginal, 
y con sos danzas y brindis 
el tercero vá detras: 
centenares de milagros 
en ellos se han visto ya: 
pues muchos cojos que taehn 
la Virgen á visitar, 
se tornan á bus moradas 
por sus pies, sin cojear: 
del mismo modo, los oiqgos 
sin lazarilips van ya, 
rindiendo todos mil gracias 
á la virgen celestial. 

Y van allí penitentes 
á aquella capHla á orar, 
ya para cumplir promesas 
ó alguna cosa á implorar, 
y van upos i vender 
y otros van' para comprar 
y otros á divertirse, 
siendo de estos loa mas, 
puesto que el genio andaluz^ 
que es cuando debe iormaU 
cuando la ocasión lo pide 
es mas quetiddos jovial. 

Yedlos allí como crazan 
sobre el apüeslo alazán, 
ó sobre el tordo gallardo, 
causando placer mirar 



40U 



GLOBIAS 



tanto caireles de plata, 
tanto adorno y alamar, 
como cobren el jaez 
del amo y caballo al par. 
y tienense los primeros 
por felices eu llevar 
en ancas de sus corceles 
las mozas de ealiá, 
derramando censos gracias 
por todas partes su sal, 
con los adornos qoe Ueyaii, 
y las plomas qae andear 
miránseápar de los tragos, 
qoe soeltos y al aire van 
desde qoe el broto comienza 
con contento á galopar. 

Y entonces es el reir 
del ginete y el temblar 
de la dolce compañera, 
déla graciosa beldad, 

qoe aonqoe con gracia y primor 
se sabe foerte enlazar 
á la redonda cinlora 
del andaloz con quien vá,' 
y lleva la baticola 
con foerza asida ademas, 
vá temblando y sin aliento, 
sin determinarse á hablar 
hasta tanto que la baila 
y alboroto general 
qoita dé todos los ánimos 
la amargara y el pesar. 

Y todos alli pasando, 
unos de otros detrás, 
se despiden tiernamente 
de la virgen celestial : 

y cada ano á su pueblo 



se marcha con so hermandad, 
volviéndose á so recinto 
satisfecho cada cual. 

Yoelven también á Sevilla 
los qoe alli foeron de acá, 
y los que aqoi nos qoedamos 
los vamos siempre á esperar, 
, por qoe so voelta merece 
todo eso, y mocho mas. 

Finjasepoes el lector, 
si de finjirlo es capaz 
limpia ana noche y serena, 
la lona en el cielo está, 
y esparcen sus tibios rayos 
misteriosa claridad; 
chicos, jóvenes y ancianos, 
gente de poco y de mas. 
al otro lado pasando 
del sonoroso raudal, 
que Guadalquivir le llaman, 
vamos todos á gozar 
del bello cuadro que ofrece 
la caminante hermandad. 

Las diez ha dado un relox, 
y debe ser poco mas, 
cuando de lejos se mira 
salir de la oscuridad 
del triste y estenso campo 
una loz de otra detras, 
y en dos hileras formadas 
Se van distinguiendo mas, 
hasta que al fin se descubren 
las carrozas en que van, 
cantando y tocando alegres 
sin detenerse jamas, 
y ostentando mil riquezas 
con flores y tafetán. 



coa moños y con prendidos, 
de oro y plata y de melal. 

Sigue larga cofradía, 
hermosa á decir verdad, 
por los caballos briosos 
que conduce cada cual, 
y por las hachas de vieoto 
que suelen también llevar, 
cerrando la comitiva 
la carroza principal, 
con mas cintas y brillantes, 
mas luces de todo mas, 
y en la qne llena de gloria 
se vé la Virgen brillar. 

Por último, mis lectores, 
cuando acaba de pasar 
tan lujosa procesión, 
y cuando se encaentra ya 



DE SEVILLA. 10 

en casa del mayordomo 
de (an brillante hermandad 
con mil vivas á la Virgen 
nos solemos retirar, 
volviéndonos por el paente 
contentóse descansar. 

Asi concluye esta feria, 
que acabamos de con lar, 
aunque con sencillo estilo, 
sin ponerle ni quitar. 

Si acaso halláis algo estraño 
en la Virgen del pinar, 
no me culpéis & mi solo, 
si no conmigo culpad 
á aquellos que me contaron, 
sin detenerse á jtugar, 
esa linda tradiciim 
tenida como verdad. 




{ü-ujKíef^: ^ UíSí:^!^^^ 



CAPITULO XI. 



Procesión del Corpni. 



T habiendo lomado el pan did eraclax, 
r lo partió, ; M Id did diciendo: Este if 
mi ruerpo, que es dado por vosotroí*. esto 
bacetl en memoria <le mi. 

[3. LUM8 cap. XXtl Ten. 19 ; 



""^ sda mas hermoso, nada mas grande, nada mas snbti- 
' me que esos sagrados misterios de nuestra veneranda 
; religión, esos sagrados simbolosde nnestras creencias, 
{^^"ns yst ■& bñitantes espresíones del poder del Altísimo, donde 
I'^X^^ el espirita se pierde lleno de on santo entasiasmo, y 
*- "^ '^i'S^ donde el alma goza en so misma pequeñes, en ,1a 
ir '^ misma insuriciencia de sn comprensibilidad; insafi- 
ciencía qne conoce la razón cuando se lanza temeraria á querer 
penetrar en les profundos arcanos de la suprema inteligencia, cuando 
ciega y con confianza en si misma quiere romper el denso velo de 
la religión con sus débiles esfuerzos, y conocer únicamente con sus 
materiales sentidos sus santos secretos que son las mas brillantes 
prueban de la fé y sin los cuales fuera imposible comprender una 
religión verdadera. 

Imposible, si, ya lo ha dicho un escritor de nuestros tiempos: 
cLa retigiim es un abismo de magestad y de grandeza, el cual 



^ DI SEVILLA. (03 

se presenta á los sabios tanto mas profundo cnanto mas trabajaban por 
interesarse en él: por eso cnanto mayor es nuestro empeño en conocer 
los misterios de nuestra creencia, menos podremos comprenderlos, por- 
que su celestial grandeza, porque su esplendor^ porque el tinte de divi- 
nidad que ban recibido fascina nuestros ojos y oscurecen nuestra razón, 
no dejándonos admirar otra cosa mas que la sabia mano del Omnipo- 
tente, que asi lo tiene dispuesto desde su infinita eternidad. 

Esta incomprensibilidad poética, sublime y jnisteriosa, es la que 
encontramos al fijar nuestra atención en la solemnidad del presente 
dia^ época de feliz memoria para todo cristiano, época de dul- 
zura y de místico placer, porque recuerda al calólico las 
santas palabras del crucificado: Hac fecU in meam commemara^ 
CKNiem, sublime espresion en que se encuentra consignado el mas 
santo y venerable de nuestros sacramentos, , el Sacramento de la 
Eucaristía. 

La iglesia, que desde su institución ha recibido su práctica, como 
recibir podia un dogma evangélico, ha dedicado dos dias del año 
para revestir esa grande fiesta de toda la pompa y magostad de- 
bida á la grandeza del Ser Supremo; el Jueves santo y el pre- 
sente son, pues, en los que tiene lugar su recordación. En el primero, 
embargados nuestros espíritus por las tristes ideas de la muerte 
del Redentor, apenas podemos alcanzar su esplendente gloria, y por 
eso la iglesia ha asignado este otro dia para que podamos desa- 
hogar nuestros corazones, y comprender con dulzura, con amor y 
con alegría del alma, toda la grande idea, que envuelve en si 
mismo ese santo sacramento, cuya solemnidad ha sido querida por 
el mismo cielo, manifestando su deseo por medio de una de esas 
apariciones llenas de poesía, con que el Omnipotente se ha dig- 
nado hablar á los que en él adoran con pureza de corazón. 

Allá en el siglo Xll una virgen del claustro, tierna y misteriosa, 
se postra humildemente ante el ara del Allisimo; sus ojos están ba- 
ñados en lágrimas de compunción y de fé verdadera, su vista es- 
tá clavada sobre la imagen del Omnipotente, su corazón se abrasa 
en el fuego del Señor, y su espíritu se aduerme en un estasis di- 
vino: entonces la imaginación de la doliente virgen, se vé sorpren- 
dida por un místico ensueño: el astro de la noche se ostenta bri- 
llante clavado en el cénit y se halla en su plenilunio; empero su 
CosT. 43. 



104 GLOniAS 

esplendor se encuentra oscarecido en su centro; el punto céntrico 
de sa esfera se mira atravesado como si an caerpo estrano hnbie* 
ra robado parte de su disco: esta \ision , tenida por Juliana, la 
Virgen del señor, como una aparición maléfica que le quería tur- 
bar en sus religiosas fruiciones; pero advirtiendo su contmna repe- 
tición le atribuyó otro origen y comprendió al fm su signiGcado. 
La luna en si misma representaba á la iglesia, la oscuridad ó la 
herida de su centro era el vacío que de esta fiesta se encontraba 
en la pr&ctica y ritos religiosos, que tanta influeocia ejercen en 
los corazones de los cristianos. 

Juliana por fin fué inspirada y se quiso que sirviese de instru- 
mento para la instalación de esta fiesta, comunicando su pensa- 
miento á las potestades eclesiásticas; asi lo hizo después de gran- 
des luchas consigo misma, y los santos ministros del Señor á quie- 
nes reveló sus secretos, se esforzaron con ella á la realización de 
tan importante solemnidad. 

El Papa Urbano IV contribuyó en gran manera para llevarla á 
cima, y quedó instituida finalmente en tiempo de Juan XXII. 

La procesión y demás atractivos á que dá lugar esta fiesta en nues- 
tra hermosa capital, es lo que debe fijar por ahora nuestra aten- 
ción. 

En la noche del 29 de mayo del año prócsimo, víspera de est« 
felir día, abandonad vuestros pacíficos ó ruidosos albergues, cruzad 
unas cuantas calles, llegad á las de las Sierpes, Genova, Gradas 
de la Catedral, etc. y y entonces veréis como todo cuanto desde 
ahora voy á anunciaros tiene un exactísimo cumplimiento. 

El sol ha declinado lánguidamente y se ha sumergido en los 
profondos mares del ocaso> las medias tintas tan poéticas y miste- 
riosas del crepúsculo, vanse apagando sucesivamente, suena la hora 
del Ave María , y la elevada torre de la iglesia metropolitana nos 
sorprende con la estruendosa armenia de sus sonoras campanas, ce- 
lebrando desde la víspera toda la grandeza de la próxima aurora. 

Las calles se pueblan poco á poco de gente, hasta que dentro de 
medía hora ya se hace imposible dar un solo paso sin esponerse i 
los continuos choques con otras personas^ á los codazos involunta- 
rios, á las pisadas insignificantes, aunque sumamente dolorosas: lo»* 
balcones y fachadas de toda la estación aparecen casi cubiertos de 



DE 8IV1LLA. 403 

daj&asoo6 y preciosas telafi de diferentes colores, formando mil pabe- 
llones ú otros caprichos, cabiertos con ramos de rosas ó análogos ob- 
jetos, sobre los que se clavan todas las miradas, y se ceban, ya las 
exajeradas alabanzas, ya las estúpidas admiraciones, ó ya finalmen* 
te , críticas, agudas y mordaces» si por desgracia, los dueños de es- 
ta 6 aquella casa no han tenido todo el gusto y buen tino necesa- 
rio para combinar sus adornos y colgaduras: los balcones de la real 
audiencia, asi como los del ayuntamiento, están cubiertos de sus 
colchas de damasco encarnado, sobre las que resaltan los escudos 
distintivos de cada una de las citadas corporaciones. Desde este pun- 
to se levantan, formando un aspecto agradable, los pintorescos pues- 
tos de turrón, avellanas, muñecos, dulces, buñuelos y demás; tan 
esenciales en nuestras veladas, y sin los cuales nada nos parecerian 
nuestras Gestas populares. 

La carrera se ha corrido diez 6 doce veces por todos y cada uno 
de los concnrrentes; se han examinado con escrupulosidad todas las 
colgaduras; se ha criticado la negligencia de los que todavía no las 
han puesto, y vuélvense todos á descansar esperando la próxima ma- 
ñana en que tanto se ha de gozar con el espectáculo de una proce- 
sión tan rica por todos conceptos : echándose de menos en la noche 
de víspera la presencia en la estación de tres clases de personas, 
cuales son, los sastres, sombrereros y trabajadores de calzado, pues 
estos no levantan cabeza desde una semana antes, hasta la semana des- 
pués de una de estas solemnidades. 

Llega por fln el dia tan deseado; las calles han sido previamente, 
regadas de arrayan y otras plantas odoríferas; tupidas velas, pues* 
tas con arte en toda la carrera, impiden la entrada délos rayos so- 
lares, y convidan con la fresca sombra, cuya atmósfera se halla 
embalsamada por el aliento de las flores, que sobre la anterior venta- 
ja hacen el piso menos penoso ; las aceras están guardadas por los sol- 
dados de la guarnición, vestidos de gran gala y colocados á conve- 
niente distancia; bástalos preludios, en Gn, son hermosos de esta proce- 
sión tan verdaderamente brillante. 

Las campanas, esa invención de los egipcios y declaradas oomo 
de imprescindible necesidad en todos los templos por disposicii^ del 
pon tífíce Sabino en el año 604, vuelven áescuchai*se de nuevo; pe- 
ro con tan dulce armenia , con un encanto tan inesplicable , con 



406 GLORIAS 

una significación lan clara, que cualquiera que hubiese dormido desde 
el año anterior, si al despertarse oyese sos dulces acentos no titubearía en 
decir: estamos en el dia del Corpus; á sos mágicas vibraciones, vento 
llegar por todas las calles y encrucijadas, ya los hijos de este mis - 
mo suelo, ya los forasteros, que vienen en cuadrillas ó mejor dicho 
en regimientos, á disfrutar de tan solemne festividad. Los balcones 
también han recibido un nuevo encanto al ser ocupados por mul- 
titud de personas que revelan en sus rostros y hasta en sus mi^ 
mos vestidos, los sentimientos que inspiran á sus corazones. 

Si ahora viviésemos en el siglo de Felipe lY ó á un poco mas 
adelante, nosotros distraeríamos nuestra imaginación, con] los '^carros 
eiénicos donde tenían lugar los autos de Calderón, ecsor nados con 
el cíhtico de las aves, con las dulces chírimias y representados 
por la naturaleza, el Ángel de la Guarda, el Diablo y otros tan- 
tos personages por este mismo estilo: mas como estamos en el siglo 
XiX vamos á esponer lo que en él se ha practicado al celebrar es- 
ta fiesta. 

Después que á fines del siglo pasado desaparecieron!' los carros 
alegóricos en que se egecutaban preciosas danzas, y^ músicas encan- 
tadoras; después de haberse hundido en la nada, [los gigantes de 
que tanta gala hacia esta procesión; después de haber pasado tam- 
bién aquella multitud de figuras simbólicas , y acaso mas ridicu- 
las que edificantes; todavía quedaron algunas de esas alusivas re- 
presentaciones, siendo la mas interesante de ellas la deforme Taroi- 
ca(4) que estendió su influjo en casi toda la cristiandad. 

Tras de esta deforme figuran seguir la hermandad de los sastres 
acompañados del pendón que les donara san Fernando, las herman* 
dades sacramentales, las cofradías, únicamente con sus insignias, muí- 



(t) Ln Tarasca en una ligara de sierpe, representando el Tenciiniento 
J. C. sobre el Deiponio. Es voz tomada del verbo griego theracca que sie- 
nifica amedrentar. En Tarascón, villa de Francia, en la Provenza, sobre la 
orilla izquierda del Ródano , enisle una tradición que dice que habiendo lle- 
gado ¿aquellas riberas Sta. Marta, logró vencer y encadenar á un monslrao 
carnivoru, llamado la Tarasca, que afligía y desolaba aquel país. La villa oii- 
KÍÓ ¿ la Santa por su patrona, y en la procesión qne le hacen anualmente tá 
deante nua imagen del monsiraOf vencido y arrastrado por ona muchacha. 



DESBiriLLA. . 407 

titod de particulares con velas encendidas, los niños doctrinos, los 
pendones y crnces de todas las parroquias y las comanidades, reli«- 
giosas, por su orden respectivo, los mercenarios descalzos-capuchinos 
trinitarios descalzos— agustinos descalzos-carmeli tas descaí zos^clérigos 
menores-jesuítas mercenarios calzados-trinitarios carmelitas-agustinos 
-Franciscos-dominicos-Basilioa-Bernardos-y Be/)itos; (4) tras estas 
religiones todo el clero de la ciudad, los curas de las parroquias ves- 
tidos con casullas siendo propios y con sobrepaliz siendo ecónomos 
los pasos de santa Justa y RuGna, los bustos de san Leandro y S. 
Isidoro, el del Niño Perdido, las reliquias que se conservan en 
esta santa iglesia, la magniGca custodia de que en otro lugar 
nos ocupamos: los seises con sus trages preciosos, el cabil- 
do catedral, canónigos y dignidades, la real audiencia, el escelen- 
tisimo Ayuntamiento, lascorporaciones científicas y literarias, la real 
maestranza, los empleados gefes y autoridades tanto civiles como milita- 
res, el ilustrisimo Arzobispo de la metrópoli, cerrando por último tan ri- 
ca y vistosa procesión gruesos batallones vestidos de gran gala y acompa- 
ñados de músicas brillantes que contribuyen á completar la mag- 
nifica perspectiva que ofrece esta rica ciudad en el dia masdásioo 
del año. 

Todo cuanto acabamos de decir, y acaso mas, armónicamente 

conrundido, sabiamente dispuesto, llena de placer los ánimos, no 
tan solo ai mirar la riqueza y lujo déla procesión, sino también 
todos y cada uno de los aspectos de los personajes que la compo- 
nen, esforzándose en demostrar en sus semblantes los dulces sen- 
timientos que preocupan sus corazones: la clemencia de PericUs^ la 
indulgencia de ArUonino Pió la benignidad de JUarco JUareelo^ la 
mansedumbre de JUoysés^ la humildad de Valerio dfáciimo^ la pa- 
ciencia de David ^ la tolerancia de fíibulo^ el sufrimiento de Julio 
César^ la indulgencia de Ociaviano^ la piedad de FtVtpo, la afa- 
bilidad de yespasiano , la compasión de Luis XU de Francia 
y la misericordia de Alonso I de Aragón, finalmente, coantas pa- 
siones benéficas pueden mostrarse en el rostro, otras tantas se ven 
allí copiadas con religiosa escrupulosidad. 



(4) Los trioiiarios, Basilios y Benitos, estaban esceptuados por pri- 
vilegio, del qae osaban algunas veees. 



408 6L0BIAS 

Has el momento mas sablime de este día es el de la adoración 
de la costodia; un bullicio general ensordece y pertarba nnestros 
sentidos, \ese llegar el Santísimo Sacramento y todos inclinándose y 
postrándose de rodillas con f&z sincera abren sus corazones á la ver- 
dad, á la vez qne los soldados rinden sus armas, guardan un pro- 
fundo y respetuoso silencio no interrumpido mas que por los acen- 
tos de gloría de la marcha real, de esa composición tan brillante que 
llena nuestros espiriCus de las mas dulces y elevadas emociones de 
la religión. 

Poco tiempo después vense desfilar las tropas: las calles sin col- 
gaduras se presentan como de ordinario y nada revela la solemni- 
dad del dia, mas que el paseo instalado durante una hora des 
pues en las calles de la carrera por los mismos espectadores de la 
procesión. 

Llegada la tarde las campanas de la colosal giralda vuel- 
ven á convocar á los fieles á la magnifica octava que todos los 
años se verifica en esta solemnidad, siendo celebrada con un apa- 
rato religioso tan sorprendente y complicado que de todos los pue- 
blos de España vienen á estudiar su maravillosa grandeza. 

Una notabilidad se observa en la octava de que acabamos de ha- 
cer mención y es la de los seises que ante el ara santa del Se- 
ñor Sacramentado, egecutan graciosos y sencillos bailes, acompaña- 
dos de castañuelas de marfil y yestidos con los preciosos tragos de 
seda que han ostentado el d'a primero de solemnidad por las ca- 
lles que ha recorrido con su grandeza la procesión mas célebre del 
año; sus ligeros movimientos, el ruido de sos pastorales instrumen- 
tos y hasta sus tragos inspiran al alma la dulzura y el candor á 
la Tez qne la protección armónica del órgano sonoro y las brillan- 
tes notas de la orquesta, acompañando los divinos cantares del sa- 
cerdote levantan en nuestros espíritus ese sentimiento grandioso de 
la religión, esa sublime inspiración del Eterno que desciende bas- 
ta nosotros cuando en medio de sus mngnfticOs templos llenamos nues- 
tra alma de su gloria y de su grandeza. 

Por fin, cuando los armoniosos cánticos de armenia se han per- 
dido bajo aquellas suntuosas bóvedas: cuando las dulces vibraciones 
de la orquesta han cesado de producir tranquilas sensaciones en 
nuestra alma, ó de llenarla de la dulce y magestuosa melancolía 



DE SEVILLA. 100 

qae se respira en el templo; impregnada la atmÓBfera de la Trt- 
ganle aroma de los qnemados perfumes, cuando ya han recibido 
nuestros espíritus bajo la cóncava techumbre de tantas riquezas re- 
vestida las divinas ei'panciones de nuestra veneranda religión, cuan- 
do finalmente, á la voz del atronador repique, y de las nubes de 
incienso qne se evaporan y á medida que asciende sobre la cópula 
del aliar mayor, se ve la brillante faz del Santisímo Sacramento; 
entonces cambiando rápidamente de pensamiento y sensaciones, di- 
rigimos nuestros pasos & los hermosos jardines del alcázar, donde 
los naranjos y los arróyanos, las rosas y los jazmines, las rúenles 
y los preciosos surtidei'os, los tibios rayos del sol que declina y la 
suave melancolía de la bora del crepúsculo en el cielo apenas em- 
pieza í cubrirse de sus innumerables y lucientes astros, nos pre- 
sentan el aspecto mas sublime de la naturaleza en su mejor mo- 
mento conmoviendo tranquilamente nuestras almas y haciendo du- 
raderas para siempre sus sencillas y agradables impresiones. 




^ea^^otooo 



CAPITULO XII. 



La Velada de S. Juan. 




' 1 populou capital de Andalacía célebre por tu- 
;tos Ulalos recomendableB, á pesar de la civiliza- 
d-i' eioa 7 cattnra, qae encierra en bu seno, Doobs- 
^J lante los hombres eminentes qae eo ella han na- 
j!eido, y han derramado en sus conciadadanoa toda 
I la grandeza de sus conocimientos, no ha podido li- 
^brarse aan, en cierto círculo de sus nalnrales, de 
antiguas y rancias creencias, deestravaganteapreo- 
capaciones que aparte de cierta poesía que encierran, no debieran 
tenerse ni en lo poco en que son considerables. 

Empero, verídico historiador de las alegres y sencillas costnm- 
bres de lo« habitantes de este suelo, no debo pasar en silencio la 
creencia conservada por algunas jóvenes de la clase del pueblo que 
en el día de 5. Juan, cuando el sol se encuentra en so apogeo, 
arrojan á las calles, jan-os de agua, íntimamente convencidas de 
que los que con ellas se estrechen en lazo conyugal faao de lle- 
var el nombre de quien primero acierte á pasar sobre las piedra* 
mojadas, teniendo por tan verdadera esta preocnpacioo, constante- 



DE SCVILtA. 444 

mefile desmentida, qae el qaererlas apartar de sus ideas, sería su- 
ficiente para no contar mas ni con su amistad ni consideraciones. 
Mas prescindamos de esto, y para^, ocoparnos de la velada de tan 
grande dia, observemos ante todo que el sol ha entrado en Cáncer, 
ó en el cangrejo, mas claramente dicbo, que hizo Juno le picase en 
el pié á Hércules, cuando peleaba con la hidra del lago de Lerna: 
contemplemos asimismo, que nos hallamos en el mes dedicado 
por los romanos á la juventud, por lo que le dieron el nombre 
de Junio, y representado bajo la figura de un joven robusto casi 
desnudo, para denotar los calores del naciente verano: y todo esto 
DOS dará una suficiente idea de los placeres á que nos debemos en- 
tregar . cuando nos sonríe época tan encantadora, presidida por la 
diosa de la jovialidad. 

Mas no se crea que solos nosotros nos entregamos á estos pía* 
ceres, sino que el vaticinio que el ángel del Evangelio hizo á Za- 
carías, de que el nacimiento de S. Juan habia de dar gran con- 
tento al mundo, se verifica aun en el dia después de diez y ocho si- 
glos, y es solemnizado hasta por los mismos gentiles con juegos, ho- 
gueras y luminarias, análogas á las que, con el mismo objeto y en 
este mismo dia, practican los turcos y todos los orientales según 
nos refieren en sus obras con demasiada estension algunos curio- 
sos viageros. 

La iglesia, como se comprenderá fácilmente, ha solemnizado tam- 
bién tan notable festividad desde el tiempo mas antiguo y aun en 
los primeros tiempos tenian los sacerdotes libertad para decir tres 
misas en este dia , como sucede ahora en el de Navidad , y los 
Celes difuntos. 

Mas contraigamos del todo á nuestra hermosa población: el ca- 
lor no se ha hecho todavía mtolerable* un viento suave y tranqui- 
lo sopla de la parte del Sur, las estrellas brillan resplandecientes, 
la alegría y la animación se encuentran en todos los semblantes, y 
dirigimos nuestros pasos á la Alameda de Hércules. 

Apenas hemos llegado á las mas próximas calles, cuando el rui- 
do espantoso de las voces de los vendedores , el interminable ru- 
mor de las carrañacas, las notas agudas de los destemplados pitos^ 
el llanto ó la risa de los pequeños infantes, las ecsaiaciones de 
lodos y cada uno de los grandes faroles de los alajados pueslps, 

CosT. i i. 



112 GLORIAS 

nos cansan ana dulce emoción, sorprendiéndonos tan agradablemen- 
te que nos precipitamos con rapidez sobre aquel inmenso mar de 
bullicio y alegría, para ser actores al propio tiempo que espectado- 
res de tan risueños encantos, Ae tan hermosos placeres. 

Por fin, & fuerza de un millón de dificultades creadas por la mul- 
titud, hemos salvado gran porción de terreno, y nos colocamoB en 
medio de las columnas, que á la entrada del paseo se manineslan 
como queriendo tocar con sus cabezas esas claras luminarias de la 
bóveda celeste. Y entonces, qué perspectiva tan brillante! es un mun- 
do encantado, un palacio de las mil y una noches, una mansión 
dispuesta para celebrar alguna solemnidad los genios ó las badas! 
el número de los convidados al festín no puede calcularse: sobre 
aquellos asientos , sobre la blanda arena, no se ven mas que rostros, 
no se distinguen mas que sonrisas , no se oyen mas que dulces con- 
versaciones : esto notablemente realzado por los trescientos vetustos ár- 
boles que, no obstante su prodigiosa ancianidad, se manifiestan lozanos 
como el mas florido abril de su dilatada existencia; por el brillante as- 
pecto de las preciosas figuras que junto á ellos se levantan, forma- 
das por la innumerable, increíble y exagerada multitud de vasillos 
de variados y caprichosos colores , colocados también con formas 
mas suaves y variadas sobre las susurrantes fuentes, y llevado has- 
la la sublimidad por los torrentes de estrepitosa armonía que de 
numerosas orquestas se desprenden, todo nos arrebata la imagina- 
ción, nos inspira un profundo entusiasmo, y nos hace disfrutar» go- 
zar y sonreír de la presencia de un tan hermoso dia, que siem- 
pre lo miramos desaparecer con tristeza. 

La ciudad toda está agitada de estos mismos pensamientos, y 
aun ahora se conserva la costumbre de que haya una libertad ge- 
neral para pelar la pava, es decir, pero que los jóvenes de ambos 
secsos, las del débil en el lado interior de las rejas y los del fuerte 
al estertor se entreguen con conversaciones de amor, amenizadas con 
un dulce de vez en cuando y sin lo cual no ecsistiria entre ellos 
una buena correspondencia: aun quedan también algunos vestigios 
de cuando, preciso es confesarlo, era menor la sátira, ya que no 
lá malicia, en cuyo tiempo les era concedido á las jóvenes Uanar 
sin la menor mancha en su reputación á todos los que transitaban 
por ante sus ventanas dándoles el nombre de Jirau y pidiéndoles 



DE SEVILLA. 143 

los dulces tan esenciales ¿ imprescindibles en esta noche. Bien es 
cierto, qne si hemos perdido esa bella costumbre, hemos ganado 
en cambio en moralidad, pues recordemos la prohivicion (4) dein&^ 
trunutUos ridiculos ^ insultoi y palabras lascivas en las noches de S« 
Juan y san Pedro, y esto nos da una idea de nuestros adelantos. 
El dia del principe de los apostóles sucede á el que acaba- 
mos de describir, y el que sin producir tanta novedad]en los ¿ni- 
nfos, participa de la misma grandeza que el anterior. Este con- 
cluye con las fiestas del mes, y Julio se presenta adornado de sos 
preciosos atributos, y convidando & gozar de los baños de mar que 
ya han caído ep, poder de la laoda, . proporcionándonos el solaz de 
contemplar nuestros hermosos muelles, levantados preciosamente so- 
bre las verdes y eficantadoras riberas del sonoro Guadalquivir^ 
cubiertos de innumerables personas que, bieu dispuestas á marchar 
en algunos de los vapores ó dando el último adiós de despedida^ 
ya se les mira llorar tristemente, ó ya reir con estrepitosa ale- 
gría, según los sentimientos que preocupan las impresionables al- 
mas de cada uno de los iniciados. 

Mo por esto deja de haber inumerables personas que se con- 
tenten con los baños del fiétis, cómodamente dispuestos, ya que no 
con el lujo de los de Roma y de los orientales tan justamente ce- 
lebrados y que han dado lugar á la institución de órdenes caba- 
llerescas prescribiéndoles como necesarios antes de calzarse la es* 
poela. (2) 

Llega el dia de Ntra. Sra. Sta. Ana: las estrellas se miran ror 
flejar y perderse sobre las olas del Guadalquivir, los barcos ancla-^ 
dos en las orillas se hallan rica y vistosamente empavesados, os- 
tentando los pabellones de sus diferentes paises, el puente de bar- 
cas está iluminado por vasillos de colores formando variados capri- 
chos, y adornado ademas con figurones alegóricos presididos por 
ISeptuno: la orilla opuesta á la de nuestro rico paseo se mira bri- 

r (4) Ley IX lit. XXV. libro 42 de la Novs. Recp.. 

(2) La orden del baño fué creada por Ricardo II á fines del siglo 
XIY aumenlaik por sa sucesor Enrique IV y restablecido por Jorge I en 
1725. Una de las ceremonias índisnensables para pertenecer á esta or-7 
den era la de bañarse antes de recibir la espuela de oro. 



414 GLORIAS 

llar con los lajosos puestos 'de los consabidos vendedores, y la ale- 
gria, la animación y el contento parece no ban de acabar nnnca, 
segon la brillante influencia que se le mira ejercer en aquellos fes- 
tivos lugares. 

El dia quince del siguiente con motivo de la fiesta de la Asun- 
ción de la Santísima Virgen, vuelve á instalarse de nuevo otra 
risueña velada en el mismo sitio de la del Corpus, y vuelven tarn* 
bien los forasteros á poblar esta ciudad, para ser participes de la 
hermosa procesión que en este dia se verifica con la pompa reli- 
giosa que se acostumbra en nuestra iglesia catedral. La grande* 
za de este dia celebrado en toda la cristiandad, cuyo origen pro* 
viene del siglo Y , y que con tanta veneración era acogida en la 
antigua ciudad de Efeso, por estar dedicada su principal iglesia & la 
Virgen Maria bajo la dicha advocación dio lugar al rito de las Misas 
Vespertinas y ahora á la multitud de procesiones y fiestas que en to- 
dos los pueblos se practican. 

La Virgen Astrea hija de Júpiter y de Temis recojo su flotante 
velo y arroja la dorada espiga, á la vez que Ceres llama á descan- 
sar de las fatigas del campo, al joven que preside al mes de agos- 
to , llevando los atributos de su egercicio representados por una hoz, 
un manojo de espigas y el abanico de plomas de pavo real; los 
dias, pues, consagrados á perpetuar la memoria de Octavio César Augus- 
to, desaparecen para dar lugar á los dedicados á Tiberio, en que 
se presenta Vulcano, llevando á un joven con la coronado pámpanos y 
sazonados racimos; con las figuras alegóricas de las vendimias, su lagar- 
to, que procura escaparse del cordel con que le sujeta, contribuyendo 
con todo esto á colocar al sol en el signo de libra ó la balanza en re- 
presentación de la igualdad que guardan los dias y las noches en 
esta época del año. 

La Natividad de la Santísima Virgen es lo primero que encontra- 
mos en el mes de Setiembre: en este dia sale de la iglesia cole- 
gial del Salvador una procesión de nuestra señora bajo la ad- 
vocación de la Virgen de las Aguas, respecto la que ecsiste una 
tradiciou contada hoy como muy verdadera por el vulgo y la 
cual es como sigue: 

El rey D. Fernando el santo habia entrado triunfante en Se- 
villa, y babiasele aparecido en sueños una Virgen, con la que tuv» 



DE SBTIUA. 445 

ttoa cónversaciOD harto interesante, coya» particularidades gaardui 
en el mas profundo misterio los narradores de esta historia: que- 
riendo el rey conservar y tener siempre ante sus ojos la preciosa 
imagen tan profundamente grabada en su corazón, determinó con- 
fiar su pensamiento á un entendido artífice k quien dio las per-* 
fectas delineaciones y célico aspecto de la aparición brillante de 
su sueño: poco tiempo habia transcurrido, cuando el hábil artista 
le presentó su inspirada obra caracterizada con los mas divinos des- 
tellos y mostrando un rostro tan puro y angélico cual el que el 
rey llevaba constantemente en su imaginación y era el mas perenne 
deseo de su existencia. Recibió el rey aquella apreciabilisima figu- 
ra alabando justamente la habilidad del diestro escultor á la v^ 
de la semejanza con el original, mas notaba un no se que, cierta 
cosa particular imposible de esplicacíon, mas que revelaba al parecer 
alguna pequeña inexactitud: no sabiendo por esta razón S. Fernando 
qué partido tomar, espuso al Inspirado escultor que necesitaba cabilar, y 
traer mil y mil veces á su memoria la Virgen del sueño para en- 
contrar si habia entre ambas una verdadera correspondencia; por lo 
que daria su decisión pasados que fuesen algunos días. 

Marchóse el artista, algo apesadumbrado por su acierto en cues- 
tión, aunque confiaba que á su vuelta seria premiada su obra con 
la aprobación del rey, lanzando al salir una mirada de fuego 
al busto de la señora sobre el que había colocado toda la copia 
de sus brillantes conocimientos. 

En los procsimos dias apenas descansaba el monarca de sus serios 
y graves negocios fijaba su atención completa en el precioso busto, 
volvia su imaginación al el de la virgen aérea, pasaba de nuevo 
á la que ante sus ojos tenia, y nunca por grande que fueron sus 
esfuerzos logró alcanzar lo que constituían todos los pensamientos 
de su soledad. 

Temblando volvió el escultor á la cámara del rey pasado el 
término que este le fijara, y con aspecto timído, preguntóle por 
el ecsito de su trabajo: El rey que en aquel momento tenia clavada 
la vista en la imagen, y se reclinaba lánguidamente sobre la mesa 
en que aquella se encontraba, tomóla respetuosamente entre sus manos, 
imprimió un beso en sus perfectas ropas, y fijos los ojos en el ce- 
lestial semblante respondió cortesmente á su creador: Todos los dias 



\\Q GLOBIAS 

desde qae me dejasteis esta rica alhaja, asi como mis oco paciones 
me lo han permitido, he hecho cuanto á mis alcances há estado 
para dar fin á mis dadas y cabilaciones; mas k pesar de todo aun 
no puedo contestarte hoy; acabando estas palabras el rey clavó una 
mirada llena de respeto y curiosidad en el rostro de la Virgen y 
eaclamó después de cortos instantes de silencio: entre ios aguas esioy. 
Aqoi los historiadores cortan su narración sin vohersos á dar la 
menor idea ni del artista, ni si volvió otra vez al palacio, ni cual 
fué el fin de esta ventura respecto á él; por esta razón, continúan, 
se le ha dado a esta Virgen el precioso nombre de nuestra señora 
de las Aguas. Después prosiguen diciendo que al dia riguiente de 
la conversación última entre el rey y el artista, presentaronsele al 
primero tres caballeros sumamente hermosos deseosos de encargarse 
del trabajo que el monarca apetecia los que se retiraron tan lue- 
go como recibieron de él la esplicacion suficiente, y en virtud de 
la que formaron y entregaron á san Fernando la imagen de nues- 
tra señora de los Reyes que se venera hoy en nuestra iglesia me- 
tropolitana. 

La procesión pues de la virgen á que anteriormente nos refe- 
rimos concluye con las grandes solemnidades de la ardorosa estación, 
si bien en ella, han tenido lugar aunque no con tanta grandeza 
como las anteriores, las fiestas de S. Lorenzo, santas Justa y Ru- 
fina patrañas de Sevilla, san Agustín y otros solemnizados con grande 
pompa y veneración, 

Cuéntase de las dos santas patronas que siendo alfareras en 
un barrio de esta ciudad se esperimentó un violento temblor de 
tierra ocasionando la caida de algunos edificios; á esta sazón pa- 
saban las santas hermanas al pie de la torre de nuestra catedral 
procsima á desrrumbarse por el furor del sacudimiento, y ellas con 
la sencillez de sus corazones puros y sin mancilla, poniendo las 
manos sobre sus muros, detuvieron la violencia con que se precipi- 
taba esa magnifica fábrica gloria de la arquitectura árabe; por 
cuyo motivo fueron consideradas después de su canonización como 
protectoras de la ciudad. 

En el dia de san Rartolomé es en el que no hemos fijado nues- 
tra atención y vamos á hacerlo en breves palabras: hácese en este 
dia en la iglesia de este mismo santo una solemne función acom- 



DE SEVILLA. 117 

panada en lo esteñor del lempto de la velada indispensable á to- 
das nuestras solemnidades: y hoy en Sevilla la común opinión de 
que la víspera de esle dia se suelta el diablo: ma^ yo qoe en 
ciertas cosas tengo el especial placer de llevar la contraria, estoy 
en la creencia de que et diablo se recojo ese día y anda saelto loa 
trescientos sesenta y cuatro restantes del año. 

Por fin, el mes de Setiembre vá espirar; la estación se hace me- 
nos caloiosa, tos vientos húmedos del Sur sustituyen, á los vientos 
del Este abrasados por las cálidas arenas de los desiertos de Egipto, 
tal ó cnal tormenta se arrastra mugiendo por las montañas y os- 
curecen los horizontes: la claridad de algunos relámpagos llega hasta 
nosotros, las estrellas brillan mas y con nuevos resplandores, la at- 
mosfera no está tan cargada de vapores sufocantes, los arboles em- 
piezan á perder su verde de esmeraldas, sus hojas ruedan en re- 
molinos impelidas por fuertes huracanes, nuestros cuerpos no ape- 
tecen ya los baños, y los vapores traen á nuestros muelles á los 
que dos meses antes lloraron al separarse de las riberas floridas 
del Guadalquivir: por fin, los paseos nocturnos están poco conca- 
rridos, las tertulias comienzan á instalarse, las calles se encuentran 
solitarias, las noches parecen eternas, los teatros anuncian las fun- 
ciones de la próxima temporada, el frió empieza & sentirse, el Otoño 
ha llegado. 




'¿yts:^j¿:T-s^:, 



(3><CP(X>3nirQO«i 



CAPTÜLO XUI. 




z,ENiD, amables lectores, conmigo, no os arredre 
Mo trisle de la esiacion, lasnubes en Andatacia 
I pasao como sombras fugaces ¿como ligeras nieblas, 
que se evaporan al brillanle ardor de los rayos 
solares; ademas no lodos los arboles han perdido 
sos \erdes matices, no siempre braman los aqoi- 
lanos, las lluvias no son eternas; flores hay todavía que benno- 
sean nuestras deliciosas campiñas revistiéndolas de ana segunda ve- 
jelacion, sí no tan rica, mas DDeva',y llena de nnaalbagueña can- 
didez; qae importa pues que salgáis al campo, y aspiréis sus vien- 
tos no siempre helados? si alguna nieve^ os espanta, nada temáis, 
el sol lucirá pronto bajo esa bóveda de an azul mas pnro, mas 
transparente y brillanle que el de los días de la primavera, esto 
animará vuestra existencia, vuestros miembros no estarán déviles 
y cansados como en et estío: que teméis pues? venid conmigo ve- 
nid; Yo os pintaré si no os desagradan mis ligeros cuadros, ya el 
paseo elegante y llenos de delicados perfumes, ya las dilatadas 
llanoras cubiertas de rica y andaluza concorrencia; ahora el baile 
improvisado, con su necesaria é indispensable guitarra, ya la es- 



DE SEVILLA. 419 

lensa calle de vendedores, cruzando por medio de ella los potros 
con sus correspondientes ginetes, ó los adornados carros tirados por 
mansos bueyes y engalanados de cuantas preciosidades puede crear 
el capricho y el gusto mas delicado: finalmente, vamos á colocamos 
otra vez en el centro de esas escenas campestres en las que se ha- 
llan confundidas ca^i todas de las que pasan .en la sociedad: si 
amor buscáis, alli tiene su asiento; si alegría, nunca se aparte de 
esas mansiones, si estudiáis costumbres, alli tenéis las mas bellas , sí 
religión, en fin , alli tenéis templos en que orar y santos k 
quienes rendir vuestros humildes homenages; si ademas que- 
réis descender á materiales objetos, si después de vuestras . ale- 
mas deseáis que disfruten vuestros sentidos, encontrareis para el 
de la vista el mas bello, luciente, rico y variado panorama, que os 
haya jamas fingido la imaginación; si para el olfato, viandas pei^ 
rectamente condimentadas nada os dejarán que apetecer con sus 
vapores reanimantes, á la vez que os traerán aromas dedelicadi*- 
sima esencia los vientos del prado; si para vuestros oídos, arnotoniosas 
y bien concertadas músicas llegaráná vosotros confundidas con dul- 
ces voces, y canciones de graciosas letras; si al paladar, los mis*- 
mo^ condimentos que dijimos, ya mas materializados, y los licores 
espirituosos del país; por lo que hace al tacto podéis tocar cuanto 
quisiereis; no obstante os aconsejo no os entreguéis demasiado á los 
placeres de la planta de Baco ó de Noé, que sobre esto tendríamos 
nuestras dudas, ni tampoco á los encantos de ese vejeta! indígena 
de la América, traído á España en 1520 por Hernán Cortés, y pre- 
sentado por él al Emperador Carlos V, como el mas rico presente 
que pudiera hacerle al volver de su memorable espedicion: pues si 
bien es cierto que ese ligero narcótico encierra en si bellísimas cua^ 
lidades, no deja tampoco de serlo que su uso excesivo acarrea ma- 
les de gran trascendencia y de muy alta consideración: acordémo- 
nos sino de las prohibiciones y anatemas civiles, politicos y reli- 
giosos, que ha merecido desde el tiempo de su importación (1). 



(4) Algnnos, cootra nuestro parecer, opinan que esta planta fué traí- 
da primera raente á Europa por nn caballero \n^\és llamado RaghUfi el 
qne se la presentó á Jacobo I , mereciendo por esta importación y por 
Ciros hechos que se le impataron, ser condenado á muerte en el Par- 

COST. 1 •> 



420 GLORIAS 

Asi pned, sea la moderación yaestra base y dirigid vaestros pa- 
sos conmigo á la deliciosa ribera del Guadalquivir, al lado de la 
puerta de la Barqueta, donde es preciso vayáis, si queréis dis- 
frutar de un divertido, nuevo y variado panorama. 

Aili sobre las tranquilas aguas ó sobre las mansas ondas del rio, 
levemente impelidas por los céfiros de este clima encantador, encon- 
trareis los alegres feriantes de uno y otro secso, de estas ó aque- 
llas edades, de mas elevadas ó pobres condiciones, todos mostran- 
do los risueños trages del pais y haciéndose conducir en ligeras y 
rápidas barquillas, que se deslizan surcando las blandas olas; es- 
tended todavia mas lejos vuestras miradas ó mejor, conducid allá 
vuestros cuerpos, y de seguro elevareis algo mas vuestros pensa- 
mientos, al hallaros sobre la misma tierra que pisó Tra jano ; pues 
estáis al borde de la ciudad conocida por el nombre de Itálica. 

Imposible es pasar sobre sus solitarias ruinas, sin derramar una 
lágrima de amargura y sin dirigirle un saludo de veneración, á ]a 
manera que el conde de Yolney al tocar con su planta los restos 
de Palmira 6 como el célebre Rioja sobre los regios escombros de 
la misma Sevilla la vieja, con los hermosos y sabidos versos de, 

Estos, Fabio jay dolor! que ves ahora 
campos de soledad, moslio collado, 
fueron un tiempo Itálica Eamosa: 

Pero después de haber recorrido esa ciudad precipitada en el abis- 
mo de su grandeza, después de haber encontrado en cadaonade 
sus carcomidas piedras una página de su prepotencia y de su glo* 



lamento de aquella época y que no dado en sacrificar la yida del ioocen* 
te caballero á su ignorancia, desconociendo las inmensas samas qae algan 
día había ds proporcionar al estado. 

Igual aversión qae eo Inglaterra ohtavo esta planta en otros paiaeSf 
como en Torqaia, donde se fijó un edicto para que fae3e paseado por las 
calles con una pipa atravesada por la nariz todo aquel que lo osase; on 
Rusia donde se mandó cortar la misma parte del rostro al que tomase 
tabaco en polvo; y en Persia donde se dictó la pena de muerte oontra los 
fumadores; uniéndose la iglesia con anatemas y escomuniones, á estos pa- 
receres; con el fin de acabar de todo punto con un vejetal , considerado 
entonces como el mas nocivo de todos. 



DE SBYILLA. 121 

ría, después de haber lanzado no suspiro sobre aquella mansión de 
hondos recuerdos, de grandes y profundas memorias, vuestra alma 
saldrá de aquel recinto, inspirada por los mismos sentimientoa 
que si abandonase él lúgubre, al par que magestnoso panteón de 
un poderoso monarca: y al respirar otro aire, al dejar, y acaso 
para siempre aquella tumba romana, os halláis convertido en un 
ser nuevo, nuevos pensamientos rodearan vuestras frentes, y un man- 
do agitado, vivo y bullicioso, se presentara k vuestros ojos , como 
si los habitantes de la ciudad que habéis abandonado, saliesen de ella 
llenos de alegría, al ver que aunque se hundían en la nada loe an- 
tiguos monumentos y preciosas maravillas, ellos habiendo presenti- 
do la ruina escapaban de sus moradas, por no verse convertidos con 
ellas en las cenizas de la muerte. 

¥ aquellos hombres y mugeres, adultos y' decrépitos en confusa 
algazara y gritería, no dan alli lugar á sus pesares ni recuerdan sus 
desgracias; sino que el placer únicamente y el contento son los mó- 
viles de sus sencillos corazones: ora bien alhajadas y relumbran^ 
tes calesas corren de aqui para alli en encontradas direcciones, 
con los apuestos majos y las beldades andaluzas: ora la elegante car- 
retela tirada de briosoá^ alazanes de las célebres castas de Córdoba 
y Sevilla, conduce á tres ó cuatro miembros de la mas elevada aria- 
locracia; aqui el gitano, rodeado de sus inofensivos y escuálidos as- 
Dos, eiagera con su lenguaje y gestos, las perfecciones de sus des-* 
mayados animalitos; á este lado el baile estrepitoso seguido de mil 
entusiastas bravos, pronunciados en ese ridiculo dialecto que llaman 
caló; k este otro lado la cita de amor, los deseos de los amantes, 
las galanterías, los requiebros, los juramentos y protestas eróticas: 
en la parte contraria los brindis, el choque de los vasos y botellas 
y los dificiles gorgeos de la eaña^ canción sui generis de los temes 
de estas* inmediaciones; luego los necesarios puestos de todas clases 
de materias, la bullado los pregones, las disputas de los contra- 
tos, los gritos de unos, las voces de otros, la admiración de estos, 
la contemplación silenciosa de aquellos, las ^risas de muchos , las 
carcajadas estrepitosas de la mayor parte ^ finalmente , á qué nos 
henfos de cansar en describir todas y cada una de las diferentes 
escenas, que alli giran en torno de nosotros, cuando sabéis lo que es 
una feria; bástenos pues, esto, y no tengáis dificulted alguna en ec- 



4 22 GLOÜIAS 

gíigerar, en corregir, en combinar, en aumentar, en recargar osloá 
cuadros de todo cuanto queráis, siempí^ que las canciones, ios bailes, 
las músicas, la alegría, los encantos y los placeres, sean la base 
de vuestras caprichosas variaciones. 

Y en medio de este vasto panorama tan rico como variado, ape- 
nas alzamos nuestras frentes, cuando se presentan ante ella los so- 
litarios y antiguos muros de la iglesia de San Isidro del Campo; qué 
cambio tan rápido entonces en nuestro pensamiento! que mutación 
tan violenta en nuestra imaginación/ qué ideas tan nuevas! qué sor- 
presa tan agradablel y qué sentimientos tan distintos! 

El monasterio de Santiponcese alza á nuestra vista con ese aire ma* 
gestuoso de las ideas de los pasados siglos; mas por una necesaria amal- 
gama debida á circunstancias particulares, (4) ese edificio no perte- 
nece en su forma esclusivamente á la religión; es un templo y un 
palacio feudal á la vez, la mansedumbre y la grandeza de la reli- 
gión, con la fé del caballero, clamor ásns egecntorias, á sus escu- 
dos y sus hazañas que le daban el poder señorial de toda la co- 
marca , están alli reflejados de una manera evidente: manifestando 
estos dos caracteres , ya en las formas austeras y en la construc- 
ción de sus torres, como en sus duros contornos y en sus almena- 
das murallas; ofreciéndosenos alli también, todo de repente, y á un 
solo golpe de vista; la destrucción de una ciudad antigua perdida 
en una lóbrega tumba como Palmira ó Pompeyo, el grande aspec- 
to de la religión del Crucificado y la historia de la edad media tan 
llena de poesía, como galante, religiosa, guerrera y calmlleresca. 

En medio de estos logares, que nos muestran por una parte las 
riquezas de la antigua Boma como conservadas en subterráneo pan- 
teón, y por otro esos dos tipos de la edad media el sentimiento 
religioso, aunque mal comprendido, y la época de los feudos ; es, 



(i) Ilabiánse enconlrado los restos de san Isidro eo las rnioBS de 
un colegio elevado por él misino: y erigieron una ermita en su memoria la 
que yenian á visitar grandes y nobles caballeros. Visitábala también D, Alon- 
so Pérez de Guzman el Bueno, el qoe con anuencia de su esposa dona 
Maria Alonso Coronel, hizo levantar este monasterio poblándolo de tuoor 
jes Bernardos dándoles crecidas rentas: y siendo á la vez como di- 
ce nn coDocido escritor, la mansión del retiro v el palacio de un señor 
feudal, que disponía de la vida 6 la muerte de sos vasallos. 



DESIYILLA. 123 

paea, donde enoon tramos los dichos placeres, y á donde iban aan 
DO hace mucho tiempo » cuadrillas de estudiantes sobre pintorescos 
y relucientes carros con mil figuras é inscripciones: ya mitológicas y 
propiamente alusivas á la solemnidad las primeras: ya sátiras chis- 
tosas y pertenecientes á las ciencias las segundas; lo que aumenta- 
ba el yerdadero y escesivo placer que en ellas se disfruta, sin em- 
bargo de notarse la falta de aquellas carrozas tan lindamente al- 
hajadas; y de sus conductores tan caprichosamente vestidos. A este 
mismo lugar y en esta mi época fueron también nuestros ascendientes, 
á hacerse de las provisiones necesarias de todo especie, para la proe* 
sima temporada de invierno; costumbre antigua, que ha ido cesando 
á proporción' que el comercio y la industria han ido tomando ud 
considerable incremento] en nuestra riquísima población. 

Después de estos cuatro dias de placer, que son los cuatro pri- 
meros de octubre, llega la fiesta del Señor de Torrijos , & la que 
debemos considerar solamente como una estension dada la primera 
de Santiponce , si bien yariando de lugar y de particulares inci- 
dentes. 

Asi pues, fingid de nuevo en la imaginación los mismos^ 
festines, las mismas conversaciones, ora de amor, ora indiferen- 
tes, y escasas de interés; las mismas escenas de esta 6 aquella 
manera modificadas, los mismos gritos, iguales canciones y conten- 
to, é igual alegría; finalmente, abandonad el templo almenado, el 
pequeño pueblecito que á sos pies se levanta, y la ciudad des- 
truida de Teodosio y en vez de todo esto figuraros una pequeña 
^ ermita entre la verde sombra de un delicioso campo de árboles cir- 
cuida, haced tal ó cual essepcion, añadid algo de nuevo, y po- 
dréis decir con la mayor verdad, es la solemne fiesta donde tantas 
promesas se cumplen, donde se admiran tantos milagros, y donde 
tantos penitentes descalzos y á pié van á orar y á pedir gracia 
ante el Señor atado á la columna, confundiendo sus oraciones, con 
los acentos de alegría de los que van solo y esclusivamente á ma- 
lar el tedio y los pesares, dando franca entrada y feliz acogida 
en sus espíritus á toda clase de diversiones. 

Cuando después de haber conmovido en ella todos los resortes 
de su sensibilidad, roas 6 menos esqoisita vuelven álos tranquilos 
y pacíficos hogares, los hijos de este suelo, que no se han deter- 



124 GLOBU0 

minado á abandonarlo ni por tan corlo espacio de tiempo, ^u á es- 
perar sa regreso, constituyendo en hermoso y encantaidor paseo la 
calle de Castilla del arrabal de Triana, comunmente solitaria y eo*^ 
tonces cubierta de un lujo oriental, de la mas crecida concurrencia, 
y de elegancia suma; todo dedicado á los que vuelven satisfechos, 
si bien estropeados, en los briosos y bien cortados corceles re- 
vestidos de los primores de la feria, como rosas, claveles y otras mul- 
titud de flores artificiales con otros objetos de esta ó de distinta 
naturaleza; que suelen colocar, ya en la parte superior del freno de 
los caballos, ya sobre la copa de sus sombreros andaluces. 

Mil y mil objetos que admirar se encuentran, lo mismo en el 
trage y adornos de los ginetes, como en los vistosos y rápidos car-* 
ruages atravesando la estensa calle en confusa multitud, que eo 
los demás alicientes atractivos y particularidades de los espectaidores: 
mas donde se fijan nuestras miradas con el mas alto interés, donde 
la novedad nos sorprende, donde la ilusión se realiza y completa, 
es en los estensos carros que, conducidos por alegres jóvenes per- 
tenecientes al bello secso del estado llano, se manifiestan perfec- 
tamente adornadas y revestidas del mas esquisto primor: alli el 
tul, el raso, el tafetán, el oían esquisito y ligero, el tupido terciopelo, 
con el bien colorado damasco, y la finísima gasa, alternan en ellas 
con arménica perfección, lo mismo en la propia combinación 
de las telas, como en la correspondencia proporción y buen gus- 
to de los matices: arcos triunfales de aromáticas flores se levan- 
tan graciosamente sobre los lados de aquellas portátiles harenes, don 
de ademas de las preciosidades anunciadas, lucen á favor de las 
hachas de viento, las ricas piedras y relumbrantes alhajas que es- 
maltan aquellos elegantes pabellones, y que se ven brillar sobre 
los trajes y prendidos de las ninfas, semejantes á las africanas hu- 
rles,) que signen su marcha, al paso de los tardos bueyes adornados 
también, cantando las letras mas admitidas en el país, y acom- 
pañadas de guitarras, panderos y castañuelas. 

Por último, Triana el puente del Guadalquivir y algunas de 
nuestras calles principales son testigos todos los años de estas es- 
cenas en los primeros días de Octubre y después en todos los 
domingos, siendo estas Gestas una de las mas celebradas y apete- 
cidas por todos los hijos de la diosa de las riberas del Bétis. 



CAPITULO XIV. 



Dw de lodoB loB S»ilas.~1}ctav& de )& Coocepdoa. 



^-^-^J 




L dia primero de Noviembre es célebre en Se- 
villa no solo por ser dd día laD solemne como 
el de todos los Santos, si no también, por ser 
,' este el del aniversario del terremoto acaecido 
i en 1775, y que paso á loda la ciudad en terrible 
f consternación alconsiderar demasiada proiimasa 
ruina: quisiéramos detenernos áseñalar los deta- 
lles mas son tan conocidos sus incidentes, que pa- 
samos k ocnparnoe á continuación de la liesla religiosa, qne por el 
tdotivo indicado se practica, trayendo á la memoria lo sucintamente 
necesario. 

El afio de 4775, cuando se hiio sentir la terrible convalsion de la 
tierra, celebrábase una misa, en la iglesia catedral, y el sacerdote 
que justamente acababa de consagrar medíanle las evangélicas y 
miateriosas palabras de la Eucaristía la sagrada boslia y el cáliz 
ocupado por la preciosa sangre de J. C. sorprendido por el ino- 
pinado y terrible movimienlo, á la vez que temeroso del peligro 
qae pudiesen correr los consagrados y divinos objetos, corrió tras 



1 26 GLORIAS 

lodos los fíeles fugitivos desde laego que imaginaron ver descender 
sobre sus cabezas aquellas elevadas bóvedas resentidas de tan vio- 
lenta conmoción. El sacerdote dirígese al Triunfo y alli ante el 
ara santa de la cruz consumió volviéndose á la catedral, asi como 
el rápido estremecimiento dejó de hacerse sensible. 

En memoria, pues, de esto notable sucesos, determinó el ca- 
bildo eclesiástico en junta del 44 de noviembre del mismo año, 
que para siempre se predicase en este dia un sermón moral de 
hora, refiriendo todos los sucesos y maravillosas circunstancias del 
espresado terremoto: después se canta la misa mayor y el cabil- 
do acompañado del Ecsmo. Ayuntamiento salen en procesión hasta 
el Triunfo entonando los sacerdotes el divino canto de Sub hmm 
prcddiuum á cuya conclusión comienza el Te^-deum lauiamm volvién- 
dose á la catedral y concluyendo en el altar mayor con las oraciones 
y preces pro gratiarum aciioM,. 

Tras esta festividad revestida de cierta grandeza religiosa y so- 
lemne, el pausado son de las monótonas campanas empieza á he- 
rir nuestros cansados sentidos, desde las dos de este dia hasta 
las doce del inmediato de los difuntos, no pareciendo otra cosa mas 
sino que los monaguillos, que en loe dias anteriores han recogido 
de sus respectivos feligreses sumas bastantes considerables por ro- 
ciar nuestras casas de agua bendita, han formado el proyecto de 
dejar nuestros órganos auriculares sin ejercic'O á fuerza de las repe- 
tidas y metálicas vibraciones. 

Este también es el día en que multitud de Rosarios compuestos 
de personas de uno y otro secso, hacen sus anuales estaciones al 
triste cementerio de S. Sebastian, dando á aquel sombrio recinto 
cierto aspecto mas lúgubre y mas imponente que de ordinario le 
rodea; aquellos campos vecinos se cubren también de esas procesio- 
nes religiosas, y no es estraño ver allá en la hora del crepúsculo 
cuando el sol se ha hundido en sus profundos mares, alguna de 
esas cofradías, que inspiran un místico pavor, al ver cro2ar las lu** 
ees de los faroles , que le acompañan, á través de las espesas ra- 
mas de los árboles, marchando pausada y silenciosamente confan* 
didos entre la espesura de los oscuros bosques. 

Mo porque en el dia de Todos los Santos se vea esta maltitad 
¿e procesiones y de ellas solo nos hallamod ocupados, ddie creer- 



DE SEVILLA. 1^7 

se sean las únicas de esta clase que aparecen en nuestro país: por 
el contrario, la hermosa capital de Andalucía, célebre tras sus mu- 
chos titules por la especial devoción á la Virgen» suele ofrecer casi todos 
los domingos holocaustos religiosos de la misma naturaleza: siendo 
los mas notables, los que se practican todos los domingos de ma- 
drugada y cuyos hermanos son convocados en la noche anterior por 
otros destinados al efecto, que entonando canciones de sencillas le- 
tras y acompañados de pequeñas campanillas, á las que hacen dar 
notas armónicas y regulares, recejen limosnas con que hacer mas rico 
el culto de la Virgen, á la yez que dan ocasión á una peculiar 
costumbre , tan original como antigua y tan antigua como es- 
elusiva. 

Las funciones religiosas á san Carlos Borromeo. á la presentación 
de Nuestra Señora, á san Andrés y otros célebres santos con la 
procesión de la espada del santo rey en el dia de san Clemente, 
en que se pone el cuerpo del primero á la veneración de los fie- 
le8« concluyen con el mes de Noviembre. 

El dos del siguiente esponense también á la pública veneración 
los restos de doña Maria Coronel, conservados en el convento de 
religiosas de santa Inés sin, que seofresca otra cosa notable hasta 
el dia de la Purísima Concepción . 

Esta fiesta tan celebre en casi todo el universo lo es mas en 
en España desde que, por proposición de don Carlos III en las 
cortes de Madrid de mil setecientos cincuenta y nueve se declaró 
á la Virgen Imaculada como patrona de estos reinos, cuya de- 
claración fué autorizada por el Pontífice Clemente VIH 

Por esta razón fácilmente se deja concebir cuales serán las de- 
mostraciones de júbilo y de alegría á que se entregarán los co- 
razones de los hijos de este suelo cuando es la Virgen y la Vir- 
gen patrona de las Españas , quien dá ocasión á tan grande y sun- 
tuosa solemnidad. 

Con efecto, desde la víspera de tan magnifica fiesta se re- 
vela en los templos, en las calles y hasta en los ánimos de los na- 
turales del país, la grandeza, la devoción, el contento y culto.ios- 
pirado del siguiente dia, como en todos los de la octava. Apenas 
llega esa hora en que todo el mundo católico, vuelta la vista há- 
eia oriente, prorrumpe en una ferviente y unánime oración, cono- 
CosT. 1G 



428 GLORIAS 

rida con el nombre del Ave María, las armónicas campanas de la 
colosal giralda esparcen al viento sus sonoras lenguas de metal, 
cual si los genios de la alegria las hiciesen girar en rápido y acom- 
pasado movimiento: en el mismo instante la multitud de parroquias, 
conventos, ermitas, y demás iglesias, asi de la población, como de 
los arrabales, haciendo vibrar con atronador mido los elevados cam- 
panarios de mil estilos y formas arquitectónicas y dando la mas comple- 
ta indicación de todo el placer, dulzura y sentimientos religiosos que ani- 
man á los espíritus. Un momento después, cuando todavia se escucha el 
repique general, la torre de la Catedral, de pronto iluminada por multitud 
de relucientes fogatas, se presenta á nuestros ojos, como una inmen- 
sa mole de fuego, semejante á la esplende columna que durante la 
oscuridad de la noche guiaba en el desierto al pueblo escogido del 
Señor: todas las casas de la ciudad, sin que pueda contarse ni una 
escepcíou , ostentan también en las rejas y balcones caprichosas ó 
regulares luminarias, que contribuyen con los anteriores adornos á 
dar á la ciudad un aspecto grandioso á la vez que rodeado de una 
original hermosura. 

El bullicio atronador de las campanas vuelve á escucharse k 
las doce del siguiente dia y cada vez es mayor el entusiasmo que 
inspiran, la alegria que revelan, la magestad sublime que retratan 
con sus acordes acentos, anunciando la llegada de las vespertinas 
funciones que en las ocho tardes consecutivas tienen lugar en naestra 
iglesia metropolitica. 

Casi imposible nos parece, confundido nuestro espíritu por la gran- 
deza de los pensamientos que le asaltan, hacer una verdadera re- 
seña de lo que es esta grandiosa y continuada solemnidad: al im- 
poner nuestras plantas en diasemejante sobre el marmóreo pavimento 
de la augusta morada del Señor, una sorpresa agradable y seducto- 
ra, suspende en éxtasis nustras almas y esperimentamos una de 
las mas deliciosas y mistieas fruiciones á que acasc^ en toda nues- 
tra vida no vuelve á hallarse opuesta nuestra impresionable sensi- 
bilidad: y qué espectáculo mas grandioso pudiera ejercer su pode- 
rosa influencia sobre nuestras almas! qué mas encantador que aque- 
llas elocuentes horas del crepúsculo! Qué panorama mas divino 
y magestuoso que el que ofrece la veneranda religión del crucificado 
representada con toda su grandeza en el misterio mas inefable de 



DK SEVILLA. 1 29 

SU infloita sabiduría: heridos de grandes y célicos sentimientos, eoa- 
genados nuestros espíritus por emociones tan poéticas y tan subli- 
mes, llenos de placer, circundados de gloria, rodeados de aquella 
atmósfera tan divina, no es un templo donde nos encontramos, no, 
es mas magnifico lo que á todos nuestros sentidos se presenta, 
nos hallamos junto á los coros angélicos, en la mansión de la di- 
vinidad, en los tronos del Empíreo. 

Preocupadas y henchidas nuestras-almas de semejantes pensamien- 
tos, presentase á nuestra vista el tabernáculo de Israel con toda la 
prodigiosa grandeza y magestad que le decoraba, ya en sus colum- 
nas de bronce y de reluciente plata, ya en sus pabellones suntuo* 
sos de púrpura, de escarlata y jacintos, en las bellas molduras de la 
preciosa madera de setin, cubiertos de oro purísimo sus capiteles, en 
las sagradas vestiduras del sacerdote de ricas materias y de grand, 
dos veces tenida y hasta en el inapreciable Efod con sus cuatro órde- 
nes de piedras preciosas, sobre las que sobresalian entre todas el zá- 
firo y la ágata, la esmeralda y el ányx: y hasta en la mirra y 
los esquisilos inciensos. 

Y á la verdad que nuestra principal basílica nada tiene que estra- 
ñar ni que echar menos del primer tabernáculo ni del temipo de 
Salomón tan justamente celebrado ; si alli el oro y la plata, el 
bronce y los mas preciosos metales formando las bases y capiteles 
de las elevadas columnas, si los cedros del Líbano y de Sion el li- 
rio y el jacinto de los valles recibían oportunas aplicaciones , si alli 
realmente Vodo era decoro, esplendor y magestad; aquí también ba- 
jo esa inmensa mole de piedra, gloría artística de los pasados si- 
glos, que parece desafiar á las nubes con su sorprendente elevación 
no son menores las manifestaciones de la pompa y magestad reli- 
giosa que hemos alcanzado. 

Es de admirar y de estudiar profundamente la magnificencia que 
respira el sagrado recinto en días como el que ahora fija nuestra 
atención; las divinas preces entonadas ante el altar mayor de ma- 
dera del incorruptible alerce donde millones de bujías despiden sus 
luminosos fulgores, la melódica espresion del órgano armonioso acom- 
pañando los místicos cantares, el recogido silencio del templo au- 
gusto cuando por intervalos cesan los sonoros tórrenles, y hasta la 
media luz, que siempre se muestra en él, no permitiendo aquellos 



130 fiLOnuí 

muros de eucajea, ni los \idrios de «ncantadores matices, libre en- 
trada á los luminosos rayos del astro rey, hacen tan bello conjunto, 
formao uü todo tan completo, tao sublime, tan religioso, tan gran- 
de, que el espíritu se rinde fatigado por las fuertes impresiones 
como de todas partes envía el sagrado templo & penetrar y hacer 
profunda mella en nuesiro corazón. 

Finalmente, puede asegurarse sin temor de inexactitnd, qae si 
cualquiera que no profesara nuf>stra misma religión penetrase en se- 
mejante día en nuestra orgullosa basílica, se veria precisado k reco- 
gerse en su corazón y & pagar tribnto á nuestras creencias, sin me- 
ditar, sin discutir ni el menor pensamieotode las verdades qaese- 
guimos, sino impulsado y convencido intimamente por los hondos y 
profundos argumentos de sos impresiones. 

Tras de tanta magestad y ostentación sublime miranse girar an- 
te el ara sagrada, los jóvenes seises con sns trajes blancos y azules 
análogos al objeto de la solemnidad y los que gozan entre otros 
del privilegio e&clusivo, como puede verse en la^ antigüedades de 
esta santa iglesia, en virtud de varias concesienes pontificias, de es- 
. lar cubiertos ante el Santísimo Señor Sacramentado: por último, pa- 
sados estos ocho días en que el termómetro de Reaumur se coloca bajo 
cero por mas que el almanaque no anuncia todavía el invierno, 
acosados por el rigor de la frígida estación , volamos ¿ buscar los 
placeres do Navidad que ya dejamos descritos con la serie conse- 
cutiva de las mas notables festividades, de que vamos gozando sin in- 
terrupción. 







ESPiEs de haber recorrido con toda la esactitud 
que á nuestro objeto cumplía, las diversas es- 
cenas, las varías diversiones, las solemnes fies- 
tas, tanto profanas como religiosas: después de 
haber presentado, de la mejor manera que nos 
ha sido posible esos tipos tan esenciales al pais 
con todos los accidentes y particulares cir- 
cunstancias que les rodean: después de haber 
girado y mil veces perlas estensas calles de tan hermosa población vis- 
tosamente decoradas, de haber penetrado en sus templos ó de haber he- 
cho ligeras escursiones sobre los halagüeños y encantadores campos de 
las cercanías; después, finalmente, de habernos detenido á contem- 
plar el grandioso y magnifico cuadro que ofrece al natural y al es- 
trangero la diosa querida del Bélis, la orguUosa sultana de An- 
dalucia, parándonos á ecsaminar cada una de las bellas figuras 
que nos presenta, no solo en su forma y colorido sino también en 
el carácter, costumbres, dominantes ideas, instintivos sentimientos^ 
preciosas particularidades y hasta los mismos caprichos de los ob- 
jetos que con su aglomeración perfectamente combinada y armóni- 
ca le componen, ya no nos queda mas que dar el último toque, 
hacer resaltar los mas ligeros perfiles, perfeccionar las sombras, dul- 
cificar las medias tintas, y nuestra obra quedará terminada. 

La historia de este pueblo, llena de heroicas hazañas, de me- 
morables hechos, de recuerdos, de gloria y de grandeza, ha sido 
presentada en toda su sublime magnificencia, con todos sus adornos 



432 Tf LORIAS 

y relieves caracteristicos, en los que ecsiste ona de las mas bri- 
llantes páginas de los fastos de nuestra nacion;^aqui se le ha ofre- 
cido al lector la encantadora Hispalis romana bebiendo las ideas 
de la señora del mundo é impregnada de las poéticas tradicciones 
y costumbres de ese gran pueblo corona del occidente, mas ade- 
lante la corona gótica muestra en nuestro fértil suelo las mas 
inequívocas señales de su preponderancia y poderio; después las 
victorias sucesivas contra los hijos de Mahoma, y los triunfos al- 
canzados sobre estos antiguos muros por el valor y ardiente c«lo 
del tercer Fernando: luego los sucesos del rey don Pedro de Castilla, 
único del nombre, justo é inecsorable, cuya pálida imagen se 
encuentra reflejada en cada una de las leyendas y antiguas con- 
sejas emanadas de la vida de ese rey, cruel ó justiciero, pero 
siempre colocado en escenas tan poéticas, como novelescas, tan no- 
velescas, como interesantes: últimamente los preclaros timbres debidos 
á los actos de gloria de los hijos de esta tierra de delicias; todo se 
ha recorrido sucesivamente y sin intermisión. 

Concluida esta penosa tarea se ha ofrecido otro espectáculo mas 
nuevo, mas interesante, de formas mejores, si bien con alguna ana- 
lojia á lo anteriormente descrito; los ricos monumentos de la ciudad 
orgullosa donde se halla reflejado visiblemente el carácter y ten- 
dencias especiales de todas las dominaciones á que se ha visto 
espuesla en los eternos siglos de su vida, son otras tantas obras del 
arte y del ingenio, de la fé y de las ciencias, donde brillan los gra- 
ciosos arabescos y delicados relieves, ya el deslumbrante mosaico 
tan minucioso como pintoresco, ya finalmente todos los estilos ar- 
quitectónicos en los momentos de su mayor grandeza y esplendor. 

Aqui el orden corintio nos presenta sus bellas columnas con 
sus proporcionados adornos y su inusitada riqueza: alli la solidez 
del dórico queriendo parodiar con su rigidez severa al templo de 
Juno del rey del Peloponeso: mas adelante el jónico con su elegan- 
cia característica, ni tan delicado como el primero, ni tan mages- 
tuoso como el último, finalmente, la mano y el buril mas ó me- 
nos brillante del cartaginés y el romano, del godo y del árabe se 
encuentran aqui grabados sobre los muros de piedra, ora en los 
suntuosos edificios, en los templos magesluosos ó en los soberbios 
palacios. 



DE iSYlUA. 433 

Radiantes nuestras almas de alegría ante esos monumentos de 
tan magnifica sublimidad, hemos pasado ante sus magestnosas pre- 
sencias, 01*3 animados por la alegría, el contento y bullicio de las 
fiestas populares^ ora por las divinas impresiones de la religión, 
ó absortos al considerar sus inesplicables misterios , ya finalmente 
por unos y otros cuadros inspirados á la vez, y disfrutando en 
ambos de varias y agradables emociones. 

Lejos del centro de la populosa ciudad, hemos abandonado su 
bullicio y animación para dirijirnos á las alegres florestas y á los 
deliciosos campos, donde la creación entera nos brindaba con el 
brillo de sus relucientes objetos, con la elegancia y brillante lujo 
de sus mult'plicadas producciones. 

Orgullosos al gozar tanta dicha, inflamados nuestros espíritus, 
dulcemente escitados, y escuchando las repetidas vibraciones de todos 
los resortes del corazón; hemos vuelto otra vez al encantado seno 
de la mas rica piedra de la corona Castellana, y de nuevo tam- 
bién hemos vuelto á disfrutar en esos bailes del pais voluptuosos 
y encantadores, tan queridos de los indígenos de este suelo, como 
acogidos con ciego entusiasmo por los hijos de la nebulosa Albion 
ó de la Francia inconstante y veleidosa: en esas funciones á la 
religión de tan magestuosa pompa revestida de ritualidad tan se- 
vera ecsornadas, y que se suceden constantemente en^todos los dias 
del año sin treguas, sin descanso, sin j interrupción: en nuestras 
indispensables y numerosas fiestas tauromáquicas, en las repre- 
sentaciones teatrales, tanto líricas como dramáticas, y finalmente, 
en nuestros paseos, ya nocturnos como los de verano en la 
plaza del Duque, el Museo, 6 la Magdalena, ó á los claros rayos 
del Sol, en las primeras horas de las mañanas de primavera, en la 
ribera del Bétis al mediodía en el invierno, ó ya en el verano es- 
tivo á la hora del crepúsculo sobre la misma ribera cuando los 
rayos horizontales del sol poniente vana reposar sobre los profundos 
mares y cuando las cristalinas ondas del Guadalquivir , impelidas 
por los céfiros de la tarde, besan con mas tenue y delicada armo- 
nía las fragantes oríllas que marcan el curso de su caudalosa 
corriente. 

Todo, pues, cuanto debíamos y queríamos ha pasado á nuestro 
alrededor, como en un mágico panorama, radiante de esplendor, 



4 34 GLORIAS- 

henchido de grandeza, sí bien agitados los diversos cuadros por 
móviles distintos y de naturaleza diferente , no obstante haber 
derramado en todas las ideas y sentimientos , que hemos podido 
escoger de nuestros propios espíritus y nuestros mismos corazo- 
nes , al ser oculares testigos de cuanto acabamos de someter 
á las rígidas leyes de una descripción tan verídica como severa. 

Ahora, próximo yá k cerrarse nuestro libro, solo nos resta de- 
cir, que BCdM en un dia no muy lejano, asi como ahora nos he- 
mos detenido en las glorias tanto históricas como monumentales y de 
costumbres; fijaremos la atención especialmente en algunas de es- 
tas últimas, y mojaremos nuestra pluma en la fuente de una sátira pru- 
dente y correcl($ra: mas mientras no llega ese tiempo, en tanto que no 
nos revestimos de ese nuevo carácter; justo es, que teniendo la 
honra de haber sido los primeros trovadores de sus gloriosas cos- 
tumbres, dediquemos por la postrera vez una ovación de amor á 
esa ciudad, nuestra querida patria, de nobles recuerdos llena, y que 
nos brinda por todas partes con la copa de sus inestinguibles placeres. 

Llena el alma de dulces emociones, 

aspirando tu aliento de ambrosia, 

gozando en tus antiguas tradicciones, 

de tu honra y prez en la inmortal valia, 

yo guardaré tos inditas acciones, 

y aun sobre el borde de la tumba fria, 

débil él alma el corazón temblando, 

yo espiraré tu nombre pronunciando. 

Y en tanto, oh reina! del Edén de amores, 

que el rey del dia con sus rayos dora, 

grato vergel de las fragantes flores, 

de la esplendente Bética señora; 

rica mansión de encantos seductores, 

bella ciudad en quien mi alma adora, 

preciada flor del castellano escudo, 

oye mi acento fiel; yo te saludo. 



Sin.